cho ¿que hará sino dospujar? En lotices ¿que garantía les dejáis ni aun a ia^ propiedades particidáreeÍT Níngima. La eonseemacii es obvia; y ademas el Sr. Bravo MurüUim tenido cuidado de sacarla. S. S. creci r|u«' sería ley, y que se deberia observar, una ley cu que' se hubiesen tooiado los hieMt de individuos particulares. Y cuenta qu el Sr. Bram Murillo habla del caso en que ie hubiesen tomado con injusticia, se hubiesen arr<iíírí/do á quien era du lio de ellQS GARANTIZADO PUH l\ CU.NSTlTUCKíV DEL ESTADO. £s verdad que el ¿r. i>i- Citado aftadió, que si después tíftiese kgisr dor, al paso que defenderia á los naeYos poseedores procuraría indemnizar ¿ los desea un sousma indigno de su claro ialeuto. i¡ pojados con mano liberal y generosa i SsH leyes M deben llamarse ile^mas si- | y si el legislador no fuera S. S.; y sí eala Mino nulas; y si se replica que sisón nulas no son leyes, y^que n« se les puede IJaniar tales, le diremos que los coutratos nulos tampoco Son contratos, y que todos los flftns que en el derecho se apellidan nulos tampoco son tales actos, pero oue habiendo necesidad de designarlos «OD aigun nombre, este nombre se toma de la fornia que hayan tenido, aun cuando en el fondo no sean demnizaciou no pudiera tener lugar; y sobre todo, si en una nueva ley se dechiniNc que no babia lugar á indmnizar ^ ¿que im.- oiat Direb que esto seria injusto, pava gun vosotros, una lev aunque injusta es ley y debe observarse. i)ir^ que aúadir ¿ k injusticia de la ley «na declaración de que no se debe reparar seria inicuo; pero segas vosotros una ley inicua es lev y debe obnada. Unmatrímomo uulo noesmalrímooio, lí servarse. Diréis que esto sería uo proceder y sin embargo se le Hama matrimonio, por- | <cobso legislador suo decretar abramos; que es menester esnrcsar de un modo ú otro á que se refiere la nulidad: de la propio suerte se puede decir ley nula, aunque no sea verdadera ley; y si se la quisiera llamar /^y ihqííima, senn ententiicndo que era una cosa que lema pretensiones ó apa--riencias de ley, nías no lu condicioiies iia~ cesarías para serio. ¿Qné eoniradiccioii hay en eso?
ro según vosoiros una ley absnsdt bien ley y debe observarse.
Imposible parece que en una a:>ambleade legisladores se hayan dicho cosas semejantes; imposible parece que asi se baya dcclarado la oinutpotencia del poder, iiu soto con respecto á la propiedad m las oo^poia^ ckmes, sino también de los particulares, aun reconociendo la injusticia. Imposible ¿Qué quiere decir una potestad para co- ¡1 parece que se huya dicho que es ley, qae meter una ínjuatiaia? S habláis ile la pote^ | ea respetable, que crea obugacioa lo i^jM- Uiá física, de esta no se trata, porque esta es la fuerza, y la fuerza también la tiene el asesino que clava el pu&al en las cnliaods de su victima. Si bablíds de la potestad moral c-ta supone un derecho, y un hriv jamas derecho para cometer una injusticia.
to, lo inicuo, lo absurdo. Con esta doctrina, cuando el coloso de Ortcnle se bucia levanlar estatuas y exilia la uiloraciou, los pueblos debian adorar. Era injusto, eminlcMi. era absurlo, pero era ley; s«í debía respetar, era uieuester hiacoc la xodiUa. CoAsaii se le antojase, como se eueiitu del de Suiza, | que debe ser obedecido aun eu aqueilo para BMAdar- que \os chidadanos saltidasen nniÉmlwno plantado en medio de una |))n7a. los ciudadanos debieran saludarle, porque aanquer flbsnrdo era ley, y las leyes absurdas *on leyes y deben observar-o. * Los piiohlos (li'lien obeilfccr las leves, go os basta que lea poder, para declarar lar cual no es poder. ¿Se ha vistp jamás tamafia ronfusion de los principios niaí* fu nda-¡ mentales del derecho? Se Im visto jimias semejante apoteosis de la fuerza? Kl poder sin justicia, y adeona inooropetenle en sus mandatos* no es mas que la fuerza mandanpero los legisladores deben acatar la iiísti- í do; si a esto habéis de reducir la suerte de dm; t «Dando hay injostii W^Winii; eiando el lecislador decreta eosas en contradirrion con las leyes naturales y divinas, no tiene derecho á exigir obediencia. Sus kffm w tirt caso no son leyes, son violencias, romo ha dieho el iliístre Doctor que hemos citado, la voluntad del legislador no es ley, sino iniquidad -iKftKrf^u h» poefaies, ¿á qué haUar tanto de Ubaftadf Entonces roas valía deeir lisa yllaMt» mente que en la sociedad no hay naa hechos; que los derechos son una aantin;. que quien «anda debe ser obedecido aalo porque manda, sin atender en qué mandit ni cómo manda; entonces mejor era dejarse de tablas de derechos, y de alianzas de ur- «*f9M*8*qifé! Si se debe obediencia á lo in- { den coa la libertad; entonces era mejor da** insto. á lo inicuo. á lo ab^^unl'), ¡j\w pensaremos de los hombres ilustres que en todas épocas se han negado h'cbéii^ ana iaicpiidad. aun enando fuese mandada por! el mas poderoso Ifirislador? ¿Sí* los llamará | aoárquicos'f No, no los han llamado con esta>«Mibre los pueblos que les- han erigido •llAtaas; no los ha llamado a<i la n>l¡;zion folocáfndolos sobre los altares. Sit-mprí^, en lodos tiempos. en todos países y nías en los eMrtiaik»s, se ha mirado como cosa santa y lierrti<'a d m» acatar la iniusiicia y la iniquidad. aun(|ue llevasen el sello del Ic^is cir: no conocemos irras medio de evitar revoluciones que exigiendo obediencia ciega da lodos y en todo, auitar á los pueblos todo criterio que no sea la vok dalipie im{)era.
¿Y de dónde tantos errores contra «d <lereebo natural y divino, contra el sentido oomtiB de la Damanidad? Esto ea lo ana triste: todas estas cosas se han dicho por salir al encuentro á una dificultad, que sin embargo no carecía de solución. El partido moderado habia proclamado en otro tieaipo que el privar á la Ifílesia de sus bienes era uua injusticia, uua violencia, un despojo; y lador; s¡<>mpre, en todos tiempos y países I como el argumento que naturalmente h;i limado como un beroiswo el marchar al cadalso con la IVcnle serena nnfcs que obedecer un mandato inicuo. Cuaudo los tiraaoa exijuiiaR de los Wii' que ofreciesen iÉileasOálos Ídolos, ¿aquello también era ley? Si á un gobierno se le antojase violentarlas conciencias de los españoles obligándsÉaíB á actos contrarios á la reliaron católi-Ct, ¿tambicn <u mandato sfM-¡a ley? ¿Y qué wHio dejabais para decir que no, y que no ofrecía era: tsi esto decís, deshaced pues < injusticia, devolved á la Iglesia sus oiencs;» agobiados cpn esta dificultad algunos de sus hombres han eieidó salir del afNiro eontealando: «es injusto, pero lo injusto también es ley; es inicuo, pero lo inicuo también puede ser lev; es despojo, pero el despojo hecho por nnaley ya noes despojo, es un acto qoa debe respetarse, r» Decíamos que la dilicultadteniautra solución, y que para encootrardebia observarse, cuando asentáis que es B la no era' necesario destrozar principios de verdadera ley, y debe ser observada una ley injusta. inicua, absurda?
Nada valdría alegar la incompetencia: el wler MarHim déla ñata ÍiadteBOi(iie se d6bta respetarlo decretado hasta por un legida* (lor incompetente. Pues si para eximir de la obligación de observar uua ley no baslun ni Mnjostioia, tniqaidBd y absurdidad de ella, il^tampoco la inetmipetiMicia del que la es-Idriece, ¿qué bast irá? La mcompetencia de >ara uu obieU) enviiirive ia falol]|elo; jtíú^ verdad eterna. Hé aquí lo que podían responder, ya que se empeñaban en defender a toda costa los nuevos intereses, «lia habido iqosticia, pero creemos que la in|ii6ticía ha llegado á nn punió que puede ser reparada, mas no destruida. El gobierno y el Congreso opinan que obrar de otro modo seria trastornar la sociedad, y esto no lo quieren permitir. En esle concepto, inútil es que se nos hable de una injusticia que (reconocemos, pero en fuerza la coal se hffi ereadb interesas qne considennoa peüiyiliz Ugroso kiattietar.» Este lenguaje podia taflfame de infimdado, de medroso o k» aoe se quiera, itero ni menos se W. romprenííia; toda la (•ue^^ll()ll versaba en si las cosas habían llegado o no a! punto que creían el gobierno y sos defensores.
Se comprende el le.niruaje de los propresistas (|ue, para oponerse á la devoluctoa empiezan por reolMntfr la verdad de que hobieie despojo ni injusticia de ninguna clase; so comprende el lenjniaje de los que dicen: «es injusto, deshágase pues;» se hubiera del partido moderado; como si no recordásemos las proclamas de O^DmeH y dal fortunado Montes de Oca, que es nien seguro que hablaban tambicn en nombre de ¿Qué respondieran los hombres que Mi lfhl)!a!fan, si alzándose del sepulcro las ila»-tres sombras de León y de Montes de Oca les knbieseii dieho: «mis ▼osoina kw tanto ensalzáis la legitimidad do aqnel poder? ¿Sois vosotros los (jue proclnmais sagradas sus leyes? ¿Sois vosotros? ¿Vosotros, CMspreMdido tanbwD el lenguaje de los qae I eaya mano estrechamos antes de oorrer á la hubiesen dicho: ( es injusto, pero indestructible sin acarrear males mayores (¡ue la misma injusticia.» Todo esto se comprende: puede tral>arse dispula sobre la verdad de los principios y la irravedad de ciertos hechos, pero en todo esto se ve un raciocinio semejante al que se aptiea- i otros casos; BMs lo que no se comprende es el decir: t sí, es tan injusto como puede ser. la injusticia no pudo ser mayor, » como a|irino el Sr. Martina de la mm; y luego añadir (|ue es ley, que debe ser respetada, porque l'ue hecha [>or los [K)deres del listado. Locjue no se conq)rende es que; pani cubrir algunos intereses se diga que hay potestad para cometer injusticia, y que puede nacer una: obligación de lo injusto, de lo inicuo, de lo absurdo el decir que se habría de respetar ^ hasta la usurpaeion de las propiedades particulares hecha poruña ley; o! decir que contra ella no valdría la garantía de la (lonslitoeién del Bsfado, el decir que los dcspo-*^jados debieran someterse sin niic los salvase ni el alegar la injustii-ia de la ley, ni la incompetencia del legislador. • Cuando así hablaban los jorísconhiltos, nada estrafio es que el general Aannez cerrase la discusión, hablando también de los derechos safjrados de los nuevos jwscedores, de la ¡fijii anidad de la adqaisiciea, de la jiistiria di; la ])osesion, de. la necesidad de acatar la ley que había decretado la venia. Indignación causa oiraemejarite lenguaje en boca délos moderados, y con respecto á una ley hedía durante el ínando de Espartero; iudiguaciou causa cuando lu nación no habrá olvidado las palabras y los hechos de ciertos hombres en aijuella é{K)ca. Ahora todo es k^blar de ley veneranda, de poderef legitÍBMj« que la establecieron, cual si •a iBioordáséÉiQs como se respetaba á la sa-~ aqaeUa legitimidad por ciertos hombres muerte para lil)rar á la Reina de un opresor, á la patria de un tirano? ¿Sois vosotros? ¡Ah! No levantéis tan alto la legitimidad de aquel poder, que entancés nos declararíais criminales á nosotros que le combatimos; nos declararíais traidores, y traidores bien sabéis que no lo Aumos; que no peosébamos ultrajar las le^sino vengarlas; no insultar á la Reina smo salvarla. No habléis, ou, de legitimidad, que solo de ilegitimidad nos bablébais cuando Teláis qw ibamsai venc(M' (» inf)i ¡r. Vosotros pusisteis un consejo, nosotros ol'recimos poner nuestras vidas: mirad cóuto cumplimos nuestra palabra; mirad estoa pechos destrozados; no profanéis nuestra memoria proclanmndo sagradas hs leyes de nuestro verdugo. ¥ lú, geneml fíartan, que á no impedírtelo la proscripción hubieras en aquel día peloádto ooma nosotros, y tal vex |>erecido como nosotros, tú menos que nadie delies llamar sagrado el seNo que á mii leyes estanfoia el tirano. No le llames sagrado, no, que está manchado, y manchado con nuestra sangre; no le llames sagrado, uo, que si en 4813 te hnbiese sido adrersa la de las armas, se hiihiera también inanci do coa la tuya. Dcjale, dejale al sulisnia oavifaicíoncs* á la política sus inconsecaiencíns, á la codicia SUS intereses; tú has aMa mas afortunado que nosotros; tú has encontrado la cund)re de poder, donde nosotros hallamos un cadalso; pero un día poiria abandonarte esa fortuna, y ser llevado como nosotros al tribunal establecido por tus enemigos; y entonces ¿que dirías en lu defonsa para apartar de tu eabeca el golpe fl* tal. ruando los jueces te condenasen por haber derribado un [)oder (jue tu mismo de* claraste legítimo, y cuyas leyes proclamasté sagradas?' (Ahl'Onardate*, gMldate de esaa palabn» oon qvo aia querer afoidsi nocstrn memoria, y quo algún liia pudieras recordar cod cruelísima amargura.»
Mms B0bre lu9 dÍ9ruaÍ0ttem del Con- §reao relativa» á la devolueioit de Ion bienea del clero.
I En el número anterior combalimos á los qwc tnn eslniftamente laslinuiron un principio fnndamenlal de derecho piil>l¡co: hoy va- | mos á continuar la misma l;iroa cu defensa (le otros principios altamente respetables, y que salieron no muy bien parados de los discursos de akunos oradores.
En esta discusión en <jue se intentaba hariT un ^'rande acto de justicia, no píirece sino (pie alíiunos de los iirohombres del partido moderado trataban de Ncniiarse tontra Irs ideas, va que las ciicunslaiu ias los oblijíaban á" retroceder en los hechos. El partido progresista no tenia en el Cona:reso rppn»senlantes (pie protestasen on nombre (le la revolución contra un retroceso hacia la jaslicia; jMíro de este papel."^e encari;aron oradores moderados de no escasa nombrwlía.
Se ha confirmado mas y mas una verdad, por cierto ya bien conocida, y es que la única diferencia entre Ion proí^rcsistiis y rierta fracción de los moderados consiste en que aquellos dicen: «hágase pronto y por cualquier medio,» y estos dicen: «hágase lo mismo con lentitud y |)or medios suaves.» Este hecho resaltaba tan claro en el debate, íjue el Sr. Pidal no pudo menos de llamar la atención del Coniíreso sobre el giro (jue iba tomando la discusión. «Scíñores, (Iccia, vo conlieso ingeniKiinenle <pie al tomar la palabra en este débale ¡irsít snbre mi tino ronsiderarion mnt/ dohnosa. poríjue no pmído olvidar a(piel momento cuando en mil ochocientos cuarenta, al debatirse una cuestión enteramente análoga. enteramente semejante, enteramente idénlica a la presente, habiendo en el C.ongn sí» lumibres do todos matices políticos, sG>t('niamos los diputados q«e nos preciábamos de ideas moderadas ciertos principios (jiie se oían con aplauso, no solo por los ijue |M»nsaban como nosotros, sino por los que |wnsaban d(? difercuk; modo. ¿1' qué es w/o, sehures?
¿Estoy en efecto en uHConyreso de optilíones enteramente conservadoras como ea aípidla época, auntpie solo esUd>amos en mayoría v ahora puede decirse que estamos casU'u totalidad? Yo, señores, no puedo comprender la estrañeza ton (pie se oyen aijui ciertas cosas, con (pie se anuncia la emisión de ciertas ojMuiünes.»
Alabamos la franque7.a del.SV. Pidal, pero ' creemos que no sea tan dilicil de comprender la novedad de (pie se lamenUi. EnUmces el partido moderado se veia cara á cara con la revoluciím, sí' hallaba al borde de un abismo hacia el cual le cmpujalKicon la punta de til espada el general en gefe de los eji>rcitos reunidos; entonces, pues, era mas necesaria la precaución, era mas necesario buscar apoyo en otras parles; ahora el partido se hace ía ilusum de (pie está seguro, y por lo mismo no se cree obligado a refrenar ni disimular sus instintos. Si por desgracia se reprodujesen las escenas revolucionarias, vena el Sr. PidíU como revive el celo de Í840, 41, 42 Y princi|>ios de 43: eü esto hay el fenómeno de la repercusión; si cfei livamenle ei Sr. Vidal no conq)iende eso, no sirve S. S. para moílerjido, ha errado la vocación.
El Sr. fí</íi/ se distinguió ventajosamente en la discusión de (pie hablamos; en general se mantenía lirme en las buenas doctrinas, salva alguna «pie otra vacilación eo míe parecía perder su aplomo. Con cojna de (erudición y de razones combatía y aterraba a los (jue'projwlaban doctrinas revolucionarias; y en verdad que los compradores de l>ienes nacionales deliiercm de estarle mus de una vez muy poco agradecidos. Y no es que dejase de asegurarles de la buena voluntad del gobierno; jx-ro al verle combatir tan lieraiiienle á la revolución, era de temer (lue el ejercito rcai cionario no as(miase, desbaraUindo a unos v á oíros. El Sr. nunistro de la dobernacion,' llevado del ímpetu (jue c caracteriza, v recordando sus IhíUos días de 18:JS y 1840, se complacía en (;on(|u¡slar nuevos laureles con la derrota de las huestes revoluciomirias, y casi casi olvidaba que á las esi)altla« del gobierno estaban los pobren compradores de los bienes de la Iglesia, abrazados con su tesoro y abogados de angustia, al contemplar a esc gefe incimsiderado (pie asi derribaba con sus manos imprudentes las barivras (pie contienen al ejercito reaccionario. En vano se volvía de ver. en cuando el Sr. Vidal dicieodolcs que no d by Google d by Google íiabia cuulado. cpie él estaba allí para contener n unos y á otros; en vano el Sr. Mar-Unez de la ñüsa salió á coauolarios. ascgiiréndnles que podían dormir tranquilos bajo ^1 techo que han adqnirido; ¿cómo pnilian donnir tranquilos, cuando el Sr. PUlai y el féñor Mwtimz 4$ la Rosa proclamabaQ tan elocuentemente la injusticia de la ley «Q üftíü se funíla la ndqnisfc ion? Forlnna que se cernS la discusión coa iasenergicas protestas 4p\ pt(*s\áeatt del Consojo, como si dijéiamos que p;ira deciJirla batalla asom<^ en el momento erilico la arliilería de grueso car»-hcc, bftrríendo sin piedad el campo v sus •vellidas. * | Tomó también part^ en la disensión el se- i ñor Domso (>ortes, pronunciando uno de aquellos discursos que, si no convencen el en tendí miento cautivan siempre laateBciov, eseitmido ruriosídud c interés. Cuando el ' ñor Donoso habla, todaí» las coaversaeionrs beaaii ftodoB los oiikis te aplican, porque t;us discursos m se parecen a nada que no^ sea ellos mis'uos En todo loque habla ó c^- cribe el Sr. Ihmoso hay lozanía de inia^iiaftcion, hay exuberancia de ingenio, hay pnm; 1 de estilo, hay énfasis y.solemnidad en ei tono. Sus palaliras no son nunca va^ cias; siempre envuelven un pensamiento; la Jásiiiin ealá en que á veces etie penttuaieiH to envuelto en la palabra, no es mas que una imagen hermosa ó la brillante chispa «ftKÜ brolt de un contraste. Las imágenes y los contrastes son una necesidad para el taiento del.SV. Donoso. Sus pensamientos no puede presentarlos desnudos; ha iueuci»Ler j magníficos ropages. Es tal la aiicion que tic- i he á la mn¡?ni(iccttcia y esplendor de las formas, que con frecuencia se olvida del fondo; eon tal que el prestigioso castillo se alce'coá dimensiones gigantescas, nada impbrta que le falte el cimiento de la realidad, flor to qnc toca á contrastes, ios encuentra 1 tán eríginales,'lmi bellos y deshimbradores, I que se hace disculp«rla falta de naturalidad en ííracia del ingenio. El Sr. Donoso no sabe <[Utí hacerse con una idea, por grande i|Mi se ia ssponga, si esUí sola: necesita I otra <iue contraste oon simolria. Xo í]iiii.'rc <|tte lo« objetos lleguen ai ojo por Imua recta; sino que pasen por una reflexión multipNeada: eomo qae dispone una combinación (!e ocpr'jns para aumentar la ilusión. A Los -discurso» del Sr. J)onoso nadie ios es- i OTdH'fan eQ«y«Kene;sino'pant.tiCBnai^ > se en su belleza, en su originalidad. á Teces algo estrafia. No pertenece propiamente al sistema parlanientariu, es un orador escepcional, e!^<^cutrico. De m en ettaáo aparece en el mund ) [inliticocomo un astro errante y solitario, que recorre una órbita difeffnte de todos los deims. El iieinta atraviesa por entre los pliMtaa, wm M'ee para en el sistema: se lanza á distancias inmensas donde se pierde de vista. Cercano á elevadas regiones, pndieran creer les astrólogos que eon su cola luminosa anuncia V()lnni;)(lcs del rielo; pero cstn creencia sena lúluudatia, ao iiHv nkis (juc un fenómeno nalaraL Ear los di íefcntes cataclismeedal r;uw n^volnrionano se han desprendido masas que abura giran con sujeción a cierta;:» leyes; al.SV. íkmnolñ ha tocado oba feer^ 7.a* de proyección mayor qae á otree, y por v<in (|i»s|)MPs de brillar un mointMifo en el si.sicma plaaetariOf se arroja a la touiensidad de «^cioa deaeonecideB.
Pero dqeoiae al ocader f volvanaae i m discurso, Comenzó el Sr. Domso- lamentándose de de que entraba ea en campo donde no Iup» bia llores porque todas estaban eoi¡;idas; no hacian falla, ei orador no iba á cogerlas sino á sembrarlas: donde pone su mano alli^ nace una Hor, y á veces inoriílVra para el frnto.
Al hallarse del nitc de la propiedad de la Iglesia, el Sr.JJonoio n» sallo la valla para desimiria, pero come de pelele arrojo una piedra, sorteeiendo que, aun cuando la lirlesia sea propietaria. esta propiedad «na ha sido nunca coMtiderada ni puede ser considerada de derecho ni de hecho como una pro[Mt'dad tan absolutamente inviolable como ia de los particulares.» En este punto se separaba el Sr. Donosa del parecer del ñor Mrato.Muriato; y despees de eienifeslar su sentimiento por la disercpancin, trató de apoyar su opinión. ¿Lomo/ Oigamos al orador. tSi no, seAores, yo apelo ele beena fe, al haem sentido de' los Srcs. dipolados; ¿en qué consiste que ruándose propo> ne ia cuestión de si el Estado en ciertas cir* ennstandas y de cierta manera, puede apa» derarse de lodos los bienes de l:i íiiirsia, todos los pareceres.se dividen.' ¿Ku qué consiste que si se propone la cuestión de si en ciertas circunstancias dadas el Bslade pae> de apodemrse de foílis las propiedades de los particulares, uAíx» ios |>areceres se r«u-BenT Pioponed » aefto^s, ia fámiMt'tmt* uoa ia resolverá de disliflt» iMoera. Prnpoutá ia segunda cuestión á todn«( las asaniátíl iuuqUu, y uü habrá cucsUoues, irerá D*det> ttlMIflitlIÉIII^Esto jdieha f|ui' la [>ninora es una ciie^lion, nieuLTai» que ia segunda c¡» una verdad que está «a la coociencia del género hnnano.» .S^<4Í8evrso -es deskmbrador; y sin embargo no e?; mas que un sofisma. Kl hecho «iM;iaQ& ¡»e Uuwk eb ioeiLacia; v auii cuatido ^gStmn rttiiiíiÉíiítiiiiiMigiitiiiwitü demofilFaruiuus. «ItiHHI^ El raciocinio del Sr. Donoso se reduce á iü;5iguieu4e; « hay unilornudad de parece-» res, luM^ htíj verdad cierta-, hay diNII'féi rin, luego no hay \enhi(l cierta; cuando menos hay duda.» Este raciocinio es sofis- 11 itiferente grado de certeza no pue* f0i iemejante regla: bafoN^ iue reúnen pareceres, y hay nioti- Uk» dividen; e:atckik motivo» msw rektiveB áfto^^mriadj ai lUl BÜilliiiMlWtirt la divergencia sn veu de criterio.
Si pn'.iíuulais a una a>aiiil)lea si el Estado jiuedc ttpüdcrarhc de iodos ias propiedades <l«4fla|iarücularefi, es fciii éWééio que preguntarles si todos los iniemhros áv la asainijte%^l||aierea espouerse a perder la suya. Bt^ípt^iíMie resuene en lodos los ángulos, iémmm espresit n de ia f rtrfli, será un í^rilo contra el peligro coninn y propio. Si ia ilu versa sobre los bienes de la Igleiíiiay el último motivo, he aquíonadiferencia, una causa de reunión dfe pareceres que nada tiene que ver con la verdad. En ise8ti«v*t gantf*. (pie nr> haya tenido sus sectarioí?. iliversidad de pareceres no (ís pues ijn hueo criterio para hacer vacdar ni la. verdad ni la ceffteia. Say eMU»^aK»i^<ld9^receres vac reúnen siempre. mas <'>^to no pruclta (pie I acuello en < tiyu favor se unituruiun sea mas! cierto quL Hpielfo en que se dividen. Pre-r guntadas las asambleas si: tienen ^denecjifi a decapitar a un Rey. los pareceres se hp^ dividido; ureguiiladles si el rey pueile deear pitar á loaos I06 di|)uladas, y los parepr^^ se reúnen: todos los diputados Y#íaf|ÍO PM el no tenlandose la cal)e7.a. V sin embargo, DO es dudu>o lo primero, y estapins se^urof qué tampoco lo tendrá poflal ei Sr^i^oiiMdf* Preguntad á una asamblea si conviene autorizar a un gubieruu para que deporte o f Urr sile por leyes e$i9tM}ÍQnaleSi,los parepereff se 4ividen,: pragw^tdUe si conviene qm,.^ ta autorización se es tienda á deportar ó fucilar llegado el caso a lodos los miembrosd# w faawwwiW^f tes pareceres se rauaeii. Mr gunlad á una asanddea si para empe/ar una revolución sera bueno [legar fuego a los convenios } matarlos trailes, ios pareceres || divideB; y iMagaot^dla-ii^ego sí para acabar la revolución seria bueno pegar fuego al local «le las sesiones y acabar CiU^ /^^¡lúH$r dos, los pareceres sé reúne*.;.! r mM' Kchase pneaiie ver, qvfi la FeoaioB d áltr visión de [)arereres no es un criterio tan seguro como quiso suponer vl Sr. /^oiHup;,y en la cuestión presente vale menos el argur meoto, porque nadie ignora que las épocas en que ha sido mas combatida la propiedad la asamblea, que lal vez ou contendrá ea su |i de ja. Iglesia, son la de los proleslanles, y niara porque no hay peligro personal; | siglo XVIII ¿O'"' pn' den [irohir ( onlr Ja a^mblea habrá (juizas mucluvs (pie ' derechos de la Iglesia los hc':hos de sus mas dewHB adquirir a poca costa ios bienes, la pif||»««s(«piics, lejos de espitlá' liil<||i»á; eucariiizados enemigos? Yéasé pues cón^p es sofistico el (hsciirso del álr, <^ POT la ilegitimidad di* la consecuencia: ahora que quieran quebrantar d pítder haremos observa^ que claudii^^a por su b^^O, esta propuesta será bien recibida porque ofrecerá un medio á propósito para l(»s;rar el ol>jet.);he aquí otras diferencias.
a causa de fundarse en ua, hecho £ali9>^ cuando menos inexacto. Asienta el Sr. Vor que si se pregiutla.1 una asamblea.
iiK aquí olro> motivos que dividen los pare- 1 sea Ui que lucre, si ei ifSLado iiene dercc^h^ ceyátt ninguna «lacion é*lfr<«><adl'ti>^* | de apodeturse de losv El (|uc una verdad haya sido combatida, el que sobre ella ha\a habido diversidad de pareceres, no quila que sea verdad, y verdad muy de^JIé líay verdad qii»«#lia- 4e. todos, 4^ particulares, todos lo> p in icrc- se lennen l>ara decir «o: pues uosolr^ decinios que esto es falso. ¿Ignora el Sr^ Jhaosó,,\m cuestiones que se agíMlp sobre la propiedad?
tan con maestres disiiiiíuidrts, con obras de ñomhrodia, con discípulos no escasos? Si pues en la asamblea de que se trata hubiese ^os 6 iMélios íiocíMístas, al proponerse la cuestión do ¡iropirdad los sncinltsfa< volarían contra ella, aconsejarían onc el Estado se apoderase de los bienes de los particulares, inaugurando asi el bello ideal, en que ellos sueñan: la eomunidnd de bienes. ¿Dónde esta, pues, la unilonnidad de pareceres de 4|iie nos habla el' Sr. Donoso? Es por ventura imposible que algunos sotialistas entren en una nsamblen pública? Y entonces, el argumento de laí/iri«<o/í de los pareceres ¿no ^ volvería contra las propiedades ixirlieulaivs?
. ' Hé aquí á que se reducen ciertos arjrumentos cnandu se los examina cual se debe á la luz de la razón. Destumbran por so originalidad y por el ingenio con que se proponeD, pero acercándolos á la piedra de to-^e de IM hechos y de-la lógica Se disipan retiio exhalaciones pasacreras.
El.Vr. /^/ío«o llevó tan adelante sn empeñu de justificar á las asambleas despojamtumétí h Iglesia, «fne parti disenpnrtas en este acto, las declaró impecables en todo. oCreo, decía, que no hav crimen en las asaoibleas numerosas que (íeliberan en público, como no hay cHiften en el género humnno: no creo en esos crímenes colectivos; ¡harto triste es creer en los crímenes indilidualesfV Bstar doetffnn, ó no signifíca na-:jÍB, d es altamente inmoral; y sin embargo, *fl claro talento del Sr. Pnsfor fíinz Invn la ilesgracia de dejarse alucinar por ella basta |MNidérarhi ' eim* éntiisiasnio, eselainando: «bellísima, consoladora doctrina, 'que yo abrazo con todo mi corazón.»
¿Qaése quiere decir con esto? ¿Que las 'asambleas como scics coleclives» haciendo abstracción de los individuos, no pueden ser criminales? Entonces la proposición no «ignifiea nada. Todos sabemos que una asamblea es uha colección de índÍTiduos; tt^ ella separada de ellos no es nada; que énim es nada distinto de ellos; que no es iKiit()ne ellos mismos nunidoé. La asamblea, pues, como ser abstraído de los individuos, es impecable, por la sencilla ra/on de que no es nada; todos.sabemos que en cnanto ie "dispersan los indiridnos cada cual poísolado. no qjieda un ser positivo que «e pueda llamar propiamente culpable. Lo« I los hombres, no son las aRamMeas, sinelii individuos que las com[)onpn; esto lo sabe todo el mundo; esta es una de aquellas verdades que no se inculcan {>or lo ciideuim quien las dice, á fuerza de decir una co<a tan conocida viene á no decir nada. Eslts observaciones son aplicables a una asamblea como á una nación: y por lO'nMflmv el ñnr Pnsfor ihaz puede estar í?pguro de qnc nadie llevará la naciüu española ni pie de na confesonario; eomo indied «MMer 9.* % 1^ drán confesarse los españoles, podrán confesarse los gol)ernanles, pero la nación, como nación como algo distinto de lus españoles...^odmo se quiere que se eoalíese?
La impecabilidad, ¡>ucs, declarada por el .Sr. Donoso ha de signiiicar otra cosa; ha de significar, ó que las asambleas nu puedea obrar mal, ó que del mal que barran nadie es responsable. El Sr. Donoso, que sin duda es mfty monárquico, no bsifiA uMdado que por Sentencia de una asamblea han rodado en un cadalso cabt'/ns augustas; y según su doctrina el malar a un rey nó fue un crfmen, é- si lo Aie, de este cifnien ue eran culpables los que volaron jKir ía imifrle. Escoja el.SV. JJonoso el eslrcmo que quiera; |uslifique el regicidio ó justifique a los regicidas en araboe casos se levantan contra él la razón, la moral, los sentimientos generosos, la conciencia de la bunanidad. Bl Sr. Btmm» nvescojerá, ut^-ki -émdamos, no escojerá ninguno de loS dÍD9 toPrihies estreñios. En la alternativa descf* cruelmente inmoral o uicon^ccucute, preiorirÉserMeooseoaento'. ' ' m.«í^üim ^ Y á propósito de impecabilidad <}p I asambleas, recordamos (|tif cuando las Cortes despojaron de la tutela u la Keina Cristina, M levantureu voces eloemttte^Wii tribuna y en la prensa contra lo qne se apellidaba horrenda usurpación, atentado coo'-tra las leyes «Hiles y m duiuelikis de*k wh turaleza. Sí no estauMS md wlMrmados, el AV. Donoso escribió á la sazón algunas páginas que se leyeron coa el interés que inspiran todas sos produeeiones.' B( que ñlb escribe recuerda haberlas leído en París, f con la creencia de que eran obra del Nr. liomso. ¿Dónde estaba entonces la impeciib»'-lidad de la asamblea deapajudm»? ¿«vr fau varir?
Las asambleas pueden oouoter, y bnufia- Dlgitized by Google nititidocn efecto, criiiiLitoh y muy grandes; es decir, decrelanJo cosáis coolrarias á la razoQ, á la justicia, á lu sana moral, y ortando la pnrpelrai ion de los actos cor-)ondiealos. ¿Que dilicuilad hay en esto? ijuienes sou entonces los culpables? Los miembros de la asamblea (|oe votando el mal hc hacen cómplices de el. Nada mas sencillo; nada mas eu armonía con el buen sentido de la humanidad; nada mas coníormc al mismo lou^'uaje (|ue conlinuamenlc empleamos. Tai ayuulaiiiiento, se dice, ha cometido un roljo; lal diputación provincMl ha hecho una injusticia. ¿Quién es el culpable? Los concejales o diputados que bayau leiui¡<j(()iiiplicidad.
Los mismos tribunales están á veces compuestos de varios individuos; ¿y no se dice uue ha habido justicia o injusticia, parcialidad o imparcialidad, intc^ridcid 6 cohecho?
¿ Y qué <]uierc signilicar el Sr. Donoso cuando, al declarar la ini()ecab¡lidad, solo üjdila de asambleas numerosas que ddiberan ^público? ¿Cuándo se podran decir numerosas y cuando no? ¿Y \toi qué el numero coDstiluye pri\ileíi;io? ¿Se nos podria señalar cuantos individuos se necesitan para completar el numero (pie ase.:;ura la im|)ecabilidad? Tal vez el Sr. Pulal haya ad<|uirido el secreto, y por esto querrá aumentar el numero de diputados. Tand)ien es curioso aquello do deliberar en público. Por manera que si la asamblea se constituye en sesión secreta perderá el privilegio. Este es un argumento concluyente en favor de la publicidad de las discusiones. ¿Quién será tan |>oco caritativo que quiera esponer las asambleas a pecar cuando hay un espediente lan sencillo pura evitarlo? So acierta uno 4Í^i>inar de í}und(> la publicidad habrá satado bU virtud purilicadora ó mas bien preservaliva.