SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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nación y dnños al mismo ejército: á la nación, |X)r(|ue ha de pagar mas de lo (|ue puede; al ejército [«njue absorbiendo el servicio activo la mavor parle de los recur-.sos, no queda deítidamentc atendida la clase pasiva: á la nación, que se vé precisada á añadii á las contribuciones de dinero contribuciones de sangre; al ejercito que envuelto con sobrada frecuencia en las disensiones y luchas de partido, sufre también en su personal las \ ícisitudes consiguientes á los trastornos (M)ltticos. También se han visto en él encumbramientos y caídas, ascensos y destituciones, que en mepuhlicas, pero en cambio también han salido de entre ellos las victimas inmoladas á la cólera de los vencedores. En IS41 comenzaron los fusilamientos de generales ¡lastres y la privación de honores, grados y condecoraciones con respecto á otros; estamos en ISi-ii, y la cadena de los infortunios para los militares no se ha roto aun. Recuérdense decretos recientes destituyendo á unos, y la sangre de otros que todavía huniea. ¿\o.sería mejor un ascenso menos rápido pero mas seguro? ¿No fuera mejor que* el valiente (|ue ha vertido su sangre en cien combates no corriera el riesgo de })crecer en un cadalso? A todas las clases del Estado les interesa que entremos de una vez para siempre en un orden de cosas estable y sólido, y entre esas clases debe ser contado el ejercito. Durante los disturbios el ejército tiene, es verdad,.sus dias de interesadas lisonjas, de e.xageradas alabanzas, de desmedidas recompensas; pero en último resultado la continuación de los trastornos dann á muchos de sus individuos y á la institución misma. La revolución nace pagar caros sus dones á los favorecidos: se abren las cuentas con pródiga generosidad y se liquidan con intolerables usuras.

El esclusivisino que ha dominado á los partidos ha debido lisonjear como era natural á los respectivos empleados. Es un cálculo muy obvio el siguiente: ucuantos mas sean los inhabilitados, menor será el numero de mis rivales.») Este cálculo, repetimos, es obvio, mas no exacto; hé aqui otro que le dcstruve: ucuantos mas csclusivismos haya, mas peligro tengo yo de ser victima de alguno de ellos.» Si se contase el tiempo dio de la confusión en (pie se verilican no I! qni* los empleados respectivos han estado pueden menos de llevar consigo parcialidad é injusticia.

Ensánchese la basa en que estriba el go- Iwenio, quítense los incentivos de nuevas discordias, atráigase alrededor del trono á todos los partidos, y entonces la acción del poder será fuerte, no por las armas sino por la ley; cotonees esas armas no habrán de ser en tanto número, porque estarán consagRMias á velar únicamente por la independencia V el honor nacional, v no á estar en cesantes, se veria (jue queda compensado el que disfrutaron con predilección esclusiva.

Pero si á los mismos empleados no les conviene esc esclusivismo que reina de algunos años á esta parte, menos le conviene todavía á la nación, que se ve privada de las luces de muchos hombres útilísimos, ó condenados á no poder serviria nunca, ó á |K)derlo hacer únicamente cuando llégala época del partido á que pertenecen. Este es un mal grave, gravísimo, que impsibilita guarda contra las revueltas promovidas por el buen gobierno. y que no se remediara silas discordias de los ciudadanos. no con un poder fuerte, que no necesite lisonjear á este ó aquel partido.

¿Quién podrá negar que hay en todos los partidos hombres muy útiles? iSi los monar- Y nótese un hecho digno de no olvidarse: hace algún tiempo que los militares han sidolos encargados de dirimir las contiendas qnicos, ni lo:* iiiodpiados, ni lus, ¿se atreverán á atribuii^e usclusivameDie los conocimienloB necesarios para servir con provecho al Estado en las diferentes carreras del servicio pí'ihÜm? ¿Habrá quien se atreva á sostener que bajo el antiguo ré-|i;imeii no había hoirores distingáidos por su s.'iber y por su práctica en los Tie;/oriüS, \ (Jim nhora primen en la miseria en premio do los largos servicios liecUos al Estado? ¿Habré tampoco quien niegue que en el réiiitiien nuevo, y en li,s diferentes bandos en que se ha fraccionado el partido liberal, ha habido hombres ^ue han descollado ventajosamente en vanos ramos? Pues bien, hasta que baya nn poder bastante fuerte, que Ms pro^iresis- l \uH\\iin cambiarM los hombres nía» no fai naturaleza de jas cosas. Kn vano se acusará á este é. aquel míMiatro-, é ella é aqMl empleado; la fuerza de las cireunstSAci» Ies prescribe esta conducta; el VIRO htUm^ taran sobreponerse á ellas. Yátnos á leruiiiiar esie tirtieuio eott am reflexión que creemos de alguna íiraveilad. No esta fuera tiel orden de lo posible el fnllecimiento prematuro de una t>ersotia augusta, dejando un sucesor niAo. Si fHttm haberse verificado el enlace que aconsejamos no se hnlla abogada la oueation diitfólica, la imaginaeion se asombra y el eoraim se acongoja di pensar en los terribi<^ axaro» de una nueva minoría, en la nuera oportnvesado. Los mismos «[uc biui meilrado e» el no tienen nn evidcMiti' iunuevo ■epimen.

sin temer á nin¿ruito pueda servirse de lo- i nidadde una guerra civil, en la repeticioa dos t hasta que haya un poder que no esté de otme 14 aHoa ooow loa que bemna basado en principios é intereses escinsivos, como lia snredido desde la muerte del rey, la nación no podrá aprovecharse de mnelios de esos hombres; y aun los mas re( tns y capnces, cuando e<;ten en nrlna! servicio, no producirán ui con mucho el bien que de ellos se podría esperar, si en vez de cuidar^ se del inten's iMiblico. ocupándose en elobjet(» de su de^^tino.no hubiesen de estar pensando continuamente en apoyar los intereses políticos de la bandería que los emplea.

¿Qué han sid ) hnsla hoy los írefes políticos, ó mejor «lirenios, que han ]>udido ser? ¿Qué vcntajns han pudido proporcionará ios pueblos? ¿Cómo queréis evi^-ir qne se ocupe de mejorar la suerte de los gobernados quien esta sin cesar distraído por las intri-^s, las elecciones, los cambios de mlnisterío, las mudan/ns políticas, las conspiraciotercs en precaverse contra ias cventualides que tan aeiaga aconteeimioiilo podría aewrear? Esto son conjeturas, sn i^irínnes, es cierto; mas son tantas la:» de e^te género «|ue se verifican...Pero se nos dirá: el matrimonio con el hijo de D. ('arln<; íu) da irtmbien logará graves cuestiones, mayonneute jtara dea-80 de dieho fiiHeeimiefttf» sí fwm mt sion? ¿Qué se hace entonces?

Estn es una dilicultnd grave, mas no sin . solución: y daremos una prueba de nuestra I lealtad declarando que de ningnia MftMM convendria dejarla sin resolver, y ipip feria muy importante, necesario, el resolvería con la anticipación debida. ¿C^ioot No aventara re nwa aueüit bunüide opinión soij bre «n ptmto tan grave y delicado; mas panes? Este hombre no puede gobernar; lo ra que se vea que nada quereuoe elaud^ que hará será defenderse, defendfendo á los | tino, y como por etn parle aa intiateii'e» que le protejen y de quienes depende su! el negocio la ley de la sucesión á la corona, suerte. Sentirá ipie se mina bajo sos pies.; creemos que antes de veriticansc ef enlac!'

él contraminara; le amenaza la anarquía, él! se habría de resolver esta cuestión iKira loobrará con despotismo; debiera hacer fren- I das las evenUMiNdodes p(»ibte8: eüa yeeote á las invasiones de la autorídad militar, ' hicion debiera acordarse en Córtes, f(irm;:r ñero se entregará en manos de ella porcjne 1 parte de los contratos matrítnoniales, para la necesita r no se trata de administrar smo! que no faltase una condición necesaria en de pelear. Y lo que ha sucedido con los íxc~ j tales casos, que es la aceplaciosdo HMt áe fes políticos ha sucedido ron los intendentes; las partes contratantes; y obtener ademas, y con todos los empleados, y sucederá en i si foera posible, el asentimienlo de la dqptoadelante si no se aplica el remedio é la nric | macia enropea, para preveiiir lMl»'iiM9e del mal. El gobierno hade tener contempla-. de dificultades y allanar toilos los «bsláe»-Clones á sus adictos porq\ie los necesita; el ' 1o<j Nndpí de clnndcstino, todn con la ma^'or gobierno no se apova en la nación sino en I uui)licidad; nada de dodoeo, todo previsto v tm partido: y arientraa cata rilwcioa dwe, 1 il|id0 waaiteipiwitM, y mf^im ihk cioneí po5¡l)les. Es tnn prnfnnda la convicv'íon que abrigamos «it^ la sensatez de la nariíiü espaiioli) y de la honda huella de los <1es<?npaños, ijue no tememos semejante discusión, antes al contrario esperariamos mucho de ella. (!on esln ocasión desaparecieran rwra siempre todas las dudas sobre la lev ue In sucesión á la corona; ningún partí Jo puílicfa alcíjar nada contra lo (pie sen*-solriese; todos me(liarian;y por todos serian aceptadas las modilicacioncs que se hiciesen. Esto es de una importancia inmensa para el pnr\<'nir de España.

Fiemos lleiíadoal termino del examen que nos haltíamos propuesto, y si bien ignoramos hasta qué punto liabrcin pesado en el ¿minio de los lectores las razones alegadas eu |»ro de la resolución que nos parece nías acertada, teuemos ta convicción de haberlas espuestr» sh» parcialidad, sin odio, sin es-. ]>rei»iüiiej> irritantes, sin haber rcínovido pattOMos bastardas, ni haber despertado rei|leiitiiMÍentos que deseamos estiuguidos para «iempre.

Nos hemos hecho cargo de to<las las repugnancias, de todas las susceptibilidades, >¡n ocultar ni disimular nada. Nuestros adversarios habrán podido encontrar las razones nacas y mal presentadas, y las dilieul-Indcs mal desvanecidas; pero al menos •onfesarán que no las hemos eludido, y que ademas de considerarlas en general hemos procurado señalar medios para evitar los inconvenientes que de la alianza pudieran resultar.

Por mas que otros parezcan opinar de diferente modo, hemos creído llegada la oiiortunidad de lle\ar e^ta cuestión al terreno de la discusión |»ública. De nada sirve el decir que no es hora de ejecutarlo, con tal que sea hora de pensarlo. Este es un asunto líin grave y trascendental, que no eslan mal empleados años enteros eu preparar con respecto á él la opinión del país. Sobre In Constitución del Estado se ha discutido en la prensa v en la tribuna, ahora y en los años anteriores. con una latitud ilimitada-, y dijo bien el Sr. fíoca dr Toyores en el Congreso, en la í csion del ¿8 de noviembre de I84i, que la cuestión del matrimonio de la Reina era mas ([uc la Constitución misma. En el propio discurso observó este Sr. di|)utado hablando de los partidos, que la declaración de la mayoría de Doña Isabel II era la obra de su uiútuo concurso, y el malrimonío ríe S. M. *m rt>- mnn esjierauza. ¿Poríjné no han de examinar con la debida anticipación, conpulsoy decoro, cuál es el objeto con que mejor podrá satí.sfacer.se esa común esperanza?

En cuestiones tan graves y en situaciones como la de España, ¿puede tomarse una resolución sin consultar préviamenle la opinión pública? Y' cslf opinión, ¿no es la prensa (|uien debe removerla, averiguarla, sondearia, espresaria, cuando no ilustraria y dirigirla? Las cuestiones verdaderamente grandes, como lo es sin duda la presente, se agrandan todavía mas con la discusíím, porque mirándolas cada cual bajo el punto de vista que le conviene se manifiestan mil relaciones, puntos de conliKto, co'isecueucias, que sin la variedad de pareceres no se habrían descubierto.

Sí para la opinión que sosteníamos liubíésemos temido la luz, la habrinmos evitado; en vez de publicidad y discusión hahríamos deseado el silencio; no lo hemos hecho asi, y esto prueba cuando menos la convicción que abrigainos de que están «le nuestra parte la razón y la política.

Es en vano que no se (piiera pensar en la resolución de este gravísimo problema, el problema está ahí; aplazarle no es destruirle; apartar de él los ojos no es quítarie las diíicullades ni disminuir su ÍMii)ortancia.

No olvidemos que el moiío de dar á los negocios una dirección acertada, y á las diíícultades una" solución cabal y páciÜca, es preparar la opinión de los pueblos, cuyos intereses se han de consultar. Los gobiernos realizan sus medidas con un decreto, pero no evitan sus malas consecuencias: desgraciada España si el negocio de ipie tratamos se resuelve por sorpresa, y solo atendiendo á miras particulares. Esperamos que esto no sucederá. Lo hemos dielio al princi- 1)¡o y lo repetiremos aquí: concebimos muy )íen que la opinión defendida en nuestros artículos tenga muchos adversarios; concebimos que se crean mas convenientes otras combinaciones; pero loque no concebiríamos es que en un negocio tan trascendental, ningún ministerio, en ningún tiempo, procediese por tenebrosas intrigas, olvidándose de lo que se debe á una nación como la española. Todavía no se habrán olvidado las elocuentes palabras con que pn)testaha contra semejaule conducta el Sr. 3Inrtin«z de lajtoaa.

(^Sttfa yiTclad (|u«; ul Dintrimoiiio de lu jdl hijo de D. Carlos sea un alj;»urijve.údie picase, un absurdo qileilQ nicre/ca ocupar á hombres do Estado, y qiie ut sif}uiera sea di¿;uo de los honores de la diiettsioD? No se opina asi en £oropa: nose opina asi en España. Los debates sobre la reforma de la ConsUlucion, tanto en el Cougre:»o como en el Senado, son de esto iina prueba evídeBltf^' No son carlistas los que en ambos cuerpos colegisladores han mirado este negocio como muy serio, y digno de llamar la atención fie los hombres ¡xMisadores. De los escaños del ministerio hahi.i -¡aliiio el impulso hacia Sna dirección que ni el Congreso ni el Scna- D quisieron tomar. Menester es hacer justkm á ambos cuerpos: manircstaron niu-«•h;i priideiK i;i. no queriendo prejuzgar la cuestión en ningún sentido; en ambos cuerpos hubo Jji4iyidiio8 de nonÜMradta que mostraron conproiMler toda ta importaQqia del nc,i:<wio.

uiis mi opinión, decía el Sr. EliAÑA, que l^d^aHibnBtde estado nodebcD cerrar ninguna puerta al porvenir, podiendo mañana ser e9nBemenle y aun NECES.\lUO lo iiuc hoy DQiyireseuta como |)el¡groso y aun funes- ^^If^JgMiiúH dti -10 (Ir iim icnibre.) '^I^fJKro es solo el hijo de 1) Car'os. de- Oia el ^•i'eñayÁQuaj/ü, por quien pueden pélfgrar las instítiiekiiiesT Pues qué, ¿no fia\ otros príncipes que podrían poner en iua\or peligro aun nuestras instituciones? Al cabo el hijo de I). Carlos podría tener algunas v( Miiiijas. pero los otros ningiina.» (Scsiini drl tfht ¿H (Ir noviembre. ■ .1^1 Sr,,fi:K.\.\M)l':Z DE L.\ HOZ en la seSMHl del 2ü del propio mes docia: «Asi nM4i^r|pMÍe^ enagenando voluntades, y vamos por todas partos introduciendo kw'recCf: los V destruyendo esperanzas.^,.,,i.:., »No olvidemos, sefiores, qtie iuiy en Bspaña un partido numeroso que espera eso; y yo digo la verdad: ¿y sabanas si Ileyard un (lia en que las cinvMStancim varíen^ y vatien nolablemenit^ » ('La familiaa (ji;,- se rellerc el párrafo i.") dccia el Sr.ARHAZOLA en la misma sesión, 6^ jUjWadilja, está fuera de la Constitu- Q^ilJujMfqué establecer un párrafo que ()U'(i$;í"írjjjW|jt>r;iir á alterar? Porque nosotros m jt0ifffnifsj^aer ua. cianQ á. la rueda de la^fitr^im: mk abierto el cmipo electoral; m panMk» se oiganizao; b qvfi ara miuuriu ayer liega a ser mayuria mañana.»

vLas cuestiones de prcU'u>ion, dcti^ el 'seltor MARQUES de MIR.\FLORíS eft.;pl Senado, no han solido terminarse, lpj|f(^^pip los derechos ae han fuiuiido.r^.^,^^ ^ después de la votación qoe tuvo lugar el.Senado con motivo del j)árrafo sobce m malrimonio, se levantó un.Sr. M'iiador, (jue liablaudo eu nombre de sus compañeros de voto, decbró que ellos no habian intenladg prejuzgar ninguna cuestión particular, ni oponerse a ninguna combinación que pudiera ser útil al pais. ^'ahm^^É Todo esto j¿.que signifíca? QnUn^ aqui una cuestión absurda, sino muy gra\e, muy seria: y que se hacen cargo' d£ esta verdad muchos que no son carlistas.

El proyecto presentado por el gobienm! sobre la devolución de los bienes no vcndiL dos ha suscitado en el Congreso varías cues? tienes sumamente graves. El gobierno no (¡ueria que se le empujase demasiado en la cuestión diplomática, porque siendo él X debiendo ser el único sabedor de! estado da las negociaciones, no era conveniente que la discusión girase sobre puntos de suyo reservados; pero al presentar su pro\ celo debió desde luego advertir que el era quiea colocaba la cuestión en un terreno eniincp|-Icmcnlc diplomático. £1 ¿gobierno ha cons|^. dcrado siempre la devolución como cuestión de oportunidad, y la cuestión de oportun¿r, dad era la cuestión dijdomalica. En electo siempre se ha sabido de publico (^uu esta oportunidad se rerejia á las negociacionai^ con la Santa Sede; y por tanto el ser oportuna la devolución dependia, en conc^^pl* del ministerio, de haber llegado 6 no al de; bido punió tas espresadas negociacimieji/ Presentar pues el proyecto de devolución |& las Corles, no era solo someter á su deliberación una cuestión de justicia sino de diplomacia. A las Córtes se les preguntaba tanihicn en cierto modo.si esta oportunidad era llegada, si c.\istian las circuu:ilum:ia$ creídas neeesarías para dar astci P^-^;mk^ Si el mípisleiio bubif«e preseaUMOjL* proyecto como «na sinipN^ medida de justicia; si esta justicia no la hubiese subordinado á la oportunidad; si ese acto de reparación no le hubiese considerado como un medio de negociación; si no hubiese dicho poco menos qne en alta voz, que con él se proponia ol)tener la sanción de los hechos consumados, entonces no se hubiera podido suscitar en el Con'íreso la cuestión de oportunidad; entonces hubiera tenido mucha razón el Sr. Pidal cuando, respondiendo al cargo del Sr. Pastor Díaz de que se quería privar á la ofwsicion de sus dcrecnos, [wrque se le pedia que juz|?ase de una nefrociacion sin conocerla, decia (jue el terreno de las negociaciones es un terreno vedado, qiie esto lo sabian todas las oposiciones del mundo, (lonvenimos con el señor ministro de la (iobernacion en que las aposiciones no tienen derecho á exi^rir que se revelen secretos que tal vez com¡)rometerian el éxito de una negociación, y que en tales casos los gobiernos se niegan con mucha razón á dar esplicaciones; pero repetimos, que desfic el momento que el ministerío colocó la cuestión en el terreno de la oportunidad, al pedir la oposición esplicaciones no hacia mas (]ue pedir datos para ¡lastrarse sobre la materia (juc se sometia a 5;u juicio. En el preánd)ulo del proyecto, haciendo el ministerio una reseña de su conducta sobre este negocio decía: «Comenzó oues acordando con S. M. la suspensión de la venta de aquellos bienes, decretíida en if» de julio último, y aplicó sus productos inlcizros al manleniraieulo del culto y clero, micolras llegaba la ocasión nporluua y conveniente do devolvérselos con la aprobación de lasCórles, y sin los inconvenientes que jtudiera producir esta medida tomada i«-' rn) finiamenfe y sin la debida preparación.

licrno tiene el íntimo convencimiento de que esta ocasión, esta oporlunidad ha llegado ya; que se puede hacer este acto de justicia y de reparación sin ningún inconveniente grave, y sin producir la menor in- | qoietuQ y recelo; y que tan lejos de hai)érsele mirar en la actualidad como un principio de agresión ó de amenaza contra los poseedores de los bienes de la misma clase qnc hayan sido vendidos, debe por el contrario considerarse como un nuevo elemento de estabilidad para sus propiedades, como el anuncio de una nuera sanción y garantía para sus derechos.»...". ' Por manera (pie las Cortes podían decirle al gobierno: "Si nos pides la aprobación dé tu proyecto como un acto de justicia. ¿por (|ué esta justicia no ha bastado para decidir-' te á ti antes de ahora? Si como un acto dé conveniencia, ¿ác mié modo se nos prueba esta conveniencia? Si dices que las negocia- • ciones lo exigen, ¿cuál es el estado de estas negociaciones? Si no puedes csplicárnoslo, entonces ¿por qué no espresabas en el proyecto que nos pedias una autorización, un voto de confianza?')

Estas observaciones son tan exactas, que aun después de aprobado el proyecto se puede asegurar que la cuestión de justicia ha quedado intacta. Se ha aprobado el proycctode la mayoría de la comisión, y esta en su preámbulo decia: «I.a mayoría de la co-' misión...conviene unánime, después áp' hal)er oído las esplicaciones del gobierno, ' en que la ley propuesta es allnmeníe poHíiy cay veresítria. Esta es la cuestión en (jué' ha creído deber lijarse, porque es la l XICA ¡ presentada á su deliberación, y la UNICA que va á resolver el Congreso de diputa- , dos.» Se ha (¡illado pues sobre laconvenien- cía, no sobre la justicia; verdad es que la justicia en este caso no necesitaba el voto del Congreso.

Es notable la gradación «¡ue en este punto han seguido los preámbulos. El gobierno dc- ; cia en el suyo: «Esta medida es una repa- ' ración justa; es ademas conveniente y oportuna.» La mayoría dice: «Prescindo <lc la justicia; y convengo en qne es conveniente y oportuna." La minoría dijo: «Prescindo de ' la justicia; no niego que sea conveniente 1 pero es peligrosa, y por lo mismo la quiero ' rodear de precauciones.» El gobierno atertdía á la justicia, pero la subordinaba á la I conveniencia; la mayoría no pensaba siquiera en la justicia, solo se ocupaba de la conveniencia; la minoría tampoco se acordaba de la justicia, y recelaba algo de la conveniencia. Asi, ía cuesti(m no se ha mirado bajo el aspecto que mas hubiera complacido á los hombres religiosos, y que sin duda tamp;>co hubiera hecho ningún daño al buen éxito de las negociaciones: Su Santidad habría visto con mas agrado que se reparaba por espíritu de justicia que no por miras de conveniencia. En el primer ca.<o había una satisfacción, en el segundo una condición; en el primero había un desagravio, en el segundo una especie de exigencia.

Son Cüiuu fuere, nos alcírranios linccramcnte de (jue se haya tomado esla medida, y lio podemos menos de aplaudir que, asi en el prcamhulo del ¡iroyeclo como en el curso de la discusión, el gobierno haya salido á la defensa ríe los buenos principios en las varias cuestiones que con este motivo se han suscitado. Al leer sus discursos mas de una ve/ hemos reconocido con ¿luslo á los hombres de 1838 y í 840. El gobierno no tuvo dilicuitad en mirar la cuestión como de justicia; en decir abiertamente que la devoluciim era no solo una medida conveniente sino justa. K esta opinión del gobierno no contradijeron abiertamente, ni aun algunos <le los Srcs. diputados (jue mas ó menos paladinamente se o{K)nian a la devolución.

Pero como el pensamiento dominante del gobierno y del Congreso, era distinguir entre los bienes vendidos y los no vendidos, al paso que se confesaba la injusticia de la ley de <841 convenia defender su validez, y de amii nació el (pie se aventuraran principios de derecho altamente favorables al des^mlismo. Sí, a) des()ütismo, y lo vamos a demostrar.

He aqui la doctrina que se asentó. «Una ley, pur injusta que sea, es verdadera ley, sus efectos son valederos, y es necesario acatarla.» Esta doctrina es falsa, es contraria á los principios fundamentales del derecho, es altaiuente favorable á la tiranía.

¿Quién la sostuvo? Ilable el Diario de sesiuim. «Me duele, repito, decia el Sr. Seijan, que actos (|ue se han ejecutado ó que se han realizado Uijo las formas establecidas [>or la Constitución, nosotros seamos los que os caliliquemos de injustos, de inicuos, envolviendo el despojo, jwrque hasta esta palabra se ha dicho, como si ¡u ley, set'wres, pudiera despojar. El (Congreso conocerá (|U(í en estas dos cuestiones van tan intimamente enlazadas la de potestad y de injusticia, que debia resolverlas la comisión en un sentido.determinado. La potestad, señores, debía reconocerla en el pais; ¡a injusticia, señores, no pitdia descomtcerla.^ El.Sr. Pacheco. después de babor recordado sus trabajos y los dA partido n»oderado para oponerse á que se consumase la injusticia, oecia; «Señores, la revolución lo babia intentado, ¡Miro quien h^ hizo fue una 1 h'y, quien lo hizo fuerun los jiodcres legitnnos de la nación; y razoo es que cuando nosotros hablenuts <lcello, aunque loeoudenanos, aunque diganios que fue injusto, iio digamos que la revolución lo hizo, sinoqu»' lo hizo una ley V repito, señores, que esto no es defeuilcr la justicia intrínseca de aquella ley; -leyes hay inconNcnicntcs, injustas.»

til Sr. Martínez de la fíosa, contestando al Sr. Pacheco y reliriéndose al discurso del Sr. Seijas, decia: u Pasó después el Sr. Seijas a probar que la potestad civil podia disponer de los bienes de la Iglesia; se detu-. vo algo en esta cuestión, v después dijo: lo que es resj>cclo á la injusticia concibo que la hubo; pero después volviendo en sí dijo: no fue tan injusto como pi^rece. Yo pregunto al Sr. Seijas: ¿ por (pié razón no fue tan injusta aquella ley? ¿ Pudo serlo hu/.v? ¿Que razones dio S. S. para atenuar esta injusli-I cia? Y cuenta ({ue cuando hablo de aquella I ley la rconuzco como ley; y con esto conles-: lo al Sr. Pacheco; si no fuera leV no tratai riamos de derogarla ni respetaríamos lus i derechos que ella ha creado. La respelan«)5 aunque injusta, nonpie fue ley, |)orque fue I hecha por los poderes públicos del Estado; la respetamos aunque arrancó los bienes de I la Iglesia (para valerme de una espresion feliz del Sr. Pacheco); la respelanujs aunque fuera dada por un poder incompetente, itorque el.SV. Pacheco sostuvo en otro lieoijio i que las Cortes eran incomjtetentes para dis-I poner de esos bienes; aípii está el discurvo, del Sr. Pacheco, y a pesar de esto la respetamos: ¿(juiere mas el Sr. Pacheco? • El Sr. Braro Murillo, distinguiendo entre los bienes vendidos y los no vendidos y combatiendo la idea de una reacción decia: «Poniue hasta el punto de dictarse y piil>hcarse una ley aprobada por las Cortes y san-. clonada por la Corona ó por (luien ejerza sus facultades, todo género (le argumento> pueden ser conducentes y admisibles, lodo género de oj>osicion es permitida, y todas las razones pueden hacerse valer. Pero des<le el momento en (pie la ley acordada por Us Cortes y sancionada por la potestad real adquiere el carácter de ley, a(iuellas razones desaparecen, ) nada se puede decir de la ley, ni deducir consecuencias que no dimaneudc la ley..Aquella ley, como se ha indicado por otros señores, podra svj injtis',1. l inconcenieute, INICUA, ABSl'HDA; \. i no puede ser una ley ilegitima, porque lo Google útgílíuaú es lo contrario á ia ley; porque Wif Üt§ttílHHéaf*éas palabras ixintruüict»^ rias qiin pspre^an uh'iV> tncíHi 'ilinhles y diamelraiuicate opuestas. Au comu no puede haber «na ej^ctiiafb^n^'méogocío iimalquiera, que aiinr¡ue si>a al^nrda deje de ser ejecutoria V (ii* haber di t idiilo de una ma-Mnkirrevücablc -ios dereilio^ ijuc calaban mmúéñ én al pleito-aobrt 1 1 nt; ia ejeeutoria recayera, del mismo inodíi (icsilc el dia que se diría la ley, por AUSl Rl)\ (|iif se aupoDga, ella será i«!y y l)KBi']lt\ cumfíirse.

«Y no coiiihaliria mi;i lt>y ni profesaria «Iras doc'lriua.s tanipucu, en el cuso de que Tir ella, como por n de 484 1 se disposo de <; bienes del clero, se hubiera dispuesto oe los bienes de otra corporación ó indiriivm particular es. Yo diría que aquella ley ttibia sido infnsta, aue había arranoado los ^Sienes á quien era aueño de ellos, «/aranftaado por In ConslituciuH del E.slado, pem diría que la ley era ley, que se debia ob-|Mmr, y no deduciría cooseoiMiicias qve pío partieran de la ley» Lo confesamos iraacaaieote, esas ductri- «as nos han eseandaltzado; al leer en el i^Mrio dé Semnet lo <{ue acabmoi de transcribir, dodábamos si lo<; ojos nos en- ^^laban, y dudábamos todavía mas si estas ^^ahra» salina en efeeto de la boca de julisconsultos.

En efecto, no ignorábamos (pie se debe prorundo respeto y obediencia a las leyes; pirtlBiMOi qua no cebe yrecnwífiic fimlmeate sil injusticia: ipie aun ciiand()estae\isia en ciertos casos no son los particulares ios que deben deshacerla, sino que el buen órden liFtá» la aociadad eiiga qiñ la reparacioo se ha íxa por los mismos poderes publií os; no nos ocultaban los daños que podrían refecho de declarar injusta la ley, y de sos-Iraerse á su observancia; penM n'iamos que todo esto distaba mucho, muctnsiuio, de,«lor(|ar al legislador potaUiá para oonwler viWB mjuslicia, de decir (¡ne una ley eni verdadera ley aunque fuese ia mas injusta, aunque fuese hecha por un poder tneofa/»-ÜAmIí; de aHrmar que podit ae» vardidere tev T debia ser observada aunque fuese m-_i«iitt, LNICUA^ ABSUUDA. ¿sias cosas no ^(m nMiflMis nomrof, no tenfanoa tales HÉtoiM ni de la ley ni de la noiestad; aunque ■iharidon tineenunenla á la monarquía, no creiamoe que laies ootfla pudieran decirse de ningún {joder. ' Esto de reconíMser;>r)/íA7ífí/ para cometer injmticiai\ esto de dar por vúIuIq lo hecho por «tt poder inwmpeimte', esto de deelanAr ohlUjaUtrio ioin/ttffa, lo ahsttrio, /omíwo, esto no lo conceliiamos, no lo concebimos todavía: coulra csJLo protesta lo })oco (juc hemos leído; contra esto protesta nuestra mzon iialurnl; loiitra esto })!Ot('st;i la au^u^ta religión (jue pr<)( lasamos; ( (iiitra eslo prole.slaii todas las religiones de lu tierra; ciHitra esto protesta el deredio de todos tos pueblos, contra esto pvnfcsla el cora/oii «iublevándosp generosuuiuute cuulra seuiejautc ai)Oleosi)« dé la tiranía.

¡Lev contra la justicia, ley inicua, ley absunfa!...No baldaron a<i nuestros códigos cuaiKio deiiuierou la lev: uLa leyenda en (pie yace enseñamiento, eeaatigoescritn, que liga y apremia la vida del home ({ue n(» faga mal. é muestra é ens<'ria el bien que el home debe facer ú usar.» (Jjeif 4, Itt. i. Pan. i.)

«La ley ama y enseña las cosas que son de Dios, y es fuente de cnseñatniento, y maestra de derecho y de justicia, y ordenamiento de buenas costumbres, v guiamiento del pueblo y de su vida.» ¡Mee., % I, No h> entendía asi San bidoro eoando decía que la ley debia ser honesta, justa, de observancia iiosiblc, conforme a los usos del pais, acomodada al lugar y tiempo, necesaria, Util, 10 enderezada ai provecho particular sino al bien común. Ktim.. lih. o. cap. Y cuando en otra parte observaba que pora merecer el nombre de leyes debían fundarse en la razón, qtud ratione coitalaL L. 5, Oriif. c. iT.. ' No lo entendían ic nos ocoitaoau ios uanos que pounan re- ii asi los autores, cuando t^dos hacían entrar fftItMr sí 96 Qoneedíese é coalquiepa el de<- |.en la defisioion de la ley' la idea de joatioii; (toda no lo entendía asi el venerable Palafox cuando, combatiendo la separación de las dos ideas potestad y justicia, decía: jorisdicci^ eBordenaída de Dios pami servacion, no para destrucción de sus pueblos; |>ara defensa, no para ofensa; para derecho, no para injuria de los homares. Los qoe escriben aoe los myns pueden b uc quieren, y fundan en su rpierer su poler, abren la puerta a la lírauia.» {Ui^loriaMMÍSa§rada,Kb. ^,ú(ip. U.} • No lo en!<Mi(!¡a flsi santo Tomás de Aqui- Bo cuando deüoia la leyi.jKunu ordenación de la ñton endMQudi al bin eomoa jff^ I Bale deradto niiil^nda por n<|iii)l que tiene el cúídado de la comunidad; y cuando al esplicar mas sus ideas üoUrc este puolu decía: «pero la voluntad pttTrt lM#r /^MfMtfe ley ear las cosas que se mandan, debe estar roirulada jwr alguna rnson; y de este modo se entieudc que la voluntad del principe tiene fuerza de ley: délo coatrarío la volunlnd del principe j dios? y si no lo es; cuando usurpe na «lava* «Mana w Mei^ 4 de la obediencia; ¿y quién ha oído qae se imponga an deber en aoBobni de la «aJhí* licia?

«Como si la ley, deck al Sr., |»* diese despojar...¿Con que uo cabe oespojo en mediando ley? ¿con que la potestad del le¿;isladür es su|)er¡or á todos loü dere- $er{a mas bien INIQUIDAD QIE LEY; nlioquin voluntas principis magis esset inii¡iUtasqnam iex.» (^. S. q. 90. art. i.) Y mas abajo ^9. 96, art. 4.j aBadia: oSon injustas Jas leyes de dos mañeros, ó bien por ser contrarias al bien común, ó por el fm, como cuando algún gobierno impone leyes cnerasas á los subditos, y nndc uiiliíiad vo-Biun, sino mas bien de codicia o (it> am()icion...y estas mas bien son VIULENCiAS que LEYES 1» No, no, jamás se puede admitir la funesta doctrina de que una ley injusta, una ley inicua sea veraadera le'y; y cuando «I Sr. Bravo Murillo ha dicho que una ley ilegitima or;i Miia rnntradiccinn. ha incurrido