convicción que nos Uuuuiia se hubiera sobrepuesto tamMea á un golpe inesperada-Con respecto á las indicaciones |)oliticas fpe hace el TInnpo sobre el enlace de la Reina, nada tenemos que responder; nuet^lm o^-ninn es oonooiaa; 'aai como hemos repetido varias V(>('es no Mihordinarianos jamás la religión a la política. ' ^ mv.
Atol lunadamente, la pequeña poiémiea que acabamos de sostener con el Tiempo ha tenido otro carácter muy dilerenle de ia que han sosleaulo otros periódicos; el tetua- «iM/o dfio JKaeíMiMno ba sufrido los alih quesque ellos, y aun podriadecirset{ue no ha sufrido nin.^unó, á no i»er que por tal se e|frr tienda las caitbcaciuuos generales de pariÉi diooa^oMiilMKaiy aipotlélim. Ríob pudi»* ra suceder ipie en íiLuiim de esas condenaciones en globo hubiese andado envueUo el PensamentQ deda jimo»,.m}iVtK»l» 4||iaD(lo si mal do recurdainus, quejándose un diario del Católico, hablaba tambico de lüs (lemas periódicos absuliilislas: y no habiendo mas ({(le tres en.Madrid y necesitándose para el plural, crcinios que al¿,'o oos lle.uaba.
Como (iuiera, no ha sido el Pensamiento de Ui AacioH blanco de acriminaciones como la Esperanza, y mucho menos como el Católico. Esle es punió que merece exaaiinarse.
$ Tocante á la Esperanza no alcansiamos á ver ese destemplado tono contra el cual se ha declamado, ni mucho menos (|ue se descubra en nin;:;uuo de sus escritos ni aun asomo de encono contra el l'adre común de los heles, couío se ha (juerido suponer. Luego de recibida la noticia, contesLnndo en muy breves palabras á una insinua('ion del JJeraldo, por cierto algo |)un/.aulc, no hablo de otra cosa que de fe y de sumisión: y po>leriurmeule, si bien ha maniteslado mas 6 menos desconiianza con respecto á las noticias recibidas de Roma, no se ha permitido ninguna espresion ofensiva al Ponliíice ni á la corte romana, moslnuidose siempre pronta á someterse á lo que el Papa determinase. Si a los periódicos de ciertas opi-JÜones no les ha de ser licito ni aun suscitar |ptas cuestiones de critica, entonces seria iMjor cerrar el campo de la di.scusion. En Cko hablamos con tanta mas imparcialidad, auto i]ue nosotros nos hemos abstenido de suscitar esta cuestión; pero la Esperanza estaha en su derecho al manifesl^ir sus dudas, y no hemos acertado a ver en sus escritos esa (lo>l<'inplanza de ({ue se la acusa. La Esperanza ha hecho muy mal en no recordar que un articulo de oposición, ({ue seria mirado como un modelo de templanza si se hallase en periódicos de otro color, es una cosa exexrable puesto en las columnas de un periódico monárquico. ¿Tan pronto se ha olvidado la Esperanza de la pena del ilotismo con que se ha conminado recientemente á los monár({uicos? ¿Es acaso poco Mra los ilotas el que se acepten sus alai>anpis? U alabe pues ó enmudezca. ¿.V donde iríamos á parar si los carlistas comenzasen á levantar deiiiiisíado alio su voz? Esto es ya demasiado, y al iin sera preciso ponerle un término; sera necesario realizar la amenaza. Arrepiéntase á tiempo la Esperanza, que el ilotismo esta pendiente de un hilo sobre la cabeza de los contumaces.
El debate verdaderamente ruidoso ha sl-^ do el del Católico-y el hecho es grave; no ha sido infundada la alarma; pues según pare-, ce, ha habido.serios temores de que el 6'ü-^>/ico llegase á escomulgar al i'apa. En este supuesto los periódicos de la situación han salido como era natural, á la defensa de la Saflta Sede, para evitar á la cristiandad un grande escándalo y al Papa un disgusto. Escusado es decir (jue los compradores de bienes de la Iglesia se habrán también llenado de santa indignación contra el Cató" lico, aprovechando la ocasión d(! mostrarse agradecidos, pues cuando el Pontilice comienza á pensar en librarlos á ellos de escomuniones, ellos.se han adelantado en salvarle a (ú de la (|ue iba á recibir del Católico. So se los podra llamar inijraloü.
Lo que tiene una medida oportuna...Con sola la noticia de las buenas disposiciones de Roma se habrán hecho iillramontanos muchos hombres que antes estaban muy lejos de serlo: el día en que se publique oiicialmente el reconocimiento de las ventas, el entusiasmo por la Silla Ajtostólica llegará á su colmo. Esto es una felicidad que conviene no echar á perder: y por lo mismo Roma debiera andarse con mucho tiento en no mostrarse demasiado exigente: porque si bien están ahora de su parte los nuevos convertidos, es temible que estos reúnan el fervor y la instabilidad de los neófitos. Mucho recelamos que por poco que el Papa se mantenga lirme en algún punto de gravedad se trocarán los papeles, y el Católico habrá de salir á la defensa de la Santa.Sede. Por esto desearíamos, que si este periódico está efectivamente resuelto á escomulgar al Papa, no lo hiciese por ahora, y se contentase con una admonición. Entretanto se ve^ rá si los neótitos se consolidan en su pro^ pósito, y si es cierto ó no que de hov ca adelanle'el Católico haya de encargar tlelinitivamente la defensa de la Silla Apostólica á los compradores de los bienes de la Iglesia.
Esle asunto del Católico tiene algunos antecedentes que conviene recordar. Hace mucho tiempo que el citado periódico estaba in(|uietando á los compradores de los bie-» nes del clero, á pesar de cuanto se estaba diciendo sobre el progreso de las negociaciones del Sr. Castillo v A.vensa. Cubierto hasta la frente con el parapeto de los cañones de la Iglesia, y mnv en parliculac. del CMNflbélTKiito,doiidt^ieraque veía I se fwt privades át \» tMackiaflirll asomar una cabeza de comprador de Ijícucs fanatismo clerical, vaiiéodonos de la esprede la Iglesia, le disparaba un tira; y si este { sioa ümpbaila ^aU» úUídmm dias. Como todavía no henaa keeho gnmdeawlMrtat tm la carrrcra palriolica, á pesar de que ahora ya no hay en nuestro periódico aquello de i). Carlos, y los frailes, y la inquisición, y si úaicameBte el absolutismo n/Qrmédo^ loqua no es poco, no hemos podido llegar á compreader el liberalismo ile ciertos periódicos V de una que otra autoridad al hacer carga» a los confesores no absolventes, cuanáo ai* fervor de los no absuellos clama al cielo ve»^ gauui, como la sangre de Abel coülmai mlricída CaÍD...i ^«««k < i'^j^^ ITé aqui cómo consideramos nosotros la presente cuestión. El catolicismo debe de ser eu £spaíia, cuando no la religión.dei Estado, al bmhos una religión tolenia. li decir, (]iie no se halla en peor condición que bajo los gobiernos protestantes. Ahora bien, supongamos que en Inglaterra óet loa Salados-Ünidos ni foailtBte á quien m ha negado la absolución se queja ante el magistrado y pide el castigo del confesor, ¿qaé ae le eofilMlaié? «Balo na ea 4e ni iiemia bencia, dirá cuerdariieiUe el magistrado; V. como católico se sujeta al tribunal del confesor; y el confesor como ministro de la fteligioD Católica procede de la maaera ^m> cree conveniente. Si V. no (juiere confesarse, el confesor no le fuerza a ello; si V. deaea baacar oCro aaeerdole tfot le absuelva.
comprador era por acaso de los petUtmtm t^kMtti le ese(^eteaba oon mas viveza, como para librar al confesor no absolvente de los procedimientos de un juez de primera inatancia, de las medidas gobeniati^de nn gefe político, ó de un golpe ab ínlo de omnipotencia ministerial.
Cuando ios famosos procesos de los sermones alannanles qie aiMiiazaroo provocar uaa conflagración en el Congreso y en otras partes, el Católico tuvo la osadía de manifestarse partidario de los predicadores, no embargante que los escesos de estos habian llegado hasta el punto de tomar en boca al Jvdio Errante; cou lo cual el Católico infundía sospechas de pertenecer á la esenela de Rodin ó de Faringea. Esto era horrible y cabalmente coincidía con la locura de Villemain, causada como es claro por los anónimos jesuíticos, y la agitacloB ántijesuitica de esos bravos patriotas que acaban de cubrirse de gloria en los campes de Lucerna.
Asi las cosas, y llenada ya la medida del sufKmienlo de las victimas, llegáronlas noticias del Sr. Castillo; y los periódicos de la situación al anunciarlas, no se olvidaron de Ihf oreeer i sos adversarios con niia sonrisa huilona. El Católico se enfadó, meDCSlercs confesarlo; y antes de abandonar su parapeto diria para st: pues si el fuego ha de ce-. sar pronto, vcry al menos á desahogarme I el confesor no se lo impide: este ea, antes no llegue la orden; y cargó hasta la | asunto de mera conciencia; las leyes no me boca, V disparó con un estruendo horroroso. \ autorizan {>ara mezclarme en el, y el huen Los defensores déla aituacion, que se vie- I sentido me ensella que nada tengo que ver tÍÉ «¿mqxndidiia con lai galanas albii- I con semejante desavenencia.» cías, no pudieron eontcnerse mas, arreme- í'areci.mos <|ue esta respuesta del magi»-tieron ÓJMMO de carga como en otro tiempo t^cado era muy justa sin dejar de ser muy li Mñfwi bienes del clero, según espre- beral; pero ya vamos entcndiendn que no sion del Sr. £gaña,y rompiéndolas lilas de los apostólicos han hecho en ellos, lo que se llama una carnicerfai.
Discisti justttiam moniti et non temnere ' IjKiiébmgIbnidad del dera, «bsthndi todavía en no preferir al Concilio de Trento las leyes de Mendizabal, ni á las alocuciones del Papa los artículos de los periódicos, habrá recibido una buena leoeion; y es probable que en adelante no suceda que los compradores de bienes del clero, de suyo tan amigos de ^ftecne^^de áacranentos, debe de sor;isi cuando lo comprende de otra manera el liberalismo espa&ol. Sin embargo, á los que de esta soerte opinan ana atrevemos á dirigirles algunas preguntas pnf* ra esclarecer la dificultad. Un sacerdote sentado en el tribunal de la penitencia, ¿puede obrar-contra loa cánones de la igiosin? ¿fli ó Bo? ¿ Puede prescindir de los decretos de los concilios, aun de los generales, aun del de Trento, admitido y vigente en España? ¿Si o no? Estos conciliaa, y en especialii de Trento, ¿sujetan á escomunion á losqM se hallan en el case de que tratamos? ¿Si ó no? Un safierdote ¿pOMS dar por deioga- Dlgitlzed by Google 'TnDmni con •ti» hillMriiediado una ley eivíl en contradicción con ellos? ¿Si ó no? Si piies el sacerdote no puede obrar contra los cánones tener con las negociaciones de Roma resultados de tanta trascendencia, seria sm duda mucho mas acertado que en vez de irritar 4» la Iglesia, el saeenlale al obrar conforme loa iamos se proearase calmarlos, v siqaieá ellos procede como debe, y manto se haga contra él es un atropellamionto, un atenlado contra esa misma libertad (^uc tanto se B08' encarece.
El sacerdote no va á busrnr al penitente, este ea (juien basca al sacerdote; al compra- «ésHe bienes de la l^^lesta nadie te va á iniqrielar ensu ( u m á requerirle para que «e vava á confesar. La Kspañn de ahora no esia fespafia de otros tiempos; ahora nadie ra por interés propio no suscitasen íos hombres de la situación cuestiones espinosas, <iue no podrian menos de acarrear dificultades y conflictos. No es probable qné ladaa los asuntos eclesiásticos se desenmaraflen instantáneamente,, antes es creíble ({ue las negocíncidlied dui'»>tii iaiga tíanipo, y que en el curso de ellas se tropezará con alf;unos obstáculos. ¿Qué nccesidiíd li.iy do auínentarlos i ¿l'uede ser provcebüM> al buen éxifanaráporciertoenintenlarcaDSas á los que | 16 de las'naffoeiaeiones el jqoe se persiga ¿ no reciban los sacramentos ni cumplan con los sacerdotes por haber m'ü.ido la absíduios demás preceptos de la lelcsia. De in tu) hay una verdadera libertad de conci ík 1 1, y tan lata como puede haberla en los Estados- Unidos; ¿quién no ve, pues, la sinra/nn de ua confesor porque se ha ne^sado á á m penitente? Esto seriaincreiblc si no lo estuviéramos viendo con nuestros ojos. ¿ Y todavía se nos habla de libertad Clon, y el (|iie la poleunca sobre los asuntos eclesiadilcus sea apa^iioaada y vimleotáf r BniHr qne«l. alero, que laaiMi^s, que cuantos han rntopndecido siueenuneiite,i l is victinuisüelUebpojo. uo solo se soutelausiao que déíi mnesimdealcgria, dyáHniiüniit porque está próxima i estinguirse la es|>eranza de recobrar lo iierdulo, es exijíir dey de tolerancia? ¿ Y esto delienden y pro- i masiado; es empeñarse cu violeutar los sen periódicos que se llanian libérale^ | tlmientoa mas netvrales; e8<<|neferlMratr^l No hay aqui solo cuestión reli^osa, hay cuestión de libertad: y es e^ítraño que a aanbre de esa misma libertad se aconsejen 4MMAas desafueros.
El no recibir el penitente la absolución nn le priva de ningún derecho civd, ni le espo corazón humano á que deje de ser lo quej ¿No basta la sumisión? ¿Hxiuira mas el * mo Pontiíice? ¿Necesitan algo mas los c pradores de bienes de la Iglesia? Y si á (tesar de todo. á nin^ del triunf'> consepoido se insulta a los despojados, y se les prodim é ■oteatias de ninguna clase; ari cono I gaa apodos, y rtüras y sareaaaMai^tiMié ii absohwion qne tedíese por faena el confe- { estrañoqne no todios tengan paciencia ba»* «orno bastaría para tfanqtiÍ7arle en su concicn- i tante para abstenerse de contestaciones du*« ras? Era de esperar que los desengaños y los eacatmieatoB, y sobré todo el cansancio da his discordias civiles, inspirarían difi renta conducta. l)e<_r;u i i ljuienle no son solos los anarquistas los que conservan aOcion al himno de Riego y átes tradioiaoeadel if gala. Por lo demás, asi como comprendemos el disgusto de uaos, tampoco queremos ¡nenlpar te étmfmét «ünaranihdB^a»-sas son muy naturales: hace ya largos años que alternativamente, nnicnlras los unos es* tan aüigidos los otros echan las campauas á Tutío reata es la suerte de los paisas dottda campea la discordia. Los hombres juiciosos deben hacerse cargo de lo (pie consigo traen semejantes vicisitudes, y ni participar del enojo de los caidos, ni tomar parle ente burla con qne se solazan los que trinnffln; asi al menos no se atiza el fuego, que por caá. Si no quiere someterse a los resultados del Mtede* aquel tribunal, que no Heve á él su causa; en ella no hay mas actor ni mas testigos que él mismo; ¿ (|ué derecho pues 4iMá (Quejarse si sale condenado? Esta candeiacion> |te acarreará ñor ventura algnn perjuicio en sn fortuna r ¿No está ademas el confesor obligado al mas riguroso si-<g|Baf 81 pnes antes de presentarse al tribu» ■al de la penitencia nadie le fuerza á ello, y después de presentado, la negativa de la al>-seluciun no tiene ningún resultado civil,. -'l^fN apelar á Jos tribunales ciritest ¿ Es I inocente ó es culpable? Si es inocente, tanto peor para el confesor; si es culpable, i qélén na pensado jamás en ser absucito porÜKrza? Esto, sobre injnsto, ef demasíido ridiculo. Ka ique al parecer, según las noticias del * dRgncia arde ya demasiado, v no queda e' Tcmnrdimirntn (e haber contriDuido á p\;is~ perar los parltdes y agravar por consiguiente los nnles de esta nación infortunada. Sigan, pues, enlioralMiena su earso las negocíacione*! con Roma: nosotros tenemos contianza en el espíritu de paz y en la prudenetar del Pontífice. Con el espirita ee paz hnrá las concosiones que considere necesasarias ó convenientes, y con la prudencia no dejará de obtener en couipeusaciuu alf^unas repaiaeiones pera la Iglesia de España. En Roma se sabencoufItK ir hien las ncgociacio- 11 na nneva üf. tte eomenzó por pnbIHuih lev de inipr''n(n di» (rfínTHlf / Rrnhn, v acaba por despojar el jurado del carácter de institaelon constitneiomil. Se eomenM por suspender la venta de los bienes del oler», y se acaba por devolver lo no vendido. Se comenzó por quitar algunos empleados progresistas, y al fin se toa in qniliid^á todos; Se C(iiii:'ii/i) p'iT pifiíTr rnnl n-'ñn a!^^■ qiiese ■ levaulabau; primero tiul)o capiUiiaciones, pero luego han seguido los fusilamientos ^ia piedad. Estas cosas no le son mny 'saMables á la revolución, y sin embargo se han nes: la presente et» diiicil, va lo sabemos, | ido haciendo, mas bien |>or la fuerza de las fdo otras se han resaelto feiimente en Ro- sncesos que por la Toluntad y los planee de ma (pie lo eran mas. No cabe dw!a, que el gobierno español saldrá ganancioso en provecho de los compradores de los bienes de 'In Iglesia, pero lampooo es de pensar que un sacriíieío se akanse sin algún otro sacritício.
Aun bajo el aspecto político quizás puedan •naolter oe esto algunos bienes. Todo lo que sea qnitíir de en medio cuestiones IrrilMtes, todo io que sea desvanecer inccrtidnoibiea que llevan agitada la sociedad, todo lo que sea aumentarlss influencias legitimas y anti-revolncionarias, todo puede contribuir a dar a la política mejor dirección, y é dar fin á la revolución, que cada día va dftíaycndo.
No todo lo (^ue hacen unos hombres es en provecho del sistemaá que ellos pertenecen: es bien seguro que cuando la coalición contra Espartero no pensaban los progresistas trabajar en beneGcio de sus adversarios, y -sjn embargo lo hicieron; y lo cierto es que ahora de un modo y después de otro, ahora invocando unos principios y después otros, desde la caida ae Espartero ha sufrido la revolución tan recios golpes que la ban dejado mal parada.
Las cosas llevan irresistiblemente un curso contrario á la revolución; y si estaño poede eoBieguir muy. finmtt un estallido» lo que es mny dilicil, es probable que no se detengan las cosas en el punto en que es- 1 >ten. sis comenzó por desarmar algunos Üt" | tallones de milicia, y se acabó |)or desarmarlos todos, y por í]uilar ademas la milicia del código fundamental. Se comcn/.ó por disolver ns Cortes de la coalición, y se acabó por echar abajo la Coustitucion <fc 1837. Se comenzó por mudar algún ayuntamiento, v ee aeita por mudarlos todos y siyelarlos a los hombres. Ni muchoe pensaban en desarmar en masa la milicia nacional, ni en echar de los empleos a todos los progresistas, ni en reformar la GonstiUcion de Ifitf, ni en devolver al clero los bienes no vendidos; v es bien seguro que si á muchos de ioe> que han contribuido á ello se les hubiese dicho todo de antemano, se hubienn eni' tado de tanta osadía. Y sin embargo se ha hecho; y por indeclinable necesidad se harán todavn muchas* otras -oQBon. Bn ÜW nos hallábamos en el periodo ascendente; hemos doblado la cumbre y estanms ya en el descendente: unos quieren bajar uiat» de prisa, otroa mas despacio; unce «o quieran bajar hasta el fondo, otros sí; pero lo cierto es que á pesar de todas las resistencias, se baja.
Los periódicos progresistas tienen nm corando clainrin fjiie la libertad peligra; ellos cuUeudeu a su iiu)do libertad, y en este sentido la Khertad pelíi.'ra: no vat.desomnÍMH dos. Y á esto contribuye cada cual por su parle. Los progresistas CNin esa oiKisicioii tremenda y uno que otro ensavode pronunciamientos, van empujando ales hombres de la situación hacia el sistema monárquico; y como tampoco los monárqnieos pienien iodo el tiempo, á cada paso que dan bAoía ellos küde la aitMdonactoal les dan- un tirón, y en vef de un paso les hacen andar dos. verdad que ellos vienen de espaldas, como que mu de dar hi cara é mfn gresistas; vienen también murmurando contra los que los arrastran hacia atrás: sea como fuere ellos retroceden. El Sr. Martínez de la Rosa es en política un escelente infíeniero de puentes y calzadas sin que él se lo imagine. En 1834,!>io quererlo, ooa&-truyó el puente por donde UegamoBttl tin de la Granja y al prommciamiento de selienibre; pureccuqs que ahora esla construyendo olro, y <|ue por él hemos de llegar a cusas <|uc K. no cree ni desea.
(jOo oI arre;¿lo de las cosas eclesiásticas hará el Papa sacrilicios, de esto no dudamos; pero repetimos que no vemos las cosas tan negras que ni en lo religioso ni en lo político ya no nos quede ninguna esperanza de que la España pueda reportar ventajas. £1 estado de la sociedad española no es •éde la francesa; aqui el principio reli^ióso • líeae todavía una luer/a incalculahie; es un MMIe que no han quebrantado los ímpetus de la revolución, ni i^astado los surríinientos: el (lia en que este principio vuelva á ejercer sus funciones con al¿;una libertad, hará sentir sus efectos en todas partes, in-4ÍHt la |)olilica. Porque el influir en la po-Mjft^ no de|>en(le tan solo de que los eclclüalicos puedan o no puedan ser diputados, ñique los obispos se sienten en mayor ó menor numero en los escaños del alto cuerpo cole^islador; hay influenciasindircctas, suaves, continuas, <|ue se ejercen sobre la sociedad, y que tarde ó temprano llegan hasta la política, con tanta mas eficacia cuanto menos se han dirigido a ella. 0* Tomemos |)or ejemplo la coniirmacion de losobis|)os, que probablemente será uno de los primeros re>uUados del arreglo con Roma. Prescindiendo del mayor ó menor discernimiento que hasta ahora haya habido ó en adelante hubiere en la elección por parte del gobierno, nosotros estamos persuadidos de c^uc este será uno de los puntos en que mas se hjara la atención y el celo de Su Santidad, para no colocar al frente de las muchas iglesias vacaiilos sino hombres de sanas «bctrinns, sabios y virtuosos, cual los demanda en todos tiempos la dignidad epi.scopal, y muy (Kirticularmente en el presente, cuando sera tan necesaria la mano del Pastor para curar los males de que encontrará plagadas sus ovejas. Ahora bien: si hay este acierto, que debemos esperar, se hará ientír saludable y poderosamente la influenñi del cuerpo episcopal. Tocante á los asuntos espirituales no es necesario probarlo; y por lo relativo á los temporales, también creemos que no puede menos de hacerse sentir de una manera muy provechosa la nueva aparición de un elemento social tan res|>etable, que tanto ha representado siempre un España, y que ahora los años y I los padecimientos tienen poco tnenos qne ¡ estinguido. Volved la vista en todas direc- clones, V solo se os ofrecerán iglesias viu* das; si algunas no han perdido susprelados^. estos con pocas esi epriones, se hallan ago-*. biados de años y de achaques.
Encaso de amena/.arun trastorno poli tico^ de una complicación, de una crisis, que por tantos motivos puede sobrevenir, ¿sería poco para evitar catástrofes el contar en todos los puntos de la península con hombres, revestidos de tan elevada dignidad, cuyas órdenes obedece todo el clero, y cuya palabra reciben con acatamiento los pueblos? n I Una de las causas mas {irofundas de nuesr tro malestar es la falla de instituciones só» lidas é influyentes: la revolución destruyó las antiguas, no ha habido tiempo do reetn* Í lazarlas con otras, con lo cual se halla España pulverizada por decirlo asi, sin nada (|ue ligue sus diferentes partes, sin mas prendas de estabilidad que la fuerza del pot der publico. Una de esas instituciones es sin duda el episcopado; y en un país tan religioso como el nuestro, bien puede asegurarse (jue esta es la primera y mas saludable de las instituciones sociales.
La presencia del Nuncio de su Santidad en Madrid tampoco podrá menos de ser pror vechosa, y si los asuntos eclesiásticos se han de arreglar, lejos de considerar conveniente la tardanza de su venida, desearíamos que estuviese en España antes de que se procediera á una resolución delinitiva en gravísimos puntos, de que es dilieil informarse exactamente á no estar en el mismo. pais de que se trata.
Después de verificado el arreglo, tnmbien podría pesar mucho su voto en negocios graves, contribuyendo con su influencia á traer al gobierno á buen camino cuando se apartase de él, y dar al clero saludables consejos cuando los hiciera necesarios lo crítico de las circunstancias. No ignoramos (|ue un desmán de un gobierno obliga también á los Nuncios á ausentarse; y tenemos demasiado cerca sucesos deplorables que! nos manilicstan la posibilidad de otros paro-' cidos: sin embargo, es preciso observar que, ciertas cosas no son nara repetidas con fre-I cuencia, y que cuanuo no la buena inteni cion, al menos el interés propio v el temor Íde provocar resultados funestos oliligan frecuentemente a pnaeder con alguna cautela.-Ademas es necesario también llevar en cud&ta )a diferencia de los tiempos; lo que 11 se hace con facilidad al priiict|>io de una re- I volacion se convierte en imposible ó muy! difícil cuando ia revolucioa va locando i su \ ténnino. ¡ Sea como Aiere, cnanto mas meditamos sobre este negocio nins nos confirmamos en la opinión manifestada en el número anterior. Sin haccrnoh ilusiones sobre la vcrdadc-M sílnidon de las cosas, sin desconocer tampoco las ideas y las tendencias de los hombres, sin entregarnos á vanas esperansas sobre la suerte que ha de caber al cIcro> nos lirametemns tadavta mucho del celo I apoRtófiro y di» la consumada prudencia de ' la Santa Sede. Si hay concesiones no las hibii sin alguna compensación; repelimos que en Roma se sahe negociar, y que no fuera cí?traño que en el curso de las* negocia- j Clones enlabiadas se viese la prensa religioit en la necesidad de salir á la defensa de loquf*:i[ir'!lifl ira sin duda nmhiriosas prc- l temwtm de la curia romana. De todos modos, asistamos con calma y dignidad al curto de tos acontecimientos, recibiendo con entern snrnision cuanto decidiere el vicario de Jesucristo.
Por nin^n tftulo, bajo ningún protesto es lícito debilitar el ascendiente de la réligion; y estése dehilila con cualquier resistencia que se ofrezca a ias disposiciones de la Santa Sede. N^o darán, no, tan funesto escándalo en Dspnfia ni el clero ni el pnohlo; {>or mas í[tie mí diga, ha habida suintsitm y j a habrá en adelante; noa muestra de des-' agrado dista mucho de la resistencia; bi aflicción causada por la pr rdida de una esperanza no, es el encono contra el Papa, y ma palabra de indiji;nac¡on contra los com- I pradores de los bienes de la Iglesia no es | una insurrección contra la autoridad Pnnfi-, ticia. K>a resistencia ni ese encono nu han existido ni existirán. En vano se ha tomado acta de palabras pronunciadas en el calor de los primeros momentos por personas de probada buena fe, de rectitud de intenciones, de sanas doctrinas; en vano se ha tomado arlr», osla acta no servirá de nada: porque, sea cual t'uci% el sentido que á primera visla pudieran ofirecer las palabras que tanto se han comentado, tenemos por seguro que su atrtnr no les daba signilicado que de nutgun mudo pudiese ofender la autoridad de la Santa Sede. Asi lo creímos al leerhis, asi lo bemm víalo coulinwdo en sos esplicaciones sucesivas: el acento do la indicación p(0> vocada no es la esprcsion de disposicienso amenazadoras.
Siempre hal)iamos dicho que en hablando el Ponliücc el clero se »>meieria; y repetimos lo misuM ahora, deapoesde haber «Inw> vado lo que está sucediendo tan pronto como han llei'sdo esas noticias, de las cuales solo una pane sabemos por coodui^lo oüciai. Una cosa desearíamos es este asunto, y es que el gobierno y los. hombres ¡nfluyeules de la situación imitasen en lo que les corresponda la conducta del clero: es probable que entonces no lendriauies «(oeeenaiiesao carn iní'onsticucncias en que much» tenM*-mus que lucurriraa. ti clero s>í$ue esta. conducta honrosa, y no la abaudoneri en ad^ lante; los que mas elevados se hallen en categoría serán los [trímeros en dar i«l hnon ejemplo. I^slc es un hecho de que nos liemos asegurado. Hombres distingoidef per su saber y sus virtudes, liomhi rsquc nocareóian de motivos de reseulauicolo por haber sufrido re|»etidas persecuciones, estos boBibrcs son los orí me ros en balar Ja cebeae f esparcir por oonde quierapaJabiis de ps f sumisión.
¿ ¥ qué diremos del Episcopado? ¿ Oaéie por ventura que en esta circunstancia critica desmentirán los obíS|M)s aquella firmeza apostólica que ba resistido á todos los cntbtttes de la revolución, que no se ha quebra»-lado con los procesos, los deslio rrf>s. las corceles v todo linage de padecimientos? ¿No los hemos visto recientemente á algu^ nos de ellos renunciar generosamente á istrcargarse de la administración de ciertos producios, solo porque creían que con eÜo se moBcillaba su conciencia? Sea cmd fuere la opinión que sobre aquel particular síi profese. ¿ no fue edificante el ver que n!t:irnos prelados, al ofrecerles el gobierno ia administración, Bo se afanaban por tomarla. ce* mo lo hubieran hecbo sin duda si li s guiaran miras terrenas? Lo primero que se urocura en el mundo es poseer de^ un maoo é de otro, porque con la poseiiwi ae líoMi adelantado para lo demás, y '^in embaríro, esos d^nos prelados dijeron; «uo querea^os una posesión que en auceUo otncofrto eoo mancilla; la conciencia antes que m peoduclos.r» Los que Uencn la generosidad de aüadir aOiceion al «fligido; losquepaieflaugnimee en insuliar áloe deapqíndw; las ^ w saben hablar lic la buena (lis¡>i)Mt-ion en que se hallan los negocios de Hoina sin que nñarian espn'siont's ofensivas a los que ellos llaman njio.'iióliros, seengat'ian mucho si creen qae en Kspana se dará un escándalo en caso 2ne se ohten;:;in de Roma las concesiones e^e se nos habla. La Iglesia de España 9e Mstrara lo (|ue es: fiel a sus deberes, tiraje en su fe, sumisa y obediente á la cabm del orbe católico. Durante laspersecu- ] aÍMe:» ha sabido sufrir; cuando ha llegado et4lM Dcresario ha sabido hablar: testigos i llt innumerables procesos (]ue durante la í dffminncion de Espartero y mucho antes se formaron al clero y a los prelados. Los que, han dicho lo contrario, los que se han atrevido n alirmar que el clero solo hablaba ahora y <{ue antes callaba, se olvidan sin duda de tantas causas cwno se formaron en é|K)-cas lejanas, y centra las que alguno de los órganos de lá situación actual reclamó con voz elocuente. I*ues bien, ese clero que supo protestar, que su|>o sufrir, que sabe tmn mismo resignarse á toda clase de privaciones, ese clero sabrá callar cuando el Ponldice hable. sabrá someterse de corazón; sabrá hacer un sacrificio, quizas todavía mas costoso, el sacrificio de soportar con paciencia y calma la irritante sonrisa de la injusticia triunfante.
El articulo que publicamos en el número anterior ha llamado la atención del Heraldo, qie considerándole peligroso >e propone apKcarle el o[M)rtuno correctivo. Desempeña el Heraldo su tarea en lérminosmny mesurados y corteses, que no podemos menos de agradecer; pero des])ues de una atenta lectura de su contestación, no hemos acertado á convencernos de que destruyese nada de lo que habíamos asentado. El Heraldo se limita á unas breves reflexiones sobre dos puntos de nuestro artículo, i Los confesores que no absuelven á los compradores de los bienes de la Iglesia. í." La tendencia política de España. Tocante á lo primero, el Heraldo nos ha hecho un favor al insertar algunos de los párrafos en que manifestábamos nue-iira opinión. Nada tenemos que añadir. El Heraldo no combate las razones en que nos apoyanM)s, y en vez de una respuesta nos dirige una pregunta. No le nh> plicaremos nosotros con otra pregunta, sino con la mas csplícita respuesta.