al lia üc volvciian contra; lofriDiIsnios prow » La irrandi'za representada en crecido número on ci alto cuerpo, también esde esperar <iue se penplrárá de la gravedad de. stts.deoeraa y de latM^rtnneia de su mrvs sioo: 0 no aceplítrín n cumpliría. Si asi no. lo hiciese se condenaría a si pi*opia, y justiíicnría al gobierno ()ue no le quiso otorgar*, el derecho heronlano. lEaf poKgPoaf ffilBií grandes los arrostraron pus míMoifs ron--quistaado con beróicas hazarias tos títulos Jue ¡lastran é sos ' fifHtiKas^; Pdigrós! ¿ r ' onde están? ¿cuáles son los que amenazan á un voto inH"|wMit!i(Mile? ¿se deporta po.- ventura a Ioñ senadores come á loe dos es^ criteres iiAUIcqbT Dígase lo qve se ipnioNi de la violencia del gobierno actual, H'xm hacerle mucha injusticia el suponer ni ana la posibilidad de semejantes escesos; si ea^ tamos oottdenadas á preseneíarlaa, 09 vo»t drán jamás de tiii gobierno ma^ ó menos repular, sin(» de una situación francamente revolucionaria; y en esta situación no mandarían los homlires der ahoni; anjlea de-Ua* gar á élla hubieran tenido que snirar sos vidas condenándose a la eaugracion. ' ' A mas de los obispos y de 1^ grande^ hay en el Senado una escogida fteonion m títulos. de altos emp'íVífioN, ricos propíetarM^, de hombres distinguidos por su posición y antecedentes, en quienéa'Méa suponer que el dictamen de la conciencia v cl celo ]mr p! bien piiblico. domin^írán solíre consideraciones particulares, que no deben ser a^rdft66Éhd|9'<;st5irde por idéfll los intereses m;iN [¡reciosos de la patria.
No se crea que nos propongamos mad^ el celo y el espirUu de independencia por la mayor ó menor conformidad con nuestras doctrinas, llamando tínndn y torcido <á qnicn nos las abrace, y recto y valiente á qoien las detienda; no somos tan injustos. DesM*- tnos tolerancia para nosotros, y hl otorg»> mos fácilmente » los demás: formamos nuestro juicio con entera independencia, y re--coiiocemos tm los démas. M '<ut>ulio''4b formarlo de la misma madera; al discrepar de las opiniones a¡r(*nas m nos írrita, no nos estrafia que los otros discrepen de^ las nocitras. Goooomnas muy bien que entre los-se* nadores los habrá en nn piM[nprin niiniero, que miren los u^^nfcios bajo un punto de vista muy éi ve r so de I que nosotros tpmamoa; Digrtized by Google Digrtized by Google cioDes, y obtendrán de nosotros ya que no el asentimiento, al menos el respeto mas profundo. Lo que combatiremos con energia no serán las convicciones, sino las condescendencias; cosas muy diferentes que distingue y deslinda muy bien la conciencia pública, por tupido que sea el velo con que se cubra la debilidad. Si asi fuese, entonces sin traspasar la linea lijada por las leyes, ni faltar á los miramientos debidos a las personas ni á las clases, tendríamos derecho á llamar á los culpables al tribunal de la opinión pública para adelantar desde ahora el terrible fallo con que la posteridad los ha de condenar: tendríamos derecho para decirles: «vosotros luísteis llamados |)or la corona para ejercer junto á ella la mas importante de las funciones; y á pesar de que la visteis comprometida por errados consejos, callasteis; en vosotros conliaba la iglesia para que le ayudaseis á salir de su (>ostracion, V en el momento solemne enmudecisteis; de vosotros reclamaban los pueblos un tíkvio en sus cargas, esperando que elevariais á los pies del trono la reverente esposicion do las miserias públicas, y no lo hicisteis; cuando los tiranos os pisoteen ó las revoluciones os arrojen del santuario de las leyes, y depriman vuestro rango, y atenten contra vuestras propiedades, no culpéis á nadie; bajadlos ojos y^dccid: upagamos nuestro merecido.»
lie T pnbHcade ta Madrid rl i 4 íA idIudo.
Todo indica que caminamos á un conflicto. Que es inminente, nadie lo duda; la diferencia de opiniones solo puede estar en que unos crean difícil y otros imposible el evitarlo: por nuestra parle, nos inclinamos mas bien a la imposibilidad <]ue á la Jilicultad: ¡átan deplorable cstremo vemos llevadas las cosas! No somos fatalistas; por el contrario, tenemos viva fé en la Providencia, en su benéfica acción sobre el universo, y en la libertad del hombre; mas por lo mismo (¡uc creemos en la Providencia, creemos también que el mundo moral, á semejam^a del físico, está sometido á ciertas leyes, las cuales debidamente combinadas con el ejercicio del libre albedrio, pr^ I ducen sus efectos de manera que se los pne-! de prever. Creemos también que los hombres están sujetos á esa gran lev de espiacion (|ue preside á los destinos del linage numano: quien comete una falta, paga su merecido larde ó temprano, aun aquí en la ticnu. El proverbio: el hombre es hijo de sus obras, encierra una verdad profunda. Achácanse los infortunios al ciego capricho del acaso, á las maquinaciones de los enemigos^ á la |>erlidia de los amigos; asi procuramos engañar nuestro amor propio para no ver la linea de errores, de faltas, de graves e«-travíos que nos condujeron al abismo desde cuyo fondo lloramos. Cuando es tiempo todavía, no se escucha la voz de la razón: se llama importunos si no rivales ó enemigos, ' á los que amonestan con palabras verídicas y ' severas; se inclina blandamente el oido Wicia los halagüeños acentos de la lisonja: cntrelanlo el orgullo desvanece, el entendimiento se ciega, hasta que al lin se encuentran los ilusos en un Hmite mas allá del cual no se pasa. En vano se quiere retroceder; alli está sentada la venlad, terrible personilicacion de la fuerza de las cosas, y dice: I ya es tarde.
I * Los individuos, los, partidos, las nacio- I nes, las instituciones, todo es juzgado por sus Irutos y recibe según ellos, alabanza ó vituperio,' premio ó castigo: no de otro modo pudiera conservarse la ley de armonía, sin la que todo es un caos. Para pronosticar en política, no siempre es necesario ser profeta: una observación imparcial, fria, severa, de los hechos, ilustra sobre el porvenir con mas seguridad de lo que pudiera creerse. Salvas algunas ligeras perturbaciones, efecto de causas estrañas y casuales para nosotros que no alcanzamos a ver el conjunto de las cosas, los acontcci-Ij mientos marchan con una regularidad ad-I mirable: en esto se fundan los argumenlM de analogía tan comunes en materias poNlH cas, y que el buen sentido reputa como muy poderosos con tal que al notar semejanzas, no se olviden las nifercncias. I>o que está sucediendo en España, no era difícil de prever: estaba ya previsto: la complicación le-I jos de menguar, aumenta cada dia, y de cada vez se hace la crisis mas inminente, y es mas terrible un conflicto.
Este conflicto que amenaza, ¿ewJ será? ¿Cuáles serán sus resultados? ¿Qué viene detrás de él? No lo sabemos: lo que lemeraos, sí, es que será formidable. ¡Desvenlurada Dación (|ue parece condenada por un terrible deslino á sufrir periódicamente espantosas cunvulsiones seguidas de cambios profundos! Si se realizan los males cuya previsión hace temblar á los hombres paciücos, tendremos el disgusto de haber acertado en nuestros pronósticos. Mil veces lo hemos anunciado, mil veces hemos señalado descolló; hemos repetido nuestros temores con una insistencia que rayaría en importunidad, si importunidad cupiese tratándose de un naufragio en (pie pueden zozobrar objetos sagrados. £1 exámcn de la situación <|ue haremos en este articulo, es por si solo una prueba de <|ue por ahora no nos hemos equivocado: decíamos que las cosas llegarían al punto en que se encuentran, y han llegado va. ¿Llegarán basta el otro punto que indicamos? Esta cuestión la ba de resolver el tiemjK).
l'n peri()dico amigo del gobierno dijo no ha muchos días, que las cosas no podían continuaras!, y deploraba en seguida las catástrofes que estaba previendo; en sus palabras había un gran fondo de razón; es verdad, las cosas no podían continuar asi; nos acercamos rápidamente á una crisis, y las crisis han menester un desenlace.
£1 estado de la opinión del país nadie lo ignora: todos lo vemos; se dis|>ula sobre él, pero en el fondo de su conciencia unos y otros han de convenir eu que con justicia ó sin ella, la impopularidad de un gobierno no ba sido nunca mayor; pero lo repetímos, sobre esto se disputa, ¡wnpje es de aquellas eosas que se ven, que se palpan, mas uu se prueban. El Sr. mini.stro de Estado en uno de sus últimos discursos, apelaba al juicio de la posteridad: hacia bien en apelar, porque el primer fallo ha sido terrible. No obstante, si no sirve de nada el hablar en general de la opinión del país, si á estose Íiuedc contestar que las declamaciones de US interesados en desfigurar la verdad pre- MDlan las cosas bajo un punto de vista falso, será preciso ó quedarse sin ningún medio para determinar el estjido de la opinión pública, ó dar alguna importancia á lo que con razón ó sin ella, se llama órgano de dicha opinión, y es reconocido como tal por los defensores de las teorías constitucionales. Ateniéndonos al sistema de nuestros mismos adversarios, siguiendo las reglas que ellos mismos nos prescriben, vamos á examinar lo que ahora sucede para conjeturar con alguna probabilidad de acierto lo que puede suceder en adelante.
Si la prensa no sígnibca nada, ¿á qué introducirla en España? ¿<\. qué ponderar tanto sus ventajas, y no quedarse con la Gaceta y los diarios de avisos? Y si algo signiiíca ¿como es que el gobierno la tiene toda contra si? Ya no están solos los progresistas y j absolutistas en hacer la oposición al gobierno; de las lilas mismas del partido de la situación han salido esos |>eri(>dicos.que tan crudamente le combalen. ¿También estarán solos esos periódicos? ¿Tam[)oco representan nada? ¿Se hallan por ventura en desacuerdo con la oposición del Congreso? Decir, que bav aquí las pasiones o las miras de es-> tos ó (le aquellos hombres, sobre ser una personalidad, no siguilica nada: porque aun. suponiendo qu^ fuera indudable cuanto se afirma, claro es que esos hombres no estarán faltos de buen sentido para comprender lo ({ue valen por sí solos, y que no se arrojarían con tal decisión á una empresa, si ni> contasen con el apoyo de muchos, y so- ; bre todo con el profundo descontento del país.
La oposición conservadora toma, de cada dia mas, una actitud particular en (pie conviene lijar la atención, ponjue sus resultados pu(Mlen ser, y probablemente serán, de grave trascendencia.
Prescindamos de la mayor ó menor importancia |)crsonal del general Narvaez, prescindamos de la mayor ó menor legalidad del sistema del gobierno á cuva cabeza se halla, prescindamos de la justicia o injusticia con que se le ataca, v contentémonos, con asentar dos hechos en los cuales debe-f; rán convenir todos los hombres íiiiparciales, y que tampoco podrán negar los (juc coa. i mas pasión están lidiando en la arena política.; 1. " La situación actual está personilica-*, da en el general Narvaez.
2. " Los ataques de la oposición conser-; vadora van dirigidos principalmente contra; la existencia de esta personilicacion. | i Que en el general Narvaez está personi-,,. ficada la situación actual no lo niegan losi defen.sores de la misma, y lo proclaman los i mas allegados amigos del presidente del t consejo: de mil maneras y en varias ocasto- t nes se le ha llamado el hombre necesario, y > vn «na muy rccienle se liti insistido sobro v\ Harlicuhrdclinndn mas osplirilo, y liasla con derla afoctarini i pr«nii'n<»sler.
Oiii' la oposir.uu ii, la ¡,iviisa conservadora fw» diriac principalmtMilc omlra esta ppTsonilicacion. escusado os probarlo; ahi osfan los perii'tíJicos. ahí esa polémica (¡ue íliriííe lan cerleranienle sus tiros contra el ííeneral Narvae?,: ahi estañera'! acusaciones unas Miiras, otras precisas, formuladas hasla con crueldad, v acompañadas de insinuaciones que morlilican el amor propio v (|ue lastiman aliro mas ipie el amor propio. El público lo ha visto; si como ha thcho nn periódico, los que asi le atacan fueron un din mtimos amieos y rrecuenle»^ comensales del íreneral, la amistad sa ha ¡do mny lejos á íístas horas, y la franca cordialidad de los festines se ha convertido en lucha sanirrient.i Tiempo ha que sainamos lo que vale la unión sellada con abrazos en la alejrria de los brindis.
Jamás nos hemos hecho ilusiones con la intimidad de ciertos- personajes; siempre hemos creido que se la hacia el íjeneral Narvae?. contando mucho con ella; y (pie pensaba demasiado en ios hombres y sobrado poco en las cosas: sienipre hemos creido que los li le estraviabau, que le cubrían lo8 OI' o ( iii un velo, y no le dejaban advertir el abismo que á stis planta^ se abría. Hace tres meses que le deciatnos verdades cuya realización estü palpando, y que palpará mas adelante.
Personificar nna sitnacion es represenlarh: asi Napoleón al investirse del considado era el repn'scnlanfe de la sitnacion francesa que encerrando inmensos intereses muchas V varias ideas, podia sin embargo formularse déla manera siíruienle: asegurar la obra de la revoinciou, restablecer el orden y devolver a la Francia su ascendiente en Europa. El hombre salido del pueblo representaba la obra de la revolución; su ujano de hierro trarantia el órden; y el genio de las campañas de Italia y de Egipto nsi»gnraba á la Francia el recobro de su ascendiente militar. Alli bnbia un hombre necesario y una personificación complica; y esta |M'rsonilicacion era ñmplia. grandiosa como un pueblo, rnerle en h) interior como la Convención, imnnnente y aterradora en lo esterior para todos los gabinetes cpie habian combalido ó quisiesen conibalir en adelante á la revolución frati I Aquella personiñcacion, Um grande como ¡i era, m hubiera podido sostenerar si ñ cflria ' ii' no hubiera renovado st- .««I iiii hubiera bañado en las a riosas que como al héroe de la (abula le hacían invulnerable. Es prm iamado cónsul y corre á vencer en Marengo. Se ciñe la diadema imperial, ) triunCn en Austerlitz y eo Jena. Kn su corona no brillan lafü piedras preciosas de una herencia de catorce siglos; ¡ pero él cuida de suplir el vacio con los tro-, icos recogidos en batallas de gigantes. ' Esta es la condición indispensable de!oda pci>oi»¡licacion |i ', i ' tinuo los lindos, li;i( i i>r iiis iiliu'i.^íii'- un día y otro día. Si esta condición falla, la personilícacion desaparece, i ¿Oué se quiere persnnilicar en España? ¿los intereses de la rev(ducion, la segi '-i li^í i del Irimo, la consolidación del onien, ' I formas administrativas, la reorganización : social (pie ha de surgir del caos? La eslension de estos objetos debieran haberla medido los que tan fácilmente hablan de pcrsonilicaciones y «pie con tal ligereza impro-I visan á los hombres necesarios. ¡Gnive 1 imprudencia! El partido pn)gresisla tuvo j también su horjSre necesario, y luego I le hizo pedazos como un ídolo de barro. El partido donunanle ha (pierído crearse tan>- oien su hímibre necesario, y ha comprome- ' lido á este hombre y se ha comprometido a ¡ sí propio. Donde el trono se conserva, no II hay personilicacion duradera |M>sihle. sino r en el trono mismo: quien diga lo contrario o se engiula torpemente. ó adula. ¡ En un discurso reciente, el general Nar- ¡I vac'/ negó lii existencia del p(K¡er nnlílar, y ii se esforv.ó en probar que su papel en el ministerio en igual al de sus com[i;iñeros: ' esto podrá ser muy verdadero, pero la dilii cuitad está en que nadie se querrá persoa-' dir de semejante verdad. Qu(^ salga del nñ-' nislerio un individuo cnabjuiera. ¿se altera por esto el sistema? ¿Se creerá en un cambio de política? ¿Se considerará la mudanza como un suceso importante? Claro es que no; pero que amanezca un día eu (pie se diga: «.Narvaez esta fuera del ministerio: ha renunciado ó ha caido.» ¿el sentido comon no unirá á la noticia, la previsión de gravísimas nmdanzas? Hay c<ísas en <|ue es in-: Util insistir; y esta es una de ellas. Querer I persuadir que la permanencia 6 salida del • íTencral ¡Sarvaez, significa lo mismo que^ 1^ olro nucnihro del gabñellH es ctn|>i\>sa Uuucrcria. ¿De esto «fué resulta? Es niuy scuclllo: resulta 1 ncia de la peisoiihiicacioji, su evidi li I.: i.na lodo ol mundo, V que las negativas at-LuuIes ii(inli'a:ii del incouveaiealc de estar eu contradicción con licclios (|ne s(> palpan.
Sin la iiiviolaUiiidjid, la {M^rsonilicacion es un sueño: ra/c^n por la cual en todas las ^ constitucionales aim las mas latas, M- ji lio al monarca á cubierto df los ataques de la tribuna y de la prensa. Ksta inviolabilidad no puede poseerla legalmente sino el Rey; y no puede adquirirla de heclio sino un iiuml)re estraordinario y colocado en circunstancias tandiien (*straordinarias, (]ue a todas boras le ol'rezcan (xasion de merecerla mas y mas, y le acenjuen ráuidameule a conquistarla en el terreno de la ley, después de baberla coníjuistado on el de los bechos, con lieróiciis bazañas. ¿l'erniile nada de esto la situación de Es|)afia? ¿Existen lü tides bumbres ni tilles cosas? Y 1)0 existiendo, quien pretenda personiíícar J)a de estar sometido á una acción disolvente que mina su poder y deslustra su persona, y eiiÜatjuece su reputación y le prepara, |iDa caída que puede ser mas tarde ó mas • temprano, pero que es siempre inevitable, rvo bay liabdiilad, no bay íimieza de car.íc-.ter. no bay energía de un ministro respon-^sfliile ({ue pueda.sojilcnerle en su personiíicaciou contra ataques tan recios, Xan vivos, lauronst^mtes como son los de la prensa. Si la opinión pública le fuese favorable, llegaría á volverse cont4a él; cuando no fuera por otra causa, por el placer de mirar caido al que se ve muy levantado. Las ideas, las costumbres, las leyes, la relif^ion, todo robustecido ()nr la acción del tiempo, han llegado ú elevar á los monarcas a una región lun superior, (fue los pueblos esperimeutan una especie de sentimiento de urofunda veneración que los hace mirar al trono cómo lina institución sobrehumana, y considerar.ni que. en el se sienta como uu.s'emi-dios sobre la tierra; nadie se cree buniilladu por tcuer que tributar sus homenajes á un mo-,jiarca; el militar encanecido en lo: comba-.tc»> el grande ufano de los títulos de su alcurnia, el boiHbre, de estado que ha dirigido durante lardos afios las riendas del fiolíienio, no tienen á menos besar la mano de un regio infante que llora en una cuna; pero etigidics (pie muestren demasiado rcs-i peto á otro, por elevado que sea «a rAfllKI, w)r distinguidos que sean sus mererimipnlos, el corazón late d(í orgullo, y la fronte • se levanta, y los ojos se lijan sobre el nuevo ídolo como diciendo: ¿quien es este hombre?
Los que adulan á las personas coiocRdffs en posición semejaule a la del general IVjii*- vaez. no les hablan sino do ia envidia de soü rivales: ¡ilusión! ilay aquí otro.sentid miento mas poderoso que el de la envidia, M)r lo mismo (pie no es innoble y no está reducido á estrecho numero. En la oplnioiit publica no hay jamás verdadera envidia:.• una nación no envidia nunca á un homhre: lo (jue bay es un sentimiento de dignidad que se opone á que nadie se levante dorna* siado sobre el nivel regular, á no ser que (Mrcun.stancias muy eslraordinarias legitimen la elevación. Estas circunstancias no existen en España: el mismo.Nnpoiooil, teniendo á su lado un truno, no hubiera podido ser otra cosa que un grancapilan. pero jnmas la |)ersoniiicacion de un pueblo >,ili<lo de la revolución.
Eüla es una ley de la humana natnraie/ji contra In cual es inútil luchar. La monarquía fuera iniposibic si no estuviese cubierta coa, el (l(d)le escudo de la inviolabilidad de de-'. recho (jue le aseguran las leyes, y de la de hecho (pie nace de las ¡dcas'v sentimientos de los pueblos. Quien no pac()a levantarse á íanta altura y sin enibargo necesite de esta inviolabilidad para ejercer las funciones que exige una personiiic^dcion política, que sea algo mas (pie la de un mero ministro respím.sable, ha de csperimenlar a la vuelta de |>oco tiempo los electos de ia terrible acción á que se llalla sometido. Una grande energía de carácter, podrá lograr quizás que las tentativas violentas no alcancen á prevalecer, es decir, (pie el poder n(» sea rolo; pero un poder no solo^ rompe, sino que también se disifu; porque cuando esta sujeto á una acción cunlinua de destrucción, ai íin se va enihupjecieudo y adelgazando por decirio así, hasta llegar á un lunile, en el cual no fe < (piebranta, si» desvanece.
Es de cr>'er iju.' e>tas verdades no se hnyao ocultado del lodo al presidente del con---ein y ó sus amigos, y que se haya pennaiio, mas de una vez en atajar lo^' progresos de un daño (uie cada dia se pres<>nta mas amenazodor. Pero aquí esta In diticultnd, stpií se tropieza con (d)^ia< ul(>s insuperables. Siiprimir del lodo la prensa es cosa posible por el momento, pero después ¿qué se hace? La supresión es interina ó definitiva; en el primer caso, es una mera sus|)cusion auc no hará mas que aumentar la fuerza de los resortes que con violencia se habrian comprimido. Si es definitiva ¿qué se hace de las Cortes? ¿qué de la Constitución:' ¿qué del sistema representativo? ¿Ks posible la situación actual convertida en gobierno absoluto? ¿Cuánto tiempo podrá durar? Por nuestra parte creemos que esto fuera un contrasentido, un absurdo tan grande, uue estamos seguros no cabe en ningún cerebro bien organizado. Ademas, si ideas tan descabelladas pudiesen realizarse, ¿quién asegura que de e»te modo se consolida el poder combatido? ¿No le amenazarian otros riesgos de nueva especie? ¿No se veria privado de auxiliares cfue en determinados casos podrán no serle inútiles? El instinto de conservación ha de ensei'iar a los interesados mas que todas las reflexiones: el dia en que se pensase en una abolición completa de las formas representativas, aouel dia se preguntarían los hombres de todos los partidos; ¿para esto una guerra de siete años? ¿para esto tanto rechazar á 1). Carlos y á toda su familia? No hay remedio: se ha' reducido mucho el sislema de libertad; tampoco será imposible reducirle todavía mas, particularmente en materia de imprenta: pero es necesario dejar algo, y este algo basta y sobra para acabar c^n el prestigio de cualquiera que no se eleve á la altura del trono. Un gobierno que se funda en un principio, por mas que procure desvirtuar las consecuencias de este, se ve siempre forzado á suf rirlas en mayor ó menor escala: el resultado es el mismo, si lo que falta de acción se suple con ej tiempo defecto es mas tardío; pero llega.
Se DOS dirá que no son necesarias ni la supresión ni la suspensión, yque es bástanle la aplicación severa del ngor de las leyes; mas ¿ por qué no basta ahora? ¿es que no se quiere aplicar? ¡ vana ilusión! Ciñámonos á la oposición conservadora que es la (|ue incomoda (>articularmenle al gobierno, y 3ue no es en verdad la que le hace menos año: la oposición conservadora atacando al general Nar>aez será si se quiere dura, ingrata, injusta ó lo que mas agrade llamarla; pero es rigurosamente legal, porque ni ataca al trono, ni la Constilucion del Estado, ni la legitimidad de la misma situación, pues proclama altamente su intento de combatir una anomalía perjudicial, que en su concepto es una calamidad para la misma situación y la conduce á su ruma. No solo se mantiene en el circulo de la legitimidad de la Reina V de la Constitución, sino que ni aun sale de ía situación misma: Narvaez es moderado, la oposición también; Narvaez contribuyo a derríbar á Espartero, los hombres de la o|)osicion también; Narvaez está comprometido por la situación, sin que le sea dable avanzar ni retroceder, los hombres de la oposición también; ¿cómo se los ataca? ¿Se los llama anaruuistas? Ellos condenan la anarquía. ¿Se los llama carlistas? Ellos anatematizan el matrímonio del conde de Monlemolin. ¿Se los llama retrógrados? Ellos claman contra el retroceso. ¿Qué se les achaca pues? Rivalidad, imprudencia, esparcimiento de discordia en una casa de hermanos: acusación descolorida que jamás puede autorizar las violencias; acusación tímida capaz de desarmar el brazo de la venípnia misma. Y sin embargo, la oposición sigue, y seguirá probablemente; y considerabict fondos se hallan preparados para sostenerla; resolviendo asi el problema de si es ó no posible el refrenar la prensa por un aumento de depósito y de mullas.
¿\ dónde* vamos á parar? ¿Cuál sera el desenlace de esa crísis que estamos presenciando en el seno mismo de la siluacmn? La oposición no lleva camino de ceder: su blanco es el general Narvaez, v Narvaez es hombre nada flexible; ¿á dónáe vamos á parar? Súmense con esta oposición todas las demás; añádanse los gravísimos poblemas que se han de resolver, sin mucha tardanza: atiéndase á la exasperación de los partidos, al choque de las opiniones, no se echen en olvido los efectos tíel sistema tributario, nada á propósito para calmar, y dígase si no e?» mucha verdad lo que asentábamos al comenzar el presente artículo; todo indica qnc caminamos á un conflicto. El año J846 se ha inaugurado con un ruidoso manifiesto r de significación trascendental, ¿cómo esteremos á principios de 1847? Curioso fuera correr el velo. Considérese lo que hm; presenciado en Í845, y calcúlese loque pudiéramos presenciar en 1846.
I EL MANIFIESTO Mwlriil rl:t <trl iiiiimo A los ojos de una filosofía superficial, la monarquía hereditaria es una necedad íntompreasible; a los ojos de una filosofía profunda, es una de las ideas mas grandes y mas felices de la ciencia política. El sofisma y las vanas cavilaciones están por la primera; la historia, la esi>eriencia, el buen sentido y el coDOcimiento del corazón humano, soü los ar¿¡;umentos en que se apoya la segunda. «¿Por qué motivo se han de privar los pueblos del derecho de elección? ipor qué se han de esponer á ser gobernados [)or un malvado ó un imbécil?)) Así habla el sofisma: -y la cuerda razón le contesta, que todos esos males, aun llevados á la mayor exageración, son menores que los acarreados por las flui tuaciones de uña república ó de una monar(|uía electiva. «¿Por qué al menos no se han de cambiar con mas frecuencia las familias en que se vinculan los derechos al trono?» Primero: porque una familia real no se improvisa: segando, porque aun suponiéndola existente, no se hace la sustitución sin inconvenientes de mucha gravedad. Todo lo que afecta á las familias reales, es di; un interés nncio-Dal; en ellos no hay asuntos de familia propiamente dichos; sus alegrías se celebran con tiestas nacionales; sus duelos son llorados con luto iM)pular: esto no es lisonja de los pueblos; ios pueblos en masa no adulan, es la verdad, y verdad profunda: el horosco|X) de las naciones puede leerse en el alcázar de los reyes.
Los hombres de estado debieran tener muy presente una verdad tan im])<)rtjinte; no para entrometerse en negocios (pie no les pcrienezcan, ó convertir en materias de simples combinaciones políticas, objetos augustos; pero sí para no dejar que errados consejos ó malas pasiones se introduzcan en los palacios de los 'reyes, derramando desde allí sobre los pueblos calamidades sin cuento. Desgraciadamente, muchos de los hombres que se a|>ellidan de estado no son mas que tribunos ó cortesanos; eslreiuos ¡¡íualmcnle peligrosos. £1 tribuno «juiere llevar en cartera la vulimtad del monarca: cuando el soberano se resiste es conipelido por la amenaza; el débil cortesano cree (jue gobernar es servir, y confunde sus atribuciones con las de un dependiente de palacio. El tribuno toma la regia morada por la plaza pública; el cortesano se llama ministro, y no es mas que gentil-hombre.
I'ero volvamos á la ¡mportímcia de las familias reales. Ya hemos dicho que estas nasc improvisan, y que cuanto las afecta, afecta también á la nación. La historia atestigua esta verdad, y la esperiencia lo ha hecho sentir a la España de una manera cruel. A fines del siglo pasado se agitaban en el real palacio lamentables pasiones; á principios del presente se urdían intrigas entre los individuos de la augu.sta familia: los cortesanos solo veian en todo aquello cairichos y ambiciones personales (jue no ha-)ian de trascender al pais, negocios de corle, de los que debía sacar cada cual el mejor partido posible: un titulo...una pensión...una cruz...una mirada benévola...cual- 3uiera cosa. ¡ Desventurados! ¡ un negocio e corte! humillación, la independencia en ¡)eligro, devastación, ruinas, torrentes de sangre...hé aqui las consecuencias. Quince años hace los cortesanos se contaban al oído el dicho, el gesto de tal ó cual personaje; no se preguntaban qué sucederá, sino qué se dice, nué se piensa en la corle: ¿veis los resultados?.Mirad á los miembros de la real familia arrojados á larga distancia unos de otros, cual leves hojas barridas yor el huracán; mirad sobre todo á una nación da catorce millones victima de la guerra civil, victima de la revolución, victima del maü hondo desconcierto, buscando en vano y por medio de incesantes convulsiones, el aplomo perdido.
Quizás ahora mismo, v no obstiinle taa rudos escarmientos, se agitan también nuevas intrigas: tamjvoco los cortesanos deben de ver otra cosa que un asunto particular á cuyo desenlace conviene estar preparados: el in.stinlo nacional juzga de otro modo: ¡wr los sucesos se verá <juien acierta.
Lo decimos con ta convicción mas profunda: la situación de la familia real de España nos inspira grandes temores sobre el porvenir, asi de ella misma como de la nación. La división, lejos de remediarse, se. aumenta, y todos los verdaderos aiiuiutes ' del trono, lodos los verdaderos amanles de I su palria deben íijar la consideración sohre un nhjeto de lamafia trascendencia. ¿Se; ha reflexionado baslante sohre lo que esta aconteciendo y lo que puede acontecer? ¿Se ha rencxionado l)astanle sobre los sucesos que dentro de breves años pudiéramos presenciar? I'ermilasenos insistir sobre este punto, llamar sobre él la atención de todos los es-. pañoles honrados, sea cual fuere el partido á que pertenezcan. No provocamos una discusión im|)rudenle; indicamos hechos públicos, entre los cuales l¡f?ura también el ue acaba de nrescnriar la España asombraa, y del cual decia con razón un periódico amigo del gobierno: nos alarma. ' ¿Cuál es la situación de la real familia? Consta de tres ramas, de las cuales solo una mora en el regio palacio. En este jKilacio, donde hace pocos años se hallaban reu-* Elidas todas, ahora solo venios á los dos auísuslos vastagos de Fernando VII. ¿No es triste, no es desconsolador, no es motivo de funestos presagios, el ver á las dos inocentes huérfanas enteramente solas, separadas de los augustos parientes que la naturaleza misma esia indicando como sus defensores? , ¿.No es triste verá una real familia, en que se cuenta á un principe en la flor de sus años con prctensioues á la corona, á dos hermanos de este, herederos de la misma pretcnsión, sirviendo en un ejército cstrangero; á un tio muy joven aun, que después de halRT acaudillado uno de los ejércitos combatientes en la guerra civil, está conde- ' nado á la emigración y en es|Míctativa de los acontecimientos; á otro joven principe que en la capital misma, á presencia de su au- 'ífusla prima, publica un Mauifieslo, en que se habla altamente vcontiu las intrigas de uquellus que quisieran parodiar el reinado de Carlos //?» ¿Dónde estamos? ¿que situación es esta? ¿(jué ponenir nos aguarda? '¿.Hay hombres que lo contemplen tranquilos? ¿Hay quien uo prevea lo (jue puede resultar de la combinación de circunstancias tan infaustas? ¿Hay todavía quien ose arrojar leña al combustible? ¿Hay cpiien eche sobre si la tremenda responsabilidad de comprometer los destinos de una nación, de jugar con la suerte de catorce millones de, españoles, de trasmitir á las generaciones ¡ futuras las catástrofes de la presente? Toda- j vía no iK)demos persuadirnos que á tal cstrcmo llegue la ceguedad; todavía esperados que du algo servirá el recuerdo de crue- I