SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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aao es dudoso si muchos ministeriales se atreverán en este |)unlo a arrosir.ir una impopularidad cada dia creciunte. Los (jue «Qinlíilen al conde de Trápani en el Coogre» iO, ¿son partidarios del conde de Montemn- JkltAlgaDOs puede haber; probablemente los hÉy; pero la ma^orta de ia oposición está animada de un vivo esníritu de resistencia á la combinación del liijo de D. Carlos. MlimpOf órgano de ia oposición consermiíoi^, és miQ de los periódicos aue menos dejan ¡¡asar ninguna oportunidadflK combatir el miilrimonio de conciliación, siendo de notar que en esta parte se ha demostrado quizás mas asiduo v mas impetuoso que los mismos ór^'anos dcí gobierno.

Tampoco [todriinx (i irnrn mosqueen el Senado, cuerpo de buyo mas sosegado y pacíñús^ié^é wencontrar oposición d principe napolitano; por mns que se haya dicho contra la parcialidad del gobierno en el nombramiento de senadores, mayormente en lo que toca á dar escesiva preponderancia á cier' 1^ chises. no |)ii('dc nefrarse que ha hecho entrar en el Senadú un número considcb de hombres re^ipetabdisimos bajo todos i.!Sntre ellos los. hay que por sus compromisos y otrtis circunstancias, están en oposición cp^ el «onde de Montemolin y qtaízas veribá' con 'disgusto si enlace con h Hontai; sin embargo, mucht Des engañamos también, si en el Senado mismo al ofrecerse la oportunidad, no se icvantan voces que iénan^n cao <ia mesura correspondiente los malea que podría acarrear una combinación contra la cual están t'df los partidos, todas las fracciones, con unanimidad nunca vista.

Fstns consideraciones nos alientan para esperar mucho de abajo arriba, en los peligros que nu!» amenazan de arriba abajo; y no porque creamos qué esta oposición considerada en el orden purnm lUe legal, como ^a simple diücul^d pariamentaria, arrcwM gobjémo aoQstnmbrado á mayores empresas; sino pornuc esta oposición se presentará á los ojo^- nc este mismo gobierno como la esprcsion del voto del país, espresion que intimida á los mas osados y los hace retroceder. Sea cual fuere el numero de los votos, sea cual fuere el tono que se adopte ai espre^rlus, su importancia será inmemMk: aqui se verificará odn toda propiedad la frase vulgar de los votos (juc no se cueu-1^ 9^ que, se p^^anj con ellos estará la voluntad de la nación, y de un peso incalcnlablc.

Lejos de mclinarnos a que sea ooonmiattte aliandottar la arena de la discasioBi, ácimos que jamás habia sido mas necesario pelear en ella con resolución y denuedo; á ta nación debe dirigirse el escritor, no para provocar motines, sino para confirmar todas las ideas sanas, para dispertar y avivar los instintos generosos, para conservar pura y viva la llama de la nacionalidad que no se ha estini^aiido todavía OÜ loS pechos espafi^ Ies..Medios legales hay para detener á los gobiernos que se empeúan en malos caminos, y de estos medios dehe echarse mub para desbaratar en caso Beeasarío intrigas estrangeras y cortesanas. Esos medios no faltará quien los emplee; nosotros deseamos ver quienes serán lasque aspiren átenla gloria y tendremos un placer particular en hacerles justicia, siquiera pertenezcan alas lilas de nuestros adversarios mas decididos.

El gobierno ha trinnrado en el Congreso, no sin dejar en manos de la oposición algunas prendas, con las cuales el triunfo no es completo, y que son muy á propósito para acibararle. Goa^Mundo fa presente legislatora con la anterior, la lisononua del Congreso ha de ser mucho mas animada, si no engañan indicios muy pronmoíndas, 4 an vienen combinaciones secretas á modificar la situación, atrayendo á las fílas ministCH ríales opoi«iciunislas arrepentidos. El sentimiento de nacionalidad coaueaia á producir sus efectos: en el seno del mismo partido moderado se levanta una oposición cada dia mas fuerte; oposición terrible al gobierno, no por lo que ella es en af, no porque la na-' cion simpatice con las ideas f|ue ella profesa; sino porque todos los partidos la favorecen en cuanto á su pensamiento dominante, que consiste en derribar al ministerio y sn sislema. De abajo arriba sube el aliento que da fuerza y brío á la oposición; de abajo arriba sube lo que ella encierra de gmeroso; podiendo asegurarse que alcanuié tanto msB fácilmente su objeto, cuanto mas se penetre del espíritu nacional, tan uaánimente pro-Boociado contra la inloleriMia y eacfaisivitmo del gobierno.

No lomamos por barómetro seguro de k opiuion publica los medios con que quieren apreoiarta «loa* pnblieistas constitacionalai: en contra de sus doctrinas hay en España un hecho superior á ledas las raMnes, cu^ es.

uoa taa asombrosa versatilidad del signo, que es imposible se halle en la debida conformidad con la cosa significada. Si existe verdadera opinión pública, su formación y sus mudanzas del)en ser obra de largo tiempo; ó al menos no pueden estar en escala tan movible, que se cambien todos los dias, mayormente cuando no hay razones suficientes para ello. Ni la España ha sido nunca moderada toda, ni progresista toda, y sin embargo hemos visto en muy poco tiempo Cortes todas progresistas ó todas moderadas, según las vicisitudes de los tienq»<>s.

Kii España el partido monárquico no ha desaiiarecido desdo l.s.'ii; y uo obstante en njuciias legislaturas no ha tenido ni un solo ref presentante. Decimos lodo esto para maniéstarque no nos hacemos ilusiones, ni sobre los medios legales, ni sobre la influencia de la opinión pública. Nosotros creemos que liay algo mas temible para los gobiernos que esta 0(>iniun: algo (|ue se parece á ella y que no es ella; algo (|ue es tanto mas fuerte cuanto se halla fuera en cierto modo de la esfera política, y se eleva sobre lodos los partidos; una cosa que se funda no en vanas leorias. no en combinaciones pasagcras, sino en los eternos principios de la razón y de la moral; una cosa á cuva formación coutribuyen el sentimiento de nacionalidad y de ÍQ(ícpendencia, los instintos generosos ipie agitan los corazones sin distinción de partidos, el odio á la opresión, el amor de la justicia, la adhesión al trono, la simpatía por las victimas de la intolerancia; una cosa en cuyo fondo convienen lodos los partidos, y (lue lodos reconocen como un terreno neutral; una cosa inmensamente sunerior á la opinión pública: la conciencia pública.

(iuániese el gobierno de ponerse en contradicción con la conciencia pública; v si llegase á verla contra sí, no vacile en ceder, tétgale miedo; que no es cobardía el tenerlo ¿ las cosas irresistibles. La opinión pública se falsea, la conciencia no; porque no se espresa en formas legales, sino (pie naciendo del corazón de la sociedad se derrama por todas partes como el aire que se respira. No hay estratagemas que la venzan, ni amenazas que la impongan, ni violencias que la repriman; á sus manos perecen los malos gobiernos; lo qiie ella hiérese arrastra mas ó menos tiempo, {>ero ul fin muere.

EMfito OH BarceloB* rt S tl« rncra ér ISltf j («niilicado ra N*<lrHÍ «I 7 drl aiiMno.

En la profunda división que trabaja el campo de la política, v en la irritación cada dia creciente á que circunstancias infaustas y gravísimos desaciertos han conducido á los partidos, basta que una cosa sea la obra del actual gobierno para (|ue se la mire con desden, cuando no con ojeriza. Desgraciadamente, esta calidad la tiene el Senado: es obra del actual gobierno. Nosotros sin em- • bargo, aunque nada aficionados al autor, queremos hacer justicia á la obra; si no la ha hecho como hubiéramos deseado, ha sido menos csclusivo é intolerante de lo que era de temer: la importancia del objeto ha prevalecido en muchos nombramientos sobre el' ' espíritu de pandilla. A los hombres se les^' puede exigir que sean justos y razonables,' pero no héroes; y el gobierno actual, atendida su pí>sicion angustiosa y la estrechísima base sobre (pie se apoya, si no ha sido héroe en los nombramientos, ni aun completamente justo, ha sido al menos razonable. Muchos individuos cuenta el Senado de quienes el gobierno no puede prometerse sino indi- *" ferencia ú oposición; el gobierno lo sabia antes de nombrarlos, y sin embargo los ha nombrado: aplaudimos su imparcialidad, sin ' (|ue baste á impedírnoslo el considerar qu(í semejante conducta se la han inspirado los. • miramientos debidos á la opinión del pais. En los tiempos que alcanzamos ¿es poco por ventura, el que un gobierno sacrifique á es* la opinión sus designios ó sus pasiones? ¿Es» ' poco el que los miramientos que ella se merece, inspiren un comportamiento justo y razonable? ¿ No estamos viendo á cada paso (|ue esta opinión es menospreciada aun en asuntos donde no hay necesidad de ponerse» en de.sicuerdo con ella? Estas consideracio— ' ncs han hecho que no havamos inculpado al gobierno por motivo de] los nombranuentos: seamos justos: si algún partido tiene*; razón de quejarse es mas bien el progresis- ' ta que el monánpiico religioso.

I*ara no declararnos en o|)osi< ion al Senado, que también se la puede hacer á los cuerpos colegisladores aunque sean perpé-> ^ tuos, hemos tenido otra razón mas grave que * las alegadas. En un pais profundamente con-^"^ movido, azoUido por el huracán de las revolucioncs, dondo la vista no descubre sino montones do ruinas, donde nada de lo antiguo ha quedado en pie, y no lo ha rcenipla/ado nada nuevo, apenas se presenta á los ojos un pccjueño grupo que encierre algunos elementos de reorganización, va el corazón se ensancha y corno que dice: «eso, con el tiempo, quizas |>odria llegar á ser una i institución; » asi el náufrago lanzado sobre > una tabla, á merced de los vientos y de las ' • olas, convierte en puertos de salvación las ligerasnubeciilasque se arrastran en el confín del horizonte.

La tarea de constituir en Espafia un Senado que correspondise á la altura de su ol>-^ ielo, era dilicil en alto grado. Consignar en la Constitución las atribuciones de aquella cámara, y lijar las calidades exigidas á sus miembros, es cosa harto fácil; la diíicultad está en encontrar en el pais los elementos sociales á proposito para (|ue de ellos pueda resultar una institución |K)lilica, dotada de • fuerza propia, y que posea una vida independiente de los artículos de la ley. ¿Cómo, se logra esto en un pais que lleva tres siglos de régimen absoluto, v (jue al salir de este se ha encontrado con fas alternativas de una I demagogia desenfrenada v de un despotismo militar? En tal caso se lucha siempre con dos inconvenientes opuestos; si os acercáis al elemento aristocrático, en vez de hombres fioliticos, de elevación de miras, de carácter irme, de actividad, de nervio, podréis tronzar con débiles cortesanos que confundan la ambición con la vanidad, (jue preíieran á la influencia política la benévola mirada de un privado, que estimen en mas un pedazo de cinta ó una placa, que el ejercicio de la acción robusta que impone á los reyes y penetra hasta el corazón de los pueblos; si os dirigís hacia el elemento democrático, os amenaza el peligro de encontraros con hora-! bres díscolos y turbulentos, unos sedientos I de ri(juezas. otros con fortunas improvisadas, | sin el lustre del nacimiento, ni el brillo de | alta capacidad, ni mas méritos para la in- ' fluencia en los negocios del estado (jue una travesura maléfica, una osadía impudente, y una locuacidad sin limites. Hablando ingé- . unamente, sea cual fuere el gobierno que en adelante haya de nombrar senadores, no alcanzamos que pueda buscarlos en otra parte que en el cuerjK) episcopal, en la alta no-Ideza, en los grandes propietarios, en los funcionarios públicos de categoría mas elevada, y en cierta clase de dignidad y capacidades, en lo cual, y no embargante el testo de la ley, quedará siempre mucho a discreción de quien hava de nombrar. l)e to-4. do esto hay en el Senado actual: <5on el tiempo se pueden hacerlas mejoras convenientes con nombramientos acertados; pero desde luego creemos que lo que hav se puede aprovechar, y que bien dirigiífo puede ser un elemento de gobierno. Previas estas observaciones que manifiestan nuestro modo ti»-ver en este gravísimo negocio, v^imos á emitir algunas consideraciones sobre la delicada posición en <pie se encuentra el Senado.

Una institución nolitica se organiza porte» < ley; pero no vive ae la ley. Lo que no tiene mas existencia que la puramente legal es una estatua inanimada: el artista mas eminente le dará la espresion de la vida, mas no la vida misma. La historia y la esperiencia es- | tan de acuerdo en demostrar esta verdad. ¡Ayde loque no tiene mas apoyo que el testo de la ley! frágil columna que no evitó I jamás la ruina de los edificios desmoronados; caña cascada, inútil para la defensa y solo á propósito para lastimar la mano de quien I la emplea. En toda revolución se ve mas o menos el fenómeno de una existencia legal, luchando con una fuerza real; si esta fuerza es efectiva y no ficticia, el resultado de la lucha no puede ser dudoso; jwrqne no pac-- de serlo el de un combate entre la robustez de grandes elementos sociales y la debilidad 1 de testos escritos: poco importa que lo es-; ten en pergaminos viejos y caracteres indes-' cifrables, ó en papel de máquina y con lujo' tipográfico. ^ El Senado actual no debe i)erder de visit' las verdades que se acaban ue recordar: si se contenta con decir: «mi vida está en un artículo de la Conslilm ion, » su causa esta fallada; pero si aspira á tener una vida pro-I pía, á desenvolver, á fecundar, á combinar, I á organizar los elementos religiosos, soria i les y políticos que encierra; si se penetn • ' de la altura de su misión y de lo sagrado de sus deberes; si comprende sus intereses mismos, entonces su existencia puede ser duradera; en las tempestades que nos amenazan, en las hondas vicisitudes que.sin duda sufriremos, podría el Senado resistir á los vaivenes, ya sea no sucumbiendo, va reapareciendo de nuevo en la su|)erHcio de la sociedad, tan pronto romo se teni- Google piase el íni[>elu de la primera acometida.

Cuando una institución nu corresponde á su objeto, no hay necesidad de que se la mate; ella se muere por si misma; en lo» momentos de agonía clama quizás contra los enemigos que la quieren arrojar de su puesto: ¡desventurada! no son enemigos, son los sepultureros que están allí para enterrarla. No hay gobierno, no hay ley que pueda hacer respetar una institución muerta; no hiiy fuer/.a rapaz de conservarla siquiera eu su lugíir por mucho tiemiK): por el contrario en tales casos In ruina uel protegido suele acarrear la del mismo prolector.

El Senado |>or la Índole de los elementos que le componen, está exento de tendencia revolucionarias; y es bien seguro que sí en esa dirección adelantase algún paso, ¡ no seria para revolver, sino para contemporizar; es decir, (jue no lo baria á impulsos de arranques tribunicios, sino por no indisponerse t on el gobierno, llastíi ahora hemos visto (|ue la cámara alta de España ha estado completamente á discreción del poder, siquiera se haya este empeñado en las medidas mas revolucionarias. £1 Eslamento de Próceres hizo cuanto se le exigió; y el ¿Cenado déla Constitución de 4837 no fue casi nunca mas que un dócil instrumento de los gobiernos. ¿Sucederá lo mismo con el de la Constitución de I84i>? Fuera de desear que no se repitiese un mal de tanta trascendencia para la importancia y aun para la vida de la cámara alta. Si esta principia por no tener pensamiento propio, por contentarse con espresar y amplilicar el que el ministerio se haya servido inspirarle, no cul|>c á nadie de los contratiempos que las revoluciones le pudieran acarrear; si muere como sus antecesores, no morirá por asesinato sino por suicidio. No es respetado de los demás quien no se respeta á sí propio; no conserva su dignidad quien no la deliende como es debido; no adquiere inlluencia política quien no la conquista; no se hace temer quien no emplea su actividad y sus fuerzas. Si esto es verdad en loílas é|>ocas, lo es mucho mas en tiempos agitados como los presentes: en ellos no bastan los títulos, no los nombres, noel oropel: se necesitan hechos visibles: si estos existen, no son del todo estériles, pues por mas que se diga, resta todavía un cierto fondo de justicia y de i razón: y de las personas y de las corpora- ' ciones, pueiic todavía aürmarsc que si eu la esfera que les córrespondc no inlluyen, es porque no lo merecen.

El Seiiadii de 1845 es llamado ú tomar parle en la resolución de grandes cuestiones, á evitar muchos males, á presenciar colosales acontecimientos, de los cuales uiera Dios no haya algunas que á lo grane reúnan lo formidable. Trece años han transcurrido desde la muerte del último rey que legó á esta desventurada monarquiii tres cuestiones, capaces cada una iwr si sola. de trastornar el pais mas sosegado: la di- < naslica, la religiosa y la política, encargando el resolverlas a la inesperiencia de una princesa y á la inocencia de su augusta hija; trece años han transcurrido, y las ditícultades que surgieron de complicación tan infausta, subsisten aun. Los sucesos de Vergara terminaron la guerra civil; pero ¿han cesado jwr ventura todas las pretcnsiones dinásticas? La revolución destruyo la antigua organización religiosa; pero "¿hay donde asentar con seguridad el pie, no estando hecho el arreglo con la Santa St'de? Las Corles de 1837 resolvieron la cuestión política en un scnlido; las de 1845 la resolvieron en otro diferente; aunque esté fallada en el terreno legal, ¿puede darla por ter^ minada un hombre de Estado que estienda su vista al porvenir de un pais donde la Constitución, que solo lleva medio año de vida, ha sido infringida por el gobierno mismo, fortaleciéndose cou el escándalo las protestas de las fracciones revolucionarias que no la aceptan por su origen ó por su contenido?

Aparte esas cuestiones vitales iMinjue afectan lo mas intimo de la sociedad, hay la de, hacienda y la del arreglo administrativo, que si bien no son fundamejitales, entendiendo p<»r este nombre lo constitucional, son de tal gravedad eu las actuales circunstancias y se enlazan tan fuertemente con las primeras, que dilicilmente se las podría separar. Sobre tantos y tan Irascedenlales negocios deberá lijarse* la atención del Senado en la presiento legislatura; la defensa de los intereses del trono se le ofrecerá en el asunto del casamiento; el examen de las negociaciones pendientes con Koma dará lugar á importantes debates sobre las cosas eclesiásticas; las cuestiones políticas revivirán en la discusión sobre la ley electoral; la de hacienda.se presentará en la reforma del sistema tributario, y la administrativa en la cuen- Google ta que ha de dar el imnislro de la (íobcruaoioQ del nso que ha hecho tk* la aulorizacion otorgada |)or las Cortos. Pocas legislaturas 1 se hau visto como esta, donde por un concarso particular de circunstancias se han de ventilar por necesidad todos los grandes problemas de cuya resolución pende el porvenir de la nacíoii española. Creer que la i revolución está completamente terminada, y que nos hallamos en lo (|ue se apellida unn situaciim normal, es vulgaridad indigna de un hombn; pensador; (|uiun haya de tomar parle culos negocios públicos, debe comenzar por penetrarse profundamente de que las circunstancias son sumamente complicadas, criticas y estraordinarias, y que están muy lejos louavia a(|uellos tietnpos felices en que las cosas marchan bien por sí mismas^ sin necesidad de impulso ni dirección, n: Los senadores, asi es de esjKírar, no creerán haber cumplido con sus deberes valiéndose do contemporizaciones por lo que i se llama evitar mayores niales: una política •Vacilante no los previene, los amontona y l| acelera: la mal entendida prudencia de! hond)res por otra parte bien intencionados, pudiera producir (pie vinierdn sobre la nación calamidades sin cuento, nue ellos mismos lloraran algún dia. CoHcenimos la templanza (|ue han de respirar las {lalabras de un l>reIado de la iglesia; poro no esta reñida I aquella santa lirmeza con que saben espresarse las convicciones profundas, los senti- I mienlos elevados, sea que se trate de religión ó que se ventilen asuntos dc'|Kililica. Es cierto (|ue a un hombre perlenecicnte á las primeras clases de la sociedad por la opulencia de su fortuna y el esplendor de su nombre, no le asienta liien ni desencadenarse contra el gobierno con declamaciones violentas, ni aun hacerle oiK)sicion sistemática a la manera de un demagogo; mas no creemos que ni el rango social su deprima, ni un titulo brillante.se oscurezca, por la defensa de los principios monárquicos y religiosos, ó ahogando por el olivío de la snerlc de los {nieblos. Ni aun los altos empleados, por nios consideraciones (pie hayan de tener al gobierno de quien dependen, «hibcn olvidar que el ejercicio de las funciones de senador nada tiene (pie ver con Jas de su empleo respectivo: en lo tocante a estas solo les incundie la obediencia; |)ero en el Senado tienen el derecho y. la obligaclon de manifestar sn parecer y emitir su voto, no con arreglo a lo que el gobierno inspire, sino ú lu que prescriba la conciencia.

Kl Senado actual üc halla en una posición mucho mas ventajosa que el £>tamei\lo do Proceres. A la sazou ardia terriblemenle eo< cruilecida la guerra civil; campeaba la; • lucion cada dia mas |iujaule; las p.i politicéis iban encendiéndose a impu: la sangre (juc se vertía y de una d¡scut»*on todavía no gastada; y para colmo de infortunio, eran cu crecido uuinero los ilusos mtc solo se han desengañado con una dilatada serie de crueles escarmientos. Valor mas que común se necesita para hacer frente a la combinación de elementos tan temibles, y arrostrarla impojmlaridad de unas turbas que inauguraban la ajierlura de lasCortes con la profanación de los templos y el degüeiio de los religiosos, y las cerraban insultando á un ministro de Ta corona y asestando contra su pecho puñales asesinos. Las circunstancias no son las mismas. iNo hay guerra y por consiguiente no hay el |K'ligro de que un lenguaje libre y generoso pueda ser acusado de ({ue alíenla a los enemigos del trono. No hay milicia nacional; y para insultar á un ^e*nador impuiieiuente, no basta cubrirse con un uniforme y vitorear la libertad. La seguridad publica no e.sla eocoiiieudada á manos sospecho.sas, sino a un ejeiuiu modelo do disciplina y de sumisión a las leyes.

I\o hay un gobierno (pie tolere los desafueros de las asonadas: donde las ha habido han sido deshechas á cañonazos. Xohay tampoco un gobierno que pueda tolerarlas ni aun en simulacro, para hacer triunfar sus opiniones. La conservación del orden mas estricto no es para él un asunto de pura conveniencia, sino de vida ó do muerte; el dia en que solla.se á la revolución para intimidar á sus adversarios, cometería un suicidio. ¿{^uit obstáculos, pues, se opondrían á que los senadores manifestasen fraueaiueutc su opinión en tod i- I '- cuestiones, aun lasuiás delicadas, y, su voto con entera independencia?

Para n(^sotros es poco menos que incomprensible el que un hombre de iMisírir n « levada c independiente, mire al seuh «le un ministro antes de dar su rvoto: cuaoilo esto sucede, solo puede esplÍGarsc por esa postración moral, efetio de la atmósfera cortesana que tan facilmeate contagia a cuantos viven en ella, l^s cuestiones mas iiufior- Google Untes m te niinin con los ojos de uiin ra^a etora, dMembarttada fuerte;- aino »l ttwét de un prisma df niil consideraciniics ^e^•uQdarias, piisaioras. (yüi' ninguna rolaciou lenddao cüu el ubjeiu principal, si con el no las efitazart no corazón pudf^ine, inctlpaz de bri© y »*ncrí;tn Asi 5c í-'apriHra In conveniencia publica a intereses particnlarcs; asi sé postergan grandes razones de estado por satisfacer It voluntad de pemnagcs inipor-Janltó, |)orc|ue les dan importancia almas apocadas; asi se palian las defeceiones Boas argentosas, el abandono de las cansan ñas ^niias, el olvido de los mas sagrado^ debcrtís, con la nece»;ida(l de contpmpori/ar, de Bo irritar en demasía a esta o á aauella ináa, de no atraerse la ctfiera oe un pripoderoso: y á esto sé llama prudencia...cual si mereciese otro nombre qnecl de villana cobardía.

AfiMtunadainentc, la Espafta y la Enropa (jue contemplan al Sf nr.firi, nn tfndrán que presenciar cspeclaculos tan iTpiiirnanlcs: los grandes intereses de la nación es de esperar que serán fundidos con aquélla dignidad y valentía qtTP riimpicá los individuosdel alto cuerpo. For lo tanto se puede asegurar que el episcopado e-ipiifiol se mostmrá digno.de la reputación labrada pir los siglos, y acendr i!;i óltimampnte con el crisol de laS |>ci^ secucioDos. Si {leligra la causa de la iglesia, ai d trono se ve conupromctido por consejos desacertados, si unos pocos quieren monopolizar el íToce de las libertarles pri!)lic;is, si se trata de vejará los pueblos con cargas dtoflMdidáa, «resonari, no lo dudamos, re* sonarA ta voz de los veneralilcs pasiones, tanto mas auírusta, cuanto mas (jucbrautada por lüs años y ioü surrímientos. Esta santa ifrmeza ¿podrá' tener sus inconvenientes? ¿qué lo imy>or!;in fstos a qiiion esta al borde de un sepulcro, con el corazón en el ciclo? Ademas, que tampoco conviene exagerar los peligros; por nuestra paila oslamos profondamentir convencidos de que en las circoHlancias actuales no hay gobernante tan caarin qar watreva é oattetor nna víoleB* eia contra un obispo por haber manifestado su opinión en un ponto cualquiera. sin eseeptnar ninguno, tii aun los mas delicados. Biy aqui algo ma^ qoe la invíolabilidid constitucional; hay la invinlaliilidad dpi carácter, y sobro lodo liay la fuerza de las tfitunslane^as que detendrían á los impc-^ — I;>«t<ptiflMMt)inyraaar «QBlíeMi ^