La inscripción de Sanlúcar no hizo ningún servicio a B (p. 153). Se ha dicho recientemente que el Cántico B no es más que la glosa de) Códice sanluqueño. Este es «el niño, y aquél el hombre perfecto y barbado, en pleno ser y en colmada virtud natural» (1). Por consiguiente, quien condena al Cántico B, condena también al de Sanlúcar. Preciso es convenir que éste es el borrador y el Cántico B la obra en limpio.
Bien sabido es que el Códice de Sanlúcar lleva esta célebre inscripción en la primera hoja: Este libro es el borrador de q ya se sacó en limpio. Justamente, los protocolos se sienten audaces acerca del sentido de la palabra borrador. ¿Nos preparan una nueva fechoría? —continua hablando el P. Chevallier. Más bien es consejo de consumada prudencia el que nos proporcionan: lo indefinido es inútil, y la palabra borrador es algo indefinido, a juzgar por los protocolos. Antes de la muerte del Santo no fué impreso el Cántico Espiritual. La palabra borrador era muy a propósito para soñar en dos estados sucesivos manuscritos de la obra. Como en 1912 la edición de Toledo dividió en dos grupos los manuscritos del Cántico, la inscripción tomó en seguida una significación determinada. Parece que el mismo Santo nos decia: el AVanuscrito de Sanlúcar, del primer grupo, no os da más que un borrador, llevado a la perfección o pleno desenvolvimiento por el Cántico de los manuscritos del segundo grupo, o sea el Cántico puesto en limpio, acabado, definitivo. Cuantas razones de critica interna y externa se aducen para dudar de la autenticidad del Cántico B, la citada inscripción sanluqueña, denunciando la existencia de otro Cántico más perfecto, las deshace o inutiliza.
En otra parte hablamos de la autenticidad de la inscripción al pie d^ la portada del Códice de Sanlúcar a que alude aquí el P. Chevallier. Ya el P. Gerardo consideró con mucha razón como uno de los argumentos de más peso para probar la relación y dependencia de estos dos Cánticos la inscripción dicha, asi como el haber copiado el Manuscrito de Jaén muchas de las adiciones puestas por S. Juan de la Cruz en el de Sanlúcar, único en que se leen entre los manuscritos que conocemos, y, por consiguiente, la doble redacción del Cántico por el Santo. Pero otra vez el P. Chevallier saca a la calle la batería de sus célebres protocolos para derribar el artilugio armado con las dos redacciones dichas, y en esta ocasión se sienten asaz audaces contra la palabra borrador de la inscripción sanjuanista («justement, les protocoles se sentent assez d' audace pour donner leur avis sur le terme borrador»). La audacia consiste en aconsejar prudentemente, que lo indefinido es inútil y la palabra borrador es indefinida. La afirmación la había hecho Baruzi (2). Luego, ya nos ha dicho Chevallier cómo esta palabra borrador se blindaba admirablemente para afirmar la existencia de dos estados sucesivos del Cántico, que la edición de Toledo se apresuró a recoger para su división favorita en dos grupos de todos los manuscritos del Cántico Espiritual.
Siglo y medio antes que la edición de Toledo saliese de las prensas, habia escrito el P. Andrés estas discretas y exactas palabras acerca de la inteligencia del hoy tan discutido vocablo. Habla de la inscripción y de las notas del Santo al Códice de Sanlúcar y dice: «Llamó el Santo borra- 1 Alude el P. Chevallier a las palabras de Martínez Burgos en el prólogo a la edición del Cántico Espiritual.
2 Op. cit., Les textes, p. 22.
dor a este escrito, ya actuado de sus nuevas adiciones, con grande propiedad, pues fué éste el que tuvo presente, el que le recordó los nuevos pensamientos, y, finalmente, el que trasladó, acreciéndole más, cuando segunda vez trabajó esta célebre explicación. En ella muchas veces añade; otras, quita, o por lo menos ciñe; otras escribe de otro modo lo anteriormente escrito...» Unas líneas más arriba, había dicho: «Por la nota ya expresada del Santo [la inscrición de la portada] y por el desenlace que se ve en las más adiciones que allí nos da, se deja conocer que habiendo el santo Padre escrito esta excelentísima obra la primera vez, se le ofrecieron nuevos sentidos sobre sus misteriosos versos, tan preciosos en su sentir, que determinó para encuadernarlos en su explicación repetir segunda vez su escritura. Para este fin, puso en este traslado de su obra unas apuntaciones y memorias del concepto que cuando le iba leyendo se le ofrecía; y son éstas a veces tan concisas, que muchas es sólo un texto de Escritura sin enlace alguno con el cuerpo del antecedente escrito; otras son algunas breves palabras, que sólo al Santo, que estaba en el concepto, le podían servir; y así, parece las puso allí para recuerdo que le excitase el pensamiento nuevamente ocurrido. De estas apuntaciones, unas le sirvieron y otras no, pues en la escritura segunda no se ven» (1).
Magníficamente escrito. Creo no puede decirse nada más exacto ni que mejor interprete el sentido de la inscripción y de las apostillas del Santo. Harto se ve en ello el talento crítico y el estudio profundo que fray Andrés había hecho del Doctor Místico. Si ei sentido es obvio, o, por lo menos, no difícil ni sibilítico para quien sin prevenciones estudia la frase, ¿a qué retocarlo y desnaturalizarlo, hasta sacar a escena ese ejército de títeres o meninos literarios, que Dom Chevallier llama protocolos, que en este caso ni aconsejan nada, ni dicen nada? ¿Pero vamos a llegar a tales violencias de exégesis por salvar la única redacción del Cántico Espiritual, o, lo que es lo mismo, la condición apócrifa de B? ¿Acaso el Santo no sabía lo que significaba la palabra borrador, ni lo han sabido cuantos diccionarios de la lengua española se han publicado hasta nuestros días?
Razonablemente hablando, no puede decirse del sentido de dicho vocablo en el caso presente, «que es indefinido, y lo indefinido es inútil». La palabra borrador está muy bien definida en cuanto significa que eJ manuscrito de Barrameda sirvió de copia para hacer un traslado limpio, es decir, con las adiciones y notas marginales e interlineales, solitarias y desarticuladas, que el Santo le puso, colocadas ya en su lugar y en la forma que le plugo. No lo está tanto en lo que hace a la transcripción literal o ampliación de las apostillas sanjuanistas. Algunas de ellas no hacen más que iniciar un pensamiento— el espacio marginal del Códice no daba lugar a más— las cuales a voz en grito están pidiendo desarrollo y complemento (2). Por poco que San Juan de la 2 ¿No sería insensato suponer que el Santo escribió por escribir estas notas, que, aisladas como están, no dicen nada? Las puso el Santo como las pone en tantas ocasiones todo escritor que relee su obra y la quiere ampliar en algunos extremos. Ejemplo reciente de un caso análogo, lo tenemos en las notas que Menéndez y Pelayo dejó en uno de los ejemplares de la primera edición de sus Heteredoxos, inservi- Cruz quisiera extenderse, no podía hacerlo en el mismo manuscrito sanluquense. Las notas puestas eran sólo indicador, guión o recordatorio de ulterior desenvolvimiento doctrinal.
Esto no tiene nada de violento, sino que es la cosa más natural. Y esto es precisamente lo que el Santo realizó. Que ciertas notas las ampliara luego y otras las dejara igual, o las suprimiera, tampoco tiene nada de extraño. El autor hizo lo que mejor entonces le pareció, y no podemos exigirle cuentas de ello. El hecho de que la mayor parte de las notas de puño y letra del Santo en el Códice de Sanlúcar pasaron a la segunda redacción, ya literalmente, ya en glosas más o menos extensas, del Cántico es innegable, y por consiguiente ellas son una de las pruebas más sólidas del sentido que hemos de dar a la palabra borrador (1), bien concreto y definido en cuanto significa, según es dicho, transcripción limpia del manuscrito de Barrameda a otro; y concreto y definido también en cuanto a lo que el Santo hizo de sus notas indicadoras, por lo que hallamos hecho respecto de ellas en c! Cántico B. Por esto, ni el Códice de Sanlúcar, ni ningún otro en caso análogo, pierde la condición de borrador (2).
Lo que pudiera quedar más indefinido, más al aire, es si el manuscrito de Jaén es cabalmente el ejemplar que se puso en limpio, al tenor de la consabida nota sanjuanista del Códice de Sanlúcar. Y hasta en esto goza el manuscrito jienense de grandes probabilidades Es decir, que no sólo tenemos por cierto que el manuscrito de Jaén es un ejemplar de la segunda redacción del Cántico, sino verosímilmente el ejemplar al que se hace referencia en las palabras del Santo «de que ya se sacó en limpio».
Por dicha— como si hubiera adivinado lo que en el correr de los tiempos se iba a decir y escribir del manuscrito de Jaén— el P. Salvador de la Cruz nos ha dejado un testimonio interesante acerca de su bles muchas, porque no hacen otra cosa que indicar una idea que el gran polígrafo tuvo intención de explanar y no lo ejecutó.
1 El P. Chevallier (p. 70), trae esta nota: "El Manuscrito de Sanlúcar, en razón de su inscripción denominada borrador, presenta 27 notas marginales y 25 interlineales. De las 52 notas, 41 están representadas en el Cántico B. y 1 1 se omiten. De las 41 representadas, 20 se insertaron tal cuai estaban, y 21 se glosan con más o menos extensión. Muchas más pasaron al Cántico B, pero bastarían las que el Padre señala, para que mereciera incontestablemente el titulo de borrador. Hasta el presente no se han hallado copias de los escritos del Santo que las recojan, fuera del grupo B. Cuando en el grupo A se halla alguna, es porque el Santo corrige algún yerro material de Sanlúcar u omisión en que aquellos no incurrieron.
2 Con oportunidad y discreción, mi docto amigo el Sr. Martínez Burgos (Clásicos Castellanos: El Cántico Espiritual, p. XL), corrige al P. Gerardo por la forma restricta como entiende la palabra borrador, en los siguientes términos: "El P. Gerardo no otorga esta sospecha — la de que el manuscrito de Jaén sea el borrador del Códice de Sanlúcar — porque en el segundo Cántico "se encuentran muchos y largos párrafos que en el manuscrito ni siquiera se apuntan, y se introducen otras variaciones, de las que tampoco en él se hallan vestigios." Pero es que el P. Gerardo toma la palabra borrador en un sentido apretado, como si no pudiera serlo más que cuando contiene todo lo que el escrito en limpio ha de contener, lo cual muchas veces aviene no ser asi, conteniendo el borrador sólo notas ceñidas para ampliar, insinuaciones inspiradoras, conceptos jalones para tomar camino, etc., y en este sentido borrador puede ser el manuscrito de Sanlúcar del mejor ejemplar de la que llamamos segunda rdeacción." Las palabras copiadas del P. Gerardo, se leen en el t. II, p. 489.
origen, que no es posible recusarlo en conjunto, aunque haya algún pormenor menos exacto. Según este testimonio, que hoy figura en unas hojas pegadas al mismo manuscrito de Jaén, la M. Ana de Jesús, siendo priora de Granada, lo dio a la AV. Isabel de la Encarnación, monja en el mismo convento y luego en Jaén; la AV. Isabel lo dejó, a su vez, a Clara de la Cruz, religiosa carmelita descalza del convento de Jaén, de donde el manuscrito no ha salido más, y todavía hoy se conserva con todo cuidado. He aquí las palabras del P. Salvador: ♦...como porque lo certificó asi la V. AV. Ana de Jesús, Lobera, a la Venerable AV. Isabel de la Encarnación, Priora que fué del Convento de nuestras Religiosas descalzas Carmelitas de la ciudad de Jaén, a quien siendo novicia en el Convento de nuestras Religiosas de Granada y Priora de él la Venerable AV. Ana de Jesús, le dió la misma Venerable A\. Ana de Jesús este libro en cuadernos sueltos, certificándole eran escritos de mano y letra propia de nuestro Venerable Padre fray Juan de la Cruz de quien lo auia recibido. Y la misma Venerable AVadrc Isabel de la Encarnación, siendo Priora del Convento de nuestras Religiosas descalzas de Jaén, estando para morir, dió estos cuadernos, ya unidos y encuadernados como están, a la Madre Clara de la Cruz, religiosa en el mismo Convento de Jaén y Priora que después ha sido de él, certificándole lo mismo. Nadie, pues, podrá dudar con razón de esta verdad sin incurrir en nota de temerario, hallándose acreditada con la autoridad de tres testigos, tan calificados de verídicos por su grande virtud y santidad» (1).
Las líneas transcritas son de importancia extraordinaria en la cuestión que se ventila acerca de la autenticidad del grupo B, y de la menos interesante de que sea probablemente el manuscrito de Jaén al que alude el Santo en la conocida nota de Sanlúcar. No hay ningún motivo para poner en tela de juicio la verdad y la veracidad de las palabras del P. Salvador, que por serlo tanto, no dudó ponerlas al frente del manuscrito jienensc, cuando tan fácil habria sido a las religiosas rectificarlas. Ni siquiera la oportunidad de tiempo faltó a la «Nota» del P. Salvador, puesto que un poco más tarde ya no se hubiera podido hacer con tantas garantías de verdad, comoquiera que la nota sea de 3 de febrero de 1670, y la AV. Clara descendiese al sepulcro en 6 de noviembre del año siguiente, según consta en el Libro de Difuntas de la Comunidad de Jaén.
Tenemos en el testimonio del P. Salvador la afirmación terminante hecha por la AV. Isabel de haber recibido en cuadernos sueltos el manuscrito de Jaén de manos de la madre priora Ana de Jesús (2) y 1 Ms. de Jaén. Lo de los cuadernos sueltos, ¿significa acaso que el Santo se los iba dando a la M. Ana a medida que el copista los escribía? Todo pudiera ser.
2 La M. Isabel quiso entrañablemente a la M. Ana de Jesús. El P. Fray Angel Manrique en la vida que escribió de esta Venerable (Bruselas, 1632), afirma en el capítulo IX del libro IV, que al despedirse la M. Ana de Jesús de las monjas de Granada cuando salía para la fundación de Madrid, las religiosas experimentaron grande desconsuelo, principalmente la M. Isabel de la Encarnación, quien dice "que quedó aquel día tal, que entendió fuera el postrero de su vida." Cariño tan intenso y tan verdadero bien merecía una prenda tan rica como le dejó la venerable fundadora de las Descalzas en la Corte de España.
de haberle dicho ésta en el acto de la entrega, que ella— la M. Ana— lo había recibido a su vez de manos del Santo. Por su parte, la Madre Isabel, próxima a la muerte, deja estos cuadernos, ya unidos en volumen único, a la M. Clara de la Cruz; y la M. Clara de la Cru2. anciana y achacosa, abierta ya, como quien dice, su sepultura, es la que refiere y hace esta preciosa declaración al P. Salvador de la Cruz.
Por lo tanto, la tradición del historial del manuscrito de Jaén no puede ser más limpia, ni contener más garantías de credibilidad. Abarca sólo dos generaciones, y se transmite por tres solas personas, colmadas de virtud y discreción. El hecho, además, es sencillo: la entrega de un manuscrito de San Juan de la Cruz a la venerable Ana; de ésta a la M. Isabel; de la M. Isabel a la M. Juana. ¿Podrá dudarse de la verdad de la entrega? ¿Cabrá desliz de memoria en cosa tan sencilla y tan apreciada de las interesadas? Juzguen los discretos. Por otra parte, los pormenores históricos de las líneas copiadas responden en todo a la realidad de los hechos. La M. Ana de Jesús (Lobera) fué priora de las Carmelitas Descalzas de Granada desde la fundación de la Comunidad (1582), hasta que en el verano de 1586 salió para la de Madrid, acompañada de algunas religiosas. Isabel de la Encarnación, según partida del Libro primitivo de Profesiones de Granada, profesó el 11 de junio de 1584 (1). De Granada pasó (1589) a la fundación de Baeza, donde fué varias veces priora, según puede verse en los registros de esta comunidad (2); y, finalmente, año de 1615, fué de fundadora a Jaén, donde desempeñó varios oficios, incluso el de priora.
Según el Libro de Difuntas de esta casa, la madre Isabel murió el 3 de Junio de 1634, a los setenta y uno de edad y cincuenta y uno de hábito. Por el de Profesiones y Elecciones de Jaén sabemos que la M. Clara de la Cruz hizo su profesión en 15 de febrero de 1620. En 23 de marzo de 1658 fué electa priora, y murió en 6 de noviembre de 1671, como es dicho.
Las fuentes de donde proceden estas noticias no pueden ser más seguras. Están tomadas en sus mismos brotes. Interés en adulterarlas en sus manantiales primitivos no veo ninguno. Hasta la circunstancia que refiere el P. Salvador de haber entregado la M. Ana a la M. Isabel el manuscrito del Cántico «en cuadernos sueltos», la vemos solemnemente confirmada, debajo de juramento, en la Declaración que la dicha M. Isabel hizo en los Procesos de Beatificación del Santo, en la que se lee, a la pregunta treinta y cinco: «Que sé que el santo p.e fray Ju° de la f compuso los libros que dice la pregunta, de los cuales tuve yo 1 "En H días del mes de Junio de 1584, siendo general el R.mo P.e Fr. Ju.° Bap.,a Caffardo y prov.'a' Fr. Ger.'no gracián de la m. de Dios, hizo su professión la ner.na ysabel de la encarnación, que en el siglo se llamaua D.a ysabel de Puebla, hija del lic.do Fernando de Puebla y D.a Leonor Méndez, naturales de Granada y dio de limosna." Hasta aquí está extendido por el P. Gracián, que sin duda no se acordaba de la dote que había dado a la Comunidad. De otra mano de la misma época se añade: "ochocientos ducados. Renunció en doña agustina de la puebla su hermana." Tal es al pie de la letra, salvo la acentuación y puntuación, la fórmula de profesión de esta venerable Descalza.
2 Es la primera priora que se asienta en el Libro de Elecciones de la Comunidad de Baeza. Salió priora por unanimidad, la primera vez, el 3 de septiembre de 1601. Más tarde, desempeñó el mismo oficio varias veces.
algunos de sus cuadernos originales en Granada, y sé que son suyos» (1). Aunque no especifica qué contenían los dichos cuadernos, bien se advierte la relación que esta noticia tiene con lo que la misma Madre dijo a Ciara de la Cruz.
Tenemos, por lo tanto, que el Manuscrito de Jaén, con ser el único — con los de su grupo—, que copia y amplia ¡as notas puestas por el Santo, pasó sucesiva y ciertamente de San Juan de la Cruz a la A\. Ana de Jesús, A\. Isabel y M. Clara de la Cruz. ¿Quién, prudentemente juzgando, podrá dudar de tal procedencia? Bien, sabido es cuánto va len en la critica histórica las afirmaciones de testigos calificados, y lo poco que contra ellas pueden conjeturas e hipótesis más o menos ingeniosas y solertes. Siempre me ha extrañado que criticos tan aventujados como el P. Chevallier y Baruzi, al oponerse a la corriente tradicional de la autenticidad sanjuanista del segundo Cántico, no hayan hecho más caudal de estos testimonios, ni hayan procurado restar su autoridad, o recusarlos con razones eficaces, que hicieran más probable su tesis. Cierto, que el P. Chevallier dice que la «Nota» del P. Salvador es rica en afirmaciones contestables. Hasta el presente, en lo único que ha habido que rectificarla es en lo de tener por autógrafo dicho manuscrito, a lo que pudo inducir cierta semejanza de letra que el Códice tiene con la del Doctor místico. Las demás afirmaciones que hemos recordado, perseveran incontestadas y firmes en su puesto, dando alto testimonio del encumbrado origen de dicho ejemplar de) Cántico. ¿Qué se ha dicho en contra de la afirmación terminante y decisiva de la M. Clara? Mientras tal afirmación, corroborada por tantos otros manuscritos antiquísimos, no se invalide, me parece tiempo perdido el empleado en Ta probanza de la calidad apócrifa del Cántico segundo.
Se inició arriba la idea de que aún en el supuesto de que el Manuscrito de Jaén no fuera precisamente el ejemplar que el Santo entrego a la venerable M. Ana de Jesús, sería por su antigüedad y por otras razones una prueba fehaciente de la doble redacción del Cántico Espiritual. A la autoridad de la M. Isabel se pueden añadir muchas otras contemporáneas del Santo, que dan testimonio de la existencia del Cántico de cuarenta estrofas. Son dos cuestiones completamente distintas, y, por lo mismo, conviene distinguirlas bien. Valga por caso de autoridad del tiempo de San Juan de la Cruz, que testimonia la existencia de las cuarenta estrofas el siguiente, que no creo se pueda rechazar en buena crítica. El 11 de abril de 1616 hacíase en Segovia el proceso de beatificación de San Juan de la Cruz. Entre otros testigos, previo juramento y demás requisitos canónicos, declara la M. Isabel de Jesús, a la sazón supriora de las Carmelitas Descalzas de dicha ciudad, religioso de mucha virtud, discreción y talento. En el Proceso original que hoy se halla en la Biblioteca Nacional (Ms. 19.407), al folio 15, se lee la Declaración firmada por ella, y, entre otras cosas, dice: «A la primera pregunta de oficio, dijo ser de edad de cuarenta años, y que es supriora del dicho convento y natural de esta ciudad, nacida y criada 1 Esta Declaración es toda de puño de la M. Isabel, como lo demuestra un ligero cotejo con la letra de la misma Madre en los libros antiguos de las Descalzas de Jaén.
en ella.— A la primera pregunta del Interrogatorio dijo esta testigo: que conoció al santo padre fray Juan de la Cruz...» A la cuarta pregunta, responde que le trató «cosa de dos años»; y «a las treinta y cinco preguntas, dijo esta testigo: que sabe que el santo padre fray Juan de la Cruz dejó escritos unos libros espirituales, de los cuales el Santo Padre le dió a esta testigo las cuarenta canciones de su letra, y sabe que son libros admirables» (1). «A la treinta y seis preguntas dijo esta testigo: que todo lo que ha dicho es la verdad, y que lo sabe so cargo del juramento que hecho tiene, y en ello se afirmó y ratificó; y siéndole vuelto a leer de verbo ad verbum, como en él se contiene, se ratificó en ello y lo firmó de su nombre. — El Licdo. Salazar. — Isabel de Jesús, subpriora. — Ante mí: Ambrosio Alvarez» (2).
Once años más tarde, algo largos de talle (6 de noviembre de 1627), la M. Isabel, entonces priora del mismo convento, en otro Dicho canónico, y para los mismos efectos, se ratificó en todo lo declarado la primera vez, y en lo tocante a las cuarenta Canciones volvió a decir: «Preguntada por la pregunta veintiuna, que le fué leída, dijo esta testigo: que sabe que el dicho venerable padre fray Juan de la Cruz dejó escritos libros espirituales, de los cuales el dicho siervo de Dios la dió a esta testigo las cuarenta canciones de su letra...» Y después de ratificarse, previa la lectura de la Deposición, la firma de su puño y letra, junto con D. A\elchor de Moscoso, obispo de Segovia, D. Alonso del Vado y Lugo, y el notario Juan de Tordesillas (3).
Tenemos, por lo tanto, un testimonio muy digno y autorizado que afirma haberle dado el Santo mismo «las cuarenta canciones de su letra», y se reafirma en lo mismo muchos años después, cuando hacía cinco ya que andaba impreso en francés el Cántico de treinta y nueve estrofas, cuya edición no es fácil ignorase, y menos la hecha en Bruselas en 1627, que por la aprobación (8 de febrero de este mismo año) parece indicar que para fines de la primavera ya se había impreso, y en seguida se remitieron ejemplares a todos los Conventos de ¡a Reforma en España, de los cuales he visto algunos (4).
Tampoco debemos olvidar lo que Colmenares nos dijo de la entre- 1 En tiempos del P. Andrés de la Encarnación, como ya se observó en la Introducción, aún se conservaba en las Descalzas de Segovia un manuscrito que contenia las cuarenta canciones. Verosímilmente del que habla aquí la M. Isabel de Jesús. Estamos ante otro hecho casi de tanta firmeza en pro de la procedencia sanjuanista de la segunda redacción como el caso de Jaén.
2 Según el Libro de Difuntos de Segovia. la M. Isabel de Jesús entró religiosa a los trece años de edad. Era natural de Segovia. de padres hidalgos, pero escasos de bienes de fortuna. El citado libro dice, que la M. Isabel "mereció alcanzar el tiempo en que nuestro santo padre San Juan de la Cruz era prior y confesor de esta comunidad", y que "conociendo el Santo con luz del cielo los inestimables tesoros de virtudes que el Señor habia depositado en esta sencilla religiosa, la amaba mucho, y se recreaba de tratarla tan pura e inocente..." "Fué una de las religiosas más ejemplares y ajustadas que entonces tenia la Descalcez." Fué superiora en varias ocasiones, y murió en 1663, a los ochenta y ocho años de edad y setenta y cinco de religión.
3 La Declaración puede leerse en el Ms. 19.404. fol. 112 v.° 4 La M. Isabel por las Cuarenta Canciones entiende, no sólo las estrofas, sino todo el libro que lleva por titulo Cántico Espiritual: pues, además de ser entonces más corriente tal denominación, la misma edición de Bruselas titula asi el tratado: Declaración de las Canciones, etc., y el mismo Santo, en carta a la M. Ana de S. Alberto (junio de 1586) llama Canciones de la Esposa al tratado del Cántico Espiritual.
ga de la copia del Cántico, que hoy guardan los Descalzos de Segovia, por el Santo a una persona dirigida suya; y algo parecido debemos recordar respecto de la copia de los Carmelitas de Burgos, que probablemente perteneció a la M. Ana María de Jesús, dirigida del Santo en la Encarnación de Avila. Estos códices forman un bloque tan formimidable en pro de la procedencia sanjuanista de la redacción segunda del Santo, que hasta el presente, no sólo no se le ha derribado, pero ni la más leve brecha se ha abierto en él,. A lo menos, nosotros no acertamos a verla. Harta pena me daria que fuera por miopía intelectual nuestra.
A' se coloca entre A y B (p. 155). — Llevando por guía los protocolos—dice el P. Benedictino—, hemos hecho un poco de historia, y la historia semeja proyectar algo de luz sobre la palabra borrador. Los protocolos nos han demostrado— al P. Chevallicr — la genealogía u el carácter apócrifo de los estados del Cántico R', R, B y A'.— R y R' proceden de A' y B, como ya se ha dicho. B es tributario de A' por las dos primeras estrofas, y por las restantes de A. ñl presente, continúa su lección la historia: los protocolos añaden que A', anterior necesariamente a B, es posterior a A; porque el sistema completo de 95 o 96 protocolos, tal como se hallan en a y A, ha precedido por fuerza a la parte tomada, la serie sin duda decapitada de 59 protocolos de A'.
Cronológicamente hablando, entre A y B se interpone A'. — Siendo este grupo A' intermediario entre A y B, la palabra borrador no va enlazada necesariamente del Cántico A al Cántico B. En consecuencia, e] argumento sacado de la necesaria unión de A y B no tiene razón de ser. En todo caso, los dos Cánticos A y A', hechos de un mismo poema y comentario, y que no tienen más diferencia que de retoques, importantes y numerosos sin duda, pero debidos únicamente a la prudencia, mal entendida tal vez, y al gusto literario, quiza demasiado delicado, estaría mil veces más justificado calificarlos por las palabras borrador y limpio, que no A y B, tan distantes entre sí por poema y comentario.
Desprovista de toda razón se halla, a mi entender, esta suposición del Padre Chevallier. Copia de un manuscrito que, según el mismo santo Doctor, ha servido de borrador a otro y que este otro no traslade ni una siquiera de las muchísimas apostillas que a la copia que se transcribe puso el Sanio, entiendo que se halla ipso ¡acto descartada. En cambio, el crítico aludido, que tan reacio se manifiesta a considerar el Cántico A como borrador del Cántico B, con copiarle éste o glosarle hasta cuarenta y una apostillas como confiesa el mismo Chevallier— le copia muchas más —, no tiene dificultad en otorgarle tal condición al Manuscrito 17.558, que ni una mala nota sanjuanista del Códice de Sanlúcar recoge en su traslación. Sería simple suponer que el Santo escribió tales notas por pasatiempo y no para transcribirlas en copia que él mismo certifica se sacó del borrador sanluquense. La suposición se hace de todo en todo inverosímil desde el momento que existen copias que incluyen las adiciones puestas por el Santo a la copiaborrador: tal es la de Jaén y las incluidas en el grupo B.
La suscripción primera del Códice de Sanlúcar parece dudosa (p. 156) No se puede olvidar que en estos últimos tiempos algunas particularidades gráficas han suscitado dudas acerca de la procedencia sanjuanista de m la citada suscrición de Sanlúcar. El P. Chevallier se remite a lo que dice Baruzi en su obra Saint Jean de la Croix (pp. 21-23), de lo que en su tiempo hablaremos. Tampoco quiere el Padre que olvidemos que la tradición carmelitana, desde principios del siglo XVII hasta 1776 parecía ignorar la coexistencia de varios textos auténticos del Cántico Espiritual, en cuanto que no temió excluir una redacción determinada para autorizar otra. En el Summariutn Segobiense, resumen oficial de los procesos hechos en 1627, se habla del Cántico de las treinta y nueve y de las cuarenta estrofas, pero en ninguna parte se afirma haber comentado el Santo dos veces este poema. — Poco después, los que prepararon la edición de 1630 tenían el firme propósito de publicar el único texto fiel, hasta anunciar que el Cántico publicado en Bruselas en 1627 no había salido conforme a los originales autógrafos. — Cuarenta años más tarde, la noticia firmada por el P. Salvador de la Cruz y puesta a la cabeza del Manuscrito de Jaén (3 de febrero de 1670), nota tan llena de afirmaciones contestables, tiene, por lo menos, la ventaja de insistir en el exclusivismo tradicional. Para el P. Salvador el único Cántico fiel era el de Jaén.— Pasados treinta anos, se lamentaba de lo mismo el P. Andrés de Jesús en la prefación a la edición de Sevilla 1703.— El P. Andrés de la Encarnación fué, a lo que se le alcanza ai P. Chevallier, el primero que, cincuenta años más tarde, planteó la hipótesis de que San Juan de la Cruz