SigPhi · Juan de la Cruz

Cantico Espiritual (completo)

Spanish

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2 P. 114.

3 Atenidos a esta definición, no debe molestarse el P. Chevallier si alguno, fundado en cuanto él dice de la segunda redacción del Cántico, llaman falsarios a los que copiaron los manuscritos que contienen dicha segunda redacción, porque salvo dos, los demás todos hacen autor de ella en términos expresos a San Juan de la Cruz. Y así ocurrió que, apenas nacida, recibió la honrosa paternidad del Doctor de la Iglesia.

de estas enmiendas le ha llamado redactor, compilador, interpolador. y a su obra, apócrifa; pero nunca ha hablado de un falsario, sencillamente porque una obra llamada apócrifa, no es necesario sea labor de un falsario; basta solamente que sea hecha por mano extraña. Un escrito merece tal calificativo por el solo hecho de no ser reproducido tal cual el propio autor lo escribió (p. 117).

Precisado así el concepto de las palabras falsario y apócrifo, observa el P. Chevallier — y ya lo hemos dicho muchas veces en ésta y otras obras— que la propiedad literaria en estos tiempos se mira con más respeto que antes. Ella es tan intangible como la material de tierras o fincas urbanas, ponemos por ejemplo. No así en los siglos XVII y XVIII, ni menos en los anteriores. Lejos de reputarse defecto o falta grave las modificaciones de los escritos, se tenían en muchos casos, por el modificador y el público que los leía, como una gracia o mejora que se hacía al autor enmendado. De esta buena intención de los que pusieron mano en los escritos del Santo nadie debe dudar. El P. Chevallier trae a colación interpolaciones hechas en el siglo XVII en las obras de San Francisco de Sales nada menos que por Santa Juana Francisca de Chantal, en la edición principe de los Pensamientos de Pascal (1670), en la primera edición de las Obras predicables de Bossuet (1772), y en el TVYs. 13.505 de la Nacional, que, como se recordará, comprende algunos de los comentarios del arzobispo Antolínez a los poemas de San Juan de la Cruz, caso curioso de cambios y modificaciones o arreglos. Los ejemplos podrían multiplicarse, porque abundan. Esto debe eliminar toda extrañeza con lo ocurrido en los códices y ediciones sanjuanistas. Adiciones, modificaciones, cambios de lugar, superposiciones, fueron en otro tiempo inocentes, y hasta suponían un señalado servicio hecho a un escritor. Autres temps, antres moeurs.

Bien hace el P. Chevallier en precisar con claridad y exactitud lo que entiende por las palabras falsario y apócrifo, para que el lector sepa el alcance que ha de darlas cuando las lea en estos estudios, y no vayan más allá en el juicio de lo que intenta su autor. Ni esta demás tampoco recordar que en el siglo XVI y XVII los arreglos hechos en los escritos de un autor, por celebrado que fuese, no sólo no se miraban mal, generalmente hablando, por el público culto, sino que se estimaba como servicio meritorio que el autor debía agradecer y el publico aplaudir. No todos los lectores tienen obligación de conocer las costumbres diversas de cada época, y recordárselas por quien las sabe es acto laudable y prevención discreta que puede evitar mil juicios equivocados, ya que el hombre en ellos propende a estimar los hechos según criterio de la época en que vive, que a veces es la única que conoce, y acaso no muy cabalmente.

Juzguemos con esta benignidad de criterio los diversos estados del Cántico Espiritual, que el P. Chevallier eleva a seis (p. 121), representados por las siguientes siglas, que el lector que tenga interés por estas cuestiones de crítica sanjuanista deberá tener presentes para lo que se va a decir. Las siglas son: a, A, A', B, R, R'.— El Cántico a se halla representado por el Ms. 17.558 de la Nacional de Madrid, la edición de Bruselas de 1627 y la de París de 1622.— El Cántico A, por el de Sanlucar de Barrameda.— El A' representa cinco manuscritos, es a saber: los de Granada, Loeches, Bujalance, 8.654 y 8.795 — El Cántico B, por nueve manuscritos y todas las ediciones, españolas y extranjeras, que han reproducido a la de Sevilla de 1705. Los manuscritos son los de Jaén, Burgos, Alba, Avila, Segovia y los de la Nacional de Madrid: 6.621, 8.492, 12.411, 18.160.— El Cántico R, por la edición romana de 1627, muchas veces reimpresa.— El Cántico R' por la edición española de 1630, que sin salimos del siglo XVII fué reeditado ocho veces en español, seis en francés, una en latín, dos en flamenco y una en alemán.

Establecida esta división, procede el P. Chevallier a señalar las características de cada estado. Estos seis estados del Cántico han nacido de la distinción de tres poemas, luego de la división en tres grupos (a, A, A') de los comentarios manuscritos del primer poema, y de la división en dos grupos (R y R') de los comentarios impresos del tercer poema. La distinción de los poemas esta clara (1). Una palabra se precisa para los comentarios.

El comentario a merece estado aparte en cuanto que tiene 184 lecciones propias repartidas en todo él. No cabe duda que entre A y a media cierta revisión. El ejemplo que mejor lo demuestra es el comentario del primer verso de la estrofa XII. Del mismo modo, A' tiene fisonomía propia para figurar en estado diferente de a y A, y lo prueba por el comentario al quinto verso de la estrofa XXV: Y no parezca nadie en la montiña.

Los comentarios del tercer poema, o sea los Cánticos R y R' se distinguen el uno del otro por una treintena de explicaciones, atenuaciones, precisiones, estimadas, a lo que parece, convenientes en España entre 1627 (data de la impresión autorizada por el Maestro del Sacro Plació) y 1630, (data de la impresión vigilada por los calificadores de la Inquisición española). De verdadera rareza bibliográfica califica el P. Chevallier los ejemplares de esta última edición. Las diferencias de ambas las va señalando con grande cuidado el Padre (págs. 131-135).

Sentados y razonados los seis estados del Cántico, cumple explicar la división y ver el parentesco que une a unos y otros, y si los seis estados son otras tantas etapas del pensamiento de San Juan de la Cruz. La cuestión es por demás interesante.

R y R' proceden de la misma fuente (p. 135). Las explicaciones, atenuaciones y ajustamientos que separan ambos Cánticos, proclaman bastante claro que R' (Madrid, 1630), desciende directamente de un manuscrito parecido al que sirvió para la edición romana de 1627 (R). Salvo las treinta y dos variantes antes dichas, de poca consideración, ambos tienen el mismo poema y el mismo comentario.

¿Estas mismas reconocidas atenuaciones, explicaciones y ajustes son bastantes a probar que R' se halla interpolado en el sentido 1 Para Dom Ph. Chevallier, el primer poema es el de 39 estrofas, tal como viene en el Manuscrito de Sanlucar y otros; el segundo, el de 40, representado por el de Jaén y similares; el tercero, el de 40, pero con el orden con que se leen en el primero, y está representado por la edición romana de 1627 y la madrileña de 1630. (Supl. Julio-Agosto, p. 1 10).

arriba dicho, es decir, que tenga retoques de otra mano que la del Santo? Así lo pensarán muchos. A otros parecerá mejor, antes de fallar en este pleito, oir el testimonio curioso de testigos muy modestos, insignificantes en apariencia, que por su misma pequeñez han perseverado intactos en todos los cataclismos documentales que han podido acaecer, y los cuales, por lo mismo, nos dan muy buenas referencias acerca de la autenticidad, genealogía e historia de los seis estados fiel Cántico. Tales son los llamados protocolos.

Por tales entiende el P. Chevallier esas partículas y frases unitivas, que parece se caen al acaso de la pluma entre un texto y su traducción, como: es a saber, quiere decir, que es decir, y otras similares, lazos de unión, cuya utilidad consiste en introducir una versión en lengua vulgar. La variedad de ellos (de los protocolos) no tienen más fin que el de evitar fastidiosas repeticiones al lector; y a pesar de su insignificancia, pueden hacer obra notable de justicia, así acerca de la reputación de los manuscritos originales invocados en la introducción de la edición de Madrid (1630), como de la buena memoria del Códice de Jaén, basada en la «Cierta Noticia» del P. Salvador de la Cruz, y hasta de alguna opinión sobre la forma bilingüe de los textos de la Sagrada Escritura, citados en el Cántico Espiritual (1). Los mencionados protocolos comienzan desde el principio por cumplir muy bien su cometido.

Si preguntamos con qué grupo de manuscritos del Cántico tiene mayor afinidad el de la edición de 1630, responderán los protocolos sin dudar un momento que con el grupo A'. Son tan parecidos, que probablemente se sirvió el editor de alguno de ellos. Efectivamente, después de las citas latinas, dadas por incipit y desinit, seguidas de rereferencias a estrofa y verso, ofrece el P. Chevallier, en cuadro sinóptico, los noventa y nueve protocolos de los seis estados que tiene el Cántico (págs. 138-145). '.Admirable paciencia la suya! En nota observa que las dos primeras ediciones (1618 y 1619) traen muy pocas citas latinas de la Escritura, y menos protocolos. Consigna el hecho, para significar esta especialidad de uno de los estados del Cántico. El cuadro ratifica la conclusión del P. Chevallier, de la grande afinidad entre el grupo A' y la edición de 1630.

La conclusión es tanto más sugestiva y digna de atención, cuanto que el número de citas latinas con su correspondiente versión en lengua vernácula es en A' de sesenta y tres, poco más o menos; y en R', de ciento cuarenta y uno, más que el doble, como se ve. Los textos añadidos por el editor poco antes de 1630, se conforman a la Vulgata Clementina, que se declaró versión oficial y obligatoria en 1592, un año después de la muerte de San Juan de la Cruz, mientras que los textos tomados del Cántico A, dan una versión anterior, contemporánea del Santo.

Ni está demás observar, que dos códices del grupo A', el de Bujalance y el de Loeches, pasaron en otras épocas por autógrafos, lo cual pudiera explicar satisfactoriamente lo que se lee en la introducción de la edición de 1630: «...ajustar asi este, como los antes 1 Se refiere a lo dicho por Martine: Burgos.

impresos a sus propios originales escritos de letra del mismo Venerable autor». Sin duda, la edición de Roma y la de Madrid proceden de los manuscritos A'.

En lo que hace a la estrofa XI, como los manuscritos del grupo A' no la contienen, parece evidente que fué tomada del grupo B. Por consecuencia, R y R' proceden de los grupos A' y B (p. 147). No admití, el P. Chevallier que dicha estrofa fuera compuesta aparte con su comentario, para unirlos luego a la redacción A'. Y lo prueba con varias razones, no faltas de peso, tomadas principalmente de la edición de 1630. Oportunamente observa en nota (p. 148, nota 2), que no basta probar que la estrofa XI y su comento fueron compuestos por el Santo, sino que se precisa demostrar también que él mismo los colocó entre la canción X y XI, lo que no se ha probado hasta el presente Por lo que hace a la división del Cántico en seis estados, prefiero—como ya dije en los Preliminares— la división de la edición de Toledo en Cánticos de primera y segunda redacción, que es más sencilla, y en estas cosas, como en todas, siempre que se pueda, debe evitarse todo lo que tienda a embrollar o complicar una cuestión. En esa doble división están comprendidas las características principales de las copias y ediciones que hoy conocemos del Cántico Espiritual, y ella salva muy bien las leyes a que debe ajustarse toda división. Las demás diferencias son secundarias; y si se juzgan con la suficiente importancia para establecer diversos estados, señálense, no seis, sino casi tantos como son las copias, pues ninguna se ajusta de tal modo a otra, que no tenga una porción de variantes propias. Entiendo que para que éstas den lugar a distinto estado del libro, deben atañer a la doctrina y modificarla notablemente, y que la modificación sea estudiada, calculada, y no debida a descuidos materiales de copistas que no entendían el alcance de las palabras, o no reparaban en él al cambiarlas torpemente por incuria.

¿A qué hablar, P. Chevallier, de tres poemas del Cántico cuando en realidad es uno solo? Todo se reduce a que en los manuscritos de la segunda redacción se añadió una nueva estrofa a las treinta y nueve de que constaba; y se alteró, en la forma ya dicha, el orden de ellas. Además de lo ocurrido en la segunda redacción del Cántico, dase la particularidad de que la edición romana de 1627 y la de Madrid de 1630, guardando el orden que las estrofas tienen en la primera redacción, publicaron la estrofa añadida en la segunda, colocándola después de la décima. Esto es todo lo acaecido con la poesía que se glosa en el Cántico. Cuando los profanos oigan hablar de tres poemas del Cántico Espiritual, se figurarán cambios notabilísimos, como lo hemos visto por experiencia. Creen tropezar con obstáculos insuperables, cuando en realidad se trata de camino llano y muy andadero. Las diferencias suficientes para poner división entre el primero y segundo Cántico, no están en el poema, sino en la glosa. Aquel no varía ni una letra, salvo la estrofa XI, de impecable factura sanjuanista (1).

1 Si la simple alteración de las estrofas del poema es bastante para clasificarla de poema nuevo, entiendo que también debe serlo cada lectura distinta de sus versos Lo que decimos del poema tiene aplicación a todos los manuscritos que copian la primera redacción del Cántico. Si bien se examinan, no hay entre ellos diferencias de doctrina; hay, sí, muchas variantes debidas a descuidos de los escribas y algunos arreglos en determinadas canciones que se leen en unos manuscritos y no en otros, que parecen ajustarse a criterios, no doctrinales, sino literarios, buscando, acaso, mayor claridad; si no es que detimos que fueron obra del propio Santo, pues con rara uniformidad se leen la mayor parte de fstas discrepancias con el Códice de Sanlúcar en los de Loeches, Buja lance, Granada y los de la Biblioteca Nacional que llevan la signatura 8.654 y 8.795, asi como en la edición de Roma (1627) y Madrid (1630). Estas dos últimas tampoco hay inconveniente en agruparlas con los manuscritos anteriores, pues, a parte la introducción de la estrofa XI, en lo demás apenas hay cosa que los separe. Algunas adiciones hechas por el P. Jerónimo de San José en la de Madrid, son de escasa importancia, como ha visto el lector en las notas al primer Cántico. A\ás conformes aún con el Cántico de Barrameda se hallan las ediciones de París, Bruselas, el Ms. 17.558 de la Nacional y los dos de Valladolid. ¿Qué dificultad hay, por consiguiente, en agruparlos bajo la denominación general de manuscritos y ediciones de la primera redacción del Cántico?

Los comentarios de la segunda redacción de este libro conforman más entre sí, y no hay dificultad en agruparlos en un solo estado, como lo hace el P. Chevallier. Todavía, sin embargo, en los manuscritos de Segovia, 12.411 y 18.160 de la Nacional se observan muchas más discrepancias accidentales respecto del de Jaén que en los demás de esta segunda redacción. ¿De dónde proceden? Chi lo sá. Muchas conjeturas pueden hacerse, que tal vez quepan holgadamente en dos: o que el Santo las hizo en algún manuscrito del grupo B, o que algún copista fué más descuidado que los otros en la traslación del modelo; o bien que le vino en gana hacer tales mutaciones, sin trascendencia por lo demás en el orden doctrinal. A la pregunta arriba hecha, no creemos pueda nunca contestar la crítica sanjuanista satisfactoriamente. La cosa tampoco tiene mayor importancia, puesto que la doctrina es la misma y poseemos un códice que ciertamente perteneció al Santo, cuya lectura debemos seguir.

Con todo, si alguno gusta más de la división de los seis estados del Cántico, y aun de nos six Cantiques, si l' on préfére. como dice el monje de San Benito, puede adoptarla. Me displacería, sin embargo, que se hablase de seis Cánticos de San Juan de la Cruz, cuando tan bien servidos pueden estar con uno, dos veces redactado, los deseos justos de la crítica más exigente (1).

en los manuscritos, con lo que no tres poemas del Cántico, sino treinta o más habría que contar, porque las variantes abundan. Por el descuido en la copia de las Canciones podemos barruntar algo de lo acaecido en los comentarios.

1 Con este libro del Santo ocurre un caso parecido al Camino de Perfección de Santa Teresa, que lo escribió dos veces, variándolo algún tanto la segunda vez de como lo compuso la primera: sólo que éste se conserva autógrafo en las dos redacciones, y asi se han ahorrado muchas disquisiciones inútiles. ¿Qué no habrían dicho ios críticos descontentadizos o amigos de novedades, de no guardarse el autógrafo segundo y leerse sólo en copias, aunque fueran fidelísimas.'

m Y no se me diga que en mística teología cualquiera variación puede ser trascendental. Bien sé de cuánto es capaz el ingenio humano cuando se empeña en una cosa y que no para hasta sacar agua de la roca, o conseguir su fin, sea como sea. Pero aquí no tratamos de los misterios que una inteligencia poderosa, propuesta a ello, puede ver en los vocablos más sencillos y de sentido más obvio. Este último es el que hemos de buscar en la casi totalidad de las variantes que se hallan en los manuscritos de la primera y segunda redacción del Cántico, y no otras significaciones, intenciones y sentidos, que ni por las mientes de sus copistas pasaron, ni de ellas fueron intelectualmente capaces.

¿05 manuscritos A',— continúa afirmando el P. Chevallier —, no son obra de S. Juan de la Cruz (p. 148). Lo prueba por los famosos protocolos, advirtiendo que es la primera probación de su aserto, no la única. La ausencia de estos protocolos en el primer tercio de A' y su empleo constante luego excepto en tres casos, denota un cambio rápido y brusco, inexplicable en un autor plenamente consciente de lo que ha hecho en las primeras páginas del Cántico. Se comprende que S. Juan de la Cruz fué libre en poner u omitir textos latinos y protocolos; pudo optar por uno u otro método, pero nunca poner ambos en ejecución. Revisando su Cántico, pudo el Santo suprimir, conservar páginas y detalles de fondo o forma, textos latinos y protocolos; mas suprimirlos en trece estrofas y conservarlos durante veintiséis, no es serio ni propio de un santo. Todo propende a reafirmarnos en la conclusión anteriormente indicada: El texto A' no se ha fijado sin la intervención de alguna mano extraña.

Nada se nos ocurre objetar a estas observaciones, que nos parecen muy discretas. Un poco difícil parece ver al Santo entretenido en borrar sistemáticamente el número considerable de protocolos (hasta treinta y siete) en las doce primeras estrofas, para luego repetirlos hasta el fastidio. A lo que se nos alcanza, algún copista antiguo, fino humorista, o con el buen fin de evitar cierta fastidiosa monotonía que los dichos protocolos causan al lector y ahorrar traslado de palabras que ni quitan ni ponen sentido al texto, comenzó a omitirlos, y luego cambió de opinión y los trasladó casi todos. El texto no pierde nada en ello, y ya se ve que la intención fué buena, aunque según la criteriologia textual de ahora no es digna de alabanza (1). Sin embargo, no lo demos más importancia de la que tiene. El P. Jerónimo, que se sirvió para su edición de uno de los manuscritos del grupo A', le siguió también en esto, añadiéndole las autoridades latinas de la Sagrada Escritura que le faltaban, como ya lo viraos practicado por él en los tratados anteriores, y, con todo, prescindió de esos famosos protocolos, que el P. Chevallier vincula, no sin razón, a los textos latinos como para servir de puente a los mismos textos romanceados o glosados. Sinceramente creemos que la omisión de los protocolos no significa más que el capricho de un copista y de ninguna manera la labor de un trabajo apócrifo. Ni santos ni no santos suelen incurrir en tales 1 Cabe también que la discrepancia en la traslación u omisión de protocolos proceda de haber sido varios los amanuenses del manuscrito que díó luego margen a tal variedad de métodos en las copias que de él se sacaron.

descuidos, y menos los que laboran trabajos apócrifos, que en el caso serían verdaderos falsarios, puesto que se los cargan al Santo.

También B es apócrifo (p. 150).— El Cántico B copia de A' las aos primeras estrofas, que están interpoladas, y lo confirman, tanto los protocolos como el cotejo de ambos Cánticos, de suerte que si A' es apócrifo, con mayor razón lo es B. ¿De dónde saca el P. Chevallier que c) Cántico B copia las dos primeras estrofas de A'? Sobre que hay muchas lecturas distintas en ambas redacciones, ¿dónde se leen en el grupo A' los comentarios larguísimos al verso A dónde re escondiste, más que el doble de extensos en B? También en la segunda canción hay numerosas variantes de lectura entre los dos grupos.

Tres formas distintas de citar la Sagrada Escritura se advierten en el Cántico B; en las dos primeras estrofas no hay textos latinos; en la 111, IV, VII, XII, XIII, XIV, XV, los textos en la lengua de Lacio son tan frecuentes como la materia lo pide; ya desde la XVI, son muy raros los que se leen. Ahora bien, ningún comentario de los catorce primeros protocolos se halla en B, porque los comentarios de las dos están tomados de A', que no los traslada. Un cuadro comparativo de frases tomadas del tercer verso de la estrofa II de los grupos a, A, A' y B, ponen fuera de toda disputa la anterior afirmación (páginas 150-151).

En cuanto a las tres maneras de citar los textos latinos de la segunda escritura que el P. Chevallier sorprende en el Cántico B, como advirtiendo cierta inconsecuencia de método en tal manera o procedimiento, tenemos que decir que, inconsecuencia por inconsecuencia, mayor es la que se advierte en el Códice de Barrameda, donde el Santo puso tantas veces su mano. Si al final del prólogo de dicho Códice dice que primero pondrá las sentencias de la Sagrada Escritura de su latín, ¿por qué comenzó en la primera canción por escribir en latín nada menos que siete autoridades escriturísticas y otras siete en la segunda? ¿Por qué al corregir el Códice sanluqueño no las borró para acomodar en esto el comentario a lo que dice en el prólogo? Pues lo que es de este manuscrito no es posible dudar que lo vió y revio el Santo, y, sin embargo, no lo hizo. Esto nos lleva como por la mano a recordar lo que dijimos en el párrafo XIII del tomo I, páginas 199-201. Es un caso parecido a los que allí adujimos. Por consiguiente, este omitir textos latinos de la Sagrada Escritura, más parece razón en abono de la autenticidad de B que de su condición apócrifa. Por lo demás, no hay que alarmarse, porque ni el Cántico de Barrameda trae gran número de autoridades de la Escritura en latín, salvo las tres primeras estrofas, la XIII que cuenta hasta doce, y la XVI y la XVII. Las demás, no pasan de tres (hay cuatro con cuatro y una con cinco), algunas traen uno solamente, y no faltan otras sin ninguno.

El Códice B está compuesto de golpes y contragolpes (coups et contrecoups) (p. 152) (1). El Códice de Jaén, tan apreciado, parece fruto 1 Bien sabido es que en la lengua francesa esta palabra tiene más acepciones que la española. Recuérdese cuanto se ha censurado, condenándola, la frase golpe de vista, y otras similares corrientes allende el Pirineo.

de las más peregrinas alternativas. Toma el Prólogo de A, las dos canciones primeras de A', y para las restantes, la undécima exceptuada, vuelve otra vez a A. ¿Quién se atreverá a declarar autor de estas mezcolanzas a San Juan de la Cruz?

Con razón el Cántico B infundió desde un principio grande desconfianza. No se publicó en las ediciones romana y madrileña, con haber incorporado una estrofa con su comentario, tomada del Cántico B. ¿Cómo explicar en buena sicología esta pequeña extracción e igual agregación? Lo corriente y natural parece que si a un editor 1c ofrecen dos grupos distintos de un tratado, uno más extenso que el otro, con igual reputación, o quizá mayor la del más extenso, arreglado por el mismo autor, es adoptar el texto más largo como definitivo del autor de él; con tanta más razón, cuanto que ésle trae una estrofa nueva comentada, que hay interés en publicar. En el siglo XVII procedieron con método del todo opuesto. Se adoptó el Cántico más breve, agregándole la estrofa XI del más extenso. Tal conducta parece significar la desconfianza del Cántico B, y se procedió a la publicación del otro Cántico como más seguro, aun con el pequeño inconveniente de copiar de B la dicha estrofa. Si, como muchos quieren, el P. Jerónimo es el editor responsable de la edición de 1630, con toda su autoridad, que no es poca, ratifica la elección del texto publicado en la romana de 1627.

Copiar primero de un manuscrito dos estrofas y las restantes de otro harlo distinto, no parece propio del Santo. Tampoco tenemos testimonio escrito que afirme semejante cosa o autógrafo sanjuanísta que dé fe de ello. No es incomprensible, con todo, que un amanuense comenzase a copiar de un manuscrito determinado las dos primeras canciones, y luego se le ofreciese otro más autorizado por el que copiara las restantes. No ocurrió esto con el de Jaén, pero pudo haber ocurrido. Ya dimos una nota bastante extensa en la Introducción acerca de las diferencias entre el Cántico A y el Cántico B, que son mas extensas de lo que aquí supone el P. Chevallier. El lector puede comprobarlo por sí mismo. No hay tales golpes ni contragolpes. El Santo pudo hacer lo que le vino en voluntad en el arreglo del Cántico B. Lo único que puede inferirse de lo dicho, es que acaso el Doctor místico hizo los arreglos en un manuscrito más semejante al grupo A' que a) A. En cuyo caso, a este segundo grupo le dió no pequeña autoridad. En cuanto al prólogo no es cierto que lo tomase del Códice de Barrameda; pudo tomarlo del Manuscrito de Granada, con el que conforma más aún que él primero (1). Vea el P. Chevallier cómo esa serie de golpes y contragolpes que han labrado el Códice de Jaén, como se labraban antiguamente las hermosas rejas de catedrales y palacios, se reducen a un solo golpe, y, por dicha, no muy fuerte.

Si el Cántico B, según nos ha dicho diversas veces Dom Ph. Che- 1 El Códice de Jaén se conforma en todo, por lo que hace al prólogo, con el de Granada, excepto en la palabra declararlos (p. 161, linea 12, — cito la edición del P. Gerardo como lo hace Dom Ph. Chevallier), que en el de Granada y en todos se lee dejarlos, y la frase de adentro del seno, línea 30, de la dicha pág. 161, que Jaén lee adentro al seno. Barrameda lee la frase como Granada.

m m vallicr, no fué conocido hasta muy entrado el siglo XVII, mal pudo infundir desconfianza a nadie: de lo que se desconoce no se confia ni desconfía. Pero como yo concedo casi igual antigüedad al Cántico B que al Cántico A, es muy razonable que en las ediciones se hubiera escogido el segundo, como más completo y que contenía los últimos arreglos del autor. No se hizo así, y es preciso explicar esta chocante anomalía. El P. Chevallier (pág. 312 del Bull. hisp.) nos da como cosa corriente que el Santo, de escribir el segundo Cántico (B), ampliando el primero, habría dado algún ejemplar a la M. Ana de Jesús. Así lo creo yo también, pues era muy justo que la que había sido causa ocasional de la composición de dicho tratado le conociera en todas las modificaciones y modalidades que plugo al venerable autor introducir en él. Es más; sostengo, como trataré de probar más adelante, que tuvo un ejemplar de la segunda redacción. Pero tal vez porque estaba acostumbrada ya a lectura del primer Cántico, se despojó del segundo, dándole a una hija de hábito muy querida suya, y ella se quedó con otro de la primera redacción, cuya lectura le era familiar, que luego —ya dijimos que lo teníamos como probable— sirvió para la edición de 1627 en Bruselas, y cinco antes para la versión francesa publicada en París (1).

De la edición de Bruselas, hecha en castellano, según tantas veces se ha repetido, pues para España se hizo— como ocurría entonces con frecuencia con otras obras en la misma lengua, que se editaban en Flandes por el grande crédito de sus imprentas—, entraron en la Península la mayor parte de sus ejemplares, de los cuales, afortunadamente, aun quedan algunos, además del que poseo. Probablemente, hasta 1670 en que el P. Salvador de la Cruz llegó a comprender, aunque imperfectamente, la importancia del Códice de Jaén, nadie se percató de ella; y los más avisados, como fray Jerónimo de San José, creyeron de buena fe que la diferencia se limitaba a la añadidura de una estrofa, y al trastrueque de algunas de éstas, pero sin sospechar, por falta de cotejo, la variación y aumento que había habido en el comentario, acrecido en una cuarta parte. Cabe también suponer que lo conociera, y no lo otorgase la suficiente importancia para darle preferencia sobre la edición de Bruselas, conocida y leída en los conventos españoles de la Descalcez. Entonces no se acostumbraba dar cuenta detallada de los preparativos de una edición. Se hacía— cuando se hacía— de una manera tan sucinta, que nos dejan los editores a obscuras en una infinidad de 1 En este caso, el P. Chevallier no debe hablar en la hipótesis de haber escrito nueva redacción del Cántico, sino en la tesis cierta de que lo escribió. Tenemos la inscripción de la portada del Códice de Barrameda, donde el Santo afirma haberse sacado de este borrador copia limpia: si el Padre y algún otro critico no quieren en tender las palabras dichas como aqui las han entendido todos, quedan en pie las numerosas acotaciones del Santo a este Manuscrito, que algo añaden y algo mudan. Luego, si hemos de llevar las cosas en todo su rigor, es forzoso decir que la venerable Ana debía haber llevado a Francia y Bélgica, si no ya un manuscrito tan completo como el de Jaén, al menos uno igual al de Barrameda, que contenía algo que no se leía en el que sirvió a la edición de Bruselas. No es que llevemos las cosas a estos extremos, pero si entendemos que debe llevarlas el P. Chevallier. La explicación más obvia de por qué no se llevó la Venerable algún ejemplar del grupo B, nos parece la que damos en el texto.

detalles que la insaciable curiosidad presente desearía saber en forma cumplida.

Autorizan las dos precedentes suposiciones el modo de obrar del P. Jerónimo, que es de suponer estaría en armonía con su modo de pensar. El citado religioso remitió a Roma para su traducción al italiano la primera redacción del Cántico mas una estrofa con su comentario, que tomó de la redacción segunda; conducta que reiteró en 1630, cuando hizo la de Madrid. No se olvide que transcurrieron muchos años entre la escritura de estos Cánticos y la publicación de ellos.

Es fácil que aun en vida del Santo se diese poca importancia a las diferencias que distinguen a ambos, puesto que los leían personas devotas y no críticas; y las primeras quedaban suficientemente satisfechas con la doctrina que cada uno de ellos contenía, sin advertir las citadas diferencias y adiciones, como no se habrían advertido más tarde si no fuera por los adelantos de la crítica. El Santo no anunciaba a público pregón sus trabajos literarios; éstos, sobre todo al principio, ni se leían en mucho número de copias, ni por personas dedicadas a la propaganda de lecturas, salvo acaso entre las de gustos análogos de su íntima amistad. Por mucho aprecio que de un libro genial publicado hace siglos hicieran sus contemporáneos, nunca podrá compararse con el que se le otorga cuando varias generaciones le han proclamado constantemente como incomparable fruto de la inteligencia humana en cualquier sector de su actividad. Por algo se dijo hace ya muchos siglos, aquello de habent sua fata libelli. Cosas que nos parecen anómalas juzgadas a la luz del tiempo que vivimos, son muy normales y corrientes en el tiempo que sucedieron.

La aurora de la crítica moderna no llegó para los escritos de San juan de la Cruz hasta mediados del siglo XVIII con el P. Andrés de la Encarnación. La no despreciable valía de Fray Jerónimo de San José y de otros carmelitas que trataron de los escritos del Santo debe estimarse en relación con su tiempo. Ni por resultar tal critica deficiente desmerecen nada, ni son inferiores a los que en ella precisamente les superan, como no es superior cualquier estudiante moderno de ciencias astronómicas, porque sepa más de ellas, y con más certitud, que Galileo, Kepler o Copérnico.

Sí, como antes vimos, tan fáciles y tolerantes fueron para interpolar, suprimir y añadir textos a obras de grande mérito, y esto acaecía no más allá del siglo XVII —podríamos aproximar más la fecha al nuestro—, ¿cómo vamos a exigir a nadie la puntillosa crítica textual que hoy priva, acaso con exceso? Digo todo esto, para manifestar mi opinión, contraria a la del P. Chevallier, que afirma haber sido en el siglo XVII el Cántico B objeto o blanco de desconfianza. En el sentido que hablamos de sus diferencias notables con el Cántico A, ni el Códice de Jaén ni los de su grupo fueron conocidos. En esta época no fueron apreciadas tales diferencias; mal podían infundir sospechas de fidelidad textual.