SigPhi · Juan de la Cruz

Llama de Amor Viva, Cautelas, Avisos, Cartas y Poesias

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y como Nuestro Señor me dió deseos de ser monja, y no se me concertaba, le envié a decir con una persona devota que hasta cuándo me había yo de estar sin ser monja, que por qué no se lo pedía su Reverencia a Nuestro Señor; y me respondió: que de cuanto Nuestro Señor me había esperado a mí que no era mucho que esperase yo a Nuestro Señor tres años; y fué cierto que se cumplió asi como lo dijo el Santo, y la persona que me trajo esta respuesta es ahora religioso nuestro, y se llama fray Pedro de San losé, quien sabe muchas cosas de Nuestro santo Padre. Este mismo religioso y mi padre le llevaron unos niños músicos que cantaban bien para que le dieran un rato de recreación, y así como empezaron a cantar, hizo llamar al enfermero que les diese de merendar, y preguntado por ios mismos que los había llevado, por qué los despedía Su Reverencia tan presto, respondió: Porque Nuestro Señor no diga que con cosas de la tierra quiero olvidar los dolores que Su A\ajestad me da, y así quedaron muy edificados los que le llevaron la música.

Muchos religiosos me dijeron que tenía espíritu de profecía, que viniendo a La Peñuela quedaba muy desconsolada doña Ana de Peñalosa, que era su hija, y le dijo: No tenga pena, que Vuestra A\erced me traerá, y asi se cumplió, que dos veces envió por su santo cuerpo: la primera, siendo el padre fray Francisco Crisóstomo prior, después de ocho meses que estaba el santo cuerpo enterrado, y me dijeron que después de media noche, cuando el convento estaba recogido, había hecho el P. Prior desenterrarlo al padre fray Mateo del Santísimo Sacramento y al padre fray Miguel de Jesús, que entonces era hermano lego y sacristán de esta casa, y me dijeron que cuando sacaron el santo cuerpo, que se estaba tan fresco, que les causó mucha alegría y novedad; que el P. Prior le cortó el dedo con que escribía, y le salió sangre, y me dieron un pañito manchado de la sangre que!e salió y me dijeron que de las llagas había salido tanta materia y sangre como cuando estaba vivo; y el P. Prior, viendo estas maravillas, le mandó volver luego a la sepultura, y el día siguiente hizo que se procurasen dos fanegas de cal y se las echó al santo cuerpo, y esto se hizo con muy gran secreto, pareciéndole al P. Prior que con el dedo que daba se contentaría nuestro P. General, y que las reliquias quedaban seguras en esta ciudad. En la noche que murió se vieron muchas cosas, donde se verificó bien el ser santo, que leyéndole el padre Prior la recomendación del alma, dijo: Dígame, Padre, de los Cantares, que eso no es menester. Y a las once preguntó qué hora era y qué día es mañana; y como le dijeron que era sábado, respondió: «Dichoso día para mí, que a rezar maitines con la Virgen tengo de ir». Y un cuarto de hora antes que se muriera, le tenía mi padre la vela, y como le besó las manos, respondió el Santo: «Si tan caro me había de costar no pidiera esta caridad». Un hermano donado que estaba allí, vido una luz tan grande que era como una grande luna, que con haber en la celda muchas velas y candiles que traían los religiosos, era más en grandeza y hermosura la luz que aquella luna de sí daba.

El lunes siguiente a su muerte, saliendo los religiosos a la iglesia para tomar la disciplina, vido este mismo hermano y el padre fray Francisco Indigno y el hermano fray Diego de jesús una claridad tan grande que salió de la sepultura, que se vido muy clara la iglesia y el altar y dijo el hermano: «Milagro es éste». Y luego se quitó la luz. Díjolo allá dentro en el Convento lo que había visto, y afirmó el padre fray Francisco Indigno que vio las imágenes que estaban en el altar con la luz que salió de la sepultura de nuestro Santo Padre, y el padre Maestro de novicios, que era el padre fray Alonso de la Madre de Dios, le dijo: Calle, hermano, no digan que queremos nosotros hacer milagros, que Dios los descubrirá a su tiempo.

Mi madre dio unos paños a un religioso de San Francisco y se hincó de rodillas para recibirlos, reverenciando la santidad de nuestro santo Padre, y otro día al hermano Roque, el ermitaño, y los recibió también de rodillas, porque conocía su santidad, y el que yo tenía manchado de su sangre, dilo a un religioso nuestro que pasó a las Indias, fray Francisco de San José. El hermano donado está agora seglar y casado en este lugar. Se le puede preguntar todo lo que sabe. Llámase Francisco García.— Catalina de San Alberto.

SOBRE LA CONDICIÓN APÓCRIFA DEL SEGUNDO «CÁNTICO» (1).

(cokclusion).

Procuraremos ser breves, porque nos desagrada muchísimo escribir de estas cosas. En nota de la página 516 del tomo III de esta edición dijimos: «Cuando íbamos a meter en máquina este pliego, un amigo me ha remitida dos números de La Vie spiri fuelle, correspondientes a los meses de enero y febrero del año que corre, en que insiste en su tema el P. Chevallier en dos sendos trabajos». Tanta pena me dio al leerlos, que ni siquiera indique el argumento de que principalmente trataban por no dársela también al Carmelo español, que aun ignorase el nuevo flaco servicio que el Padre le estaba haciendo, lanzando a la publicidad la duda de que las notas del célebre Códice de Barrameda fueran del Santo. La mejor joya del Doctor místico, que todc el Carmelo apreciaba y veneraba por las dichas notas, venía a resultar una piedra falsa.

Un amable y anónimo corresponsal en España del P. Chevallier lo decía asi, y el escritor francés no tuvo reparo en darle asenso y publicar lo que le trasmitía el dicho corresponsal. El corresponsal había hecho cotejo de las notas con la carta autógrafa del Santo que se venera en las Carmelitas Descalzas de Sta. Ana de Madrid y hallado que la letra de la segunda es más tirada, más movida, de trazos más largos y finos de pluma por cima y por debajo de la línea escrita; la de las notas, más apretada y densa y menos ligada, con otros reparos a este tenor. La opinión del corresponsal venía bien para las disquisiciones que hace años el P. Chevallier se trae con el texto del Cántico Espiritual, y a pesar de haber tenido las dichas notas como del Santo en otros escritos suyos, aceptó la dicha opinión sin oponerle la menor dificultad. Una tradición secular de la Reforma Carmelitana venía al suelo en un santiamén por obra y gracia del anónimo corresponsal mencionado (2).

1 Véase el t. III. págs. 453-516.

2 Desde el P. Andrés de la Encarnación hasta nuestros días nadie, que separaos, había dudado de que tales notas eran de puño y letra del Santo. Lo dejó bien pro- A nosotros las diferencias apuntadas por el corresponsal, nos confirmaron en la procedencia única de la letra, porque San Juan de la Cruz escribiendo no procedía de modo diferente a como procedemos los demás, y al escribir en interlineados y pequeños espacios marginales no habia de tener letra tan espaciada como en las cartas de grandes pliegos, en que siempre las escribió. Baste decir, tomando como ejemplo la citada de Madrid, que sus líneas miden— milímetro más o menos— 170, y tienen por término medio cuarenta letras; mientras que en las notas, líneas de ochenta y cinco milímetros cuentan hasta cuarenta y cinco y cincuenta letras (1). En cuanto a las líneas e interlineados, mientras que en una nota marginal en ciento veinticuatro milímetros de largo escribe treinta y seis lineas, en el mismo espacio de la carta sólo se cuentan trece (2). Esto explicará por qué la letra en ¡as notas es más apretada y no hay trazos o rasgos tan sueltos en las notas como en las cartas, de no estropear las líneas de la copia y hacerlas ilegibles con la superposición de palabras. A primera vista se observa el cuidado que tuvo el Santo en que la letra, aunque menuda, fuera legible y no invadiese el espacio ocupado por la copia en que escribía. Así procedió el Santo y así creo hubiéramos procedido todos en su caso. Todas las diferencias que cita el corresponsal se explicar, satisfactoriamente teniendo en cuenta estas observaciones.

Dispuesto estaba a irlas estudiando una por una, pero he preferido ir por otro camino. Lo que yo opino de estas notas, ya lo expuse en el tomo III al hablar del Códice de Sanlúcar. No tengo por qué modificar un ápice de lo allí dicho. Sin embargo, como yo, a pesar bado el dicho P. Andrés y después no se habia escrito palabra en contrario. Recientemente, afirmó lo mismo el P. Gerardo de San Juan de la Cruz en su edición de las obras del Santo, tomo II. página 488. Lo mismo siente el P. Florencio del Niño Jesús, que en uno de sus artículos titulado "Reparos a la critica de un crítico" (Mensajero de Santa Teresa. Enero de 1924), donde escribe: "Existe un importantísimo Manuscrito de la primera redacción del Cánfico, cuyas estrofas están colocadas por el mismo orden que tienen en la edición de Fr. Jerónimo de S. José, si bien le falta la undécima. Las variantes son más bien de palabras que de conceptos...En una palabra, se echa de ver a las primeras ojeadas que fué el autor mismo del Cántico el que retocó su obra tal como aparece en este Manuscrito...Todo esto se encuentra en el Manuscrito de Sanlúcar. escrito en 1584, corregido, anotado e ilustrado con notas entre renglones marginales y al pie del texto por la pluma de San Juan de la Cruz, cuya firma aparece en la misma portada, otorgando a este Manuscrito la misma fe que merecen los autógrafos." El mismo P. Bruno de Jesús María, laureado autor de la obra Saint Jean de la Croix. entusiasmado en su viaje a España del Códice de Saulúcar, fué uno de los que más me animaron a reproducirlo por la fotografía cuando me vió vacilante por el costo. No sé qué dirá al presente dicho religioso ante la nueva postura adoptada por Dom Chevallier.

) Cfr. mi edición fototipográfica, t. I, págs. 91, 225 y otras, y las Cartas que en tamaño natural se reproducen fotográficamente al fin de este tomo.

de coincidir con tan buena autoridad como el P. Andrés de la Encarnación y de cuantos hasta el presente han hablado del Códice sanluqueño, no me creo con autoridad ninguna, y además soy parte en este pleito suscitado a última hora, acudí a los peritos en la materia, es decir, a los cultos oficiales del benemérito Cuerpo de Archivos, Bibliotecas y Museos del Estado, y que con toda imparcialidad me manifestasen su opinión después de estudiar el asunto con detenimiento y medios necesarios. El resumen de sus opiniones se halla en estas líneas, que transcribo a la letra, de la copia que guardo en mi poder: «De las letras que figuran en las glosas [del Códice de Barrameda vienen hablando |, es evidente la identidad con la letra del Santo, aunque a primera vista su menor tamaño, debido al propósito de aprovechar el espacio interlineal, o de márgenes que deja libre el texto, pudiera argüir desemejanza» (1). El docto escritor, don Matías Martínez Burgos, también del Cuerpo facultativo dicho, consultado asimismo acerca del caso, se ha dignado contestarme con la siguiente carta, que de corazón le agradezco: «Burgos, 2 de marzo de 1931.— Rdo. P. Silverio de Santa Teresa.— Mi querido Padre: No sé si debemos tomar tan a pechos las inacabables suspicacias del P. Chevallier, O. S. B., sobre el Cántico Espiritual de nuestro baqueteado, y por eso mismo más querido, San Juan de la Cruz. Algunas se quiebran solas de puro sutiles, y otras que en su justo medio podrían servir de observaciones atendibles, al extenderlas como las extiende para que lleguen a todo trance al hito fijado de antemano, pierden su resistencia.

Hablando particularmente en esta carta de la autografía de la suscripción y notas marginales del Ms. de Sanlúcar, lo primero que se me ocurre advertir es la decisión de lanzar dudas tan graves como las del P. Chevallier, apoyándose en un Benedictino anónimo, por conocedor que nos le afirme de letras y escrituras, y en un ojo peritísimo a quien rinde homenaje de gratitud y admiración. ¿Por qué no se destapan esos enmascarados y arrostran la responsabilidad de sus afirmaciones, dudas o sugerencias? ¡El P. Chevallier, que todo es sospechas para San Juan de la Cruz, piensa robustecerse con anónimos!

Además causa extrañeza que un entendimiento hecho a filosofar, como hay que suponerle en el P. Chevallier, no haya visto que aun dando por ciertas las diferencias señaladas por el Benedictino anó- 1 Así se expresa D. Pedro Longás, resumiendo el parecer de los tres consultados, ocupados actualmente en la Sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid.

nimo entre la escritura de las cartas autógrafas y las notas marginales, o entre líneas, del Cántico, está fuera de toda lógica la conclusión por él arrancada, siquiera sea en hábito de duda, falsamente modesta, a lo moderno. Tiene razón el Benedictino en que la letra de las cartas recibidas por autógrafas (¿no llegará día en que también las rechace?) es más inclinada, más ligada, más movida, de trazos más grandes hasta salir por encima y por debajo de la línea, de rasgos más finos y más sueltos en los remates bajeros de la p y de la q, con distinción de gruesos y de perfiles...y que en las notas del Cántico se advierte lo contrario. Pero ¿se atrevería ni el P. Chevallier, ni el mejor perito gráfico, a deducir de semejantes diferencias, explicables por varios caminos, que la razón de ellas tiene que ser cabalmente la de haber salido de distinta mano la una y la otra letra? Es la escritura fruto movedizo de muchedumbre de causas y circunstancias, unas duraderas, y otras movedizas también y alterables. Porque si bien la psicología de la persona y la primera enseñanza escolar, desarrollada con el continuado ejercicio, dan a la letra de cada cual un aire permanente, que la deja reconocer en todo evento, pero ese aire permanente es vago, inconcreto, adaptable, escondido siempre, como la sustancia de las cosas, debajo de accidentes vagos y mudables. En lo permanente de ese aire no puede entrar de ninguna manera el tamaño de la letra; y aunque tiene algo más parte el movimiento y la distinción entre gruesos y perfiles, y aun más el ligado y la inclinación, con tal de no medirla por micrones, la verdadera permanencia la da el trazado general, que no es sino la figura de cada letra desde el punto de arranque al de término con la dirección habitual entre uno y otro. A la luz de esta instrucción ya se ve que el P. Chevallier, ha inferido lo sustancial de lo accesorio, o sea, que ha ido más lejos en la conclusión que en las premisas. En disputa escolástica tendríamos que conceder su antecedente, y negar ef consiguiente y la consecuencia.

Para asegurar estas verdades, basta que razone cada cual con su propia letra; es manifiesto que la encontrará de varios tamaños, de distinto ligado, de diferente soltura, de dispar inclinación; y que a pesar de eso correrá por sus trazos un aire de familia que no dejará duda de su paternidad común; argüir, pues, de aquellas diferencias contra esta identidad no es razonable.

¿Qué decir por tanto, y ya en concreto, de las cartas de San Juan de la Cruz y sus notas al Cántico Espiritual? Pero yo pregunto por delante al P. Chevallier: ¿tampoco la nota de la portada, aquella que dice: «Este es el borrador de que ya se sacó en limpio. Fr. Juan de la Cruz», tampoco es autógrafa? Al responder que no, con estar firmada y todo, hay que decirlo: ¿entonces por qué son autógrafas las cartas? Firma y tradición en éstas, firma y tradición en aquélla; a igual razón igual aseveración; ¿no es así? Pues si lo es, no podrá menos de reconocer el P. Chevallier la autografía de la nota de la portada. Pero en ella, más aún que en las esparcidas por el texto, se dan sus famosas observaciones de tamaño, ligazón, inclinación, movimiento, etc.; como que es de letra esmeradísima, sobre todo en la firma. Y si para ella no tienen valor, porque se le desvanece la propia firma del Santo, ¿cómo lo van a tener para las otras que, cotejadas con ésta, aparecen tan conformes que ningún perito se atrevería a separarlas, quitado aquel ojo experto, y expertamente encismados que le ha desquiciado al P. Chevallier, y que le ha hecho ver, a través de unas fotocopias, hasta diferente tinta en la firma que en la nota? Sin embargo, como el P. Chevallier, guiado siempre por el ojo experto, niega la filiación de la nota y de la firma misma a San Juan de la Cruz, porque no supo, o no se paró a medir justamente el espacio donde iba a escribir, ni distribuyó estéticamente y a gusto del ojo experto la firma y la nota en aquel espacio, vamos a cotejar todas las notas con las cartas recibidas como autógrafas por el P. Chevallier, y a buscar su filiación común o separada; y en tal terreno un perito gráfico haría las siguientes observaciones: 1. a Es idéntico el trazado general de las letras en las cartas y en las notas; y fuera del tamaño, aun ofrecen más diferencias entre sí las mismas letras de las cartas, y hasta de cada carta, que las que ofrecen con sus omónimas de las notas. Ejemplos: la a, la e, la o, la r, la s, la y, entre otras.

2. a La p y la q, de que el P. Chevallier hace mención particular, lo mismo en las cartas que en las notas, tienen idéntico el trazo curvo. Es verdad que el rasgo vertical lleva siempre remate bajero anguloso en las cartas, y no siempre lo lleva en las notas; y que cuando lo lleva, es más largo y más suelto en las cartas que en las notas; pero da razonable explicación de tan corta diferencia el que, en las márgenes del libro o entre líneas, no podía el escritor, por falta de espacio dejar correr libre y espontánea la pluma, como podía dejarla en las cartas. El P. Chevallier habrá corregido galeradas de imprenta muchas veces; ¿a que no ha hecho allí su letra ni tan espontánea, ni tan movida, ni tan ligada, ni con la misma inclinación que en papel libre? (Permítame el Padre que le brinde con empeño esta reflexión, que da mucha luz).

3. a Hay un rasgo característico de los autógrafos de San Juan de la Cruz en la unión de la r con otra letra, mediante un trazo que arranca diagonalmente hacia arriba desde el extremo bajero de la r, y que no es otro que el rasgo inicial de la letra siguiente. No siempre la r se enlaza con la letra que le sigue; y cuando acaece que está desligada, unas veces tiene en su extremo bajero un rasgo angular hacia la derecha, parecido al de la p y la q, y otras no tiene nada. Pues bien, en las notas del Cántico se advierte lo mismo; cuando la r se une a la letra siguiente, es con rasgo idéntico al de los autógrafos, y cuando queda suelta, unas veces lleva trazo angular y otras no. Sólo hay diferencia en el tamaño.

HA Otro carácter digno de advertencia en la escritura sanjuanista. aunque no sea peculiar suya ni mucho menos, es la unión de la / con otras letras, no por el trazo inferior, sino por el travesaño medio, el cual, en San Juan de la Cruz (y esto ya es más peculiar), unas veces parte de abajo arriba, desde la / a la otra letra, en subida levemente oblicua, y otras veces es casi horizontal; pero nunca toma la dirección plenamente horizontal, ni mucho menos de arriba abajo, como en otras escrituras coetáneas. Pues esos caracteres son enteramente comunes a las cartas autógrafas y a las notas discutidas.

5. a En las sílabas inversas as, es, is, os. us, no solamente el enlace, sino el trazado de la s terminal, con ojo abierto o cerrado en la parte superior al volver sobre el enlace y cruzarle, y con un rasgo curvo desvanecido espontáneamente en la inferior, denuncian una mano común para las notas del Cántico y las cartas autógrafas.

6. a La mayor o menor inclinación de la / y de la d, y el tener trazo seguido o cortado con la letra anterior, y si se trata de la d, con el rasgo curvo inicial de la misma letra, son notas inconstantes lo mismo en las cartas que en las correcciones del Cántico; no pueden por tanto prestar argumento. Y menos la inclinación que tanto depende en un mismo escritor de la libertad en el trazado, y por lo mismo del espacio disponible para la escritura.

De estas puntuales observaciones lógicamente habría de inferir un perito gráfico que cartas y notas son fruto de una misma mano, y que esa mano es la cien veces bendecida de nuestro insigne místico castellano San Juan de la Cruz.

No sé, mi querido P. Silverio, si habré acertado a cumplir su encargo a satisfacción. Para mí, técnico en el reconocimiento de letras, antiguas o modernas, salva mi pequenez, la negación del P. Chevalier no presenta fundamento apreciable; es inquietud de carácter y no inquisición seria merecedora de estudio. Ni creo que tenga seguidores.

Que todo, contradicción y defensa, ceda en mayor gloria de Dios, mediante la de San Juan de la Cruz.— Suyo affrao. a. q. b. s. ra., Matías Martínez Burgos».

Desde que hace bastantes años vi y examiné el Códice de Sanlúcar, nunca he dudado de la procedencia de sus notas. Mi persuasión es tan firme, que si se llega a dudar de ellas y de la firma del Santo que viene al frente, no veo razón, como dice muy bien el señor Martínez Burgos, de por qué hemos de creer en la legitimidad de las cartas que se tienen por autógrafas del Santo. Todos estos documentos deben correr en esto la misma suerte.

Manteniendo esta opinión, que se funda en tan firmes cimientos, no extrañará ei Padre Chevallier que para la impresión de la redacción primera del Cántico me haya valido de un manuscrito que tiene valor de autógrafo, y que la prefiera a todas las disquisiciones que se han hecho y hagan acerca del verdadero texto de dicho tratado en su primera redacción. Es cosa verdaderamente curiosa lo que ocurre con esta primera redacción: se abandona o desdeña el texto de segura procedencia sanjuanista, por enredarse en una intrincada selva de conjeturas en materias dificilísimas, por no decir imposibles, de crítica texlua!, que a lo sumo hubieran podido pasar, como mal menor, en el caso de no haber existido manuscritos autorizados de ia primera redacción del Cántico. En el caso, existe una. nada menos que con notas del Santo, que suponen lectura y corrección del dicho manuscrito. ¿Qué más queremos para adoptarla sin titubeos?

Estamos fatigados de aparatos críticos, que, por lo demás, ya no asustan como en otros tiempos. La sutileza no puede ni debe suplantar a la razón. La cuestión del Cántico Espiritual es muy clara, para que nos dejemos arrastrar a lo desconocido por embrollos de crítica. Tan clara la han visto los editores de las obras del Santo, que desde que el P. Andrés de jesús María publicó la suya, con aplauso de toda la Descalcez— la mejor prueba de ello es que en lo sucesivo todos la reprodujeron—, nadie ha echado por otro camino hasta el P. Chevallier. La edición que publicamos, no sólo está en el mismo puesto que la del P. Gerardo, sino que hay que retrotraerla a la de Sevilla de 1703. Los Carmelitas todos hemos estado conformes en la aceptación del Cántico de Jaén, una vez pesadas las razones de autenticidad que abonan en su favor. El progreso— o no progreso— que se haya verificado en las ediciones hasta nuestros días, se refiere a cosas secundarias. Desearía que esta unanimidad, manifestada en la Orden en dos siglos largos, se fundase en la verdad, que no varía con el correr de los tiempos. Así lo creo sinceramente.

Todo esto tiene aplicación a la redacción segunda del mismo tratado, puesto que, por dicha de la Reforma, sus hijos y sus hijas han guardado con devoción filial copias antiguas de la tal redacción, alguna entregada por el propio Santo a una carmelita dirigida suya.

El caso de los editores respecto del Cántico Espiritual en su doble redacción parece clara. El Santo escribió el Cántico. Esto no lo ha negado nadie. El Santo retocó el Cántico. Aquí no están todos conformes. Sin embargo, existe el Códice de Barrameda con numerosas modificaciones de puño y letra del Doctor místico. Existe, pues el retoque. Además, en el márgen inferior de la portada de este mismo manuscrito se lee esta nota, de puño también del Santo: Este libro es el borrador de ge ya se sacó en limpio. Fr. Ju.Q de la - -. Estas palabras, o no dicen nada, o significan con grande claridad que el Santo sacó o mandó sacar en limpio, con las modificaciones que introduce y con la amplitud que bien le pareció, un manuscrito de este manuscrito. Existe, por lo tanto, copia limpia de los retoques de San Juan de la Cruz, puesto que él mismo lo afirma.

Tenemos, pues, del Cántico un manuscrito leído y retocado por el Santo, y la afirmación rotunda de que sirvió de borrador para el ejemplar que ya se sacó en limpio. Existen hasta nueve ejemplares que recogen estas notas (1), y uno, que es el manuscrito de Jaén, que se sabe ciertamente que le entregó el Santo a la venerable Ana de Jesús, ésta a la M. Isabel de la Encarnación, carmelita que estaba con ella en Granada, y la M. Isabel, poco antes de morir, en Jaén, donde fué Priora, a la M. Clara de la Cruz, religiosa de esta comunidad. La M. Clara, antes de pasar a mejor vida, dió testimonio de estas entregas al P. Salvador de la Cruz, carmelita descalzo, que providencialmente, como si previera lo que con el tiempo iba a suceder, con fecha 3 de febrero de 1670, levantó acta de esto y de algunas cosas más, que puede leerse en las hojas que añadió al dicho Manuscrito, con el titulo de «Noticia cierta de quién escribió este libro, y veneración que por ello se le debe, con algunas advertencias» (2). El párrafo que atañe a esta cuestión, dice a la letra: 1 Tomo III. págs. XXXIX-LIII.

2 Publicó esta "Noticia" casi en su totalidad el Sr. Martínez Burgos en la edición del Cántico según el Códice de Jaén que dió a luz (1924) en Clásicos Castellanos. Nosotros hemos compulsado esta impresión con el original y podemos asegurar que está bien transcrito, salvo alguna que otra equivocación sin interés, una de ellas en el título, que es como aquí se publica. Por su importancia, queremos que este precioso testimonio quede archivado en esta edición, y así lo publicamos íntegro a continuación de este estudio nuestro sobre la condición apócrifa del segundo Cántico. En el Post-Scriptum de Le Cantique spirituel, pág. 3. dice el P. Chevallier que yo no he probado (tomo III, págs. 489-493), que San Juan de la Cruz conociese ningún ejemplar del grupo del Manuscrito de Jaén, ni que lo diese a la M. Ana de Jesús, y ésta a la M. Isabel de la Encarnación. Naturalmente, yo no lo pruebo, porque ya lo había probado en forma clara y solemne el P. Salvador de la Cruz. El testimo- «Crece a mayores colmos de estimación el aprecio y estimación venerable que se debe a este libro, por ser escrito desde la primera letra hasta la última (esto es, desde el JHS - MAR con que comienza el título, hasta el debetur soli gloria vera Dco, con que acaba, de mano, pluma y letra propia de nuestro Venerable Padre frai Juan de la Cruz, de que no se debe ni puede dudar. Así porque cotejada la letra de este libro con otros escritos de su propia mano, se conoce ser la letra una misma sin alguna diferencia; como porque lo certificó así la Venerable A\adre Ana de Jesús Lobera a la Venerable Madre Isabel de la Encarnación, Priora que fué del Convento de nuestras Religiosas descalzas Carmelitas de la ciudad de Jaén, a quien, siendo novicia en el Convento de nuestras Religiosas de Granada y Priora de él la Venerable Madre Ana de Jesús, le dió la misma Venerable Madre Ana de Jesús este libro en cuadernos sueltos, certificándole eran escritos de mano y letra propia de nuestro Venerable padre frai Juan de la Cruz de quien lo avía recebido. Y la misma Venerable Madre Isabel de la Encarnación, siendo Priora del Convento de nuestras Religiosas descalzas de Jaén, estando para morir, dió estos quadernos ya unidos y enquadernados como están a la Madre Clara de la Cruz, Religiosa en el mismo Convento de Jaén y Priora que después ha sido de él, certificándole lo mismo» (1). El P. Salvador añade a continuación: «Nadie, pues, podrá dudar con razón de esta verdad sin incurrir en la nota de temerario, hallándose acreditada con la autoridad de tres testigos tan calificados de verídicos por su grande virtud y santidad».

Así lo creemos también nosotros, pues de la virtud de estas religiosas nos han quedado inmejorables referencias para que podamos tenerles por embusteras, y en la simple afirmación de la entrega de un manuscrito de tanta importancia para ellas no cabe equivocación: o se miente, o se dice la verdad (2).

nio es terminante en la entrega personal del ejemplar de Jaén por el Santo a la M. Ana de jesús. Quien no esté conforme con este testimonio es el que debe invalidarlo. Yo lo que hago en las páginas aludidas es probar cómo las circunstancias de lugar y tiempo abonan el testimonio dicho. El hecho de la entrega ocurre en Granada, donde vivieron a la vez el Santo y la V. Ana (Lobera); ésta lo entrega a la M. Isabel, novicia de Granada y priora de Jaén y pruebo cómo fué, efectivamente, dicha religiosa novicia en Granada siendo priora la M. Ana. Se dice, por fin, que la M. Isabel lo entregó a la M. Clara en Jaén, y también pruebo cómo las dos vivieron a la vez en las Descalzas de este convento. No parece hay resquicio por donde la duda pueda penetrar. Si este testimonio tan terminante no se acepta, no sé lo que podremos aceptar en este mundo. Si alguno cree que no es cierto, debe probarlo; y si no lo prueba, no tiene derecho ninguno a impedir que los demás le demos pleno asenso.

1 Véase el documento integro en el apéndice que sigue.

2 En esta cuestión lo fundamental es la entrega del Santo a la V. Ana, de ésta Existen, por consiguiente, de la primera redacción del Cántico un manuscrito de indudable autoridad, por estar apostillado del Santo; de la segunda, otro que ciertamente (lo afirma una venerable carmelita descalza, de quien no nos consta fuese una mentirosa, sino todo lo contrario) el Santo entregó a la M. Ana de Jesús (lo dice ella) y ésta ciertamente a la A\. Isabel de la Encarnación, novicia suya, (lo dice ella también), y ésta a la M. Clara, monja con ella en las Descalzas de Jaén (tambiéki es ella quien lo afirma). El ejemplar a que esta religiosa se refiere se ha guardado siempre en esta Comunidad con la veneración que su procedencia merece. Por otra parte, no creo haya perito caligráfico que se atreva a negar que el Manuscrito de Jaén no puede ser contemporáneo del Santo.

Parece, según esto, no sólo lógico, sino obligado que el editor eche mano para la publicación de la redacción segunda, retocada por el Santo, de un ejemplar que el propio Santo tuvo en su poder y que él mismo entregó a su hija espiritual, M. Ana, como ella afirmó luego. Así procedió el P. Andrés de Jesús María en la edición hispalense, así los editores sucesivos de este tratado en el siglo XVIII y XIX, así el P. Gerardo, así Martínez Burgos, y así se procedo en la presente edición. La Orden, en dos siglos largos que se viene editando el Códice de Jaén, nunca ha protestado contra ello ni puesto e! menor reparo, ni en los tiempos antiguos ni modernos. Si entre los comentarios de los dos Cánticos hay la oposición y contradicción que supone el P. Chevallier— commentaires conti adictoires los califica en el Posíscriptum citado— y la segunda redacción es tan indigna del Santo, ¿como no lo vieron los censores de la Orden que aprobaron la edición de Sevilla? ¿Cómo no lo vió el P. General de la Descalcez, Fr. Pedro de Jesús María? ¿Cómo no lo notaron los doctos varones que dieron su aprobación a la edición dicha y que ésta publica al frente de los tratados? Porque se comprende que los censores y aprobadores no reparasen en achaques de crítica textual, pero en errores de tanto bulto como suponen les commentaires contradictoires de ambos Cánticos, no parece fácil de explicar (1).