SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

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vel de todas las cosas? Cuando el hombre quiere levantar algo odo hace nunca sin deprimir aquello que no levanta: en las esferas religiosas no sabe levantarse a sí propio sin deprimirse a Dios, ni levantar a Dios sin de rimire se a sl propio; en las esferas políticas, no acierta a rendir culto a la libertad SIn negar a la autoridad su culto y su homenaje; en las esferas sociales no Sabe otra cosa sino sacrificar la sociedad al individuo, O los individuos 4 la sociedad, como acabamos de ver, fluctuando perpetuamente entre el desbrio. Esto serviría para explicar la impotencia absoluta a que todos los partilos equilibristas aparecen condenados en la historia; y por qué el gran problema de la conciliación de los derechos del Estado con los individuales, y illel orden con la libertad, es todavía un problema, viniendo, como viene, planteado desde que tuvieron principio las primeras asociaciones. El hombre no puede mantener en equilibrio las*tosas sino manteniéndolas en su ser, ni mantenerlas en su ser sino absteniéndose de poner en ellas su mano.

Puestas todas y bien asentadas por Dios en sus firmísimos asientos, toda mudanza en su manera de estar asentadas y puestas es necesariamente un desequilibrio. Los únicos pueblos que han sido a un tiempo mismo respetuosos y libres, los únicos gobiernos que han sido a un tiempo mismo mesurados y fuertes, son aquellos en que no se ve la mano del hombre, y en que las instituciones se vienen formando con aquella lenta y progresiva vegetación con que crece todo lo que es estable en los dominios del tiempo y de la historia.

Esa gran potestad que por excepción ha sido negada al hombre, no sin altísimo consejo, reside en Dios de una manera especial y privativa. Por eso, todo lo que sale de su mano sale de ella en un equilibrio perfecto, y todo lo que se está en donde lo puso Dios, se mantiene perfectamente equilibrado. Sin acudir a ejemplos extraños a la cuestión, nos bastará la cuestión misma que venimos planteando y resolviendo para dejar esta verdad puesta fuera de toda duda.

La ley de la solidaridad es tan universal, que se manifiesta en todas las asociaciones humanas; y esto hasta tal punto, que el hombre, cuantas veces se asocia, tantas cae bajo la jurisdicción de esa ley inexorable. Por sus ascendientes, está en unión solidaria con el tiempo pasado; por el tracto sucesivo de sus propias acciones y por su descendencia, entra en comunión con los tiempos futuros; como individuo de una sociedad doméstica, cae bajo la ley de la solidaridad «de la familia; como sacerdote o magistrado, está en comunión de derechos y deberes, de méritos y de prevaricaciones con la magistratura o con el sacerdocio; como miembro de la asociación política, cae bajo la ley de la solidaridad nacional; y por último, en calidad de hombre, le alcanza la ley de la solidaridad humana. Y, sin embargo, siendo responsable por tantos conceptos, conserva íntegra, intacta su responsabilidad personal, que ninguna otra disminuye, que ninguna otra restringe, que ninguna otra absorbe: él puede ser santo siendo individuo de una familia pecadora, incorrupto e incorruptible siendo miembro de una sociedad corrompida, prevaricador siendo miembro de una magistratura intachable, y réprobo siendo miembro de un sacerdocio santísimo. Y al revés, esa potestad suprema que le ha sido conferida de sustraerse a la solidaridad por un esfuerzo de su voluntad soberana, en nada altera el principio de que, por punto general y dejada la libertad a salvo, el hombre es lo que son la familia en que nace, y la sociedad en que vive y en que respira.

Y 3. Esta ha sido, en toda la prolongación de los tiempos históricos, la creencia universal de todas las gentes, las cuales, aun después de perdida la huella de las divinas tradiciones, tuvieron noticia de esta ley de la solidaridad. Si bien no levantaron el espíritu a la contemplación de toda su grandeza, conocieron aquella ley por instinto, pero ignoraron de todo punto en dónde tenía sus hondas raíces y sus anchísimos fundamentos. No siendo conocido el dogma de la unidad del género humano, sino sólo del pueblo de Dios, los otros no podían tener idea de la humanidad una y solidaria; empero si no podían hacer aplicación de esta ley al género humano, que no conocían, la reconocieron y aun la exageraron en todas las asociaciones políticas y domésticas.

La idea de la transmisión misteriosa por la sangre, no sólo de las cualidades físicas, sino también de aquellas otras que están en el alma exclusivamente, basta por sí sola para explicar casi todas las instituciones de los antiguos, así las domésticas como las políticas y sociales. Esa idea es la idea misma de la solidaridad; como quiera que todo lo que se transmite a muchos en común constituye la unidad de aquellos a quienes se transmite; y que afirmar de muchos que están en comunión entre sí, es lo mismo que afirmar de ellos que son solidarios. Cuando la idea de la transmisión hereditaria de las cualidades físicas y morales prevalece en un pueblo, sus instituciones son forzosamente aristocráticas; por esta razón, todos los pueblos antiguos, en los cuales lo que tiene de exclusivo esa idea cuando se aplica a ciertos grupos sociales, no estaba templado por lo que tiene de general y de democrático, si puede decirse así, cuando se aplica a todos los hombres, se constituyeron aristocráticamente: las razas más gloriosas sojuzgaban y reducían a servidumbre a las razas inferiores; entre las familias que componían los grupos constitutivos de una raza, tomaba el poder aquella que contaba los más gloriosos ascendientes. Los héroes, antes de venir a las manos, levantaban hasta las nubes la gloria de su esclarecido linaje. Las ciudades fundaban su derecho a la dominación en sus árboles genealógicos.

Aristóteles creía, con toda la antigúedad, que unos hombres nacían con el derecho de mandar y con las cualidades propias para el mando, y que recibían aquel derecho y estas cualidades juntamente por transmisión hereditaria: correlativa a esta común creencia era la creencia común de que había entre las gentes razas malditas y desheredadas, incapaces de transmitir por la generación ninguna cualidad y ningún derecho, y condenadas, por tanto, a legítima y perpetua servidumbre. La democracia de Atenas no era otra cosa sino una aristocracia insolente y tumultuosa, servida por esclavizadas muchedumbres. La lliada, de Homero, monumento enciclopédico de la sabiduría pagana, es el libro de las genealogías de los dioses y de los héroes: considerada desde este punto de vista, no es otra cosa sino el más espléndido de todos los nobiliarios.

Esta idea de la solidaridad no tuvo entre los antiguos de desastrosa sino lo que tuvo de incompleta: las varias solidaridades sociales, políticas y domésticas, no estando subordinadas jerárquicamente entre sí por la solidaridad humana, que a todas las ordena y las limita, porque las abarca a todas, no podían producir otra cosa sino guerras, turbaciones, incendios y desastres. Bajo el imperio de la solidaridad pagana, el género humano se constituyó en estado de guerra universal y permanente; por eso, la antigúedad no ofrece a la vista otro espectáculo sino el de gentes destruidas por gentes, y Reinos por Reinos, y razas por razas, y familias por familias, y ciudades por ciudades. Los dioses combaten con los dioses, los hombres con los hombres, y no pocas veces se lanzan unos contra otros en son de guerra, y vienen a las manos con estrépito los hombres y los dioses inmortales. Dentro de los muros de una misma ciudad no hay asociación ninguna solidaria que no aspire a ejercer; primero sobre sus individuos y después sobre las otras, una acción dominadora y absorbente. En la asociación doméstica, la personalidad del hijo es absorbida por la personalidad del padre, y la de la mu- Jer por el hombre: el hijo se convierte en cosa; la mujer, sujeta a perpetua tutela, cae en perpetua infamia; y el padre, señor del hijo y de la mujer, cambia su potestad en tiranía. Sobre la tiranía del padre está la tiranía del Estado, que absorbe en una común absorción a la mujer, al hijo y al padre, aniquilando de hecho la sociedad doméstica. Hasta el patriotismo no es entre los antiguos otra cosa sino la declaración de guerra hecha por una casta constituida en nación a todo el género humano.

4. Viniendo ahora de las Edades pasadas a las presentes, veremos: po una parte, la perpetuidad de la idea contenida en el dogma; y por otra, l perpetuidad de sus estragos siempre que se desvía en todo o en parte de dogma católico.

La escuela liberal y racionalista niega y concede la solidaridad a un mis mo tiempo, siendo siempre absurda, así cuando la concede como cuando la niega. En primer lugar, niega la solidaridad humana en el orden religio: so y en el político: la niega en el orden religioso, negando la doctrina de la!

transmisión hereditaria de la pena y de la culpa, fundamento exclusivo de este dogma; la niega en el orden político, proclamando máximas que con tradicen la solidaridad de los pueblos. Entre ellas merecen una menció especial la que consiste en proclamar el principio de no intervención, y aque: lla otra, que le es correlativa, según la cual cada uno debe mirar por sí y: ninguno debe salir de su casa para cuidar de la ajena. Estas máximas, idénticas entre sí, no son otra cosa sino el egoísmo pagano sin la virilidad de sus odios. Un pueblo adoctrinado por las doctrinas enervantes de esta es.

cuela, llamará a los otros extraños, porque no tiene fuerza para llamarlos enemigos.

La escuela liberal y racionalista niega la solidaridad familiar, por cuanto proclama el principio de la aptitud legal de todos los hombres para obtener todos los destinos públicos y todas las dignidades del Estado, lo cual es negar la acción de los ascendientes sobre sus descendientes, y la comunicación de las calidades de los primeros a los segundos por transmisión hereditaria. Pero al mismo tiempo que niega esa transmisión la reconoce de dos maneras diferentes: la primera proclamando la perpetua identidad de las naciones; y la segunda, proclamando el principio hereditario en la Monarquía. El principio de la identidad nacional, o no significa nada, o significa que hay comunidad de méritos y de deméritos, de glorias y de desastres, de talentos y de aptitudes entre las generaciones pasadas y las presentes, entre las presentes y las futuras; y esta misma comunidad es de todo punto inexplicable, sino se la considera como el resultado de nuestra transmisión hereditaria. Por otra parte, la Monarquía hereditaria, considerada como institución fundamental del Estado, es una institución contradictoria y absurda allí en donde se niega el principio de la virtud de transmisión de la sangre, que es el principio constitutivo de todas las aristocracias históricas. Por último, la escuela liberal y racionalista, en su materialismo repugnante, da a la riqueza, que se comunica, la virtud que niega a la sangre, que se transmite. El mando de los ricos le parece más legítimo que el mando de los nobles.

5. Vienen en pos de esta escuela efímera y contradictoria las escuelas socialistas, las cuales, concediéndole todos sus principios, le niegan todas sus consecuencias. Las escuelas socialistas toman de la racionalista y liberal la negación de la solidaridad humana en el orden político y en el spa religioso; negándola en el orden religioso, o la transmisión de la ca pa y de la pena, y además la pena y la culpa; negándola en el orden po ítico, toman de la escuela racionalista y liberal el principio de la igual aptitud de todos los hombres para obtener los destinos y las dignidades del Estado; pasando empero más adelante, demuestran a la escuela liberal que ese E cipio lleva consigo, en buena lógica, la supresión de la Monarquía here ltaria, y que esta supresión lleva tras sí la supresión de la Monarquía, que no siendo hereditaria, es una institución inútil y embarazosa. En seguida demuestran, sin grande esfuerzo de razgn, que, supuesta la igualdad nativa del hombre, esa igualdad lleva consigo la supresión de todas las distinciones aristocráticas, y por consiguiente la supresión del censo electoral, en el cual no se puede reconocer esa virtud misteriosa de conferir los atributos soberanos, habiéndosele negado a la sangre, sin una contradicción evidente. Los pueblos, según los socialistas, no han salido de la servidumbre de los Faraones para caer en la de los asirios y babilonios, ni están tan desnudos de derecho y de fuerza, que vayan a dar consigo en las manos de los nobles insolentes. Ni les parece menos absurdo negar la solidaridad de la familia para venir a reconocer en seguida que una nación es solidaria. eE tado por ellos el primero de estos principios, niegan absolutamente el segundo, como contradictorio del primero; y asi Coma proclaman la e igualdad de todos los hombres, proclaman también la igualdad perfecta de todos los pueblos. | | De aquí se deducen las siguientes consecuencias: siendo los hombres perfectamente iguales entre sí, es una cosa absurda repartirlos en grupos, como quiera que esa manera de repartición no tiene ateo fundamento sino la solidaridad de esos mismos grupos, solidaridad que viene negada por las escuelas liberales como origen perpetuo de la desigualdad entre los hombres. Siendo esto así, lo que en buena lógica procede es la disolución de la familia; de tal manera procede esta disolución del conjunto de los principios y de las teorías liberales, que sin ella aquellos principios no pueden realizarse en las asociaciones políticas. En vano proclamaréis la idea de la igualdad; esa idea no tomará cuerpo mientras la familia esté en pie, La familia es un árbol de este nombre, que en su fecundidad prodigiosa produce perpetuamente la idea nobiliaria.

192 JUAN DONOSO CORTÍ: ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 193 Pero la supresión de la familia lleva consigo la supresión de la propie mada por el liberalismo en tumulto, traerá consigo en un tiempo más O dad como consecuencia forzosa. El hombre, considerado en sí, no pued menos próximo, pero no muy lejano si atendemos al paso que llevan las ser propietario de la tierra, y no puede serlo por una razón muy sencilla: ] cosas, la expropiación universal. Entonces sabrá lo que ahora ignora: que propiedad de una cosa no se concibe sin que haya cierta manera de pro la propiedad no tiene razón de existir, sino estando en manos muertas, como porción entre el propietario y su cosa; y entre la tierra y el hombre no hay quiera que la tierra, perpetua de suyo, no pudo ser matena de APrOoprcón proporción de ninguna especie. Para demostrarlo cumplidamente, bastará para los vivos que pasan, sino para esos muertos que siempre viven.

observar que el hombre es un ser transitorio, y la tierra una cosa que nun: Cuando los socialistas, después de haber negado la familia como conca muere y nunca pasa. Siendo esto así, es una cosa contraria a la razón secuencia implícita de los principios de la escuela liberal, y la facultad de que la tierra caiga en la propiedad de los hombres, considerados individual: adquirir en la Iglesia, principio reconocido así por los liberales COnAo Paz mente. La institución de la propiedad es absurda sin la institución de la los socialistas, niegan la propiedad como consecuencia última de todos esfamilia; en ella o en otra que se la asemeje, como los institutos religiosos, tos principios, no hacen otra cosa sino poner término dci a la obra está la razón de su existencia. La tierra, cosa que nunca muere, no puede comenzada cándidamente por los doctores liberales. Por último, cuando caer sino en la propiedad de una asociación religiosa o familiar, que nunc después de haber suprimido la pr opiedad individual, el AN po pasa: luego suprimida implícitamente la asociación doméstica, y clama al Estado propietario universal y absoluto de todas las Heras, aunexplícitamente la asociación religiosa, a lo menos la monástica, por la es: que es evidentemente absurdo por otros conceptos, no lo es si se le consicuela liberal, procede la supresión de la propiedad de la tierra, como cons dera desde nuestro actual punto de vista. Para E de ello, basta secuencia lógica de sus principios. Esta supresión de tal manera va embebi- considerar que, una vez consumada la disolución de la familia $ nombre da en los principios de la escuela liberal, que ha comenzado siempre el pe- de los principios de la escuela liberal, la cuestión de la propiedad MBE ríodo de su dominación por apoderarse de los bienes de la Iglesia, por la tándose entre los individuos y el Estado únicamente. Ahora bien; planteasupresión de los institutos religiosos y por la de los mayorazgos, sin adver- da la cuestión en estos términos, es una cosa puesta fuera de toda duda tir que apoderándose de los unos y suprimiendo los otros, desde el punto que los títulos del Estado son superiores a los de los individuos, como quiede vista de sus principios, hacía poco; desde el punto de vista de sus intere- ra que el primero es por su naturaleza perpetuo, y que los segundos no ses, en calidad de propietaria, hacía demasiado. La escuela liberal, que de pueden perpetuarse fuera de la familia. NE todo tiene menos de docta, no ha comprendido jamás que siendo necesa- 6. De la perfecta igualdad de todos los pueblos, deducida lógicamente rio, para que la tierra sea susceptible de apropiación, que caiga en manos de los principios de la escuela liberal, sacan los socialistas, o saco yo en nomde quien pueda conservar su propiedad perpetuamente, la supresión de bre suyo, las siguientes consecuencias: así como de la perfecta igualdad de los mayorazgos y la expropiación de la Iglesia con la cláusula de que no todas las familias que componen el Estado, saca la escuela liberal por con: pueda adquirir, es lo mismo que condenar la propiedad con una condena- secuencia lógica la no existencia de la solidaridad en la sociedad doméstición irrevocable. Esa escuela no ha comprendido jamás que la tierra, ha-= ca, del mismo modo, y por la misma razón, de la perfecta igualdad de toblando en rigor lógico, no puede ser objeto de apropiación individual, sino. dos los pueblos en el seno de la humanidad, resulta la negación de la solisocial, y que no puede serlo, por lo mismo sino bajo la forma monástica o daridad política. No siendo solidaria la nación, €s fuerza negarle todo aquebajo la forma familiar del mayorazgo; las cuales desde el punto de vista de llo que se niega lógicamente de la familia, en la suposición de que no es la perpetuidad, vienen a ser una misma forma, como quiera que una y otra solidaria. De la familia no solidaria se niega: lo primero, aquel vínculo subsisten perpetuamente *. La desamortización eclesiástica y civil, procla- * León XUL ha explicado el derecho de propiedad en su última Encíclica De conditione cuente, harto viva y extremada, contra las doctrinas y las obras del liberalismo acerca del deopificum. Siempre, empero, parecerán las palabras de Donoso Cortés como una protesta elo- recho de propiedad.

secretísimo y misterioso que la enlaza en el tiempo con los tiempos pasa: dos y con los tiempos futuros; y como consecuencia de esta negación, se niega de ella; lo segundo, que tenga un derecho imprescriptible a partici par de las glorias de sus ascendientes, y la virtud de comunicar a sus descendientes algún reflejo de su gloria. Arguyendo por identidad de razón, es fuerza negar de una nación no solidaria lo que no siendo solidaria se niega de la familia; de donde se sigue que es fuerza negar de ella, por una parte, que tenga nada que ver con el tiempo pasado y con el venidero; y por otra, que tenga el derecho de reivindicar una parte de las glorias pasa= sn da e pe Wes e pa En MOIAS gr Aa es pu la CAPÍTULO CUARTO amuilla, da por resultado lógico la destrucción en el hombre de aquel apego al as constituye la dicha de la asociación doméstica, be ¡denál CONTINUAGIÓN DEL-MISMO ASUNTO: dad de razón, lo que se niega de la nación da por resultado forzoso la des- CONTRADICCIONES SOCIALISTAS trucción radical de aquel amor a su patria, que levantando al hombre sobre sí mismo, le impulsa a acometer con intrépido arrojo las empresas más e a heroicas. SUMARIO. -1. El socialismo sólo es relativamente lógico; en absoluto, está Por donde se ve que de estas negaciones se sacan para la sociedad do- sm ne ar A mE qe 2 E ee q aiii ' " da sie méstica y para la política estas consecuencias: la solución de continuidad Med eN Pp dl Sa Lic na A a. AE pe eS bre de la Patria, que es su expresión; consecuencia grotesca, pero lógica. -de la gloria; la ep reñon del pá de la familia, y del Parobsmo, nl es el 3. Negada la solidaridad familiar, política y religiosa, es absurdo proclamar amor de la patria; y por último, la disolución de la sociedad doméstica y del la solidaridad humana con el lema de «libertad, igualdad, fraternidad». Ni la sociedad política, las cuales ni pueden existir, ni pueden concebirse sin los hechos históricos ni los principios socialistas permiten deducir semeese enlace de los tiempos, sin la comunión de la gloria y sin estar asentadas jante fórmula que en boca del socialismo son palabras vacías. -4. Esas palaen aquellos grandes amores.

bras son funestas porque no son palabras racionalistas, sino palabras cató- Las escuelas socialistas, que si bien son más lógicas que la escuela libe- licas, divinas. Las palabras divinas pronunciadas por los enemigos de Dios ral, no lo son tanto como a primera vista parece, no van de consecuencia son mortales: ahí está la fuerza satánica de las revoluciones desde Lutero. -en consecuencia hasta nuestra última conclusión, que es, sin embargo, su- 5. Nueva contradicción. Afirmar la solidaridad humana y negar la de los puestas sus premisas, no sólo procedente, sino de todo punto necesaria; la pueblos y familias que constituyen la humanidad es renunciar al imperio - xi: Lo Sei estra las contradicciones del comunismo. Conprueba de que lo es, está en que los socialistas, apremiados por la lógica, lo delalágias Eemálion deme 9, ea. ais a tradicciones de Proudhon. Su sistema. Es la encarnación de los absurdos que no quieren ser en teórica, eso mismo son en la práctica. En la teórica cal na | d: A ed Las, | de tres siglos racionalistas. Síntesis imposibles. Habla como un demonio. son todavía franceses, italianos, alemanes; en la práctica son ciudadanos del mundo, y como el mundo, su patria no tiene fronteras. ¡Insensatos! Ellos ignoran que donde no hay fronteras no hay patria, y que donde no hay patria no hay hombres, aunque haya por ventura socialistas. Entre los partidos que contienden por la dominación, al más lógico le corresponde de derecho la victoria: éste, que es un principio verdadero, es a un mismo tiempo un hecho universal y constante. Humanamente hablando, el catolicismo debe sus triunfos a su lógica; si Dios no le llevara por la mano, su lógica le bastaría para caminar triunfante hasta los últimos remates de la tierra. Esto aparecerá más claro en el capítulo siguiente.

Si hay una verdad demostrada en nuestro último capítulo, esa verdad consiste en afirmar que la escuela liberal no ha hecho otra cosa sino asentar las premisas que van a parar a las consecuencias socialistas, y que las escuelas socialistas no han hecho otra cosa sino sacar las consecuencias que están contenidas en las premisas liberales: estas dos escuelas no se distinguen entre sí por las ideas, sino por el arrojo. Viniendo planteada de esa manera entre ellas la cuestión, es claro que la victoria toca de derecho a la más arrojada; y la más arrojada es, sin ningún género de duda, la que, no parándose en la mitad del camino, acepta con los principios sus consecuen= cias. Siendo esto así, dicho se está, y en nuestro anterior capítulo aparece suficientemente demostrado, que el socialismo lleva lo mejor de la batalla, y que en definitiva suyas son las palmas de este combate. | 1. De la fuerza de lógica, de que ha hecho muestra y parada en sus contiendas con la escuela liberal, se ha seguido para la escuela socialista cierto renombre de lógica y consecuente, que si bien está hasta cierto punto justificado, está lejos de estarlo suficientemente. En ser más lógica que la más ilógica y contradictoria de todas las escuelas, la socialista no hace mucho, y aun apenas hace algo; para ser merecedora de su renombre, está obligada a más: por una parte, está obligada a demostrar que no sólo es lógica y consecuente de una manera relativa, sino de una manera absoluta; y después, que es lógica y consecuente de una manera absoluta en la verdad; porque si sólo lo fuera en el error, la lógica y la consecuencia en el error no es más que una manera especial de ser ilógica e inconsecuente. No hay consecuencia ni lógica verdadera sino en la verdad absoluta.

Ahora bien: el socialismo falta a estas dos condiciones: por una parte, es contradictorio, porque no es uno, como se demuestra por la variedad de sus escuelas, símbolo de la variedad de sus doctrinas; por otra parte, no es consecuente negándose a aceptar, a semejanza de la escuela liberal, aunque no en el mismo grado, todas las consecuencias de sus propios principios; y por último, sus principios son falsos y sus consecuencias absurdas.

2. Que no acepta todas las consecuencias de sus propios principios, lo vimos en el capítulo anterior, cuando observamos que, siendo una consecuencia lógica de su negación de toda solidaridad la disolución de la sociedad política, se contentaba con aceptar la disolución de la sociedad doméstica. Hay quien cree que el socialismo se perderá, porque pide e invoca mucho; yo soy de sentir que sucederá al revés, y que le vendrá su pérdida, porque pide e invoca muy poco. En efecto; lo que procedía en buena lógica, en el caso presente, era comenzar por pedir que los pueblos a cada generación mudasen de nombre. En el sistema solidario concibo muy bien que sea uno el nombre nacional, siendo una la nación en toda la prolongación de la historia. Que se llame Francia la nación gobernada por Luis Felipe y por Clodoveo, es cosa concebible, y no sólo concebible, sino natural, y no sólo natural, sino necesaria, supuesto el sistema que sostiene la solidaridad francesa, y la comunión de glorias y de desastres entre las generaciones presentes y las futuras. Pero eso mismo, que en el sistema de la solidaridad es concebible, natural y necesario, es absurdo, inconcebible y contrario a la naturaleza de las cosas mismas en el sistema que a cada generación corta el raudal de la gloria y el hilo del tiempo. En este sistema hay tantas familias y tantos pueblos como generaciones, y la lógica exige en este caso, que, siguiendo los nombres representativos las vicisitudes de las cosas representadas, a cada mudanza de generación corresponda una mudanza idéntica en los nombres de pueblos y de familias. Que lo absurdo compite aquí con lo grotesco, no habrá nadie que lo niegue, pero que lo grotesco y lo absurdo sean rigurosamente lógicos, no habrá nadie que pueda ponerlo en duda: y cabalmente esas son las dos cosas que nos convenía demostrar con una demostración invencible. Es necesario que el socialismo escoja libremente la muerte de que ha de morir, escogiendo entre lo ilógico y no absurdo.