SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

Spanish

Page 29 of 30

revoluciones. Señores, aquí, como en otras par- tos. Las revoluciones son enfermedades de los pueblos ricos; las revoluciotes, no se atribuyen las revoluciones sino a los defectos de los gobiernos. nes son enfermedades de los pueblos libres. El mundo antiguo era un mun-Cuando las catástrofes son universales, imprevistas, simultáneas, son siem- do en que los esclavos componían la mayor parte del género humano; pre cosa providencial: porque, señores, no otros son los caracteres que dis- citadme cuál revolución fue hecha por esos esclavos: (En los bancos de la 12tinguen las obras de Dios de las obras de los hombres. (Ruidosos aplausos en quierda. «La revolución de Espartaco». los bancos de la mayoría) Lo más que pudieron conseguir fue fomentar algunas guerras serviles; Cuando las revoluciones presentan esos síntomas, estad seguros que pero las revoluciones profundas fueron hechas siempre por opulentísimos aristócratas. No, señores; no está en la esclavitud, no está en la miseria el germen de las revoluciones; el germen de las revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician. (¡Bien, bien!) Y seréis como los ricos; ved ahí la fórmula de las revoluciones socialistas contra las clases medias. Y seréis como los nobles; ved ahí la fórmula de las revoluciones de las clases medias contra las clases nobiliarias. Y seréis como los reyes; ved ahí la fórmula de las revoluciones de las clases nobiliarias contra los reyes. Por último, señores, y seréis a manera de sí que venía a sentar en el mundo la dominación de la libertad, de la de dioses: ved ahí la fórmula de la primera rebelión del primer hombre conigualdad, de la fraternidad, esos tres dogmas que no vienen de la Repúbli- tra Dios. Desde Adán, el primer rebelde, hasta Proudhón, el último impío, ca, sino que vienen del Calvario. (¡Bien, bien!) Y bien, señores, ¿qué ha he- ésa es la fórmula de todas las revoluciones. (¡Muy bien, muy bien.)

cho después? En nombre de la libertad, ha hecho necesaria, ha proclama- El Gobierno español, como era su deber, no quiso que esa fórmula tudo, ha aceptado la dictadura; en nombre de la igualdad, con el título de viese su aplicación en España; tanto menos lo quiso, cuanto que la situarepublicanos de la víspera, de republicanos del día siguiente, de republica- ción interior no era la más lisonjera, y era menester prevenirse, así contra nos de nacimiento, ha inventado no sé qué especie de democracia aristo- las eventualidades del interior como contra las eventualidades exteriores. crática y no sé qué género de ridículos blasones; en fin, señores, en nom- Para no haberlo hecho así, era necesario haber desconocido de todo punbre de la fraternidad, ha restaurado la fraternidad pagana, la fraternidad to el poderío de esas corrientes magnéticas que se desprenden de los focos vienen del cielo, y que vienen por culpa y para castigo de todos. ¿Queréis, señores, saber la verdad, y toda la verdad concerniente a las causas de la revolución última francesa? Pues la verdad es que en febrero llegó el día de la gran liquidación de todas las clases de la sociedad con la Providencia, y que en ese día tremendo todas se han encontrado fallidas. En ese día han venido a liquidación con la Providencia, y repito que todas en esa liquidación se han encontrado fallidas. Digo más, señores: la República misma el día de su victoria se declaró también en quiebra. La República había dicho de infección revolucionaria y que van iniciándolo todo por el mundo. (¿Muy bien, muy bien!)

La situación interior, en pocas palabras era ésta: la cuestión política no estaba, no ha estado nunca, no está de todo punto resuelta; no se resuelven así tan fácilmente cuestiones políticas en sociedades tan soliviantadas por las pasiones. La cuestión dinástica no estaba concluida, porque, aunque es verdad que en ella somos nosotros los vencedores, no teníamos la resignación del vencido, que es el complemento de la victoria. (¡Bravo!) La cuestión religiosa estaba en muy mal estado. La cuestión de las bodas, todos lo sabéis, estaba exacerbada. Yo pregunto, señores: supuesto, como he probado ya, que la dictadura sea en circunstancias dadas legítima, en circunstancias dadas provechosa, ¿estábamos o no estábamos en esas circunstancias? Si no habían llegado, decidme cuáles otras más graves han aparecido en el mundo. La experiencia vino a demostrar que los cálculos del Gobierno y la previsión de esta Cámara no habían sido infundados. Todos lo sabéis, señores; yo en esto hablaré muy de paso, porque todo lo que es alimentar pasiones lo detesto; no he nacido para eso; todos sabéis que se proclamó la República a trabucazos por las calles de Madrid; todos saben que se ganó parte de la guarnición de Madrid y de Sevilla; todos sabéis que sin la resistencia enérgica, activa, del Gobierno, toda España, desde las columnas de Hércules al Pirineo, de un mar a otro mar, hubiera sido un lago de sangre. Y no sólo España. ¿Sabéis qué males, si hubiera triunfado la revolución, se habrían propagado por el mundo? ¡Ah, señores! Cuando se piensa en estas cosas, fuerza es exclamar que el Ministerio que supo resistir y supo vencer, mereció bien de su Patria. (¡Muy bien, muy bien!)

Esta cuestión vino a complicarse con la cuestión inglesa antes de entrar en ella (y desde ahora anuncio que no entraré sino para salir inmediatamente, porque así lo conceptúo conveniente y oportuno), antes de entrar en ella, me permitirá el Congreso que exponga algunas ideas generales que me parecen convenientes.

Señores: yo he creído siempre que la ceguedad es una señal, así en los hombres, como en los gobiernos, como en las naciones, de perdición. Yo he creído que Dios comienza por cegar siempre a los que quiere perder; yo he creído que, para que no vean el abismo que pone a sus pies, comien-Za por turbarles la cabeza. Aplicando estas ideas a la política general, seguida de algunos años a esta parte por Inglaterra y por la Francia, señores, lo diré aquí, hace mucho que yo he predicho grandes desventuras y catástrofes. Un hecho histórico, un hecho averiguado, un hecho incontrovertible es que el encargo providencial de la Francia es ser el instrumento de la Providencia en la propagación de las ideas nuevas, así políticas como religiosas y sociales.

En los tiempos modernos, tres grandes ideas han invadido la Europa: la idea católica, la idea filosófica, la idea revolucionaria. Pues bien, señores: en esos tres períodos, la Francia se ha hecho siempre nombre para propagar esas ideas. Carlomagno * fue la Francia hecha hombre para propagar la idea católica; Voltaire fue la Francia hecha hombre para propagar la idea filosófica; Napoleón ha sido la Francia hecha hombre para propagar la idea revolucionaria. (Aplausos generales) Del mismo modo, creo que el encargo providencial de la Inglaterra es mantener el justo equilibrio moral del mundo, haciendo contraste perpetuo con la Francia. La Francia es lo que el flujo, la Inglaterra lo que el reflujo del mar. (¡Muy bien, muy bien!)

Suponed por un momento el flujo sin el reflujo: los mares se extenderían por todos los continentes; suponed el reflujo sin el flujo: los mares desaparecerían de la tierra. Suponed la Francia sin la Inglaterra: el mundo no se movería sino en medio de convulsiones; cada día tendría una nueva Constitución, cada hora una nueva forma de gobierno. Suponed la Inglaterra sin la Francia; el mundo vegetaría siempre bajo la carta del venerable Juan sin Tierra, que es el tipo permanente de todas las constituciones británicas. ¿Qué significa, pues, señores, la coexistencia de estas dos naciones poderosas? Significa, señores, el progreso limitado por la estabilidad, la estabilidad vivificada por el progreso. (¡Bien, bien!)

Pues bien señores: de algunos años a esta parte, y apelo a la historia contemporánea y a vuestros recuerdos, esas dos grandes naciones han perdido la memoria de sus hechos, han perdido la memoria de su encargo providencial en el mundo. La Francia, en vez de derramar por la tierra ideas nuevas, predicó por todas partes el statu quo: el statu quo en Francia, el statu quo en España, el statu quo en Italia, el statu quo en el Oriente. Y la Inglaterra, en vez de predicar la estabilidad, predicó en todas partes las revueltas: en España, en Portugal, en Francia, en Italia y en Grecia. ¿Y qué resultó de aquí? Lo que había de resultar forzosamente: que las dos naciones, representando un papel que no había sido el suyo nunca, le han representado pésimamente. La Francia quiso convertirse de diablo en predicador; la Inglaterra, de predicador en diablo, (Grandes y generales risas, acompañadas de iguales aplausos en todos los bancos.)

2 Véase vol. 1, pág. 297.

JUAN DONOSO CORTES ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO ZO - Esta es, señores, la historia contemporánea; pero hablando solamente Dije, señores, que pasaría muy de ligero por esta cuestión, y ya he pade la Inglaterra, porque es de la que me propongo hablar muy brevemen- sado. + ri SSROEen UB vengan sobr e ella, como han El señor secretario (Lafuente Alcántara): Pasadas las horas de reglamen- » las catástrofes que han merecido por sus errores; to, se pregunta al Congreso si se prorroga la sesión. (Muchas voces: «Si, si») porque nada es comparable al error de la Inglaterra de apoyar en todas Se acordó afirmativamente.

a A eo e e pa el día del | El señor marqués de Valdegamas: Pero, señores, ni las circunstancias inteida leatitiaa va? Y ha dde ena a 56 e volver las es- riores, que eran tan graves, ni las circunstancias exteriores, que eran tan oc metida del pri NOR dv la be read porque «e complicadas y peligrosas, son bastantes para disminuir la opinión en los se-Re ser, us cuando les clica e -. pd e uciones van | ñores que se sientan en aquellos bancos. ¿Y la libertad», nos dicen. ¡Pues ios. mee eaosligles His estr > al apa re 36 qué La libertad, ¿no >. sobre Bus YX la A a lo menos la individual, ernpar Ne Orapecin ir depto hdd dd volución ¿no ha sido sacrificada? ¡La libertad, señores! ¿Saben el principio que prolila, qa e e ción: pa o claman y el nombre que pronuncian los que pronuncian esa palabra sagra-D%, pora Cabíerne y ensageetes a de dee ] id ali de- da? ¿Saben los tiempos en que viven? ¿No ha llegado hasta vosotros, seño-Poplloaque muquisro Oarer esa encotár me Apra po O Y dicho y res, el ruido de las últimas catástrofes? ¡Qué! ¿No sabéis a esta hora que la deme Press la entalderaión dl E e a ello gran.+ consi- libertad acabór ¡Pues qué! ¿No habéis asistido, como he asistido yo, con Los Ratas aqu electa quese le es És papi q de- ojos de mi espíritu, a su dolorosa pasión? ¡Pues qué, señores! ¿No la habéis Mssamplies stes ad pesan Slamaciíón $ pe pone a unión visto vejada, escarneción, herida alevosamente por todos los denagogos del Y respeto como la hación quizá más cl Se Er e. E da eo mundo? ¿No la habéis visto llevar su angustia por las montañas de la Suiza, E ems. Ke aulas a y Mas digna de serlo por las orillas del Sena, por las riberas del Rhin y del Danubio, por las márq, pues, con mis palabras exacerbar esta cuestión y genes del Tíber? ¿No la habéis visto subir al Quirinal, que ha sido su Calvano quisiera, tampoco perjudicar o embarazar ulteriores negociaciones. Hay rio? (Estrepitosos aplausos) A ación que me mueve a no hablar de este asunto. Para hablar Señores, tremenda es la palabra, pero no debemos retraernos de pro-Bl mm Ñ Er or e -. eq: ir ¿pido pao más amigo nunciar palabras tremendas si dicen la verdad y yo estoy resuelto a decirla. Dor Ciiradeadbe honra ro me Pm dq e punto a el se- ¡La libertad acabó! (Sensación profunda) No resucitará, señores, ni al tercer lnembrBuberse eiletendo lens ía lara yuda que el silencio. día, ni el tercer año, ni al tercer siglo qua ¿Os asusta, señores, la tiranía Flsomitan Elsa larisa ue tó 4. Do ad que sufrimos? De poco os asustais; veréis cosas mayores. Y aquí os ruego, franqueza, tuvo una especie de vahído, y se le olvidó sin n.. dó E -. ta lea A eii a A == Fo Ba y quiénes somos, Buackoría creyó A Pi pm e era, dónde esta- a decir, los sucesos quenspa Aceon porvenir más próximo o más gado, y no era un abo- lejano, pero muy lejano nunca, se han de cumplir a la letra. ( Grande atengado, que era un orador del Parlamento. Su señoría creyó que hablaba en- ción) e a pro que Pa en un El fundamento, señores, de todos vuestros errores (Dirigiéndose a los ban-Bleito, y hablaba dean asunto político grande hs as. a de un cos de la izquierda) consiste dd saber cual esla dirección de la civilización unleito ente dammaciónes. Albesa a pu eo ques e Pp pp 2 y del mundo. Vosotros creéis que la civilización y el mundo van, cuando la tos tabersidosl ahogado dela e pins Y. Mee la a mes civilización y el mundo vuelven. El mundo, señores, camina con pasos rapi-(Aplausos en.los bancos de la mayoría). (Y qué, señores! a española: dísimos a la constitución de un despotismo, el más gigantesco y asolador Por ventura? ¿Es eso ser patriota? y ab hs Srila; + ¿ES ESO patr po de que hay memoria en los hombres. A esto camina la civilización y a esto O paiota ses E PA E A Pabnolal camina el mundo. Para anunciar estas cosas no necesito ser profeta. Me p a, Senores, es amar, es aborrecer, es sentir cómo ama, cómo abo- basta considerar el conjunto pavoroso de los acontecimientos humanos desrrece, cómo siente nuestra Patria. (; / aida: 21: , atria. (¡Bravo, bravo!) de su único punto de vista verdadero: desde las alturas católicas.

b e d Señores, no hay más que dos represiones posibles: una interior y otra exterior, la religiosa y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido el termómetro de la represión está bajo, y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía, está alta. Esta es una ley de la humanidad, una ley de la Historia 3. Y si no, señores, ved lo que era el mundo, ved lo que era la sociedad que cae al otro lado de la Cruz; decid lo que era cuando no había represión interior, cuando no había represión religiosa. Entonces aquélla era una sociedad de tiranías y de esclavos. Citadme un solo pueblo de aquella época donde no hubiera esclavos y donde no hubiera tiranía.

Este es un hecho incontrovertible, éste, es un hecho incontrovertido, éste es un hecho evidente. La libertad, la libertad verdadera, la libertad de todos y para todos, no vino al mundo sino con el Salvador del mundo. (¡Muy bien, muy bien!) Este también es un hecho incontrovertido, es un hecho reconocido hasta por los mismos socialistas, que lo confiesan. Los socialistas llaman a Jesús un hombre divino, y los socialistas hacen más, se llaman sus continuadores. ¡Sus continuadores, santo Dios! ¡Ellos, los hombres de sangre y de venganzas, continuadores del que"no vivió sino para hacer bien, del que no abrió la boca sino para bendecir, del que no hizo prodigios sino para librar a los pecadores del pecado, a los muertos de la muerte; del que en el espacio de tres años hizo la revolución más grande que han presenciado los siglos y la llevó a cabo sin haber derramado más sangre que la suya! (Vivas y generales aplausos) Señores, os ruego me prestéis atención; voy a poneros en presencia del paralelismo más maravillo que ofrece la Historia, Vosotros habéis visto que en el mundo antiguo, cuando la represión religiosa no podía bajar más, porque no existía ninguna, la represión política subió hasta no poder más, porque subió hasta la tiranía. Pues bien: con Jesucristo, donde nace la represión religiosa, desaparece completamente la represión política. Es esto tan cierto que, habiendo fundado Jesucristo una sociedad con sus discípulos, fue aquélla la única sociedad que ha existido sin gobierno. Entre Jesús y sus discípulos no había más gobierno que el amor del Maestro a los discípulos y el amor de los discípulos al Maestro. Es decir, que cuando la represión interior era completa, la libertad era absoluta.

La imagen hizo fortuna, y la frase se repitió a menudo. La discusión se entabló en torno al paralelo establecido.

Sigamos el paralelismo. Llegan los tiempos apostólicos, que los extenderé, porque así conviene ahora a mi propósito, desde los tiempos apostólicos propiamente dichos hasta la subida del cristianismo al Capitolio en tiempo de Constantino el Grande. En este tiempo, señores, la religión cristiana, es decir, la represión religiosa interior, estaba en todo su apogeo; pero aunque estaba en todo su apogeo, sucedió lo que sucede en todas las sociedades compuestas de hombres: que comenzó a desarrollarse un germen, nada más que un germen de licencia y de libertad religiosa. Pues bien señores: observad el paralelismo; a éste principio de descenso en el termómetro religioso corresponde un principio de subida en el termómetro político. No hay todavía gobierno, no es necesario el gobierno, pero es necesario ya un germen de gobierno. Así en la sociedad cristiana entonces no había de hecho verdaderos magistrados, sino jueces árbitros y amigables componedores, que son el embrión del gobierno. Realmente no había más que eso; los cristianos de los tiempos apostólicos no tuvieron pleitos, no iban a los tribunales; decidían sus contiendas por medio de árbitros. Obsérvese, señores, cómo con la corrupción va creciendo el gobierno.

Llegan los tiempos feudales, y en éstos la religión se encuentra todavía en su apogeo, pero hasta cierto punto viciada por las pasiones humanas. ¿Qué es lo que sucede, señores, en este tiempo en el mundo político? Que ya es necesario un gobierno real y efectivo, pero que basta el más débil de todos, y así se establece la monarquía feudal, la más débil de todas las monarquías.

Seguid observando el paralelismo. Llega, señores, el siglo XVI. En este siglo, con la gran reforma luterana, con ese gran escándalo político y social, tanto como religioso; con ese acto de emancipación intelectual y moral de los pueblos, coinciden las siguientes instituciones: en primer lugar, en el instante las monarquías, de feudales, se hacen absolutas. Vosotros creeréis, señores, que más que absoluta no puede ser una monarquía; un gobierno, ¿qué puede ser más que absoluto? Pero era necesario, senores, que el termómetro de la represión política subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y, con efecto, subió más. ¿Y qué nueva institución se creó? La de los ejércitos permanentes. ¿Y sabéis, señores, lo que son los ejércitos permanentes? Para saberlo basta saber lo que es un soldado; un soldado es un esclavo con uniforme. Así, pues, veis que, en el momento en que la represión religiosa baja, la represión política sube al absolutismo, y pasa más allá. No bastaba a los gobiernos ser absolutos; pidieron y obtuvieron el privilegio de ser absolutos y tener un millón de brazos.

A pesar de esto, señores, era necesario que el termómetro político subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y subió más. ¿Qué nueva institución, señores, se creó entonces? Los gobiernos dijeron: «Tenemos un millón de brazos, y no nos bastan; necesitamos más; necesitamos un millón de ojos». Y tuvieron la policía, y con la policía un millón de ojos. A pesar de esto, señores, todavía el termómetro político y la represión política debían subir, porque a pesar de todo, el termómetro religioso seguía bajando y subieron.

A los gobiernos, señores, no les bastó tener un millón de brazos, no les bastó tener un millón de ojos; quisieron tener un millón de oídos, y los tuvieron con la centralización administrativa, por la cual vienen a parar al gobierno todas las reclamaciones y todas las quejas.

Y bien, señores; no bastó esto, porque el termómetro religioso siguió bajando, y era necesario que el termómetro político subiera más...¡Señores, hasta dónde!...Pues subió más.

Los gobiernos dijeron: «No me bastan, para reprimir, un millón de brazos; no me bastan, para reprimir, un millón de ojos; no me bastan, para reprimir, un millón de oídos; necesitamos más: necesitamos tener el privilegio de hallarnos a un mismo tiempo en todas partes». Y lo tuvieron, y se inventó el telégrafo. (Grandes aplausos.)

Señores, tal era el estado de la Europa y del mundo cuando el primer estallido de la última revolución vino a anunciarnos a todos que aun no había bastante despotismo en el mundo, porque el termómetro religioso estaba por bajo de cero. Ahora bien, señores, una de dos...Yo he prometido, y cumpliré mi palabra, hablar hoy con toda franqueza. (Se redobla la atención) Pues bien, una de dos: o la reacción religiosa viene o no; si hay reacción religiosa, ya veréis, señores, cómo subiendo el termómetro religioso comienza a bajar natural, espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, ni de los gobiernos, ni de los hombres, el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos. (¡Bravo!) Pero si, por el contrario, señores (y esto es grave, no hay la costumbre de llamar la atención de las asambleas deliberantes sobre las cuestiones hacia donde yo la he llamado hoy; pero la gravedad de los acontecimientos del mundo me dispensa, y yo creo que vuestra benevolencia sabrá también dispensarme); pues bien, señores, yo digo que si el termómetro religioso continúa bajando, no sé adónde hemos de ir a parar. Yo, señores, no lo sé, y tiemblo cuando lo pienso. Contemplad las analogías que he propuesto a vuestros ojos, y si cuando la represión religiosa estaba en su apogeo no era necesa- ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 21% rio gobierno ninguno, cuando la represión religiosa no exista no habrá bastante con ningún género de gobierno; todos los depotismos serán pocos (Profunda sensación) Señores, esto es poner el dedo en la llaga; ésta es la cuestión de España, la cuestión de Europa, la cuestión de la Humanidad, la cuestión del mundo. (¡Cierto, cierto!)

Considerad una cosa, señores. En el mundo antiguo la tiranía fue feroz y asoladora, y, sin embargo, esa tiranía estaba limitada físicamente, porque todos los Estados eran pequeños y porque las relaciones internacionales eran imposibles de todo punto; por consiguiente, en la antigúedad no pudo haber tiranías en grande escala, sino una sola: la de Roma. Pero ahora, señores, ¡cuán mudadas están las cosas; Señores: las vías están preparadas para un tirano gigantesco; colosal, universal, inmenso; todo está preparado para ello; señores, miradlo bien; ya no hay resistencias, ni físicas ni morales; no hay resistencias físicas; porque con los barcos de vapor y los caminos de hierro no hay fronteras; no hay resistencias físicas, porque con el telégrafo eléctrico no hay distancias, y no hay resistencias morales, porque todos los ánimos están divididos y todos los patriotismos están muertos. Decidme, pues, si tengo o no razón cuando me preocupo por el porvenir próximo del mundo; decidme si, al tratar de esta cuestión, no trato de la cuestión verdadera. (Sensación) Una sola cosa puede evitar la catástrofe; una y nada más; eso no se evita con dar más libertad, más garantías, nuevas constituciones; eso se evita procurando todos, hasta donde nuestras fuerzas alcancen, provocar una reacción saludable, religiosa. Ahora bien, señores: ¿es posible esta reacción? Posible lo es; pero ¿es probable? Señores, aquí hablo con la más profunda tristeza; no la creo probable. Yo he visto, señores, y conocido a muchos individuos que salieron de la fe y han vuelto a ella; por desgracia, señores, no he visto jamás a ningún pueblo que haya vuelto a la fe después de haberla perdido *.

Si aun me quedara alguna esperanza; la hubieran disipado, señores, los últimos sucesos de Roma; y aquí voy a decir dos palabras sobre esta cuestión, tratada también por el señor Cortina.

Señores, los sucesos de Roma no tienen un nombre. ¿Cómo los llamaríais, señores? ¿Los llamaríais deplorables? Deplorables, todos los que he 2 El pesimismo que refleja este pensamiento no es sólo accidental, como se verá más adelante, sino que forma parte de su visión de la lucha entre el bien y el mal en el mundo.

280 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 281 do. Roma, señores, los Estados Pontificios no pertenecen a Roma, no pertenecen al Papa; los Estados Pontificios pertenecen al mundo católico; el mundo católico se los ha reconocido al Papa para que fuera libre e independiente, y el Papa mismo no puedo despojarse de esa soberanía, de esa indepencencia. (Generales aplausos) Señores, voy a concluir, porque el Congreso está muy cansado, y yo lo estoy también. (Varios señores: «¡No, no!») Señores, francamente, tengo que declarar aquí que no puedo extenderme más, porque tengo la boca mala, y ha sido un prodigio que yo pueda hablar; pero lo principal que tenia que decir lo he dicho ya.

Después de haber tratado las tres cuestiones exteriores que trató el señor Cortina, vuelvo, para concluir, a la anterior. Señores, desde el principio del mundo hasta ahora ha sido una cosa discutible si convenía más el sistema de la resistencia o el sistema de las concesiones para evitar las revoluciones y los trastornos, pero afortunadamente señores, ésa, que ha sido una cuestión desde el primer año de la creación hasta el año 48, en el año de gracia del 48 ya no es cuestión de ninguna especie, porque es cosa resuelta: yo, señores, si me lo permitiera el mal que padezco en la boca, haría una reseña de todos los acontecimientos desde febrero basta ahora que prueban esta aserción, pero me contentaré con recordar dos: el de la Francia, señores; allí la Monarquía, que no resistió, fue vencida por la República, que apenas tenía fuerza para moverse, y la República, que apenas tenía fuerza para moverse, porque resistió, venció al socialismo.

En Roma, que es otro ejemplo que quiero citar, ¿qué ha sucedido? ¿No estaba allí vuestro modelo? Decidme: si vosotros fuerais pintores y quisierais pintar el modelo de un rey, ¿encontraríais otro modelo que no fuera su original Pío IX? Señores, Pío IX quiso ser, como su divino Maestro, magnífico y dadivoso; halló proscritos en su país, y les tendió la mano y los devolvió a su patria; había reformistas, señores, y les dio reformas; había liberales, señores, y les hizo libres; cada palabra suya fue un beneficio; y ahora, señores, decidme: ¿a sus beneficios no igualan, si no exceden, sus ignominias? Y en vista de esto, señores, ¿el sistema de las concesiones no es una cosa resuelta? (¡Muy bien, muy bien!)

Señores, si aquí se tratara de elegir, de escoger entre la libertad, por un lado y la dictadura, por otro, aquí no habría disenso ninguno; porque ¿quién, pudiendo abrazarse con la libertad, se hinca de rodillas ante la dictadura? Pero no es esta la cuestión. La libertad no existe de hecho en Europa; los gobiernos constitucionales, que la representaban años atrás, no e ad casi todas partes, señores, sino una armazón, un esqueleto sin citado lo son; esos son mucho más. ¿Los llamaríais horribles? Señores, esos acontecimientos son sobre todo horror.

Había en Roma, ya no le hay, sobre el trono más eminente, el varón mas justo, el varón más evangélico de la tierra. ¿Qué ha hecho Roma de ese varón evangélico de ese varón justo? ¿Qué ha hecho esa ciudad en donde han imperado los héroes, los Césares y los Pontífices? Ha trocado el trono de los Pontífices por el trono de los demagogos. Rebelde a Dios, ha caído bajo la idolatría del puñal. Eso ha hecho. El puñal, señores, el puñal demagógico, el puñal sangriento, ese es hoy el ídolo de Roma. Ese es el ídolo que ha derribado a Pío IX. Ese es el ídolo que pasean por las calles tropas de caribes. ¿Dije caribes? Dije mal, que los caribes son feroces, pero los caribes no son ingratos. (Ruidosos aplausos) | Señores, me he propuesto hablar con toda franqueza, y hablaré. Digo que es necesario que el rey de Roma vuelva a Roma o que no quede en ] Roma, aunque pese al señor Cortina, piedra sobre piedra. (En los bancos de | la mayoría: «¡Muy bien, muy bien!»)

El mundo católico no puede consentir, y no consentirá, en la destrucción virtual del cristianismo por una ciudad sola, entregada al frenesí de la locura. La Europa civilizada no puede consentir, y no consentirá, que se desplome señores, la cúpula del edificio de la civilización europea. El mundo, señores, no puede consentir, y no consentirá, que en Roma, esa ciudad santa, se verifique el advenimiento al trono de una nueva y extraña dinastía, la dinastía del crimen. (/Bravo¡) Y no se diga, señores, como dice el senor Cortina, como dicen en periódicos y discursos los señores que se sientan en aquellos bancos (Dirigiéndose a los de la izquierda), que hay dos cuestiones allí, una temporal y otra espiritual, y que la cuestión ha sido entre el rey temporal y su pueblo; que el Pontífice existe todavía. Dos palabras sobre esta cuestión: dos palabras, señores, lo explicarán todo.

Sin duda ninguna el poder espiritual es lo principal en el Papa; el tem-. poral es accesorio; pero ese accesorio es necesario. El mundo católico tiene el derecho de exigir que el oráculo infalible de sus dogmas sea libre e independiente; el mundo católico no puede tener una ciencia cierta, como se necesita de que es independiente y libre sino cuando es soberano, porque sólo el soberano no depende de nadie. (¡Muy bien, muy bien!) Por consiguiente, señores, la cuestión de soberanía, que es una cuestión política en todas partes, es en Roma además una cuestión religiosa; el pueblo, que puede ser soberano en todas partes, no puede serlo en Roma; asambleas constituyentes que pueden existir en todas partes, no pueden existir en Roma: en Roma no puede haber más poder constituyente que el poder constituird AE, vida. Recordad una cosa, recordad a Roma imperial. En la Roma imperial existen todas las instituciones republicanas: existen los omnipotentes dictadores, existen los inviolables tribunos, existen las familias senatoriales, existen los eminentes cónsules; todo esto, señores, existe; no falta más que una cosa: sobra un hombre y falta la República. (¡Muy bien, muy bien!)

Pues esos son, señores, en casi toda Europa los gobiernos constitucionales; sin pensarlo, sin saberlo, el señor Cortina nos lo demostró el otro día. ¿No nos decía su señoría que prefiere, y con razón, lo que dice la Historia a lo que dicen las teorías? A la Historia apelo. ¿Qué son, señor Cortina, esos gobiernos con sus mayorías legítimas, vencidas siempre por las minorías turbulentas; con sus ministros responsables, que de nada responden: con sus reyes inviolables, siempre violados? Así, señores, la cuestión, como he dicho antes, no está entre la libertad y la dictadura: si estuviera entre la libertad y la dictadura, yo votaría por la libertad como todos los que nos sentamos aquí. Pero la cuestión es ésta, y concluyo: se trata de escoger entre la dictadura de la insurrección y la dictadura del Gobierno; puesto en este caso, yo escojo la dictadura del Gobierno, como menos pesada y menos afrentosa. (Aplausos en los bancos de la mayoría)