SigPhi · Juan Donoso Cortés

Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851)

Spanish

Page 28 of 30

su ley, ganándole como por asalto con el esfuerzo de unos pobres pescadores, como Él, desamparados de todos, peregrinos en la tierra y miserables. Por Él mudaron los hombres sus vidas, por Él dejaron sus haciendas, por su amor tomaron su Cruz, y salieron de las ciudades, y poblaron los desiertos, y dieron de mano a todos los placeres, y creyeron en la fuerza santificante del dolor, y vivieron vida limpia y espiritual, y dieron a sus carnes castigos atroces, trayéndola siempre sujeta; y a más de esto creyeron con firmísima fe, poco después de su muerte, Cosas estupendas e increíbles; porque creyeron que aquél que había sido crucificado era Hijo único de Dios, y Dios; que había sido concebido en el seno de una Virgen por obra del Espíritu Santo; que era Señor de cielos y tierra el mismo que había nacido en un pesebre y había sido envuelto en humildísimos pañales; que muerto ya, bajó al infierno y se llevó consigo las almas limpias y puras de los antiguos Patriarcas; que tomó después su propio cuerpo, y le sacó glorioso del sepulcro, y se le llevó por los aires, transfigurado ya y resplandeciente; que la Mujer que le había llevado en sus entrañas era, al mismo tiempo que Madre amorosa, inmaculada Virgen, que fue arrebatada por los ángeles al cielo, que fue aclamada allí por las falanges angélicas y por edicto soberano Reina de la creación. Madre de los desamparados, intercesora de los justos, abogada de los pecadores Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo; que todas las cosas visibles son de menos valer y dignas sólo de menosprecio a lado de las secretas e invisibles; que no hay otro bien sino el que está en padecer trabajos, y en aceptar dolores, y en arrostrar angustias, y en vivir en perpetua tribulación y congoja, ni otro mal sino el placer y el pecado; que el agua del Bautismo purifica, que la confesión de la culpa levanta, que el pan y el vino se convierten en Dios, que Dios está en nosotros, y fuera de nosotros en todas partes; que tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza; que ninguno nace sin su ordenación, y que no cae ninguno sin su permiso o sin su mandato; que si el hombre piensa su pensamiento, Él es el que se lo pone delante; que si su voluntad se inclina, Él es el que la mueve; que Él es el que le fortifca cuando se esfuerza, y que tropieza y cae si llega a faltarle su ayuda; que los muertos resucitan y vienen a juicio; que hay cielo y que hay infierno, penas eternas y gloria perdurable; que todo esto había de ser creído por el mundo, contra el poder todo del mundo; y que esta maravillosa doctrina se había de abrir paso invencible contra la voluntad y a pesar del gran poderío de Príncipes, Reyes y Emperadores; que por ella habían de dar su sangre y padecer tormentos, falanges infinitas de confesores ilustres, de doctores insignes, de vírgenes delicadas y púdicas, y de mártires gloriosos; que la locura del Calvario había de ser tan COntagiosa, que había de enloquecer a las gentes en cuanto mire al Sol, y en cuanto alcanza todo el orbe de la tierra.

Todas estas cosas increíbles fueron creídas por los hombres, cuando tuvo fin aquella gran tragedia de las tres horas que se representó en el Gólgota, con miedo del Sol y con temblor de la tierra en todos sus miembros. Asi tuvo cumplido efecto aquella palabra que pronunció Dios por Osseas, diciendo: ln funiculis Adam traham eos, in vinculis charitatis (capítulo XI, vers.

4). Los hombres han caído en esa celada del amor, que les tendió el Hijo del Dios divino, blanda y amorosamente. El hombre es de tal condición, pa ES rebela contra la omnipotencia, se alza contra la justicia y resiste a la misericordia; pero cae en dulcísimo desmayo, y como penetrado en amor hasta en la médula de sus huesos, si por ventura oye la voz dolorida y lastimera de aquel que muere por él, y que muriendo le ama. ¿Por qué me persigues? Esta es aquella voz, temerosa a un tiempo mismo y amante, que suena de continuo en los oídos de los pecadores; y ese acento de queja dulcísima, amorosa y suave, es el que va derecho al alma, y la transforma y la muda y la PU te toda a Dios, y la obliga a buscarle por los poblados y por los desiertos, por los montes bravos y por las tierras llanas, por los campos agostados y por los verjeles. Aquella voz es la que enciende al alma en el casto a del esposo, y la que la lleva como enloquecida y desalada en seguimiento de sus cmbriagantes perfumes, como la sed lleva al ciervo a los herposos manantiales de aguas vivas. Dios vino al mundo para poner fuego a la tierra, y la tierra comenzó a humear y luego a arder por todos sus cuatro costados, y de día en día se han ido dilatando por todas las regiones las llamas poderosas de esos divinos incendios. El amor explica lo inexplicao 2 cl a e e A de obrarse; porque con el amor todo Cuando aquello de los Apóstoles que vieron al Señor antes de padecer transfigurado y Vestido de blanquísimas vestiduras, más resplandecientes que al sol y más blancas y puras que el ampo de la nieve, dijeron, como extáticos y absortos: «Quedémonos aquí», aún no tenían idea del divino amor, ni de sus inefables delcites; por eso el gran Apóstol, maestro ya en este gran arte del amor, dijo después: «Sólo una cosa quiero entender, que es Jesucristo, y ése, crucificado», que fue tanto como decir: «Quiero saberlo todo, y para saberlo todo, quiero saber a Jesucristo solamente; porque sólo en Él están Juntos todos los saberes, y unidas entre sí todas las cosas». Y añadió despues Y ése, crucificado; y no dijo Y ése, transfigurado y glorioso, porque poco importa conocerle en su omnipotencia, asistiendo con el pensamiento a la obra maravillosa de la creación universal, ni basta conocerle en su gloria cuando está su faz resplandeciendo con una luz increada y cuando las potestades del cielo se derriban absortas ante el acatamiento divino; ni satisface del todo verle pronunciar los fallos de su justicia inapelables, rodeado de ángeles y serafines, ni el alma queda del todo satisfecha cuando asiste a las altas maravillas de su infinita misericordia. El Apóstol, con una sed que nada aplaca, y con un hambre sin hartura, y con un deseo invencible, quiere más, y pide más, y lleva más alto el atrevido pensamiento, porque no se contenta sino con saber a Cristo crucificado, es decir, como él desea más ser sabido, de la manera más alta y excelente que la razón puede concebir, y la imaginación imaginar, y desear el más altivo y levantado deseo, porque eso es conocerle el acto de su amor incomprensible e infinito. Eso es lo que quiere significar el Apóstol cuando dice: «Ninguna cosa quiero saber sino a Jesucristo, y ése, crucificado».

A ése sólo quisieron saber los pocos bienaventurados que tomaran su Cruz y fueron poniendo el pie atentamente en donde vieron el rastro sangriento y glorioso de sus pisadas. A ése sólo quisieron saber aquellos Padres del yermo que convirtieron los desiertos desnudos en pensiles del paraíso. A ése sólo quisieron saber aquellas vírgenes castas, milagro de fortaleza, que, puestas todas las concupiscencias a sus pies, le tomaron por esposo y le consagraron sus limpios y virginales pensamientos. A ése sólo quisieron saber todos los que, convertidos en fuentes sus ojos, han recibido las tribulaciones con alegría de corazón, y se han encumbrado con pie firme en el áspero monte de la penitencia.

Entre las maravillas de la creación, el alma en caridad es la más maravillosamente admirable, no sólo porque su estado es el más subido y excelente que en este bajo suelo se puede entender, sino también porque ella va declarando a voces los prodigios obrados por el amor divino, el cual no fue sólo poderoso para borrar nuestro pecado, y con él el desorden y la causa de todo desorden, sino también para inclinarnos a desear libremente aquella misma deificación que desechamos antes, y para hacer que pudiéramos conseguir aquello que deseamos, aceptando la ayuda de la gracia que merecimos en el Señor y por el Señor, cuando para merecérnosla y para que la mereciéramos derramó su Sangre en el Calvario. Todas estas cosas significan aquellas palabras memorables que Jesucristo pronunció al tiempo de expirar, cuando dijo: Todo se ha consumado. Que fue tanto como decir: «Acabé con el amor lo que no pude ni con mi justicia, ni con mi misericordia, ni con mi sabiduría, ni con mi omnipotencia; porque borré el pecado, que hacía sombra a la Majestad divina y a la belleza humana, y saqué a la humanidad de su vergonzoso cautiverio, y di al hombre la potes- 260 - JUAN DONOSO CORTÉS tad que con la culpa había perdido de salvarse. Ya puede bajar mi espíritu a fortificar al hombre, a embellecer al hombre, a deificar al hombre, porque le he atraído a mí y le he unido a mí con potentísima y amorosísima lazada.

Cuando aquella palabra memorable fue pronunciada por el Hijo de Dios al expirar en la Cruz, todas las cosas quedaron maravillosamente ordenadas, y ordenadamente perfectas.

E) A, Gite UNIVERSIDAD Macs 41 DE COLOMBIA ($ a sep MEDELLIN ¿PTO. DE BIBLIOTEC BIBLIOTECA “Eb E” GÓMEZ CONCLUSIÓN Cada uno de los dogmas contenidos, así en este libro como en el anterior, es una ley del mundo moral; cada una de esas leyes es de suyo incontrastable y perpetua; todas juntas componen el código de las leyes constitutivas del orden moral en la humanidad y en el universo; las cuales, unidas a las física a que están sujetas las materiales, forman la ley suprema del orden, por la que se rigen y gobiernan todas las cosas criadas.

De tal manera y hasta tal punto es necesario que todas las cosas estén en un orden perfectísimo, que el hombre, desordenándolo todo, no puede concebir el desorden!; por eso no hay ninguna revolución que, al derribar por el suelo las instituciones antiguas, no las derribe en calidad de absurdas y de perturbadoras; y que, al sustituirlas con otras de invención individual, no afirme de ellas que constituyen un orden excelente. Esta es la significación de aquella frase consagrada entre los revolucionarios de todos los tiempos, cuando llaman a la perturbación, que santifican un nuevo orden de cosas. Hasta M. Proudhon, el más atrevido de todos, no defiende su anarquía sino en calidad de expresión racional del orden perfecto, es decir, absoluto.

De la necesidad perpetua del orden se sigue la necesidad perpetua de las leyes, así físicas como morales, que le constituyen; por esa razón, todas ellas fueron creadas y proclamadas solemnemente por Dios desde el principio de los tiempos. Al sacar al mundo de la nada, al formar al hombre del barro de la tierra, al sacar a la mujer de su costado, al constituir la primera familia, quiso Dios declarar de una vez para siempre las leyes físicas y l Entiéndase según que está ofuscada y como tomada de fiebre su razón.

tad que con la culpa había perdido de salvarse. Ya puede bajar mi espíritu UNIVERSIDAD NActú0 a! DE COLOMBIA a fortificar al hombre, a embellecer al hombre, a deificar al hombre, por- DEPTO DE IBLIOTECAS que le he atraído a mí y le he unido a mí con potentísima y amorosísima BIBLIOTECA “EFE” GÓMEZ lazada.

Cuando aquella palabra memorable fue pronunciada por el Hijo de Dios al expirar en la Cruz, todas las cosas quedaron maravillosamente ordenadas, y ordenadamente perfectas.

CONCLUSIÓN Cada uno de los dogmas contenidos, así en este libro como en el anterior, es una ley del mundo moral; cada una de esas leyes es de suyo incontrastable y perpetua; todas juntas componen el código de las leyes constitutivas del orden moral en la humanidad y en el universo; las cuales, unidas a las física a que están sujetas las materiales, forman la ley suprema del orden, por la que se rigen y gobiernan todas las cosas criadas.

De tal manera y hasta tal punto es necesario que todas las cosas estén en un orden perfectísimo, que el hombre, desordenándolo todo, no puede concebir el desorden!; por eso no hay ninguna revolución que, al derribar por el suelo las instituciones antiguas, no las derribe en calidad de absurdas y de perturbadoras; y que, al sustituirlas con otras de invención individual, no afirme de ellas que constituyen un orden excelente. Esta es la significación de aquella frase consagrada entre los revolucionarios de todos los tiempos, cuando llaman a la perturbación, que santifican un nuevo orden de cosas. Hasta M. Proudhon, el más atrevido de todos, no defiende su anarquía sino en calidad de expresión racional del orden perfecto, es decir, absoluto.

De la necesidad perpetua del orden se sigue la necesidad perpetua de las leyes, así físicas como morales, que le constituyen; por esa razón, todas ellas fueron creadas y proclamadas solemnemente por Dios desde el principio de los tiempos. Al sacar al mundo de la nada, al formar al hombre del barro de la tierra, al sacar a la mujer de su costado, al constituir la primera familia, quiso Dios declarar de una vez para siempre las leyes físicas y 1 Entiéndase según que está ofuscada y como tomada de fiebre su razón.

262 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 263 morales que constituyen el orden en la humanidad y en el universo, sustra- Todo aquello y mucho más le fue dado al hombre; pero mientras que yéndolas de la jurisdicción del hombre y poniéndolas fuera del alcance de todas aquellas cosas le fueron dadas, no pudo tanto que a su pecado no sus locas especulaciones y de sus vanos antojos. Hasta los dogmas de la En- siguiera el castigo, y a su delito la pena, y a su primera transgresión la muercarnación del Hijo de Dios y de la Redención del género humano que no te, y la condenación a su endurecimiento, y a su libertad la justicia, y a su habían de ser cumplidos sino en la plenitud de los tiempos, fueron revela- arrepentimiento la misericordia, y a los escándalos la reparación, y a las redos por Dios en la edad paradisíaca cuando hizo a nuestros primeros pa- beldías las catástrofes.

dres aquella misericordiosa promesa con que vino a templar el rigor de su Al hombre le ha sido dado poner a sus pies la sociedad desgarrada con Justicia. sus discordias, echar por tierra los muros más firmes, entrar a saco en las El mundo ha negado esas leyes vanamente: aspirando a rescatarse de ciudades más opulentas, derribar con estrépito los Imperios más extendisu yugo por su negación, ninguna otra cosa ha conseguido sino hacer su dos y nombrados, hundir en espantosa ruina las civilizaciones más altas, yugo más pesado por medio de las catástrofes, las cuales se proporcionan envolviendo sus resplandores en la densa nube de la barbarie. Lo que no siempre a las negaciones; siendo esta misma ley de proporción una de las le ha sido dado es suspender por un solo día, por una sola hora, por un constitutivas del orden. | solo instante, el cumplimiento infalible de las leyes fundamentales del mun 4 Libre y extendido campo dejó Dios a las opiniones humanas; anchos do físico y del moral, constitutivas del orden en la humanidad y en el unifueron los dominios que sujetó al imperio y al libre albedrío del hombre,a verso; lo que no ha visto ni verá el mundo es que el hombre, que huye del quien fue dado señorearse del mar y de la tierra, rebelarse contra su Cria- orden por la puerta del pecado, no vuelva a entrar en él por la de la pena, dor, mover guerra a los cielos, entrar en tratos y alianzas con los espíritus esa mensajera de Dios que alcanza a todos con sus mensajes.

infernales, ensordecer al mundo con el rumor de las batallas, abrasar las ciudades con incendios y discordias, estremecerlas con las tremendas sacudidas de las revoluciones, cerrar el entendimiento a la verdad y los ojos a la luz, y abrir el entendimiento al error y complacerse en las tinieblas; fundar imperios y asolarlos, levantar y allanar Repúblicas, cansarse de Repúblicas, Imperios y Monarquías; dejar aquello que quiso, volver a lo que dejó, afirmarlo todo, hasta lo absurdo; negarlo todo, hasta la evidencia; decir: -No hay Dios. Y. -Soy Dios. Proclamarse independiente de todas las potestades, y adorar al astro que le ilumina, al tirano que le oprime, al reptil que se arrastra por el suelo, al huracán que viene rebramando, al rayo que cae, al nublado que le lleva, a la nube que pasa. Todo esto y mucho más le fue dado al hombre, pero mientras que todas estas cosas le fueron dadas, los astros cursan perpetuamente y con perpetua cadencia en giros concertados, y las estaciones se mueven unas en pos de otras en armoniosos círculos, sin alcanzarse y sin confundirse jamás; y la tierra se viste hoy de hierbas, de árboles y de mieses, como lo hizo siempre desde que recibió de lo alto la virtud de fructificar; y todas las cosas físicas cumplen hoy como cumplieron ayer y como cumplirán mañana, los divinos Mandamientos, moviéndose en perpetua paz y concordia, sin traspasar un punto las leyes de su potentísimo Hacedor, que con mano soberana concierta sus pasos, refrena sus ímpetus y da rienda a su curso.

Ear UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLU MIA DEPTO. DE Bi CECA>s BLIO S ANEXO DISCURSO SOBRE LA DICTADURA!

Señores: El largo discurso que pronunció ayer el señor Cortina, y que voy a contestar, considerándole desde un punto de vista restringido, a pesar de sus largas dimensiones, no fue más que un epílogo: el epílogo de los errores del partido progresista, los cuales a su vez no son más que otro epílogo: el epílogo de todos los errores que se han inventado de tres siglos a esta parte, y que traen conturbadas más o menos hoy día todas las sociedades humanas.

El señor Cortina, al comenzar su discurso, manifestó con la buena fe que a su señoría distingue, y que tanto realza su talento, que él mismo algunas veces había llegado a sospechar si sus principios serían falsos, si sus ideas serían desastrosas, al ver que nunca estaban en el Poder y siempre en la oposición, Yo diré a su señoría que, por poco que reflexione, su duda se cambiará en certidumbre. Sus ideas no están en el Poder y están en la oposición, cabalmente porque son ideas de oposición y porque no son ideas de Gobierno. Señores, son ideas infecundas, ideas estériles, ideas desastrosas, que es necesario combatir hasta que queden enterradas aquí, en su cementerio natural, bajo estas bóvedas, al pie de esta tribuna. (Aplauso general en los bancos de la mayoría).

El señor Cortina, siguiendo las tradiciones del partido a quien capitanea y representa, siguiendo, digo, las tradiciones de este partido desde la revolución de febrero, ha pronunciado un discurso dividido en tres partes, l El discurso fue pronunciado en el Congreso el 4 de enero de 1849, que yo llamaré inevitables. Primera, un elogio del partido, fundado en una relación de sus méritos pasados. Segunda, el memorial de sus agravios presentes. Tercera, un programa, o sea una relación de sus méritos futuros.

Señores de la mayoría: yo vengo aquí a defender vuestros principios, pero no esperéis de mi ni un solo elogio; sois los vencedores, y nada sienta tan bien en la frente del vencedor como una corona de modestia. (¡Bien, bien!).

No esperéis de mi, señores, que hable de vuestros agravios: no tenéis agravios personales que vengar, sino los agravios hechos a la sociedad y al Trono por los traidores a su reina y a su Patria. No hablaré de vuestra relación de méritos. ¿Para qué fin hablaría de ellos? ¿Para que la nación los sepa? La nación se los sabe de memoria. (Risas).

El señor Cortina dividió su discurso en dos partes, que desde luego se presentan al alcance de todos los señores diputados. Su señoría trató de la política exterior del Gobierno, y llamó política exterior, importante para España, a los acontecimientos ocurridos en París, en Londres y en Roma. Yo tocaré también estas cuestiones.

Después descendió su señoría a la política interior, y la política interior, tal como la ha tratado el señor Cortina, se divide en dos partes: una, cuestión de principios, y otra, cuestión de hechos: una, cuestión de sistema, y otra, cuestión de conducta. A la cuestión de hechos, a la cuestión de conducta ya ha contestado el Ministerio, que es a quien correspondía contestar, que es quien tiene los datos para ello, por el órgano de los señores ministros de Estado y Gobernación, que han desempeñado este encargo con la elocuencia que acostumbran. Me queda para mí casi intacta la cuestión de principios; esta cuestión solamente abordaré, pero la abordaré, si el Congreso me lo permite, de lleno. (Atención) Señores: ¿cuál es el principio del señor Cortina? El principio de su señoría, bien analizado su discurso, es el siguiente: en la política interior, la legalidad: todo por la legalidad, todo para la legalidad; la legalidad siempre, la legalidad en todas circunstancias, la legalidad en todas ocasiones; y yo, señores, que creo que las leyes se han hecho para las sociedades, y no las sociedades para las leyes (¡Muy bien, muy bien!), digo: la sociedad, todo para la sociedad, todo por la sociedad; la sociedad siempre, la sociedad en todas circunstancias, la sociedad en todas ocasiones. (¡Bravo, bravo!)

Cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura. Señores, esta palabra tremenda (que tremenda es, aunque no tanto como la palabra revolución, que es la más tremenda de todas) (Sensación ); digo que esta palabra tremenda ha sido pronunciada aquí por un hombre que todos conocen: este hombre no ha sido hecho por cierto de la madera de los dictadores. Yo he nacido para comprenderlos, no he nacido para imitarlos. Dos cosas me son imposibles: condenar la dictadura y ejercerla. Por eso (lo declaro aquí alta, noble y francamente) estoy incapacitado de gobernar; no puedo aceptar el gobierno en conciencia; yo no podría aceptarle sin poner la mitad de mí mismo en guerra con la otra mitad, sin poner en guerra mi instinto contra mi razón, sin poner en guerra mi razón contra mi instinto. (¡Muy bien, muy bieni) Por esto, señores, y yo apelo al testimonio de todos los que me conocen, ninguno puede levantarse, ni aquí ni fuera de aquí, que haya tropezado conmigo en el camino de la ambición, tan lleno de gentes (Aplausos), ninguno. Pero todos me encontrarán, todos me han encontrado en el camino modesto de los buenos ciudadanos. Sólo así, señores, cuando mis días estén contados, cuando baje al sepulcro, bajaré sin el remordimiento de haber dejado sin defensa a la sociedad bárbaramente atacada, y al mismo tiempo sin el amarguísimo y para mí insoportable dolor de haber hecho mal a un hombre.

Digo, señores, que la dictadura en ciertas circunstancias, en circunstancias dadas, en circunstancias como las presentes, es un gobierno legítmo, es un gobierno bueno, es un gobierno provechoso, como cualquier otro gobierno; es un gobierno racional, que puede defenderse en la teoría, como puede defenderse en la práctica. Y si no, señores, ved lo que es la vida social.

La vida social, como la vida humana, se compone de la acción y de la reacción, del flujo y reflujo de ciertas fuerzas invasoras y de ciertas fuerzas resistentes.

Esta es la vida social, así como esta es también la vida humana. Pues bien: las fuerzas invasoras, llamadas enfermedades en el cuerpo humano y de otra manera en el cuerpo social, pero siendo esencialmente la misma cosa, tienen dos estados: hay uno en que están derramadas por toda la sociedad, en que están representadas sólo por individuos; hay otro estado agudísimo de enfermedad, en que se reconcentran más y están representadas por asociaciones políticas. Pues bien: yo digo que no existiendo las fuerzas resistentes, lo mismo en el cuerpo humano que en el cuerpo social, sino para rechazar las fuerzas invasoras, tienen que proporcionarse necesariamente a su estado. Cuando las fuerzas invasoras están derramadas, las resistentes lo están también; lo están por el Gobierno, por las autoridades, por los Tribunales: en una palabra, por todo el cuerpo social; pero cuando las fuerzas invasoras se reconcentran en asociaciones políticas, entonces necesarlamente sin que nadie lo pueda impedir, sin que nadie tenga derecho a impedirlo, las fuerzas resistentes por sí mismas se reconcentran en una mano. Esta es la teoría clara, luminosa, indestructible, de la dictadura.

Y esta teoría, señores, que es una verdad en el orden racional, es un hecho constante en el orden histórico. Citadme una sociedad que no haya tenido la dictadura, citádmela. Ved si no qué pasaba en la democrática Atenas, qué pasaba en la aristocrática Roma. En Atenas ese poder omnipotente estaba en las manos del pueblo, y se llamaba ostracismo; en Roma ese poder omnipotente estaba en manos del Senado, que le delegaba en un varón consular, y se llamaba, como entre nosotros, dictadura. (¡Bien, bien!) Ved las sociedades modernas, señores; ved la Francia en todas sus vicisitudes. No hablaré de la primera República, que fue una dictadura gigantesca, sin fin, llena de sangre y de horrores. Hablo de época posterior. En la Carta de la Restauración, la dictadura se había refugiado o buscado un asilo en el artículo 14; en la Carta de 1830 se encontró en el preámbulo. ¿Y en la República actual? De ésta no digamos nada: ¿Qué es sino la dictadura con el maté de república? (Estrepitosos aplausos) Aquí se ha citado, y en mala hora, por el señor Gálvez Cañero la Constitución inglesa. Señores: la Constitución inglesa cabalmente es la única en el mundo (tan sabios son los ingleses) en que la dictadura no es de derecho excepcional, sino de derecho común. Y la cosa es clara: el Parlamento tiene en todas ocasiones, en todas épocas, cuando quiere, el poder dictatorial; pues no tiene más límite que el de todos los poderes humanos: la prudencia, tiene todas las facultades, y éstas constituyen el poder dictatorial de hacer todo lo que no sea hacer de una mujer un hombre o de un hombre una mujer, como dicen sus jurisconsultos. (Risas) Tiene facultades para suspender el habeas corpus, para proscribir por medio de un bill d'attainder; puede cambiar de Constitución; puede variar hasta de dinastía, y no sólo de dinastía, sino hasta de religión, y oprimir las conciencias; en una palabra: lo puede todo. ¿Quién ha visto, señores, una dictadura más monstruosar (¡Bien, bien!)

He probado que la dictadura es una verdad en el orden teórico; que es un hecho en el orden histórico. Pues ahora voy a decir más: la dictadura pudiera decirse, si el respeto lo consintiera, que es otro hecho en el orden divino.

Señores: Dios ha dejado hasta cierto punto a los hombres el gobierno de las sociedades humanas, y se ha reservado para sí exclusivamente el gobierno del universo. El universo está gobernado por Dios, si pudiera decirse así, y si en cosas tan altas pudieran aplicarse las expresiones del lenguaje parlamentario, constitucionalmente. (Grandes risas en los bancos de la izquierda) Y, señores, la cosa me parece de la mayor claridad y de la mayor evidencia. Está gobernado por ciertas leyes precisas, indispensables, a que se llama causas secundarias. ¿Qué son estas leyes, sino leyes análogas a las que se llaman fundamentales respecto de las sociedades humanas?

Pues bien, señores: si, con respecto al mundo físico, Dios es el legislador, como respecto a las sociedades humanas lo son los legisladores, si bien de diferente manera, ¿gobierna Dios siempre con esas mismas leyes que El a sí mismo se impuso en su eterna sabiduría y a las que nos sujetó a todos? No, señores; pues algunas veces, directa, clara y explícitamente manifiesta su voluntad soberana quebrantando esas leyes que El mismo se impuso y torciendo el curso natural de las cosas. Y bien, señores: cuando obra así, ¿no podría decirse, si el lenguaje humano pudiera aplicarse a las cosas divinas que obra dictatorialmente? (Vuelven a reproducirse las risas en los bancos de la izquierda) Esto prueba, señores, cuán grande es el delirio de un partido que cree poder gobernar con menos medios que Dios, quitándose a sí propio el medio, algunas veces necesario, de la dictadura. Señores, siendo esto así, la cuestión, reducida a sus verdaderos términos, no consiste ya en averiguar si la dictadura es sostenible, si en ciertas circunstancias es buena; la cuestión consiste en averiguar si han llegado o pasado por España estas circunstancias. Este es el punto más importante, y es al que voy a contraerme exclusivamente ahora. Para esto tendré que echar una ojeada (y en esto no haré más que seguir las pisadas de todos los oradores que me han precedido) una ojeada por Europa y otra ojeada por España. (Atención profunda) Señores: la revolución de febrero vino como viene la muerte: de improviso. (Grandes aplausos) Dios, señores, había condenado a la Monarquía francesa. En vano esta institución se había transformado hondamente para acomodarse a las circunstancias y a los tiempos; ni aun esto le valió: su condenación fue inapelable, y su pérdida infalible. La Monarquía de derecho divino concluyó con Luis XVI en un cadalso; la Monarquía de la gloria concluyó con Napoleón en una isla: la Monarquía hereditaria concluyó con Carlos X en el destierro, y con Luis Felipe ha concluido la última de todas las Monarquías posibles: la Monarquía de la prudencia, (¡Bravo, bravo!) ¡Triste y lamentable espectáculo, señores, el de una institución venerabilísima, antiquísima, gloriosísima, a quien de nada vale ni el derecho divino, ni la legitimidad, ni la prudencia, ni la gloria. (Se repiten los aplausos) Señores, cuando vino a España la grande nueva de esa grande revolución, todos nos quedamos consternados y atónitos. Nada era comparable a 270 JUAN DONOSO CORTÉS ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, EL LIBERALISMO Y EL SOCIALISMO 271 nuestro asombro y a nuestra consternación, sino la consternación y el asom- de Eteocles y Polínice, y los hermanos se han devorado unos a otros en las bro de la Monarquía vencida. Digo mal: había un asombro mayor, una cons- calles de París, en la batalla más gigantesca que dentro de los muros de ternación más grande que la de la Monarquía vencida, y era la de la Repú- una ciudad han presenciado los siglos. A esa República, que se llamó de las blica vencedora. (¡Bien, bien!) Aun ahora mismo; diez meses van pasados ya tres verdades, yo la desmiento: es la República de las tres blasfemias, es la desde su triunfo; preguntadla cómo venció; preguntadla por qué venció; República de las tres mentiras. (¡Bravo, bravo!)

preguntadla con qué fuerzas venció, y no sabrá qué responderos. Esto con- Viniendo ahora a las causas de esta revolución, el partido progresista siste en que la República no venció: la República fue el instrumento de vic- tiene unas mismas causas para todo. El señor Cortina nos dijo ayer que hay toria de un poder más alto. (Profunda sensación) revoluciones porque hay ilegalidades y porque el instinto de los pueblos Ese poder, señores, cuando esté comenzada su obra, así como fue fuerte los levanta uniforme y espontáneamente contra los tiranos. Antes nos hapara destruir la Monarquía con un escrúpulo de República, será fuerte tam- bía dicho el señor Ordax Avecilla: «¿Queréis evitar las revoluciones? Dad bién, si necesario fuera y conveniente a sus fines, para derribar la Repúbli- de comer a los hambrientos». Véase, pues, aquí la teoría del partido proca con un escrúpulo de Imperio, o con un escrúpulo de Monarquía. Esta gresista en toda su extensión: las causas de la revolución son, por una parrevolución, señores, ha sido objeto de grandes comentarios en sus causas y te, la miseria; por otra, la tiranía. Señores, esa teoría es contraria, totalmente en sus efectos, en todas las tribunas de Europa, y entre otras, en la tribuna contraria a la Historia. Yo pido que se me cite un ejemplo de una revoluespañola. Yo he admirado aquí y allí la lamentable ligereza con que se trata | ción hecha y llevada a cabo por pueblos esclavos o por pueblos hambriende las causas hondas de las