Un hecho que me llamó la atención á poco de estar aquí, fué la abundancia de mujeres viudas. Como el estado de viudez es en cierto modo el ■estado ideal para una señora culta, llegué á pensar si habría de por medio algún misterio grave. La causa, sin embargo, es sencilla é inocente. Con el sistema moderno de los escalafones, un hombre no puede sostener decorosamente una familia hasta que se acerca á la vejez; y aquí con mayor motivo, por ser la vida más costosa y mayores las exigencias de las mujeres. Por otro lado, la mujer finlandesa es muy práctica, y no «e conforma con amar á secas; aquí no tiene aplicación el «contigo pan y cebolla,» entre otras razones, porque no se crían cebollas; y luego el -clima conserva mucho á las personas, y para los efectos del matrimonio un hombre á los cin-<:uenta años representa lo que en España uno de treinta y cinco á cuarenta. Las mujeres finlandesas no le hacen ascos á los viejos, y bueno es que la noticia circule. Un señor de cincuenta á sesenta años y en posición desahogada, puede aspirar á la mano de una muchacha, y lo que es más bello, á inspirar un verdadero amor, si ^s amor lo que aquí recibe ese nombre. Estas uniones desiguales tienen además la ventaja de que el viejo galán suele perecer pronto en la aventura y dejar á su joven esposa con medios para vivir independiente y en condiciones admirables para divertirse y ser ornamento de la sociedad. Hay un sacrificio, un tanto doloroso: cl del que se muere; pero la comunidad sale altamente gananciosa.
Tanto la mujer casada como la viuda disfrutan del título del esposo y lo ponen antes del nombre; la mujer de un «doctor» es «doktorinnap^ la de un «pastor,» «pastorka;» la de un «ifigenierop^ «ingenioerska;» la de\in «presidente,» «presidentska;» la de un «capitán,» «kapteuska,» y por el estilo centenares de nombres, in-^ congruentes algunos con la condición de la mujer; las viudas se ponen delante de esos títuios la palabra «enke:>* «enkefrú» es la viuda en ge-^ neraly y luego hay «enkedoktarinna,» «enkesenatorska,)^ «enkeofverstinna,» etc. El uso del título está tan entronizado, que hasta en familia se usa entre padres é hijos. Una señora cuya hija esté casada con un coronel, preguntará por ejemplo: — ¿Ha venido hoy la «keofverstinna,» la coronela? — Las etiquetas sociales tienen un valor extraordinario: un nombre no significa nada mientras no se le antepone cl título del cargo que su poseedor desempeña.
Para completar el cuadro de los estados sociales, diré dos palabras sobre las mujeres divorciadas. En el interior del país, donde las eos tambres son más primitivas, donde se peca mucho contra la moral, pero más bien por ignorancia que por malicia, la especie es desconocida; en las ciudades existe como consecuencia necesaria de la civilización. En España no tenemos ¡dea de la divorciada más que por lo que i5i i5i nos cuentan de la nación vecina, donde el tipo es algo escandaloso; aquí el 4ivorcio es natural y debe existir, porque encaja muy bien en la concepción de la familia. En España no sería posible establecer escuelas mixfas, y en Francia hubo hace poco un gran alboroto por los abusos cometidos en el colegio de Cempuis, donde se intentó ensayar el sistema; aquí estudian juntos muchachas y muchachos sin la menor dificultad. Entre novios existe ya algo que indica la conveniencia de permitir el divorcio: de la amistad se pasa, como vimos, al «kaerlek;» cuando éste acaba, se vuelve á la amistad, y los que fueron novios continúan siendo grandes amigotes. Una señorita conserva cuidadosamente todos los recuerdos de sus amoríos y se los enseña á todo el mundo, hasta á las mujeres de sus antiguos novios, de las que suele hacerse amiga por mediación de éstos. Se ven cosas que denotan una frescura envidiable.
Respecto del divorcio, me contaron un hecho típico. Una señora, aburrida de su marido y enamorada de un obsequioso pretendiente, plantea en familia la cuestión de confianza, sin duda por no verse en la triste necesidad de faltar ásus deberes. El esposo comprende con claridad la nueva situación psicológica, y agradeciendo la franqueza, se aviene á la separación; después la señora se casa, y el antiguo marido no sé' fijamente si asistió á la boda, pero sí que continúa entrando en la casa del nuevo matrimonio como amigo íntimo, de confianza. Yo declaro sinceramente que me gusta esta manera de jugar con todas las cartas boca arriba: el juego no tiene gracia, y los autores de tragedias se verían apuradísimos si toda la humanidad imitara á los enamorados que por aquí se gastan; pero el que ve las cosas desde fuera se divierte, y hasta se encariña con quienes tan consoladores ejemplos ofrecen de cristiana fraternidad.
IX Esbozo critico, un tanto benévolo, de las cualidades estéticas de las mujeres de Finlandia.
En casa del herrero...En España abundan las mujeres hermosas, y á pocos, quizás á ninguno, se les ha ocurrido disertar sobre un tema tan sabroso como el de la estética femenina: por esta razón, al hablar de la belleza de las mujeres finlandesas, voy á decir algo sobre el estado actual de esta cuestión, tan importante, á mi juicio, como la de Oriente. Si me dieran á elegir el procedimiento para reformar una nación, elegiría sin vacilar uno que jamás ha sido puesto en práctica de una manera reflexiva: la transformación de las ideas estéticas del hombre res pecto de la mujer, y viceversa. Un cambio de criterio en este punto trae consigo en breve plazo la transformación de la familia y la de la sociedad.
Por instinto y por costumbre los hombres encuentran bellas á las mujeres; pero ni el instinto ni la costumbre bastan para fundar uncrite- ,34 rio estético. Yo tengo una casa donde he vivido siempre: para mí no hay otra mejor ni más be -lia, porque la conozco á ojos cerrados, y todo cuanto en ella hay me recuerda momentos alegres ó tristes de mi vida; como obra arquitectónica, es acaso una monstruosidad: carece de unidad, de proporción, de simetría, y, si se quiere, es una pura gotera; todo el mundo está deseando que la derriben en bien del ornato público, y, sin embargo, yo me hallo en mi casa como un doctor Pangloss en la mejor de las casas posibles. Lo cual no quita para que si me obligan á ecl^arla abajo, construya otra muy diferente. La casa vieja me gustaba por tradición; la nueva quiero que me guste por estar de acuerdo con mis necesidades ó mis ideas.
¿No ocurrirá esto mismo con las mujeres!^ Nos gustan por tradición, porque nuestra vista está ya hecha á verlas; pero si pudiéramos reconstruirlas á nuestro gusto, ¿las reconstruiríamos como hoy son, ó inventaríamos un nuevo modelo? He aquí planteado en forma vulgar el problema metafísico de la estética femenina. Si á fuerza de imaginar ó de cavilar llegamos á concebir una mujer más bella que la que hoy existe, tendremos un tipo de comparación para juzgar las mujeres reales. Y acaso lleguemos á la triste conclusión de que, prescindiendo de detalles de belleza circunstancial y pasajera, las mujeres que hoy existen en el mundo, las blancas y las amarillas y las negras, todas en absoluto son feas, según los principios fundamentales y perennes de la ciencia de lo bello.
En lo antiguo, los hombres eran más galantes, mejor educados, creían en la belleza del sexo femenino como en un dogma. Había mu -jeres bonitas y feas, como hoy las hay con arreglo á los gustos de cada cual; pero todos loshombres convenían en las palabras sacramentales: «bello sexo;» hoy se hila mucho más delgado, y hay doctores que analizan las mujerescomo substancias químicas, ó las miden coma piezas de tela. Schopenhauer fué'el primero que rompió abiertamente contra la tradición, y se esforzó por convencernos de la fealdad constitutiva de la mujer; y lo que el maestro declaró en forma humorística, numerosos discípulos se esfuerzan por comprobarlo con ayuda de todos los instrumentos y aparatos de la civilización. No há mucho, un «sabio alemán,» Rudolphs V. Larisch, publicó un estudio serio y concienzudo sobre las Imperfecciones estéticas de la mujer — «Schoenheitsfehler,» — cuya conclusión es angustiosa: para Larisch, la mujer es un monstruo ó poco menos; sus defectos son numerosos, pero todos se subordinan á una anomalía capital: la desproporción entre la mitad superior y la inferior del cuerpo. «Si á un aprendiz de encuadernador— dice Larisch— le dais á empastar un libro y le encargáis que coloque en la pasta un medallón con el título de la obra ú otra especie de adorno, estad seguros de que lo coleteará en el centro, porque así lo pide la estética más elemental. Pues bien: la mujer quebranta esa regla: su centro orgánico es el abdomen, por exigencias fisiológicas inevitables, y este centro cae demasiado bajo y rompe la simetría del organismo femenino.»
Si la teoría de Larisch fuera fundada, habría que declarar que las finlandesas eran hermosas, al menos teóricamente, puesto que con la libertad de que disfrutan, con sus constantes ejercicios callejeros, se aligeran mucho de carnes y se quedao bastante escurridas. Mientras los hombres propenden á la gordura y llegan á adquirir gran caudal de tejido adiposo, las mujeres son flacas por lo general: hay mujeres voluminosas; pero las ideas son desfavorables á ese tipo, que es como el símbolo de la fecundidad, á la que estas mujeres tienen horror. Una mujer que tiene muchos hijos es una mujer á la antigua, una «vaca,» como dicen aquí; la mayoría de las mujeres se dedica á hacer gimnasia y á todos los géneros de sport para conservar la soltura y la agilidad. Hay muchas que parecen flautas, y que satisfarían al «mullerimensor» Larisch, no por tener el centro de gravedad bien situado, sino por carecer en absoluto de centro de gravedad. En lo que se puede adivinar mirando por fuera, se nota que no hay redondeces, que la estructura es esencialmente rectilínea; y de las interioridades casi me atrevo á pensar lo mismo. No há mucho estuvo aquí i57 i57 una «bailaora,» llamada la «Estrella de Sevilla;» una Carmen Juanita, criada en la Macarena, que llamó la atención, más que por sus bailes, por la fortaleza de sus cimientos: no se necesita ser muy agudo para inducir de este hecho que estas mujeres son enjutas de extremidades; y si yo fuerí^ amante de la observación,, las señoras velocipedistas me darían mil ocasiones para conformar esta inducción con el testimonio de mis sentidos.
Paréceme que es disparatada la tendencia que hoy se nota en la mujer á buscar la perfección estética en la regularidad de las proporciones. Una mujer no es una estatua, y no puede ser juzgada con la vara de medir: es un ser vivo, cuya belleza nace de la vida misma. Una mujer deformada por el exceso de maternidad es más bella que un marimacho, del mismo modo que un hombre inteligente, envejecido prematuramente por el exceso de trabajo mental, es más belloque un barbilindo. La belleza de la mujer está en su aptitud para vivir como mujer, y en la obra que realiza como mujer. La imperfección que señala Larisch es lamentable; pero ocurre pensar: si tal como hoy existe la mujer, nos trae á los hombres de cabeza, ^qué ocurriría si el Supremo Hacedor refórmase su obra, ya acortando á la mujer de cintura para arriba, ya alargándole las piernas, de suerte que el cuerpo resultara más proporcionado y simétrico? Acasa el mundo no podría subsistir veinticuatro horas.
ii>8 ii>8 Hay que aceptar de mejor ó peor gana la idea de que la mujer que hoy existe es inmejorable; que no es perfecta, porque la perfección sería un gravísimo peligro para el hombre; y luego hemos de juzgar la belleza relativa de las mujeres de las diversas razas ó naciones, no con arreglo á un tipo convencional, sino por la función que desempeñan. Las más hermosas serán las más femeninas. La belleza intelectual no está en saber mucho: está en saber lo que conviene; la belleza sentimental, no en la violencia de las pasiones, sino en su naturalidad; la belleza plástica, no en la perfección exterior, según tipos •escultóricos, sino en la concordancia de la forma con los hechos que constituyen la vida propia de la mujer. Según los psicólogos misóginos, la mujer es inferior al hombre aun en belleza; pero aunque esto fuera verdad (y todas las mujeres creen que lo es), nada se adelanta con que el sexo débil se fortalezca y se adorne -con todos los atributos masculinos: una hembra -con pantalones no es un varón, es un adefesio. La mujer tiene un solo camino para superar en mérito al hombre: ser cada día más mujer. En todo el Norte de Europa se trabaja hoy con ardor contra la emancipación: pregúntese á cualquier señorita de por acá cuáles son sus ideas, y dirá que quiere ser libre, pero no emancipada; aunque desee serlo, no lo dará á entender, porque comprende, por los ensayos hechos, lo ridículo de la parodia.
A mí no me satisface estéticamente la mujer finlandesa, porque es poco femenina. Hay señoritas, no muchas, de las que llaman «dockor,» muñecas. El drama de Ibsen, Ett Dockhem, ó Casa de muñeca, ha popularizado el tipo de la mujer sin carácter, que concluye por emanciparse, abandonando á sus hijos para mayor diversión. Pero lo corriente es el tipo varonil, la mujer que imita al hombre. En materia estética, este punto es para mí el más importante, porque las particularidades del tipo podrán tener algún valor para un extranjero hasta que llega á habituarse pero después no significan gran cosa. Lo primero que me llamó la- atención en estas mujeres al llegar, fué su blancura un tanto aguanosa; aunque predominan las rubias, las hay también morenas como andaluzas, pero más claras; luego me chocó la variedad de tipos: á primera vista se distingue el tipo finlandés del eslavo ó sueco y de los mezclados; la configuración del finlandés es algo semejante á la de la raza mongólica: los ojos un poco sesgados, la cara angulosa y los pómulos salientes; el tipo superior en belleza y en aptitudes intelectuales es el mixto, el sueco-finés. Otro detalle que me pareció extraño los primeros días, fué la regularidad mecánica de los movimientos: mi primera criada, que era indígena pura, me hizo recordar á unos amnanitas que anduvieron años atrás dando representaciones teatrales en varias ciudades de Europa: para saludar por ejemplo.
lOO lOO ó para dar' las gracias, doblan las piernas, como si fueran á ponerse en cuclillas, y dan un saltito al levantarse; los niños, saludando asi, hacen mucha gracia.
Pero pasados los primeros días y adquirido el hábito de ver caras nuevas, aquí y en todas partes las diferencias de tipo se desvanecen; lo que persiste y lo que, por tanto, tiene más fuerza, es lo espiritual, lo que se desprende del interior de cada individuo y se refleja en la vida común: ahí está la raíz del verdadero juicio estético. La mujer finlandesa es muy inteligente: no he encontrado ninguna excepcional; pero todas pasan de medianas; el promedio de cultura es superior al de Alemania, Inglaterra ó Francia, y, sin embargo, son contadas las mujeres que producen la impresión de la belleza intelectual, porque la instrucción no es completamente apropiada á la naturaleza de la mujer, y las funciones que ésta desempeña en la sociedad son en muchos casos absurdas. En una reunión es uno presentado á varias señoritas; todas tienen su profesión, porque aquí la mujer trabaja como el hombre: una es gimnasta, otra profesora de lenguas, otra escribiente de notario, otra profesora de masaje,. otra cajera de un banco, y así por el estilo. La profesión importa poco; lo esencial es ganar dinero: decir «esa joven gana mucho dinero,» es el elogio mayor que aquí puede hacerse. La escribiente es hija de un magistrado; la lingüista, hija de un conde; la hija de un doctor ó de un i6i i6i diputado está al frente de un despacho de vinos. Todas esas señoritas, que trabajan para tener bolsillo independiente y poder divertirse, van al teatro á butaca, y después van á cenar en pandilla, hasta la una ó las dos de la mañana, á los restaurants á la moda. Según las ideas del país, ir al teatro á un sitio de segundo orden es deprimente; pero no hay reparo en ganar dinero en oficios que para nosotros deslustran. Ocurre, pues, que las mujeres estudian para ganar dinero, y después que entran en la vida exterior y mecánica, sufren la presión de la rutina y pierden las actitudes estéticas, naturales en la mujer que hace cosas femeninas, como leer, coser, bordar, cuidar los pájaros, regar las macetas ó pelar la pava. Aquí no comprenden cómo se puede pelar la pava varios años seguidos: los novios salen juntos á paseo, y á los pocos pasos se meten en algún restaurant á comer ó á beber. La pasión gastronómica es tan desordenada, que todos los espectáculos concluyen siempre por ir á comer: si se va de visita por la noche, le dan á uno de cenar; si la reunión dura hasta muy tarde, se hacen hasta cuatro ó cinco comidas. En cambio, habiendo tantas señoras inteligentes, no hay apenas una que sepa dar el tona á una reunión ó sostener una conversación espiritual; y la causa de todo está en que la instrucción no es femenina; en que la mujer estudia como el hombre para deshancarlo, y después vive en permanente contradicción, porque su II 1 62 II 1 62 cultura rio está de acuerdo con su naturaleza. Cuantas veces he hablado con una señora ó señorita muy ilustrada, he sacado una impresión penosa; con algo menos de saber y algo más de calor afectivo, ó siquiera con algunas ideas humanas, se recibiría un goce muy puro: el que despierta la belleza intelectual; pero como las ideas son secas como espartos, aprendidas en los bancos de los colegios, hay que decir lo que el artista francés Forain al salir de una reunión de norte-americanas sabiondas: «Con qué gusto hablaría yo ahora con una portera.)^ Y lo más sensible es que esas ideas áridas, que poca ó ninguna belleza añaden al espíritu de la mujer, apagan la escasa luz sentimental que en ella hay, y la dejan casi á obscuras. La mujer más natural parece la más artificiosa, porque piensa todo lo que hace; sus acciones son reflexivas y tienen el aire de «estudiadas;» sus coqueterías son eminentemente doctrinales.
Mi opinión estética sobre estas mujeres puede condensarse en los siguientes términos, no tan favorables como yo deseara que lo fuesen: en cuanto á la belleza plástica, prescindiendo de bellezas excepcionales ó de la impresión que pueda producir alguna mujer más íntimamente tratada,, así como de los casos de fealdad abusiva y ofensiva, cabe asegurar sin temor, con la conciencia tranquila, que la finlandesa en estado de reposo es bastante deficiente, ó mejor dicho, poco apetitosa, y que en movimiento gana . i63 . i63 mucho, porque si bien carece.de gracia, tiene fuerza y agilidad. La belleza interior supera i la exterior, y suele encontrarse alguna mujer 'Cspiritualmente bella; pero á pesar de la cultura, quizás á causa de ella, el carácter predominante es el práctico, y las propensiones generalmente materialistas. El amor tiene menos importancia que las bebidas alcohólicas, de las -que ambos sexos son fervientes partidarios. La vida social es bella por la intervención extraordinaria del sexo femenino, é individualmente las mujeres producen una impresión agradable: la de que son personas capaces de vivir independientes, sin necesidad de consejos ni de tutelas; las holgazanas caen con facilidad; las que saben y quieren trabajar tienen el camino expedito, y aun dado caso de que den un tropezón, no por eso desmerecen socialmente, puesto que continúan viviendo decorosamente de su trabajo. La mujer finlandesa aspira á la belleza intelectual; pero lo que más la realza es la acción, la voluntad, la constancia; intelectualmente es un libro de texto; y en cuanto á la fe que tanto embellece el alma femenina, no le aconsejo á nadie que venga -á buscarla aquí. La fe de estas mujeres está condensada en una frase que pronuncia Nora, la muñeca rebelde, cuando Torvald desea reconquistar su^ afecto: //e/mer.— Nora, ¿seré yo para tí, en adelante, siempre un extraño?
Nora. — ¡Oh, Torvald! para tener esperanza,, habría de ocurrir el milagro de los milagros.
Helmer. — ¿Cuál es ese milagro de los milagros?
Nora* — ¡Oh, Torvald! yo no creo ya en los milagros.
X Ideas que los finlandeses, ó por mejor decir, las finlandesas, tienen acerca de España.
No deja de ser curioso saber lo que de nosotros se piensa en las demás naciones, y coma corresponsal concienzudo no podía yo pasar por.alto este tema interesante; pero conste que mí propósito, si es que á un corresponsal le está permitido tener propósitos, no es dar gusto al curioso lector, sino completar el cuadro de la psicología finlandesa, porque diciendo lo que estas gentes de por acá piensan sobre nosotros, se <lescubre más aún lo que ellos piensan y son. Preguntemos á la generalidad de los españoles qué idea tienen sobre Finlandia y los finlandeses, y notaremos que no tienen ninguna idea, y al notarlo descubriremos un rasgo de nuestra idiosincrasia; el desdén con que miramos todo lo que ocurre fuera de España, y casi todo lo que ocurre dentro también. Vivimos en estado de «distracción permanente.» En cambio, aquí se nos conoce, aunque por desgracia sea por el lada i66 peor, y he encontrado ya varias señoritas que me han dicho de memoria las cuarenta y nueve provincias de España.
En el asunto sobre que versa esta carta, m¿ información no es ni con mucho completa. Soa contadas las ideas de procedencia masculina^ porque yo confío mis amistades al azar, no lasbusco nunca, y el azar ha querido que en Finlandia mis amigos no sean amigos, sino amigas^ en lo cual creo haber salido ganancioso, puestoque la mujer es aquí superior al hombre, y aquí ya en todas partes es útilísima como medio de información. Y lo más notable del caso es que ea este país se puede tener amistad sin mezcla de otro sentimiento más peligroso, y que yo me he adaptado tan hábilmente, perdóneseme la inmodestia, que podría dar lecciones de calma y flema á los mismos finlandeses. Una señorita estudiante se ofrece á enseñarme el sueco; otra que es pintora, y que encontró en mí una mezcla rara de moro y de sacerdote egipcio, quiso hacer mi retrato; otra, profesora, me propuso «horas» de sueco á cambio de francés; otra, empleada de Banco, alemán por francés, y así por el estilo. Yo, que soy tan amante de la ciencia comoel que más, acepté todas las proposiciones, aunque comprendía que estas señoritas me tomaban también como sujeto de observación psicológica; y no sólo he enseñado á varias á hablar en francés, sino que he dado á conocer algo de nuestra literatura, en particular de nuestros novelistas, empezando por Alarcón, cuyo 5o7nbrero de tres picos— Des Dreispitz — está traducido al alemán, y Valera, cuya Pepita Jiménez lo está al sueco. Yo, en cambio, tengo un retrato al óleo, muy parecido en opinión de cuantos lo ven; hablo en sueco con relativa facilidad, y he adquirido algunas noticias no del todo inútiles.
En España esto no sería posible, y menos en la forma en que aquí ocurre. Por ejemplo, esta tarde me encontré á una de las que aprenden francés: una joven guapa, pintora de afición y empleada de Banco, y me preguntó si saldría por la noche. — No salgo: puede usted venir, si gusta, á las seis. — Y, en efecto, á las seis vino con sus labores, pues aquí las mujeres trabajan cuando van de visita que no es de cumplido, y estuvo dos ó tres horas bordando y haciéndome una porción de preguntas en francés sobre las principales óperas italianas. No estará de más decir, para que no se sonrían los maliciosos, que esta joven tiene su novio formal para casarse en breve, y que al novio no le importa que venga á tomar lecciones, porque tiene confianza en que su prometida no va á decir una cosa por otra. El finlandés cree en la veracidad de la finlandesa, y la finlandesa considera injurioso que se dude de su proceder.
En este comercio inocente y casi científico, he recogido algunas impresiones sobre la opinión en que se nos tiene. La idea más general sobre 1 68 1 68 el español es la de que es uíi hombre orgulloso; acaso la palabra española más conocida y usada sea «grandeza,» para indicar Ja elevación. un tanto ampulosa. Después de los franceses, que son más y mejor conocidos, venimos los italianos y españoles como tipos análogos, bien que los italianos sean más dados al arte y nosotros á la guerra. Cuando se habla de viajes, se da siempre la preferencia á Italia, y he oído decir á algunas señoras que á España es peligroso ir, sobre todo señoras solas, porque es «un país sin ley.» Aunque no lo digan por lo claro, nos tienen por muy valientes; pero al mismo tiempo por muy duros de corazón y semi-bárbaros ó semi-primitivos. / A las primeras palabras, en una conversación, / sale á relucir nuestro catolicismo como signo de 1 atraso intelectual, y las corridas de toros como \ signo de barbarie. Creo que en materia tauromáquica se podría llegar á una avenencia, pues mis argumentos en pro de las corridas han hecho alguna mella en mis discípulas y amigas, las cuales creían, como tantos otros detractores de la fiesta española, que ésta no era artística, sino una especie de espectáculo de matadero; pero en la cuestión religiosa todo cuanto se hable es inútil, porque las ideas contrarias al catolicismo son inculcadas desde la primera enseñanza. Yo he repasado por curiosidad los libros de texto de una de mis discípulas, y en el de Historia he visto que la parte dedicada á España era exactísima hasta llegar á la Reforma; desde este 1 69 1 69 punto se nos mira ya con ojos más que turbios: Felipe II es considerado seriamente como un «asesino.»
Existe una rara mezcla de ideas exactas y erróneas sobre nosotros, según que unas ú otras provienen de los libros formales ó de las fábulas que en Europa, y particularmente en Francia, forjan á nuestras expensas los escritores del género pintoresco. Una señorita me preguntó ^de qué región de España era. Soy de Andalucía—le contesté. — ¿De la alta ó de la baja?— -me volvió á preguntar. Y al saber que era de Granada, me dio cuantas noticias tenía sobre nuestra ciudad para comprobar si eran exactas. Todo esto sacando un promontorio de libros y mapas que mi interlocutora manejaba con extraordinaria desenvoltura. Porque uno de los libros decía que los catalanes son industriosos, los castellanos arrogantes y los andaluces vivos, familiares y muy dados á la broma, me he visto y me he deseado para inspirar confianza; y hoy mismo, á pesar de repetidos ejemplos de cordura y seriedad, «mi procedencia andaluza» me perjudica notablemente. Sin necesidad de ser andaluz, sólo con ser español, le miran á uno con prevención en las relaciones familiares, á causa del malísimo concepto en que, como sujetos sentimentales, se nos tiene. Nos consideran capaces de pasión, pero no de verdadero amor, es decir, de un sentimiento apacible y durable que se traduzca en «soluciones prácticas:» de I70 I70 aquí, piensan, la facilidad con que, creyendo decir verdad, mentimos al hablar de nuestros sentimientos, y la poca conciencia con que nos burlamos de las mujeres que no saben resistir.
Les parecerá á algunos qqe estas opiniones no tienen gran transcendencia, que son conceptos superficiales de esos que sirven de tema socorrido en cualquier conversación; sin embargo, esos rasgos que se atribuyen á nuestro carácter: la dureza, la tiranía con la mujer, el desprecia de las leyes y otros de este tenor, son el estribillo siempre que se habla de España sobre asuntos más serios. Con motivo de las guerras que ahora tenemos pendientes, la prensa de aquí escribe enormidades contra España: no hay absurdo de los que se fabrican á destajo por los enemigos de nuestra nación que no tenga segura acogida; se nos cree capaces de todo género de horrores. Sin duda nuestro papel histórico nos enajena las simpatías de un país como éste, adepto de la religión luterana; pero no se llegaría hasta la animadversión si no fuera porque la idea absurda que corre como válida acerca de nuestro carácter, sirve de plataforma para fundar fábulas odiosas que exciten la compasión en muchas almas sensibles é incautas.
Con ser tan poco favorable la opinión respecto del español, merece aplauso si se la compara con la que se tiene sobre la española. Algunas señoras creen de buena fe que el mayor mal que puede ocurrir á una mujer es nacer en nuestro país; la consideran como una esclava, casi como una mujer de harén. Reconocen que es bella, y acaso de este reconocimiento arranque la severidad con que la juzgan; pero piensan que esa belleza habla sólo á* los sentidos, que no es-* la belleza de un ser inteligente. Con decir que aquí se habla con desprecio de la mujer alemana, por creerla excesivamente casera, se comprenderá lo mal parada que ha de salir la española, sobre la que se cuentan los más desaforados desatinos. — ¿Es cierto que las andaluzas son tan bellas como se dice? — A esta pregunta he contestado yo siempre entonando un himno 6 poco menos en loor de mis paisanas. — Pero ¿es^ verdad también — agregan, — que son tan ignorantes que no saben siquiera escribir con ortografía?— Eso ocurría antes — respondo yo; — pero ahora se ha progresado mucho en esa materia. Las españolas tienen gran talento natural y aprenden todo lo que quieren. El detalle ese que aquí choca de las faltas de ortografía no» tiene importancia en nuestro país, porque nosotros sabemos que procede del exceso de pasión que turba á las mujeres hasta el punto de hacerles cambiar unas letras por otras. La española posee la ortografía del lenguaje espiritual,, mucho más necesaria que la de la escritura. Yo,, por mi parte, opino que la ortografía, coma otras muchas cosas, debieran constituir un oficio, el de ortografista ó corrector, y que la generalidad de las gentes debía prescindir de ese y otros estudios que ocupan en el cerebro un espacio que hace gran falta para albergar ideas de más transcendencia. Aquí he encontrado ya varias personas que hablan y escriben correctamente media docena dé lenguas y que no saben decir nada en ninguna: de ellas se puede decir lo de aquel que poseía una grao' colección de instrumentos musicales, pero que no sabía tocarlos.
Pero el punto en que se insiste con verdadera saña es el de la libertad. Estas mujeres tienen la manía de la libertad: pueden hacer lo que quieren, y, sin embargo, acusan al hombre de déspota; y como creen que las españolas viven encarceladas y contentas, las juzgan -como seres infelices, sin conciencia de su dignidad personal. Una de mis contertulias pretendía convencerme de que los hombres meridionales tenemos odio instintivo contra las mujeres del Norte, porque tememos que «nuestras •esclavas» se nos subleven, siguiendo el ejemplo de las que ya consigliieron sacudir el yugo. — Están ustedes en un grande error si tal piensan—he dicho yo con gran seriedad: — lo que ustedes inspiran es lástima, y los españoles que las incitan lo hacen á disgusto, sólo porque el matrimonio es cada día más difícil y se ven forzadas á vivir solas; pero no porque tomen en serio las ideas de emancipación, pues su buen juicio les permite ver que salen perdiendo mucho en el cambio. Usted es aficionada á la filo- 173, 173, sofía; quizás haya leído alguna de las geniales paradojas de un filósofo alemán, hoy en boga,. Federico Nietzsche: creo que es en su Menschliches, all¡{umenschliches (humano, demasiado humano), donde expone su opinión sobre la superioridad intelectual de la mujer respecta del hombre, y la razón principal en que la fun-■da es de sentido común. Prescindiendo de palabras vanas, de hecho resulta que la mujer ha dejado en manos del hombre todos los atributos de la autoridad, y con ellos todas las responsabilidades y malos ratos que proporcionan. A. más, la obligación moral de sostener á la familia. A cambio de algunas satisfacciones irrisorias, el hombre se ha resignado á ser el verdadero esclavo; la mujer ha conseguido vivir á costa del hombre, manejarlo á su antojo en todos aquellos asuntos en que le va algún interés,,^ y por añadidura representar el papel simpático^ el de «víctima.» No existe en la creación un ser que supere á la mujer en inteligencia verdadera, es decir, en inteligencia práctica: sólo se le aproxima el gato, que en opinión de un escritor español, Selgas, es el más listo de todos los» animales, no sólo por haber resuelto el problema de vivir sin trabajar, sino por haberlo resuelto con achaque de cazar los ratones, diversión ó sport que para él tiene grandes atractivos.
Vistas, pues, las cosas con calma, se pone en evidencia que la mujer española, refractaria á.
la emancipación á causa de su «atraso intelectual,» es niucho más sabia que las que neciamente, se declaran autónomas y cargan con el pesado fardo de obligaciones que los hombres hemos llevado solos hasta ahora. A eso le llaman los franceses laisser laproiepour rombre, •que podríamos traducir «perder la tajada por roer el hueso.» Una mujer excepcional puede encontrar en la ciencia ó en el arte satisfaccioíies acaso superiores á las de la vida de familia; pero las mujeres vulgares, que lian de contentarse con desempeñar una función rutinaria y poco agradable, no deben de aceptar este me-.clio de vida, sólo porque les deja más libertad, como superior al matrimonio. Los que tal •hacen, cuando llegan á la vejez y forman el inventario de los goces que les ha proporcionado, la libertad, sentirán envidia de la mujer del pueblo, que, guiada sólo por el instinto, ha sabido enamorarse de cualquier ganapán, crear una numerosa prole, y mal que bien salir adelante con ella, experimentar las alegrías y penas que la vida va dando de sí; en suma, vivir una vida natural é íntegramente humana.
H XI cEn malares anteckningar» af Egren Lundgren.— Italien och Spanien.
Tredje upplagan. — P. A. Nerstedt Soener.
Stockholm.-1882.
Muchas personas he encontrado en Finlandia que tienen ideas más ó menos disparatadas sobre la vida interior española, sobre nuestros tipos, costumbres y tradiciones, y la ciudad más conocida es precisamente la nuestra. Como.son contados los finlandeses que han viajado por España, se me ha ocurrido preguntar por qué conducto se tienen todas esas noticias, y siempre se me ha contestado: eso lo he leído en el libro de Lundgren. Nada más natural, pues, que mi idea de comprar el libro del conocido pintor sueco, las Impresiones de un pintor, que figuran en el epígrafe. Y ni estará de más añadir á los detalles que doy, por si algún lector desea comprobarlos, que la obra cuesta seis kronor, ó sea nueve pesetas próximamente, y que va por la tercera edición; porque aquí, en todo el Norte, se compran libros, aunque sean caros. Si á un español se le ocurriera escribir unas Impresiones escandinavas, y venderlas á nueve pesetas el volumen^ tengo la seguridad de que se quedaría con sus impresiones dentro del.cuerpo.
El libro de Lundgren comprende Italia y España; pero de las 364 páginas de que consta, hay consagradas á Italia sólo 116; el resto está dedicado á España, y de él cerca de la mitad á Granada, á la que el autor vino dos veces. No. sé si la obra es conocida de algunos españoles, y aseguro que merece serlo; porque si bien el autor es hombre que observa muy superficialmente, tiene, en cambio, el mérito de ver muy bien, como artista, y de darnos lo que nos ofrece: impresiones pictóricas, las cuales interesan por su, exuberancia de color y por referirse á una época relativamente lejana. Lundgren nos visitó en 1849, y su obra, que para los escandinavos es un descubrimiento, para nosotros es una curiosa y á ratos graciosa exhumación. No será tiempo completamente perdido- el que dedique á reseñar las idas y venidas del celebrado Lundgren por España.
Procedente de Roma, llegó en Marzo del 49 á Barcelona, de paso: todas sus noticias se reducen á hablar muy por encima de la Rambla y de la Seo; de un paseo llamado el «Jardín del Explanado;» del Liceo, al que coloca entre los grandes teatros de ópera de Europa, al nivel de la Scala de Milán; del teatro Principal, en el que asistió á la representación de El desdén con \ el desdén, cuyos entreactos eran amenizados • por bailes con castañuelas; y por último, de algunas particularidades que le llamaron la atención en las ceremonias religiosas de las iglesias. Al mismo tiempo, como hombre aprovechado, se ponía en relaciones con un Profesor francés, M. Rambert, para aprender la lengua española, en la que no llegó nunca á ser muy docto, á juzgar por los disparates de que está sembrado todo el libro.
En Valencia la estancia fué más larga, y las impresiones recogidas más abundantes: habla del Grao y de la tartana «en que vino» á Valencia, y de la fonda del Cid, donde se hospedó, diciendo incidentalmente que las calles no estaban empedradas; de la Catedral, y en particular de la torre llamada «El Micaleta;» de la belleza de las valencianas y de algunas prendas de vestir, como la «media valenciana» y la «alpargata;» de la Academia de Pintura, donde copió un retrato de Velázquez, y de la Galería de Pinturas, en la que le llamó la atención la «Comu- i nión de María Magdalena,» de Espinosa, y el [ San Francisco, de Ribalta; de la iglesia de los Mártires y de la Biblioteca de la Universidad,, sin olvidar la excursión reglamentaria á Murviedro, la antigua Sagunto. Sus relaciones personales le debieron de dar escasa luz sobre nuestro país, pues á excepción del bibliotecario de la Universidad, todos sus tratos fueron con extranjeros, en primer lugar con artistas de una compañía de ópera italiana, que daban, como él dice, la Ga^^a Ladra y Lucia, mezcladas con zarzuelas, fandango y jaleo. Sin embargo, tuvo ocasión de aprender á perder el tiempo en el cafe Suizo; de conocer á una Carmen, á una Dolores y á una Mariquita, y de tomar nota de una coplilla que le llamó mucho la atención: De la raíz de la palma Hicieron las Isabeles Delgaditas de cintura y de Corazón crueles.
No creo necesario advertir que la manera de partir los versos de la copla es invención de Hr. Lundgren.