SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

Spanish

Page 7 of 12

De Valencia pasó á Málaga, tocando brevemente en Alicante, Cartagena y Almería, de las que no dice nada interesante. Sólo al hablar del escaso movimiento que notó en Alicante, aprovecha la ocasión para dar á conocer, estropeado, un modismo español, pues dice que no habia «más que cuatro gatas,» en vez de cuatro gatos.

En Málaga un amigo siciliano le llevó á una casa de pupilos con «patio y corredores,» donde por primera vez se encontró nuestro viajero «verdaderamente en España.» Describe el trato que Catalinita, la pupilera, le daba por diez y seis reales, y exclama al fin: «¡Hvilket Eldorado!» No obstante, los días que permaneció en Málaga fueron muy pocos, y sólo tuvo ti^npo para conocer á un pintor, Cortés, que le descubrió los «misterios artísticos» de la ciudad, sía olvidar las figuritas de barro, y á un ex-militar, Quesada, que le entusiasmó cantando las 4<seí^uidillas de los enamorados.» Con esto, y con describir cómo se pela la pava y citar la frase «se mi busca la ley, á Málaga mi voy,» da remate á sus estudios malagueños, y emprende en diligencia (pues entonces no había tren) el via|e á Granada. A media noche salió de Málaga, á las once llegó á Loja, y á las seis de la tarde estaba hospedado en la «Fonda de la Minerva,» en una habitación semejante á la «celda de una cárcel,» y puesto de acuerdo con el excelente guía Arabal para subir á la Alhambra al día si-{íuiente, á las cuatro de la mañana, antes de la salida del sol. Esto ocurría en Mayo de 1849.

Hago gracia al lector de la descripción detallada de la Alhambra que trae el libro de Lundgren. La impresión primera del pintor fué que todo era más pequeño que él se lo había imaginado; pero sin que esto rebajara el valor artístico del monumento. En el Generalife lo más notable que encontró, según parece, fué una chica de diez y siete años, parienta del jardinero, de laque habla como de una beldad maravi-r llosa. Y su primera impresión sobre nuestra ciudad es entusiasta: aunque el autor ha recorrido casi todo el mundo, no ha encontrado nada i8o que tenga conexión con Granada, «tipo original é incomparable, de extraordinario valor para un artista.» «Durante el día todo está inundado de colores de extraordinaria riqueza y magnificencia, y por la noche, bajo el cielo de azul intenso, la ciudad está como revestida de espíritu romántico...» «El aire es puro, claro y cargada de aromas y de fuego; una mansión que ni soñada para el amor.»

La visita á la Catedral ocupa dos largas páginas, y contiene varios detalles que hay que omitir por ofensivos al espíritu religioso de mis lectores. Al autor le choca el excesivo lujo con que están vestidas las imágenes y adornadas las capillas, y se permite algunos rasgos humorísticos de gusto más que dudoso. Para concluir su primer capítulo, habla de la Cartuja en sentido bastante desfavorable, y refiere cómo, llevado de su deseo de estar más cerca de las bellas salas de «Linda Raja,» dejó la «Minerva» y se hospedó en la Alhambra, en casa de la «corpulenta personalidad» de Carmen.

Sigue inmediatamente un cuadro curioso y hasta histórico: la descripción de la corrida de toros dada en honor de los Duques de Montpensier. El entusiasmo era tal, que nuestro artista tuvo que tomar el billete con anticipación, cuidando de que fuera de sombra, porque al sol el calor es insoportable. Fué á la plaza á las cuatro, y le llamó la atención la algazara del público, así como la procesión de los toreros («tjuri8i faektareprocessionen») al toque de la marcha real; describe á los banderilleros y chulos, que «ran seis; al espada ó «doedaren;»á los picadores ó «caballeros que van armados de largas picas^ y á las muías con sus sonoras campanillas y banderas. Los toreros se arrodillan y rezan ante la imagen de la Virgen; después cada cual se va á su puesto; el «matador» saluda gravemente á la Princesa, é hinca una rodilla en tierra hasta tanto que se le permita comenzar el «juego,^ porque — dice el cronista— á esto le llaman juego (<<lek»). La Infanta arroja la llave á la arena como signo de su graciosa concesión, y empieza la lucha. Suenan las trompetas y sale el primer toro, que es negro, brillante, la sangre y los ojos llenos de furor; va adornado con una moña azul y blanca, sujetai con un gancho de hierro. Sigue en los términos más complicadois la descripción -de las correrías del toro, encuentro con el picador y caída de éste, así como su salvamento por los banderilleros; segundo y más terrible choque, en que el caballo cae muerto, redondo, «no obstante la grave herida que el toro recibe en el lomo.» Siguen los banderilleros, con sus pinchos delgados y cortos adornados de papel, que hacen al toro bramar de coraje, y por fin el matador, con su «muleta» ó «bandera roja» y espada de Toledo («toledovaerja»), se dirige ante el palco de la Infanta con la misma seguridad que si no hubiera toro en el redondel; cae de rodillas con la «montera» en la mano, dice algunas ;^:: > -j 1 82 / ;^:: > -j 1 82 / palabras y va luego contra el toro; con la bandera roja le lleva de izquierda á derecha, hasta marearlo, y luego, firme y seguro, le clava ef estoque en medio del corazón. El toro muerer bravos de las masas populares; lluvia de cigarros y «petillos,» y hasta de bolsas con dinera sonante; sombreros y chaquetas, que los chulosdevuelven á sus propietarios, mientras el matador, con gestos graciosos no exentos de majestad, y con la sonrisa en los labios, va saludando á los qué le aplauden. A todo esto, un mozo había clavado al toro un cuchillo ó puñal,. y las muías galopaban arrastrando los despojos mortales.

Vuelven á sonar las trompetas y sale otra toro, que «era castaño y más salvaje si cabe que el anterior.» Varios caballos fueron destrozados, y un picador fué arrojado tan alto, que cayó sin sentido y hubo que sacarlo fuera del redondel. El tercer toro no quería pelear y hubo que echarle perros de presa. El cogió á dos conlos cuernos, y los tiró por alto mientras pisoteaba á un tercero; le echaron nuevos perros, y,. por último, un mozo, con una cuchilla, le cortó una nalga; y cuando estaba en tierra el infeliz animal con los perros colgados, le clavaroiv la puntilla. Esto era tan despiadado y miserable, que se puede dudar de si intervenían seres. humanos. Cinco toros fueron muertos, pocomás ó menos de igual modo, y muchos caballos destrozados (total, 23). Uno de los toros sal- * - ' • 18 j * - ' • 18 j tó la plancha que separa el redondel del público, y era de ver cómo corrían los mozos, poli-, zontes y aguadores. Un chico fué retirado casi muerto. El espectáculo terminó mucho después de ponerse el sol; y el público, tanto señoras como caballeros, estaban contentísimos por el buen rato que habían disfrutado; «y yo— agrega para terminar el revistero sueco — hubiera sido considerado como hombre sin pizca de gusto si me hubiera atrevido á decir que el combate de toros («tjurfaektning») no me había proporcionado ningún placer.»

Si se tiene en cuenta que hace medio siglo las corridas no eran tan populares en Europa como hoy lo son, y que no hay medio humano de expresar en sueco ningún término taurino, la revista de Lundgren es una obra maestra de exactitud y colorido. El cronista no sabe distinguir el mérito artístico de los toreros, ni nota las diferencias que hay en las lidias de cada toro, porque no hay posibilidad de que un europeo, que no sea español, comprenda un espectáculo romano y moro y á la vez creación de dos civilizaciones comprendidas ep Europa sólo por la lectura de libros, es decir, teóricamente. Yo he asistido á la representación de un drama chino, y si me viera obligado á relatar mis impresiones, no podría hacer otra cosa que describir el escenario y agregar que salían actores muy semejantes entre sí, articulaban sonidos al modo de los papagayos, recorrían la escena seguii84 dos de numerosa comitiva y se retiraban para dejar el sitio á otros que hacían casi lo mismo, y así sucesivamente.

Se dirá que esto me ocurrió por no conocer el chino, y yo replicaré que la dificultad no estaba en no entender el idioma, sino más bien en no comprender el arte dramático de la raza amarilla. Anoche asistí al estreno del último drama de Ibsen, representado aquí antes que en ningún teatro de Europa: John Gabriel Borkman i y por mi falta de costumbre de oir el lenguaje teatral sueco, muchas frases se me escapaban; y esto no me impidió comprender exactamente toda la obra y apreciar en su integridad la fuerza del gran^ tipo trágico concebido por el dramaturgo noruego. Un caso más demostrativo aún: son contadas las palabras que conozco del finés, y, sin embargo, he ido al teatro finlandés á ver la tragedia Kullervo; no saqué en limpio más que dos palabras: veitsi, cuchillo, Y pacivae, día, y, sin embargo, me interesé vivamente por las desventuras del Edipo finlandés.

Aunque pierda mucho, el arte teatral puede subsistir sin el auxilio de la palabra, siempre que sean conocidas las reglas generales de la acción dramática. Los dramas chinos son excesivamente largos: suelen durar varios días; la acción es muy lenta y complicada; casi todos los personajes que yo vi salían seguidos por numerosas comparsas que, por lo visto, deben reprei85 sentar el papel del coro.de la tragedia griega; á la hora de espectáculo me fui yo aburrido, y { acaso no habían dicho todayía nada de particular. Los largos intervalos de la acción deben de servir para que el público tenga tiempo de saborear lo que queda dicho; y así ocurre que cuando dicen alguna gracia, hay espectador chino que se pasa cinco minutos riendo á carcajadas sin temor de perder la gracia que viene después. Un conocido mío que ha concurrido á representaciones teatrales en China, me decía que lo que más le interesaba era el reir de los chinos, semejante al cacareo de los gallos, y la extraña costumbre de lavarse durante los inacabables espectáculos. Cuando el calor es insoportable, se aprovecha uno de los intervalos para llamar á unos hombres que van por los teatros — comg por los nuestros los vendedores de agua y merengues — con jofainas y toallas: por una cantidad insignificante se lavan las rapadas cabezas y se quedan frescos como lechugas. Y bueno será declarar que con una sola toalla se lavan centenares de personas, con un espíritu de fraternidad que para nosotros lo quisiéramos los cristianos de Europa.

Pero noto que la digresión es demasiado larga, y lo que es peor, que no tiene nada que ver con el libro que reseño. Mi idea era demostrah lo difícil que es comprender las obras de civilizaciones distintas de la nuestra y justificar á Lundgren de los disparates que comete, menos graves que los de muchos europeos que han intestado dar á conocer nuestra fiesta tauromáquica. Buena ó mala la descripción de Lundgren, es la más conocida por estas alturas. Con elia, la ópera Carmen y algún que otro cabo suelto, basta para que se nos tenga por un pueblo aparte en el «concierto europeo.»

Después de la corrida de toros habla nuestro autor de una juerga en un ventorrillo de la Alhambra, organizada por varios estudiantes amigos de un profesor Cubí, compañero de viaje de Lundgren desde Valencia. El héroe de la fiesta fué un «canónico» llamado D. Pedro, que, invitado por uno de los estudiantes, entra diciendo: «Ave María Purísima,» y concluye por gritar *Evviva las mozitas;» «¡Ay de mí!» y aquello «Del cielo luciente estrella, Granada bella.» Aunque el canónigo resulta luego ser cura á secas, da un tono demasiado vivo á este cuadro, que termina por algunas frases sobre la procesión organizada en honor de la Infanta.

Luego de hablar nuevamente de la Alhambra y de sus inscripciones, y de describir la «Torre de la Cautiva» y la «Puente de las Avellanas» (como él dice), da cuenta de un interesante baile que tuvo lugar en la Alhambra, y que fué organizado por la Maestranza en honor de los Duques; y para hacer pendant, de una danza gitana, con cuya ocasión habla de la ilustre gitanería granadina. El capitulo termina con la des-<^r¡pción de la procesión anunciada y con una i87 excursión nocturna interrumpida por un destemplado «¿quién vive?» al que contestó Lundgren con el alma y con el corazón: «¡España!» Y lo dejaron pasar.

Sigue hablando el autor de los temas más variados: del cochero Napoleón y de una subida al «Monte Sacro,» desde donde describe con entusiasmo nuestra vega, y de su excursión á la Sierra Nevada, emprendida con arreglo á los sanos principios de la ciencia alpinista. Refiere sus impresiones de viaje; su vistazo á Granada desde el sitio que él llama «el último suspiro del moro;» sus paradas en Lanjarón y Orjiva, y su feliz encuentro con unos estudiantes y varias señoras montadas en muías. Bien pronto se organizó una fiesta, de la que fueron héroes una de las señoras, llamada Donna Leonora, y el estudiante D. Alfonso. De Doña Leonora conservó la siguiente expresiva copla: c<No yo temo á las partidas, Ni tampoco á los caminos; Se va á un lado un mozo tino, Esencia del bien querer.»

Y D. Alfonso le dio á conocer, refiriéndola á todos los reunidos, la Leyenda de Abdul Hassan, que llena ella sola i5 páginas del libro. El 22 de Julio tuvo lugar la ascensión á la Sierra, Los expedicionarios éramos cinco — dice el sueco aprovechando la ocasión para arañar un i88 poco á sus «amigos» los rusos: — Garhardt, Frie- <írich (dos amigos alemanes) y yo; un ruso, Ruloff, y el mozo ó mulero. Subieron al Picacho para ver la puesta del sol; y encaramado en aquella altura, Lundgren descrjbe el panorama •con tan brillantes colores, que no creo haya sido superado por ninguno de los infinitos á quienes ha inspirado nuestra sierra. Al día siguiente nueva ascensión para ver la salida del sol, y íiuevo cuadro pictórico, más brillante aún que «el primero; el entusiasmo lleva á nuestro artista á decir: «Aquello era níajestuoso; era süpraterreno: parece que entonce vi yo el sol por primera vez en mi vida,» De regreso de su excursión, Lundgren decidió dejarnos; serfespidió de la Alhambra y de Carmen y su familia, y tomó asiento en la diligencia de Málaga, en el pescante, entre el mayoral y el zagal, entre el «cochero y su primer ministro.» La muía que va delante — dice el viajero — se suele llamar «Generala,» «Capitana» ó «Brio-•sa,» y las demás «Carbonera,» «Coloevra,» «Valerosa» y «Pastora.» Desde Málaga, por Gibraltar, Tarifa y Cádiz, á las que dedica muy pocas líneas, se dirigió á Sevilla, donde le chocó en primer término lo estrecho de las calles y la poca altura de las casas; pero agrega: «No conozco ninguna ciudad que, como ésta, se haya apoderado de mí desde el primer instante.» Desde el primer día Lundgren se encontró en Sevilla como en su casa; halló entrada en «tertulias» y reuniones familiares, y trabó amistad i:on muchas personas, de las que nos habla continuamente: el pintor alemán españolizado D. Federico Ludwig; D. Marcos Pereda, que^ sacó á Lundgren de casa de la señora María. Francisca y lo llevó á la de Barrera, en la calle de la Muela; el actor Osorio; los hermanos Bontolón; el americano Villamil, y casi todos los. concurrentes al Casino Sevillano. La parte del libro dedicada á Sevilla es la única en que aparecen cuadros de la vida española. En Granada lo principal son los monumentos y los paisajes; en Sevilla los tipos y costumbres: se habla mu)r someramente de la Catedral, del Alcázar, de la Casa de Pilatos, del Hospital de Caridad; pera abundan los croquis de escenas andaluzas: un baile ejQ casa de Miguelito, donde el autor vió^ bailar «el fandango, la cachucha y la sandunga;»-bailes gitanos, tipos del barrio de Triana; relación de la desventura amorosa de Pepa la Bruja; romería á Torrijos; excursiones marítimas; entierros y muchos más, que en conjunto dan una idea aproximada de la vida sevillana á mediados del siglo. Como es natural, siendo el cronista pintor, la parte más extensa es la dedicada á la escuela de pintura y á los artistas sevillanos y á los tipos pintorescos andaluces, de los cuales, en particular de mujeres, ofrece al lector una riquísima galería. De algunas bellezas lleg6 hasta á hacer el retrato, y de ellos cita -los de la señorita Encarnación Reyna, hija del boticaria de Algeciras; de Carmen Buzón, famosa bolera que volvía loco á todo el mundo bailando «el ole,» y de la graciosa Jesusita.

Después de una breve estancia en Córdoba, i^donde sólo le llamó la atención el «Arrizife,» las ermitas, una comida en que hubo garbanzos y tomate y buen vino de Valdepeñas y Monti- Ua, y la Mezquita, regresó Lundgren á Sevilla, en la que cpntinuó sus estudios «juerguísticopictóricos:» encierros, cacerías, escenas tauromáquicas, historias de bandidos (hay una muy sugestiva con el melodramático título de «Et Chatos doed» — «La muerte de El Chato);» — des-<:ripción de la Feria; bailes en casa de Félix García (el primo de la Malibrán); en fin, e] cuento de nunca acabar. Dú folklore sevillano trae Lundgren sólo estas dos coplas: «Piensan los enamorados. Piensan, y no piensan bien; Piensan que nadie los miran, Y todo el mundo les ven;» aNo mí haga usted cosquillas, Que mi pongo colorada, Que mi gusta á mí la gente Que tiene formalidad. Coa el vito» vito, vito, Con el vilo, vito, va; etc.»

Nótese la perspicacia instintiva con que el sueco caracteriza dos regiones desconocidas pa- IQI ra él con sólo dos coplas: la Andalucía alta está en la copla «De la esencia del bien querer,» que canta Doña Leonor en el camino de la Alpujarra; la Andalucía baja en la canción del «Vito, vito,» «Sevilla, oh Sevilla— concluye Lundgren, — corona de la primavera, — dulce país de mi morena, — alegría de mi corazón.)^ De Sevilla vuelta á Córdoba, deteniéndose en Carmona, descripción de la Mezquita, y regreso á Granada por Bailen. Guando regresó á Sevilla, entró en la ciudad como quien vuelve á su casa; al regresar á Granada no aparece en su relato más que la Minerva, Arabal, Garmen, el cuarto en la Alhambra y la indispensable gitanería. Hay que reconocer que éramos muy ariscos en 1849: entonces no hacíamos caso de quién nos visitaba. Hoy es otra cosa: en iSgS nos visitó uno de los escritores franceses de más nombradla entre los jóvenes, Maurice Barres, quien ha escrito y piensa escribir en serio sobre cosas de España; y aunque le ocurrió lo mismo que á Lundgren, tuvo siquiera la satisfacción de protestar en letras de molde en una carta publicada en El Defensor. Lo único nuevo de que nos habla el pintor sueco en su segunda visita es de sus paseos por Granada, en los que salen á relucir el Zacatín, «La puerta de las Orejas,» llamada también de «Los cuchillos,» los Mártires y algún detalle olvidado en la primera.

En comparación con Andalucía, el resto de España le pareció á Lundgren muy prosaico; su estancia en las demás ciudades españolas que visitó fué breve, y sus impresiones muy ligeras. De Madrid sólo le interesó la Puerta del Sol y el Museo; de Toledo, á donde fué recomendado por la «amable señorita Emilia de Gayangos,» da una descripción muy sumaria, pero en la que se aprecia bien en conjunto el carácter histórico y artístico de la ciudad; por último, hizo breves visitas á Cuenca, Valencia y Barcelona, desde donde se embarcó para Londres.

Del interesante viaje de Egren Lundgren se destacan con gran relieve sobre los demás las dos ciudades andaluzas, Granada y Sevilla, cada una con su carácter propio. Granada es la ciudad que encanta por el color, y Sevilla la que seduce por la gracia: en Granada lo principal es la.luz, el paisaje, los monumentos; en Sevilla, la vida, los tipos, las costumbres. En el relato de Lundgren aparece Granada como adorme -cida y casi muerta; faltan «personas:» sin duda en 1849 todos los «hijos ilustres» de Granada es~ tabaade viaje, y los que no eran ilustres estaban metidos en sus casas. El único apellido granadino que cita el autor es al de Marín, á cuya casa fué alguna vez. Si hoy volviera á nuestra ciudad, encontraría menos carácter morisco y romántico y la misma oposición entre la ciudad y los habitantes; en Granada hay dos cosas inmutables: el ambiente, que por fortuna está fuera del alcance de los reformadores, y el filosofastro pintado magistralmente por Méndez Vellido en su artículo Lo inmutable, el hombre telaraña que se sonríe con desprecio de todas las escobas inventadas por la moderna civilización. Todos nosotros, quién más, quién menos, tenemos algo de telaraña: andamos arrinconados para que nos «dejen el alma en paz.» Somos perezosos, y cuando creamos algo, nuestras creaciones, hijas de la pereza, se mueren al poca tiempo por no tomarse el trabajo de vivir.

Se trata de crear en Granada algo que sea como un núcleo de vida espiritual: se funda, por ejemplo, un Centro artístico; y este Centro comienza á seguida á dar tumbos, y sus papas 6 fundadores lo^ven morirse con una calma digna de los más aplaudidos estoicos. La causa de eso, se dice, es «la falta de espíritu de asociación;» y dicho esto nos quedamos más tranquilos todavía. Pues bien: aquí donde yo escribo hay mucho espíritu de asociación; y las Sociedades na tienen socios bastantes para cubrir los gastos, por lo mismo que son muchas y la población es pequeña. Ocurre todos los días que ésta ó aquella Sociedad no puede seguir adelante, y en- vez de lamentarse de la indiferencia del público, decide sacarle los cuartos con la mayor suavidad posible y organiza una «función de auxilio,» como aquí se dice, con el concurso gratuitode los que se interesan por la Sociedad. No-há mucha dio una la Sociedad filarmónica, y he oído decir que sacó más de cuatro mil duros limpios de polvo y paja.

19+ Y donde quiera que se aplique el sistema de la forma aquí usada, el resultado es seguro, porque el público acude siempre que le tocan en el punto sensible. Una función de auxilio es interesante, porque no es un espectáculo vulgar, con artistas pagados, sino una obra de la Sociedad misma: los que hoy asisten como espectadores, mañana serán los ejecutantes. Un catedrático da una conferencia; una señorita baila, y la otra canta; las que no tienen habilidad para otra cosa sirven para figurar en cuadros vivos, en los que se reproducen cuadros de artistas célebres; las señoras serias regalan labores, que se venden- en una rifa organizada para llenar los intermedios del espectáculo; hay quien recita poesías, y quienes dan representaciones dramáticas de obras escritas con este objeto por escritores locales, y hasta suelen terminar estas fiestas por un baile general. Todas estas cosas hay medios de hacerlas en Granada, salvo en lo tocante á la intervención de las señoritas, que pondrían reparos para salir á las tablas de un teatro á bailar y á figurar en cuadros vivos; habría que contentarse con que tocaran el piano ó cantaran. Pero por algo se ha de empezar. La dificultad mayor es nuestro carácter, nuestro temor á echar á la calle nuestras miserias, nuestra costumbre de aguantarnos en silencio para no desentonar y de regirnos individuos y socie dades por la sapientísima regla de conducta: cada uno en su casa y Dios en la de todos. Estas prácticas no tienen más inconveniente que •el de impedir que se forme espíritu colectivo. ^Cuatro siglos largos después de la toma de Granada nos hallamos con que nuestra ciudad ha dejado de ser morisca para convertirse en aglomeración sin carácter. Tenemos todo lo que necesitamos: el paisaje y el hombre filósofo, el pinon udor (lo diré en griego para mayor claridad), el último retoño de Diógenes, el heredero del espíritu helénico. Pero este sabio, quizás por ser verdaderamente sabio, es un grandísimo holgazán y no ha querido hasta ahora molestarse ni siquiera para ponerse donde le vean. Por eso no le han visto ni Lundgren ni ninguno de los viajeros que nos han visitado y estudiado* Y <jranada continúa siendo una ciudad morisca sin moros, porque algo se ha de decir para entretener al honrado público.

I» -.

XII Vistas, pais£ge8 y cuadros pintorescos finlandeses.

La única persona á quien yo envidio á ratos en el mundo es un gallego natural de Viana del Bollo y casado con una sevillana graciosísima, Gloria Bermúdez; y no le envidio la mujer, sino la facilidad que Dios le dio para describir todas las cosas. «Ceferino Sanjurjo, poeta descriptivo,» reza la tarjeta de este hombre feliz, dado á conocer por Armando Palacio Valdés en su novela La hermana San ' Sulpicio, y recordado por mí siempre que cojo la pluma para describir algo y la suelto sin haber descrito nada. Sin duda tengo atrofiada la circunvolución cerebral donde habita el genio de las descripciones, porque de otro modo no me explico que teniendo dos ojos perfectamente sanos, una memoria fiel y una voluntad decidida, no me sea posible dar <cuenta de lo que veo.

Un amigo mío, que me trata con mucha confianza, me ha llamado seriamente la atención acerca de esta debilidad de mis facultades des— criptivas: — Casi siempre empiezas bien — me di - ce; — pero á las pocas lineas te tuerces, y en lugar de decirnos lo que ves, nos dices lo que piensas sobre lo que ves; lo que tú nos envías no son impresiones, sino opiniones: las impresiones te las guardas para mejor ocasión. Los lectores que hayan tenido la paciencia de leerte han perdido el tiempo y no tienen idea de lo que es ese país: tienen ideas teóricas sobre los habitantes; pero desconocen la manera de vivir exteriormente; cuándo, por ejemplo, la temperatura es de 20 ó 3o grados bajo cero, cuándo el sol no alumbra ó cuándo nieva varios meses seguidos. Allí debe ocurrir algo curioso y digno de mención, algo más interesante para un meridional que todo lo que llevas escrito hasta ahora.» Ante quejas tan fundadas, he tenido que someterme é hilvanar esta carta, que será descriptiva hasta el pumo que mis fuerzas la consientan.

El frío. Voy á sorprender á mis lectores dicténdoles que aquí no hace frío. Deatro de las casas se vive en perpetua primavera, y en la calle, envuelto en pieles, suda uno más que en verano. Sólo la cara, que tiene que ir al descubierto, se resiente de las caricias un tanto brutales de la nieve y el viento. De 10 grados para abajo, la barba se hiela y la cara se adorna con un marco de estalactitas; cuando se vuelve á casa después de pasear un rato, de cada pelo cuelga un carámbano, y al sacudirse suena uno como una araña de cristal. A los 20 grados lioran hasta las personas menos sensibles, y hay que tomar precauciones contra la congelación. En el interior, y al Norte del país, donde los fríos son más intensos y persistentes, ocurren desgracias todos los años. En los casos de congelación, si no se acude á tiempo con frotaciones de nieve y ^e presenta la gangrena, hay que amputar las partes congeladas: las narices y las manos son las que corren mayor peligro.

En las ciudades, con los medios de que se dispone para luchar contra el frío, los inviernos son agradables. Los días de frío fuerte son contados y pasan antes de que se los sienta: la temperatura corriente, de lo á 12 grados bajo cero, convida á pasear y á hacer excursiones en trineo por los campos cubiertos de nieve ó por los mares helados. Un finlandés me decía que no sabía lo que era pasar frío hasta que se fué un invierno á Niza, á lo cual le contesté yo que los únicos inviernos en que yo no había sentido ningún. frío eran los dos pasados en Finlandia. Aquí tienen termómetro hasta los pobres de solemnidad, y se sabe que hace frío porque el termómetro lo dice; la gente se abriga más ó menos, según baja ó sube la temperatura. Aún no he visto tiritar á nadie.

A mí me sirve de termómetro mi «staederska,»> mi pasante; cada día se presenta de un modo diferente: con pañuelo en la cabeza; con pañuelo y mantón; con chaquetón de cuero, ó con capotón de pieles y gorro que le tapa hasta las orejas: son cuatro ó cinco gradaciones termométrico-indumentarias. A veces llega con un brazado de leña para prepararme el baño, y casi cubierto de sudor me dice: — Hoy hace mucho frío: 12 grados bajo cero.

Lo que angustia más no es el frío, es la falta de sol: más luz da el suelo nevado que el cielo gris, triste como el rostro de un mudo; á veces una mancha rojiza marca el sitio por donde el sol quiere asomarle; algún día el sol luce al fin; pero sus rayos no calientan ni dan vida al paisaje, siempre silencioso, solemne.

La primera impresión que me produjo este país fué de tristeza. Llegué en invierno, y los campos, como los lagos, como el mar, estaban sepultados bajo la nieve; acá y acullá residencias veraniegas cerradas y viviendas de labradores, casas de madera pintadas de rojo muy obscuro; de tarde en tarde, grupos de casas, alf deas de aspecto pobre, y en algunas, no en todas, iglesias tan sencillas como las casas. El hombre pasa sin dejar apenas rastro. Se le ve caminar pesadamente con los brazos caídos, y á lo lejos parece, más que un ser humano, un topo que sale un momento de su topera; sus pisadas forman en la nieve sendas tan tristes y solitarias como las que van por entre los sepulcros en los cementerios.

En las ciudades, el poder nivelador y destructor de la nieve se halla hasta cierto punto contrabalanceado por otro poder muy prosaico, i 20I pero muy benéfico: el de los barrenderos innumerables que barren las calles continuamente, y las tienen más aseadas que las de aquellas otras poblaciones donde cae agua en vez de nieve, y;no se puede dar un paso sin llenarse de barro hasta las rodillas. Pero noto que empiezo á torcerme, y que en lugar de describir estoy aludiendo á la mayoría de los Ayuntamientos de España.

La primavera es un período de combate. La naturaleza no se va despertando poco á poco, sin esfuerzo ni violencia, sino quede la muerte renace á la vida con maravillosa pujanza. Antes que el sol derrita por completó la nieve, ya está el labrador labrando sus campos; todo crece como por arte de encantamiento: las hojas, las flores y los frutos se atropellan por salir en busca de sol, como si temiesen no llegar á tiempo; y en medio de esta orgía, de este despliegue de fuerzas acumuladas durante largos meses de letargo, sigue flotando en el aire la serenidad, la calhia, el silencio de los días invernales.

En un libro de extremada delicadeza, en el Trésor des Humbles, ha descrito Maeterlinck en frases sutiles, casi vaporosas, el alma de los niños predestinados á morir en los primeros años de la vida. Él los distingue de los demás en cierto aire de tristeza, que les nubla el semblante; cree ver en ellos signos misteriosos de esa ineluctable predestinación. Finlandia es como esos niños: el espíritu del país es siempre triste; en invierno vaga solitario sobre planicies blancas, inacabables, sin hallar donde acogerse; en verano lleva consigo el presentimiento de un próximo fin. Hay un período de muerte y otro período de vida; y en la lucha entre ambos, la muerte es la que triunfa, es la que imprime carácter al territorio, porque ella es lo substancial, lo permanente, lo verdaderamente eterno. Cuando empieza á caer la nieve, la atropellada vida estival, disparada como castillo de fuegos artificiales, se desvanece, dejando tras de sí, por testigos, los árboles convertidos en esqueletos.

Cuando la nieve se va, queda el agua. Finlandia es un país que va naciendo conforme se va retirando el mar: aún no ha acabado de nacer. El suelo muy quebrado, rocoso, y la vegetación desigual, que de él brota, despiertan á veces, como en los casos de atavismo, el recuerdo de una vida submarina. Lo característico del paisaje es la alianza de la tierra y del agua: el litoral no es recortado, sino que al concluir la tierra firme hace aún asomadas en el mar; todas las costas están sembradas de archipiélagos. En el interior hay también pequeños mares con sus grupos de islas. Finlandia es el país de los mil lagos: muchos de ellos forman á modo de sistemas ácueos con sus núcleos centrales, y son vías de excelente comunicación entre las diversas partes del territorio. Son innumerables los rápidos canales y cataratas, algunos muy visitados^ como los de Imatra y Vallinkoski, ó los diques naturales, como el celebrado de Punkaharju, que separa los lagos de Saima y Puruvesi.

Sometido á la influencia de este medio semilíquido^ el finlandés es el hombre más acuoso de Europa: su color es algo aguanoso; su cabello es por lo general rubio húmedo (si se me permite inventar este matiz); sus ojos serenos y poco expresivos, tienen algún parentesco con losde los peces; y por su afición á remojarse el cuerpo merece ya, francamente, ser clasificada como un bimano del orden de los anfibios. Hay baños que duran tres y cuatro horas, y en los. que se saturan de agua hasta las partes más recónditas del organismo; en el campo se bañan las familias en masas: el abuelo y la abuela; el padre y la madre; los hijos y las hijas, y si los hay, los nietos y biznietos, sin distinción de sexo ni edad, todos en cueros vivos, formando cuadros candorosos paradisiacos. En las ciudades no es esto posible; pero queda aún la respetable institución del baño para hombres, servido por señoritas bañeras, y en el campo se ha perdido también la pureza de las costumbrespatriarcales y ha caído en desuso una práctica muy loable: al llegar á una casa un huésped, el primer agasajo que recibía era el baño: la señora de la casa cogía por su cuenta al recién llegado, le conducía al cuarto donde el baño estaba dispuesto, le desnudaba y le escamondaba hasta dejarle más limpio que una patena. Yo .204