SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

Spanish

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.204 encuentro la usanza filantrópic.a y filosófica en alto grado. Cristiano es «dar de comer al hambriento» y «dar de beber al sediento;» ¿porque iio ha de serlo también «limpiar al que está sucio,» sobre todo estando el aguatan á mano, como aquí está por todas partes?

Finlandia es triste; pero su tristeza engaña al hombre y le hace creer que vive contento. El período de las nieves es propicio para soñar aletargado, como reptil que hace su laboriosa digestión, y al salir del letargo se cae en la embriaguez de los días interminables, en que el sol apenas se ausenta, en que desde el lecho, por las ventanas de par en par, ve uno desvanecerse las luces del crepúsculo vespertino, cuando surgen por Oriente las de la aurora. Entre el letargo y la borrachera corre veloz el tiempo y vive uno feliz: sólo turba e^ta tranquilidad la idea vaga <ie una vida más ene'rgica. La gente del país tiene acaso el presentimiento de esa vida; pero el •meridional tiene fijo el recuerdo, que á veces asalta violentísimo, y produce la incurable nostalgia. A mí me asaltó en la primavera, que es la época de las invasiones: los mercaderes ambulantes, muchos de ellos tártaros, llegan con sus telas orientales, árabes y persas; yo compré •un tapiz tártaro, fabricado en...Silesia. Los alemanes se pintan solos para estas bromas de la industria. Luego vienen los italianos.

Un vendedor de estatuas de yeso se mete por las puertas diciendo: — lo sonó toscano, signore.

f — y me obliga á comprarle los sempiternos Paolo y Francesca. Hay que proteger al arte. Una bandada de organilleros se desparrama por la ciudad: yo recibo diariamente la visita de uno, al que acompaña un mono muy travieso. Cuando el primer día entraron por mis ventanas lasnotas destempladas y chillonas de La donna e motile, ríase el que quiera, pero lo cierto es que me dio un vuelco el cors^zón. Entoncescomprendí lo que era vivir en este extremo-Norte; entonces comprendí que este país me tenía engañado con una vida feliz, aparente. A uno de estos organilleros que tocaba una canción del Tirol, le alargué un día, al pasar, una moneda; el viejo y desmedrado artista miró con ojos de deseo, pero continuó impávido danda vueltas al manubrio, con la misma fe con quedebe de acompañar el violín Sarasate.

Yo aguardé prudentemente á que acabase su faena; le di la moneda, y al marchar me dijepara mis adentros: — Si yo fuese capaz de dar vivas á algo ó á alguien, hubferagritiado ahorar ¡viva Italia!

XIII / Donde el corresponsal resuelve á su modo la tan debatida y manoseada cuestión de la reforma universitaria.

En una de las preciosas cartas que mi amigo Gabriel Ruiz de Almodóvár ha publicado no há mucho en El Defensor, soy, por equivocación, consultado acerca del problema irresoluble de la enseñanza oficial. Almodóvár se dirige á los peritos y cree que yo lo soy. Para convencerle de que se equivoca y para corresponder á la atención que ha tenido conmigo, dedicándome su epistolario, voy á explicar un plan completo de reformas que por adelantado sé que ha de acabar de desacreditarme á los ojos de las personas sensatas.

Al leer la palabra plan, hay ya quien se figura que voy á desenvainar un proyecto de ley con 5oo ó 1.000 artículos y un haz de reglamentos complementarios. No hay que asustarse, pues en substancia se reduce á estos tres puntos: I.° Las Escuelas de Bellas Artes quedan incorporadas á las Universidades.

2.^ En las Universidades se darán funciones públicas, científicas y artísticas.

3." Los fondos recaudados por este concepto serán destinados al fomento de la enseñanza.

Algunos amigos míos que creen que cuando yo escribo lo hago sólo para dar una broma á mis lectores, dirán: — ¡Ya pareció aquello! El corresponsal quiere convertir en teatros las Universidades. ¿Hase visto mayor desenvoltura? — Y yo contesto: —Quien en realidad da un bromazo al país es el Ministro, que, puesto de gran uniforme, sube á la tribuna parlamentaria y lee una ley de Instrucción pública con arreglo á los últimos adelantos pedagógicos. En España no quieren convencerse de que una ley sirve sólo para regular lo que ya existe con arraigo^ nunca para crear nada nuevo. La creación es obra individual ó corporativa; la ley es obra social, y viene ó debe venir mucho después. La reforma universitaria (y como ésta la de la enseñanza en general) está en las Universidades, no en el Parlamento; y lo que hace falta no son legisladores, sino hombres de acción y de sentido común que empuñen los zorros y sacudan el polvo á todos los organismos é instituciones.

Las Universidades están sometidas á. un poder centralizador, es cierto; mas no hay centralización tan estrecha que no deje resquicios por donde asome la iniciativa individual. El hacha corta el árbol; pero después salen los retoños sí el árbol no estaba muerto. ¿Dónde están las ini~ I ciativas de las Universidades, la promesa de que serían mejores si gozaran de su autonomía? Nuestras Universidades son edificios sin ventilación espiritual. La ciencia que en ellas se recoge es nociva, porque no sirve para crear obras durables, sino para armar el brazo de los pretendientes. De aquí mi idea de limpiar y ventilar, abriendo las puertas para que todo el mundo entre y contribuya con su presencia y con su bolsillo á implantar de hecho la reforma universitaria.

Las Universidades que aspiran á ser Escuelas de saber, no se contentan con enseñar rutinariamente cierto número de asignaturas, y dejar luego que los alumnos, los buenos y los malos, vuelvan las espaldas y se retiren con el título enrollado bajo el brazo. En el ejército es, y el soldado que sale con su licencia en el canuto, queda obligado á acudir en caso de llamamiento. Una Universidad debe conocer á sus alumnos, escoger á los que valen, y dirigirlos, auxiliarlos para que completen sus estudios universitarios con otros especiales, en que la aptitud,, la iniciativa, el esfuerzo individual obren con más desembarazo. Y para que esto ocurra, no es necesario aumentar el número de aulas, ni el de asignaturas, ni el de profesores, sino estrechar más las relaciones entre maestros y discípulos, disponer de fondos y distribuirlos con inteligencia y con justicia.

Si se consignara en el presupuesto del Estador una cantidad para pensiones de estudios, bolsas de viaje y premios, no se adelantaría gran cosa,-porque al venir el dinero de Madrid, vendría con él la lista de recomendaciones. En vez de enviar á Oriente á filólogos aptos para el estudio de las lenguas orientales, ó á las clínicas más adelantadas de Europa á alumnos escogidos de la Facultad de Medicina, enviaríamos á viajar de balde á unos cuantos paniaguados, que no sólo no harían nada bueno, sino que desacreditarían la Universidad que les subvencionase. Todos ^abemos lo que son en España las comisiones que costean los Ministerios: no es necesario insistir en este punto.

Para que una Universidad emplee bien el dinero, tiene que ganarlo ella misma; y para ganarlo, tiene que trabajar en algo que esté en consonancia con sus fines. ^fQué inconveniente hay en que se extienda el campo de operaciones, en que se atraiga al público y se le instruya deleitándole, como recomendaba Horacio, y sacándole los cuartos, como recomienda el positivismo cruel de nuestros democráticos tiempos? Ninguno. Un alumno paga su matrícula. Un espectador paga su entrada. Hay profesores y discípulos y local. Todo cuanto hace falta para poner manos ala obra.

Y á mayor abundamiento, para que á los experimentos científicos y á las representaciones de comedias clásicas acompañen los conciertos musicales y corales, se podría incorporar á la Universidad la Academia. Esta función quitaría á las Universidades el aspecto de sequedad que hoy tienen, infundiéndolas, con el arte vito, un espíritu más amplio y fecundo, y destruiría ciertas desigualdades irritantes ó que por lo menos á mí me irritan: por ejemplo, que un abogado ramplón mire por encima del hombro al violinista que sale de la Academia, y que para vivir tiene que tocar mediante unos cuantos ochavos allí donde la ocasión se le presenta.

Tenemos la manía de separar, cuando, por nuestro carácter indisciplinado, debíamos esforzarnos para unir. En el ejército se ha procurado combatir las exageraciones del espíritu de cuerpo creando la unidad de procedencia; en las carreras civiles podría hacerse mucho, si no se topara con la idea preconcebida, absurda, de que cada local idaá debe tener un centro docente, aunque sea por completo inútil. De las Universidades belgas salen notabilísimos ingenieros. Si yo propusiera la incorporación de las Academias de Ingenieros á las Universidades, dirían que no estaba en mi sano juicio. En esta UniversidaddeHelsingfors noven inconveniente en que en un mismo local se enseñe- Teología por la mañana y canto por la tarde; si yo hablara de restablecer la facultad de Teología, me tacharían de reaccionario: he propuesto lo dei canto, y me dirán que soy poco serio.

^•No será posible ensanchar un tanto el criterio mezquino, raquítico, exclusivista, con qué se juzga todo en nuestro país?

Y ahora voy á explicar por qué incluyo ea mis Cartas finlandesas ésta que parece no tener Tel,ación con Finlandia. El plan que yo he esbozado «grosso modo,» no es invención mía: yo no he hecho más que españolizarlo. No me gus-^ tan las imitaciones; aunque aquí he visto muchas cosas buenas, no aconsejaría nunca que se las copiara, porque al copiarlas se les quitaría la virtud. Pero hay cosas de esas que llamamos prácticas, que tienen un valor absoluto, que sort buenas en todas partes. Y en lo tocante á espíritu práctico y sentido común, no hay puebla que aventaje á éste tan desconocido y arrinconado de Finlandia. Aquí la instrucción general es privada, y sin necesidad de intervenciones, gubernativas, todo el mundo sabe leer y escribir. El Estado sólo organiza la enseñanza superior. Los estudiantes forman corporación; usan como distintivo, tanto los varones como lashembras, una gorra blanca, á la que en los grados superiores se agrega un borlón monumental. Hay quien lleva la gorra descansando sobre el hombro, y mira por encima de él y de ella á todos sus semejantes. Un estudiante es una per-^ sonalidad social y económica.

De uno que había concluido su carrera con treinta mil marcos de deudas, oí hablar con elogio: «Cuando le fían es hombre que promete.» La Corporación estudiantil tiene su pequelío palacio, la Studenthus, que dentro de sus propios fines funciona como un teatro sui ge-Jieris, pero abierto al público como los demás. Todo esto es imposible en España, y por serlo dejo yo á los estudiantes en la Universidad bajo la dirección de sus profesores. Lo que no es imposible es que los estudiantes trabajen y se aplÍ7 quen á obras útiles para la prosperidad del centro donde se instruyen. La Universidad de Helsingfors, aparte otros méritos, tiene el de ser útil á todo el mundo: á los alumnos, á quienes estimula por medio de abundantes pensiones y estipendios; á los aficionados á la lectura, prestando ios libros, sin exigir más garantía que un reciba en qye se escribe el nombre y domicilio del que 5e los lleva; al público en general, convirtiendo -^u Paraninfo en sala de espectáculos cultos, donde lo mismo da una conferencia un profesor {y suelen venir también extranjeros) que un concierto un artista de mérito eminente. Una notable pianista venezolana, Teresa Carreñó; Reisenauer, el discípulo predilecto de Lista; la cantante Eva Nansen, mujer del explorador del Polo Norte; el violinista austríaco Ondricek, y muchos más, han desfilado en poco tiempo por esta Universite-tetssolemnitessal. La última fiesta celebrada ha sido la del centenario del gran compositor Schubert. Según esta costumbre, todos los artistas dan en la Universidad uno ó varios conciertos escogidos para los inteligeníes, á cuatro y cinco marcos la entrada, y luega en Brandkorshuset (Casa del Cuerpo de bomberos) ün concierto popular á uno y dos marcos, al que concurre todo el mundo. Así se honra á los artistas, sin olvidar los derechos artísticos. del pueblo.

Si en este tiempo en que los histólogos y microbiólogos son dueños de la situación fuera yo médico, estoy seguro de que sería un ferviente hipocrático. Para mí, el que se pone malo y el que se cura es el hombre, todo el hombre: al medicamento local debe ir unido un sacudimiento inteligente de la naturaleza del enfermo, para que ésta acuda con su fuerza medicatriz innata y opere la total curación. Mi plan de reforma universitaria es también hipocrático: nada de cataplasmas ni de específicos; que las Universidades sacudan la modorra, y que por medio de la acción expelan ellas mismas sus malos humores y se conviertan en organismos sanos y robustos.

r XIV El 1.^ de Junio, dia simbólico de la organización económica de Finlandia, Vart land aer fattigt, skall sa bli Foer den, som guld begaer. En fraemling far oss stolt foerbi; Men detta landet aelska vi, Foer oss raed moar, fiaell och skaer Ett guldland dock det aer.

Por si en sueco parece poco extraña esta bella estrofa del himno finlandés, del vibrante y patriótico «Vart Land,» voy á darla á conocer también en lengua finlandesa para que mis lectores saboreen con los ojos y con el oído, aunque sea en un pequeño fragmento, cuanto hay de característico y de musical en esta lengua, hablaba apenas por dos millones de hombre^: On maamme koeyhae, siksi jaeae Jos kultaa kaipaa ken. Sen kyllae wieras hyloaejaeae Mut meille kallein maa on taeae Kanss* salojen ja saarien Se meist*on kultainen.

2ib «Nuestro país es pobre: así lo será — para quien oro ansie. — Un extranjero pasa mirándonos con desdén; — pero este país nosotros lo adoramos: para nosotros, con sus bosques, sus rocas y sus playas,— es un país de oro.»

Cuando Runeberg, el poeta más grande de este país, compuso estos versos de su canto á Finlandia, no pensó de fijo más que en ofrecer una imagen del intenso patriotismo de los fin- \ iandeses, un contraste entre la pobreza del suelo y la exuberancia del amor que tan ingrato terruño inspira á los que en él viven; y sin embargo,'sus palabras tienen un valor real, una significación económica. Finlandia es pobre, y es al mismo tiempo un país que da mucho oro, que vive en la prosperidad. «Vart land aer fattigt» es una muletilla que se emplea contra to -dos los abusos y excesos: contra el lujo, contra el alcoholismo, contra los vanidosos y petulantes que pretenden imprimir á la nación nuevos rumbos, ó vivir, como aquí dicen, «una vida de grande de España.» Y á fuerza de repetir que el país es pobre, logran encauzar todas sus energías del modo más aprovechado y útil. Quien vive con más desahogo no es el que tiene más, sino el que administra bien lo mucho ó poco que tiene. Este es el caso de Finlandia.

Desde el primer día que puse los pies en este país, comencé á leer periódicos, por supuesto sin entender lo que leía, sólo para irme acostumbrando. Y lo primero que oie llamó la atención fué una lista de anuncios que empezaban todos con las palabras: «Fran i:sta Juni» (desde i.*^ de Junio). Me figuré que en esta fecha debía ocurrir algo muy gordo: celebrarse acaso una fiesta nacional como la del 2 de Mayo en España, ó la del 14 de Julio en Francia. — Tuve necesidad de consultar una ley recién sancionada, y vi que entraba en vigor el i.® de Junio; pensé buscar casa, y me dijeron que sería para instalarme en ella el i.°de Junio, que para antes con dificultad la encontraría, y estábamos en Febrero. En resumidas cuentas: los anuncios eran de alquiler, y lo único que significaban era que aquí se toman las Casas por años, de Junio á Junio, y que el día primero se verifica el cambio simultáneo de domicilios, la contradanza general de trastos finlandeses.

Me acordé en el acto de la viuda de Reluz. Esta viuda (por si alguien no la conoce, haré su presentación en regla) es una figura novelesca creada por Pérez Galdós, ó mejor dicho, descrita, puesto que la personalidad existe, y no sólo existe, sino que continúa mudándose de casa todos los meses, arrastrando su vida de caracol, con los muebles perpetuamente á cuestas. Ese tipo nómada civilizado lo pasaría aquí muy mal, porque estas sabias costumbres no permiten á nadie bromear con los contratos de alqui-Jer. El que no está á gusto en una casa no se ha de morir por aguantarse unos cuantos meses: en Enero la despide y busca otra; y desde que firma ^ 2l8 el contrato hasta el día i.® de Junio puede decir, sin que lo desmientan, que tiene dos casasr una que habita y que no le gusta, y otra que le gusta y que no habita.

El constructor finlandés es tardío, pero cierto: construye para sacar rentas. Aquí no gustan de ver casas vacías, porque esas casas son un capital perdido. En su novela ó estudio Ro-^ me, habla Zola del fracaso de los «ensanchadores» de Roma; de los que creyeron que Roma^ capital de la Italia unida, iba á convertirse en un coloso, y edificaron á destajo casas que están aguardando aún la llegada de los inquilinos. Zola ve en. estos modernos albañiles á los legítimos herederos del espíritu originario de Roma, el pueblo fundador y constructor por excelencia. Allá él se las avenga con su opinión. Yo me contento con asegurar que en todas partes hay «constructores de casas vacías,» excepta aquí, donde se posee un finísimo olfato económico. Si en España hiciéramos un balance de las casas que tenemos desalquiladas y del capital amortizado que representan, sacaríamos quizás millones bastantes para recoger toda la deuda exterior y para que se quedaran dentro de casa los intereses que van al extranjero.

A mí me daba que pensar esa circunstancia de mudarse todo el mundo á la vez: me figuraba algo semejante á una movilización en caso de guerra. Sin embargo, el problema queda resuelto con gran suavidad: no ocurre nada ni se entera uno de nada. La fecha de i.® de Junia está muy bien elegida; es la divisoria entre las dos grandes estaciones del año: el invierno y el verano. La primavera y el otoño existen, pera sin carácter. El verano dura de Junio á Septiembre, en que empieza el otoño y con él los primeros avances del invierno; y éste no se despide hasta que los mares se deshielan, á fines de Abril ó comienzos de Mayo. En Junio, pues, se abre la vida veraniega y muchas familias se van al campo á sacar todo el jugo posible á la bella estación; los estudiantes levantan el vuelo; las. playas se pueblan de anfibios, y las ciudades se quedan medio desiertas. Cuando se reanuda la vida regular, cada familia aparece en su nueva casa. El i.^ de Diciembre, entrada oficial del invierno, hay también una pequeña contradanza en la que se busca- el acomodo definitivo.

No faltarán censores graves que critiquen el sistema finlandés y se declaren en contra de taa extremada tacañería arquitectural. Estando las casas tasadas, temerán que si la población crece de repente haya quien se quede en la calle, y lo que es más sensible aún, que los propietariosse aprovechen de la ocasión y pongan los alquileres por las nubes. Así pensaba yo también, y después he tenido que rectificar. ELalquiler es aquí un tanto por ciento del capital empleado, una cantidad fija y prefijada, que no admite discusión ni regateo. Cuando faltan casas, no se aumenta el alquiler de las que existen, sino que se construyen casas nuevas. El alquiler es mujr -elevado; la construcción de casas es un buen negocio, y, sin embargo, no se construye más que lo preciso. Esta parsimonia es sin duda engendrada por el sutil instinto económico de que antes hablé, el cual se muestra en formas varias inagotables.

He notado al hacer los pagos corrientes, que ni una ve?p he recibido de vuelta 5o p:i en calderilla ni 5 fms. en plata.

Fms. son markkas ó marcos finlandeses, equivalentes á pesetas, y p:i, penni, céntimos.

El céntimo es útil hasta 4; para 5, 10, i5 ó 20, hay monedas de cobre de 5 y 10 céntimos; para ^5 y 5o, monedas de plata; de un marco á 4, monedas de plata de i ó 2 marcos, y de 5 en adelante, billetes de 5, 10, 20, 5o, ^tc. Estos billetes son pagaderos en oro, pero son preferidos al metal. El oro está en los Bancos; apenas circula.

Salvo en un caso excepcional, cada moneda tiene su uso marcado por su valor. El marco tiene uso entre i y 4; al llegar á 5, no tiene ya, nada que hacer, puesto que cuesta el billete «de 5. Si yo pagara aquí 100 marcos con plata, me mirarían con extrañeza; si diera un duro en calderilla, me echarían á la calle, y si sacara una peseta en «chavillos,» me encerrarían en el manicomio. No comprenderían, no comprenden que haya quien se complazca en dificultar una cosa tan* indispensable y corriente como el \ empleo de la moneda. La fraccionaria debe sólo servir para los pagos menudos, no invadir ni ensuciar los bolsillos de los míseros mortales; suprimen hasta el duro por demasiado grande^ y lo sustituyen con el billete de 5 marcos, merced al cual la circulación fiduciaria anula casi por completo la de moneda metálica.

Por si estas simplificaciones no fueran bastantes, se acude á otra mayor: por no tener el dinero ni en billetes, se les transforma en una libreta de ahorros, ó en un talonario de cuentas corrientes, ó en algo por el estilo; combinaciones no faltan, porque aparte del Banco oficial,, que tiene el privilegio de emisión, hay numerosos Bancos que se ingenian por recoger Iosahorros del público y sacarles la utilidad. Hay^ quien tiene en el Banco, no ya los ahorros, sino hasta el dinero dedicado á los gastos del día, y quien paga con un cheque cuentas de loó 12 marcos. Una cuenta corriente es en España para los pobres algo incomprensible; aquf tiene cuenta corriente cualquier pelagatos. Y la. razón de la diferencia es que aquí dan de interés el 2 por 100, mientras en* España no dan nada y aun ponen algunas cortapisas.

Un empleado cobra su sueldo, y en vez de llevarlo á su casa lo deja en un Banco; después va pagando con cheques, y á fin de mes no tiene nada en el haber; repite la operación doce veces, y al terminar el año se encuentra con que el Banco, después de guardarle los fondos y pagarle las cosas más menudas, le da de intereses i5 ó 20 pesetas, por ejemplo: ya hay para comprarse un par de botas, ó un gorro, ó una camisa. El atractivo es pequeño; pero basta para domar á los espíritus más medrosos y obligarles -á soltar el trapillo. Los Bancos no ganan ciertamente sumas fabulosas con tan estrujados y alambicados procedimientos; pero aunque no ganen, cubren los. gastos y dan de comer á un numeroso personal en que las señoritas tienen.numerosa y selecta representación..

Y el resultado final de estos refinamientos es -que no haya un céntimo en estado de reposo; que la poca ó mucha riqueza del país esté siempre en maños hábiles que sepan extraerle el jugo.

En Finlandia podemos registrar arcas y armarios con la seguridad de no hallar ningún «rincón:» se ignora lo que es una «talega,» y á nadie se le ocurre utilizar las medias y calcetines para poner á buen recaudo sus caudales.

XV Reconocimiento de una casa finlandesa desde los cimientos hasta el tejado.

La arquitectura finlandesa ofrece todas las ^gradaciones de la gama arquitectónica: desde el. palacio suntuoso hasta la cabana miserable, •donde se alberga el lapón nómada, acompaña - do de sus amigos inseparables, los renos. Hay, sin embargo, una construcción típica: la casa de madera ó traehus, que es la más barata, la más caliente, la que exige menos tiempo para su edificación...y la que arde con más facilidad. En Finlandia hay incendios históricos, en los que una ciudad entera ha desaparecido como por ensalmo. Para evitar esta terrible contingencia, se han impuesto restricciones prudentesí que las casas estén á distancia las unas de las otras, ó que no tengan más que un cuerpo de alzada; pero en las ciudades grandes, en que el terreno cuesta caro, el espíritu mercantil ha saltado por encima de las tracMciones é implantado la casa de pisos. Helsingfors, por ejemplo, es una ciudad sin carácter: sólo tiene un barrio llamado «Brunnsparken,» donde se puede vivir racionalmente, según lo exige la naturaleza del país. El «Brunnsparken» es un grupo de casas diseminadas, sin orden, en un bosque junto al mar. Aquí es donde yo vivo: el bosque, aunque está muerto, me recuerda la Alhambra; el mar helado me hace pensar en nuestra Vega; mi balcón, que da al mar, viene á ser el balcón del Paraíso. Después de nuestros cármenes no hay nada que me guste tanto en Europa como estas quintas ó «villor» de Finlandia.

Las casas á la antigua tienen patio ó «gard,» que no es un patio interior, sino un zaguán abierto, al que dan las puertas de las diferentes habitaciones, como en las casas de vecinos; otras veces las casas están aisladas dentro de una cerca y rodeadas por un jardín ó «traegard;» sólo las casas de pisos se ven privadas de estos desahogos; el patio ó corral se ha transformado —no se crea que en portería, como en España: aquí estrujan más el limón — en no muy amplia «ante-escalera,» donde, en un cuadro muy curioso, están estampados los nombres de los inqui linos juntamente con el número de «trappor upp,» 6 «escaleras arriba,» que hay que ascender para visitarlos.

Para construir una casa de madera (pues de las de piedra ó ladrillo no hay que hablar), se saca un cimiento tle material hasta un metro y medio de altura; sobre el cimiento se coloca un marco de madera, bien ajustado, con travesa-* ños; este marco representa el plano del edificio en sección horizontal; después no hay más que subir, clavando tabicones sobre tabicones y retapando las rendijas con estopa. La armazón del tejado lleva siempre una cubierta metálica. Apenas construido el armatoste de madera y empapelado interiormente, se puede habitar en él; pero aún no está la casa terminada: se deja pasar un año para que la madera se enjugue y se asiente, y después se la forra por fuera con una tela impermeable ó fieltro (filt) y con una tablazón pulimentada y á veces artística; se pinta la fachada^ se repasa el empapelado interior y la casa queda concluida, perfecta.

Estos detalles que doy aquí, y otros que daré, no son inútiles, porque nosotros tenemos una Sierra donde en invierno se podría vivir como en Finlandia y disfrutar de lo bueno y de lo malo que dan de sí los climas glaciales. Mi buen amigo Diego Marín ha tenido la idea de crear en Sierra Nevada una «Suiza Andaluza:» la idea es feliz; pero si los edificios que se construyan son puramente veraniegos, tendrán una aplicación tan fugaz, que acaso no rindan lo bastante para sostener el entusiasmo del capital, que es de suyo muy propenso á desalentarse. La cons-r trucción á estilo finlandés nos resolvería de plano el problema, pues por su doble uso nos permitiría tener durante el invierno una «Finlandia Andaluza)» en nuestra Sierra incomparable i5 é inagotable, y nos convertiría en una especie de compendio del globo terráqueo. He aquí un cosmopolitismo que á mí me gusta más que el vacío y declamatorio de los «dilettantis» del derecho internacional.

Lo primero que choca al entrar en una casa de aquí, es que las puertas no tienen cerrojos, ni candados, ni á veces cerradura. Mi puerta tiene un sencillo picaporte, y muchas noches queda entornada. El respeto á la propiedad ajena está profundamente arraigado» Se dirá que no teniendo nadie dinero en casa, no hay peligro de que se lo lleven los ladrones: esto es cierto; pero también lo es que cuando se quiere robar, se roba lo primero que cae á mano.

Con sólo franquear la puerta de entrada, se puede hacer un buen agosto desvalijando el «tambur» ó recibimiento, donde se deja toda la ropa de abrigo y los chanclos, sombreros, paraguas, etc., es decir, cnanto constituye la segunda vestimenta que hay que echarse encima para salir á la calle. Si se hacen diez visitas en un día, diez veces hay que repetir la operación de quitarse y ponerse todos los accesorios, en la que á veces^ se va más tiempo que en la visita misma. En los edificios públicos, cuando hay aglomeración de gente, un tambur ó vestuario es un pandemónium. En algunas ocasiones no hay más que soltar cada uno sus prendas donde puede, y tener confianza en que las hallará al salir.

Cuando hay mozos encargados de este servicio, tienen tal práctica,' que sin necesidad de chapitas numeradas, por una asociación rápida y segura de impresiones, apenas le ven á uno aparecer en la puerta de salida, se dirigen sin vacilar al sitio donde colocaron los objetos, recogidos á la entrada, y los presentan antes de que se los pidan. Dad á uno de estos modestísimos empleados un chanclo ó gorro, y al minuto os reconstruye el ser humano á quien pertenecen, con el mismo aplomo con que Cuvier reconstruía por un hueso todo un animal.

Dejemos el tambur y sigamos adelante. Sea cual fuere la distribución de las casas, todas tienen cierta analogía en lo esencial. Las habitatciones son las más precisas, pues una habitación inútil sería un capital perdido y una boca más, á la que habría que aplacar con combustible. Tanto habitaciones como pasillos, si los hay, j por de contado el «badrum» ó cuarto de baño (tan usual como la cocina ó «koek,í^ y la alcoba ó «sofrum»), tienen sus estufas correspondientes, altas hasta el techo y construidas con ladrillo especial, que conserva el calor y lo suelta poco á poco. Con cuatro ó seis trozos dé leña, que se consumen por la mañana en breves minutos, queda la habitación templada para todo el día, cuando los fríos no son excepcionales. La temperatura es casi igual por toda una casa: por no tener habitaciones frías, las despensas suelen csfar como las leñeras, en el sótano ó «kaella^ ren.> Pero á pesar de tan buen sistema de calefacción, no se conseguiría vencer el frío en toda línea sin el auxilio de los dobles cristales en las ventanas, del algodón con que se rellenan las rendijas de los marcos de ambos cristales, y del papel engomado con que se tapan por dentro las junturas de las ventanas, hasta incomunicar en absoluto el interior y el exterior. Sólo quedan en ejercicio unos respiraderos ó ventanillos que sirven para renovar el aire cuando no hay manera de respirarlo. La impureza del aire, por cierto, es el argumento de que se sirven las mu* jeres para justificar la necesidad de salir cuatro ó seis veces al día, aunque casi siempre sea para meterse en otros lugares tan mal ventilados como sus propias casas.

Yo entiendo que la afición á callejear proviene de la diferencia entre las temperaturas interior y exterior, la cual llega á ser hasta de Sa grados. Cuando la temperatura es igual, lo mismo da estar dentro que fuera; pero si es diferente, el deseo de cambiar obra comp impulsor; cuando se está fuera, gusta meterse dentro del primer sitio que se encuentra al paso. Yo he experimentado en mí mismo esta rara particularidad, este fenómeno, que no sé en qué ramo de la ciencia deberá catalogarse. ' Estos invernaderos se convierten en casas de verano en pocos minutos. Se desclavan y quitan las ventanas interiores, y se abren las que caen 2zg 2zg afuera, para disfrutar la frescura de la brisa <iel mar; se ponen toldos en lo^ balcones, y mesas y sillas en los jardines para comer al ^i^t libre bajo los árboles. Después de los banquetes, las jóvenes cantan en coro canciones impregnadas de esa alegría suave que sumerge el espíritu en meditaciones vagas, ó bien se embarcan en tropel en algún barquichuelo, y remando y cantando se alejan hacia los islotes desiertos de que están sembrados estos mares.

Pero no adelantemos los sucesos. Esto ocurre en el verano, allá en Junio ó Julio, y ahora estamos en Febrero y vivimos encristalados y empapelados. Dichosa tierra que durante meses y meses trata á sus hijos como á plantas exóticas. Cuando se piensa en los artificios de esta Tida de estufa y en algunos detalles que pecan, al contrario, por exceso de sencillez, como la^ camas, estrechas, duras como guijarros, se quitan las ganas de escribir; mucho más sí se posee, como yo poseo, la ineptitud descriptiva que hasta mis mejores amigos me reconocen. Por fortuna ya falta poco: conocemos el sótano y las piezas habitables; nos queda el camaranchón ó «vind,» qu^ sólo sirve para tender la Topa en invierno y para guardar trastos viejos (y hasta los nuevos cuando llega el i.® de Juhio y se deja una casa sin tener otra en que instalarse), y por el «vind» subimos al tejado, 4(taked,» donde hallamos aún algo interesante. SI subimos en día de fiesta, nos asustará el núme'^ 23©