SigPhi · Angel Ganivet

Cartas finlandesas

Spanish

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23© ro de banderas ó trapos de vivos colores que ondean sobre los tejados de la ciudad; se puede decir que aquí padecen de un delirio nuevo 6 no estudiado aún: el delirio banderil.

Y en cualquier día del año nos gustará ver la red telefónica, á trechos tan espesa como tela de cedazo; y más que estos alambres, nos agradará ver las bandadas de palomas que viven en la ciudad, libres y al mismo tiempo domesticadas,, corretean dolo todo como perros sin amo. Cualquiera puede cogerlas, pero nadie las coge: forman parte del ornato público, juntamente coa sus amiguitos los gorriones.

A eso del mediodía, cuando el «Salutorget»- 6 plaza del mercado se ve libre de su habitual y abigarrada concurrencia, en la que los pescadores se codean con los campesinos, éstos coa lols comerciantes de la ciudad, y todos con una clientela en que figuran todas las clases sociales, miles de palomas acuden á limpiar la plaza en competencia con los barrenderos; el resta del día corren desperdigadas por las calles^ y cuando se cansan, se suben á reposar en los tejados. ' No hay nadie que sea capaz de hacer daño á. lina paloma ni á ningún animal; y si lo hubiera, no faltaría quien lo metiera en cintura.

Hay protectoras de animales, y algunas no secontentan con protegerlos, sino que tienen coa ellos atenciones delicadas; yo conozco á una señora que pone á su puerta una vasija con agua y con un letrero que dice: «Vatter íoer hundar,» agua para los perros. Como quiera que los perros no saben leer, me parece que el aviso estará allí para que no se beban el agua las personas.

XVI Donde el corresponsal, auxiliado por su criada, satisface la curiosidad de una curiosa cocinera granadina.

Bien dice el refrán: unos crían la fama y otros cardan la lana. El cardador de lana soy yo, que sin darme aires de defensor del «feminismo,)^ 5in pedir instrucción para el sexo débil, he saltado por encima de las conveniencias sociales y he abierto cátedra en un periódico para tener discípulos de ambos sexos.

Yo pienso que si la montaña no viene hacia nosotros, debemos nosotros ir hacia la montaña; que en vez de ir buscando una á una para suministrarles el alimento espiritual en la misma forma que se les llena el buchecito á los pavipollos enfermos, lo que se debe de hacer es arro jar la semilla para que quien quiera la recoja.

No estoy disgustado de mi método. Hasta ahora mi mejor discípulo es precisamente un discípulo con enaguas: son muchos los que le superan en capacidad; pero él los supera á todos por el interés con que sigue.el curso de mis explicaciones. La alumna á que me refiero se me ha dado á conocer no há mucho por medio de una carta original y graciosa, que bastaría y sobraría para indemnizarme del tiempo perdida en escribir mis lecciones, si yo no estuviera ya suficientemente indemnizado con el gusto que recibo ál perder el tiempo sólo por perderlo* Cuando recibí la carta y vi que no se había extraviado, á pesar de traer las señas muy maL puestas, me figuré que sería algún mensaje fastidioso: los mensajes de este género llegan á su destino, aunque se deje el sobre en blanco. Luego hice un ligero análisis grafológico, y saqu¿ en limpio que la carta era de mujer: bastaba ver la D. irregular, abultada, como si estuviera en estado interesante. Y no sólo de mujer, sino de una mujer excesivamente curiosa y hábil ^ara los trabajos de cocina. Este último rasgo no era en realidad grafológico, pues lo induje de varias manchas del sobre, que daban á entender que los avíos de escribir habían estado cerca de la alcuza y del especiero.

Abierta la carta, vi que efectivamente estaba escrita por una cocinera, lectora asidua de El Defensor desde que empezó la guerra de Cuba.

Aunque el interés principal de mi comunicante se concentra en las noticias v en los telegramas, para ver si en ellos aparece el nombre^ de un su sobrino que allá está peleando contra los rebeldes, no deja de dar un vistazo á todo el periódico, y ha llevado su buena voluntad hasta hincar el cliente á mis Cartas, «A decir verdad— escribe la honrada cocinera, — yo no entiendo muchas cíe las cosas que usted escribe. Mi ama, que es una señora muy leída, es la que me las aclara; y ayer me explicó que lo que principalmente quiere usted dar á entender es que las mujeres deben de estarse en la cocina y nomezclarse en lo que no entienden.» Y á conti-r nuación, encadenando las ideas con más lógica que un Aristóteles, quizás creyendo que yo soy una especie de Brillat-Savarin, ya que doy á la mujer como única misión la de guisar, me pide que la ponga al corriente del estado culinaria de Finlandia y le envíe, si es posible, recetas de algunos guisos para contestar á su señora, de la que me dice en secreto que es una vieja tan empalagosa como sabia.

No creo necesario advertir que la susodicha vieja me ha levantado un falso testimonio. Na sólo no pido yo que las mujeres se estén en la cocina, sino que, al contrario, pido que las co-r ciñeras se instruyan, y aplaudo el arranque de la que á mí me ha escrito, la cual es segurar mente la primera que en España se ha gastada 1 5 céntimos por amor al arte culinario. La gracia hubiera sido completa si se hubiera gastado los 25 céntimos que exigía el franqueo de la carta; pero no es extraño que una pobre mujer se equivoque, cuando amigos míos abogados se equivocan también y me obligan á pa-. gar 20 céntimos por cada carta que me escri* ben. Y cito el hecho, no por los 20 céntimos^ sino porque pone de relieve lo incomunicados y arrinconados que vivimos en España, que la mayoría de los españoles no sabe siquiera franquear una carta para el extranjero.

Desgraciadamente no es Finlandia el país más *á propósito para sacar de él elementos con que regenerar la cocina española. El admirable buen sentido de los finlandeses no ha podido contravenir el orden de la Naturaleza, según el cual aquí no se crían las cosas más indispenisables para la vida, y particularmente para la 'vida de un español. No hay garbanzos; más <3iún: no se tiene idea de lo que es un garbanzo. Cl aceite es artículo de lujo: una botella cuesta seis marcos. El vinagre ó ^aettika» es un ácido, cuyo uso exige ó poco menos el manejo del cuenta-gotas. El vino, como artículo extranjero, en gran parte español, cuesta carísimo. Las frutas vienen medio verdes y son como el chocolate del ventero: caras, pero malas. Una naranja, 25 ó 3o céntimos. Tocante á legumbres, ia mayor parte del año hay que vivir de conser*-Vas. En materia de condimentos, se vive en anarquía. Es un problema, por ejemplo, hallar un ajo.

' Cierto día, leyendo el Quijote^ llegué al Capítulo de los segundos consejos dados por el ge* nial hidalgo al flamante gobernador de la ínsula Baratarla; y lo mismo fué leer aquello de «no comas ajos ni cebollas para que no saquen por el olor tu villanería,» que sentir grandes ganas de comer ajos, ó por lo menos de olerlos. Sia duda los españoles tenemos en el cuerpo el es— píritu de rebeldía cuando tan espontáneamente nos insubordinamos contra las prohibiciones, más sensatas. Varios meses transcurrieron, sia embargo, sin que mi rebelión pudiese tomar cuerpo: no veía ajos por ninguna parte, ni hallaba medio de hacerme comprender* Por fii> tuve la fortuna de hablar con una señora alemana, partidaria del ajo, y supe que en Finlandia este picante producto se vende en las boticas, y que tiene el mismo nombre que las cebollas, reforzado con el calificativo «blanca.» La cebolla es «loek,» y el ajo es «hvitloek,» cebolla blanca. Dije, pues, á mi criada: — Karolina,haga usted el favor de ir á la botica y comprar «ett hvitloeksbufvud»(una cabeza de ajos).— Mi criada volvió al cabo con la preciosa adquisición. — Quince céntimos me ha costado; pero los vale — me dijo: — mire usted qué gorda es, y que ade« más tiene tres hijuelos. — Aunque'' costara iSmarcos, los daría por bien empleados— contesté* yo. — Esto es muy bueno para el pecho — obser--vó mi criada...— pero no sabía que estuviera usted malo. — No es que esté malo, ni que tomeeso por medicina. En España los ajos se em* plean en muchos guisos excelentes, y hay también quien los come fritos y le saben á gloria. — Mi criaba se me quedó mirando, boquiabierta^ como asustada. Ella no sabe historia; que á sa-- berla, tengo la seguridad de que hubiera dicho como al final de los saínetes: — Ahora lo comprendo todo. Ahora me explico por qué los españoles se pasan la vida tirándose los trastos á la cabeza.

Algún hada benéfica me inspiró sin duda- el pensamiento de nombrar auxiliar ó pasante á mi criada, pues sin ésta no sé cómo me las compondría para salir del atolladero en que mi paisana me ha metido. Soy extremadamente torpe en asuntos de cocina, porque no le doy importancia al acto, para otros tan importante, de comer; me conformo con cualquier cosa y detesto los platos complicados, encubridores de secretos peligrosos. Si yo fuera gastrónomo, sufriría viendo el desorden culinario en que aquí se vive: en cuanto salen de* la cocina francesa ó afrancesada ó universal, puesto que en todas partes priva, caen en el salvajismo gastronómico.

Recordando el predicamento de que gozan ¿hí las ensaladas, he pedido una fórmula de ensalada finlandesa pura, y mi auxiliar ha hecho la siguiente combinación: ensalada de lechuga (que por cierto es más amarga que las tueras), picada muy gruesa; manteca derretida, vinagre, mostaza y azúcar en gran cantidad. Yo no me he atrevido á probar la horripilante amalgama: sería necesario forrarse antes con piel de oso el aparato digestivo. Esta cocina es demasiado fuerte para nuestros estómagos.

«39 «39 . Lo que se adquiere á más bajo precio es la carne (koet). Hay carne de vaca desde 70 céntimos el kilo; á 90 la mejor. Una gallina, un marco ó peseta. De diversos puntos de Rusia, envían pollos, conservados en hielo, más duros que ba-»-las de cañón. La mantequilla del país es exce-^ lente, y la manteca de cerdo ó «flott» se vende barata. La carne de cerdo tiene gran aceptación por lo mucho que llena y calienta. El pescado es endeble y soso: el que hace el gasto popular, al modo que en España la sardina^ es el «stroeming.» La leche (mjolk) es quizás lo mejor del país, y cuesta á i5 ó 20 céntimos litro; la crema ó «graedda» la venden separadamente para el café. El pan es también muy barato, y en todas las mesas lo hay de tres clases: de trigo, á imitación del francés ó del de Viena; de centeno, muy bien elaborado, y una especie de torta obscura, delgada y dura como una piedra. Lo más caro, y á veces imposible de encontrar, son los vegetales: sólo abundan las patatas, que son muy buenas, y que se venden por litros, como las manzanas y otros artículos análogos.

Con todos estos materiales bien se podría, creo yo, hacer algo-de provecho si hubiera finura en los paladares; pero las mejores intenciones quedan anuladas por el empleo exagerado de los condimentos fuertes y de las salsas inoportunas. Si Churriguera se hubiera dedicado á la cocina (con lo cual la Arquitectura no hubiera perdido gran cosa), hubiera sido un gran cocinero al uso finlandés.

La única creación original de estos guisanderos del Norte es el «smoergasbord,» literalmente remesa de cosas de manteca;» ó más claro, colección de entremeses útiles para abrir el apetito y á veces también para cerrarlo. En el «smoergasbord» figuran diversos embutidos y carnes saladas, pescados en conserva, ensaladas^ legumbres con varios aliños, amén de la manteca dominadora y triunfante, cuyo papel es el auxiliar de la deglución. Una comida comienza siempre por el «smoergas:» señoras y caballerosvan á la mesa consabida, y de pie picotean entodos aquellos platos, hasta que se sienten ya bien templados, acordes, para dar principio al concierto gastronómico; entonces se sientan á sus mesas respectivas, donde se les sirve la sopa y demás platos del «menú» (ó minuta, para no disgustar á los buenos patriotas).

Pero no paran aquí los servicios del «smoergas:» fuera de las horas de comida, sirve como «tente en pie.» En muchos lugares de reunión» nocturna funciona continuamente la mesa de las^ chucherías, y todo el que quiere reparar sus fuerzas puede acercarse y comer lo que se le antoje, mediante un tanto fijo: tres ó cuatro reales. En* las casas particulares es muy útil, porque existe la costumbre de dar de comer á los que van devisita; de vez en cuando circula la bandeja con el té hirviente v los bizcochos, y cuando la hora 24( 24( avanza y el té no produce ya efecto, se pasa al comedor y cada cual se atraca de lo que más le gusta. En las estaciones de ferrocarril también nos encontramos la mesa mágica: llega uno, coge un plato y lo llena á su satisfacción. Hay quien mezcla una tajada de carne, un alón de pollo, compota, un pastel y pepinillos en vinagre. Todo por un marco, y sin perjuicio de reventar si vienen mal dadas; pero no haya cuidado, no revienta nadie. Cada país es heroico á su manera, y Finlandia tiene acaparado el heroísmo más provechoso: el heroísmo estomacal. La cocina finlandesa es un teatro por horas; no hay en ella ninguna obra enérgica y contundente como nuestro cocido: todo se vuelve piezas en un acto, tontas ó insubstanciales, que comienzan por distraer, y concluyen por estragar el gusto y estropear el estómago de quien no está hecho á estos belenes.

iS XVII Cómo se divierten los finlandeses: diversiones populares.

Todos los pueblos tienen necesidad de divertirse, y todos se divierten; pero el modo de realizar esta importante función es muy diverso. La vida material nos obliga á asimilarnos elementos materiales; y la vida espiritual nos fuerza á recoger impresiones que son buenas ó ma* las, agradables ó desagradables, según nos coge el cuerpo. Una planicie inmensa, nevada, dicen los estéticos que es un ejemplo de lo sublime •estático; una tempestad de nieve será ejemplo de lo sublime dinámico. Pues bien: yo vivo en medio de lo sublime estático; y han descargado ^obre mí varias sublimidades dinámicas, que me han puesto hecho una sopa, y pienso que los estéticos llevan razón donde no nieva ó nieva poco; aquí se equivocan, porque el empacho de nieve quita las ganas de emocionarse, y engendra un cansancio, un aburrimiento, que no tienen nada que ver con la sublimidad. Lo mis^ mo ocurre con lo bello, con lo gracioso, con lo ridículo, con lo cómico, con lo jocoso, con lo burlesco ycon lo humorístico. Nada de eso existe en la realidad; todo está en nosotros. En Madrid cerraba yo mi balcón para no oir los organillos^ y la criada, «la chica,» los oía con delectación; aquí mi criada no les hace caso: soy yo quien paga y escucha. Mis ideas sobre los organillos no han cambiado; pero han cambiado mis impresiones, y yo doy más importancia á mis impresiones que á mis ideas.

Cuando algún observador superficial, puesr venga á Finlandia y note que el pueblo no se divierte, no se lleve de ligero, pues más tarde tendría que rectificar. Este pueblo se divierte^ sin duda alguna, porque tiene necesidad absoluta de hacerlo: si el observador no se entera de cómo y de cuándo esto ocurre, es porque no observa con la profundidad correspondiente. Yo^ fui una vez á un baile popular, ^.un baile de criadas y de horteras,» y contra mi costumbre^'. fui con un acompañante. El baile estaba amenizado con intermedios cómicos, mimos y payasadas, los cuales me hicieron recordar las estupideces de nuestros «jugueteros» clásicos. No he olvidado aún cierto juego granadino, al que sus autores llamaban «construcción de la Giralda:» salían dos maestros de obras, embozados en sendas capas, á reconocer el terreno que dejaban libre, los circunstantes sentados á la redonda en la sala (que era de las de candil en viga). Uno de los maestros, despojándose de su ^45 ^45 capa, procedía acto continuo á la medición y remedición del solar; y el «quid» del juego estaba (muchos lectores deben saberlo) en que el medidor llevaba colgado por detrás uno de esos malaventurados recipientes, que las personas «cultas han convenido en llamar vasos de noche, y esgrimiéndolo hábilmente ponía á la concurrencia en el trance más apurado del mundo, y la obligaba, por último, á despejar la habitación y á ceder gratuitamente el terreno para que los constructores oudieran extenderse á sus anchas. Algo semejante á esto en fuerza y finura espiritual fué lo que yo vi en el baile finlandés: un barbero que enjabona á sus clientes con un escobón de rama; un caballero que hace beber:agua á su señora en una pileta, y mil payasadas por el estilo, sin olvidar á un orador político y isatírico perteneciente á la edad de piedra del arte oratorio. Cuando este tribuno de la plebe •estaba más engolfado en su petoración, mi acompañante me dijo que por él no había inconveniente para marcharnos.— Deje usted todavía un momento: esto me gusta — le contesté yo. — Yo he hecho la indicación — me replicó, — porque viendo que tenía usted las espaldas vueltas al escenario, me figuré que estaría usted aburrido. — Es porque para mí el espectáculo está en la cara de los espectadores— agregué yo. — El orador ese, ya he visto desde el comienzo que es uno de los hombres más desgraciados ó sin gracia que hay en nuestro Conti-- ,346 ,346 nente; pero lo que me entusiasma es la risa inmotivada é injustificada de los concurrentes; esa facultad preciosa de reír porque les da la gana^ quizás porque al comprar el billete se propusieran reir y están decididos á reir aunque no salga nadie á la escena.

Lo que se dice de este baile entiéndase de todos los demás. En un baile de máscaras no se va á dar broma: se va á comer y á beber...con disfraz.

En Carnaval la gente se divierte mucho. ¿Có - mo? A mí me dijo una señora: — No deje usted de ir hoya la Explanada (la «Esplanadgatau)»' es como si dijéramos la Carrera, el paseo central de la ciudad): verá usted qué bonito está aquello. — Di una vuelta por allí y estuve atascado un buen rato mientras pasaban unas carretas á modo de cantareros, dentro de las que iban metidos muchos hombres á modo de cántaros. Pasé adelante, y no vi más; como lo que había que ver era lo que yo había visto. Aquí no se permiten máscaras por la calle, y la juventud, que es fácil de contentar, se contenta con vestirse como los demás días, á condición de que les dejen desfilar dentro de unas cuantas carretas, ante los ojos atónitos de la muchedunvbre, la cual es más fácil de contentar aún, pues se contenta con el tacto de codos. Debe notarse que aquí cierran los establecimientos los días festivos, y que en particular las tabernas se cie^ rran á diario á las seis de la tarde y no se abren los días festivos ó en que hay aglomeración de gente; todo esto por mandato expreso de la ley, para evitar que la gente se ponga alegre, y, sin embargo, la gente, aunque no beba, ni fume, ni coma, se alegra sólo de mirarse y de ver oadear en calles y tejados vistosas y juguetonas banderas.

Si el Gobierno finlandés quisiera hacer felices por completo á sus gobernados, no tendría que calentarse mucho los cascos: no tendría más que dejar libre la venta de bebidas alcohólicas. Con sus restricciones tiene cortados los vuelos á estas gentes pacíficas, que no piden otra cosa que trabajar durante el día y olvidar sus penalidades durante la noche, con auxilio de alaguna bebida fuerte que se suba pronto á la cabeza. Con el sistema actual no hay diversión completa más que los sábados. El obrero suspende sus faenas el sábado por la tarde, y apenas cobra su jornal se dirige con la rapidez del rayo á la taberna más próxima, y antes de que la cierren ha bebido lo bastante para estar sin sentido hasta el lunes por la mañana en que ha de reanudar sus faenas. El deseo dé embriagarse es tan concentrado, que si fuera posible reprimir la importación y la fabricación nacional de bebidas alcohólicas, cada ciudadano tendría en su casa un pequeño alambique para fabricar alcohol por su cuenta y riesgo. El finlandés es muy ingenioso, muy pacienzudo, y, sobre todo, muy hábil para las manipulaciones que V.

V.

tienen una aplicación práctica: el campesino más ignorante sabe componer un aparato para destilar alcohol, y á pesar de su respeto á la ley, sabe burlar la ley si la ley no le deja el camino expedito para satisfacer su pasión predominante.

Comparados con el deporte alcohólico, todos los demás deportes ó sports finlandeses pierden su importancia: sus juegos musculares, desprovistos de gracia, son ejercicios tan seriamente practicados, que pierden sus atractivos si por acaso los tienen..

Natación, regatas, ciclismo, patinación y equitación, todo esto es cultivado á modo de ampliación de la gimnasia. Muchp más poético es el baño, seguido de una sesión de masaje ó sobeo científico, porque por este sistema se consigue fortalecer la musculatura sin necesidad de incomodarse: suda uno la gota gorda, es verdad'; pero la suda sin moverse y con tanto gusto que á veces ocurre quedarse dormido en la operación, soñando como deben de soñar los niños de teta.

Y ya que' he hablado de patinación, voy á dar á conocer en España un género de patinación nuevo y curioso, que podrá ser practicado en Granada, si llega á cuajar mi proyecto de «Finlandia andaluza.» La nueva patinación es muy popular en el Norte de Finlandia, y en Ulcabog, ciudad importante en lo alto del golfo de Botnia, hay todos los años carreras de velo- N.

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249, cidad que despiertan gran interés. Aquí ha llegado también la moda, y los patinadores se aprestan á cambiar los antiguos patines de hierro.por los modernos de madera. Estos tienen dos, tres y hasta cuatro metros de largo, y quedan sujetos á los pies por una abrazadera colocada hacia el centro. Figurémonos un hon>-bre de pie, con sus dos extremidades inferiores apoyadas sobre dos largos rails móviles, como un tren humano que va á ponerse en marcha: ya no hay más que empujar para que los rails corran sobre la nieve. Para dar impulso, lleva «1 hombre-locomóvil dos largos bastoncillos, cuya contera está provista de una rodaja con objeto de que no se claven demasiado en el suelo; inclínase hacia adelante, y como si fuera á remar, empuja con ambos bastoncillos á la vez ó alternativamente, y corre con tan extraordinaria velocidad que se queda el. espectador pensando que á la humanidad le han salido corrientes eléctricas en las patas.

XVIII Los borrachos.

En el profundo drama de Bjoernstjerne Bjónson, Por encima de nuestras f nenias, figura un tipo extraordinario, una especie de héroe de la fe, el místico y sentimental Sang, cuya mujer,, por el contrario, está poseída por el descreimiento de nuestra época; y entre las muchas ideas que surgen naturalmente de este contraste, hay una, acaso la más bella del drama, que refleja un sentimiento de generosidad y de tolerancia muy digno de imitación. «Ahora que no participas de mi fe — dice Sang á su mujer, — ahora te amo todavía más.» . Antes de leer este noble pensamiento de Bjónson, tenía yo adquirida la buena csstumbre, sin ser ningún Sang, de practicar constantemente la tolerancia con todo el mundo, y en particular con los que hacen lo contrario que yo. De aquí arranca mi simpatía por los borrachos: de que yo no bebo nunca, y si por raro azar bebo, bebo lo que los borrachos detestan más: agua. Los. borrachos tienen muchas cosas malas; pero ya los veo por el único lado bueno que tienen: los cojo por el asa favorable, como recome^ndaba Epicteto, y los considero como organismos humanos elementales, gobernados por el instinto. En Un enemigo del pueblo, hay una escena tumultuosa, una reunión popular, en la que el Dr. Stockmann intenta exponer las rs^ones ■que aconsejan prohibir el uso de las aguas corrompidas, que, en vez de curar, matan á los <jue las beben. Llegado el momento de votar, todo el mundo vota en contra, excepto un botracho, que vota en pro del doctor. El borracho -está puesto allí para afrentar á la democracia, <jue Ibsen dssprecia; pero es también el instinto <ie la sociedad. Las personas cuerdas reflexionan así: el manantial estará infectado; pero la infec-•ción no será cosa grave cuando nos encontramos aquí reunidos, en perfecta salud; si se lo inutiliza, el pueblo va á perder una «fuente de ri-•queza:» Stockmann, pues, es «un enemigo del pueblo.» Sustituyamos manantial por sociedad, y veremos que el razonamiento es vulgarísimo, puesto que lo empleamos á diario para justificar todos los abusos por aquello de que, al corregirlos, el remedio sería peor que la enfermedad. Los únicos que no transigen son el borracho y •el hombre justo. El borracho piensa al modo -que piensan los borrachos: — Si el manantial es tin peligro para la salud, suprimamos el peligro; aunque nos equivoquemos, no se pierde gran cosa por suprimir un manantial de agua en el mundo. — ¿Y el hombre justo, el idealista, el Quijote? Este coincide siempre con el borracho^ porque no es más que un borracho que no bebe;, un hombre que se embriaga con ideas.

El hombre ebrio es la expresión más clara que existe en la tierra del ser humano instinti* vo, y en éste hay que buscar la clave para descifrar al ser de razón. Existe una filosofía^ de la embriaguez, no estudiada aún por meticulosidades ridiculas. Puesto que. hay microbiólogos, que se inmortalizan á fuerza de manipular ea excrementos liumanos, séame á mí permitido hacer algunas reflexiones sobre la embriaguez^ ahora que vivo en un medio favorable. El borracho finlandés es uno de los más perfectos de^ Europa; es el borracho «a priori;» es decir, quesería capaz de destilarse á sí mismo para embriagarse con su propia substancia; de tal suerte juzga y considera compenetrados el hecho d^ existir y el de mitigar esta desventura con al-^ gún consuelo espirituoso.

Mis investigaciones sobre este tema datan á^ largo. El mismo día que llegué á Amberes, ya hace algunos años, salí por la noche á dar urk. vistazo á la ciudad, y!o primero que me llamó la atención fué ver pandillas de hombresborrachos, cogidos del brazo, cantando el.himno. nacional belga La Brabangonne, ó la canciói> de moda en aquel entonces, que creo que era el tan celebrado, repetido y tonto ¡Tararabum d^ ay! importado de Inglaterra, la nación que tie> a54 a54 ne peor oído entre todas las de la «vieja» Europa. Y todo lo que fui viendo después venía á confirmar la idea que me sugirieron los borrachos: que las cualidades del pueblo flamenco «ran el espíritu de asociación y la manía musical.

Muchos domingos hacía largas excursiones por el campo. A veces oía á lo lejos, por entre la espesa y menuda llovizna que suele caer de continuo, un zumbido intenso y prolongado como el de una legión de abejorros puesta en marcha; y luego veía aparecer un grupo de peregrinos, viejos y viejas casi todos, que iban de unos á otros pueblos, en la mano el rosario y en los labios la oración. Y poco después oía un trompeteo infernal, y luego veía aparecer la banda musical de éste ó aquel lugarejo, formada por la gente moza, amiga de divertirse, aunque sea á costa de los sudores que da el ir cargado con un formidable trombón. Si yo fuera amante de las antítesis, hubiera pensado, como Echegaray al comparar en su drama Dos fanatismos la candileja de aceite y el arco voltaico, que los devotos romeros eran la vieja íe, el pasado, y los músicos de blusa el progreso moderno, el pre-•sente y el anuncio del porvenir; pero yo soy amante de las síntesis, y se me ocurrió pensar que los unos y los otros, y los que vengan des-' pues, eran y serán siempre en diversas formas creaciones del espíritu invariable de aquel territorio.

\ a55 \ a55 Los países cuyo suelo es muy quebrado, parece como que ellos mismos lanzan á unos hombres contra otros. Hasta en los libros de texto se enseña á los niños que los habitantes de la montaña son más guerreros que los de la llanura. En los países llanos, como Flandes, los hombres están como las espigas en una haza de trigo: puestos pacíficamente y predispuestos para vivir en pacífica asociación. Además, el suelo está al nivel del mar, ó más bajo aún, y la presión atmosférica es enorme: hay necesidad de poner los pulmones en ejercicio. ¿Cómo? Esto es lo único que depende de la evolución: aquél rezaba mirando al cielo, éste sopla en la embocadura de un cornetín, el que venga después quizás prefiera dar rebuznidos. Pero lo esencial será siempre desahogarse. Y si se cree que mi teoría es caprichosa, que se me explique por qué en un pueblo tan amante de la música todo el mundo da la preferencia á los instrumentos de viento.

En Finlandia hay también pasión por la música, y mayor aún por el canto. El orfeón ó* «sangfoerening» se multiplica como la langosta: las fiestas públicas más celebradas en el país son los certámenes corales; la figura más grande que ha concebido el numen popular finlandés, Waeinaemoeinen, es un viejo célibe, cuya ocupación predilecta consiste en cantar acompañándose con el kantele. Y, sin embargo, lo que hay más profundo en el espíritu finlandés no es el amor al canto ni á ninguna de las bellas artes; lo que hay nos lo va á decir el borracho. Para esto^ naturalmente, hay que elegir el tipo más gene* ral, el que se ofrece á los ojos del público comoresumen de las aspiraciones instintivas de la colectividad; y ese tipo es el del obrero borracho, que compra una tagarnina, monta en un cochecillo descubierto y va por los lugares más visibles luciendo su importante personalidad. No va á ver, pues cuando toma el coche carece ya hasta de fuerza para abrir los ojos, ni tampoco á que lo vean, pues esto supondría un des--caro que no se compagina bien con el respeta que aquí se tiene á las buenas costumbres. La idea del borracho es llegar pronto á su casa y llegar como llegan las «personas decentes,5> 6 sea las que usan carruaje á diario.

Debe notarse que aquí el cochero ó «iswochyic» (una de las contadas palabras rusas usadas en sueco) suele dispararse á correr sin preguntar á dónde debe ir: yo he hecho dos veces la prueba, y he estado horas y horas paseanda por donde al «iswochyic» le daba la gana, hasta que me he cansado y le he dicho que pare. Ocurre, pues, que, con el traqueteo, el borracho se duerme á los pocos pasos, y que á veces se cae del trineo ó se queda atasajado en él con la cabeza arrastrando por la iiieve, mientras el conductor sigue impávido su carrera sin mirar atrás, hasta que le saca de su «apoteosis)^ algún alma caritativa, si por casualidad se encuentra > > alguna de estas almas al paso. Pero aun con la cabeza rota, el borracho llegaría á su casa muy contento, porque había satisfecho una exigen -cía de su instinto: la de aparecer exteriormente, aunque sea por breves instantes, como un hombre que goza de las comodidades de la vida. El finlandés piensa antes que en nada en vivir bien, en comer, beber y arder, y en molestarse lo menos posible; ama todas las manifestaciones del arte; pero la manifestación del arte está siempre pared por medio con un restaurant; y al ver la frecuencia con que se va de uno á otro departamento, dan ganas de pensar que aquellos fieles han ido á adorar el santo por la peana.

Será curioso trazar un mapa-mundi de la embriaguez, uniendo con líneas ondulantes los puntos del globo iguales en intensidad alcohólica; tendríamos acaso líneas muy semejantes á las isotérmicas,' porque á primera vista se nota que el alcoholismo va aumentando conforme va descendiendo la temperatura; y sería más curioso aún estudiar las formas exteriores con que se muestra la borrachera humana para conocer el carácter de los diversos territorios. El Norte nos daría el borracho constitucional (y no se crea que me refiero á ninguna constitución: hablo del temperamento), intensivo, metódico y práctico: Inglaterra, el borracho más resistente y el que da menos chispas; un borracho subjetivo, que bebe hasta caer desplomado, como un 258.

258.

cuerpo sometido á las leyes del inglés Newton; Alemania, el borracho humorístico y pedagógico. Yo recuerdo haber estado cierta vez en una reunión de alemanes jóvenes, y uno de ellos que bebió más de la cuenta, se subió en un tonel y nos explicó una tesis doctoral sobre la «Influencia de Agamenón en el desarrollo de la lingüística comparada.»

El borracho de los Países Bajos (de todas las provincias antiguas, no sólo las de Holanda de hoy), ya se sabe que es corporativo y filarmónico; pero tiene además una cualidad curiosa: es el que aguanta menos la orina. Y en prueba de que la observación no es baladí, citaré en mi apoyo al prodigioso Teniers,,en muchos-de cuyos cuadros hay en segundo término un hombre inclinado contra una pared ó vuelto de espaldas al espectador en actitud manifiesta de hacer aguas. Teniers era el más realista y el mejor observador entre los pintores flamencos; tan genial, desde cierto punto de vista, como el mismo Rubens, y ese rasgo personalísimo de sus cuadros no es caprichoso, pues por él nos ha legado una «Fisiología del borracho flamenco,» así como Velázquez nos dejó en su cuadro famoso una «Psicología del borracho humano.» El hecho es innegable, y nada perderían los médicos con meditar sobre él. Yo entiendo que esa»incontinencia de orina no procede sólo del uso de la cerveza, sino que anda por medio la presión del aire y acaso también la afición á la música.

Continuando el viaje hacia el Sur, nos encontraríamos en Francia con el borracho pa,-triótico, y en España é Italia con los peleistas, -con los de la navaja; y en el continente qegro íio sé lo que ocurriría si el Koran no tuviera á:sus devotos un tanto metidos en cintura. Bien ♦ <iijo el que dijo que no hay libro que no tenga -algo bueno. La parte negativa ó prohibitiva del Kora'ñ es en general excelente, como lo son casi todas las prohiciones, por lo mismo que casi to-<lo lo que los hombres hacemos son puros disparates. Aunque duela confesarlo, para registrar nuevos estragos del alcohol, hay que volver las espaldas al Islam y echar una ojeada sobre los centros de colonización establecidos en África por los civilizadores europeos.

Del estudio de la embriaguez se deducen muchas verdades útiles para todas las ciencias; pero yo sólo voy á sacar esta conclusión consoladora: todos los borrachos del mundo tienen un rasgo común; todos marchan haciendo eses; aun éstos de Finlandia, que usan carruaje, van dentro de él dando unos vaivenes, que si no son eses perfectas, poco les falta; y en esa particularidad veo yo una expresión de la filosofía de •la Historia, puesto que también la humanidad camina, ya torciéndose hacia un lado, ya hacia el otro, siempre en dirección de algo desconocido, que debe de ser su casa, á la que llegará, no hay que dudar, como llegan los borrachos, aunque sea tarde y con la cabeza vendada.

\ fc"- XIX \ fc"- XIX Cómo se divierten los finlandeses: espectáculos teatrales.

Si se reúnen varios hombres de talento y de chispa, no tienen más que soltar la lengua para matar alegremente el tiempo; si se reúnen varias personas graves y sin gracia, necesitan para •divertirse organizar algo. Hay precisión de divertirse, y cuando no surge espontáneamente la diversión, nuestra voluntad suple la falta con regocijos artificiales. Por esto, los pueblos que no tienen hiibilidad ó humor para distraerse de un modo natural, son los que disfrutan de mejores y más variados espectáculos teatrales; y el de Finlandia, por un contraste muy marcado, merced á la organización, siendo uno de los pueblos más tristes, se convierte en uno de los más alegres ó divertidos del mundo.

Una población como ésta de Helsingfors, que en España tendría á lo sumo un par de teatros, mantiene en constante y próspero ejercicio diez ó doce, que cultivan todos los géneros de distracción conocidos en Europa y América^ y algunos de propia invención. Hay teatro sueco, donde se representan obras de autores suecos ó sueco-finlandeses, y traducciones de las de todos los teatros europeos. Figura á la cabeza Ibsen; después Alemania con Hauptmann y Sudermann; luego Francia con Dumas, Inglaterracon Pinero, y España con Echegaray. Yo he asistido á una representación de Ma--rianay que me hizo pasar un mal rato. A excepción del actor sueco Svennberg, que interpreta bien el papel de Montoya, los demás eran tipos, graciosos por lo discordantes: D. Pablo, un inglés; D. Cástulo, un alguacil del tiempo de Quevedo; las señoras no habían tenido fuerzas para llegar á España, y se habían quedado en el camino, en cualquier parte.

Hay teatro finlandés, frecuentado por una sociedad que parece imposible que viva mezclada con la que asiste al teatro sueco: tan diferentes son los tipos, los trajes y hasta el fiire que se respira. El teatro finlandés tiene escaso repertorio de obras originales, porque es de creadora reciente: da traducciones de Shakespeare en primer término, y traducciones de obras suecas ó alemanas. El John Gabriel Borkinan. de Ibsen, se estrenó la misma noche en ambos teatros. También rinde culto al teatro de moda, y do hace mucho dio Erotaanpois, ó sea Divor^ gonSy de Sardou y Najac.

Vienen luego el teatro Alejandro con obras rusas, suecas y espectáculos diversos. Este año