SigPhi · Angel Ganivet

Idearium español

Spanish

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No se puede hablar con más elevación y justicia: mucho vale la sangre, pero más vale la obra del espíritu. Los novas, los cafres, los hotentotes, los mataheles y los zulús derraman también su sangro por defender el suelo patrio; en los pueblos cultos eso no basta: hay (pie luchar por el engrandecimiento ideal de la gran familia enmedio de la cual se ha naeidu, y este engrandecimiento exige algo más (pie el mero sacrificio de la vida.

EN Siglo de Oro de las arles españolas, con ser tan admirable, es sólo un asomo ó un anuncio de lo (pie hubiera podido ser si terminada la Reconquista hubiéramos concentrado nuestras fuerzas y las hubiéramos aplicado á dar cuerpo á nuestros propios ideales. La energía acumulada en nuestra lucha contra los árabes no era sólo energía guerrera, como muchos creen, era, según haré ver después. energía espiritual. Si la fatalidad histórica no nos hubiera puesto en la pendiente en que nos puso, lo mismo que la, fuerza nacional se transformó en acción, hubiera podido mantenerse encerrada en nuestro territorio, en una vida más íntima, más intensa v hacer de nuestra nación una Grecia cristiana.

XC TT XC TT Iv política exterior de Hispana en la Edad mo- ^4 derna podría ser gráficamente representada por una Rosa de los vientos. f¿a política de Castilla era africana 6 meridional, poique la Toma do (¡ranada y la terminación de la Reconquista no poda ser el último golpe contra los moros; entonces estaba aún pujante el poder musulmán y debía do temerse una nueva acometida, pues el mahometismo lleva en sí un germen de violencia, que hoy parece extinguirlo y mañana reaparece encarnado en un pueblo más joven que de nuevo lo <lá calor y vida: y aparte do esto, era lógico «pie la respuesta so acomodase á la agresión, que no terminase en nuestro sucio invadido, sino que prosiguiera en el territorio de nuestros invasores. La política de Aragón era mediterránea ú oriental, y como al unirse Aragón y Castilla se unieron bajo la divisa de igualdad, constituyendo más «pie una unión una sociedad do socoitos mutuos, así como Aragón ayudó á la conquista de (¡ranada. Castilla tenia que ayudar.1 8o 8o Aragón en sus empresas de Italia. Y por un azar histórico, en el mismo campamento de Santa Fe, donde se formaba el núcleo militar que después pasó á los campos de Italia, nacía también el pensamiento de aceptar los planes de Colón y con esto el comienzo de nuestra política occidental ó americana. Teníamos, pues, tres puntos cardinales Sur, Este y Oeste y sólo nos faltaba el Norte, que vino con gran oportunidad al incorporarse á España los Países Bajos. V luego, de la combinación de tan encontradas políticas surgieron las políticas intermedias y no ludio nación en Europa con la cual, ya con uno, ya con otro pretexto, no tuviéramos que entendernos por la diplomacia ó por la guerra.

El criterio excesivamente positivista en que se inspiran hoy los estudios históricos, obliga á los historiadores á colocar todos los hechos sobre uu mismo plano y á cifrar todo su orgullo en la exactitud y en la imparcialidad. En vez de cuadros históricos se nos da solamente reducciones de archivo, hábilmente hechas y se consigue la imparcialidad por el facilísimo sistema de no decir nunca lo que esos hechos significan. Sin embargo, lo esencial en la historia es el ligamen de los hechos con el espíritu del país donde han tenido lugar; sólo á este precio se puede escribir una historia verdadera, lógica, y útil. ¿A qué puede conducir una serie de hechos exactos y apoyados en pruebas fehacientes si se da á todos estos hechos igual valor, si se los presenta con el mismo relieve y no se marca cuáles son concordantes con el carácter de la nación, cuáles son opuestos, cuáles son favorables y cuáles contrarios Si ¡'i devolución natural de cada territorio, considerado con sus habitantes, como una personalidad histórica?

Los que escriben Historias de España fijan principalmente su atención en la Edad fofoderna, porque la tienen más cerca y la Ten colocad ¡i en primer término, como asunto principal del cuadro que intentan componer. Y esta idea os errónea, os una violación de la perspectiva; cu la historia no es posible colocar unos hechos rielante de los otros, como las figuras i'i objetos en un cuadro; todo está fundido en la personalidad nacional, y en ella debe <!<% aquilatarse la importancia relativa que los snce históricos tuvieron. Cuando pasen varios siglos y haya otra época histórica moderna, la que hoy llamamos moderna no lo será y habrá que cambiarlo el nomine; y al cambiárselo se ha de notar <|up no es sólo el nombre el que cambia, que cambia también la significación total ríe los acontecimientos que la formaron; y entonces esa historia moderna de hoy será una fase anómala de nuestra historia general Hemos tonillo, después de períodos sin unidad de carácter, un período hispano-romano, otro hispanovisigótico y otro hispano-árabe; el que les sigue será un período hispano-europeo ó hispano-colonial; los primeros de constitución y el último de expansión. Tere no hemos tenido un período español puro, en el cual nuestro espíritu, constituido ya, diese sus frutos en su propio territorio; y por no haberlo tenido, la lógica de la historia exige que lo tengamos y que nos esforcemos poi ser nosotros los iniciadores. Importante es la acción de una raza por medio de la fuerza; pero es más importante su acción ideal: y ésta alcanza sólo su apogeo cuando se abandona la acción exterior y se concentra dentro del territorio toda la vitalidad nacional.

Ex el comienzo de la Edad Moderna había en España dos tendencias políticas naturales y justificadas: la de Castilla y la de Aragón, esto es, la africana y la italiana, y después de unidos Aragón y Castilla, la segunda política debió de perder algún terreno. Los descubrimientos y conquistasen América, que tan profunda brecha dos abrieron, tenían también su justificación en nuestro carácter, en nuestra fé y en la fatalidad providencial con que nos cayó sóbrelos hombros tan pesada carga. Pero nuestra acción en el centro del continente fué un inconmensurable absurdo político, un contrasentido cuya sola disculpa fué y es el estar amparado por las ideas entonces imperantes en materias de derecho político y prácticas de gobierno. Al empeñarse España, nación peninsular, en proceder como las naciones continentales, se condenaba á una ruina cierta, puesto que si una nación se fortifica adquiriendo uueyos territorios que están dentro de su esfera de acción natural, se debilita en cambio con la agregación de otros qud llevan consigo contingencias desfavorables á sus intereses propios y permanentes. El poder de Inglaterra se sostiene por no apartarse de esta línea de conducta; es un poder que se apoya en la ocupación de puntos estratégicos, que puedan ser defendidos iiisularmcnte». Inglaterra ha podido ocupar el territorio de los Países Bajos, en épocas en que qo le hubiera sido necesario gastar fuerzas muy considerables; pero se ha limitado á trabajar porque en las costas de Europa que están frente á su territorio haya Daciones pequeñas y débiles, para estar w á salvo de una invasión; si hubiera ido más allá hubiera corrido la misma suerte que nosotros. Un error político destruye una nación, aun la nación ¡ mili' de] mundo. España cometió ese error, y cuando I" cometió hubo quien comprendiera, bien que vaga 6 instintivamente, los riesgos á que nos exponía; hubo muchos qne lo comprendieron y los unos se murieron y á los otros los degollaron. Para mi la muerte de Cisneros, muerte oportuna, que le libró de recibir en el rostro la bocanada de aire extranjero que traía consigo el joven Carlos di fuá la muerto <!<• Castilla; y la decapitación de los comuneros fii castigo impuesto á los refractarios, á los que no querían caminar por las n, ndas abiertas á la política de España. Los coniui tan libera ó libertadores, como muchos quieren hacernos en no oran héroes románticos inflamados por idi nuevas y generosas y vencidos en el coraba! Villalar por la superioridad numérica de los imperiales y por una lluvia contraria que les azotad, i los rostros y les impedía ver al enemigo; eran castellanos rígidos, exclusivistas, que defendían la política tradicional y nacional contra la innovadora y europea de Carlos I. V en cuanto á la batalla de Villalar, parece averiguado 4110 ni siquiera llegó á liarse. En la rebelión «le las comunidades de Castilla urii». como ocurre casi siempre, que la razón estaba de las dos partes y (|tie so habló de todo menos de la causa verdadera de los disturbios, quizás porque les bandos antagónicos no tenían concepto exacto de lo que pretendían. En nuestro tiempo está en auge la política de protección; no hay clase social que no pida auxilio al Estado y alguna pretende transformarlo en proveedor general de felicidad; por este camino se llegará insensiblemente á convertir el poder político en padre de familia y se lo obligará á buscar medios extraordinarios para llenar sus nuevas y llamantes funciones sociales. V entóneos surgirá la protestado los que han estado en silencio mientras se discutía, de los que lian dejado (pie las ideas tomen cuerpo, juzgándolas inofensivas ó poco peligrosas y después so sorprenden auto los resultados ya inevitables. Da igual suerte al constituirse la nacionalidad ospañ ila se exaltó el poder real por encima de todos los poderes, so lo pidió (pie toinaso á su cargo la dirección de todas las fuerzas constitutivas del país, insubordinadas por el abuso de los privilegios y ssle e:cltó á luchar por el engrandecimiento político, cif ado en la idea de la ('poca, la constitución de fuertes nacionalidades. V en cuanto el poder real se puso á la obra, sobrevino la rebeldía de los prudentes, de los que veían transformarse la política, nacional en política dinástica.

Admitido el error político inicial, hay que reco nocer que Garlos I fué un hombro oportuno. En España, no había, nadie capa/ de comprender su política y esto prueba sin necesidad de más demostraciones (pie su política era ajena á nuestros intereses, aunque estuviera apoyada en derechos indisoutibles y en vagas aspiraciones de nuestra nación.

('arlos I representó en nuestra historia un papel análogo, aunque en sentirlo inverso, al de Napoleón on la de Francia. Napoleón hizo de Francia una nación insular, y (Yulos I hizo do España una nación continental. El supo llevar de trente las diversas y contradictorias políticas que despuntaron casi á la ve/: acudió á los Países Bajos, á Italia, á Tune/, y ¡í América; todo lo abrazó con golpe de vista amplio. admirable y certero; mas su obra era personalísima, porque él miraba á España desde fuera y nos atribuía las mismas ambiciones que á él, nacido en el centro del continente, le atormentaban.

Al pasar el poder de ('arlos I á Felipe II. se nota inmediatamente que la política de la casa «le Austria onvertirse en un peligro para Europa y va á dar al fiaste con nuestra nación. Felipe II era un español y lo veía todo con ojos de español, con independencia y exclusivismo: así no podía contentarse con la apariencia del poder: quería la realidad de! poder. Fué un hombre admirable por lo honrado. \ en su espejo deberían mirarse muchos monarcas (pie se ufanan de su potestad sobra reines, cuya conservación les exige sufrir humillaciones no menores que las (pie sufren los ambiciosos vulgares para mantenerse en puestos debidos á la intriga y al favoritismo. Felipe II (pliso ser de hecho loipleeia d ■ derecho, quiso reinar y gobernar, quiso que la dominación española no fuese una etiqueta útil bóIo para satisfacer la vanidad nacional, sino un poder efectivo, en posesión dotólas las facultades y atributos propios de la soberanía, una fuerza positiva (pie imprimiese la huella bien marcada del caráct pañol en todos los países sometidos á nuestra acción y de rechazo si era posible en todos los del mundo. Con este criterio planteó y resolvió cuantos problemas políticos le ofreció mi tiempo y á su tenacidad fueron debidos sus triunfos y sus fracasos.

Para otra Dación, el conflicto religioso que surgió al aparecer en los Paises Bajos la Reforma, hubiera s'nlo relativamente de fácil solución; pasados los primeros momentos do resistencia, vistas las proporciones que tomaba la herejía, se hubiera buscado mía componenda para poner á salvo la dominación; esto lo hubiera hecho basta Francia, católica también, pero menos rigorista, más enamorada de su prestigio político (pie de sus ideas religiosas, como lo demostró aliándose- con los protestantes y hasta con los turcos, cuando asi convino á sus intereses. Sólo España era capaz de plantear la cuestión en la forma (Mi (pie lo hizo y arriesgar el dominio material peí sostener el imperio de la religión. Y mientras las demás naciones hubieran concluido por perder el dominio algo más tarde, sin dejar huella de su pase, nosotros lo perdimos antes de tiempo, pero dejamos una nación católica más en Europa.

L.v política de Felipe II tuvo el mérito que tiene toilo lo (pie es franco y lógico; sirvió para deslindar los campos y para hacernos ver la gravedad de la empresa acometida por España al abandonar los cauces de su política nacional. Si Felipe 11 no triunfó por completo y dejó como herencia una catástrofe inevitable, la culpa no fué suya, sino de la imposibilidad de amoldarse él y su nación á la tactica que exigía y exige la política del Continente. Una nación no so impone sólo con fuerzas militares y navales: necesita tener ideas flexibles y que se presten á una rápida difusión; y estas ideas no hay medio di1 inventarlas, nacen, como vemos constantemente en Francia, de la fusión de las ideas tomadas del extranjero con las ideas nacionales. Hay que sacrificar la espontaneidad del pensamiento propio, hay que fraguar ideas generales que tengan curso en todos les paises, para aspirar á una inllnencia política durable. Nosotros, por nuestra propia constitución, somos inhábiles para esas manipulaciones, y nuestro espíritu no lia podido triunfar más (pie por la violencia. Yo creo (pie á la larga el espíritu que se impone es el más exclusivista y el más original; pero cuando llega a imponerse no tiene ya alcance político: su influencia es ideal, como la de los griegos sobre los roihanos.

Con Felipe II desaparece de nuestra nación el sentido sintético, esto es. la facultad de apreciaren sn totalidad nuestros varios intereses políticos; Espaflfl se defiende largo tiempo con el instinto de conservación; pero sin pensar siquiera cuál ha de ser en caso de sacrificio el interés sacrificado, poniéndolo lodo al mismo nivel; lo pasajero y fugaz de nuestra política como lo esencial y permanente. Li idea fundamental de nuestros gobernantes era (pie la fuerza política dependía de la extensión del territorio; íi" mermándose éste, la nación conservaba enteros sus prestigios y su vitalidad. Así fuimos sos teniéndonos, ó fué sosteniéndonos nuestro ejército, núcleo de resistencia que contuvo el desmembramiento y que en ocasiones llegó á representar él sólo la nación, con mejor derecho qne el agregado inmenso de territorios y de gentes que la formaban.

En mi opinión, lo más triste que hay en nuestra decadencia no es La decadencia en sí, sino la refinada estupidez de que dieron repetidas muestras los hombres colocados al frente de los negocios públicos en España. Se halla á lo sumo algún hombre hábil para ejecutar una misión que se le encomiende; pero no encontraremos uno sido que vea y juzgue la política nacional desde un punto de vista elevado, ó por lo menos, céntrico. A todos les ocurría lo que según la frase popular, les ocurre á los músicos viejos; no les quedaba más (pie el compás.

Acaso hubiera sido un bien para España que el largb y doloroso descenso que se inicia en la paz de Westt'alia y se consuma en la de Utrecht hubiera sido una caída rápida, en la (pie hubiéramos probablemente sacado á salvo la unidad nacional; pero diseminadas nuestras fuerzas para atenderá muchos puntos á la vez, debilitados por un gasto incesante de energía, tanto más considerable cuanto la ruina estaba más próxima, las soldaduras de las diversas regiones españolas comenzaron á despegarse y estuvo á punto de dislocarse la nación. Y se dislocó en parte, puesto que Portugal, cuya unión era más reciente, concluyó por conquistar su independencia.

No es justo exigir á los hombres de aquella época un conocimiento de nuestros intereses tan cabal como el que hoy tenemos, juzgando los hechos á distancia y con diferente criterio político; pero si es justo declarar que aun con las ideas que entonces «9 imperaban se hubiera podido proceder con más cordura, si nuestros hombres de Estado hubieran estado á la altura de la situación, ó cuando monos, sabido separar lo permanente de la nación, que era la metrópoli, la península unida, de lo accidental, que oran los estados de olla dependientes y las colonias. La confusión en este punto fué tan completa, que -Non,; ¡i poner sobre un pie de igualdad y á defender con' igual empeílo en algún tratado, como el de los Pirineos, el dominio de España en Portugal, (cuya rebeldía ora favorecida y apoyada por Francia) y los intereses personales de los príncipes do ( 'olido. Por muy elevado (pío sea el concepto (pie se proteso de la lealtad política es jamás disculpable (pío so sacrifique el interés do una nación, que es algo substantivo y permanente, cu obsequio do un particular, cuyos sen icios pueden sor privadamente recompensados.

La política borbónica no fué mejor que la austríaca en esto punto. Continúa admitida la idea de que el engrandecimiento nacional lia de venir del exterior; de que la fuerza está en la cantidad, en la extensión del territorio. Este es el sistema generalmente seguido por los nobles arruinados: nada de reducir los gastos por no descubrir lo que está á la vista, que la casa se hunde; préstamos usurarios, alardes estúpidos de poder para inspirar confianza. enlaces en que se busca una dote providencial y demás expedientes de mala índole. No fué otra nuestra política en los comienzos do la casa de Borbón. la asunto más ruidoso de la época fué la famosa cuestión do los ducados v nuestra obra maestra en política «'1 experimento de galvanización del intrigante Mberoni. El espíritu espafiol, enviciado ya.'ii el sistema del artificio, falto de una mano fuerte que lo obligara á buscar la salvación donde únicamente podía hallarla, en la restauración de las energías nacionales, acepta con agrado todas las panaceas políticas qne le van ofreciendo los agiotistas «lo la diplomacia y continúa largo tiempo arrastrándose por los bajos fondos de la mendicidad colectiva. adornado con el oropel de fingidas y risibles grandezas.

L\ Edad Moderna de nuestra historia no éstíí ceirada todavía, porque tina edad no termina, mientras no surgen hechos nuevos (pío marcan una nueva dirección. En nuestros días se han repetido los ensayos del reinado de Carlos 111; parece (pie al lin vamos á entraren la tierra de promisión; pero de pronto sobrevienen complicaciones que echan abajo la obra comenzada y nos dejan en la eterna interinidad. Aún se discute la forma que ha detener el gobierno y la organización territorial de la nación; se discute todo y se discute siempre. La Tuerza que antes se desperdiciaba en aventuras políticas en el extranjero, se pierde hoy en hablar; hemos pasado de la acción exterior á la palabra, pero aun no hemos pasado de la palabra á la acción interior, último término y asiento natural de nuestra vida política. Hemos restaurado algunas cosas y falta aún restaurar la más importante: el sentido común. Cuando todos los españoles acepten, bien (pie sea con el sacrificio de sus convicciones teóricas, un estado de derecho fijo, indiscutible y por largo tiempo inmutable, y se pongan unánimes á trabajar en la obra que á todos interesa, entonces podrá decirse que Ka empezado un nuevo período histórico.

El punto de partida de la política exterior de uu país, es la política nacional, puesto que de ésta depende el rumbo que so ha de imprimir á aquélla; y asimismo el punto de partida de la política interior es la idea que se tiene del papel que la nación ha de representar en la política extranjera. Porejemplo, la política interior do L'ruisia, antes de la constitución del imperio alemán, estuvo subordinadaá la idea de constituir el Imperío; la política exterior de Italia en la actualidad, está subordinada á las exigencias de su política interior, á la necesidad de consolidar la unidad italiana. Si se determina cuál lia de ser en lo porvenir la política exterior de España, tendremos una base fija para fundar sobre ella nuestra política interior; y una ve/, aceptada ésta, encontraremos la fuerza necesaria para satisfacer las aspiraciones nacionales. De suerte que, en mi concepto. España no puede tener boy política exterior bien determinada, por faltarle una constitución interna bastante robusta para seguir un rumbo propio, en harmonía con sus propios intereses: y por lo tanto. sólo hay que estudiar cuáles son estos intereses, para asentar sobro olios nuestra organización política interior. I y oe donde el horizonte se muestra más despejado es por el Norte. Nuestra antigua y funesta política continental esta en absoluto agotada, muerta \ sepultada. Aparte las relaciones comerciales \ de buena vecindad, no existe nada que obligue á España á mezclarse en asuntos europeos de una manera forzosa; tenemos mía frontera natural, muy bion mareada, y nuestra política territorial es la del retraimiento voluntario, el cual, si ya no fuera en ¡sí tan lógico cono os, habría de ser aceptado por uVcoro. ruando un actor eminente Dota que sus facultades se debilitan y decaen por la acción inevitable del tiempo, no tiene más solución noble y decente que la do retirarse oiin oportunidad; no le está permitido degradarse aceptando papeles secundarios, hasta ¡legar al de criado 1.° ó L\". cuya intervención se reduce á prenunciar las palabras sacramentales: la señora está servida. España ha sido en Europa un gran actor trágico, y no puede aceptar como graciosa o nc '-ion el papel de gran potencia, que algunos políticos tan inquietos como ignorantes crejn había de bastar para darnos la fuerza que todavía no tenemos. En este punto nuestro criterio creo yo que debería desertan rígido que rehuyera toda complicación en los asuntos continentales, aunque fuese para resolver los mayores conflictos de nuestra propia política.; porque por muy grandes que fueran los beneficios obtenidos, nunca llegarían á compensar las consecuencias perniciosas que por necesidad habrían de derivarse de un acto político contrario á la esencia, de nuestro territorio.

Parecerá ciertamente osadía afirmar así en redondo que España no tiene pendiente ningún problema de política continental. ¿Pues qué, se me preguntará, no tenemos en España dos problemas, que afectan á nuestra unidad y que son europeos en cuanto su solución depende en parte de la política de Europa? Porque en España se creí' di1 buena fó que el rescate ríe Gibraltar y la unidad ibérica bou cuestiones que exigen de España, por excepción, el abandono de su retraimiento, siendo así que una y otra justifican, \ apoyan con más vigor aún si cabe nuestro retraimiento sistemático.

El rescate de Gibraltar debe de ser una obra esencial y exclusivamente española. Podría sei europea si todas las naciones de Europa, interesadas como están en la libertad del Mediterráneo, creyese» oportuno intervenir pacíficamente como intervinieron para resolver asuntos de interés general y de carácter análogo, como la liberación de las grandes vías navegables del interior del continente; pero no siendo as:, España no puede buscar el amparo du este ó aquel grupo político de Europa para procurar el rescate por la fuer/a. porque este servicio costaría demasiado caro y haría tan patéate nuestra debilidad como la actual situación.

Xo hay humillación ni deshonra en el reconocirnienlo de la superioridad de un adversario; es sobradamente manifiesto que Inglaterra ejerce la supremacía en todos les mares del globo; [tecas naciones se han lunado de sus abllSOS de poder, favorecidos por la desunión del continente. V contra tales abusos la política más sabia es la de hacerse Inertes é inspirar respeto. l'n hecho de fuerza como la ocupación de Gübrajtar tiene cierto uso práctico, pues sirve de regulador de las energías nacionales é impide que los petulantes alcen demasiado la VOZ.

Gribraltar es una fuerza para [ngUterra mientras España sea débil; pero si EspaBa fuera fuerte, so convertiría en un punto flaco y perdería su razón de ser. Científicamente se puede afirmar que una nación fuerte y vigorosa, por muy pequeña que sea, está libre de ser humillada en su territorio; sólo las naciones di\ ¡(lidas ('i desorganizadas evitan el deseo de cometer esas violaciones territoriales y sólo en ellas se puede ejercer impunemente la alta piratería política. Ñu es Inglaterra nación que inspire simpatías. porque su fuerza la hace uiás bien temible ií odiosa; en general una nación simpática es una Dación que marcha mal; la. simpatía política suele ser algo semejante á la lástima (5 la compasión en las relaciones entre los hombres. Mas por fortuna hoy está muy en baja la política sentimental y todas las cuestiones pueden ser planteadas en términos egoístas escuetos: y hay en este egoísmo franco una notable ventaja sobre el egoísmo cauteloso 6 hipócrita de la diplomacia «clásica». Con arreglo á este novísimo criterio se puedo, pues, decir sin escándalo do la moral política (pie entre todas las naciones de Europa Espaüa es, después de Italia, la nación más interesada en que se conserve, por largo tiempo aún, la supremacía naval de Inglaterra. Nos ocurre en este particular como á aquel caballero arruinado (pie por nada del mundo (pieria separarse de un antiguo mayordomo excesivamente manilargo; no es por amor por lo (pie te retengo — decía el pobre señor — es porque temo que el que te suceda me dejo ¡í pedir limosna. Y si alguno de los que se irritan por nuestra afrenta en Gibraltar, encuentra esta idea popo brillante, tenga entendido que me la ha soplado en la oreja el prudente Sandio Panza, que era tan español y tan manchego como Don Quijote.

Antes de alegrarse infantilmente del hundimiento de un poder, hay que pensar en el poder qué va ¡í sustituirlo: nosotros no podemos ser los herederos de [nglaterra y hornos de ver quién ha de heredar sí Inglaterra, en caso de que mediante una coalición so llegara á deshancarla. Mil soluciones son posibles y ninguna os tan clara como el statn quo; ni mAs favorable tampoco. A mi juicio, la nación más teni ble como poder marítimo es [nglaterra, por lo mismo que su poder está en perfecta concordancia con su carácter territorial; ninguna nación del continente sola podrá llegar á donde ha llegado [nglaterra; poro [nglaterra tiene dos ventajas que la abonan: la primera no tener conexión inmediata con el continente, ni menos aún con el litoral del Mediterráneo; la segunda hallarse en la plenitud de absorción y verso obligada ya á acudir ¡i procedimientos defensivos. Su poder sería, pues, útil á Europa si, privado de sus condiciones agresivas, lograra sostenerse como agente de orden público internacional. En cambio una nación continental y marítima. EVanciaó Rusia, por ejemplo, sería una causa constante de perturbación y una amena/a para la independí ncia de algunas naciones, que podrían ser atacadas por fuerzas terrestres y marítimas á un mismo tiempo, [nglaterra lia de limitarse;( la ocupación de puntos aislados de un litoral; una nación del continente tendría armas y medios para imponerse en toda la extensión de un territorio, Pak'a sustituir cod ventaja la supremacía marítima inglesa hay dos soluciones teóricas, que solo á título de teóricas indicaré: la neutralización del Mediterráneo, ó un equilibrio marítimo equivalente á la neutralización. Hade licuar un momento cu que la hegemonía de Europa en el inunde no pueda sostenerse por los medios actuales j exija una concentración de fuerzas; y como la hegemonía ha de apoyarse principalmente sobre el poder naval. será preciso fundar un núcleo, un centro de conciliación en el mar europeo por excelencia, en el Mediterráneo. Porque \w bastará un acuerde diplomático, ni una alianza escrita en papel; habrá que aceptai1 un hcclie visible y tangible, que sea la prueba fehaciente de la, unidad de acción y que per sí solo, sin necesidad de acudir inmediatamente á la violencia, mantenga la supremacía que hoy ejerce Europa por medio de coaliciones inestables. La neutralización del Mediterráneo dejaría libres grandes fuerzas navales que permitirían acentuar el movimiento expansivo de Europa; el equilibrio marítimo sería una base de inteligencia y de acción, siempre (pie en 61 estuvieran representadas todas las naciones europeas, en particular las más débiles, que por esta razón servirían con mayor lealtad y desinterés como mediadoras y sustentadoras de la paz.

Pero ambas soluciones, cuyo amplio desenvolvimiento requiere una obra dedicada especialmente á tan grave materia, carecen en la actualidad de valor práctico, porque no todas las naciones han llegado á desprenderse de sus ambiciones particulares; cuando se trabaja por destruir el poderío de Inglaterra 9?

no es para sustituirlo por un poder harmónico; es para heredarlo y poner en su lugar otro poderío tan exclusivista como él y acaso más peligroso. Las dos soluciones pacíficas indicadas son como la espada j el basto en el juego del tresillo, son triunfos mayores, que Europa se reserva para el día de los grandes apuros y ese día no ha llegado aún. Lo prudente es hoy por hoy apoyar el poder menos perjudicial.

Malta os una dependencia geográfica do Italia y eJ serlo no impide que ítalia se ponga del lado de Inglaterra; España no está tan obligada porque tiene otros mares libres, poique uo está enclavada dentro del Mediterráneo: no tiene necesidad de alianzas ni debe pactarlas con una nación más fuerte, pues en los tratados con los fuertes, las cláusulas desfavorables tienen valor afectivo J las ventajosas son cuando menos problemáticas: pero si está interesada en que so conserve el poderío marítimo de Inglaterra.