SigPhi · Angel Ganivet

Idearium español

Spanish

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Gibraltar es una ofensa permanente de la qne nosotros somos en parte merecedores por nuestra falta de buen gobierno; pero no estorba al desarrollo normal de nuestra nación ni es causa bastante para que sacrifiquemos otros intereses más valiosos, por anticipar un tanto, en la hipótesis más ventajosa, un hecho que tiene marcada su realización lógica en el término de la restauración de nuestra nacionalidad. Absurdo parece en efecto que nuestros propios intereses estén ligados con los de la única nación con quien tenemos un motivo real de resentimiento; pero en reconocer y aceptar estos absurdos está a \eees la máxima sabiduría política.

E ^ i. problema de la anidad ibérica no es eoropeo ni español: como las palabras lo declaran, es peninsular «i ibérico. Aunque algunas naciones de Europa tengan interés en mantener dividida la penínsiila. no se sigue de aquí que el asunto sea euro? l>oo; si todas las naciones toleraran que constituye* sem >s esa venturosa unidad, no por eso nosotros liabiíamosde cometer una agresión; no liabría en lv -pana, aunque otra cosa se pienso, nadie capa/ de hacerlo. En cambio, si España y Portugal voluntariamente convinieran en la unión, nadie en Europa pondría repares á un acuerdo, que no afectaba al equilibrio político continental. La unión debo de ser obra exclusiva de les que pretenden unirse, es un asunte interior en el que es peligroso acudir á auxilies extraños. KJ ejemplo do Italia le demuestra sobradamente.

Asimismo no lie comprendido nunca la unión ¡bórica como cuestión puramente española. La epidemia de las unidades que aún so ceba sobre tod¡ s los paises del globo, á todos con mayor ó menor fneiza nos ataca. Maco tiempo que á mí también ni o entristecía vérel mapa de nuestra península tenido de dos colores distintos: diré más; mi tristeza aumentaba viendo que la sección de la península era do arriba a abajo, cortando montañas y ríos y formando dos naciónos incompletas. ¿Cuánto más lógica no sería una división de derecha ¡i izquierda, que dejase al Norte el reino de España y al Sur un reino de Andalucía, un estado vandálico, semi-africano y semi-europeo? Mas después lie visto tantas uniones artificiales que lie cambiado de parecer; si habíamos do estar unidos como [mjlateira ó Irlanda, romo Siiccia y Noruega, como Austria y ríungí ía más vale que sigamos separados y que esta separación sirva al menos para orear sentimientos de fraternidad, incompatibles con un réginren unitario violenta. La unión de nacionalidades distintas en una soln nación no puede tener más fin útil y humano que el de aproximar (iiversns civilizaciones para que del con r.'ictu surja un renuevo espiritual; y este fin acaso pueda conseguirse sin el apoyo de la dominación material, política.

material, política.

L\ Unión de muelles es más fácil que la de dos; la empresa de confederar les estados alemanes en un solo Imperio es un juego de niños, comparada con el problema de la unidad ibérica, en ¡a cual, por ser des los que habrían de unirse, no hay medio do cubrir las apariencias y ha de verse á las claras que el Ulle es más fuerte (pie el otro. Aunque l¡l igual dad fuese absoluta el mas débil se creería humillado y si fallaban motivos buscaría pretextes para alimentar su suspicacia. Do aquí la idea de algunos políticos de disolver la nación española, resucitar las antiguas regiones y fundar la unidad sobre algu parecido á nna confederación. Estos politices sen como les muchachos que juegan á la baraja y que cuando pierden no quieren conformarse \ mezclan las cartas diciendo: esta vez no vale; 6 bien como q uíon va á cazar con red y, aunque coja muchos pájaros en una redada, se empeña en que no ha de escaparse ninguno y suelta les ya cazados, para que '•--tii,- atraigan al que se escapó; >m pensar que I" más probable sorá que ni une sólo vuelva á acor caree á las redes ni á tiro de ballesta.

LOO No hay medio de jugar con la historia; los hechos no se repiten á capricho, ni se puede volver atrás para rectificar lo que ya salid imperfecto en su orígen. La verdadera ciencia política no está en esos artificios, está en trabajar con perseverancia para (pie la realidad misma, aceptada íntegramente, dé en el porvenir, avanzando, no retrocediendo, la solución (pie parezca más lógica, hlste es el único medio que tiene el hombre de influir provechosamente en el desarrollo de los sucesos históricos; conociendo la realidad y sometiéndose á ella, no pretendiendo trastrocarla ni burlarla. La unidad ibérica no justifica nuevas divisiones territoriales, ni un cambio en la forma de gobierno, porque la causa de la separación no está en estos accidentes, sino en algo más hondo y que no conviene ocultar: en la antipatía histórica entre Castilla y Portugal, nacida acaso de la semejanza, del estrecho parecido de sus caracteres. La única política sensata, pues, será aplicarnos á destruir esa mala inteligencia, á fundar la unidad intelectual y sentimental ibérica; y para conseguirlo. para impedir que Portugal busque apoyos extraños y permanezca apartado de nosotros, hay que enterrar para siempre el manoseado tema de la unidad política y aceptar noblemente, sin reservas ni maquiavelismos necios la separación, como un hecho irreformable.

Vr i:\mos ahora nuestra política de Occidente; domos un vistazo á nuestra numerosa familia de América. Pasa por verdad demostrada, indiscutible, que el moderno sistema de colonización representado principalmente por Inglaterra, es superior al antiguo sistema colonial practicado por los españoles: y para hacer más patente la verdad, es costumbre. yo lo he leído y oído muchas veces, poner en paraugón, no ya colonias y colonias, sino antiguas colonias, emancipadas ya de la tutela de sus Metrópolis. Porque en las colonias no es fácil fijar el grado do evolución en que cada una se halla mientras que en naciones ya independientes los resultados «le uno ú otro sistema colonial parecen perfectamente definidos, formando el carácter de la nueva nacionalidad. V los términos de la comparación no pueden estar más á la vista; de un lado las repúblicas iberoamericanas y de) otl*0 la de los Estados luido-, de la América del Norte.

Con el criterio con que hoy son juzgados los asuntos políticos no hay que decir si la comparación Berá para nosotros desventajosa. Los Kstados luidos son una nación formidable, muy poblada, muy rica y al parecer muy bien gobernada; pretende ejercer mi protección paternal sobre toda América é intervenir en los asuntos de Europa. No han faltado estadistas europeos que celebren la perfección de mis iustituciones políticas y algunos han querido hasta copiarlas. En cambio las repúblicas de origen hispánico son pobres y están mal gobernadas; viven en guerra civil; salen á pronunciamiento por año. Las virtudes de la raza española se dice han degenerado en América y se han convertido en pecados capitales: el valor guerrero ha venido á dar en militarismo de la peor especie, en ese militarismo en (pie basta los soldados quieren ser generales, y la altivez so ha cambiado en infatuación pedante ó grosera. V como prueba definitiva de nuestra interioridad roo decía un buen señor con quien yo hablaba no lía mucho sobro esta materia: si en cualquier punto de Iviropa nombra V. á América, se entenderá desde I uego que América son los Estados Unidos; un americano es un subdito de la Unión, como si la Unión fuera inda América, Para designar á los ciudadanos de las demás repúblicas ó colonias no hasta decir: un americano; hay que agregar ol calificativo especial de la nación á que pertenece.

A lo cual oponía yo diversos razonamientos per el estilo del siguiente: en efecto, les subditos de la Uuión han acaparado ol nombre de americanos; pero precisamente este detalle sirve para marcar una diferencia, que con el tiempo dará sus fruto y en la que yo veo la promesa de una futura superioridad de las creaciones de nuestra raza. Ksta diferencia consiste en que nosotros poseemos en grado eminente, como nadie, el poder de caracterización; un sudo que nosotros pisamos recibe pronto la marca de nuestro espíritu y con ella la fuerza fundamental en la constitución de un Estado, el carácter territorial. Al primer momento parece una muestra de superioridad el hecho de (pie un subdito de los listados Unidos sea reconocido como tal con solo (pie diga: soy americano ó norteamericano: pero si nos rijamos un puco, notaremos «pie si emplea un nombre gen 6i ico que comprende también a los subditos de otros listados, es porque no tiene nombre propio, como no se tome por tal el mote de yankee.Si después que ha dicho que es americano tiene precisión de particularizar más. do hallará un nombre que le caracterice bien ¡i nuestros ojos; porque decir: soy ciudadano do ios K>tarJos Unidos, es largo y vago, y agregan soy del Llliuois, del Ohío, del Tennessee, ó de Kontucki, es no agregar nada: y si añade que es oarolino lo tomaran por un insular de Oceanía. tün cambio las repúblicas de oí ígen español, aún las mi croscópicas, tienen un sello peculiar quo distingue admisiblemente las unas de las otros. Cuando un lioinbro dice qiue es mejicano, argentino, brasileño, chileno ó peruano, uruguayo, paraguayo, venezolano ú boliviano, ecuatoriano, colombiano ó guatemalteco. cubano, puertorriqueño, hondureno, costa niqueía». salvadoreño, niea.ragi.16s ú dominicano, dice algo que le redondea, que le dá un aire personal, en suma, que le marea con el es] ii'itu de su territorio, E-> N esta sencilla observación está la da ve de la ^crítica concerniente á las naciones americanas; do ahí arrancan indas las diferencias do su evolución, de su organización, de su estado presente \ de su porvenir. I na uaoión no es como un hombix; necesita varios siglos para desarrollarse. Las naciones hispa no-americanas, nu han pasado de la iuf'aneia. en tanto que los Estados ' nidos han comenzado perla e.lad viril. PorquóV Porque las.mas al recibir la influencia de sus territorios lian retrocedido y han comenzado la evolución CQino pueblas.jo\cnes. paso á paso, tropezando en los escollos en que tropiezan las sociedades nuevas que carecen de un exacto conocimiento del cano no que deben de seguir; \ l.i otra ha continuado viviendo ron vida artificial, importada do Europa, como pudiera vivir en cualquier otro territorio, por ejemplo, en Australia. L¡is ludias pequeñas que en las unas perturban la vida política no son signos de degeneración, son signos de vitalidad excesiva y mal encauzada; expansiones de suciedades juveniles que luchan por lo que comienzan á luchar siempre los hombres, por su independencia y prestigio personal contra la acción autoritaria de los poderes organizados. En estas luchas se forman los poderes fuertes y de ellas nace el verdadero progreso social, la civilización íntegra, que no está sólo en el acrecentamiento de la riqueza pública y privada, sino también y muy principalmente en el ennoblecimiento del ideal por medio del arte. Así, el defensor de los Estados Unidos á que antes aludí y que es grandemente aficionado á la música, estaba á punto de convenir después conmigo en (pie la Habanera» por sí sola vale por toda la producción de los Estados Unidos, sin excluir la de máquinas para coser y aparatos telefónicos; y la Habanera es una creación del espíritu territorial de la isla de Cuba que en nuestra raza engendra esos profundos sentimientos de melancolía infinita, de placer (pie se desata en raudales de amargura y que en la raza á que pertenecen los subditos de la Unión no haría la menor mella.

Este carácter que nosotros sabemos infundir en nuestras creaciones políticas y en el (pie damos el arma de la rebelión, la fuerza con (pie después somos combatidos, es una joya de inapreciable valor en la vida de las nacionalidades; pero es también un obstáculo grave para el ejercicio de nuestra influencia.

El español que toma tierra en otro país es un terrible enemigo de España mientras se le mantiene en la obediencia; y una vez que logra so libertad es un amigo receloso; continúa siendo espafiol por esencia; pero como sus afectos se fijan en otro territorio, sus buenas cualidades obran en sentido opuesto á nuestros intereses; tolera la influencia intelectual porque los lazos <!e subordinación que ésta crea son demasiado sutiles; pero rechaza toda influencia que se muestre en hechos materiales. De aquí mi opinión contraria á tedas las uniones ibero-americanas, habidas y por haber; en nuestra raza no hay peor medio para lograr la unión que proponérselo y anunciarlo con mide y mu aparato. Ese sistema no conduce más que á la creación de organismos inútiles cuando no contraproducentes.

Siempre (pie se habla de unión il»ero-aineriea na lie observado que lo primero que se pide es la celebración de tratados de propiedad intelectual: esto es lo más opuesto (pie eahe eolieelur, á la unión (pie se persigue. No creo (pie nadie haya pensado seriamente en organizar una Confederación política de todos los estados llispailo-amerieanos; este ideal es de tan larga y difícil realización (pie en la actualidad toca en las esteras de lo imaginario; no queda pues. otra confederación posible que la Confederación intelectual ó espiritual; y ésta exige: 1." (pie nosotros tengamos ideas propias para imprimir unidad á la obra, y "J." que las demos gratuitamente, para facilitar su propagación. Si con las uniones se pretende buscar un mercado para la producción artística no hay (pie ampararse debajo de fraseologías patrióticas; díganse las cosas claras, por sus nombres y do se dé un carácter tan marcadamente patriótico á una sencilla operación de comercio.

■v t o no lio aceptado nunca como cosa legítima la J_ propiedad intelectual: hasta tengo mis dudas acerca de la propiedad de las ideas. El fruto nace de la flor; pem no es de la flor, es del árbol; el hombre es como una eflorescencia de la especie y sus ideas no son suyas, sino de la especie, que las nutre y las conserva. Los hombres son muy propensos a darse demasiada importancia, á creerse cada uno un centro de vida y de creación ideal; más justo creo yo que sería retroceder un poco y buscar el centro de gravedad dentro de la base, hacia el comedio de la evolución ideológica en que nacemos y de la que somos siervos humildísimos. Pero aun aceptada la propiedad teórica de las ideas, hay mucho camino (pie recorrer antes de llegar á la propiedad práctica de la obra intelectual, hay que ver si se opone á la naturaleza íntima de las ideas y al pajel que éstas han de desempeñar en el mundo. Más necesaria es la propiedad de las cosas materiales y sin embargo existe la expropiación forzosa y no ha habido reparo en desamortizar cuando así pareció útil y oportuno y no falta quien aspire hoy á una desamortización general. El socialismo no es un fantasma, es una fuerza positiva ó negativa, pero do tocios modos una fuerza que ha de influir en la evolución de nuestras instituciones legales y políticas. La propiedad individua] está. pues, subordinada á intereses superiores y siempre que estos lo exijan no debo do haber, inconveniente algumt en sacrificarla; preciosa es también la vida y se la sacrifica por el idea! cuando el ideal así lo exige Lv propiedad intelectual está fundada sobre un error profundo. Cuando el trabajo del hombre se inspira en la idea de lucro, bien es <|iie se lo estimule mediante el interés personal; pero es incongruente aplicar el mismo principio á las obras de la ciencia ó del arte, las cuales no deben de tener otro motivo de inspiración que el amor á la verdad ó á la belleza. Conceder patentes de invención á un sabio ó á un artista es convertirles en industriales de la ciencia 6 del arte, excitarles á que conviertan sus obras en artículos de comercio. Así ocurre que hoy no se trabaja ya para remontarse á grandes alturas, para crear obras maestras: los modernos obreros intelectuales se conforman con inventar un modelo que sea del agrado del público V multiplicarlo después en series de obras análogas y productivas; ni más ni menos qne los industriales, que una ve/, acreditado un artículo se c msngran á explotar el filón y producen ñ destajo para satisfacer las exigencias de la demanda. Ante- teníamos el dolor de ver á los genios morirse de hambre y ahora tenemos la alegría de ver gordos y colorados á muchos que no tienen nada de genios.

Aparte de esta razón general, existe otra que nos llega más de cerca á los españoles: la escasa tuerza expansiva de nuestra producción intelectual. Esto carácter no arguye contra el valor intrínseco ile nuestras obras, antes lo acrecienta y realza: pero dificulta la acción útil de nuestras ideas, su influjo en nuestra misma nación y sóbrelos países que ha- Man nuestro idioma, en los que tenemos el deber de luchar para que nuestra tradición no se extinga, para conservar la unidad y la pureza del lenguaje. Casi todos los pueblos americanos, al separarse de España, por espíritu de rebeldía han pasado lo que pudiéramos llamar la escarlatina de las ideas francesas, ú hablando con más propiedad, de las ideas internacionales. Si España quiere recuperar su puesto ha de esforzarse para restablecer su propio prestigie intelectual y luego para llevarlo á América ó implantarlo sin aspiraciones utilitarias. Cuando tuvimos necesidad de construir ferrocarriles y fué conveniente conceder franquicias aduaneras al material de construcción, no atendimos al perjuicio que sufriría la industria metalúrgica nacional; paréceme que la conservación de nuestra supremacía ideal sobre los pueblos (pie por nosotros nacieron á la vida, es algo más noble y transcendental (pie la construcción de una red de ferrocarriles.

Esta objeción que yo dirijo particularmente contra los tratados de propiedad intelectual, tiene una aplicación más amplia y pudiera ser generalizada en éstos ó parecidos términos: las relaciones entre España y las naciones hispano-americanas no deben de regirse por los principies del derecho internacional; al contrario se deberá de rehuir sistemáticamente todo acto político (pie tienda á equiparar dichas relaciones á las (pie España sostiene con paises de diverso origen. El derecho internacional como todas las ramas del derecho, es un formulario estrechísimo en el que no cabe la realidad entera: hay derecho público y derecho privado; pero no hay derecho ptiblieo iuterfamiliar aplicable á las relaciones de Estados pertenecientes á un mismo tronco; ana determinación material de las nacionalidades no basta; es Decesarurtener en cuenta el carácter de cada nacionalidad y establecer diferentes principios reguladores, según el grado de intimidad conque unes y otros paises entre sí se enlazan. En voz de hablar de fraternidad y tratarnos como extranjeros, debemos de callar y tratarnos como hermanos.

La idea de fraternidad universal es utópica; la idea de fraternidad entre hermanos efectivos es realísima; y entre una y otra existen gradaciones que participan de lo utópico y de lo real: las relaciones fraternales que engendra la vecindad, la conciudadanía, la raza, el idioma, la religión, la historia, la comunidad de intereses o de Cllltura. Yo he tenido 00a« sión de tratar a extranjeros do diversas naciones y á hÍ8pano-americanos; y no he podido jamás considerará los hispano-ameripanoa como á extranjeros. No es que yo tenga una idea preconcebida ni que d^sn' hacer alarde de sentimientos fraternales por el estilo de los que usa un oradoró un propagandista para emocionar á su auditorio: es (pie noto (pie con un hispa no-americano estoy en comunicación intelectual apenas hemos cruzado cuatro palabras: en tanto que con un extranjero necesito muy largas relaciones, muchos tanteos para conseguir entenderme con entera, naturalidad; en un caso voy sobre seguro, p<>r-(pie sé (pie existí1 una comunidad ideal (pie suple la falta, de confianza; en otro he de comenzar por apoyarme sobre las reglas banales de la urbanidad hasta que con el tiempo voy allanando las dificultades (pie presenta el entenderse con una persona extraña. cuando no se posee, como yo no poseo, la flexibilidad necesaria para sacrificar las ideas y sentimientos propios en aras de las conveniencias sociales.

Voy á referir un suceso vulgarísimo en que intervine -por razón de mi cargo», cuando residía en A.mberes; y por la muestra se verá cómo los cargos oficiales no están reñidos con las escenas de la vida sentimental y cómo estas ideas que yo expongo y que acaso suenen á palabrería huera tienen un sentido muy justo y muy práctico, si se las acepta como línea de conducta y llegan á constituir, sin necesidad de que se las escriba en ningún código ni en ningún tratado, un criterio uniforme y constante en la vida de Ja gran familia hispánica. Me avisaron que en el Hospital Stuyvenberg so hallaba en gravísimo estado un español, que deseaba hablar con la autoridad de su pais; fui allá, y uno de los empleados del establecimiento me condujo á donde se hallaba el moribundo, diciéndome de paso que éste acababa de llegar del Estado del Congo, y que no había esperanzas de salvarle, pues se hallaba en el período final de un violento ataque de fiebre amarilla ó africana. Ahora mismo estoy viendo á aquel hombre infelicísimo, (pie más que un ser humano parecía un esqueleto pintado de ocre, incorporado trabajosamente en su pobre lecho y librando su último combate contra la muerte. Y recuerdo (pie sus primeras palabras fueron para disculparse por la. molestia que me proporcionaba, sin título suficiente para ello.- Yo no soy español, me dijo; pero aquí no me entienden y al oirme hablar español han creído que era á usted á quien yo deseaba hablar. — Pues si usted no es español, lo contesté, lo parece y no tiene por qué apurarse. — Yo soy de Centro-América, señor, de Managua y mi familia era portuguesa; me llamo Agatón Tinoco. — Entóneos, interrumpí yo, es usted español por tros veces. Voy á sentarme con usted un rato, y vamos á fumarnos un cigarro como buenos amigos. Y mientras tanto usted me dirá qué os lo que desea.— Yo nada, señor; no me taita nada para lo poco que me queda que vivir; sólo quería hablar con quien me entendiera: porque hace ya tiempo que no tengo ni con quien hablar. Yo soy muy desgraciado, señor; como no hay otro hombre en el mundo. Si yo le contara á usted mi vida ver a usted que no le engaño. Me basta verlo á usted. amigo Tinoco, para quedar convencido do que no dice más que la verdad; pero cuénteme usted con culera confianza todos sus infortunios, como si me conociera de toda su vida. Y aquí el pobre Agatón Tinoco me refirió largamente mis aventuras y sus desventuras; su infortunio conyugal que le obligó á huir de su casa, porque aunque pobie era hombre de honor. sus trabajos en el canal de Panamá hasta que sobrevino la parauzn de las obras y por último su venida en calidad d dono al Estado libre congolés, donde había rem-itado su azarosa existencia con el desenlace vulgar y trágico que se aproximaba y que llegó aquella misma noche. -r-Amigo Tinoco, le dije yo después de escuchar su relación, es usted el hombre más grande que he conocido hasta el día; posee usted un mérito que solé está al alcance de los hombres verdaderamente grandes; el de haber trabana jado 'Mi silencio; *'l de poder abandonar la vida con tistaeción de no haber recibido el premio que merecían sus trabajos. Si usted se examina ahora por dentro y compara toda la obra de su vida con la recompensa que le ha granjeado, fíjese usted en que su única recompensa ha sido una escasa nutrición y á lo último el lecho de un hospital, donde ni siquiera hablar puede; mientras que su obra ha sido nobilísima, puesto qiie no solo ha trabajado para vivir siuo que lia acudido como soldado de fila á prestar su concurso á empresas gigantescas, en las (pie otro había de recoger el provecho y la gloria. Y eso que usted ha hecho revela que el temple de su alma es tortísimo, que lleva usted en sus venas sangre de una raza de Luchadores y de triunfadores, postrada hoy y humillada por propias culpas, entre las cuales no es la menor la falta de espíritu fraternal, la desunión, (píenos lleva á ser juguete de poderes extraríos y á que muchos como usted anden rodando por el mundo, trabajando como obscuros peones cuando Iludieran ser amos con holgura. Piense usted en todo esto y sentirá una llamarada de orgullo, de íntimo y santo orgullo, (pie le alumbrará con luz muy hermosa los últimos momentos de su vida, porque le hará ver cuan indigno es el mundo de que hombres como usted, tan honrados, tan buenos, tan infelices, ayuden á fertilizarlo con el sudor de sus frentes y á sostenerlo con el esfuerzo de sus brazos.

Cuando abandoné el hospital pensaba: si alguna persona de «buen sentido hubiera presenciado esta escena, de seguro (pie me tomaría por hombre ^\(^~ eqnilibrado ó iluso y me censuraría por haber expuesto.semejantes razones auto "uu pobre agonizante, qne acaso no so hallaba en disposición de comprenderlas.

Y<> cr [ue Agatón Tinoco me comprendió y qne recibió un placer qne quizás no había gustado en su vida, el de ser tratado como hombre y juzgado con entera y absoluta rectitud. Las inteligencias más humildes comprenden las ideas más elevadas: y los que economizan la verdad y la publican sólo cuando están seguros «le ser comprendidos viven en grandísimo error, porque la verdad, aunque no sea comprendida, ejerce misteriosas influencias y conduce por caminos ocultos á las sublimidades más puras, á las que brotan incomprensibles y espontáneas de las almas vulgares. Días atrás expliqué yo á mi criada, una buena mujer, más ignorante que bui na, el origen del mundo y la mecánica celeste. No seguí el sistema de Copérnico, ni el de Ticho-Brahe ni el de Ptolomeo, sino otro sistema que yo he inventado para entretenerme y que para mi criada, (pie no sahe de estas cosas, es tan científico, cuino si hubiera sillo sancionado por todos los grandes astrónomos del orbe. Al día siguiente vi entrar á mi criada con un ramo de rosas, buscadas no si'' donde, pues en estas latitudes no abundan y entregarme, sin decir palabra, el inesperado é inexplicable obsequio; y cuando tuve en la mano el ramillete, me vino al pensamiento la explicación deseada y dije: las ideas de ayer han echado estas flores.

V oi.\ ^Mos ia vista hacia el Oriente á ver si por este lado asoma, come el sol, la luz (pie hace i5 H4 tanto tiempo n is Falta. España sin Portugal es una Dación principal mente mediterránea; ¿qué mucho, pues, qm en el Mediterráneo hallásemos el centro natural ríe nuestra acción política? Yo oreo en cfccl i que si fuos i indis] ensable desarrollar nuestra \ i la p ilítica ext ¡ri ir, la íínica política justificada por nuestra posieión territorial y por nuestra historia sería una política mediterránea. Entre todas las supremacías que España pudiora ejercer en el mundo, ninguna debería de halagarnos tanto como nuestra supremacía en el mar civilizador déla humanidad; y ningún loma podríamos inscribir con más satisfacción en nuestro escudo que el lema: inare nostnun, nosti um.

Poro una política mediterránea necesitaría estar apoyada sobre un fuerte poder moral y hay que ver si nosotros podemos hoy tenerlo. No voy á entonar una eleg'a ni á sacar á plaza nuestra pobreza; acepto gustoso la hipótesis de que hemos hallado una mina ¿o oro puro en los alrededores de Madrid y que no hay más que acuñar ese oro providencial, convertirlo en moneda contante y sonante y adquirir con él la más grande y desaforada colección de acorazados que jamás en todo lo descubierto de los mares se haya podido y pueda hallar. Para los que atienden sólo á la superficie de las cosas, para los que creen que el poder naval está en tener muchos barcos, el problema quedaría resuelto; no habría más que adornar todos esos barcos con la bandera nacional y lanzarlos en busca de aventuras heroicas, (pie continuasen nuestra gloriosa tradición marítima. Para mí. tan formidables escuadras serían un peli- US US gró y acaso un estorbo. Un poder qao do brota espontáneo do la fuerza natural y efectiva de una nación ts un palo en manos de un ciego. Los barcos no van tripulados sólo por hombres, van tripulados por las ideas nacionales; y una nación, que carece de la fuerza expansiva de uu ideal bien cimentado, no hará nada de provecho con un poder marítimo ignorante de los derroteros (pie ha de seguir con fé y constancia. Toda nuestra historia demuestra que nuestros triunfos fueron debidos más á nuestra energía espiritual que á nuestra fuerza (puesto que nuestras fuerzas siempre fueron inferiores á nuestras obras); no pretendamos hoy trocar los papeles y confiar á un p ider puramente material nuestro porvenir. Ante- de salir de España heñios de forjar dentro del territorio ideas quegníen nuestra acción, porque caminar á ciegas no puedo conducir más que á triunfos azarosos y efímeros y á ciertos y definitivos desastres.

Nuestra situación no nos permite imponer nuestro criterio político y nuestra historia se opone á (pie desempeñemos el papel de comparsas; así pues, nuestra línea de conducta en el Mediterráneo como en Europa es el retraimiento voluntario. Pero en este punto, bueno es decirlo, las cosas no aparecen tan claras como cuando se trataba del continente; existen numerosas cuestiones políticas en las (pie España está profundamente interesada y en las que el retraimiento no 63 cosa llana y natural, sino resultado de la reflexión. No hay palmo de terreno en el extenso litoral del Mediterráneo, donde no haya en pié un conflicto político; y >i se los va examiaando uno á uno so notará que todos giran alrededof de dos conflictos capitales, permanentes: la cuestión romana y la cuestión turca. En la primera está España interesada como nación católica, y en la segunda como oación cristiana y en ambas como potencia mediterránea.

El primer punto (pie conviene dejar esclarecido es el que concierne á la intervención posible de España en virtud de sus ideas religiosas: porque las ideas políticas andan tan fuera de sus naturales senderos que hay quien mezcla y revuelve la política con la religión, y quien confunde les intereses de la nación con las aspiraciones de los individuos. Al juzgar sumariamente la política de Felipe II pretendía yo hacer ver cómo en esta política había un error capital: el de haber dirigido la acción de nuestro pais por caminos ajenos á nuestros intereses; pero cómo había asimismo un pensamiento admirable: el do inspirar esa acción en los sentimientos genuinamente españoles. Este es un punto de vista general en todos los asuntos políticos: cuanto se haga hay que hacerlo honrada y sinceramente, á la española; pero no se debe de hacer más que lo que convenga á nuestros intereses. Ni la religión, ni el arte, ni ninguna idea, así sea la más elevada, puede suplir en la acción la ausencia del interés nacional; puesto que este interés abraza todas esas ideas y además la vida total del territorio, su conservación, su independencia, su engrandecimiento. La política, de Felipe 11 nos trajo nuestra ruina, no por su empeño en sostener las ideas católicas, sino por sostener á causa de estas ideas un absurdo político, una obra contraria á los interesos españoles. Y la compensación del sacrificio fué la decadencia, fué la división de la península, fué la humillación de Gibraltar, y por último la amenaza de vernos privados hasta de nuestra independencia. Todos estos desasinieron eslabonados y tuvieron su origen en la obcecación con que pretendimos apoyarnos sobre ideas que carecían de asiento natural en infa reales.