Hoy tenemos un ejemplo palpable de lo que digo en la colonización africana. ¿Puede darse nada más bello que civilizar salvajes, que conquistar nuevos pueblos á nuestra religión, á nuestras leyes y á nuestro idioma? V sin embargo ¿puede darse absurdo mayor (pie una empresa colonial de España en África'.' Si estamos aún en la convalecencia de la colonización americana, si tenemos dos -raudos colonias que en ve/, de darnos las fuerzas que nos faltan, son mgrías sueltas, dos causas de disolución de lo poco que habíamos conseguido fundar, ¿cómo vamos a acometer nuevas empresas colonizadoras? si así lo hiciéramos, más tarde recibiríamos el pago: un desastre económico, una guerra civil, otro ensayo republicano, un nuevo ataque a nuestra independencia:— cualquiera de esas cosas ú otras pe >res, á elegir. España, pues, debe de mirar los asuntos del Mediterráneo con un criterio nacional exclusivista: y si por acaso hubiera de intervenir, debe de intervenir sin abandonar sus ideas, con su carácter de nación católica. Y los que crean que amitos conceptos son contradictorios, que reflexionen un poco y se convencerán de que la contradicción está en pretender que una nación se arraíne p >r defender ideas generosas y arriesgue con su propia vida el porvenir de esas mismas ideas.
Consideradas todas las cuestión» s políticas pendientes en el Mediterráneo desde el punto de vista de nuestros intereses territoriales y marítimos, sin gran esfuerzo so [lega á comprender que las soluciones más favorables serán las más dilatorias. Quien no tiene fuerzas bastantes para decidir, está obligado á trabajar porque DO se decida nada: y si la solución está pendiente porque los intereses antagónicos se bailan en equilibrio, lo más sabio y al mismo tiempo lo más cómodo, es la abstención. Cuando un país se halla real y positivamente interesado on un asunto, como España en Marruecos, la abstención es funesta, porque pone do manifiesto que ese pais, ó desconoce sus intereses vitales, ó bien se llalla tan abatido que tiene que confiarlos á manos extrañas; poro si la intervención no ostá plenamente justificada, la abstención es discretísima y revela gran tacto político, puesto que el lado por donde más pecan así las naciones cerno los individuos es la oficiosidad, la manía de meterse en lo que no les importa. Un hombre que habla poco y á tiempo, se hace digno de estima, adquiere autoridad y sin pretenderlo es consultado sobre cuestiones arduas; un hombre inquieto y entremetido llega á servir de molestia y de estorbo.
La cuestión romana tiene su solución dentro de sí misma, una solución lógica, independiente de la voluntad de los hombres y por lo tanto irremediable^ aniquilamiento del poder político establecido en Roma. Quizás para el porvenir del catolicismo y de las naciones católicas convendría privar para siempre al Pontificado de un poder temporal, que, cuando existió fué una causa constante de vivalidad entre lofc Estados católicos deseosos de dominar en Italia desunida, y hoy que no existe continúa siendo un motivo de discordia y de perturbación. Poro aunque el Sumo Pontífice aceptara el hecho consumado y se conformara con asegurar su independencia mediante garantías internacionales, no resolvería tampo;o el conflicto, porque este no esta en las personas, sino en las ideas y más (pie en las ideas en la realidad. Una ciudad teocrática como Koma. Jerusalén ó la Meca, para no hablar sólo del catolicismo, do puede ser asiento de un poder politico estable, porque la gobernación de un Estado es operación interior al gobierno de la vida espiritual y por este hecho la autoridad civil se halla ideal y realmente supeditada ¡i la autoridad religiosa. Nohay más que dos soluciones: ó fundir las dos autoridades en una sola 6 condenarla autoridad política al vasallaje. El poder político tiene la fuerza, pero la fuerza es flor de un día. En definitiva lo que triunfe es la idea;;.y qué comparación puede haber entre un régimen político pasajero, y un régimen espiritual inmutable?
La casa de Saboya es de las más estimables, poi su prestigio y por la sinceridad con que ha aceptado y practicado el sistema moderno constitucional y democrático; después de la casa de Sajonia Coburgo Grotha, que en este punto se lleva la palma, no creo (pie haya en Europa otra que desempeñe con más perfección que la de Saboya el papel tan difícil como desagradable de reinar y no gobernar; pero la dinastía de Saboya está sujeta á muchas alternativas,.-'i los naturales ascensos y descensos de las cosas temporales, á la decadencia y hasta la extinción; en lauto que la Santa Sede representa una dinastía espiritual, impersonal é indestructible, que rige sus asuntos por períodos seculares y que ha visto nacer y morir, no ya poderes dinásticos, sino sociedades enteras, Entre dos poderes de tan diferente fuerza espiritual, la lucha es imposible; el poder espiritual aunque n i lo desee tiene que destruir el poder político; y la culpa no será del primero, sitio del segundo, (pie ha osado empeñar una partida desmesuradamente superior á sus fuerzas.
La idea de la unidad política no tiene un valor absoluto, y está subordinada á otras que tienen ya su arraigo en la vida. En Espafia no hay ningún Papa y no hemos constituido la unidad ibérica; en Italia pudieron también aceptar una solución más respetuosa con la realidad; en vez de una nación simétrica, con Roma por capital, y la amenaza constante de un conflicto insoluble, pudieron fundar algo menos regular y perfecto; pero más firme y durable. La consolidación de la unidad italiana, tal como hoy existe, requiere el aniquilamiento del Pontificado; pero como la empresa no está al alcance de ninguna dinastía, habrán de continuar existiendo en una misma ciudad dos poderes antagónicos, de los cuales triunfará uno, el más fuerte, esto es, el espiritual, sin necesidad de auxilio ajeno, contra la oposición de los adversarios, por el hecho sólo de la coexistencia.
La cuestión de Oriente es también mixta, política y religiosa; pero de un orden completamente distinto. El problema consiste en destruir una dominación discordante del rosto de Europa, en expulsar un pueblo refractario al orneo de sangre y de ideas; y las fuerzas puestas en juego son intereses políticos y simpatías acaso más aparatosas que sinceras en pro de los cristianos sometidos al poder turen; bien que no falten espíritus inspirados por legítima emoción, que como el profesor belga Kurth pidan poi'o menos que la resurrección do las Cruzadas. El poder mahometano es siempre terrible, por muy hundido (pie so halle: es como el mar; so retira y vuelvo; pero esto no es razón para que se lo destruya. En ol mundo no so debe de destruir nada, porque todo existe por algo y para algo. Hay (pie tener amplitud de ideas y comprender que la vida es susceptible de muchas formas, en las que hay siempre algo bueno. El cristianismo por su esencia está incapacitado para acudir á los procedimientos brutales; tiene (pío defenderse, pero sido hasta asegurar su independencia y su libertad do pacífica propagación.
Por esto no hay (pie confundir la protección délos cristianos sometidos á la dominación turca con la acción puramente política de Europa en Turquía. Los (pie claman contra la dominación turca y dicen de ella que es baldón y oprobio de Europa, parten de un concepto geográfico mezquino, porque si esa dominación ha de existir ¿qué problema se ha resuelto con empujarla hacia el Asia menor, donde continuaría cometiendo los mismos atropellosque hoy comete? 0 hay que expulsará los turcos de todos los territorios habitados por cristianos ó hay que tolerar isa su dominación é impedií que den Honda suelta á su fanatismo. Una expulsión total, es obra imposible, y para conseguir lo segundo, oo hay remedio más eficaz que conservar la Turquía en Europa, donde las naciones europeas punían ejercer su acción combinada sobre seguro. Es más, Turquía en Europa es una fuerza casi nula, que camina porsus pasos contados, á colocarse bajo la tutela riel continente mientras que Turquía en Asia, no tardaría en levantar la cabeza y en ser una fuerza temible; en Europa está lejos de su centro territorial, del núcleo de su poder y apenas si logra sostenerse entre tantos peligros como la cercan; en Asia, desligada de compromisos, dirigida acaso, por gente nueva, sería un criad: ro de combatientes fanáticos que recomenzarían la lucha. Recuérdese cómo el islamismo, quebrantado por las Cruzadas, repitió su acometida aun más furiosa que la primera contra Europa, por Oriente, al presentarse en escena el pueblo turco. El islamismo es peligroso si se le deja dominar grandes territorios unidos entre sí y constituidos en federación religiosa; porque el islamismo no se propaga individualmente sino en forma de irrupciones violentas, rápidas, en diversas direcciones, dentro do su demarcación natural geográfica y á veces traspasándola y acometiendo á pueblos extraños. Así una renovación de las fuer/as del Islam sería posible, si cualquiera de las sectas que continuamente nacen de 61, tuviera libertad para extenderse en todos sentidos y llegara á reconstituir la unidad necesaria para el combate. Una política europea previsora, debe de encaminarse á fraccionare! Islam, á inferen piar osas corrientes, fijando en cüforentes puntos intermedios centros de poder, que sirvan de aisladores entre estados mahometanos independientes; pero nunca á destruir por completo la independencia política del islamismo, que por el hecho de existir tiene perfecto derecho á mantener podeíes políticas autónomos. Cualquiera idea religiosa que encarne en una raza y constituya un centro de poder y cree intereses históricos, exige ser respetada en so independencia política hasta tanto que con el tiempo se destruye y desaparece; si queremos quebrantar un poder Luchemos por destruir la idea que lo sostiene: pero mientras la idea subsiste es grandemente abusivo encadenarla bajo la opresión de la fuerza y además de abusivo arriesgado; si fuera posible reducir al vasallaje todos los territorios dominados hoy por el Islam, veríamos oómo so constituía en el acto una Confederación de vencidos y CÓmO por debajo de la acción dominadora de Europa, comenzaba á circular en secreto la palabra maravillosa, la consigna para el día de la rebelión. Todas las rivalidades que hoy existen entre los poderes mahometanos, carcomidos por la inacción, desaparecerían, quedando en limar de ellas una rivalidad formidable: la del cristianismo vencedor y el mahometismo vencido, humillado, poro de ninguna manera anidado ni destruido.
i por el Norte, ni por el Occidente, ni por el Oriente, Iiallar:i España una promesa de engrandecimiento mediante la acción política exterior: no encontraremos ni una finalidad bien mareada para nuestra política, ni la exhuborancia ele fuerzas que impulsa hacia la acción irreflexiva, hacia las empresas del instinto, que brotan espontáneas del espirita del territorio. Necesitamos reconstituir núestras tuerzas materiales para resolver nuestros asuntos interiores, y nuestra fuerza ideal para influir en la esfera de nuestros legítimos intereses externos, para fortificar nuestro prestigio en los pueblos de origen hispánico. En cuanto á la restauración ideal, nadie pondrá en duda que debe de ser obra nuestra exclusiva; podremos recibir influencias extrañas. orientarnos estudiando lo que hacen y dicen otras naciones; pero mientras no españolicemos nuestra obra, mientras lo extraño no esté sometido á lo español y vivamos en laincertidumbre en que hoy vivimos, no levantaremos cabeza. Nuestra debilidad intelectual se patentiza en la incoherencia de nuestra cultura, formada de retazos de diferentes colores como la vestimenta de los mendigos. Pero tocante á nuestra restauración material, los pareceres no son ya tan unánimes. Hay quien espora «aún» la herencia milagrosa, como si tuviéramos muchos tíos en las Indias. Después de varios siglos de andar arrastrándonos por los suelos, no queremos todavía caer en la cuenta deque hay que confiarlo todo á nuestro esfuerzo, y que para trabajar, que es le que interesa, tenemos hoy por hoy dentro de España, más tierra, más luz y más aire que necesitamos.
Hay quien confía en las colonias; cerno si no supiéramos que con nuestro sistema de colonización, las colonias nos cuestan más que nos dan; y esto no admite reforma ni necesita reforma tampoco. La ver- (ladera colonia debe costar algo á la metrópoli; puesto que colonizar no es ir al negocio, sino civilizar pueblos y dar expansión á las ideas. Dejemos á otros pueblos practicar la colonización utilitaria y continuemos nosotros con nuestro sistema tradicional, que malo ó bueno, es al fin nuestro. Estamos ya demasiado avanzados para cambiar de rumbo, y aunque opusiéramos no podríamos tomar otro nuevo, y aunque pudiéramos no adelantaríamos nada con superponer á un edificio construido con arreglo á nuestras ideas, un cuerpo más de estilo diferente, copiado quizás sin discernimiento. No tiernos podido formar un concepto propio sobre la colonización á la moderna: atengámonos al antiguo, prosigámoslo con tenacidad, aunque choque con las ideas corrientes; porque si nosotros no tenemos fe en las obras que creamos, ¿quién la tendrá por nosotros y cuál será nuestra misión en la historia futura?
No ha mucho leí yo una obra de un polltio viajante inglés sobre «Los pueblos y la política en extremo < tríente. en la cual es censurada con tan extremada dureza nuestra acción colonial en Filipinas, (pie no puedo estampar aquí, por impedírmelo cierta invencible repugnancia, ninguno de los conceptos de aquel esbozo crítico. En ''-l. sin quererlo, el autor traza la linea divisoria de los dos métodos de colonización empleados por los antiguos conquistadores y los modernos comerciantes. No he de discutir aquí el valor relativo de uno y otro sistema; sólo diré que me gusta más el antiguo porque era más noble y desinteresado. Pero esto no quita para ([iie B6 reconozca que la colonización á la moderna.
es útil á Las Daciones fin»1 la practican, en tanto que la antigua colonización representa para la metrópoli una pérdida de fuer/as. que á primera vista noofre* cen un resultado beneficioso pero que á la larga fructifican donde deben fructificar, esto es-, en las coló* oias.
Así, pues, nosotros no podemos contar con la ayuda de nuestras colonias y justo es que se sepa que de "lias b!>lo hemos de recibir el mismo pago que recibimos de las que se emanciparon; sólo podemos aspirar á que el mantenimiento de nuestra dominación no nos cueste demasiados sacrificios, y para ello hemos de abrir un poco la mano, renunciar á la dominación «materialista, á la que hoy nos condena nuestra postración intelectual y conceder más importancia (pie á la administración directa de las colonias por la metrópoli, á la conservación de nuestro prestigio, un tanto quebrantado por las pretensiones egoístas de los detentadores y usufructuarios del poder político.
Hay quien cree que el término fatal de la colonización, es la emancipación de las colunias. A mi juicio este concepto es teórico. También los hijos pueden emanciparse, y los códigos establecen cuándo y cóm » se pie. 'de la patria postestad; y sin embargo, muchos hijos no se emancipan nunca, ni piensan siquiera en la emancipación. Pasan de un estado civil á otro diferente sin notar la diferencia, y a nadie se le ocurro esperar que llegue el día marcafio por la ley para decirle á su padre: desde hoy ha cesado usted en el ejercicio de las funciones (pie hasta, aquí ha venido desempeñando. Sólo en casos extremos se rigen los hombres por i de las leves, y solo en casos extremos luchan las colonias por conquistar su independencia. Si merced á una política hábil y má*s que hábil desinteresada, se mantiene la debida unidad de ideas y sentimientos entre una metrópoli y sus colonias, se puede aplicar sin peligro el régimen autonómico, que conducirá, no á la emancipación, sino á la confederación de las colonias autónomas con su metrópoli; y de esta suerte, la autonomía no soiá un primer paso hacia la emancipación, seni el comienzo de una unión más íntima. lograda mediante el sacrificio de eso que ye he llamado dominación materialista. Pero estas delicadezas políticas, no son siempre prácticas, porque requieren el concurso de hombres especialmente educados para tan difíciles empeños, y no todas las naciones poseen hombres de esta clase. Si se imp anta un régimen autonómico j se continúa haciendo uso de les viejos procedimientos gubernativos, el fracaso es seguro, y autos que llegar a id es preferible ó la dominación tranca y firmemente sostenida ó la emancipación tranca y leal mente otorgada.
Esta manera de juzgar nuestros asuntos parecerá de seguro pesimista, porque como ya he dicho estamos habituados á la idea de que el engrandecimiento de una nación ha de conseguirse agrandando el territorio ó trayendo á él riquezas ganadas en territorios extraños (i en las colonias. Nuestro concepto <le la grandeza continúa siendo material y cuantitivo y quien quiera que trabaje por desarraigar y destruir las aspiraciones fantásticas de nuestra nación es mirado como hombre de poca fé. Supongamoa que en un canee que lleva poca agna hay doa saltos ó caídas de igual altura y que dos ingenieros tratan de aprovecharlos para esta ó aquella especie de fabricación: el uno monta una industria pequeña, proporcionada al motor, y desde el primer momento obtiene un resultado útil; el otro construye una fábrica de proporciones imponentes, que no puede funcionar por falta de auna. Para los que ven las cosas por fuera, que desgraciadamente son los más, el ingeniero que construyó en grande os un hombre de genio, y el que estableció la pequeña industria un hombre de facultados muy escasas, incapaz de elevadas concepciones. Tara los pucos que no se contenten con ver la fachada y examinen lo que hay dentro de ambos edificios, el hombre de genio se convertirá en poco menos que un idiota y el que parecía tener pocos alcances revelará ser una persono sabia, y discreta; el uno trabajando en grande ha demostrado su ineptitud para lo grande y para lo pequeño; el otro obrando en pequeño ha demostrado su capacidad para lo pequeño y para lo grande.
La fábrica española ha estado parada durante largos años por falta de motor; hoy empieza á moverse porque hemos aligerado ó nos han aligerado el artefacto, y ya hay quien desea volver á las antiguas complicaciones, en vez de trabajar por aumentar la escasa fuerza motriz de que hoy disponemos. De aquí la necesidad perentoria de destruir las ilusiones nacionales; y el destruirlas no es obra de desesperados, es obra de noble y legítima ambición, polla cual comenzamos á fundar nuestro positivo engrandecimiento. La grandeza ó la pequenez de las I2f) naciones no depende de la extensión del territorio ni do I número rio habitantes. Bajo la e-asa de Austria. España fué una nación inmensa y por serlo cayó on la postración y en la parálisis: en tiempo de Carlos 11. España fué como una ballena muerta, flotando en el mar é interceptando el paso á los navegantes: on cambio, unas cuantas provincias desligadas <lc España, las Provincias Unidas, hábilmente gobernadas por Guillermo de Orange, se transformaban on centro político de Europa y contrarrestaban el poder á la sazón omnipotente de Francia.
Este hecho, notado por Macaulay, tiene una explicación naturalísima. Los Paises Bajos, dominados por España, eran no más que territorios habitados por hombres; al hacerse independientes se convirtieron en nacionalidad. La unión política no aumentaba las fuerzas, al contrario, las anulaba, porque estas fuerzas oran antagónicas. Nosotros gastábamos nuestras energías en destruir la resistencia de los Países Bajos, y éstos gastaban las suyas luchando contra nuestra dominación; aunque la unión hubiera sido constantemente pacífica, la fuerza no hubiera aumentado por ser opuestas las aspiraciones políticas territoriales. Holanda independiente, movida por sus propias ideas, era una nación más fuerte, más figíl que el gran imperio español paralizado, impotente para coordinar en una acción bien determinada los esfuerzos perdidos en sostener el equilibrio entre varias políticas contradictorias.
Cuando se invoca el respeto a las tradiciones, ha de precisarse bien qué so entiende por tradiciones. España comienza ahora una nueva evolución ó ha de Comenzarla ón breve y en ella ha timar herido la España tradicional; estoes inevitable, pi t:i que los españoles de' hoy 'descendemos sin mezclas extrañas cié los españoles antiguos, y continuariios viviendo éíi nuestra casa solariega; los griegos dé hoy tienen poea sangre helénica (y hay quien croo qne no tienen ninguna1)', y sin embargo aspiran á enlazar su historia contemporánea con la historia antign.1 né G-reeia. Pero lo que liOsotros debemos tomar de la tradición es lo qué ella nos da ó nosimpone: el espíritu; en cnanto á los hechos, hay qne examinarlos de cerca y ver el valor real que tienen, porque muchos no sirven para nada y otros son perjudiciales. La mayor parte de nuestra historia moderna es un contrasentido político, por el qne hemos venido á caer donde ahora nos vemos; si la nueva evolución so empalma con la anticua y seguía pOr las indicaciones ipie se desprenden de ios hechos tradicionales, no adelantaremos jamás un paso. Una nación que se hada mi su apogeo pilédo resistir desviaciones políticas no justificadas con ngor por sus intereses territoriales; pero una nación que comienza á adquirir fuerzas tiene que ser más exclusivista y no distraerse en aventuras peligrosas; aun en aquellos casos en que la acción está más justificada hay que contar con medios amplios para, sostenerla; medios materiales y muy principa Unen te energía espiritual; adquirida mediante la comprensión exacta de la obra que so intenta, el conocimiento previo de lo que la obra ha de ser, en suma, la «realización ideal dé la obra oonio tipo de realización material.
x.v dirección rradieionRlmóntoscfíaladaa' nuestra política exterior, es la que se designa generalmente diciendo que hay- que cumplir el testamento do [sabe! la Gatólica. TCI porvenir do España está en Mri-• ■a: y las aspiraciones nacionales se oseapan por esa ¡•¡tima abortara, como si estuvieran aprisionadas en nuestro territorio y buscasen on la huida la libertad, líe aquí un ejemplo más de verdadero pesimismo: el de los que desconfían do!ne fuerzas picpias de su nación, y creen que ésta no será grande en tanto qma no se le afiada nlf$ún pedazo-do tierra, donde, yn que eu íi no se consiga, ton^amiosal menos el ¿nipto tío quu ondeo el pabellón nacional.
En materia, de colonización africana España nolá podido hacer más qno leservarse el dominio de aquella parte dol litoral africano que on manos extranjeras pudiera ser un vecinazgo peligroso para nuestras posesiones tradicionales. No estaba en su mano acometer nueves trabajos de colonización, má* \ime.si había de colonizar por el sistema absurdo y üOOSUrablo, empleado hoy (Mi AíVica.
Las razas africanas no Bon comparables á las americanas ó asiáticas; están en un girado bastanto interior de evolución y no pueden resistir la cultura europea: lo más sensato hubiera sido desparramar por todo el litoral y rios navegables de África, factorías y misiones, que tueseq como la levadura que luciese fermentar h\s cualidades nativas do los africanos; pero esta oliva reipier a muchoriempo; hoy se carece de paciencia y si alguna se tuviese las rivalidades políticas darían coa ella al traste; así pues, se lia acudido a la dominación directa, á las invasiones cu t'l interior y cuando es preciso para asegurar la buena marcha de los negocios, á la matanza de los pueblos que se pretendía civilizar. Se parto de Europa con ideas de redención y se llega á África con ideas de negociante; y al regreso no so aplaude al que lia trabajada más por mejora]' la suerte de la raga negra, sino al que lia matado más ó al que lia amasado más crecida fortuna.
Sin embargo, cuando en hispana se invoca el testamento de [sabel la Católica, las ideas se fijan principalmente en el Norte de África, y hoy, per necesidad, en lo único que qi:eda en pié, con vida independiente, el Imperio marroquí. Este os el cuarto de los puntos cardinales, el Sur, de que aún no habíamos tratado; y no faltará quien piense que después de cerrar tedas las puertas de la nación debe dejarse esta última abierta, para noquedarnos completamente á oscuras. Yo entiendo que la política áfrica na era muy natural después de terminada la Reconquista, y si á ella hubiéramos consagrado todas las fuerzas nacionales, hubiéramos fundado un poder político indestructible tanto porque nacía lógicamente do nuestra historia medioeval, cuanto po que no hubiera chocado con los intereses de Europa; pero el tiempo no pasa en balde y el tiempo ha traído grandes cambios. El poder musulmán se halla en tal estado de postración que ha menester de quien lo proteja para que no lo destruyan demasiado pronto; los resentimientos acumulados durante la Edad Media, aunque refrescados de vez en cuando, no sen hoy lo que eran hace cuatro siglos; y porúltimo y esta esla razón más poderosa, nosotros no somos ya un pueblo pujante, ansioso de expansión, aunque por rutina pidamos expansiones; somos un pueblo experimentado y escarmentado que por falta de memoria aprovecha poco y nial 8'is escarmientos y sCi experiencia.
Espafia tiene un interés demasiado visiblo para ij'i! necesite de aclaraciones, por conservar o! territorio del otro lado del Estrecho, alejad'" cuanto más mejor de la arción política de Europa; y esto interés por nadie estará mejor servido que por los (pie actualmente lo sirven. Si nosotros nos dejásemos llevar de esos deseos tradicionales sin contar como no contamos hoy con los medios indispensables para completar la obra del ejército y de la política, y lográsemos establecer nuestro protectorado ú dominación sobre Marruecos, ipiixás no serviríamos más que ile introductores de los famélicos comerciantes de Europa y. en tanto que éstos recogían la utilidad práctica del cambio do poder, nosotros cogeríamos la odiosidad del pueblo dominado que vería en núes t>a acción la cansa manifiesta de todos los ataques dirigidos contra sus sentimientos esclusi vistas y por naturaleza refractarios á la civilización europea. Seríamos, pues, fautores inconscientes de intereses contrarios á nuestros intereses y obreros do nuestra propia ruina. La guerra de África es una prueba patente de que la política africana no está apoyada aún por interesos vitales do nuestra nación, sino por entusiasmos popularos, vagos, indefinidos. Cuando se acomete una empresa exigida per una n icesidad ieal de expansión, de abrir campo á las energías exuberantes de un país, la victoria militar, sean cuales fueren los obstáculos que se interpongan, deja vu vu detrás de sí más profundo rastro que el que luí dejado nuestra victoria, Uxa restauración de la vida entera do España no puede tenor otro punto de arranque que la concentración do todas nuestras onorgías dentro do nuestro territorio. Hay que cerrar pon cerrojos, llaves y candados tudas las puertas por donde ol ospí» ni u español se escapó di' España para derramarse por los cuatro puntos del lioráonte, y por donde hoy espora que ha di; venir la salvación: y od cada una de esas puertas no posáremos un rótulo dantesco (pie diga: «Laseiato ogni speran/.a. sino este utro nuts consolador, más humano, muy profundamente humano, imitado do San Agustín: Noli toras iré; in interiore Hispan i;^ habitat ventas.
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C^ i contrastamos ol pensamiento íilosótico do una w_} obra maestra de arte con el pensamiento de la tinción en que tuvo origen, veremos que con independencia del propósito del autor la obra encierra nn sentido, que pudiera llamarse histórico, concordante con la historia nacional, una interpretación del ospíiitu de esta historia. Y cuanto más estrecha sea la concordancia el mórito de la obra, sera* mayor, porque, el artista saca sus fuerzas invisiblemente de la confusión de sus ideas con las ideas de s*i lenitotio, obrand-o como un reflector en el quoestas ideas se cruzad y se mezclan y adquieren al cruzarse \ mezclarse la luz de que separadas carecían. Dna lillas obras mayores do nuestra teatro es La vida es sueño de Ualderón; en ella, <mi un caso psicológico individual que tiene un valia- simbólico universal, nos dn el artista una explicación clara, lúcida y profetica de nuestra historia. España, eomo Segismundo, fuá arrancada violentamente de la caverna di1 su vida oscura de combates contra los africanos, 'anz ida al Kico de la vida ouropoa y c invertida 011 rluefíii y señolea de gentes que ni siquiera conocí.i; y cuando después de muchos y extraordinarios sucosos, que parocen más fantásticos que reales, volvemos á la razón en nuestra antigua caverna, en la que nos hallamos al presente encadenados Demuestra miseria y nuestra pobreza, preguntamos si toda esa historia fué realidad ó fué sueño, y solo nos hace dudar el resplandor de la gloria que aun nos alumbra y seduce como aquella imagen amorosa que turbaba la soledad de Segismundo y le hacía exclamar: — Sólo á una mujer amaba que fué verdad creo yo — pues que todo se acabó* —y esto s^lono se acaba. x pueblo no puede y si puede no debe vivir sin gloria; poro tiene muchos medios de conquistarla, y adornas la gloria se muestra en formas varias; hay la gloria ideal, la más noble, á laque se llega per el esfuerzo de la inteligei-cia; hay la gloria de la lucha por el triunfo de los ideales do un pueblo contra los de otro pueblo; hay la gloria del combate feroz por la simple dominación material; hay la gloria más triste de aniquilarse mutuamente en luchas interiores. EspaOa ha conocido todas las formas déla gloria, y desde hace largo tiempo disfruta á todo pasto de la gloria triste; vivimos en perpetua guerra civil. Nuestro temperamento excitado y debilitado por inacabables períodos de lucha no acierta á transformarse, á buscar un medio pacífico, ideal, de expresión y á hablar por signos más humanos que los de las armas. Así vemos que cuantos se enamoran de una idea (si es que se enamoran) la convierten en medio de combate; no luchan realmente porque la