idea triunfe; lachan porque laidea exige una formo exterior en que hacerse visible y á falta de formas positivas i'i creadoras aceptan las negativas ó destructoras: el discurso, no como obra de arte, sin»» comí» instrumento de demolición, el tumulto, el motín, la revolución, la guerra. De esta suerte, las ¡deacu vez de servir para crear obras durables que fundando algo nuevo destruyesen indirectamente lo viejo é inútil, sirven para destruirlo todo, para asolarlo todo, para aniquilarlo todo, pereciendo ellas también entro las ruinas.
Ks indispensable forzar nuestra nación á que se desahogue racionalmente y para ello hay que infundir nueva vida espiritual en los individuos y por ellos en la Ciudad y en el Estado. Nuestra organización política hemos visto que DO depende del exterior; no hay causa exterior que aconseje adoptar esta 6 aquella forma de gobierno; nuestras aspiraciones de puertas afuera. ó son infundadas ó utópicas ó realizables á tan largo plazo que no es posible distraer ¡i causa de ellas la atención y continuar viviendo a la espectativa. La única indicación eficaz que del examen de nuestros intereses exteriores se desprende es (pie debemos robustecer la organización que hoy tenemos y adquirir una fuetza intelectual muy intensa porque nuestro papel histórico nos obliga a transformar nuestra acción de material en espiritual. Espafia ha sido la primera nación europea engrandecida por la política de expansión y de conquista; ha sido la primera en decaer y terminar su evolución material, desparramándose por extensos territorios y es la primero que tiene ahora (pío trabajaren una restauración política y social deun orden completamente nuevo; p »r lo tauto, su situación es distinta de la de las demás Daciones europeas y no debe de imitar á ninguna, sino que tiene que ser ella la iniciadora «le procedimientos nuevos, acomodados á hechos nuevos también en la historia. Ni las ideas francesas, ni las inglesas, ni las alemanas, ni lasque puedan más tarde estar en boga, nossirven, porque nosotros, aunque interiores en cuanto á laintlucncia política, sumes superiores, más adelantados en cuanto al punto en que se halla nuestra natural evolución; per el hecho de perder sus fuerzas dominadoras (y tudas las naciones han de llegar á perderlas) nuestra nación ha entrado en una nueva taso de su vida histórica y ha de ver cuál dirección le está marcada por sus intereses actuales y por sus tradiciones.
Et, problema pul. tico que España ha de resolver no tiene precedentes claros y precisos en la historia. Una nación fundadora de numerosas nacionalidades, logra tras un largo período de decadencia reconstituirse como fuerza política animada por nuevos sentimientos de expansión; ¿qué forma ha do tomar esta segunda evolución para enlazarse con la primera y no romper la unidad histórica á que una y otra deben de subordinarse? Porque aquí la unidad no es un artificio, sino un hecho; el artificio sería cortar con la tradición y pretender comenzar á vivir nueva vida, como si fuéramos un pueblo nuevo, acabado de sacar del horno. España tiene acaso caminos abiertos para emprender rumbos diferentes de los que lo señala su historia: pero un rompimiento con el pasado sería una violación de las leyes naturales, un cobarde abandono de nuestros deberes, un sacrificio de lo reaj por lo imaginario. Ninguna nueva acción exterior puede conducirnos á restaurar la grandeza material de España, á reconquistarle el alto rango que tuvo; nuestras nuevas empresas serían eomo las pretensiones de esos viejos impenitentes que en lugar de resignarse y consagrarse al recuerdo de sus nebíes amores juveniles se arrastran en busca de nuevos amores fingidos, de nuevas caricias pagadas, He parodias risibles, cuando no repugnantes, do las bellas escenas do la vida sentimental En cambio, si por el solo esfuerzo de nuestra inteligencia lográsemos reconstituir la unión familiar de todos los pueblos hispánicos, é infundir en ellos el OllltO <le U!)es tnismOS ideales, de nr.estlos ideales.
cumpliríamos una gran misión histórica, y daríamos vida ¡i una creación, grande, original, nueva en les fastos políticos; y al cumplir esa misión no trabajaríamos en beneficio de una idea generosa, pero sin utilidad práctica, sino que trabajaríamos por nuestros propios intereses, por intereses más transcendentales (pie la conquista de unos enantes pedazos de territorio. Puesto que liemos agotado nuestras fuer/as de expansión material, hoy tenemos que cambiar de táetiea y sacar á luz las fuerzas que lio se agotan minea, las de la inteligencia, las cuales existen Intentes en Hispana y pueden cuando s i desarrollen levantarnos ¡i grandes creaciones que satisfaciendo nuestras aspiraciones a la vida noble y gloriosa, nos sirvan como instrumento político, reclamado por la obra que liemos de realizar. Desde este punto de vista, las cuestiones políticas a que España consagra principalmente su atención, sólo merecen desprecio. Vivimos imitando, debiendo de ser creadores; pretendemos regir nuestros asuntos por el ejemplo de los que vienen detrás de nosotros y iludamos á caza de formas de gobierno, de exterioridades políticas, sin pensar jamás qué vamos á motor dentro de ellas para que no sean pura hojarasca.
La organización de los poderes públicos no gs materia muy difícil; no exige ciencia ni arte extraordinarios, sino amplitud de criterio y buena voluntad, una sociedad que comprende sus intereses organiza el poder del modo más rápido posible y pasa á otras cuestiones más importantes; una nación (pie vive un siglo constituyéndose no es nación seria; en ese hecho solo da á entender (pie no sabe á dónde va, y (pie por no saberlo se entretiene discutiendo el camino que conviene seguir. Los poderes no son más que andamiajes; deben de estar hechos con solidez para (pie se pueda trabajar sobre ellos sin temor á accidentes; lo esencial es la obra (pie, ya de un modo ya de otro, se ejecuta. La obra de restauración de España está muy cerca del cimiento; el andamiaje sube hasta donde con el tiempo podrá llegar el tejado; y hay gentes insaciables ó insensatas (pie no están contentas todavía. La falta de fijeza que se nota en la dirección de nuestra política general, es sólo un reflejo de la falta de ideas de la nación; de la tendencia universal á resolverlo todo mediante auxilios extraños, no por propio y personal esfuerzo: la nación entera aspira á la acción exterior, á una acción indefinida y no comprendida que realce núestro mermado prestigio; lasciu lades viven cu la un ndicidad ideal y económica y todo 1" esperan del Estado; sus funciones Bon reglamentarias y materiales; cuando conciben algo grande, no es ninguna grandeza ideal, sino una grandeza cuantitativa: el ensauclie, que viene á ser una reducción de la idea do agrandamiento nacional por medio de laanexiónde territorios ó terrenos que nonos hacen taita; los individuos trabajan lo suficiente para resolver el problema de no trabajar, de suplir el trabajo personal que requiere gasto de iniciativas y de energías por alguna función rutinaria, coucuerdo ó no concuerde con las aptitudes 6 los escasos conocimientos adquiridos. En suma, las esperanzas estáu siempre cifradas en un cambio exterior favorable, no en el trabajo constante 6 inteligente.
Dadas estas ideas, los oambios políticos sil'VOIl sólo para torcer más los viciados instintos, l'n ejemplo muy claro nos ofrecen nuestras l" Diversidades. Si' creyó encontrar el remedio para nuestra penuria intelectual infundiendo á ios centros docentes nueva savia, transformándolos de escuelas cerradas en campos abiertos, como se dice, á la difusión de toda dase de doctrinas. Y la idea era buena y I" sería si noestuviera reducida á un cambio de rótulo. Porque la libertad de la cátedra u i es buena ni mala en sí; es un procedimiento que puede ser útil ó inútil, como el antiguo, según el uso que de él se haga. La enseñanza exclusivisl i sería buena si los principios en que se inspira tuviesen vigor bastante, sin necesidad de las excitaciones de la eontro\orsia, paia mantener vivas y fecundas ¡as ciencias v las arles tío la nación; poi esto sistema tendríamos una cultura un tanto estrecha de criterio é incompleta, pero üii cambio tendríamos la unidadde inteligencia y de acción. Sólo cuando las doctrinas decaen y pierden su fuerza creadora se lince necesario introducir levadura fresca que las haga de nuevo fermentar. La enseñanza libre (y no liablo de las formas ridiculas quo en la práctica lia tomado en España) tiene también como todas las cosas, dos asas por donde cogerla; el punto flaco es la falta de congruencia entre las diferentes doctrinas, el desequilibrio intelectual que las idoas contradictorias suelen producir en las cabezas poco fuertes; la parte buena es la impulsión que se da al espíritu para que con absoluta independencia elija un rumbo propio y se eleve á concepciones originales. Nosotros hornos tocado el mal; pero noel bien. Se decía que la enseñanza católica nos condenaba á la atrofia intelectual; la libertad de enseñanza nos lleva á un rápido embrutecimiento. Sabemos que ¡■ti esta ó aquella Universidad existen rivalidades pseudo-cien tíficas, porque leemos ú oímos que los adherentes á los diversos bandos han promovido un tumulto ó han venido á las manos como carreteros.
Lo que no había antes ni hay ahora, salvo honradísimas excepciones, es quien cultive la ciencia cientíticamente y el arte artísticamente; se han perdido to los los pesos y todas las medidas, salvándose solo una, la de las funciones públicas; sea cual lucre la esp ecie y mérito de una obra, sabemos que no ser ¡i estimada sino después que el autor ocupe un buen puesto en los escalafones sociales. Dé aquí la subordinación de todos nuestros trabajos, de n uestros escasos trabajos al interés puramente exterior; y aún hay mérito en l"> que los subordinan, puesto que la generalidad los suprime del todo y se contenta con los puestos de los escalafones. Lis Universidades, como el Estado como los Municipios, son organismos vacíos; no son majos en sí. ni hay que cambiarlos; no hay que romper \.\ máquina; lo que hay qne hacer es echarlo ideas, para que oo ande en seco. I 'ara romper algo, rompamos el universal artificio en que vivimos, esperándolo todo do fuera \ dando á la aeti\ idad una forma exterior también; y luego t ransform aremos la charlatanería en pensamientos sauos j lili les y el combate externo que destruye en combate interno que crea. A.sí es como se trabaja por fortalecer los poderes públicos, y asi es como se lefornian las instituciones.
* Si yo fuese consultado como médico espiritual para formular el diagnóstico del padecimiento que los españoles sufrimos, (porque padecimiento hay y de difícil curación) diría que la enfermedad se designa con el nombre de <no-querer: ó en términos más científicos por la palabra griega aboulia. que significa eso mismo, ^extinción ó debilitación grave de la voluntad::y lo sostendría si necesario fuera con textos de autoridades y examen de casos clínicos muy detallados, pues desde Esquirol y Maudsley hasta Ribot y Piorre Janet hay una larga serie de médicos y psicólogos (pie han estudiado esta enfermedad, en la que acaso -<• revela más claramente que en ninguna otra el influjo dé las perturbaciones mentales sobre las funciones o:'gáui¡ Hay una forma vulgar de la aboulía que todos conocemos y á veces padecemos.;A quién no lo habrá invadido en alguna ocasión esa perplejidad del espíritu, nacida del quebranto de tuerzas ó del aplanamiento consiguiente;'i una inacción prolongada. <•!! que la voluntad falta de una idea dominante que la mueva, vacilante entre motivos opuestos que se contrabalancean, ó dominada por una idea abstracta, irrealizable, permanece irresoluta, sin saber i|iié hacer y sin determinarse á bacer nada? Cuando tal situación de [tasajera se convierte en crónica, constituye la aboulía, la cual se muestra al exterior en la repugnancia de la voluntad á ejecutar actos libres. En el enfermo de aboulía hay un principio de movimiento que demuestra, que la voluntad no se lia extinguido en absoluto; pero ese movimiento actúa débilmente y rara vez llega á su término. No es un movimiento desordenado que pueda ser confundido con los del atáxico; hay en un caso debilidad y en otro falta de coordinación; y tanto es así que en laaboulíafueradelos actos libres, les demás, los psicológicos, los instintivos, los producidos por sugestión, se realizan ordenadamente.
Les síntomas intelectuales déla aboulía son muchos: la atención se debilita tanto más cuanto más nuevo ó extraño es el objeto, sobre el cual hay que fijarla; el entendimiento parece como que se petrifica y se incapacita para la asimilación de ideas nuevas; sólo está ágil para resucitar el recuerdo de los hechos pasados; pero si llega á adquirir una idea nueva, falto del contrapeso de otras, cae de la atonía en la exaltación, en la idea fija que le arrastra á la impulsión violenta.
EN las enfermedades hay al lado de los casos típicas, casos similares; en este de que aquí se trata el número «le los primeros do es muy crecido, mientras que el de los segundos es abrumador; en España, por ejemplo, hay muchos enfermos de la voluntad y como consecuencia un estado de aboulía colectiva. Yo uo profeso la sociología metafórica que considera las naciones como organismos tan bien determi nados como los individuales. La sociedad i una resultante de las fuerzas de sus individuos: según estos se organicen podrán producir una acción intensa ó débil, ó neutralizarse por la oposición; y la obra total participar;! siempre del carácter de los que concurren a crearla.
El individuo á mi ve/ es una reducción fotográfica de la sociedad; la vida individual fisiológica es una combinación de la energía vital interna con las fuerzas exterioras absorbidas y asimiladas; la vida espiritual se desarrolla de un modo análogo nutriéndose el espíritu de los elementos ideales «pie la Sociedad conserva como almacenados, según la expresión de Fouillóe. En este sentido creo yo que es provechosa la aplicación de la psicología individual á los estados sociales y la patología del espíritu á la patología política.
En nuestra nación se manifiestan todos los síntomas de la enfermedad (pie padecemos la mayoría de los españoles: realízanse los actos fisiológicos y los instintivos; como funciona el organismo individual para vivir asi trabaja la sociedad para vivir: el trabajo qrie es libre para el individuo, para la sociedad es necesario, a menos que se trate de pueblos vagabundos; igualmente el ocultar la riqueza á las investigaciones del fisco es acto social tan instintivo como el de cerrar los ojos ante el amago de un golpe. Los actos quo no encontramos son los de libre determinación, como sería el intervenir conscientemente en la dirección de los negocios públicos. Si en la vida práctica la aboulía se hace visible en el no hacer, en la vida intelectual se caracteriza por el no atender. Nuestra nación hace ya tiempo que está como distraída en medio del mundo. Nada le interesa, nada la mueve de ordinario; mas de repente una idea se fija y no pudiendo equilibrarse con otras produce la impulsión arrebatada. En estos últimos años hemos tenido varios movimientos de impulsión típica producidos por ideas tijas: integridad de la patria, justicia histórica y otras semejantes. Todas nuestras obras intelectuales se resienten de esta falta de equilibrio, de este error óptico; no vemos simultáneamente las cosas, como son. puestas en sus lugares respectivos, sino que las vemos á retazos, hoy unas, mañana otras: la que un día estaba en primer término ocultando las demás, al siguiente queda olvidada porque viene otra y se le pone delante.
Sox innumerables las opiniones emitidas para explicar el origen de la aboulía; en un principio estuvo considerada como una forma de la locura y los alienistas la bautizaron con el nombre de «delirio del contacto-, fijándose sólo en el hecho exterior característico de la enfermedad. Según esta teoría.
U7 U7 nuestra nación podría sur considerada como una jaula de lucos rarísimos, atacados de una manía extraña, la de no podjr sufrirse los unos á los otros. Yo no acepto esta opinión, porque, como dije, en los enfermos de aboulía las peí turbaciones de la voluntad no revelan desorden, sino abatimiento de la energía funcional. A excepción de Ribot. quo se inclina a creer que la causa do tan curioso otado patológicu es de naturaleza sentimental, la falta de deseos, toilos los patólogos por distintos caminos llegan á encontrarse, á coincidir en el parecer de que la causa es una perturbación do las funciones intelectuales. Janet, que publicó haca algunos años un curioso estudio de observación personal sobre l'n caso de aboulía é ideas tijas cree que el aniquilamiento de la voluntad proviene de la falta de atención, y por consiguiente, de percepción. Sin embargo de aparecer estos síntomas con carácter constante, creo yo quo ii" es posible marcar entre ellos una relación do causalidad; porque las facultades intelectuales exteriorizadas participan de la voluntad, y así puede afirmarse (pío la voluntad <»s débil porque la atención es inconstante y la percepción confusa, como decirse qr.O la atención no es viva ni la percepción clara. porque la voluntad no es intensa.
La actividad espiritual exteriorizada es un reflejo de la actividad íntima; en el acto de crearesto es axiomático: ¿cómo concebir (pie hay un cerebro vacío detrás de la obra genial del sabio ó del artista ó un espíritu bolado en los transportes de la pasión? Como la falta de apetito material denota una disminución de la aeti\ idad dip" tiva, a -i también la falta de apetito espiritual, manifestada en la desidia de las facultades que actúan exteriorniente, revela una debilitación de esa energía asimiladora interna que los aristotélicos llamaban entendimiento agente y los positivistas sentido sintético, que do es otra cosa que la inteligencia misma funcionando segiin la ley de asociación. Así pues, la causa de la aboulía es. á mi juicio, la debilitación del sentido sintético, de la facultad de asociar las representaciones. En relación con lo pasado, la inteligencia funciona con regularidad porque la memoria se encarga de reproducir ideas, cuya asociación estaba ya formada; pero en relación con lo presente el trabajo meutal que para los individuos sanos es fácil y agradable, como es fácil y agradable la digestión cuando se come con buen apetito, para los enfermos de no-querer es difícil y doloroso; las representaciones suministradas por los sentidos, se convierten en datos intelectuales irreductibles que unas veces, las más, se extinguen sin dejar huella y otras se fijan penosamente, como agujas clavadas en el cerebro y producen gravísimas perturbaciones.
¿Que relación guarda la debilitación del sentido sintético y la falta de voluntad? La misma que la idea y el acto libre; tan estrecha que se ha llegado á fundir una y otra, en una sola entidad: de aquí la idea-fuerza, la idea-voluntad y otros términos nuevos de los filósofos á la moda. En el acto voluntario hay dos elementos que engendran un tercero: un individuo y una idea que producen una energía. El individuo contiene en sí, personalmente unificados, los elementos que recibió por herencia, ó que adqui- U9 U9 rió por su trabajo, ó por el simple hecho de vivir en sociedad. La representación ó la idea están en el individuo como las líneas y colores sobre el fondo de un cuadro: sobre un misino fondo se puede trazar infinitas lincas y combinar infinitos colores. Según rija ó no la idea de asociación, de esa variedad nacerá la creación artística ó el borrón confuso, informe, (mando las representaciones intelectuales, como los colores y las líneas, se agrupan alrededor de ideas céntricas, van siendo más claras á medida que el número de ellas va aumentando. Ks pues, inmenso el valor de la facultad sintética, sin la cual los esfuerzos intelectuales son vanos y aun contraproducentes, ¡i la manera que lo serían las pinceladas de un ciego que intentara pintar ó retocar un cuadro. En el enfermo de aboulía las ideas carecen de esta fundamental condición: la sociabilidad. Por lo cual sus esfuerzos intelectuales carecen de eficacia: en unos casos, la idea fija, que es la que influye más enérgicamente sobre la voluntad, produce la determinación arrebatada, violenta, que alguien confunde con la del alienado; en otros la idea abstracta ú la idea ya vieja, reproducida por la memoria, engendran el deseo débil, impotente, irrealizable; no existen las ideas más fecundas, las ideas sanas que nacen del estudio reflexivo y de la observación consciente de la realidad.
La \oluntad colectiva funciona de una manera análoga. Las sociedades tienen personalidad, ideas, energías. Aunque la conciencia colectiva no se muestre tan clara y determinada como la de un individuo, existe y puede obrar mediante actos colectivos queobedecen ¡i ideas colectivas en ei Fondo, no obstante aparecer concentradas en un inducido número de inteligencias. Si la idea de un gran estadista fuese arbitraria o caprichosa, ajena al pensamiento y al sentimiento generales, no podría adelantar i\\\ paso. La (pie parece idea original de un hombre, es sólo interpretación de ideas ó deseos vagos, indeterminados, (pie la sociedad siente, sin acertará darles la expresión propia y exacta. V en tanto que el pensamiento de una nación no está claramente definido, la acción tiene (pie ser débil, indecisa, transitoria. El sentido sintético es en la sociedad y en particular en quienes la dirigen, la capacidad para obrar conscientemente, para conocer bien sus propios destinos. Hay naciones en las (pie se observa por encima de las divergencias secundarias una rara y constante unanimidad para comprender sus intereses». Esta comprensión parece tan clara como la de un individuo, (pie en un momento cualquiera, recordando su pasado y examinando su situación presente, se da cuenta precisa de lo (pie es ó de lo (pie re)) resé uta.
En otras sociedades, por el cont ario, predomina el desacuerdo; los intereses parciales, (pie sou como las representaciones aisladas en los individuos, no se sintetizan en un interés común, porque falta el entendimiento agente, la energía interior que lia de fundirlos; las apreciaciones individuales son irreductibles y la actividad derivada de ellas tiene que ser pobre y desigual. Unas veces el móvil será la tradición, ipie jamás puede producir, aunque otra cosa se urea un impulso enérgico, porque en la vida inteleotnal, lo pasado, así como es contra poderoso de resistencia, es principio débil de actividad: otras veris se obedecerá á una fuerza extraña, pues las suciedades débiles, cénit) les artistas de pebre ingenio, suplen con las imitaciones la falta de propia ¡nspiraci'''ii. Ya el interés secundario se colocará transitoriamente en primer término y producirá desviaciones, retrocesos, trastornos en la marcha de la sociedad; ya la idea del interés general, neis que conocida, vislumbrada, creará un estado momentáneo de falsa energía y de actividad engafiosa; echándose siempre de menos la idea clara, precisa, dol interés común y la acción constante, serena, que se encamina á realizarlo.
Dk lo dicho se infiere cuan disparatado es pretender que nuestra nación recobre la salud perdida por medio de la acción exterior; si en lo poco que boy hacemos revelamos nuestra flaqueza ¡q ió ocurriría si intentáramos acelerar más el movimiento? La restauración de nuestras fuerzas exige un régimen prudente, de avance lente y gradual, de subordinación absoluta de la actividad á la inteligencia, donde está la causa del mal y ¡i donde hay que aplicar el remedio. Para que la acción sea i'iíil y productiva. haV que pensar antes deobmr; y para pensar se necesita, en primer término, tener cabeza. Esto importante órgano nos falta desde hace mucho tiempo y hay que crearlo cuéstenos lo que nos cueste. No soy yo de los (pie piden un genio, investido de la dictadura; un genio sería una cabeza artificial que nos dejaiía luego peer que estamos. El origen de nuestra decadencia y actual postración se baila en nuestro iga excoso de acción, en haber acometido empresas enormemente desproporcionadas con nuestro poder; mi nuevo genio dictador nos utilizaría también como fuerzas (dogas, y al desaparecer, desapareciendo con él la fuerza inteligente, volveríamos á hundirnos sin haber adelantado un paso en la obrade restablecimiento de nuestro poder que debe de residir en todos los individuos de la nación y estar fundado sobre el concurso de todos los esfuerzos individuales.
Si: habrá notado que el motivo céntrico de mis ideas es la restauración de la vida espiritual de España; pero falta ahora precisar el concepto, porque están las palabras españolas tan estropeadas por el mal uso que nada significan mientras no se las comenta y se las aclara. Cuando yo hablo de restauración espiritual no hablo como quien desea redondear un párrafo, valiéndose de frases bellas ó sonoras; hablo con la buena fe de un maestro de escuela. No voy á proponer la creación de nuevos centros docentes ni una nueva ley de Instrucción Pública; todas las leyes son ineficaces mientras no se destruyen las malas prácticas, y para destruirlas la ley es mucho menos útil que los esfuerzos individuales; y en cuanto á los centros docentes tal como hoy existen, aunque se suprimiera la mitad no se perdería gran cosa. Yo he conocido de cerca, más de dos mil condiscípulos y, á excepción de tres ó cuatro, ninguno estudiaba más (pie lo preciso para desempeñar, ó mejor dicho, para obtener un empleo retribuido. Nuestros centros docentes son edificios sin alma; isa isa dan á lo sumo el saber: pero 110 infunden el amor al saber, la fuerza inicial que ha de hacer fecundo el estudio cuando la juventud queda libre de tutela. Sien este punto fiubierade intentarse algo por los leaisladores, el cambio más provechoso sería la sustitución «le las oposiciones hoy en uso por el examen de ulnas de les aspirantes; en lugar de esos palenques charlatanescos, donde como en las carreras de caballos triunfa, no el que tiene más inteligencia, sino el que tiene mejor resuello y palas más largas, pondría yo reuniones familiares, donde en contacto directo los que juzgan y los que son juzgados se hablara sin artificio, se examinara el trabajo personal que cada pretendiente presentase \ >e apreciara la capacidad de cada uno, y lo que es más importante, el servú io que de el podía esperar la nación. Con este sistema, la juventud, que pierde el tiempo preparándose para ingresaren este ó aquel escalafón, aprendiendo á contestar de memoria cuestionarios lotos 6 incoherentes, se vería forzada ¡1 crear obras, entre las que do sería extraño que saliese alguna buena.
En peso principal del combate creo yo que deben de llevarlo las personas inteligentes y desinteresadas, que comprendan la necesidad de restablecer nuestro prestigio; pocos ejemplares tenemos de hombres poseídos por el patriotismo silencioso; pero cuando aparece alguno, ese vale él solo por una Universidad, Mas para que los esfuerzos individuales ejerzan un influjo benéfico en la nación, hay que encaminarlos con mano firme, porque en Espafia no hasta lanzar ideas, sino que hay antes que quitarles la espoleta para que no estallen. A causa do la postra^ ción intelectual en que qos halla nos, existe una tendencia irresistible á transformar las ideasen instrumentos de combate; lo corriente es no hacercaso de lo que se habla ó escribe; mas si por excepción se atiende, la idea se fija y se traduce, cuino ya vimes, en impulsión. Por esto, los que propagan ideas sistemáticas, que dan vida, á nuevas parcialidades violentas, en vez de hacer un bien hacen un mal, porque mantienen en tensión enfermiza los espíritus. Á esas ideas que incitan á la lucha las llamo yo ideas picudas y por oposición, á las ideas qne inspiran amor á la paz las llamo «redondas. Este libro que estoy escribiendo es un ideario que contiene sólo ¡deas redondas; no estoy seguro de que lo lean y sospecho que si alguien lo lee no me hará caso; poro estoy convencido de que si alguien me hiciera caso habría nn combatiente menos y un trabajador más.
K\ procedimiento que yo uso para redondear mis ideas está al alcance de todo el mundo. Vemos muidlas veces ()uc en una familia los pareceres andan divididos; por ejemplo, y el casóos frecuente, varios hermanos siguen diversas carreras ó toman diferentes rumbos ó llegan á hallarse en oposición por cuestiones pecuniarias; los sentimientos de fraternidad son puestos á prueba. En unas familias la idea de unión es más poderosa (pie los intereses parciales; nadie abdica, pero todos transigen cuanto es necesario para que el rompimiento no llegue; en otras la unión queda destruida por la vanidad, el orgullo ó e| exclusivismo, y sobreviene la lucha, más enconada que entre extraños, porque entre extraños se lucha sólo por defender ideas ó intereses opuestos mientras que en familia hay que luchar por ideas o intereses y también por romper los vínculos de la sangre. ¿Qué salen ganando las ideas ó los intereses luchando con obcecación y con saña? Hay quieu cree que para atestiguar la fó en las ideas se debe de combatir para que triunfen; y en esta creencia absurda se apoyan cuantos en España convierten las ideas en medio de destrucción. La verdad es. al contrario, que la fó se demuestra en la adhesión serena 6 inmutable á las ideas, en la convicción de que ellas solas se bastan para vencer, cuando deben de vencer. Los mandes creyentes han sido mártires; han caído resistiendo, no atacando. Los (pío recurren a la fuerza para defender sus ideas dan á entender por esto solo, (pie no tienen fó ni convicción, (pie no son más (pie ambiciosos vulgares que deseau la victoria inmediata para adornarse con laureles contrahechos y para recibir el precio de sus trabajos.
Las ideas no aventajan nada con declarar la guerra á otras ideas; son mucho más nobles cuando se acomodan á vivir en sociedad: y para conseguir esto es para lo que hay que trabajar en España. Sea lícito profesar y propagar y defender toda clase do ideas, peo intelectual mente», no al modo de los salvajes. Desde el momento que una idea acata la solidaridad intelectual de una nación y transige lo necesario para que los sentimientos fraternales no se quiebren, se transforma en una fuer/a. útilísima. porque incita ¡i los hombres al trabajo individual: no crea parcialidades exclusivistas y demoledoras; crea cerebros muios y robustos, que no producen sólo actos y palabras, sino algo mejor: obras.
(asi todos los hombres notables que hasta bace veinte años se dedicaban á echar abajo lo poco que quedaba de nuestra nación han confesado sus yerros, y dedicado la segunda parte de su vida á rehacer loque habían deshecho en la primera. Esta conducta, muy digna de alabanza, debería decir algo á la gente nueva (pie ahora comienza á abrirse camino y á la juventud imberbe cpie anda por Institutos y Universidades.
Abundan los que se pasan de listos, los que imitan esa conducta con excesiva puntualidad: los quu comienzan ahora los trabajos de demolición y se reservan para la vejez el arrepentimiento, cuando después de satisfechos los apetitos de medro personal les sea más llevadero el dolor de ver que su pais sigue en ruinas. Lo natural es que por todos sea imitada la parte buena del ejemplo y que no se busque deliberadamente la ocasión de tener que arrepentirse más tarde.
Aparte de esa cualidad esencial de las ideas, paréceme que se adelantaría mucho, para hacerlas aún más útiles y apropiadas á la obra de nuestra restauración espiritual, si se las expusiese en forma ágil, librándolas del tarrago enfadoso con que hoy se las oscurece por exigencias de la moda. Muy bello sería que cuantos cogen una pluma en sus manos se imaginaran antes que no se había inventado la Imprenta, ni la fabricación de papel barato ni la legislación de propiedad intelectual. La opinión corriente es hoy favorable á la obra voluminosa, (piizás porque así es más segura, la decisión de no leerla. Un libro grande— se piensa— da importancia