Las ceremonias del día muntu se regían por la marcha del sol. El ucuezi tenía lugar cuando el sol había recorrido la cuarta parte de su arco, hora de almorzar; el afuiri, cuando estaba en el cénit, hora de las libaciones. El regreso se emprendía después de comer, antes que el sol se pusiem. Ya he dicho que la puesta del sol suspendía la vida pública, abriendo la vida de familia. Llegada la hora del ucuezi, todos los concurrentes se colocaron de pie alrededor del templo, cuya cortina descorrida dejó á la vista cuatro altos pilarotes sobre los cuales descansa una montera piramidal de fagina y pizara, y en el centro un túmulo de piedras toscas, que apenas levantaría una vara del suelo. Me acerqué á uno de los pilarotes, y desatando la cuerda que á él estaba amarrada, la dejé correr por — 86 - un travesaño enclavado en lo alto del techo. Déla extremidad de esta cuerda pendía un gallo joven, ó pollo muy zancón, degollado aquella mañana por mi bella esposa Memé, al que hice bailar en ■el aire un buen rato ante el silencioso concurso. Después volví á amarrar la cuerda al poste, hice correr la cortina j di por terminada la ceremonia, que en realidad era poco divertida.
Comenzó de nuevo la algazara, y una vez terminado el almuerzo ó primera merienda del día, aproveché el tiempo para recorrer la colina y conocer á las mujeres más notables de la ciudad. Me acompañaba la esbelta Memé, cuyas relacione» eran muy numerosas. Yí en primer término unas ochenta mujeres que formaban la familia real, entre las cuales estaban interinamente las mujeres del desaparecido Yiaco; las cincuenta esposas del cabezudo Quiganza eran notables por su obesidad, pues éste las elegía con un criterio exclusivamente cuantitativo, y en particular la favorita, á la que llamaba el pueblo la reina Mcazi, la «vaca^i), dejaba entrever bajo su túnica verde, adornada con plumas de colores, dos pechos gigantescos, según fama, los más grandes de todo el país. La hermana mayor del rey, madre de mi yerno Mujanda, era una gallarda negra con los bríos de una sultana mora; entre las esposas del orejudo Mato había una mujer de bello y puro tipo etiópico^ que me hizo descubrir la existencia de un dualismo de razas, cuya fusión no se ha realizado aún en absoluto, pues al lado de aquella mujer y de otras que, como la esbelta Memé, conservan indudables rasgos de la raza superior, se encuentran; — 87 — — 87 — entre la gente baja muchas de talla más pequeña j de color más claro, de tinte moreno verdoso, que deben proceder de la raza indígena. Mis impresiones, sin embargo, en esta primera ojeada fueron muy confusas, porque la falta de costumbre no me permitía distinguir las particularidades de cada tipo, y fuera de algún caso excepcional, todos me parecían iguales, con pequeñas diferencias. Lo que sí comprendí á primera vista fué que las mujeres más bellas, las de facciones más regulares, como Memé, eran las menos apreciadas por el público, de lo cual me alegré no poco, pues así me sería fácil completar mi harén á poco costo j sin excitar rivalidades.
Nada hay tan fatal para el hombre como el medio que le rodea, y yo, que al principio me ahogaba entre mi nueva familia, la encontraba ahora insuficiente viendo las de los demás. Cuando nos habituamos á vivir con una sola mujer, no sólo no queremos otras, sino que ésta única acaba por cansarnos y hacernos amar la soledad; pero si nos. acostumbramos á vivir con varias, desearemos ir aumentando el número y no nos encontraremos bien sin ellas; porque si una familia pequeña sirve de martirio, una familia numerosa sirve de diversión.
En Maya, de ordinario, el hombre sólo busca la primera mujer, que es la favorita, y ésta, por no vivir sola, se encarga después de traer nuevas compañeras, procurando siempre que sean de su confianza ó que no tengan méritos suficientes para deshancarla. Y como las mujeres se conocen entre sí mejor que los hombres pueden conocerlas, sa — 88 — ven elecciones muy acertadas, j no ocurre que jóvenes de bellaí? cualidades queden postergadas por su aparente fealdad. El día de que voy hablando me presentó Memé una joven muy flaca (y fea, según los gustos mayas), habilísima en el manejo del laúd y en el canto, y á sus instancias la acepté por esposa mediante la oferta de tres onuatos de trigo. El onuato, medida en forma de «canoa», equivale próximamente á dos fanegas de Avila. Mis demás mujeres entraron en deseos, y visto que yo no ofrecía resistencia, me concertaron hasta una docena de mujeres, natumlmente de entre sus amigas, por precios variables desde tres á cinco onuatos.
Estas chalanerías eran frecuentes en toda la feria, pues entre el ucuezi y el afuiri se celebran siempre gran número de transacciones matrimoniales, sin que haya temor de que las mujeres escaseen, porque vienen muchas de otros puntos del reino. La desproporción entre los sexos es tan grande, que, según mis cálculos, de las veinte mil personas allí reunidas, no llegarían los hombres á cuatro mil.
Guando llegó el sol al cénit tuvo lugar la segunda ceremonia, el afuiri. Cinco hombres y dos mujeres eran acusados: uno de ellos de profanación, dos de hurto de ganados reales, y los otros dos y las mujeres, de adulterio cometido en el día muntu precedente, con la circunstancia agravante de ser ellos servidores de los esposos ofendidos; á estos delitos se atribuyó una herida que el cabezudo Quiganza se había hecho en un pie mientras afilaba una flecha, y que, según la creencia general, j — 89 — era un aviso de Rubango. Por los mismos procedimientos usados en Ancu-Myera, todos fueron condenados á muerte, bien á mi pesar j sólo por dar gusto á la concurrencia, que lo deseaba unánimemente, j decapitados sobre una plataforma que para el efecto está construida junto al templo de Igana Nionyi.
Después de terminado el fúnebre acto hice redactar el acta del día, con la que terminaron las fiestas religiosas. Desde este momento hasta la retirada, el espectáculo se convirtió en una espantosa bacanal, en cuya comparación las saturnales romanas serían autos de moralidad y cuadros de edificación. La pluma no se atreve á describir lo que estos hombres en un rato de expansión se complacen en hacer.
* CAPÍTULO VII Algunas noticias históricas y geográficas del reino de Maya^ — La antigua organización y el juego de los partidos políticos.
El día que siguió á las fiestas religiosas fué de calma y de recogimiento, porque todo está tan sabiamente previsto en la naturaleza humana, que el dolor, impotente para destruirla, se prolonga sin medida, en tanto que el placer, que la aniquilaría en breve término, es fugaz y se desvanece por sí mismo, transformándose en un nuevo dolor más lento, en el dolor de la pasividad, á que vi~ vimos sometidos. Así, aquellos hombres vigorosos^. que, con afán ciego de morir entre las brutalidadesde la orgía al aire libre, caían fatigados, se levantaban después y se rehacían para emprender, como una manada de ovejas, la vuelta á los hogares y continuar á otro día sus faenas con mayor regularidad que la acostumbrada. Unas cuantas horas consagradas á la religión y á la crápula aseguran un mes de trabajo y honestas costumbres, y era tal la pureza regeneradora del día muntu, que al siguiente se resolvían los negocios graves del país con más calma y más justicia que en una sociedad constantemente trabajadora y honesta. Por la, I — 92 — I — 92 — tarde debían reunirse los iiagangas, y estaba acordado que yo hablaría para ampliar la relación de mi vida subterránea y para proponer algunas reformas de utilidad pública. Este ¡programa no pudo realizarse; pero antes de referir los acontecimientos que lo impidieron, y que inopinadamente cambiaron la faz del país, presentaré algunos antecedentes indispensables para conocer el teatro de los sucesos y los actores que en ellos tomaron parte.
Los documentos que pude consultar relativos á la historia de Maya son demasiado modernos y no traslucen nada de la antigüedad. Se ha supuesto que en época muy remota, que algunos fijan en la de los Faraones, se verificó una irrupción de gente asiática en el Africa central, y que desde entonces se entabló una lucha á muerte, cayo término, con el transcurso de los siglos, fué la fusión de razas, bien que conservando el predominio los invasores ó sus más puros descendientes. En medio de la lucha constante de unas tribus con otras, aparecieron varios núcleos de poder y centmlización, y antes que llegaran los primeros navegantes europeos á las costas africanas, puede afirmarse que las tribus del litoral, más ricas y más adelantadas, ejercían sobre las del interior ciertos derechos soberanos.
Este lento tmbajo de formación fué interrumpido por k presencia de los europeos, que, con su absurda política de conquista, se apresuraron á someter á los jefes de las tribus costeñas, debilitándolos y disolviendo en una hora los imperios embrionarios que, después de guerras sin cuento, comenzaban á dibujarse sobre el suelo africano. Las relaciones de las tribus del interior con las marítimas fueron extinguiéndose, porque el temor á los invasores hizo que se adoptase una política de retraimiento, acentuada más aún al aparecer un nuevo enemigo: el árabe. El plan de los árabes, bien que con menos aparato militar, era también de conquista: introducii*se en el corazón de las tribus, comerciar con ellas, atizar la discordia por todas partes, adquirir como esclavos los vencidos en las guerras intestinas, y, por fin, sustituir poco á poco la autoridad hereditaria de los reyes indígenas por su propia autoridad.
Ante estos elementos extraños, que pretendían meter por fuerza la felicidad en los países de Africa, sólo el reino de Maya supo defenderse y resistir, porque sólo él tuvo á su cabeza un verdadero hombre de Estado, Üsana, el legendario rey Sol. Mas no se crea que me coloco parcialmente del lado de la raza indígena, como pudiera desprenderse de mis palabras; entre los más altos fines del esfuerzo del hombre he colocado siempre los descubrimientos geográficos. Amante de la humanidad, me ha regocijado siempre la idea de que esos descubrimientos de nuevas tierras y de nuevos hombres no son inútiles, puesto que llevan consigo, por el carácter humanitario de nuestra^ especie, el deseo de mejorar á nuestros hermanos,, de colonizar los países que ellos ocupan, civilizándolos con mayor ó menor suavidad, según el temperamento de la nación colonizadora.
Grande es en sí esta idea; pero más grande es aún cuando se nota que nosotros sufrimos también ~ 94 — las tristezas y dolores de esta vida, v que, á pesar de estas tristezas y de estos dolores, sacamos fuerzas de flaqueza y acudimos en auxilio de otros hombres que juzgamos más desventurados que nosotros. Este es un rasgo característico y consolador de la humanidad en todos los tiempos y en todas las razas; yo tengo por seguro que si esos mismos pueblos retrasados y aun salvajes de Africa •tuvieran un claro concepto de la ley de solidaridad de los intereses humanos y una navegación más perfeccionada, vendrían á su vez á llenar en nuestra propia casa la misma humanitaria misión que nosotros cumplimos en la suya.
Cuando Tisana ocupó el trono, el reino se hallaba dividido en banderías de toda especie; y como era necesario realizar la unión de los súbditos antes de intentar alguna acción provechosa en el exterior, dió varios edictos notables que restablecieron la paz. Ya hablé del edicto que dió fin á las divergencias religiosas originadas por la reforma de Lopo. Otro edicto célebre fué el que instituyó la asamblea de los uagangas, encaminada á aplacar las ansias de mando de algunos 'ambiciosos y á dar más estabilidad á los tres uagangas consejeros, que antes estaban sometidos á cambios frecuentes. Creó el cuerpo de pedagogos y estableció que el rey y los reyezuelos hicieran concesiones temporales de parcelas de tierra á los hombres libres y á los siervos (á quienes su señor debería dejar tiempo libre para cultivarlas), con la condición de labrarlas diez años seguido^ y devolverlas con las mejoras introducidas. En:-suma, Usana fundó la paz de los corazones y la — 95 — justicia en la distribución de la riqueza. « Mas no por eso — dice el documento de donde saqué estas noticias — los hombres dejaron de sufrir; sufrían, aunque con más contento y resignación. » El coronamiento de la obra de Usana fué una serie de victoriosas campañas contra los pueblos vecinos, la fijación de los límites del reino y el establecimiento de las tropas fronterizas para aislarlo completamente del exterior.
El reino de Maya tiene próximamente la misma extensión que el de Portugal, y su figura es la de un bacalao preparado para el comercio. La raspa central es el río Myera, que lo divide en dos porciones casi iguales de Oriente á Occidente, hacia donde cae la cola. La región Norte, la más abundante en bosques, tenía, cuando yo llegué al país, trece ciudades: Maya, la capital, y Misúa, en el interior, en tierra abierta; más al Korte, en el bosque, Yiti, Uquindu, Mpizi, Cari, ürimi y Calu; y en la margen derecha del Myera, Unya, Quitu, Zaco, Talay y Rozica. La región Sur tenía once ciudades; sólo dos en el bosque, cerca de la frontera, Yiloqué y Tondo; cuatro en tierra abierta, Ruzozi, Boro, Quetiba y Viyata, y cinco en la margen izquierda ó inferior del río, Ancu-Myera, Mbúa, cerca del ünzu. Upala, Arimu y Ñera, casi enfrente de Rozica, en el extremo occidental de la nación. En resumen: diez ciudades fluviales, cuyas riquezas consistían en la pesca y algunas pequeñas industrias; seis en tierra llana, que se dedicaban principalmente á la agricultura y á la cría de ganados, y ocho en los bosques, las más pobres y retrasadas, cuya ocupación era cazar, re- - 96 - - 96 - coger las frutas alimenticias y construir canoas y otros objetos de madera y de hierro, que cambiaban por artículos de primera necesidad. Todas estas ciudades estaban unidas por sendas qae permitían el paso de los hombres y de las caballerías, excepto ürimi, cuyas sendas fueron interceptadas por orden del antecesor del cabezudo Quiganza, en castigo de varios hurtos cometidos por sus naturales. Urimi es nombre moderno y quiere decir «ciudad sin caminos»; antes se llamaba Mtari.
Siglo y medio hacía de la muerte de üsana, j en todo este tiempo parece como que su espíritu había seguido dirigiendo la vida de los mayas. Ninguna reforma importante se había hecho después de él, y la dinastía plebeya de üsana se había, sostenido en el trono y reinado sin dificultada Después de üsana, que fué rey durante veintiocho años, su sobrino Ndjiru, del que se decía que era. dueño de la «lluvia», gobernó medio siglo; su hijo üsana, que fué proclamado en edad muy avanzada, diez años; su nieto Yiti, corpulento como un «árbol», cuarenta y cinco; Moru, el rey de «fuego», sobrino de Yiti, cuarenta, y el cabezudo Qaiganza, sobrino de Moru, hasta la actualidad. La transmisión de la corona sigue la línea femenina, porque los mayas temen mucho la adulteración de la sangre de sus reyes, y, en caso de duda, confían más en la honestidad de las madres que en la de las esposas; así, el heredero es siempre el hijo de la hermana mayor, y sólo á falta de sobrinos entra á heredar el hijo de la j)rimera mujer del rey, como ocurrió en tiempo del segundo üsana.
La causa de esta sorprendente estabilidad de los- — 97 — gobiernos, que envidiarán muchos monarcas de Europa, era, de un lado, la sabia organización política, y del otro, la prudencia de los partidos gobernantes. La monarquía absoluta, concentrando el poder en unas solas manos, era la única forma de gobierno posible en estos pueblos, en que se carecía de soltura })ara sacrificar las ideas propias cuando convenía aceptar las ajenas; pero ofrecía el peligro de negar toda participación en los negocios públicos á algunos hombres distinguidos que se sentían con aptitudes políticas y gubernativas, y que, si no encontraban medios de expansión, conspiraban contra el poder constituido. Este peligro lo desvaneció Usana creando la asamblea de los uagangas y el cuerpo de pedagogos.
Los primitivos uagangas eran tres, y tenían, como hoy tienen, funciones de secretarios de despacho ó ministro con cartera; eran asesores del rey y ejecutores de sus órdenes. Esta organización era general en todo el reino, con la particularidad de que los uagangas locales, asesores del reyezuelo, son ordinariamente herreros y albéitares de profesión, y ofrecen ciertas extrañas conexiones con nuestro tipo clásico del fiel de fechos. Además de los uagangas, existía el auxiliar del Igana Iguru para la parte religiosa y judicial. Instituyendo la asamblea de los uagangas, Üsana dió participación en el gobierno á gran número de personas de arraigo en las ciudades, sin entorpecer la marcha del Estado, pues sólo les concedió facultades deliberativas. Todos los meses se reunía la asamblea para deliberar, y en casos extraordinarios para danzar; pero el rey solía no hacer caso de sus de- — 98 - — 98 - liberaciones y atenerse á la opinión de los tres consejeros. En cuanto al cuerpo de pedagogos, su misión era doble: eran como jueces de menor cuantía, pues los juicios de muerte estaban sometidos á la jurisdicción del Igana Iguru y sus auxiliares, en todo el reino, ó sólo del primero si la resolución era muy difícil, y al mismo tiempo profesores públicos, que ensenaban lectura, escritura é historia natural. El ingreso en este Cuerpo me pareció muy curioso: se exigía como prueba lá presentación de seis loros adiestrados en todas las artes de la palabra merced al esfuerzo del futuro profesor, que de esta manera práctica, quizás superior á nuestras oposiciones y concursos, certificaba sus grados de habilidad y de paciencia.
Un edificio político tan firme y tan bien trabado como el concebido por üsana, no se conmueve con facilidad; pero en caso necesario tenía aún otro inquebrantable sostén, el ejército, signo seguro de la existencia de una nación regular y soberana. El ejército maya, salvo pequeños destacamentos que guarnecían las ciudades para defenderlas de los ataques nocturnos de las fieras, ocupaba constantemente sus cuarteles fronterizos, y su misión era impedir que fuesen violadas las fronteras del reino; pero si algún año (y entiéndase siempre por año doce meses lunares) no tenía enemigos con quien combatir, debería volver sus armas contra el interior. Mediante esta sencilla estratagema se evitaba la confabulación del pueblo y la milicia, cuyos resentimientos recíprocos se refrescaban de tiempo en tiempo; lejos de temer Tina confabulación, existe siempre la seguridad de — 99 — que un movimiento civil contra las autoridades sería ahogado por el ejército, más que por cumplir un deber, por tomar una sabrosa venganza, j que un movimiento militar levantaría en anuas a todo el pueblo, antes dispuesto á sufrir al peor de los tiranos que á dejarse gobernar por los odiosos mandas.
Pero estos resortes supremos no habían funcionado desde el tiempo de Tisana, y gloria no pequeña del gobierno maya era mantener las fuerzas opuestas en equilibrio y en- paz. Esto se conseguía por la prudencia del rey y por la unión de los partidos. Aunque el día de mi recepción los uagangas se dividieron en tres grupos, la separación era puramente caprichosa y obedecía á simpatías de familia, á la disposición especial de la sala y á la imposibilidad de que todos danzasen al mismo tiempo. Pero entre los jefes Mato, Menú y Sungo existía completa unidad de miras, y los tres aconsejando al rey, imprimían al gobierno iin movimiento uniforme, inspirado en el carácter jiacionaí y en las grandes tradiciones patrias. Su 2:)olítica no era retrógrada, pero tampoco progresiva; era una política sabia, fundada en el más saludable pesimismo, que acaso pudiera condensarse en aquel gran pensamiento tomado de la crónica de Usana, cuyo autor, después de enumerar las gloriosas empresas del rey, grande entre los grandes, anunciaba con j^rofunda filosofía: «Mas no por esto los hombres dejaron de sufrir; sufrían, aunque con más contento y resignación.» Lo cual valía tanto como afirmar que los gobiernos no pueden refundir la naturaleza del hombre, — 100 — ni pueden establecer por medio de leyes la felicidad de sus subditos; ó la felicidad humana no existe, ó si existe hay que buscarla por otro camino que por el de los cambios de ley.
Tal estado de cosas sería perfecto si no existiera, como existe en todos los Estados, una minoría de hombres descontentadizos que encuentran motivo de censura en toda obra en que ellos no son partícipes. Sea cual fuere la regla que se adopte para proveer los cargos públicos, quedan siempre excluidas algunas personas de valer; y esto sucedía con mayor razón en Maya, donde el criterio adoptado era el del parentesco, que no es signo constante de inteligencia. Había, pues, un grupo de políticos sin ejercicio, descontentos del gobierno y aspirantes á reformarlo, que siguiendo un principio elemental de la lógica política, habían elegido como bandera el sistema diametralmente opuesto al de sus contrarios, y ofrecían realizar la felicidad de todos los hombres mediante una nueva organización. Se consideraban á sí mismos como continuadores de Lopo, y hablaban con desprecio de la mayoría creyente en la antigua religión de Rubango; deseaban la supresión del afuiri y de los sacrificios cruentos, y aspiraban á la disolución de las actuales ciudades y a la dispersión de sus habitantes por el territorio, donde cada familia ocuparía un espacio determinado, un ensij en el que viviría absolutamente autónoma, trabajando para sustentarse en tanto que tuviera lugar la venida de los cabilis, y con ellos la supresión del trabajo humarlo.
En esta original organización sólo se conserva- — 101 ~ ría una autoridad: la del rey; todas las demás se concentrarían en el jefe de familia. El rey debía recibir una participación en los productos de cada ensi para sostener las tropas fronterizas; distribuir el territorio; legislar y resolver, con el auxilio de sus consejeros, las cuestiones que pudieran surgir por el contacto de unas familias con otras. Dentro de cada ensi el jefe sería dueño absoluto y con derecho á castigar aun con pena de muerte á los transgresores de la ley, fuesen de su familia ó extraños; fuera de él, estaría sometido á la ley y al jefe del territorio que pisara; pero el interés general sería mantenerse cada uno en su respectiva demarcación, sin abandonarla más que para los actos precisos del comercio ó de la política en caso de pertenecer al consejo real.
Los instigadores de estas ideas de reforma eran en su mayoría siervos pedagogos, que no habían podido conseguir plaza de pedagogos públicos, y la masa del partido estaba reclutada entre los siervos y los agricultores. Los siervos deseaban, naturalmente, constituir familia libre y trabajar sólo en provecho propio; los agricultores estaban interesados en que las concesiones de tierra se perpetuaran, pues con el sistema actual cada diez años quedaban sin efecto, y si se obtenía una nueva concesión, había que recomenzar los trabajos de cultivo.
Mi siervo y poeta familiar, Enchúa, era uno de ios jefes de la facción ensi ó territorial, llamada por otro nombre facción de los hijos de Lopo. Parecerá extraño que un siervo del Igana Iguru estuviese afiliado á una banda que se proponía su- — 102 — primir esta dignidad; pero más extraño es que nno de los siervos del rey figurase como cabeza del partido. No por prescripción legal, ni por amplitud de criterio de gobierno, sino por costumbre, en Maya se toleraban los abusos de la palabra, considerados como un desahogo benéfico; en cambio se castigaba severamente la falsedad, delito rarísimo en este país. Afirmar que Quiganza tenía la cabeza pequeña, teniéndola tan grande como la tenía, llevaba aparejada la pena de muerte; creer que Rubango no existe y decirlo en público era un acto lícito, ¡morque Eubango no podía presentarse á desmentirlo de una manera contundente. Aparte de esto, así como el rey acostumbraba á bacer caso omiso de las deliberaciones de los uagangas, éstos hacían oídos de mercader á lo que decían los reformadores, y así el resto de los subditos; en lo cual influía mucho también el hábito de oir á los loros charlar continuamente de asuntos que ni entendían ni les interesaban.
No tuve dificultad para asistir, acompañado del vate Enchúa, á una reunión de los ensis, que se celebró en la mañana siguiente al día muntu, en las horas libres, desj)ués del almuerzo. La asamblea se reunió á campo raso, cerca de la catarata del Myera, y yo fui de los primeros concurrentes^ cuyo número subiría á doscientos. Un siervo del rey, llamado Viami, el dormilón, se colocó de pie en el centro, mientras los demás nos sentábamos alrededor sobre la hierba. Era un hombre muy viejo, alto y enjuto, de ojos grandes y soñolientos, de voz cavernosa, flaquísimo de cuello y muy cargado de espaldas; había sido el fundador de la — 103 — facción cuarenta años antes, en el reinado del ardiente Moru, y gozaba de gran autoridad. Todos deseaban oir su parecer sobre los últimos acontecimientos, Y él no defraudó las esperanzas de los oyentes, según deduje de lo (jue vino á afirmar en sustancia.
<íEl día esperado largos años por los hijos de Lopo está próximo, y Viaco, hijo del Moru, será el ejecutor de la justicia. Yiaco, hijo del Moru, despojado de su dignidad y de sus riquezas por Quiganza, está cerca de la ciudad, seguido de numerosos mandas, y anuncia á los ensis que si le conceden auxilio disolverá las ciudades, focos de servidumbre, y dispersará las gentes por todo el país. El verdadero Arimi se conserva, se23ultado en la gruta del lago Ünzu; el nuevo Arimi es un hijo de Igana Xionyi, que se oculta bajo ese nombre para conocernos y saber si somos merecedores de la venida de los cabilis.»
Con asombro mío, pues sabía que figuraban en la asamblea los primeros pensadores del país, entre otros mi siervo y poeta familiar Enchúa, vi que cuando el dormilón Viami acabó de hablar, todas aceptaron sin réplica sus opiniones y comenzaron á disolverse cada cual en distinta dirección, como conejos que, habiendo acudido al centro del corral para roer el forraje diario, después que se acaba se van retirando á sus madrigueras. El dormilón Viami se quedó solo, se sentó, sacó un pequeño ruju, y con un estilete de pedernal untado de un jugo verdoso que se extrae de ciertas plantas, escribió el extracto de su discurso tal como yo lo he transcrito. Luego se marchó, y al entrar — 104 — en la ciudad clavó en una de las puertas el pergamino; así se hacía siempre para que el pueblo bajo, que leía ú oía leer en tono declamatorio estos cartelitos, se los asimilara y poco á poco fortaleciera su pensamiento. Esta es la única forma, muy rudimentaria en verdad, que existía en Maya de la creación más admirable de nuestro tiempo, la prensa periódica.
CAPÍTULO VIH devolución. — Batalla de Misúa y destronamiento y muerte de Quiganza. — De cómo Viaco dominó todo el país y estableció la reforma territorial ó ensi. — Contrarrevolución y restablecimiento del poder legítimo.
Cuando el fogoso Viaco, quizás distraído por un deber urgente, volvió al sitio donde había dejado el hipopótamo, y lo echó de menos, sin que, recorriendo por diversos puntos el bosque, pudiera encontrarlo, determinó, según supe por la bella Memé, regresar á Maya, adonde llegó á la caída de la tarde, poco antes de que cerraran las puertas de la ciudad. Al día siguiente, muy de mañana, acompañado de dos siervos, salió para dar una nueva batida en el bosque, y en esta faena le cogió la noticia de la reaparición de Arimi y del edicto del cabezudo Quiganza restituyendo á éste en su antiguo cargo.
Entre Viaco y el rey mediaban graves disentimientos, porque, como hijo del ardiente Moru, el fogoso Viaco pretendía obtener del cabezudo Quiganza excesivas concesiones en riquezas y en dignidades. De aquí se originó la muerte del elocuente Arimi y la condena de su hermano Muana; pero bien que, á pesar de los deseos del rey, el fogoso ~ 106 — ~ 106 — Viaco consiguiera ser Igana Igura, cargo reservado siempre á los hijos ó nietos de rey, la enemistad entre ambos subsistió, pues sus caracteres no congeniaban. El cabezudo Quiganza era hombre templado, pacífico y transigente, familiar y sencillo en sus hábitos y palabras; el fogoso Yiaco era, por el contrario, hombre de pasiones vehementes, altivo y emprendedor, liberal y ambicioso; el vicio dominante en el uno era la gula, en el' otro la lujuria. Sus retratos podían hacerse por medio de sus esposas favoritas: la del rey, Mcazi, mujer obesa, engrosada, cebada; la de Yiaco, Memé, sensible como un laúd y ágil como una ¡Dantera.
Convencido ó sin convencer, que esto jamás llegué á averiguarlo, el cabezudo Quiganza aceptó el hecho de mi resurrección como un. medio para aniquilar á su j)ariente sin cometer injusticia, estando como estaba consignado en la ley el precepto de la restitución. El fogoso Viaco, persuadido de la impostura del nuevo Arimi, pues el cadáver del verdadero permanecía donde él lo sepultó, pudo creer que todo aquello era una farsa consentida por el rey é inspirada por el listísimo Sungo, hombre de invención fértil y deseoso de vengar á su padre. La muerte de éste había tenido lugar del siguiente modo: una hermana del ardiente Moru, muy hermosa, la celestial Cubé, había, sido la primera favorita de Arimi y madre del primogénito Sungo; á Cubé siguió Niezi, y á Niezi Memé. Para congraciarse con el díscolo Viaco, Arimi le entregó á Cubé, pues aunque eran tía y sobrino, la ley no prohibía este genero de enlace; las prohibiciones son entre los ascendientes y des- / — 107 — / — 107 — cendientes j los hermanos de doble vínculo. Cubé fué devuelta bajo pretexto de esterilidad, j la misma noche de su reingreso en la casa de Arimi, facilitó la entrada á Yiaco para que asesinara al elocuente sacerdote. El cadáver fué sepultado muy hondo en el patio, junto al harén; después se simuló la excursión á Mbúa y la muerte misteriosa en la gruta del Ünzu; se acusó á Muana, y Viaco quedó triunfante. Pero disuelta la casa de Arimi, Sungo continuó siendo el jefe de la familia en la nueva casa, y se llevó consigo á su madre, que antes de morir, siguiendo la costumbre nacional, le confesó el crimen para que lo vengara. En Maya, el afuiri prescribe al año, porque se supone que si el crimen ha permanecido oculto, es por disposición de Rubango; pero los odios son inextinguibles, y el fogoso Yiaco vivía apercibido contra la venganza, pronta ó tardía, del listísimo Sungo.
Así, pues, no soñó en parar de frente el golpe que se le asestaba, y á lo sumo intentaría asesinarme, si es que la alarma de la bella Memé la noche de mi llegada tuvo fundamento; ni menos pensó en someterse á sus enemigos. Su primera determinación fué refugiarse en Urimi, ciudad propicia á una rebelión, por haber sido privada de sus caminos. En Urimi comienzan los grandes bosques del Xorte, y cerca se encuentra uno de los doce destacamentos de la frontera, mandado á la sazón por Quetabé, hermano de Yiaco. El lugar elegido por éste no podía ser más á propósito para una tentativa sediciosa; los habitantes de Urimi acogieron al fugitivo y se mostraron — 108 — deseosos de defenderle; Quetabé apoyó los planes de su hermano j y el grupo rebelde, compuesto de dos mil urimis y de doscientos ruandas, se preparó para atacar á Maya sin pérdida de tiempo, con esa rapidez asombrosa con que acometen los africanos las empresas más arduas. Entre Urimi y Maya están Cari, en el bosque, y Misúa, bella ciudad habitada por pastores; los de Cari tomaron las armas por Viaco, y los de Misúa, donde establecieron el cuartel los insurrectos, fueron obligados á tomarlas también por la fuerza.