SigPhi · Angel Ganivet

La conquista del reino de Maya por el ultimo conquistador español Pio Cid

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Desde aquí enviaron emisarios á Maya, que está á dos horas de camino, para hacer prosélitos entre los ensis, seduciéndoles con promesas, y sin más tardanza vinieron sobre la ciudad, según lo había anunciado el dormilón Viami, cuando apenas el cabezudo Quiganza y sus fieles habían tenido tiempo para apercibirse á la resistencia. Sin embargo, se adoptaron prontas medidas: cerráronse las puertas de la ciudad; pusiéronse en pie de guerra los cincuenta hombres de la guarnición; armáronse todos ios hombres útiles, libres y siervos, en número de tres mil, y Quiganza confió la dirección de la guerra al consejero y hábil estratégico Menú, el de los grandes dientes, asesorado por ocho uagangas de los más peritos en el arte militar. Hechos los preparativos, abandonando la ciudad á las mujeres, salimos á campo abierto y marchamos contra el enemigo, que retrocedía en busca de un lugar ventajoso para hacer frente, y se detuvo, por fin, junto á una arboleda que está á la vista de Misúa. Entonces nosotros nos detuvimos también, y el dentudo Menú reunió su consejo para resolver el — 109 — — 109 — plan de ataque. Acordaron dividir las fuerzas en tres alas, que atacarían por distintos lados y se reunirían después por sus extremos, formando un circuito (un triángulo era su idea) donde quedaría encerrado el enemigo. En consonancia se kLzo la distribución de las tropas, y compuestas las tres alas, comenzó el combate; pero bien pronto notamos que nuestros cincuenta mandas se pasaban al grupo de Quetabé y que casi toda el aladel centro, que debía llevar el peso de la batalla y estaba formada por siervos, se unía al grupo dirigido por el fogoso Viaco. De suerte que el ejército contrario, entrando por nuestro centro, separó las alas derecha é izquierda, las cuales, vista la imposibilidad de luchar con ventaja, se desbandaron y huyeron.

Faltando tan lastimosamente los tres lados de nuestro ejército, el triángulo soñado por el dentudo Menú no pudo formarse, y los que presenciábamos la lucha desde lejos, huimos despavoridos hacia Maya; los que pudimos escapar entramos en la ciudad, recogimos nuestras familias y nos refugiamos en la fiel Mbúa. Entre los refugiados estaban el príncipe Mujanda, tres hijos del rey, dos consejeros. Menú y Sungo, veinte uagangas y todas nuestras mujeres y nuestros hijos, así como la familia real. Antes que cerrara la noche llegaron más fugitivos, trayéndonos terribles nuevasr Viaco había entrado en Maya y había sido proclamado rey; Quiganza, hecho prisionero, después de presenciar la proclamación de Viaco, había sido decapitado, y su gran cabeza paseada por la ciudad como trofeo de la victoria.

— 110 — Al día siguiente partieron de la corte, para todas las ciudades del reino, correos portadores de nn edicto real en qne se exigía la sumisión y se anunciaba el perdón de los partidarios de Quiganza que se presentaran en el plazo de diez días. Todos los habitantes de Maya volvieron á sus hogares, salvo quince que habían muerto en el campo de batalla, entre ellos el orejudo consejero Mato; las ciudades del Norte se apresuraron á proclamar á Viaco, y sólo las del Sur se mostraban propicias por el rey legítimo, Mujanda. Pero la intervención mía evitó la guerra civil.

Era fácil comprender que, por muy grandes que fueran los esfuerzos de las ciudades leales, sería imposible resistir el primer empuje de un ejército triunfante; los destacamentos del Norte estaban de parte de Yiaco, mientras nosotros no contábamos con los del Sur porque las poblaciones se negaban á llamarlos en nuestro auxilio temiendo ser víctimas de su rapacidad; valía más ceder en los primeros momentos y esperar un cambio favorable. El peligro principal para Viaco era el mismo ejército que ahora le apoyaba, y que le impediría afirmar su poder. Gracias al influjo que yo ejercía sobre Mujanda, príncipe joven é inexperto, y yerno mío por añadidura, pude hacer imperar mis ideas, que todos aceptaron como buenas, no sé si porque comprendieran que la razón estaba de mi parte, ó si á causa del temor que les inspiraba afrontar ana lucha á muerte.

La esposa favorita del cabezudo y desventurado Quiganza, la gorda Mcazi, era hija del reyezuelo •de Viloqué, ciudad situada en el extremo Sudeste — Jll — del país, en el interior de los bosques, y solicitó de su padre el favor de establecer allí nuestro oculto refugio mientras pasaban las horas de desgracia. El viejo Mcomu, llamado así por tener el dedo pulgar de la mano derecha extraordinariamente grande, nos concedió su apoyo, y entonces se hizo saber que Mujanda y sus íieles abandonaban el reino. Las ciudades del Sur reconocieron al usurpador Viaco, y el dentudo Menú y los uagangas que nos habían seguido se presentaron también á él. Sólo Mujanda y la familia real, y Sungo, enemigo de Viaco, y yo, con nuestras familias, ¡partimos para el destierro confiados en la lealtad de Lisu, el de los espantados ojos, del veloz Xionyi, del valiente Ucucu y del viejo Mcomu, únicos reyezuelos que estaban en el secreto de nuestra resolución. De Mbúa pasamos á Ruzozi; de Ruzozi á Boro, la ciudad de la «montaña)); de Boro á Tondo, en medio de un bosque de árboles de este nombre, y de Tondo á Viloqué, la pequeña ciudad de los «bananos)), donde entramos de noche para no ser vistos de nadie. El camino de Ruzozi á Yiloqué es muy penoso, y exige á hombres muy andadores cinco jornadas: dos á Boro, dos de Boro á Tondo, y una desde aquí á Viloqué, marchando á diez leguas por día; pero nosotros tardamos veinte días y sufrimos grandes penalidades j)or la falta de provisiones y la torpeza de las mujeres, poco habituadas á caminar. El viejo Mcomu nos acogió con buena voluntad en su palack), en cuyo interior había constmído varios tembés para acomodarnos. No obstante, nuestra permanencia allí fué muy breve, porque el temor de que una denuncia — 112 — nos perdiera, y el anuncio de la próxima venida de ViacOj nos obligó á buscar otro sitio más seguro en el centro del bosque, en un lugar que inspira gran terror á los naturales y adonde mis compañeros de destierro sólo se atrevieron á ir cuando les aseguré de la benevolencia de Rubango.

Construímos una gran cabaña, cercándola con un vallado para defenderla de las fieras, y la dividimos en tres partes: la mitad para Mujan da y para su familia, compuesta de su madre, de su única mujer, Midyezi, la hija de Memé, y de la familia real, de la que él vino á ser jefe, y que se componía de cincuenta mujeres y veintidós bijos, tres de éstos varones mayores de edad. Una cuarta parte fué para Sungo, cuyas esposas eran ocho, y diez sus hijos. La otra cuarta parte para mí y para mis veintinueve mujeres y cinco hijos menores. Así vivimos diez meses de los frutos del bosque y de la caza, sufriendo las tristezas de la falta de sol y de la abundancia de lluvias y los males de una ruda aclimatación, en la que estuvimos todos á punto de perder la vida. El espanto que estos parajes producen á los de Viloqué se funda en mil leyendas fantásticas, de las que Rubango es el héroe; pero lo que hay en ellas de positivo, es que toda esta parte del país está rodeada de lagunas, cuyas emanaciones producen fiebres pertinaces y disenterías de desenlace tan rápido como una invasión colérica. Merced á un sistema de sudoríficos y antiflogísticos inventado por mi los estragos no fueron muy sensibles, y sólo perecieron sesenta y ocho individuos de la colonia entre ciento treinta y siete; las pérdidas más sensibles fueron la de la obesa Mcazi, la de los hijos varones de Quiganza, de los que sólo se salvó el tercero, llamado por esta i'azón Asato, y la de las dos entrañables amigas Niezi y Ñera, muertas en un mismo día.

El fogoso Viaco, entretanto, visitaba el país en son de paz, y establecía por todas partes la organización ensi. Contra lo que yo esperaba, había sabido evitar los peligros del militarismo, enviando las tropas á sus cuarteles con buenas recompensas^ y pretendía cimentar su poder con el apoyo de los hijos de Lopo. Esta fidelidad á un compromiso adquirido en horas de apuro, me pareció un error grave; porque si una minoría descontenta puede en circunstancias críticas decidir de la suerte de una nación, no por esto será bastante fuerte para continuar imponiéndose en condiciones normales. Yiaco había visto que en la, batalla de Misúa la defección de los ensis había decidido en su favor la victoria, y creía que el apoyo de éstos le bastaba en tiempo de paz. El triunfo, sin embargo, era de los descontentos de Urimi, de los mismos que, satisfecho su rencor, se volverían contra él y contra el nuevo sistema. ¿No era lógico que una ciudad ofendida porque se había visto privada de sus caminos, de sus medios de comunicación, se ofendiera más cuando se viese disgregada, cuando la incomunicación fuese, no ya de ciudad á ciudad, sino de familia á familia.^ Pero el errar es propio de los hombres de Estado más conspicuos, y en estos errores se funda siempre la esperanza de los caídos. El error del cabezudo Qiiiganza consistió en no hacer caso de los hijos — 114 — — 114 — de Lopo, y el error del fogoso Viaco consistirá en hacer caso de ellos. Se puso, pues, por obra la reforma territorial, con sólo dos limitaciones: la primera, no destruir de una vez las ciudades, por si en un caso de necesidad imprevista tenían alguna aplicación; la segunda, conservar la autoridad de los reyezuelos, para evitar los retrasos que acarrearía la acción de un solo rey sobre territorio tan dilatado. El rey, los reyezuelos y sus consejeros quedaban residiendo en las ciudades, y el resto de los subditos, sin distinción, ya entre libres y siervos, fué distribuido -por el país, que Yiaco tuvo el acierto, justo es decirlo, de repartir con suma equidad. Cada jefe de familia recibió un lote de tierra, proporcionado á sus necesidades y á su profesión. La cantidad fué igual para todos, pero variaban las circunstancias: los labradores y 23astores recibían sus parcelas en tierras de labor ó de pastos; los pescadores, á las orillas del río para que pudieran jDCScar, y los cazadores, en los bosques para que pudieran cazar. A los industriales se les asignó toda la cuenca del ünzu y. gran parte de los bosques, según que trabajaban en piedras y metales, y necesitaban estar en un punto céntrico, y en comunicación con el río, ó en maderas, y necesitaban tener á mano la primera materia de su industria.

, Nosotros, en nuestro retiro, no dejábamos de estar al corriente de los sucesos, porque tres hijos de Sungo, tan diestros y astutos como su padre, recorrían el país como vendedores de pieles, y volvían de vez en cuando con noticias, cada vez más desconsoladoras: por ninguna parte asomaba la revolución; el reparto territorial se realizaba sin resistencias en el Norte y en el Sur, dirigido por Viaco 7 por las autoridades de cada localidad, y en tres meses la obra tocaba á su fin. Las antiguas ciudades habían sufrido algo, porque al construir las nuevas viviendas se aprovechaba bastante material de las antiguas: maderas, cañas, lienzos y pizarras. Yo me imaginaba el reino de Maya como una ciudad colosal: la arteria más importante era el rio, donde pululaban los pescadores; el corazón, el lago Unzu, donde hormigueaban los herreros y pizarreros; los barrios, los ensis, en cada uno de los cuales se levantaba solitaria una quinta rústica; las calles, los senderos que separaban los ensis; las murallas, las grandes forestas que por el Xorte y por el Sur la rodean, pobladas por hábiles carpinteros y por valientes ■ cazadoress las fortalezas, los cuarteles donde los ruandas vigilantes acampaban.

Una de las iiltimas ciudades visitadas fué Yiloqué, y cuando Yiaco llegó ya estaba formado el plan de reparto. El viejo y honrado Mcomu permanecía en la ciudad con los tres uagangas consejeros, reservándose en las cercanías cuatro grandes lotes, cada uno con más de cinco mil árboles; los jefes de familia, que eran cerca de doscientos, recibían por sorteo los suyos, que comprendían todo el distrito, exceptuado el paraje donde nosotros vivíamos, que fué abandonado á las furias de Kubango.

Todo parecía augurar bien del nuevo sistema, y los primeros días el país vivió atareado en arreglar sus nuevas viviendas, antes que llegase la estación — 116 — de las lluvias, la mazica; los siervos, alegres de ver realizado su añln de libertad y ds independencia, y deseosos de acrecentar sus bienes para aumentar el número de sus esposas, que son bienes mayores; los hombres libres resignados con el cambio, porque candorosamente creían que asi como se había cumplido, cuando parecía imposible,. el ideal de los hijos de Lopo, se cumpliría también la última parte de su programa, la pronta venida de los cabilis. La única dificultad que surgió en los primeros momentos fué la de aplicar el reparto entre los pueblos de los bosques del Norte, donde era muy frecuente la poliandria, pues en.

caso de apuro los hombres acostumbraban á vender sus mujeres en Maya, mercado muy favorable, y se concertaban para vivir con una mujer sola, usufructuada por turnos regulares. Los mayas no se detienen nunca en el término medio, esto es, en la monogamia, y sólo son monógamos el tiempo necesario para adquirir más mujeres. Cuando comprenden que por su pobreza ó por su invencible holgazanería no llegarán nunca á tener un harén, no se resignan á vivir siempre con una mujer, que les obliga á poner casa sin promesa de grandes beneficios; así, pues, la venden y viven en los árboles ó en una simple choza suficiente para meter el cuerpo por la noche, y se ponen de acuerdo con otros hombres que viven en condiciones parecidas para sostener una esposa, á la que cada cual mantiene el día de turno. Aparte de la manutención, la mujer tiene derecho á una cabaña y á un vestido cada año, y conserva la propiedad de los \ hijo,j comunes. Hay una ciudad, Rozica, donde la — 117 — poliandria está muy generalizada, y en ella las mujeres y los hijos comunes son los más considerados, siendo una grave tacha pertenecer á un solo hombre ó tener padre conocido.

Viaco resolvió este problema disponiendo que en los casos de poliandria la mujer fuese considerada como núcleo de familia, y que se diese un mú á cada mujer, juntamente con sus agregados. Esta solución no satisfizo á los varones, quienes se creyeron ofendidos en su dignidad; porque debe notarse que la poliandria, que en Europa desprestigia á los hombres que la practican, en Maya los enaltece; se considera como rasgo de noble desinterés contribuir al sostenimiento de una mujer libre, de la cual no se obtienen los beneficios que de la poligamia solían obtener muchos hombres industriosos. Un pequeño capital empleado con fortuna en mujeres laboriosas y prolíficas es una mina inagotable de bienes, explotada por hombres de manga ancha, que así resuelven el problema de enriquecerse sin trabajar. En vista del descou^ tentó, Viaco modificó su primer plan y dispuso que en los ensis ya asignados se hiciera una nueva división, señalando á cada hombre una parte, y otra en el centro, más pequeña, para la mujer. Esto fué del agrado de todos.

Diez meses habían transcurrido desde la muerte del cabezudo Quiganza, y una paz octaviana parecía reinar en todo el país; las noticias de los hijos de Sungo no nos daban ninguna esperanza, porque las que yo tenía, fundadas en el mal éxito seguro del sistema, se me volaron cuando supe que éste no existía ya. Al principio, el entusiasmo ó el te- — 118 — — 118 — mor habían movido los ánimos á la obedienciaj ■pero bien pronto- la razón recuperó su lugar. Eñ Viloqué, por ejemplo, á los quince días de marcharse Viaco, cada familia estaba en su antigua casa de la ciudad, con aquiescencia del viejo Mcomu. •Aunque el reparto había sido justo, ocurrió que algunos cazadores no pudieron tirar en dos semamas una sola pieza por no encontrarla en su distrito, mientras otros hacían su agosto sin moverse de sus caballas. Y los más favorecidos fueron los •mandas de toda aquella parte, porque la caza empezó á correrse hacia la frontera para buscar refugio en el país vecino. Hubo algunos ensis donde las enfermedades se desataron con furia por estar próximos á las charcas corrompidas que á nosotros nos rodeaban. Sin previo acuerdo, impulsadas por el hambre y por la enfermedad, las familias perjudicadas regresaban á Viloqué dispuestas á morir antes que á abandonarlo; luego las familias favorecidas siguieron el ejemplo, porque se les hacía dura la vida aislada en los bosques; aun los siervos libertados encontraban preferible la tranquila servidumbre á la penosa libertad que les proporcionó el esfuerzo de sus más adelantados colegas, los de Maya.

Lo mismo que en Yiloqué ocurría en Tondo, en Boro, en Yiyata, en Quetiba, en Upala, en todo el Sur, y era de suponer que ocurriese en el ISTorte. Y esta situación anómala, esta ficción legal, sostenida por los prudentes reyezuelos, y más que por los reyezuelos por la necesidad, venía á echar por tierra mis cálculos. Yo confiaba en los graves conflictos que inevitablemente habían de sobrevenir, — 119 — — 119 — y el régimen se disolvió con los pequeños; jo esperaba como santo advenimiento el día de la cobranza del impuesto, porque era seguro que loB mayas, no habituados á pagarlo y poco previsores para reservar una parte de sus product9s durante tres meses, se rebelarían contra los reyezuelos y contra Viaco; pero el día de la exacción llegó, y cada reyezuelo envió al rey ó al cuartel militar de su región (pues doce ciudades sostenían las cargas militares, y otras doce las cargas reales) sus acostumbrados cargamentos de cereales, de frutas, de pescado seco ó de pieles, reunidos en sus depósitos por las entregas diarias ó temporales de sus subditos, según el sistema antiguo de contribuciones. Esto evitaba males al país, j)ero perpetuaba nuestras miserias; y sólo mis éxitos de curandero me salvaron en estos días terribles, en que mis profecías políticas se confirmaban al revés, y en que la colonia desterrada maldecía la hora en que yo impedí el levantamiento del Sur y los azares de una guerra, que la imaginación, favorable siempre á lo pasado, pintaba con bellos colores, sembraba, de numerosas victorias y coronaba con un triunfo final.

De este profundo abatimiento pasamos á la alegría súbita. Un hijo de Sungo nos trajo la nueva^ recogida en Mbúa, de la muerte violenta de Yiaco. Una revolución había estallado en Maya contra, el usurpador, y la ciudad era presa del incendio. Poco después, un correo de Ruzozi se presentaba al viejo Mcomu y le entregaba un aviso del veloz Nionyi, llamándonos á toda prisa. Mujanda había, sido proclamado en Maya, en Mbúa, en Ancu- — 120.

Myera y en Rnzozi. Inmediatamente lo faé en Yiloqné, y partió llevándome en sn compañía y quedando Sungo encargado de dirigir el resto de la caravana liasta que nos reuniéramos en Mbúa. El viaje de r^reso fué más rápido y más cómodo que el de venida, porque las ciudades del paso se apresuraron á entregarnos las caballerías y provisiones que fueron menester.

CAPÍTULO IX Por qué y cómo se realizó la revolución. — Estado del país. — Primeras medidas restauradoras. — Creación de la piel moneda.

Mujanda quería marchar directameiite á la <»orte, temeroso de que la presa se le escapara; pero mis consejos, ahora en auge, le convencieron de que era conveniente retrasarnos para que las primeras determinaciones que habría que tomar, y que no serían nada suaves, las tomasen nuestros partidarios, y sobre ellos recayera toda la odiosidad. El arte de un príncipe consiste en hacer el bien personalmente, y el mal por segunda mano, con lo cual los aplausos recaen sobre él, y las maldiciones sobre sus agentes; así se consolidan las instituciones, pues el hombre no es como el perro, que lame la mano que le castiga y la que le halaga, y reconoce la razón de los golpes y de las caricias; el hombre odia más al que le hace mal que al que le hace bien, y de aquí la necesidad de un hábil juego de inanos.

Enviamos, pues, á la corte, desde Enzozi, una orden para que el dentado Menú, que se anunciaba como jefe de nuestro bando, tomase medidas á su arbitrio para restablecer el orden, y entretanto hicimos varias visitas á las ciudades del Sur^ Al pasar habíamos visitado Tondo, cuyo reyezuelo, Ndjudju, forzudo como un ((elefante», nos ofreció cuatro de sus hijas, y Boro, situada en lo alto de una montaña, la única del país donde, según la tradición, había sido edificado el gran enju. Monyo, el reyezuelo de nariz larga y afilada como un ((cuchillo», nos acogió como mejor pudo, nos cambió nuestras cebras por búfalos domesticados, y nos hizo donativo de dos siervos. Desde Ruzozi fuiraos á Ancu-Myera, donde el recibimiento fué delirante, y aquí aparejamos va,rias canoas para seguir por la vía fluvial. Tocamos brevemente en Mbúa y pernoctamos en Upala, después de hacer un difícil transbordo en la catarata del Myera para ir al día siguiente, por tierra, á Quetiba y Viyata.

Este viaje nos llevó tres días, pero los reyezuelos Niama y Yiaculia nos resarcieron ampliamente •del sacrificio de tiempo con regalos de gran estima: Mama, el gordo, el ((carnoso», nos dió cuatro mujeres de su harén y dos siervos, y Viaculia, el «glotón», una punta de cincuenta cabezas de ganado cabrío. Tanto en una como en otra ciudad me llamó la atención el extraordinario cultivo de la patata; Yiyata debe su nombre á este producto, y Quetiba, nombrada así porque está construida sobre dos bancales cortados por una albarrada en forma de escalón, y desde lejos parece una «silla», no le va en zaga en cuanto á la 'producción del tubérculo.

Desde Yiyata, última ciudad del interior, regresamos por otro camino á Upala, para continuar río abajo hasta Arimu y Ñera; pero el aviso de la lie- ~ 123 ~ gacla de Sungo il Euzozi más pronto de lo que nosotros creíamos, nos hizo dejarlo para más tarde, y nos despedimos del reyezuelo Chnriiqui, encargándole del reenvío de las canoas; formamos una caravana con las mujeres, siervos y ganados recibidos y los que añadió el reyezuelo de Upala, y emprendimos la vuelta por el Unzu. Por el inteligente Churuqui tuve la primera noticia de que en el país maya se celebraban, en ciertas épocas del año, carreras de hombres, especie de juegos olímpicos rudimentarios; Churuqui, el gran «corredor», había triunfado en diez carreras seguidas, y tenía en su palacio un pequeño museo de armas ganadas como premio y de sandalias que le habían servido el día de una victoria.

El lago Unzu, que acaso sea el Onzo ú'Ozo de los árabes, es una dilatación del Myera. En los tiempos prehistóricos no debió existir ni la catarata ni el lago, y el lecho del río sería más hondo y más inclinado; pero sea que la vigorosa vegetación de las márgenes del río levantara el suelo de éste, sea que los árboles derribados j)or los huracanes formaran, con el detritus acarreado por la corriente, xma presa natural ó muro de contención^ las aguas se fueron embalsando, y se produjo, al mismo tiempo que la catarata, el desbordamientos por la margen izquierda y el estancamiento de las aguas en la región baja del Sur, que es hoy la^ cuenca del Unzu. En toda ella la vegetación es tan intensa que no permite el paso, y para penetrar hay que seguir la vía abierta cerca de Mbúa, que los pescadores y cazadores cuidan de conservar expedita. Nosotros bordeamos el bosque, dejando el — 124 — 124 lagx) á la izquierda, y llegamos á Mbúa á la hora del ^afniri. Aquí nos esperaban ya nuestras familias, deseosas de vernos, y se organizó la última expedición hacia la corte, donde la presencia del rey se hacía necesaria. El dentudo Menú, para congraciarse con Mujanda, había ordenado decapitar i cincuenta personas cada día de su mando, y no habiendo ya más siervos, se temía que comenzase con los hombres libres. Desde la catarata del'Myera hasta la ciudad, todos los árboles del camino estaban cuajados de cadáveres, expuestos para festejar nuestra llegada; hubo danza de uagangas y entusiasmo sin límites cuando, antes de darla por terminada el rey, por consejo mío anunció que susj)endía las ejecuciones; y por fin nos pudimos retirar á nuestras moradas, en las que Menú había cuidado de reparar los grandes estragos del tiempo y del incendio.

Nuestra primera reunión familiar fué mezclada de tristezas y alegrías; ocho de mis mujeres, entre ellas Niezi y Ñera, y mis cinco hijos accesivos, habían muerto en el destierro de Yiloqué; mis tres siervos habían sido decapitados, y de sus mujeres, solo una, la de Enchúa, se me presentó con sus Seis pequefiuelos. A esta j)obre viuda la desposé aquella misma noche con un siervo del corredor Churuqui, único presente que acepté de Mujanda, á quien, para halagarle, permití que se quedara con todos los regalos que nos habían hecho. En cambio, tenía la satisfacción de ver tres verdaderos hijos míos, habidos de la esbelta Memé, de la sensual Canúa y de la flaca Quimé, la hábil tocadora de laúd, que, á pesar de su extremada delgadez, había llegado á ser una, quizás la primera, de mis esposas favoritas.

Grande era mi deseo de conocer el origen y el desarrollo de esta revolución, que cada persona relataba á su manera, quedando sólo como testigos irrecusables los cadáveres y las ruinas. Yo recogí diferentes versiones, y con todas ellas pude reconstruir de una manera bastante aproximada el cuadro de los' acontecimientos. Mientras las localidades del Norte, como las del Sur, burlando la autoridad de Viaco, volvían á su antiguo régimen,, en Maya se llevó la reforma á punta de lanza. El fogoso Viaco no quiso ceder, ni aunque quisiera podría hacerlo, porque el partido ensi, que en las regiones era sólo nominal é imitativo, en la corte era vigoroso y se había exaltado con su triunfo, Al mismo tiempo las dificultades del sistema eran menores, porque el distrito de Maya es el más rico del país, y todos los colonos tuvieron tierra sobrada para sus necesidades; sólo hubo quejas de parte de los que recibieron sus lotes alejados de la capital, ó de los que, no teniendo riqueza adquirida para esperar la nueva cosecha, tenían que solicitar anticipos á interés usurario.

De otra parte soplaron los vientos de tempestad. La nueva organización se oponía al día muntu, pues si legalmente no había sido éste suprimido, y las ceremonias podían celebrarse en los nuevos ensis, lo característico de la fiesta, la congregación de hombres y mujeres, desaparecía. Aparte de esto, surgió otro peligro gravísimo: los siervos eran enemigos del afuiri porque casi siempre los sacrificios recaían sobre los de su clase; los hombres li- — 126 ^ bres creían que un día muntu era incompleto si no había sacrificio jurídico, y afirmaban con la historia en la mano que jamás se había celebrado sin él una fiesta religiosa en el país. Por grande que sea la moralidad de una población, nunca transcurre un mes lunar sin que se cometan varios crímenes, j así se comprende que sin visos de crueldad se sostuviera el cruento afuiri; pero el sistema ensi, á la vez que dificultaba la comisión de delitos, supuesto que cada cual se mantuviera en su propia casa, exigía por lo menos un reo mensual para cada demarcación, so pena de quebrantar las tradiciones. Con temor debió saber el fogoso Viaco qae en el primer día muntu de su gobierno cuatrocientas víctimas habían sido sacrificadas, y que se continuaría haciendo esto mismo en lo sucesivo en virtud de las facultades omnímodas de los jefes territoriales. A este paso, bien pronto se le acababan los súbditos, y con ellos las ventajas que le proporcionaban.