— Descuide usted — prometió Benito, — que yo no diré nada, j lo único que he dicho á D.* Paulita, porque me preguntó mucho, fué que estaba usted admirablemente, y que la familia ésta era tan buena como la mejor. Además, la casa ha cambiado mucho con irse usted y Orellana, y yo no me trato apenas más que con los doctores, que dicen que se van á ir por una disputa que han tenido con los bilbaínos.
— Eso me disgusta — dijo Pío Cid, — pero puede que al fiu no se vayan. Influya usted con ellos, aunque no sea más que por D.* Paulita, que sabe usted que tiene un familión á su cargo.
— Eso ni que decir tiene — contestó Benito.
Y desde aquel día vino todos los domingos, sin faltar, á oir música, á charlar y á decir tonterías á Valentina, que, aunque inexperta, sabía de sobra para iniciar al infeliz estudiante en el arte misterioso de conocer el corazón femenino.
Muy otro era el segundo concurrente á casa de Pío Cid. Cuando éste salía á pasear por las tardes con las muchachas, notaba algunas veces cuchicheos y risas é indirectas que ponían á Paca colorada como un tomate. Miraba como quien no mira, y veía á lo lejos la figura entelerida de un joven que tanto tenía de hortera como de licenciado en cualquier facultad, y que lo que más tenía era frío, pues siempre iba con las manos metidas en los bolsillos de un raído gabán, que juntamente con su dueño tiritaba.
— Ese será Pablo del Valle — pensó Pío Cid. — Del Valle de lágrimas debía llamarse, porque, ó mucho me equivoco, ó ese hombre lo está pasando rematadamente mal. Hay que desencantar este castillo, pues de lo contrario Pablo del Valle va á seguir haciendo la ronda y no vamos nunca á saber si es pez ó rana.
Con esta idea preguntó un día de repente á Paca: — ¿Cuántas cartas te ha escrito ya ese joven que te sigue por las tardes?
— Me ha escrito tres vecgs — contestó Paca sofocada.
— 186 — — Pues aconséjale — dijo Pío Cid — que venga á hablar con tu mamá.
Yino Pablo del Yalle, que no era otro el rondador, y habló con D."^ Candelaria, y ésta le dijo que no tenía motivo para oponerse á sus pretensiones amorosas, pero que antes de decidirse quería que diese su parecer el marido de su sobrina, el cual á falta de otro hombre hacía de cabeza en la casa.
Volvió Pablo del Valle al día siguiente y tuvo con Pío Cid una larga entrevista, de la que éste dió cuenta á toda la familia aquella misma noche en los términos siguientes: — He hablado con Pablo del Valle, y no estoy disgustado ni creo haber perdido el tiempo; es un joven decente y de buena familia, como saben ustedes, y si se le ayuda un poco y logra conseguir una colocación fija cumplirá religiosamente sus deberes, porque ha pasado grandes miserias, y su ideal es tener casa y plato seguro, sin pedir más gollerías. Yo le he dicho, en vista de que ahora no tiene otra cosa en que ocuparse, que venga todos los días y me ayude á escribir y á corregir pruebas de la traducción que traigo entre manos. Con este pretexto él vendrá y le invitaremos todos los días á comer; donde comen siete comen ocho, y esto no ha de arruinarnos; yo le daré para tabaco y para lavarse la ropa, y así le pondremos en estado de que aspire á algo, pues tal como hoy se encuentra no es posible que haga cosa de provecho.
No era Pablo del Valle un hambriento vulgar, de esos que salen diariamente al paso, ni era tam- — 187 - poco nn genio desconocido, un poeta de guardilla ó un bohemio al estilo romántico; era un joven que tenía hambre muy á disgusto suyo, y que soñaba con ganarse honradamente la vida, aunque no pudiera conseguirlo por su falta de talento práctico. Sabía muchas cosas y no sabía ganar el pan. Tenía mucho talento y vivía como si faese tonto de remate. Tenía familia en Pamplona y un hermano rico en San Sebastián, y la familia y el hermano le habían abandonado porque no quería aplicarse al comercio ni á ningún trabajo útil, ni había tenido paciencia para concluir los estudios de Filosofía y Letras, que comenzó con gran afición.
Pensaba acabar la carrera y hablaba de prepararse para ingresar en el Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios y Anticuarios; pero por lo pronto su único cargo era el de inspector ó investigador de los carteles públicos de la corte, y rara vez se dió el caso de que Pablo del Valle viera que un cartel no tenía el indispensable timbre, no porque no hubiera defraudadores de esta novísima renta, sino porque él no se fijaba, aunque en el fijarse le iba el comer. En cambio sabía de memoria los libros raros y curiosos, y aun los simplemente viejos que había en todos los baratillos de Madrid, porque su vocación era la bibliografía, y su cabeza era el catálogo de todos los libros de España. La bibliografía es un arma de dos filos: bien comido y con un buen traje de levita y su gran erudición, Pablo del Valle podía ser un sabio notable y un distinguido académico; pero con la erudición sola era una desdicha andando. Quizás la única cosa acertada que hizo en su vida fué entrar en el baile de — 188 — la Zarzuela y bailar con Paca, aunque probablemente lo hizo porque la vió vestida pobremente y no se atrevió á acercarse á máscaras de más rango. Su instinto de hombre desordenado adivinó ú olió ' allí una mujer ordenada y casera, y no fué menester más para que Pablo del Valle siguiera este rastro que debía llevarle á la tierra de promisión.
Pero con estos encuentros la carga de Pío Cid era cada día más pesada. El sueldo no bastaba para comer, y había además que pagar casa y alquiler de piano, vestir y obsequiar de vez en cuando á las jóvenes. La traducción del inglés marchó á paso de carga y le permitió salir adelante aquel mes, que por fortuna era el más corto del año, y sacar las alhajas que había en el empeño; porque, encima del 23recio estipulado, el editor le dió cuarenta duros por las anotaciones luminosas que él puso de su cosecha, j que versaban sobre diversos extremos de embriología humana, y muy particularmente sobre la manera de dar á luz las mujeres de raza negra. Estas últimas notas llamaron la atención de los doctos y dieron gran crédito al Dr. D. Juan López Calvo, seudónimo que Pío Cid empleó en esta ocasión. Por cierto que su idea fué poner Juan López Mata, pero el editor dijo que ya que el nombre era falso no debía ponerse Mata, que es nombre poco favorable para un médico. Pío Cid replicó que el nombre era lo de menos, y que Mata se llamó el doctor que organizó los estudios médicos en España, el cual fué un gran publicista y hombre de positivo valer; pero por dar gusto al editor sustituyó Mata por Calvo, apellido que anuncia á una persona que tiene po- — 189 — — 189 — eos pelos en la cabeza á causa de sus estudios j vigilias. No hubo por el momento nuevos trabajos editoriales, y Pío Cid, con la presteza que le era propia, imaginó otros medios de ganar dinero para hacer frente á sus obligaciones domésticas, á las que no quería faltar por nada del mundo. Entonces fué cuando yo le conocí en la Redacción de JSl Eco, periódico recién fundado por Cándido Vargas, y del que yo fui redactor, encargado de la crítica teatral y de las cuestiones sociales.
Me hallaba tm día en la Redacción solo y sin ganas de escribir, cosa que me sucedía con frecuencia, cuando vi entrar á Pío Cid, cuya figura y nombre no me eran desconocidos, porque Cándido Vargas me habló de él una vez que le encontramos en la calle, y aun recuerdo que extrañó que yo no le conociera siendo paisanos y habiendo seguido los mismos estudios. Preguntó Pío Cid por D. Cándido Vargas, y yo le respondí que poco tardaría en llegar, y le ofrecí una silla que junto á mí estaba. El la aceptó y me dijo, sin darme las gracias: — Parece usted paisano mío por el tipo y por el acento.
— Y lo soy — le contesté yo, — y me alegro de tener ocasión de hablar con un paisano de quien don Cándido me ha hablado con mucho elogio.
— Cándido Vargas — dijo Pío Cid — es un buen chico, y es lástima que se haya metido en estos trotes, cuando podía ser un gran autor dramático.
— ¿Cree usted eso? — pregunté yo, que no conocía aquella habilidad de mi director.
— Sí que lo creo, y tengo pruebas, y más que — 100 — pruebas, hechos; porque el año pasado me dió á leer una comedia, y le digo á usted que era una comedia magnífica. Yo se lo dije así, como lo pensaba, y luego le aseguré que el público la silbaría, con lo cual ya no quedaría duda de la excelencia de la obra. Pero Cándido no está por la gloria con silbidos, y se hizo atrás; mal, muy mal hecho En esto entró Cándido Vargas; él y Pío Cid se saludaron con gran afecto, y seguimos hablando de la comedia en tono de broma, hasta que Pío Cid dijo que tenía que irse y que á lo que venía era á que le anunciáramos, sin dar su nombre, como profesor de lenguas vivas.
— ¿Tan mal andas — le preguntó Cándido Vargas— que tienes que tascar el freno?
— No ando muy bien, y antes de estar peor me curo, aunque parezca que me curo en salud — contestó Pío Cid. — Si ese anuncio no pega, recurriremos á la preparación para carreras especiales ó á los estudios de Derecho. Lo de las lenguas me agrada más, porque es lo que me molesta menos.
— Te voy á hacer una proposición — dijo Cándido Vargas: — te encargo para mi periódico una revista extranjera, de política principalmente; semanal ó quincenal, ó trimensual, como quieras.
— Aceptado y gracias — dijo Pío Cid; — pero no olvides por eso el anuncio.
— No lo olvidaré — contestó Cándido Vargas, — porque cuenta con que no- te voy á dar ningún puñado de duros; que el periódico anda de cabeza, y lo más que podré arañar serán quince durejos.
— 191 — — Tú das lo que quieras — dijo Pío Cid, — y adiós.
Se marchó, y según lo convenido, siguió viniendo todas las semanas un día, y en dos ó tres horas daba un vistazo á la prensa extranjera y componía lo que él llamaba su buñuelo, y se iba como si no hubiera hecho nada. Otras veces traía las revistas hechas ya, sin haber leído los periódicos, y por raro azar éstas eran las mejores y más acertadas en sus pronósticos políticos. Pero más que sus pronósticos, lo que nos llamaba la atención en él era la pasmosa facilidad de su pluma, que en un instante cubría de ilegibles garrapatos seis ú ocho cuartillas, de las que luego salía \m artículo tan claro y sonoro que daba gusto leerlo.
El anuncio salió en El Eco, y valió á Pío Cid dos lecciones, que, juntas con las revistas, le daban más de treinta duros al mes. Y una de las lecciones le dió, además, un amigo, que debía ejercer en su vida una considerable influencia. No porque este amigo fuese hombre de mucho valer, sino porque le sacó de sus casillas y le lanzó en una aventura desdichada, donde se originaron grandes infortunios. En un mismo día fueron á hablarle los dos discípulos: Severiano Tauris y Adolfo de la Gandaria. Tauris era italiano, ó griego de nacimiento, aunque su idioma natural era el alemán por haber vivido, cuando era niño, en Alemania con su padre, que, según parece, se vió obligado á huir por cuestiones políticas. Después de rodar por el mundo había venido á España, y como se hallaba mal de recursos, pensó hacer oposiciones á unas cátedras de alemán, para las que no era obstáculo su condición de extranjero. Lo que él deseaba era conocer bien el español, estudiándolo con un maestro que supiera hablarle en su idioma. Pío Cid le dió las lecciones que necesitaba, pero sin tratarle nunca con intimidad; porque creyó que el tipo aquel era un pájaro de cuenta, y que á poco que se ahondara en él, quizás resultaría falso hasta el nombre. Con Gandaria, al contrario, intimó pronto, porque éste era un joven que se hacia querer por su carácter franco y jovial, no obstante sus pretensiones de diplomático. Gandaria era diplomático efectivo; servía como agregado en el Ministerio de Estado, y esperaba que le nombrasen en breve secretario en la Embajada de Londres, por desearlo él así y contar con buenos padrinos.
— Ya ve usted — decía Gandaria cuando fué á hablar con Pío Cid, — me parece una insigne majadería ir á un país sin conocer su idioma. Esto es lo que hacen todos, pero yo no quiero hacerlo, sino que estoy decidido á hablar inglés por los codos antes de cruzar el canal de la Mancha.
— Su decisión de usted me parece muy discreta, señor Gandarias — le dijo Pío Cid, — y si de mí depende, hablará usted en dos meses como una cotorra.
— No me llamo Gandarias, señor Cid — rectificó el joven, — sino de la Gandaria. Los Gandarias no tienen nada que ver con nosotros, aunque esto no es rebajarlos.
— Sea Gandarias ó Gandaria — dijo Pío Cid, — lo esencial es que usted me parece una persona muy estimable, y que le daré con muclio gusto — 193 — lecciones de inglés en cuanto usted se decida á comenzar.
— Mañana mismo, si usted quiere, á esta misma hora, que es la mejor para mí, porque es cuando salgo del Ministerio.
Así comenzaron las lecciones de Gandaria, que á los pocos días no faé discípulo, sino amigo íntimo y admirador de Pío Cid.
Gandaria era muy entusiasta, y no era menester mucho para que él pusiera á las personas en los cuernos de la luna. Pío Cid le entró por el ojo derecho, y después que le oyó hablar de una porción de materias que él desconocía en absoluto, se quedó pasmado. Debe de advertirse que Gandaria, cuyo talento natural era grandísimo, tenía una cultura superficial y tan estrecha de molde, que hablarle á él de labranza ó de trabajo industrial, ó de las operaciones de los diversos oficios, ó de animales, plantas y minerales, ó de los astros que pueblan el firmamento, y de las miserias que se agitan en el fondo de la vida humana, era descubrirle arcanos, ante los que se quedaba asombrado y atónito. Pío Cid le pareció un pozo de ciencia, y si algo faltaba para diputarle por sabio universal, este algo llegó el día que Gandaria, creyendo estar puesto en terreno firme, intentó cegarle los ojos hablándole de diplomacia y de si á España le convenía aliarse con ésta ó con aquella nación, y de las contingencias probables en todos los casos, según la pauta que él se sabía de memoria. Aquel día Gandaria echó el resto, y no fué el joven distinguido que sabía montar á caballo y llevar el frac con distinción suprema, sino que fué — 194 — — 194 — el regenerador de la vieja y carcomida diplomacia española. Pío Cid le dejó desahogarse, y después de escuchar pacientemente la elocuentísima monserga, le dijo por toda contestación: — Ahora mismo me he convencido, amigo Gandaria, de que tiene usted un verdadero temperamento de poeta, y de que debe usted dejar en el acto la diplomacia para que ésta siga su curso natural, que es el que ahora sigue, y el que debe seguir sin que nadie lo tuerza.
— Hombre, usted me descuaja (esta palabra y otras machas eran nuevas en el vocabulario del joven diplomático). ¿Será usted capaz de sostener que nuestra política exterior es inmejorable? — preguntó á su contradictor dando un puñetazo en la mesa.
— Es inmejorable porque no existe — contestó Pío Cid.
— Pero no se precipite usted — continuó Pío Cid; — no existe, ni debe existir, hasta que nazcan en España seres racionales que comprendan lo que conviene hacer. Mientras este día llega, el mejor partido es no hacer nada, y para no hacer nada no es posible encontrar, ni buscándolas con un candil, personas tan diestras y hábiles como las que ahora tenemos al frente de nuestros negocios, que deberían llamarse no-negocios.
— Ja, ja, ja.; Si yo dijera en la Casa que debe llamarse Ministerio de los No-negocios Exteriores I — exclamó Gandaria riendo como un desesperado.
— Si lo dijera usted le darían una cruz — dijo Pío Cid.
— Todo podría ser — asintió Gan daría.
— En nuestro amado país - dijo Pío Cid— todos los centros gubernativos debían llevar una partícula negativa. Tendríamos Ministerios de la Desgobernación y de la Desgracia, de la Sinliacienda y de la Sinmariaa, y así por el estilo. El único que funciona es el de la Guerra, y funciona mal. Pero ahora, hablando seriamente, yo le digo á usted que hay que trabajar para que España se levante, y que hasta que se levante no hay medio de hacerla andar en ningún sentido. Por esto la diplomacia es la última que debe aquí entrar en juego, y por ahora nada bueno se podría sacar metiéndose en historias, como no fuera que nos moliesen á palos como á D. Quijote los yangüeses. Yo he conocido á muy pocos diplomáticos españoles, y alguno de ellos ni siquiera conocía los límites geográficos del país en que representaba á España; pero éste, más que los otros, tenía un orgullo á prueba de bomba; y como quiera que lo único que hoy teremos en España es ignorancia y orgullo, no se puede pedir más perfecta representación de lo que somos. Ese orgullo es bueno; algún día vendrá el saber y todo se andará. Nosotros no conocemos más que dos orgullos: el aristocrático y el militar. El día que tengamos el orgullo intelectual podremos aspirar á algo. Yo soy quizás el único español que tiene ese orgullo, pero pronto nacerán centenares que lo tengan, y usted debía también afiliarse á mi bando, y puesto que posee bienes de fortuna, dejarse de diplomacias y trabajar para ser el primer poeta de España.
Probablemente hablando así, Pío Cid recargaba — 196 — adrede, coji colores sombríos, el cuadro, ya triste de suyo, que ofrece nuestra infortunada nación, para quitarle á Gandaria de la cabeza el propósito de regenerar á su patria; porque el joven diplomático era uno de esos fantaseadores candorosos que lo bailan todo llano como la palma de la mano, y se figuran que no bay más que imaginar las cosas para que luego ocurran como se las babía imaginado. El unía en abrazo fraternal á España con todas las naciones de origen hispánico, y con este núcleo de fuerza se convertía en arbitro, ó poco menos, de los destinos del orbe. Sobrevenía un formidable conflicto entre Europa, coligada, é Inglaterra sola, en su solo cabo, y el triunfo del continente era seguro; pero España se ponía del lado de Inglaterra, y Europa tenía que rendirse á discreción después de un larguísimo bloqueo. Excepto Rusia, las naciones escandinavas y Suiza, que habían permanecido neutrales^ todas las demás salían con las manos en la cabeza, mientras que España, aparte de la restitución de Gibraltar, se redondeaba con el protectorado en Marruecos, quedando de paso fundada la unidad ibérica, porque Portugal había combatido al lado de España, y después de la victoria habían ambas naciones convenido en la unión.
— Todo eso está muy bien — le dijo Pío Cid echándole otro jarro de agua fría; — pero no se forje usted ilusiones. Casi todos los oficiales de nuestro ejército salen de las Academias soñando en arduos problemas estratégicos, y después se consumen años y años ¿en qué? en instruir á los quintos é inspeccionar el rancho. Si usted va á — 197 — una Embajada, lo que tendrá usted que hacer, si hace algo, es poner en linipio las comunicaciones que escriba algún superior, que quizás estén plagadas de sandeces. Y cuando á los treinta años de servicios llegara usted á ser cabeza, estaría usted tan aplanado y tan macilento que no pensaría usted más que en cobrar la nómina.
— Pero, amigo Cid — replicó Gandaria, — por precisión hay que ser brazo si se pretende ser algún día cabeza.
— Ese es un error— afirmó Pío Cid; — el que quiere ser cabeza debe serlo desde que nace. Si usted se dedica á la poesía y logra tener una personalidad, ya es usted cabeza; y si además de la poesía le gusta la diplomacia, siendo un gran poeta puede ser, de golpe y porrazo, ministro ó embajador.
— No está mal pensado eso — dijo Gandaria.
Y se fué aquel día dispuesto á ensayar sus fuerzas poéticas, y convencido de que Pío Cid era también, por ser de todo, perro viejo en materias diplomáticas, no sólo por las muchas historias secretas de que se mostraba enterado, sino porque al despedirse le dijo: — Amigo Gandaria, para quitarle á usted por completo las ilusiones que le puedan quedar, le diré que ese señor I. K. Dávalos que firma las revistas de El Eco, y que usted ha citado como gran autoridad en apoyo de algunas de sus opiniones, soy yo mismo; y le diré además que lo que allí escribo lo escribo para comer y porque sé que nadie ha de hacerme caso por ahora. Mis ideas no serán malas, pero son prematuras, y las expongo — 198 - para que vayan sonando en las distraídas orejas de nuestros compatriotas.
Lo que decidió á Pío Cid á aconsejar á Gandaria que cultivara las musas, fué la brillante imaginación de que aquel día hizo gala el joven; y por si la imaginación no bastase, liabía además otra circunstancia más honda, en la que el amor andaba por medio. A la tercera lección fué ya Gandaria presentado á la familia de Pío Cid, y comenzó á frecuentar la casa y á pretender llevar á Pío Cid á la suya. Este se excusó con el pretexto de sus muchos trabajos, y arregló de modo que intimasen Gandaria y Pablo del Valle, de cuya amistad se prometía muy buenos frutos. Donosa le parecería la ocurrencia á quien hubiera visto, como yo vi, entrar un día en la Redacción á Gandaria y Pablo del Valle, cuyas figuras hacían reir viéndolas juntas. Gandaria era un poco obeso, mny rubio, los ojos azules, la nariz aguileña y la boca un poco sumida, sombreada por un ligero bozo que aún no llegaba á bigote, y toda su persona era la perfección consumada en el vestir y la corrección atildada en el trato. Pablo del Valle era flaco y demacrado, casi exangüe; y con sus ojos tristes y su barba negra, parecía un Cristo crucificado, que en vez de túnica llevaba unos pantalones roídos por abajo y un gabán inverosímil. Este antagonismo, justo es decirlo, duró poco, porque, en cuanto Gandaria tuvo confianza con su amigo, le dió uu gabán muy decente, y luego le dió unos pantalones y un chaleco y un cliaquet, y sombrero y calzado, y hasta ropa interior. Con esto, y con algo que puso también Pío Cid, Pablo — 199 — del Yalle se metamorfoseó completamente, y Paca, que antes le miraba con lástima, comenzó á mirarle con satisfacción. Pablo del Valle le dió en cambio á G andarla una idea, la única que él tenía y que era su ídolo y su amor: el Libro. Su adoración era tal, que á faerza de mirar un volumen por fuera adivinaba lo que decía por dentro sin necesidad de leer, á lo que no era muy aficionado. Gandaria empezó á hablar del tomo de poesías que estaba preparando; y aunque al principio la noticia era falsa, no tardó en ser verdadera, porque el falso poeta, sugestionado por su propio atrevimiento, no quería quedar en ridículo, y probó sus fuerzas y vió con asombro que sabía componer versos, y oyó á Pablo del Valle afirmar que los versos eran óptimos, y se echó a volar por los espacios etéreos. Todas estas transformaciones las noté yo, porque Gandaria y Valle iban con frecuencia á El Eco á buscar á Pío Cid; y cuando comprendí por ciertos detalles que detrás del telón estaba Pío Cid moviendo los muñecos, fué cuando me fijé en el laro y original mérito de mi gran paisano, y me aficioné á él y solicité ser su amigo, y conseguí ser el predilecto, según me dijo muchas veces, y sufrir su benéfica influencia. A todos los transformaba, y á mí, por estimarme más, me trastrocó, de joven ambicioso que era, en filósofo contemplativo, y me arrinconó en este lindo carmen, quizás para que pudiera escribir la historia de sus trabajos que ahora mismo estoy escribiendo.
Además de la idea del libro de poesías, le inspiró Valle á Gandaria la de impulsar á Pío Cid por un nuevo camino.
— 200 — — Si yo me hallara en el Ingar de usted — le dijo — no dejaría que se consumiera sin dar utilidad al mundo un hombre como Pío Cid.
— ¿Qué me dice usted?— respondió Gandaria. — Yo soy el primero en aconsejarle que se dé á conocer y ocupe el puesto que merece.
— No bastan los consejos con un hombre como él — insistió Valle; — hay que comprometerle. ¿Cree usted que si le dijeran, por ejemplo, vaya usted de gobernador á tal provincia, sería capaz de renunciar? Y si su papá de usted, que manda tanta fuerza en la nueva situación, lo deseara. Pío Cid sería gobernador como yo me llamo Pablo.
— Pero Pío Cid — contestó Gandaria — no tiene condiciones para el cargo.
— Pío Cid — afirmó gravemente Valle — sirve para todo. Yo he leído versos suyos, que son una maravilla, y le he oído hablar de ciencias y de artes como un oráculo, y luego le he visto hacer cosas que parecen impropias de un hombre de estudios y que revelan que para él no hay nada grande ni pequeño. El curó á mi novia como usted sabe, y yo le he visto hacer los collares que tienen los gatos de Valentina, que parecen obra de un maestro talabartero. Si va al Parlamento y quiere hablar, aunque no ha hablado nunca en público, hablará como Cicerón ó Demóstenes; y si le nombran gobernador, convertirá su provincia en un paraíso.
— No me refería yo — dijo Gandaria — á las condiciones de inteligencia y carácter, pues de sobra conozco á nuestro amigo, sino á la aptitud legal.
— 201 — Para que fuera goberuador tendría antes que ser diputado.
— Y ¿á usted le parece que es muy difícil sacar un diputado? — preguntó Valle. — Ahora están haciendo el encasillado para las próximas elecciones, y con trabajar un poco la partida — Ya hablaremos de eso — dijo Gandaria despidiéndose.— Si de mí dependiera Valle se fué muy contento, pensando en que, si algún día Pío Cid era nombrado gobernador, él iría de secretario del gobierno, cargo que le seducía más que ningún otro. Gandaria entró en sn casa deseoso de hacer algo por Pío Cid, ahora que había encontrado la manera práctica de mostrar su entusiasmo por su maestro.
Halló reunidos en conversación familiar á sus padres y á su única hermana, Consuelo, que tenía dos años menos que él y que era una encantadora criatura. Don Adolfo estaba de pie junto á la chimenea; D.^ Fernanda leía, alternando en la conversación, y Consuelo jugaba con un perrillo de lanas, mientras hablaba con su padre precisamente de Pío Cid. Porque Adolfito les había dicho algo de éste y de su familia, principalmente de Martina, de la que habló con tanto interés que Consuelo no pudo menos de decirle: — Adolfito, parece que ta maestra te ha flechado con buena puntería.
— ¿Qué me dices, Consuelito? — respondió él. — ]Ni pensarlo siquiera!
Así, cuando entró Adolfo, Consuelo se encaró con él y le dijo: — ¿No te aseguraba yo que no me era descono- — 202 — cido el nombre de tu profesor? Pues no me equivocaba. Hoy he hablado con alguien que le conoce y que sabe de él lo que tú no sabes.
— Cuéntame, cuéntame — preguntó Adolfo con viveza.
— No quiero guardar ningún secreto — contestó Consuelo. — La que me ha hablado es Rosita Suárez, á quien tú conoces muy bien. Pero te encargo que no le hables de esto.
— Y ¿qué te ha dicho Rosita? — preguntó Adolfo de nuevo.
— Te contaré— respondió Consuelo, disponiéndose á hablar con puntualidad. — Un día me vine de la iglesia con Rosita, y hablábamos de lo perdidos que están, digo, que estáis los hombres, y le pregunté yo á Rosita que si no había pensado nunca en casarse. «¿Querrás creer, me respondió, que yo misma me parezco una vieja y que no me acuerdo de que haya hombres en el mundo? — ¿Pero es posible, le pregunté yo, que no te haya interesado nunca ningún hombre? — Ninguno, me contestó; es decir, hay uno, pero éste no sé si es un hombre ó un demonio. — ¿Quién es?, le pregunté.— Tú no le conoces, porque no frecuenta la sociedad ni su nombre suena para nada.» Y entonces me dijo el nombre de Pío Cid, que se me quedó en la memoria porque no es corriente ni vulgar. «Y ¿cómo es, le pregunté yo, que habiéndote interesado no te casaste con él? — No era posible, me respondió; en fin, no hablemos de esto, que á nadie se lo he dicho nunca sino á ti.» Hoy recordé esta conversación, y que Rosita era la que me había hablado de tu profesor, y fui á hablar - 203 — - 203 — con ella; y ¿sabes lo que me lia dicho? Que no es posible que Pío Cid esté casado. Por cierto que se puso más pálida que un cadáver, y que para mi es seguro que ella lia tenido algo con tu profesor.
— ¿ Q üé me cuentas, Consuelito? — exclamó Adolfo. — Que me maten si comprendo.
— Pues es muy claro — dijo Consuelo. — Rosita es una joven decente; el D. Pío lia tratado de engañarla, y ella, aunque le quisiera, ha huido de él, como hubiera hecho en su lugar cualquier mujer honrada.
— Más fácil es — gritó Adolfo — que Rosita esté celosa porque Pío Cid no le haya hecho caso. ¡No irás á decirme que Rosita es una beldad!
— Celosa ó no celosa — contestó Consuelo, — lo que ella asegura, apostando la cabeza, es que Pío Cid no está casado y que la familia con quien vive debe de ser gente de manga ancha.
— Y lo que yo aseguro — gritó Adolfo enfurecido— es que si una mujer se enamora de un hombre, y ese hombre quiere engañarla, no hay decencia ni honestidad que la salven.
— No digas esas herejías, Adolfo — exclamó doña Fernanda. — Ese no es modo de hablar con una hermana tuya.
— Es que me molesta la gazmoñería — dijo Adolfo, — y esa Rosita, que es más fea que un galápago, quiere tirar piedras á las demás jiorque la rabia se la come de no haber podido encontrar quien cargue con ella.
— Y tú te enfureces — dijo Consuelo con malicia— porque te tocan en el punto sensible.
— ¿A mí? — preguntó Adolfo. — Déjate de cuen- — 204 — tos. ¡Pues si hoy mismo venía á hablarle á papá en favor de Pío Cid! ¿Quieres mejor prueba de que soy su amigo leal y verdadero?
— Y ¿qué ibas á decirme? — preguntó D. Adolfo, que presenciaba la escena con impasibilidad, en él habitual.
— Pues te iba á decir — contestó Adolfo — que á ti que te gusta proteger á quien vale y crear hombres de provecho, se te presenta ocasión de ayudar á un hombre á que sea ministro en veinticuatro horas.
— No exageres — contestó D. Adolfo, que, en efecto, era una nulidad completa, y á falta del orgullo de ser algo, tenía el orgullo de dar, como él decía, «golpes de hombro» á todos los que se figuraba que prometían.
— Ahora que tenemos en el Ministerio á D. Bartolomé— insistió Adolfo, — podías trabajar para que sacaran á Pío Cid como adicto, y tú verías si mi hombre daba ó no de sí. Por supuesto que voy á obligarle á que venga, y en cuanto hables con él verás que me quedo corto.
— ¿Cómo es eso? — preguntó el papá.— ¿No querrá él venir?
— El dice — contestó Adolfo — que su casa está abierta para todos, pero que no quiere ir á casa de nadie, porque no le gustan los cumplimientos ni los compromisos que el trato trae consigo.
— Entonces, ¿qué hombre es ese para la política?— preguntó el papá.
— Ahí está el quid — respondió Adolfo; — en que no es un ambicioso, sino que hay que forzarle y comprometerle para que salga de su obscuridad.
— 205 — — Hombre — dijo el papá, — me parece que habiendo tantos cientos y miles que están suplicando con el sombrero en la mano, es una insigne esta -pidez, y dispensa la frase, ir á solicitar á quien no pide nada, ni probablemente agradecería lo que por él hicieran.
— Ahí está el mérito — insistió Adolfo; — y en fin, tú le conocerás.
Fuese D. Adolfo, y tras él su esposa, y quedaron solos los hermanos.
— Mira, Adolfito — le dijo Consuelo, — yo soy más lista que tú, y te estoy viendo, y lo que tú deseas es sacar á tu amigo de su casa para que te deje el campo libre.
— Consuelo, por Dios, eres atroz cuando te pones á pensar mal — exclamó Adolfo. — Que me muera ahora mismo de repente si tal idea ha pasado jamás por mi cabeza.
— Bueno — insistió la hermana, — yo te hago la indicación para que andes con cuidado, porque — añadió, bajando la voz, — esto no lo he querido decir, pero sé por Rosita que ese Pío Cid es un hombre terrible, que tiene cometidas las mayores crueldades que se pueden concebir.
— Esos son cuentos de vieja — afirmó Adolfo.
— Rosita lo ha leído en un libro, y desde entonces le tomó horror á ese hombre — dijo Consuelo.
—; Cállate! — exclamó Adolfo. — ¿ Si será ese el libro que dice Pablo del Valle que compuso Pío Cid, y del que tiene el único ejemplar que hay en España un cura que dice misa en San Ginés? Si es asi, no me extraña lo que dice Rosita, porque el cura no ha querido prestarle á Valle el libró — 206 — á causa ele las herejías que contiene. Pero ese libro es de entretenimiento. Ya conocerás tú á mi amigo, y me dirás si no es un hombre de gran corazón. ¿Quieres que le proponga venir á darnos á los dos la lección de inglés? Asi vendría sin dificultad.
— Bueno, haz lo que quieras — dijo la joven, que ya sentía curiosidad por conocer á Pío Cid, aunque no tanta como por conocer á Martina.
Pocos días después vino Pío Cid á casa de los Gandaria acompañado de Adolfo; y aunque la visita era la primera no fué de mero cumplido, sino que en ella se trató de asuntos serios y quedó cimentada la resolución de D. Adolfo de ayudar con todo su valer á aquel hombre, que no sólo demostraba tener un talento descomunal, sino que, por una rara circunstancia, coincidía en sus puntos de vista con los del propio señor de la Gandaria. Verdad es que D. Adolfo, aparte su idea fija de ejercer de Mecenas político, no tenía ideas propias ni puntos de vista personales, y se adhería á los de los demás; pero, de todos modos, es cierto que jamás se adhirió á nadie con tanta fuerza ni con tanto entusiasmo como á Pío Cid, que aquel día estuvo inspirado y certero. Se habló de cosas superficiales, llevando el peso de la conversación los dos Gandaria, padre é hijo. Pío Cid asentía ó contestaba con alguna frase breve, para que fuera D. Adolfo quien llevara la voz cantante. Hasta que al término de la conversación, estando presentes D.^ Fernanda, que entró á buscar á su marido para salir con él, y Consuelo, que se quedaba en casa con Adolfo para comenzar las leccio- — 207 —