Y Pío Cid les habló de los huéspedes, describiendo sus tipos y costumbres con rasgos tan expresivos que á todas les parecía que los estaban viendo, y les interesaban aquellos jóvenes hasta el punto de declarar sus simpatías por unos ó por otros. Orellana y Cook eran preferidos como personas serias, Pepe Rodríguez por gracioso y por ser murciano, y Benito por bueno é infeliz. Porque Pío Cid los retrató á todos tan fiel é imparcialmente, que aun de Aguirre, con quien no hacía buenas migas, dijo que era un chico algo pretencioso, pero muy honrado y sencillote en el fondo y nada torpe en sus estudios, con lo cual, andando el tiempo, sería ingeniero muy distinguido y persona muy estimable.
— ¿Y qué hacía usted entre tantos estudiantes — preguntó D." Candelaria, — usted que ya es hombre hecho y derecho y poco aficionado, según parece, á la vida alegre de los jóvenes?
— Yo no me reunía con ellos más que un rato, — 161 — á la hora de almorzar — contestó Pío Cid; — comer, comía yo solo en mi cuarto antes que todos, y IDor la noche no los veía. Algunas tardes venían á mi cuarto y hablaban de mil cosas, y yo les daba algunas lecciones, de idiomas principalmente.
Después tocó el turno á D.^ Paulita y á Purilla, de quienes Pío Cid habló con gran elogio, como se merecían, y, por último, D.^ Candelaria le preguntó: — Nos ha dicho usted que es de Granada, y que de allí es toda su familia: ¿cómo es que está usted solo? ¿No le queda á usted allá nadie?
Pío Cid, que, como sabemos, no quería nunca hablar de su vida, pero tampoco quería mentir, echó una alforza monumental, saltando de la época en que estaba en Granada con sus padres á la en que vino á Madrid con su hermana y sobrinilla, de las que habló con gran complacencia, deténiendose en describir con detalles todo lo que hicieron y lo que él hizo con ellas hasta dejarlas sepultadas en Aldamar. En este relato hubo ocasión para que D.^ Candelaria intercalase muchas noticias de su vida, y hasta D.^ Justa, que era muy callada, dijo algo, por donde Pío Cid comenzó á conocer al padre de Martina y á la ilustre estirpe de los Gomaras.
Al llegar á los postres, como todos estaban un poco alegres y Pío Cid muy decidor, porque había bebido también, aunque poco, la conversación cambió de tono, y dándose ya todos por conocidos y no disgustados de conocerse cómo eran, se habló con más confianza y familiaridad; las niñas lucieron sus habilidades en la guitarra y la bandurria, y Martina, que no sabía tocar, cantó unas guajiras muy sentimentales, para no ser menos, y después que le rogaron mucho.
— Usted debe de saber muchas cosas — dijo Paca á Pío Cid, — sobre todo muchas historias.
— ¿Cómo historias? — interrumpió Martina. — Si es también poeta, y compone unos versos preciosos. Si vierais unos que leí yo anoche — ¡Poetal — exclamó D.^ Candelaria,— ahora sí que estamos frescos, y qué ratos de hambre vamos á pasar.
— No se sofoque usted, D.^ Candelaria — dijo riendo Pío Cid, — que no soy poeta, y aunque lo fuera lo mismo sirvo yo para un fregado que para un barrido. Es decir, que si me aprietan, soy capaz de componer un poema tan largo como la Ilíada; pero esto no quita para que sepa preparar un agua para los ojos ó traducir libros de medicina, ó hacer cuanto sea preciso para asegurar la manutención. Porque para mí la ciencia primera y fundamental de un hombre es la de saber vivir con dignidad, esto es, ser independiente y dueño de sí mismo, y poder hacer su santa voluntad sin darle cuenta á nadie. Y para esto hay que tener pocas necesidades y mil medios para satisfacerlas, de suerte que esté uno siempre convencido, como yo lo estoy, de que no tendré jamás que bajar cabeza para obtener un pedazo de pan. El que sólo tiene un oficio puede quedarse sin trabajo y no saber por dónde echarse; pero yo sé más de treinta oficios, y siempre estoy estudiando alguno nuevo.
— 1G3 — — ¿Y cuál es el que estudias ahora? — preguntó Martina.
— Estoy aprendiendo á gobernar á seis mujeres — contestó Pío Cid entre las risas de todas, contentas y orgullosas* de verse protegidas por aquel hombre, que debía parecerles un gallo muy hecho y con terribles espolones.
Doña Candelaria, que tenía muy buenas ocurrencias, dijo á su hermana: — Justa, ¿no decías que en esta casa hacían falta unos pantalones? Pues creo que nos han traído un surtido completo.
— Pero no hay que escurrir el bulto — dijo Paca volviendo á su tema. — Don Pío, tiene usted que contarnos alguna historia ó leernos esos versos que ha dicho Martina.
— Cállate, que los versos los tengo yo — exclamó Martina. — Ahora que recuerdo, me los guardé en el bolsillo de la falda. Voy á buscarlos.
Y volvió al punto con la poesía de los ojos negros, que á disgusto de su autor fué leída y celebrada por la concurrencia, no por los méritos poéticos que en ella hubiera, sino por lo extraño de la visión y del presentimiento ó previdencia que Pío Cid había tenido.
— Ahora cuéntenos usted algo — insistió Paca, que sin saber por qué se había empeñado en que Pío Cid era un gran cuentista y debía saber muchas historias maravillosas.
— Puesto que tanto empeño tenéis, os voy á contar un cuento árabe que, no me acuerdo dónde, leí hace muchos años.
Y al decir esto recogió un poco la atención para — 164 — recordar, aunque no recordaba, sino que inventaba rápidamente la urdimbre de la fábula sin gran esfuerzo, porque su imaginación era felicísima.
— ¿Cómo se llama ese cuento? — preguntó Martina.
— No me acuerdo bien — contestó Pío Cid; — creo que se titula Elección de esposa de Abd-el-Malik^ y que formaba parte de un libro donde se contiene la historia de este famoso Rey.
— ¿Y quién era ese Rey? — preguntó Martina.
— Abd-el-Malik, el siervo del ángel, fué un Rey muy glorioso, aunque yo no sé fijamente si existió, ó si el nombre es fingido — contestó Pío Cid. — Pero lo que es cierto es que, con uno ú otro nombre, el Rey existió, y lo que el cuento dice ocurrió puntualmente.
Y después de una breve pausa, lo comenzó de esta manera: «ELECCIÓN DE ESPOSA DE ABD-EL-MALIK.
))En el interior de Arabia vivía hace ya mucho tiempo un Rey llamado Abd-el-Malik, que era un verdadero Rey: un hombre de valor, de talento y de humanidad. Juntaba á las más nobles cualidades del espirita una figura gallardísima, heredada de su madre, que fué robada por unos salteadores en un escondido lugar del Kirgis y vendida como esclava á Abd-el-Eddin, padre de Abd-el-Malik, quien la elevó al rango de favorita, prendado de su belleza, de su porte y de su donosura. Y entre tantos hijos como tuvo aquel buen rey Abd-el-Eddin, ninguno le llegó ni al tobillo á Abd-el-Malik, que por un feliz cruce de sangre fué, como — 165 — dije, un dechado de perfección y un modelo de reyes » — ¿Cómo es eso — interrumpió Martina, — iba á ser mejor que los otros porque su madre fuera esclava? Yo he oído siempre decir que los mulatos son inferiores á los blancos; los esclavos yo no los he visto, pero cuando los había, dicen que eran malísimos, y que había que tratarlos á latigazos.
— Yo he tenido esclavos — añadió D.* Justa, — y los que eran buenos, eran muy buenos; pero los que eran malos, era para que los quemaran vivos. Bastante ruina que nos trajo á nosotros el que les dieran la libertad.
— Todo eso está muy bien — dijo Pío Cid, — pero Abd-el-Malik no era mulato; su madre era tártara y sil padre árabe, y el cruce de sangre fué magnífico. Y no es éste el primer caso de que de estos cruces salgan grandes hombres; y al contrario, que de los cruces entre parientes ó personas que tienen mucha comunidad de sangre salgan seres sin vigor, degenerados. Ya se ve lo que ocurre con muchas dinastías de Europa, y que hoy tenemos una baraja de reyes y emperadores que, si entraran en quintas y los midieran, algunos no llegarían á la marca. Y todo porque estas dinastías no quieren tomar sangre nueva y poderosa, aunque sea algo basta, donde la hay, que es en el pueblo. Por lo que ha habido que inventar la farándula constitucional, pretexto para que algunos hambrones gobiernen ó desgobiernen en lugar de los que no tienen fuerza para hacerlo.
— Vamos — dijo D.^ Candelaria,— que usted está, sin duda, por el absolutismo.
— 16G — — Yo no me mezclo en política — contestó Pía Cid — ni estoy por nada, y menos por el absolutismo; porque las cosas ocurren porque deben ocurrir, y cuando hay reyes que no gobiernan, creo yo que será porque no son capaces de hacerlo; y aunque se les declarara absolutos, tendrían que guiarse por unos y por otros, y no estaríamos mejor ni peor que estamos. Pero dejémonos de política, que lo que á mí me interesa es decir que Abd-el-Malik no era ningún rey de mentirijillas, sino que reinaba y gobernaba; y algunas veces, á pesar de su humanidad, les hacía cortar la cabeza á los súbditos que no andaban derechos. — ¡Qué bárbaro! — exclamó Candelita. — ¿Bárbaro? ¿Por qué? — dijo su mamá. — Pues si yo mandara, ¿crees tú que no le cortaría yo la cabeza á tanto bribón como hay en el mundo?
— Con estas y las otras — interrumpió Paca — no dejan ustedes seguir el cuento. — Es verdad, prosigo — dijo Pío Cid: «Quedábamos en que Abd-el-Malik era un rey hecho y derecho, y que si heredó á su padre fué porque éste sabía lo que se hacía, y conoció que el hijo de la esclava tártara era quien reunía mejores dotes para gobernar y hacer feliz al pueblo, sobre el que su padre, su abuelo y toda su ascendencia venían reinando. No tenía Abd-el-Malik cuando entró á reinar ninguna mujer, á pesar de que la costumbre del país era tener varias; pero al ser Rey se halló con que era dueño de un harén^ donde además de su madre figuraban más de doscientas mujeres de su padre, y, por decirlo así, madrastras suyas. Y luego, por seguir la costum- — 167 — bre, tuvo que aceptar varias esposas que le ofrecieron los magnates de la corte; pero (aquí empieza lo interesante del cuento) Abd-el-Malik no hizo caso de ninguna, y continuó viviendo como vivía cuando no era más que Príncipe y no tenía ninguna mujer » Doña Candelaria aguzó las orejas y se dispuso á escuchar aquel cuento, que algo tenía que ver con el cuento ó historia de su vida. Pío Cid la miró distraídamente, y ella se puso colorada, aunque no tanto como la primera vez que oyó sacar á plaza el proceder incalificable de su marido.
«¿Por qué se conducía de esta suerte el egregio soberano con sus esposas, algunas de las cuales eran la flor y nata del país? Esto no se ha podido nunca saber á ciencia cierta, aunque lo que sigue del cuento aclarará algo la extraña conducta de Abd-el-Malik. Sus mujeres se devanaban los sesos, y comenzaron á inventar mil tretas para vencer la indiferencia del Eey y llevarse el galardón de ser, no ya la preferida (que esto ocurre siempre en los palacios árabes), sino la única esposa de un soberano cuyas costumbres eran tan morigeradas. Una de las esposas, llamada Yazminé, ideó un artificio que creyó seguro. Era la hora de la siesta, y Abd-el-Malik dormitaba en un templete rústico, frente al cual había un surtidor de agua que, con los rayos del sol, formaba un arco de colores, que parecía cosa de encantamiento. Yazminé se presentó á los ojos del Rey luciendo el tesoro de sus más secretas bellezas. Sólo la cubría un velo de púrpura finísimo, que casi se transparentaba, y sus únicos adornos eran — 168 - — 168 - una corona de alelíes rojos, iin collar de corales y brazaletes y ajorcas de macho precio. Parecía una visión celestial; y como si no bastaran sus encantos natnrales, que eran muchos, comenzó á bailar una danza caprichosa, en la que, sin tocar apenas el suelo con los pies desnudos, se cimbreaba como si, en vez de ser una mujer, fuese un tallo de azucena cargado de flores. Cualquier otro hombre que no fuera Abd-el-Malik se hubiera vuelto loco viendo aquella escultura admirable, que por complacerle tomaba vida y bailaba como las huríes soñadas en el Paraíso; pero Abd-el-Malik se quedó como estaba, y dijo á Yazminé, cuando ésta se cansó de bailar: » — Ven todos los días á la hora de la siesta, y ))baila como hoy, que eso me distrae. 5) — ¿Sabe usted que ese Malik — interrumpió doña Candelaria — era un hombre difícil de contentar?
— ¡Un hombre sin corazón! — exclamó Candelita.
— ¿Quién sabe? Ten paciencia — dijo Paca, — que puede que al fin se enamore de la mujer que fuera su media naranja.
<í Abd-el-Malik era un gran Rey — prosiguió Pío Cid — y no le daba importancia á los bailes. Más extraño es que no le diera importancia á otras cosas, como se verá por lo que le sucedió á otra de sus mujeres, llamada Aina. Esta tenía un talento extraordinario para contar cuentos, y enterada de lo que le había sucedido á Yazminé, sintió mayor deseo de probar fortuna, y entró una noche sigilosamente en la alcoba del Rey antes que éste se acostara; y después de pedirle perdón por su — 1G9 — atrevimiento en ir á turbar aquella soledad, y de explicarle que su deseo era distraerle con algún cuento de su invención, empezó á hablar con tanta viveza y desparpajo, que el Rey la oía casi con la boca abierta. Aina cobró valor y aguzó el ingenio, y de sus labios salieron sentencias de tan profunda sabiduría, que el Rey quedó asombrado de que en nna cabeza femenina pudieran caber todas aquellas cosas. Pero cuando Aina terminó su cuento, no le dijo ninguna terneza, sino estas solas palabras: (( — Aina, tu saber es grande; ven todas las no-))ches á esta misma hora y háblame como me has Dhablado, que así mi sueño será más sereno, y mi »ánimo se dispondrá mejor para gobernar á mi )>pueblo con equidad y templanza » — Eso se parece á los cuentos de Las mil ij una, noches — interrumpió Candelita.
— Todos los cuentos árabes tienen alguna semejanza— dijo Pío Cid — y, en efecto, Aina tiene algún parecido con Scheherazada, aunque ésta contaba sus cuentos para que el celoso y feroz sultán no degollase más mujeres.
— Pues mire usted — dijo D.* Candelaria, — no me disgusta que el Rey hiciera lo que hizo con la sabia, porque las mujeres no deben meterse en tantas filosofías.
— Abd-el-Malik — contestó Pío Cid — no censuró á Aina, sino que pensó que era buena para consejera y no para mujer.
— Y ¿cuál fué la que quiso para mujer? — preguntó Martina, que escuchaba con gran atención.
— 170 — — Déjame que prosiga, que no conviene sacar las cosas de quicio.
«Después de Aína, Seniha quiso conquistar el duró corazón del Rey. Seniha cantaba como los ángelesy y era quizá más bella que la bellísima Yazminé. Una mañana, cuando el Rey dormía aún, se acercó á la puerta de su cámara nocturna, cantando una canción que ella misma había compuesto, en la que expresaba las más tiernas y delicadas ansias de un alma de mujer que suspira cerca del hombre amado, y que desea endulzarle la existencia y alegrarle con los encantos del amor. Quien no fuera Abd-el-Malik se hubiera arrojado del lecho y acogido en sus brazos amorosos á la que tantas dichas le ofrecía; pero Abd-el Malik la dejó cantar, y para despedirla le dijo solamente: c( — Graciosa Seniha, tu canto es delicioso; ven )) todas las mañanas á esta misma hora y cántame; ))así comenzará más alegre el día, que bastantes 3) tristezas trae consigo.»
— ¡Vamos, eso pasa de castaño obscuro! — exclamó D.^ Candelaria. — Ese Rey creía quizás que el mundo se había hecho para él.
— Mamá — dijo Paca — déjale que acabe, que deseo saber quién es la que por fin se lleva la palma. Porque es seguro que el Rey se enamorará.
c(Se enamoró Abd-el-Malik — prosiguió Pío Cid — de quien menos podía nadie figurarse. Después de Yazminé, y de Aina y de Seniha, hubo otras que intentaron la prueba, y ni la que lloró, ni la que tocó el arpa, ni ninguna, le sacaron de sus casillas. A la que tocó el arpa, aunque lo hizo con arte exquisito, le recomendó que viniera á la — 171 - — 171 - hora de comer, y á la que lloró le dijo qne viniera una vez al año, el día del aniversario de la muerte de Abd-el-Eddin, porque no era cosa de oir llorar todos los días. La que llevó el gato al agua, como suele decirse, fué una pobre esclava, llamada Esma, que la madre del Rey había comprado para su servicio. Esma era también hermosa, de piel muy morena y aterciopelada, y de expresión humilde y graciosa; pero no tenía ninguna habilidad notable, y apenas si sabía mal leer y escribir. Esta esclava venía muchas veces con recados de la Reina madre para su hijo, y se enamoró locamente del Rey; hasta el extremo de que una noche, no obstante su timidez natural y la que le imponía lo ínfimo de su condición en el palacio, se fué calladamente á la puerta de la alcoba de Abd-el-Malik, y, sin saber cantar, cantó con voz ardiente y condolida una canción que ella no había inventado, sino que le brotó de los labios como un lamento, y que decía: «Abd-el-MalIk, si no duermes, ^Escucha á tu esclava Esma, 3)La que vino á tu palacio ))Desde los montes de Armenia.
))Sabrás que un hermoso niño j)Todas las noches se acerca 3)Á mí cuando estoy dormida, ))Y con besos me despierta.
3) Yo no sé de dónde viene, ^Viene de lejanas tierras, 3)Mas á ti se te parece, iDComo si tú mismo fueras.
»Tiene tu mirar de fuego 2)Y tu obscura cabellera.
»Como tú los labios rojos, ))Como tú la tez morena.
))Sus brazos, con ser tan tiernos, »Tienen del león la fuerza, »Como hechos para empuñar »La8 nobles armas de guerra.
)) Redondas y torneadas dSou sus infantiles piernas, ))Pero se agitan nerviosas, 5)Cual si un corcel oprimieran.
))Su pecho débil suspira, »Mas su corazón golpea ))Con brío, como el de un héroe, »Ciego en la lucha sangrienta.
))Debe ser un hijo tuyo »E1 que á mi lecho se acerca, ))Y cuando me ve dormida, »Con sus besos me despierta.
j)Abd-el-Mahk, si no duermes, » Escucha á tu esclava Esma, j)La que vino á tu palacio )) Desde los montes de Armenia.»
)) Apenas acabó Esma de cantar, se abrió la puerta de la alcoba y asomó la figura imponente de Abd-el-Malik envuelta en un manto blanquísimo. Esma se quedó sobrecogida de espanto y pesarosa de haberse atrevido á turbar el sueño del Rey, de quien temió alguna admonición severa; pero el Eey no le dijo nada; le cogió tierna y amorosamente las manos y la condujo al interior de su cámara, cerrando tras sí la puerta. Y al día siguiente supo todo el palacio con asombro que la esclava armenia era la esposa de Abd-el-Malik. En honor de la verdad debe decirse que, cuando fué pasando el tiempo, el Rey se hizo más humano y tuvo muchas esposas por no romper — 173 — — 173 — las sanas costnmbres de su tierra; y ninguna de las que habían intentado agradar al Rey perdió sii trabajo, pnesto que la bailarina, y la consejera, y la cantora, y la arpista, y hasta la llorona, y muchas más que no se habían tomado ninguna molestia, todas fueron amadas, cuál más, cuál menos, por su soberano; pero la favorita fué siempre Esma,- y el Príncipe heredero fué el hijo de la esclava, el cual nació tal y como ésta lo había soñado, y llegó á ser un rey digno de su padre, y aun muchos aseguran que le superó.» Y aquí se acaba el cuento.
— Es precioso — dijo Paca, — nos ha gustado mucho. ¿Veis como yo decía que D. Pío sabía his-. torias muy bonitas?
— Pues á mí — dijo Martina — no me gusta ese empeño en hacer que los hijos mejores nazcan de las esclavas.
— ¿Pero no ves — replicó Paca — que el Rey era hijo de una esclava? ¿Qué más natural que buscar para favorita una mujer que fuera lo que había sido su madre?
— De todos modos, el cuento ese es bueno — afirmó D.^ Candelaria — y tiene mucha filosofía.
— ¡Vaya si la tienel — apoyó Pío Cid. — Como que lo que quiere demostrar es que Abd-el-Malik, como sabio que era, deseaba para esposa y madre de su primogénito una verdadera mujer; y la más mujer de todas las mujeres que había en el palacio, y la que, por ser más mujer, debía de engendrar hijos mejores, era la esclava Esma; y por esto la eligió, aunque era una humildísima esclava, y la hubiera elegido, aunque fuese un horrible monstruo.
— 174 — — 174 — — Pero vamos á ver — preguntó D.*^ Candelaria, — ¿ese cuento es árabe de verdad ó se lo ha sacado usted de su cabeza? Porque en usted no me extrañaría nada.
— Yo apostaría algo — dijo Martina muy ufana — á que lo ha compuesto él; por lo menos los versos.
— Como que ustedes, los granadinos — añadió D.* Candelaria, — son medio moros. Y lo bueno que en Granada tienen ustedes es obra de los moros, porque desde que ellos se fueron no han hecho ustedes nada.
— Algo se ha hecho, y mucho se podría hacer — dijo Pío Cid, — pero somos muy holgazanes. Y á todo esto no vemos á D.^ Justa que está dando cabezadas.
— Tengo un sueño que no puedo más — dijo la aludida. — Me voy á dormir, y mañana será otro día.
Martina comenzó á mirar á todos lados, porque las palabras de su madre la hicieron pensar nuevamente en lo que tan preocupada la había tenido. Casi se arrepentía de su decisión de seguir durmiendo con Candelita, ahora que el ejemplo de la esclava Esma le había hecho comprender que pueden casarse una mujer y un hombre sin grandes preparativos ni requilorios, y tener, si llega el caso, hijos célebres en la historia que dejen tamañitos á los que nacen después de muchos años de noviazgo y palabrería amorosa. Por fortuna la providencial D.* Candelaria cortó por medio aquel nudo que Martina no sabía cómo desatar.
— Tú, Candelita, duermes con Paca y nos dejas — 175 — tu cama á las dos — dijo, señalándose á sí misma y á Valentina.
— Paca, es menester que te cures bien — dijo Pío Cid. — ¿Te acuerdas de lo que te dije?
— Pues claro está — contestó Paca. — Candelita me pondrá el paño cuando me acueste.
Diciendo esto se fué á la cocina por una botella, y cuando volvió se retiraron ella con Candelita, y D.* Justa, después de dar las buenas noclies. Martina se deslizó sin decir nada en el cuarto elegido por Pío Cid, y á obscuras se desnudó en un segundo, y se acostó en el extremo de la cama grande, que estaba junto á la pared. Doña Candelaria dijo á Valentina que se fuera también á dormir, que ella iría muy pronto, y se hizo la entretenida recogiendo los manteles. Apenas se vió sola con Pío Cid, que tampoco quería retirarse para que Martina tuviera tiempo de desnudarse á solas, le hizo una pregunta que él ya esperaba: — ¿Sabe usted que cuando empezó á contar su cuento me figuré que iba conmigo? Porque como esta mañana me dijo usted aquello de mi esposo — Efectivamente— contestó Pío Cid; — yo también noté la coincidencia, y por eso la miré á usted; pero la coincidencia es casual, y no tiene nada que ver lo uno con lo otro.
— Así lo he pensado yo después — asintió doña Candelaria; — pero aún no me hago cargo de cómo ha podido usted saber un secreto que yo creía que se había quedado en mí, puesto que mi esposo y mi madre política, que lo conocían, murieron ya.
— Nada más fácil — contestó Pío Cid, que no quería declararle que aquel secreto era un secreto — 176 — á voces. — Su marido de usted pudo tener un amigo de confianza j decírselo, y por éste lo he sabido yo.
— ¿Es quizás — preguntó D.^ Candelaria — el joven murciano de que habló usted? Aunque éste por la edad no puede ser. ¿Cómo se llamaba su padre?
— Eso no lo sé — contestó Pío Cid. — El apellido es Rodríguez, y creo que tenía unas minas cerca de Cartagena.
— ¡No me diga usted más! — exclamó D.* Candelaria.— Ya sé quién es, y por ahí viene la historia. Por cierto que mi marido perdió buenos cuartos por meterse en negocios de minas, y ese señor Rodríguez fué el que le engatusó.
— Pero, mamá — gritó Valentina desde la puerta, — ¿no vienes á acostarte?
— Niña, ya voy, déjame en paz y duerme tú — contestó D.^ Candelaria.
Y, siguiendo su interrogatorio, preguntó de nuevo: — Eso que usted me dijo es verdad, no tengo por qué negarlo; pero lo que yo desearía saber con certeza es el motivo que tuvo mi esposo para hacer lo que hizo. Y usted lo sabe, no me cabe duda.
— ¿Yo? — preguntó Pío Cid por no contestar, aunque pensaba que algo tendría que decir para aplacar la curiosidad que él mismo había despertado.
— ¡Usted! — insistió D.*^ Candelaria, cuyo rostro estaba animado por un arrebato de celos póstumos, que le daban cierto aire juvenil é interesante en pugna con sus cuarenta y pico de años. — Usted — 177 — lo sabe, y si no me lo dice es quizás por no mortificarnie. Pero ya ve usted, ¿qué mal puede hacerme saber la verdad ahora que estoy viuda y que á lo pasado se le dijo adiós?
— Lo cierto es — contestó Pío Cid, decidido ya á inventar una mentira piadosa — que yo supe el secreto de usted por casualidad. Le daba yo lecciones á Pepe Rodríguez y á otros amigos, y hablábamos de todo lo divino y lo humano, y un día tocó hablar de las rarezas de los hombres, y Pepe Rodríguez habló de un vecino snyo y amigo de su padre, llamado Fermín Colomba, y contó algunas de sus extravagancias; por ejemplo, que llevaba en los bolsillos seis ú ocho relojes, todos parados — Eso es mentira — interrumpió D."" Candelaria.— No tenía más que uno, y quizá en lo único que era ordenado era en darle cuerda al reloj todas las mañanas.
— Pues ya ve usted — dijo Pío Cid — qué crédito se le puede dar á Pepe Rodríguez, ni á la explicación que diera de esa otra extravagancia que á usted tanto le duele todavía.
— De todos modos, digámela usted — insistió la celosa de ultratumba con tanta resolución, que Pío Cid se convenció de que no había escape.
— Pues bien— contestó Pío Cid; — lo que dijo Pepe Rodríguez fué que Fermín Colomba tenía hecho firme propósito de hacer lo que hizo porque una gitana que le dijo la buenaventura le profetizó que viviría tantos años como días dejara pasar, después que se casara, sin tocarle á su mujer ni al pelo de la ropa; y si esto fuera cierto, yo — 178 — afirmo que Fermín Colomba fué un héroe, porque tal es el apego á la vida que tienen la mayor parte de los hombres, que otros en su lugar, aunque el anuncio viniera de boca de gitana, por sí ó por no, hubieran dejado pasar años enteros con la esperanza de vivir más que vivió Matusalén, mientras que él no resistió más que unos cuantos días, y quién sabe si por eso murió tan joven, y si el anuncio de la gitana era realmente una verdadera profecía.
— ¿Sabe usted que quizás eso sea verdad? — dijo D.^ Candelaria llena de confusión. — Porque mi Fermín era muy supersticioso, y daba mucho crédito á las adivinaciones por las rayas de las manos, y hasta por el modo de desgastar las suelas j tacones de las botas.
— Pues si era así — concluyó el piadoso embustero,— debía usted venerar la memoria de un hombre que por amor sacrificó una gran parte de su vida.
— Vamos, me ha dejado usted sorprendida de verdad — dijo D.^ Candelaria. — Aunque yo hubiese estado cavilando medio siglo no se me hubiera ocurrido esa explicación, que, después de todo, j)arece la más natural.
— Pues si á usted le parece — dijo Pío Cid — nos iremos á acostar, y ojalá que esta vida que hoy hemos comenzado felizmente dure muchos años, y sea para bien de todos, que por mi parte no quedará.
— Yo le confieso á usted — terminó D.* Candelaria cogiendo el quinqué para retirarse, — que no comprendo cómo ha ocurrido; pero que algunas - 179 — horas han bastado para que yo, y creo que todas, tengamos en usted tanta confianza como si le hnbiéramos visto nacer y crecer á nuestro lado.
Doña Candelaria se fué á dormir con Valentina, y Pío Cid entró en su cuarto; encendió la palmatoria, y levantándola más arriba de su cabeza, vió á la luz tenue, que el techo y las paredes reflejaban, á Martina dormida al parecer, y tan arrebujada que no se descubría de ella más que algunos rizos negros como de ébano, que resaltaban más aún sobre la blancura de las sábanas y almohadas. Luego se sentó junto á la mesa y meditó un largo rato.
Sin duda la sociedad en que vivimos descansa sobre muy frágiles fundamentos cuando un hombre como él, que ya iba para viejo y que además era pobre, pudo en veinticuatro horas constituir una familia natural contra todas las leyes y costumbres artificiales que rigen, y que, como artificio que son, se evaporan en cuanto una voz verdaderamente humana y sincera habla inspirada por el amor, no por el amor brutal de la carne, que para amar algo tiene que declarar la guerra á todo lo demás, sino por el amor que viene del corazón, y que lo ama todo, y aun falta realidad para satisfacerle.
; — Esta familia — pensaba — ha tenido confianza en mí, y yo he de ¡Dagarle esa confianza como mejor pueda, y ya tengo ahora algo en qué pensar seriamente.
Con estas meditaciones se fué desnudando, apagó la luz y se acostó sin hacer ruido para no despertar á Martina.
TRABAJO TERCERO.
Pío Cid quiere formar un buen poeta.
Al día siguiente comenzó á funcionar la casa de la calle de Villanueva bajo la prudente dirección de Pío Cid. Las mamas eran las dueñas del bolsillo mancomunada y solidariamente, que hubiera dicho el insigne Orellana; las niñas trabajaban en las faenas de la casa y en los nuevos estudios en que las fué iniciando un maestro tan consumado como Pío Cid, y éste ganaba y pensaba por todos. Se levantaba al ser de día á pesar de los regaños de su mujer, y escribía hasta la hora de almorzar; después se iba á la oficina, y á la vuelta recogía á las muchachas y las llevaba á dar un paseo, ordinariamente por el Retiro; de regreso comían, y luego dedicaban el resto de la noche al piano, al canto, á la guitarra y á otros mil entretenimientos y enseñanzas útiles y recreativos. No entraba nadie de la calle al principio; pero más tarde solían concurrir á las reuniones dos muchachos excelentes, y no ciertamente porque Pío Cid los buscara, sino porque ellos solos se presentaron, y Pío Cid á nadie le cerraba la puerta. Cuando D."" Paulita se quedó sin su pai- — 182 — — 182 — sano, á quien tan obligada y agradecida estaba, no pudo resignarse á una despedida tan seca ni se atrevía á ir á visitarle, é ideó valerse de alguien para meter las narices en aquel lío, ó lo que fuera. Acudió en primer término á Purilla, y le dijo que debía ir á dar las gracias á su antiguo profesor por el regalo del pañuelo; pero la muchacha se negó resueltamente, prefiriendo que la mataran antes que conocer á la familia con quien Pío Cid había ido á hospedarse. Entonces recurrió doña Paulita á Benito, y le dió á leer la carta de Pío Cid, y le convenció de que cuando éste le mostraba mayor afecto que á los demás, nombrándole á él solo en la posdata, era porque no quería romper con él.
— Debe usted ir á visitarle — le recomendó, — y procure usted ver cómo vive nuestro buen amigo, pues en Madrid hay muchas lagartas, y me temo que le hayan engañado como á un chino.
— ¿Cree usted — replicó Benito — que D. Pío es un niño de teta? Cuando tiene más cabeza que todos nosotros juntos — No le hace — insistió D.^ Paulita; — los hombres de más talento son los más tontos para ciertas cosas, y D. Pío, con tanto como sabe, es una criatura en cuestión de faldas.
— Bueno, iré — dijo Benito, — y procuraré enterarme, aunque á mí no me gusta mezclarme en vidas ajenas.
Y fué, en efecto, una mañana, y Pío Cid le recibió muy amablemente en la sala principal, que á Benito le pareció la de un palacio comparada con los cuartos de la casa de huéspedes.
— 183 — — Está usted aquí mejor que un príncipe — le dijo. — Esto se llama entender la vida. Yo he sentido mucho que se vaya usted, porque pierdo sus lecciones; pero ahora casi me alegro, porque ¡qué demonio! no hay que ser egoístas, y usted está aquí mil veces mejor.
— Y rodeado — dijo Pío Cid — de unas cuantas muchachas muy listas, y muy bien educadas y muy honestas, que, aunque han venido á menos, son dignas de casarse con hombres de bien. Hay una que se llama Valentina, que si la viera usted, estoy seguro que se enamoraba de ella.
— Presénteme usted — dijo Benito, — aunque yo mientras no acabe la carrera no puedo enamorarme.
— Eso es mucho decir — replicó Pío Cid; — lo que no puede usted es casarse; pero enamorarse, ¿quién lo impide? Una novia es á veces un quebraderillo de cabeza, y un motivo para recoger á fin de curso abundante cosecha de calabazas; y á veces es lo contrario, es un aguijón para estudiar más y hacerse hombre de pro. Sin embargo, lo que yo he dicho de Valentina es broma, porque la muchacha hace poco que viste de largo, y no piensa más que en jugar con cinco gatos que tiene.
— ¡Dios me asista! — gritó Benito. — Cualquiera carga con una mujer aficionada á los gatos.
—Dice usted bien, amigo Benito — contestó Pía Cid, — una mujer gatera es una calamidad; pero una niña gatuna es una joya de gran precio, porque el amor que tiene á los gatos es indicio y preludio del amor que tendrá después á sus hijos.
— 184 — Valentina será una excelente madre de familia y en cnanto tenga el primer chiquillo no tarda un mes en dar pasaporte á todos sus gatos, y se queda convertida en mujer perfecta, sin este defectillo que ahora la deslustra.
Tan entusiasmado quedó Benito con esta pintura, que volvió dos ó tres veces para ver si lograba conocer á las amigas de Pío Cid. Este se las presentó un día, y Benito las encontró á todas muy simpáticas, aunque miró más á Valentina, no porque ésta valiera más que las otras, sino porque era más joven y porque había sido la indicada por Pío Cid. Benito no tenía experiencia en materia de amores; y como llevaba ya hechas las entrañas por lo que había oído de Valentina, se fijó más en ella, aunque no le dijo ojos negros tienes, sino que le habló de los malos ratos que le daba la Química y de otra porción de cosas desprovistas de oportunidad. Cuando se retiraron las jóvenes, Pío Cid invitó á Benito á que viniera los domingos á oirías tocar el piano, á condición de que fuera él solo y de que no llevara el cuento á la casa de huéspedes.