— 207 — nes, al sefior de la Gandaria se le ocurrió decir: — Estamos completamente de acuerdo, Sr. Cid, y he oído con sumo gusto los juicios emitidos por usted; porque estamos devorados por el pesimismo y me complace ver que aún hay hombres que, como usted, tienen fe y esperanza en el porvenir de nuestra desgraciada nación. Pero una pregunta se me olvidaba hacerle sobre un asunto que para mí es de importancia capital: ¿cree usted que las instituciones actuales son una solución definitiva de nuestra organización política general, y que se ha cerrado ya el período constituyente y que no se debe tocar en adelante á las leyes fundamentales del Estado?
— ¿Cómo he de creer yo semejante desatino? — contestó Pío Cid casi indignado. — A mi parecer, la organización que hoy tenemos es apropiada á nuestro estado intelectual; no sabemos lo que queremos, valemos muy poco y sabemos poquísimo; ¿cómo vamos á tener un poder fuerte? Si lo tuviéramos de nombre, ¿cree usted que íbamos á engañar á nadie? Le voy á citar á usted un caso que le ocurrió á un amigo mío, director de cierta Sociedad. El hecho ocurrió en Dinamarca. Este amigo proyectó la construcción de un edificio para establecer en él las oficinas de la Sociedad que dirigía; y deseoso de hacer ver que la Sociedad era muy fuerte y poderosa, ideó lo que quizás á un arquitecto no se le hubiera ocurrido: poner desde el cimiento hasta la ^íltura del primer piso, en vez de pilastras ó columnas ú otro adorno, enormes elefantes que con sus machuchas patas parecieran sostener en peso aquel palacio. La — 208 — idea era discreta, pero no bien intencionada, porque la fortaleza de la Sociedad de mi amigo era muy inferior á la de un elefante, y acaso hubiera sido más propio idear que el edificio estuviera sostenido en el aire por ligeras mariposas. No había ni dinero para que los elefantes fueran esculpidos en piedra durable, y hubo que vaciarlos en escayola, y antes que el edificio estuviera terminado había elefantes que habían perdido la trompa, los colmillos y las orejas, por cuyas ro« turas denunciaban la fragilidad de la construcción y anunciaban al público el engaño.
— ¿Y qué consecuencia saca usted de ese ejemplo, que en verdad es interesante? — preguntó don Adolfo.
— Muy sencilla — contestó Pío Cid. — Nuestro país es un país de imaginación, y no se conforma con el papel modesto, y á ratos poco airoso, que ahora tiene que representar. Hay quien sueña con un poder fuerte y elefantiaco, como si dijéramos, el absolutismo. Y hay que preguntar si tenemos medios para costear esos lujos, si no es más prudente ir economizando y reuniendo fuerzas y robustecer el poder político conforme nuestros ideales vayan necesitando un instrumento de acción más poderoso Don Adolfo comenzó á comprender; y como, no obstante su adhesión al régimen constitucional, él en su interior era absolutista, no pudo contenerse y exclamó: — Luego entonces este régimen de ahora no es definitivo — No hay nada definitivo en el mundo, señor — 209 — - Gandaria, y nuestro sistema parlamentario, lejos de ser definitivo, está ya deseando que le den un puntapié y lo quiten de en medio. Ya le he dicho á usted que. los problemas políticos me interesan menos que los astronómicos; así, pues, yo hablo sin encono, con absoluta imparcialidad é inde-' pendencia, y le aseguro á usted que es mi convicción íntima que nuestro período de devaneo par-■ lamentarlo no durará un siglo entero. Nuestro.gobierno natural es un gobierno fuerte y duro, ' como nuestro temperamento; la filantropía demo-' crática nos parece una degeneración de nuestro carácter, puesto que nosotros, quién más, quién amenos, todos somos reyes en nuestra casa y para nuestro fuero interno, y nos gusta que el rey ó gobernador, ó lo que sea del país, lo sea de verdad, para, si llega el caso, lucirnos haciéndole bajar la cabeza. El tipo que más entusiasma á nuestro pueblo es el de un hombre que, como el Cid, trata al rey de potencia á potencia; pero tales caracteres sólo se forman cuando los reyes lo son de cuerpo entero é inspiran admiración ó temor. Si el rey es un funcionario reglamentado como los demás, los ciudadanos serán borregos esquilados, y el poder nacional, disgregado y disperso, sólo se mostrará en actos mezquinos de autoridades enanas, cuyos desafueros, cuando los cometen, sólo son merecedores de que se los castigue con un cogotazo. Por esta razón, en cuanto nosotros recobremos nuestro perdido vigor espiritual con sus naturales creces, hemos de querer un gobierno á nuestra semejanza, y el régimen de hoy se hundirá sin que haya tiempo para componerlo, ni siquiera para apuntalarlo.
14, — 210 — — Magnífico — exclamó D. Adolfo, conteniéndose para que no se le saltaran de gusto las lágrimas.— Si fueran esas las ideas de nuestra juventud, habríamos entrado en el buen camino para regenerar á nuestra patria.
— Idealismo y fuerza — dijo Pío Cid. — Este debía de ser el lema de esa juventud, pues debajo de esos conceptos anchura hay para que todos se muevan, sin romper los vínculos comunes con que nos enlaza la tierra que nos sustenta, y el cielo, bajo el cual hemos nacido, y la tradición intelectual que á todos nos ha amamantado, cuando antes de pensar por cuenta propia aprendíamos á pensar en las obras magistrales de nuestra lengua.
— Eso por de contado — dijo su esposo. Y luego añadió: — Dispense usted, señor Cid, que tenga que retirarme; pero no me gusta que me esperen mucho. Espero que esta conversación agradabiHsima no será la última...Y con los usuales cumplimientos se marcharon los esposos, y se quedaron Adolfo y Consuelo con Pío Cid, hablando del mismo tema político por no hallar otro á mano en aquel instante, hasta que Consuelo, dirigiéndose á Pío Cid, le preguntó: — ¿Es cierto lo que me ha dicho Adolfo, que usted adivina el carácter de las personas por la escritura?
— No quisiera dejar á su señor hermano por embustero — contestó Pío Cid; — pero lo de adivi- 211 — nar es de su coseclia. Hay personas qne adivinan, j otras que analizan la escritura, y muchas qu« explotan la credulidad humana; yo no soy adivino ni analizador, y le ruego á usted que no crea en la mayor parte de los descubrimientos de la grafología. Lo que hay de verdad en eso es que algunos de los rasgos del carácter personal se reflejan en la escritura espontánea, y cuando se ha leído mucho y se tiene gran experiencia y hábito, se acierta á ver en un autógrafo, como en un retrato, muchas de las cualidades morales del autor ó del modelo.
— Para el caso viene á ser lo mismo — dijo la joven. — Le he hecho la pregunta porque tengo gran interés en que usted me diga su opinión sobre el carácter de letra de cierta persona.
— Como usted quiera; yo le diré sinceramente mi impresión, ad virtiendo desde luego que puedo equivocarme — dijo Pío Cid.
— Pues voy por las cartas — dijo Consuelo; quien volvió á poco con una cajita japonesa.
Adolfo se levantó diciendo: — Mientras usted analiza esos importantes documentos voy á salir un minuto, que ahora recu srdo algo que se me había olvidado.
— Pero Adolfito — insinuó su hermana, — eso no es muy formal que digamos.
— Dispénsame — replicó Adolfo; — pero es u;i asunto que no puedo aplazar Vuelvo sin tardanza. Y salió disparado, mientras Pío Cid decía: ■ — Se podría asegurar que esta es la hora en que el joven Adolfo espera ver á la señora de sus pensamientos. Hay que ser tolerantes con los — 212 — arrebatos juveniles, puesto que todos hemos pasado por ellos...Es decir, yo no he pasado, y bastante me pesa; pero usted se halla en la mejor.edad para comprender — ^No lo crea usted: soy yo más vieja qtie pa^ Tezco — dijo Consuelo, sentándose con un movimiento elegantísimo en el borde de un diván •como amazona que monta á caballo.
Pío Cid la observó rápidamente y replicó: — ¿Tendrá usted diez y ocho años? • - — De cuerpo — asintió la joven; — pero ¿y de espíritu?
- — De espíritu— contestó Pío Cid, sonriendo — doce ó trece.
— ¿Eso cree usted? — preguntó Consuelo, sonriendo también, entre halagada y ofendida.
— Hay en usted — afirmó Pío Cid — cierta apariencia de mujer dueña de si, experimentada si se quiere; pero yo la atribuyo á que usted tiene movimientos varoniles, sueltos y vigorosos, como de quien ejercita mucho las fuerzas en la equitación ó la gimnasia.
— ¿Me ha visto usted pasear á caballo? — preguntó Consuelo.
— No la he visto — respondió Pío Cid; — pero se le conoce á usted muy bien el aire de amazona, así como que, á pesar de ese aire y de su deseo de echarse años encima, es usted todavía una niña.
— Gracias por el cumplido — dijo Consuelo con gravedad cómica. — Ya me figuro á usted con las disciplinas ó con la palmeta castigándome cuando no dé bien la lección.
— No sería ese el castigo que yo le daría á us- ^ 213 — ted — dijo Pío Cid en el mismo tono, — sino qae: inventaría otro que le hiciese más mella y que: á mí no me pusiera en ridículo..;-?,') — ¿Cómo voy á decirlo si aun no ha caído Usted en falta? — contestó Pío Cid.
— Pues suponga usted que estoy distraída y no atiendo — dijo la joven, abriendo la cajita japonesa^ y revolviendo las cartas que en ella había sin mirarlas, sólo por fingir la distracción.
— Lo supongo — contestó Pío Cid, — y la castigo á no saber hoy lo que iba á decirle examinando esas cartas, y además á rezar la letanía, arrodillada delante de la imagen de su devoción.
Consuelo oyó sorprendida aquella peregrina ocurrencia, y miró á Pío Cid de arriba abajo con extrañeza y con miedo. Lo que ella menos esperaba de aquel hombre era que le impusiese, ni en broma, la penitencia que le imponía; así no supo qué contestar y dejó que Pío Cid explicara su idea. El cual, después de un breve silencio añadió: — Veo que le suena á usted á extravagancia e castigo que le he impuesto, y que á mí me parecía el más natural; porque apenas la vi á usted adiviné que su espíritu es muy religioso, aunque á ratos lo distraen ciertas aficioncillas profanas; y como yo quería que mi castigo fuese muy ligero, me dije: pongamos una pena suave en el capítulo de las cosas mundanas, y compensémosla con algún ejercicio piadoso. La intención, como usted ve era buena —Lo que me ha sorprendido, le seré á usted franca — dijo Consuelo, — no es lo que me ha dicho 214 — nsted, sino que sea usted quien me lo diga. Cierta persona que no he de nombrar me había hablado de usted antes de que Adolfo le conociera, y me había dado á entender que no era usted nada devoto.
— Tan pequeño como soy — dijo Pío Cid, eludiendo la cuestión, — y tan oculto como vivo, y, sin embargo, hay quien habla de mí, y con usted.
— Todo se sabe, amigo mío, todo se sabe — añadió Consuelo en son de reprimenda; — y quien me habló de usted le conoce á usted á fondo, y quizás haya tenido con usted algo más que conocimiento, y aun que amistad.
— Eso nada tiene de extraño — dijo Pío Cid, — porque yo no tengo conocimiento ni amistad con nadie, aunque á algunos les llamo conocidos ó amigos. El único sentimiento que yo soy capai?; de sentir es el amor, y lo siento por cuantas personas conozco. Los demás sentimientos son gradaciones ridiculas, engendradas por la jerarquía social. Si la fraternidad humana estuviera en todos los corazones, sólo existiría el amor más ó menos vehemente, según la intimidad de las relaciones, pero sin que pudiera hallarse diferencia esencial entre el amor que inspira el pobre mendigo que va por la calle pidiendo limosna y el que se tiene á la mujer que es madre de nuestros hijos. ¿No es triste que por conveniencias sociales no pueda yo decirle á usted que la amo, y tenga que valerme de subterfugios para expresar una simpatía ó atracción que nada tiene de ofensiva ni pecaminosa?
— Ese es el ideal cristiano — dijo Consuelo, con- — 215 — fusa ante el atrevimiento con que Pío Cid le había dirigido una declaración de amor que podía tomarse en varios sentidos.
— Diga usted mejor — observó Pío Cid — que es el ideal humano, y que es un ideal fácil de conseguir. No crea usted que yo le hablo así con vanidad ó con afectación, puesto que, para mí, hacer las cosas como las hago es también comodidad y conveniencia. Mi manera de entender el amor es vulgarísima y no exige más que una condición generosa: la de no pensar nunca utilizar en nuestro provecho á nuestros semejantes. Yo sé de un jefe administrativo muy ceremonioso que tiene estudiadas veinte fórmulas para recibir á las personas que van á hablarle, según la categoría de cada una; yo no he podido aprender más que una fórmula, y con trabajo; para mí todas las personas tienen igual categoría, porque no deseo representar nada, ni busco el favor de nadie, ni conozco á nadie más que por sus obras. Lo mismo pasa en el amor: hay quien admite muchos grados, porque considera á las personas según su interés personal, su egoísmo. ¡ Cuánto más sencillo y hasta cómodo no es medirlos á todos con el mismo rasero, y después unirse más estrechamente con quienes necesitan de nuestro consejo ó de nuestro apoyo I Yo tengo miedo á conocer caras nuevas, porque creo que los hombres somos más bien malos que buenos, y más bien tontos que discretos; mas puesto en el trance de conocer á alguien, le tomo por inmejorable y discretísimo, y me encariño á seguida con él, y le trato con intimidad si comprendo que puedo serle útil. Y me ha ocurrido — 216 — — 216 — liiás de iJia vez que, sin buscarlas, he recibido atenciones que oí ios ansian y reclaman cometiendo grandes bajezas para obtenerlas. De suerte que mi conducta no tiene mérito porque no me cuesta ningún sacrificio; al contrario, soy feliz, y ni siquiera doy importancia á la felicidad. ' —Es usted el único — dijo Consuelo — á quien lie oído declararse feliz.
— Y usted podría serlo — indicó Pío Cid — sólo con seguir su natural inclinación. Usted se deja, llevar de ciertas frivolidades y parece, si yo no me equivoco, una joven aturdida y caprichosa. Los jóvenes que en sociedad la galantean le dirán que es graciosísima y ocurrente. Y si celebran sus encantos, se fijarán en todos los que usted tiene menos en el que más vale.
— ¿Cómo se van á fijar? — ¡Dreguntó Consuelo. — Yo soy una de tantas. No esj^antaré por mi fealdad; pero tampoco tengo nada que llame la atención.
—Pero no me negará usted — insistió Pío Cid — • que algún jovenzuelo le habrá echado algunas flores. Y si ha tenido confianza habrá dicho que tiene usted la nariz muy mona y picaresca, y con un gestillo travieso que da que pensar.
— ¡Ay, si le oyera á usted Gonzalito! — exclamó Consuelo, sin poder contener la risa.
— ¿Ve usted como Gonzalito no podía faltar? ■ — observó Pío Cid. — Y de la boca le habrá dicho á usted que revela mucha pasión, como es la verdad. Y luego le habrá hablado del talle largo y fino, y de la mano elegante y de la espléndida cabellera. De todo le habrá hablado con acierto menos de los ojos, porque esto es lo que tiene usted — 217 — inás personal y lo que hace de usted uaa verdadera mujer, muy diferente de las marimachos que hoy abundan, y que son las únicas que pueden Vivirá gusto en nuestra falseada sociedad.
— ¿Pero qué es lo que tienen mis pobres ojitos? — preguntó Consuelo con aire humilde. . —Tienen la gravedad y la tristeza que hay en usted — contestó Pío Cid. — En usted hay dos personas: una toda usted, alegría, travesura, versatilidad y una pizca de malicia; otra, sus ojos, que son modestia, seriedad y ciertos asomos de misticismo. Por esto al verla yo me he puesto de parte de sus ojos, que son lo que más vale, y le impuse la penitencia de la letanía Adolfo entró de repente y la conversación quedó interrumpida. Consuelo se levantó diciendo: — Voy á dejar la caja; otro día seguiremos nuestras adivinaciones.
. — He llegado tarde — dijo Adolfo sentándose, y cuando volvió Consuelo comenzaron á hablar del tiempo y del modo de saludar, entrar y salir y demás operaciones elementales de que podían hablar en inglés ambos principiantes.
Aquella noche Consuelo estuvo muy preocupada, sin acertar á explicarse cómo tenía ella ya un secreto á medias con Pío Cid, á quien conocía de unos cuantos minutos, y cómo había sido ella la que había mentido para que su hermano no se enterase de una conversación que nada tenía de particular. Lo que más la impresionó fiíé lo que dijo PÍQ Cid de los ojos, y vatias veces se miró al espejo para examinarse á sus anchas. Lo ciertó es ---pensaba al acostarse— que esíte hombrq, que pa-- — 218 — rece tosco y que luego es un finísimo caballero, ha sido el único que se lia fijado en mis ojos, que es lo que yo he apreciado siempre más en mi. Todos me han hablado de la boca encendida y del respinguillo de la nariz; pero esto abunda más que la peste; y lo que á mí me parecía siempre que valía algo eran los ojos, pequeñillos como son y todo. Y lo más raro es que un hombre de quien Rosita me habló poniendo la cruz me haya aconsejado rezar la letanía. Parece cosa de burla...En fin, otro día veré más claro lo que esto quiere decir. Gracias que no hay peligro en estas confidencias, porque el profesor no parece mala persona, y luego podía ser mi padre por sus años.
Se arrodilló delante de una imagen de Nuestra Señora de la Almudena y rezó la letanía con devoción; pues aunque no tenía costumbre de rezar por la noche, era muy aficionada á las cosas de la iglesia, y entre el deseo de no obedecer y el de aquietar su conciencia triunfó éste. No rezó como una niña obediente, sino porque el ser desobediente le parecía una ofensa y casi un desprecio á la Virgen de su devoción. Pero después del rezo y antes de dormirse murmuraba: — Expliqúese como se explique, la verdad es que yo no he rezado nunca la letanía por las noches, y que esta noche la he rezado porque me lo han impuesto de penitencia. Y no me la ha impuesto ningún sacerdote, aunque confieso todos los meses, sino un hombre, un desconocido, que por noticias de Eosita era cosa de persignarse al verle.
En las lecciones sucesivas Adolfo pretextaba, unas veces al principio, otras al medio, salir un — 219 — instante; otras llegaba tarde, y siempre se arreglaba de modo que su hermana y Pío Cid podían hablar á solas, de lo que Consuelo no se disgustaba. No lo hacía Adolfo ciertamente por dejarlos solos, sino porque, á pesar de sus protestas, cuando Consuelo le adivinó la intención, estaba medio trastornado desde que dió en pensar en Martina, y en que ésta, según decían, no estaba casada con el que aparecía como su marido. Salía resuelto á llegar a casa de Martina cuando Pío Cid estuviera ausente para ver si podía insinuar sus amorosos sentimientos, y cuando más se atrevió á subir hasta el primer piso.
— Esto no es noble — decía; — Pío Cid es un amigo, y aunque Martina sea la mujer más asombrosa que yo me he echado á la cara en todos los días de mi vida, y aunque yo esté encaprichado como un majadero, hay que tener firme la cabeza. No es posible que yo esté enamorado, esto es nn arrebatillo que pasará. Después de todo la dichosa Martina es una fiera. Una vez nada más me permití decirle una frase amable, de esas que me duele la boca de decir á mis amigas, y me miró con unos ojos que por poco me tira de espaldas. Pío Cid la habrá encariñado con la vida que lleva, y aunque yo le ofreciera un palacio, creo que me daría con la puerta en las narices. A esta mujer hay que entrarle por el ojo, y lo que haga lo hará por amor. Y vaya usted á ver cómo la voy yo á enamorar, estando por medio un hombre que siente la grama nacer La frase es suya. Nada, paciencia y dar tiempo al tiempo.
Después de estas y otras análogas reñexione» volTÍa á su casa, interrumpiendo las conversado-' nes cada día más íntimas de su hermana j Pío Gid, quien en breve fué para Consuelo un consultor con quien tenía más confianza que con su misma madre. Y lo más extraño era que la joven tenía confianza porque veía en Pío Cid un amigo, t9,n' desajeno de todo lo que oliese á amoríos, que se podía hablar con él como con un confesor; y, sin embargo, raro era el día que no le sacaba á barrera con preguntas imprudentes: .; — ¿Sabe usted quien fué quien me habló de usted antes de que yo le conociera? ¿No recuerda usted á Rosita Suárez?
' — fClaro que la recuerdo— contestó Pío Cid, — y le estoy agradecido por el bien que hizo á mi pobre hermana.
t —Sólo que ella — insinuaba Consuelo — ^no sabía que estuviera usted casado. Se casaría usted hace poco.
,.. — j^l ele Febrero; pronto hará tres meses — contestaba Pío Cid, el cual en esto no mentía, puesto que consideraba á Martina como su mujer.
( —¿Cómo usted, que dice que tiene tan flaca naemoria para las fechas — insistía Consuelo, — recuerda ésa tan bien?
. ■ — Por la coincidencia — replicaba Pío Cid — de que ese día es el del Patrón de la ciudad donde yo lyací, San Cecilio.
— Sería usted poco tiempo novio de su esposa— remachaba Consuelo.
— Poquísimo — aseveraba muy grave Pío Cid. - — Como no soy ningún niño, no iba á gastar el tíiempo en preámbulos.
— 221 — — He oído decir — preguntaba otro día Consíielo— que Martina, sn esposa, es una beldad de laS -que pocas se ven.
— En eso hay exageración — contestaba Pío Cid. — No es fea, y hasta se la podría llamar her* mosa; pero su mérito principal no es su figura^ sino su humanidad. Es una verdadera mujer, sin aKño, compostura ni refinamiento, con todas las buenas y malas cualidades que la mujer posee poí naturaleza. Su tipo es muy diferente del de usted^ y, no obstante, yo les haUo á ustedes dos un extraordinario parecido. i — ¿Y una prima que tiene — preguntaba Con^ suelo, — que se llama Candelaria? Me han dicho también que es una bellísima rubia, casi albina, que no parece española.
— Candelita, como la llamamos — respondía Pío Cid, — es un primor, y tiene un talento clarísimo; parece más delicada que Martina, porque es pequeña y delgadita; pero espiritualmente es muy enérgica y su carácter es casi varonil, aunque desigual.
— Está usted rodeado de bellezas — terminaba Consuelo. — No se dirá que es usted hombre de mal gusto.
— El azar es mi mejor amigo — decía Pío Ci(J sentenciosamente, — y el azar lo ha querido así.
— ¿Por qué me dijo usted días pasados — prer guntaba Consuelo en otra ocasión — que no le gusta pasear más que á pie? ¿Cree usted que yo hago mal en montar á caballo? Pues ¿j si me hubiera usted visto cuando estábamos en París, que montaba todos los días en bicicleta?
— 222 — — 222 — — No creo que sean malos esos ejercicios — contestaba Pío Cid; — pero si se exageran, tienen el inconveniente de aturdir nuestro espíritu y privarle de su facultad más elevada: la contemplación. Nuestro organismo está hecho para percibir en reposo ó en movimiento no muy apresurado, como es el que naturalmente marcan al andar los pies, que son nuestro medio propio de locomoción. Si apresuramos artificialmente el movimiento, las cosas que nos rodean son percibidas con tanta rapidez, que sólo queda de ellas lo más grosero de la forma, desapareciendo cuanto de espiritual y delicado tienen. Cuando viajamos muchas horas en tren, al descender, todos los objetos son prosaicos; hemos perdido momentáneamente la facultad de contemplar y nos queda sólo la de ver, y al ver nos parecen más vulgares las cosas inmóviles que las que antes fugaces cruzaban delante de nuestros ojos. Y no crea usted que es grano de anís la facultad de contemplar: es quizás la única que nos diferencia del hombre primitivo y salvaje, que por no saber contemplar las cosas no descubre las relaciones espirituales que hay entre ellas y el hombre, y se limita á expresar sensaciones materiales por medio de unas cuantas palabras indispensables para la vida corporal.
— Pero ¿cómo sabe usted — preguntaba Consuelo— lo que les ocurre á los salvajes?
— Son muchos los exploradores — respondía Pío Cid eludiendo la pregunta — que han estudiado las costumbres de los salvajes, y aunque algunos no se han metido en estas honduras, y otros han creído quizás que cuando los salvajes se quedan absortos — 223 — y como embebecidos están contemplando, ni más ni menos que nosotros, no falta quien haya llevado más lejos las indagaciones y haya descubierto que la absorción del salvaje es pasiva, una especie de aturdimiento, que nada tiene que ver con la contemplación de lo espiritual, que brota de las entrañas de los seres. Lo que nosotros percibimos por la contemplación es para el salvaje tan confuso, como lo es para nosotros la armonía universal, que sospechamos que nos envuelve cual melodía inefable, engendrada por el movimiento concertado de los átomos, pero que no podemos gozar porque nuestros sentidos son demasiado groseros para percibir tan sutiles sublimidades. Un hombre en quien la actividad excesiva ha destruido el hábito de la contemplación, es un salvaje aunque vaya vestido á la última moda.
— Eso es decirme indirectamente — interrumpía Consuelo riendo — que yo soy también una salvajesa, ó como se diga.
— No era esa mi intención — bromeaba Pío Cid; — y, además, usted monta á caballo, y si no galopa con exceso ni trota en demasía, y se contenta con ir al paso ó á un trotecillo moderado, casi es lo mismo que si paseara á pie. Pero de todos modos, bueno es que la gimnasia no sea exclusivamente física; pues por macho que interese el vigor del cuerpo, más debe interesar el del espíritu, y no comprendo cómo son tan pocos los que practican la gimnasia espiritual.
— ¿Cree usted que yo no leo ni estudio? — replicaba Consuelo.
- — Leer ó estudiar no es todo — decía Pío Cid.-r- — 224 — Los ejercicios espirituales son materia complicada, y quizás no haya arte tan difícil y hondo como el de dar vuelo al espíritu, manteniéndole ligado á la naturaleza, de la que no debe separarse, so pena de morir como el pez fuera del agua ó como el árbol arrancado de la tierra. Y lo hondo y difícil de ese arte se comprende considerando que su fundamento es el amor. El maestro de ese arte ha de amar á sus discípulos, y si no los ama, no les enseñará ni el abecé. La lectura es un ejercicio bueno cuando se lee lo que nos conviene, y malo cuando se leen libros que, aun siendo admirables, no producen en nuestra inteligencia una impresión benéfica. ¿ Qué es lo que le gusta á usted leer?
— Poesías — contestaba Consuelo; — novelas también; pero son muy pocas las que me agradan.
— Su poeta favorito será Campoamor — decía Pío Cid, como si estuviese seguro.
— ¿Cómo lo sabe usted? — preguntaba Consuelo.
— Porque usted es humorista por naturaleza — contestaba Pío Cid. — El humorismo nace de una contradicción espiritual que usted posee y que le sale á la cara. Usted tiene la risa en su nariz, graciosa y rebelde, y el llanto en lo hondo de sus ojos, tristes — Yaya, que tiene usted unas ideas — murmuraba Consuelo bajando los ojos.
En estos diálogos, que á veces se confundían con la lección, y tenían el aire inocente del «¿Ha paseado usted mucho? — No; pero he tocado el violín. — ¿Le gusta á usted bailar? — Sí; pero — 225 — me gustan más las carreras de caballos», y demás preguntas y respuestas, que se cursaban en inglés, iba Pío Cid apoderándose del espíritu de Consuelo é inculcándole un sentimiento religioso extraño, que no era la devoción vulgar, sino más bien la complacencia artística de los ejercicios espirituales y la sugestión de un amor infinito, que comenzó á tomar cuerpo en soñadas visiones, que á la muchacha le causaban sumo deleite. Un día Adolfo faltó á la lección para ir con Pablo del Valle á casa de Pío Cid, donde únicamente logró hablar con D.* Candelaria, porque las niñas hicieron como que estaban muy ocupadas á fin de que la visita no se prolongase. Entretanto Pío Cid y Consuelo tuvieron un vivo coloquio, que debía ser el último, y en el que se formara la vocación firmísima que decidió del destino de la joven. Hablaron principalmente de amor, y ella estuvo más atrevida que nunca había estado.
— Algunas veces — decía — he pensado ya si mi vocación será religiosa; pero yo creo que si lo fuera sólo pensaría en asuntos piadosos y no tendría, como tengo, estas ansias de vida y de actividad febril y esta afición á los placeres mundanos. Quizás he tenido la desgracia de no sentir una pasión que me abriera los ojos, y, á falta de amor, me acojo á la fe, y creo ó empiezo á creer que mi felicidad está en encerrarme en un convento. Pero bien sabe Dios que tengo mis dudas y que temo echarlo todo á rodar si llegara á mis oídos una palabra de verdadero amor humano, no del que brinda la necia y viciosa juventud que nos galantea tan insulsamente que nos hace ver como deis — 226 — testable y vana una vida que acaso sea fecunda en goces cuando se sabe vivirla.
— No sé qué pensar — contestó Pío Cid; — pero de mi digo que, si hubiera tenido creencias, seria fraile á estas horas. Me enamora sobre todo la vida del espíritu, y son tantos los obstáculos que la entorpecen cuando se transige á vivir rodeado de las obligaciones y compromisos que la sociedad engendra, que creo preferible no empeñar el combate y volver desdeñosamente las espaldas, diciendo: «¿Qué me importa, triunfador ó derrotado, esa lucha, cuando tengo yo algo más alto adonde dirigir mis fuerzas y de donde recibir más noble premio?» Una debilidad suele costar cara, y en prueba de ello vea usted lo que me cuesta la que yo cometí saliendo de mi retiro, donde vivía como un monje, y lanzándome á crear una familia. He tenido que conocer y tratar algunas personas, y por ellas me veo ahora metido en la aventura política que usted sabe, y de la que no puede salir nada bueno. He tenido la suerte de tratar á usted, que es una de las mujeres más nobles que he conocido en mi vida, y ahora sufro la tristeza de dejarla, quién sabe si para siempre.
— Eso no — interrumpió Consuelo; — aunque usted triunfe y consiga después los más altos puestos, ¿quién impide que nos sigamos tratando como buenos amigos?
— La dificultad no está en que yo triunfe — contestó Pío Cid, — ni en que consiga lo que usted dice, que no lo deseo, sino en que, tarde ó temprano, nuestros rumbos se apartarán y no volverán á reunirse. Sin contar con que á mí no me — 227 — engañan mis presentimientos, y ahora presiento que no nos volveremos á ver, aunque sigamos viviendo á pocos pasos el uno del otro.
— No debe usted decir eso— afirmó resueltamente la joven; — mas por si acaso el presentimiento se cumpliera, voy á rogarle á usted que, me deje un recuerdo. Adolfo me ha asegurado que es usted poeta; y aunque usted no me lo ha querido confesar, no se negará á escribirme unos versos en un álbum, en el que hay ya algunos ^Tonterías de muchacha», dirá usted; pero son tonterías inocentes — agregó Consuelo saliendo de la sala donde daban las lecciones en busca del álbum, con el que volvió en breve.
Pío Cid había asentido con una ligera inclinación de cabeza al deseo de su discípula, y puesto en el aprieto de componer algo, tomó la pluma que se le ofrecía é improvisó una especie de dolora, que creyó sería del agrado de la joven, y que decía así: Yo he visto una graciosa enredadera Sobre el césped tendida en la pradera, Y pensé en ti.
He visto un árbol sin ramaje, muerto, Y de plantas parásitas cubierto, Y pensé en mí.
Y soñé que aquel árbol adoraba La linda enredadera y la llamaba: — Ven, y á mi cuello abrázate amorosa; Yo seré el firme apoyo de tu vida; Tú serás la ilusión bella y piadosa En que mi muerte quedará escondida.
Pío Cid se interrumpió un momento, y la joven, creyendo que la poesía estaba concluida, se in- - 228 — elinó nn poco y la leyó en voz baja, diciendo con vivo interés al terminar: — Son mny bonitos, pero falta lo principal^ porque no se sabe lo que hizo la enredadera.
— Aun falta la segunda parte— dijo Pío Cid levantándose á mojar la pluma.
Se volvió á sentar con el álbum sobre la rodilla^ y siguió escribiendo: Pasó el tiempo, y la linda enredadera Murió; yo la busqué por la pradera Y no la vi. Murió abrazada al árbol, solo, muerto, Que de plantas parásitas cubierto, Seguía allí.
Y soñé que aquel árbol suspiraba Sumido en honda pena, y murmuraba: — Ya somos dos los muertos: la piadosa, Bella ilusión voló desvanecida, Y ya vuelve á mostrar su cara odiosa La muerte que se burla de la vida.
Consuelo tomó el libro que Pío Cid le ofrecía y concluyó de leer los versos, y volvió de nuevo á leerlos todos. Y su semblante se puso tan triste, que Pío Cid le dijo: