— A quien no fuera usted no le hubiera yo escrito unos versos tan fúnebres, que quizás estarían mejor sobre una lápida en el cementerio que en un libro de recuerdos íntimos de una niña que aun no tiene veinte años. Pero yo amo la sinceridad, y esa idea se me ha ocurrido y la he dedicado á usted, á quien, por lo mismo que la quiero, no podía ofrecerle una impresión risueña que, por estar lejos de mi ánimo, habría de tener artificiosa — 229 — compostura. No me guarde usted rencor por mi ingrata franqueza.
— Al contrario — replicó la joven, — le agradezco esta prueba de estimación que me da; porque al dedicarme unos versos tan tristes, me habla como á mujer seria j formal; y esto me complace más que si me dedicara versos alegres y ligeros, como «on todos los que bay aquí. La verdad — añadió hojeando el álbum — es la que usted ha escrito. A mí se me ocurría como más natural que la enredadera oyese al árbol y que los dos fueran felices, hallando el uno en el otro lo que á ambos les faltaba para serlo. Y, sin embargo, lo natural es que la enredadera se marchite y que, en vez de dar vida al árbol, muera ella también, y que el árbol se quede más solo y más muerto que antes estaba. Lo que más me entristece en esto, es pensar que, cuando á usted se le ocurren estas ideas, debe tener en su alma tin vacío inmenso que asusta. Yo le he visto á usted siempre rehnir las conversaciones en que podía manifestar su descreimiento; pero, á pesar de su discreción, me parece ver en usted el hombre de menos fe que existe en el mundo; y si además de no tener fe no tiene tampoco alegría de vivir, ni esperanzas, ni ilusiones, ni ambición, su existencia será como la de ese árbol muerto de que habla aquí. Y lo que más me extraña es que haya usted despertado en mí sentimientos religiosos que estaban adormecidos. Quizás la pena que usted tiene por vivir sin creencias le inspire ese deseo de fortificarlas en los demás, porque de otro modo es usted incomprensible.
— No es usted sola — contestó Pío Cid— quien — 230 — ha notado en mi esa desilusión aparente de mi vida. Porque estamos acostumbrados á ver á los hombres luchar por ideas convencionales, y cuando un hombre lucha, ó mejor, trabaja sin guiarse por ninguna de esas ideas, se le cree desventurado, necio ó loco; pero nadie es capaz de penetrar en el pensamiento ajeno, y bien podría suceder que el que vive sin ideas fijas ó dejándose llevar de impulsos contradictorios, tuviera dentro de si un ideal muy alto y permanente. ¿Cómo se concibe que un hombre irreligioso trabaje en pro de la religión unas veces, y otras en contra de ella, y que ese hombre no se mueva sin rumbo fijo, sino que sea tan firme é inconmovible como el árbol muerto, que mnerto sigue clavado en tierra, mientras algunas de sus raíces están quizá echando retoños?
Esto ocurre porque la maerte es fecunda y crea la vida, aunque sea sólo para entretenerse con ella; y un hombre que llevase la muerte absoluta dentro de su espíritu, y que se viera obligado á trabajar, sería un creador portentoso, porque no teniendo ya ideas de vida, que siempre son pequeñas y miserables, crearía con ideas de muerte, que son más amplias y nobles. Si ha habido un Creador que ha creado cuanto existe de la nada ó de la muerte para que acabe en la muerte y en la nada, y entre estos dos términos fatales ha dejado que la vida se desarrolle libremente, yo creo que reniegan de ese gran Artífice cuantos se empeñan en someter la vida á una idea personal y mezquina. Mejor es echar leña al fuego donde le hay, trabajar en favor de cuantos se esfuerzan por levantar su espíritu á las alturas ideales. Vulgar es — 231 — la comparación, pero exacta. Yo encnentro á un hombre caído en medio de la calle, y le ayudo á ponerse en pie, y después le dejo ir sin preguntarle adónde va. ¿Sería justo que por haberle levantado le obligase á venirse conmigo? Pues esto hacen los hombres, todos los hombres, cuando prestan un servicio intelectual; lo prestan para que el discípulo se someta á las ideas del maestro. Yo no he preguntado jamás á nadie las ideas que profesa ni he intentado cambiárselas por otras, porque yo mismo carezco de ideas personales, y si teogo alguna, la menosprecio mientras no se depura y se convierte en idea humana. Usted es religiosa, yo lo he comprendido así, y he notado que lo más firme que hay en usted es el sentimiento religioso, y que por él llegará usted muy alto si logra tomar vuelo. Por esto yo me he permitido influir en su ánimo, aunque estoy seguro que sin mi influencia en usted sola se hubiera despertado ese sentimiento adormecido. Más le diré: cuando yo la vi por primera vez no sé por qué se me figuró que usted debía estar vestida de monja y que con el hábito estaría mucho más bella que con ningún otro atavío — Pero ¿cómo comprender — preguntó Consuelo emocionada — ese amor que usted demuestra á trabajar por todos los hombres y su afecto á la vida monástica? Bueno que simpatizara con las Hermanas de la Caridad, que se sacrifican por sus semejantes desvalidos ó enfermos, pero no con las monjas, que viven apartadas del mundo, consagradas al rezo y á la mortificación.
— Unas y otras son dignas de que se las admi- — 232 — .re— contestó Pío Cid; — y estoy por decir que lo,son más las religiosas contemplativas, porque su influencia en el mundo es más espiritual. Yo tengo una afición que le sorprenderá á usted. Me gusta pasar por las cercanías de los conventos de monjas á la hora de maitines ó vísperas, cuando llega á mi oído el vago rumor de las canciones, que me suenan á cosa inmutable y perenne como los movimientos de los astros. Para esta inquietud malsana que devora hoy á los hombres no hay mejor medicina que esos cánticos, que antes eran himnos de la fe, y ahora, por el cambio de los tiempos, son además himnos de desprecio á esta sociedad, cuya gloria se cifra en agitarse sin motivo y sin objeto. Esta afición mía la tengo desde niño, y ha influido no poco para que yo sea tan pacífico como soy y tan poco amigo de apresuramientos. Sin ella quizás sería un demagogo, y el tiempo que dedico á pensar y á contemplar y á soñar, lo -dedicaría á pronunciar discursos disolventes y á fraguar asonadas ó revoluciones, como tantos otros desventurados Pero no insisto más. Ha llegado la hora de irme, y ojalá que, á pesar de mi presentimiento, volvamos á vernos y podamos continuar estas pláticas tan agradables, para mí al menos.
— Y para mí agradabilísimas — añadió Consuelo, mientras Pío Cid le cogía una mano entre las dos suyas y se la llevaba á los labios.
Sin decir más se separaron, quedando Consuelo muy preocupada.
— ¡Qué hombre más singular! — pensaba. — Quién sabe si me querrá y si esa idea de que yo sea monja será un refinamiento de celos..,...Él 233 — es casado, ó como si lo fuera, y no ha podido portarse más caballerosamente Pero lo más particular es lo de haberme imaginado vestida de monja Voy á ver monja Voy á ver Y se dirigió, leyendo en el álbum, á su alcoba, donde anduvo revolviendo su ropa, hasta que, por último, cogió un delantal blanco y almidonado, con el que se formó una especie de toca monjil, sobre la cual se prendió con alfileres un manto negro que le caía hasta los pies y que con una mano se sujetaba por debajo de la barba. Todo esto lo hacía delante del espejo de su tocador, y cuando vió la imagen de su figura transformada, se quedó mirándola con asombro y como adorándola, porque le parecía la imagen de una Dolorosa. La frente, que era lo más intelectual de la joven, se ocultaba tras la toca; parte de la barba desaparecía bajo el manto, y el rostro, así cortado, tenía una expresión más humilde. Pero el cambio trascendental de la figura estaba en el entrecejo, que ahora parecía más alto y como contraído, dando á la fisonomía un sello de dolor inefable. Aun la nariz perdía su aire descarado y burlón y aumentaba la tristeza del rostro, porque lo que antes era respingo insolente, ahora se convertía en una como suspensión violenta, sostenida desde el entrecejo por el arrebato y transporte de la mirada. Así quedaba casi anulada la expresión altiva y maliciosa de aquel rostro, y realzada la expresión mística de los ojos, por los que ahora miraba el espíritu venced )r. Y es tal la influencia del gesto en el espíritu, que así como el dolor íntimo se exterioriza en la expresión del rostro dolorido, así — 23á — — 23á — el gesto del dolor puede engendrar el sufrimiento en nuestra alma.
Consuelo contempló largo rato su imagen transfigurada por la belleza del dolor, y luego entró en la alcoba, y sentándose junto á la cabecera de su lecho, apoyó la cabeza sobre las almohadas y quedó absorta y como anonadada. Su desolación era tan profunda como si hubiera perdido á todos los suyos y se hallara sola en la tierra; más aún: como si fuera madre y viera muerto á su único hijo.
Mientras tanto. Pío Cid llegaba á su casa entristecido por la conversación que había tenido con Consuelo y disgustado por tener que emprender aquella misma noche el viaje electoral á que le había comprometido Candaría, no sin grandes esfuerzos á causa de la resistencia tenaz que Pío Cid opuso á un proyecto que, á su entender, era descabellado. Cuantas veces le habló Candaría de este asunto, su contestación era la misma: — Amigo Candaría, yo le agradezco á usted su interés en favor mío, pero jamás me sacará usted de mi terreno. No soy tan tonto que espere ejercer, con mi insignificante personalidad, una influencia beneficiosa en nuestra política; ni soy tan desalmado que busque en la política mi propio medro. Dígame usted, pues, á santo de qué me voy yo á lanzar en esas aventuras electorales ni en esos calentamientos de cabeza.
— No sea usted tan exclusivista— contestaba Candaría. — Si usted sale diputado y no quiere meterse en las intrigas del Parlamento, puede usted ser nombrado gobernador y desempeñar una — 235 — misión útil, donde tendrá campo ancho para sns notables aptitudes.
— Está usted equivocado — replicaba Pío Cid — si cree que yo tengo aptitudes para gobernar. No las tengo, y aunque las tuviera no podría hacer nada del otro jueves, porque dentro de nuestro sistema una autoridad secundaria queda cogida en el engranaje reglamentario y tiene que amoldarse á la situación que encuentra creada ya. Las provincias son feudos á la moderna, y un gobernador está obligado á marchar de acuerdo con el señor feudal que le toca en suerte. No es un gobernador, es un poder moderador. En los sistemas políticos notará usted siempre que todos los grados de la jerarquía reflejan en tamaños diversos el tipo de la jerarquía más alta. Si hay un rey que reina y no gobierna, todas las demás autoridades mandarán y no gobernarán tampoco; y el gobierno real y positivo residirá en las más escondidas covachuelas administrativas, á cargo de seres anónimos. Si hay dos partidos que turnen, todas las ciudades, villas, pueblos, aldeas, lugares y aun caseríos, tendrán su correspondiente turno. Yo recuerdo que en mi pueblo se llevaba con tanto rigor el sistema, que turnaban hasta los barberos. Dos había, y era tan fuerte la contribución que le imponían al de oposición, que le obligaban á cerrar temporalmente el establecimiento y á dedicarse á otro oficio; el de la derecha tenía que recoger basura, y el de la izquierda emigraba á un pueblo vecino, donde un su yerno que allí vivía le daba de mal comer á cambio de buenas cavadas en los bancales que labraba ; — Y ¿cuál era mejor barbero? — preguntó Gandaria con la curiosidad infantil que se le desper-.taba siempre que oía hablar de cosas de la vida vulgar, de las que él estaba en mantillas.
— Yo no lo sé — contestó Pío Cid, — porque no he dejado nunca que nadie me afeite, y aun llevo la primera barba que me salió; pero la gente de-<íía que el tío Zambomba, que era el barbero reaccionario, manejaba la navaja como una hoz, y que cuando se ponía á descañonar, más que barbero parecía segador metido en faena. En cuanto al compadre Elias, su radicalismo le hacía más temible. De él se contaba un chascarrillo quizás inventado por sus adversarios, á juzgar por la mala intención. Decían que cuando empuñaba la navaja, todos los gatos del pueblo entraban en la barbería, é inquietos maullaban á su alrededor como si en lugar de ver á un barbero afeitando á un hombre, vieran á una cocinera desollando un conejo. El paciente parroquiano preguntaba la razón de aquellos maullidos, y el compadre Elias contestaba entonces con gran flema: <(No se asuste usted, amigo; es que están esperando que caiga alguna piltrafa » Pero, cuentos aparte — concluyó Pío Cid, mientras Gandaria se desternillaba de risa, — lo que yo quería decirle á usted es que un hombre puede mucho cuando expone ideas que influyen con el tiempo para cambiar los rumbos de la sociedad, y no puede nada cuando pretende reformar con su acción aislada lo que es malo por culpa de todos.
Así se iba defendiendo nuestro buen Pío Cid contra las malas tentaciones, cuando un revés in- — 237 - esperado dió pie para qne Gandaria se saliera con la suya. Entre los compañeros de oficina de Pío Cid había nno, llamado Salas, que le trataba con cierta intimidad y venía á buscarle de vez en cuando para invitarle á dar un paseo. Pío Cid no tenía carácter para desairar á nadie, y le recibía amistosamente, aunque no le gustaba la conversación de sn compañero, el cual tenía la mala costumbre de despellejar á sus jefes y decir horrores de la Administración pública, de la que él era uno de los peores funcionarios. Fué un día Salas á la calle de Jacometrezo, preguntó por su amigo, y supo qne éste no vivía ya en la casa.
— ¿Cómo se explica este cambio? — preguntó á Purilla, que había salido á abrir. — Habrá sido hoy mismo, pues él no ha dicho nada en la oficina.
— Hace pocos días — contestó la prudente muchacha;— y yo no sé decir más sino que se marchó, y ni recuerdo dónde vive ahora, aunque dejó las señas.
Creyó Salas que cuando Pío Cid nada le había dicho, tendría algún motivo para ello; y deseando enterarse, fué aquella misma noche al café donde se reunían algunos huéspedes de la casa, y allí cada cual le expHcó la cosa á su modo, y ninguna favorable. Salas sacó en limpio que Pío Cid se había ido á vivir con varias mujeres, y que éstas no debían ser nada buenas; y al día siguiente llevó el cuento á la oficina, no con ánimo de dañar á su amigo, sino deseoso de aparecer enterado de una aventura picante, á la que él dió algún colorido de su propia cosecha, con el que Pío Cid podía pasar por un bajá turco de seis ó siete colas.
— 238 — — 238 — Rodando la noticia, llegó á oídos de D. Eustaquio, el jefe del Negociado, que era una excelente persona, salvo su manía censurable de meterse á arreglar vidas ajenas, y su exagerada devoción á la jerarquía administrativa. A D. Eustaquio aludía Pío Cid cuando habló de las fórmulas que algunas personas emplean para hablar con sus semejantes; y diciendo que eran veinte, se quedó corto, porque pasaban de cuarenta las fórmulas estudiadas por aquel hueco funcionario. A Pío Cid le recibía sentado, inclinando un poco la cabeza, y diciendo: ccHola, Sr. D. Pío; acérquese»; y quedaban aún ocho ó diez fórmulas por bajo, hasta la última, usada con los mozos de limpieza, que era sólo un ligero gruñido. Con la fórmula habitual recibió, pues, á Pío Cid un día, y después del «acérquese», le dijo que se sentara, que tenía que hablarle, y le habló así: — Siento mucho mezclarme en asuntos que no son de mi incumbencia, en sentido estricto; pero como jefe de usted que soy, me juzgo obligado á llamarle la atención acerca de algún pormenor ó incorrección, ó no sé cómo llamarlo, de su vida, que indirectamente puede afectar á la consideración pública que debe merecer un empleado, no sólo por sí, sino que también por el cuerpo administrativo de que forma parte. Ha llegado á mis noticias, sin que yo lo pregunte, que usted vive no es fácil calificar cómo ¡amancebado! Esta es la palabra Pío Cid se levantó con aire indiferente, y como si fuera á buscar algo que hubiera echado de menos, salió del despacho, dejando á D. Eustaquio - 239 — con la palabra en la boca. Fué á su mesa, recogió una cartera que tenia con algunos papeles particulares, se puso el sombrero, cogió el bastón bajo el brazo, y se marchó sin despedirse de sus compañeros, quienes se figuraron que saldría por encargo del jefe. Desde la oficina se encaminó á paso largo á la plaza del Angel, donde vivía el diputado de su distrito, D. Romualdo Cañaveral, que aun no se había levantado, aunque ya era cerca de la una. Pasó Pío Cid al gabinete como amigo de confianza, y D. Romualdo le recibió, diciendo desde la alcoba: — Llega nsted con oportunidad, pues deseaba hablarle de lo mismo que usted vendrá á hablar conmigo probablemente. Siéntese, que voy á vestirme ahora mismo. ¡Qué vida endiablada lleva uno en este Madrid! Y usted tan perdido como siempre. Anoche hablamos de usted en Gobernación, porque le oí nombrar como candidato adicto. ¿Qué hay en esto?
— Pues hay — contestó Pío Cid, — que unos buenos amigos han querido meterme en ese berenjenal; pero yo no he aceptado. Por cierto que una de las razones que he tenido era mi amistad con usted. Ya que me sacaran diputado, me parecía lo más decente no salir como un pobre cunero; y para que yo fuera elegido en mi distrito había el inconveniente de que usted lo representa desde hace muchos años, y de que usted es quizás la única persona á quien yo debo algún favor y á quien no puedo jugarle una mala pasada. Y entonces me dijeron que usted se había declarado adicto y que le iban á dar una senaduría vitalicia. Si es así, re- — 240 — ciba usted mi enhorabuena, y conste que ni antes ni ahora he pensado meterme en elecciones ni como elector, ni como elegible.
— Pues hace usted mal, amigo Cid — replicó don Komualdo; — hace usted muy mal. Precisamente deseaba hablarle á usted para que nos pusiéramos de acuerdo, porque tengo mucho interés en que luche usted como adicto y en que no prospere la candidatura del títere de mi primo Carlos, que se presenta de oposición.
— ¿Y lo de la senaduría? — preguntó Pío Cid.
— Es cierto que estoy indicado — respondió don Romualdo; — pero no canto victoria hasta que la combinación esté acordada. Usted debe luchar de acuerdo conmigo, y los dos juntos podríamos mandar mucha fuerza. ¿No es triste que un hombre como usted sirva en un empleo de última categoría?
— Ahora que habla usted del empleo — dijo Pío Cid, — le diré que del empleo venía justamente á hablarle. Lo pienso dejar porque tengo otras cosas á que atender, y quería pedirle á usted un nuevo favor, no para mí, sino para un amigo á quien aprecio.
— ¿De qué se trata? — preguntó D. Eomualdo.
— Se trata — contestó Pío Cid — de que usted, que es de la. situación, pida al Ministro de Hacienda que en el puesto que yo dejo nombre á ese amigo migo mío, que es un joven muy recomendable. Mejor dicho, el nombramiento para mi puesto no puede ser, porque mi recomendado no tiene título, pero pueden ascender á otro que lo tenga y darle á usted una credencial de 6.000 — 241 —.
reales, con lo cual mi amigo se dará por muy satisfecho.
— Casi, casi — dijo D. Romualdo, — me atrevo á decirle á usted que cuente con la credencial como si la tuviéramos en la mano. Póngame usted en un volante de esos que hay sobre la mesa el nombre de su amigo.
Mientras Pío Cid escribía el nombre de Pablo del Valle y los méritos que le recomendaban, don Romualdo acababa de vestirse y asearse un poco, sin dejar de preguntar: — Y ¿en qué se ocupa usted ahora que tiene que dejar el destino? ¿Es verdad que escribe usted en El Eco'^ ¿Conque, por fin, va usted á decidirse á probar fortuna en política?
Pío Cid contestaba á estas y otras preguntas sin fijarse en lo que contestaba; y, por último, se despidió, quedando en volver en la semana entrante, y en decidir entonces fijamente el partido que se había de tomar para la próxima elección, puesto que el ex diputado no quería dejar su distrito á merced de un pariente, que era su peor enemigo. Sin embargo, fué tan activo y puntual D. Romualdo, que á los tres dírj escribió á Pío Cid diciéndole que estaba servido y remitiéndole la credencial á favor de Pablo del Valle. Este estaba presente al llegar la carta, y se quedó como alelado viendo sn nombre en el Real nombramiento, sin comprender lo que aquello significaba, aunque su protector se lo explicó con gran claridad. Pero al fin sacó en limpio que tenía un destino de plantilla, de los más seguros de la Administración, y en el acto fué á desahogarse con Paca, á la que — 242 — — 242 — habló seriamente de casarse en cuanto fuera posible, puesto que ya contaba con un sueldo fijo para sostener las obligaciones domésticas. Aqnella misma tarde vino Salas á visitar á Pío Cid y á decirle, de parte de D. Eustaquio, que al día siguiente asistiera irremisiblemente á la oficina, pues, de lo contrario, el Director le impondría una suspensión de empleo y suelda.
— Desde que salí de la oficina sin despedirme, me suspendí yo solo de empleo y sueldo para toda mi vida — contestó Pío Cid. — Le ruego á usted que no me hable más de este asunto, y que mientras no necesite de mí me deje tranquilo en mi casa, 'sin acordarse más de que yo he sido empleado público.
No dejó Pablo del Valle de ir á llevar la buena nueva á Gandaria, y á decirle que ahora que Pío Cid estaba sin destino, sería más fácil decidirle á entrar en la contienda electoral. Á la mañana siguiente se presentaron los dos, Sustantivo y Adjetivo, como les llamaba Pío Cid, y tuvieron con éste una entrevista muy larga y digna de quedar aquí consignada.
— Pero ¿qué me dice usted, amigo Cid — entró preguntando Gandaria — de esa ocurrencia de darle un puntapié á su destino? Cualquiera diría que tiene usted para vivir de sus rentas. ¿Qué diablos va usted á hacer ahora para ganarse la manducatoria?
^ — Si una puerta se cierra, ciento se abren — contestó Pío Cid de buen humor. — A mí se me han abierto dos por lo pronto, y una es más grande que la de una catedral.
— 243 — — ¿Qué puertas son esas? — preguntó de nuevo Oandaria.
— Dos trabajos editoriales que me lian salido ■el mismo día de ayer, entre cinco y seis de la tarde; uno de ellos, sin buscarlo. Mire usted este libro que está aquí abierto sobre la mesa.
— El Código civil — dijo Valle, viendo la impresión de las páginas abiertas.
— Pues bien — prosiguió Pío Cid; — estoy encargado de escribir un comentario filosófico é histórico comparado á cada uno de los artículos del Código, que son — añadió hojeándolo — 1.976, sin contar las disposiciones transitorias. Ya voy por el artículo 7.° y llevo 23 cuartillas, y confío que el Código, con el comentario total, exigirá de quince á veinte volúmenes. Como que no me han puesto tasa, porque el género tiene ahora mucha salida, y en materia de jurisprudencia la cantidad mejora la calidad. Ningún abogado se asusta de tener en su despacho un testero lleno de tomos bien empastados, que sirvan de adorno é inspiren respeto á los clientes, y yo estoy decidido á que mi Código comentado llene él solo una estantería, con lo cual nadie pierde nada y yo gano una porción de miles de pesetas.
—;Es usted atroz, amigo Cid! — exclamó Gandaria. — Y lo que me maravilla no es que todo eso sea verdad, que lo será sin duda; lo asombroso es que se ponga usted en el acto á escribir sus comentarios como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. A ver; va usted por el artículo 7.° ¿Qué comentario cabe aquí? «Si en las leyes se habla de meses, días ó noches, se entenderá que los meses — 244 — son de treinta días; los días, de veinticuatro lioras D — Y las horas, de sesenta minutos — interrumpid VaUe.
— ¡No interrumpa usted! — exclamó Gandaria.
— Lo que dice es: c( los días de veinticuatro horas, y las noches desde que se pone hasta que sale el sol». Y luego: «Si los meses se determinan por sus nombres, se computarán por los días que respectivamente tengan.» ¿Qué comentario va usted á poner aquí?
— Pues tengo materia para cuatro ó seis pliegos— contestó Pío Cid; — ahí cabe explicar casi un curso de cronología, aunque sea sólo para señalar las diferencias entre el mes legal, el civil y el lunar, con la historia de cada uno de los meses y las reformas juliana y gregoriana. Y, aparte de esto, hay un punto rigurosamente jurídico. El Código se sirve del año natural, computándolo por doce meses, y luego preceptúa que el mes legal tenga treinta días, un término convencional, puesto que hay meses con más días y con menos. Hay, pues, un año legal con trescientos sesenta y cinco días, y los bisiestos trescientos sesenta y seis; y otro año legal con trescientos sesenta días, sumando los doce meses á treinta. Usted creerá que la contradicción no tiene importancia; pero en las leyes una anomalía es un semillero de pleitos — Y ¿qué iba á hacer el legislador? — interrumpió Gandaria.
— Nada, más fácil — contestó Pío Cid — que suprimir los meses como medida de tiempo, del mismo modo que están suprimidas las semanas^ — 245 — Con dejar como unidades fijas el día y el año, que se refieren á los movimientos del sol, bastaba; la luna es un satélite de marcha irregular, y no debe servir para los cómputos legales. Sin contar con que tampoco se demuestran simpatías por el astro de la noche, puesto que el mes legal no es el lunar, sino una menos que duodécima parte del año. En suma, á mí no me importa esta cuestión, pero voy á pedir en mi comentario la supresión del mes como medida cronológico-legal, y para justificar mi petición escribiré los cuatro ó seis pliegos que he dicho.
— Es usted el diablo en persona- — dijo Gandaria. — Con esa vista que Dios le ha dado á usted, claro está que es usted capaz de comentar hasta el vuelo de una mosca.
— ¿Y el otro trabajo editorial? — preguntó Valle.
— El otro es cosa corta; pero representa cien duros contantes y sonantes dentro de nn mes, que tardaré en entregarlo. Para éste, cuento con usted.
— Una obrita que se me ocurrió ayer mismo, y para la que hallé editor al instante, porque es un libro de venta. Se titula Ul Médico de los pobres: consejos prácticos y recetas útiles para la curación de las pequeñas dolencias que no exigen la asistencia facultativa.
— Y eso, ¿cómo va usted á componerlo? — preguntó Gandaria casi espantado.
— Es lo más fácil del mundo — contestó Pío Oid. — Es más obra de tijera que de pluma, porque la mayor parte de esos consejos y de esas — 246 — recetas están en libros impresos; lo único original será la manera de elegir y de ordenar los materiales y la claridad en la redacción, á fin de que hasta la gente más torpe comprenda y pneda utilizar el librito. En esta clase de obras ocurre como con los diccionarios: la mejor es la última, porque se tiene á la vista las anteriores. Exponiendo la doctrina en forma diferente, no hay peligro de que se nos acuse de imitación ni plagio, pues este saber vulgar y práctico es, como los idiomas, el tesoro de la humanidad entera, y á todos nos pertenece y todos podemos servirnos de él en provecho propio ó de la comunidad.
— Mucho me alegra — dijo Gandaria — verle á usted tan metido en labor, aunque por otra parte lo sienta, puesto que ahora no podrá usted perder el tiempo en los coloquios agradables á que me había usted acostumbrado. Sin ir más lejos, hoy venía á consultar á usted sobre un asunto que me interesa mucho; pero lo primero es lo primero: lo dejaré para mejor ocasión.
— Ese es un exceso de precaución — replicó Pío Cid, — pues yo no pienso dedicar á estos trabajos más que las horas que antes perdía en la oficina, y lo mismo me da escribir por la mañana que por la noche. Cuando éntre en el comentario histórico tendré que molestarme algo; pero ahora voy á escribir de un tirón el filosófico, que es cosa de coser y cantar. Así, pues, desembuche usted lo que traiga sin reparos, pues le agradezco que me saque un rato de mis inútiles filosofías.
— Son unos versos que trae — dijo Valle, — de los que está componiendo para el tomo proyectado.
— 247 — — Ya ve usted — agregó Gandaria^ — que no echo en saco roto sus consejos. Los versos son malos, pero la culpa no es mía, sino de usted, que se ha empeñado en que yo sea poeta., — Y lo será usted, y bueno — afirmó Pío Cid con aire de autoridad. — Crea usted lo que le dice un perro viejo y de buen olfato, como lo tengo yo, aunque me esté mal el decirlo. A ver — añadió, tomando los versos que Gandaria le alargaba, y que estaban escritos en finísima vitela.
Y sin detenerse un segundo leyó los versos, con señales de gran complacencia, por el mismo orden en que Gandaria los había colocado. Cuando loa hubo leído, separó las dos primeras hojas, diciendo: — Estos los rompe usted, no porque sean ma-» los, sino porque tienen más sensualidad que sentimiento. Cuando se funde el hierro en el horno, sale hierro líquido, que es el que sirve para echarlo en los moldes, y sale también alguna escoria, que hay que tirarla porque no tiene aplicación; y en todos los trabajos de los hombres hay también una parte de escoria, de la que no se debe hacer caso, sino pensar que sin ella no habría quizás obras libres de impureza. El soneto «A Lola» no está mal compuesto; pero cuando se llega al terceto final, donde el orgiasta se emociona viendo el relicario en el seno desnudo de la prostituta, es ya tarde para que se borre la impresión brutal que producen los otros once versos, que dejan chiquito á Espronceda en la canción «Á Jarifa», que, ó mucho me equivoco, ó le ha servido á usted de modelo.
— 248 — — Así es, y él mismo me lo ha dicho — interrumpió Yalle.
■>■ —La poesía en tercetos, cuyo título, ccEl beso eterno», es precioso, es una renovación original del episodio de Paolo y Francesca; y si los amantes salieran volando desde el principio á fundirse en el espacio y formar la estrella nueva del amor, no habría nada que decir; pero la descripción del baile es obscena á más no poder, y de una obscenidad elegante y refinada, de salón, que á ratos es repulsiva. No crea usted, sin embargo, que al íomperlos se pierde lo bueno que hay en esas composiciones; lo bueno siempre queda, y yo le aseguro que en otras poesías reaparecerá lo que hoy destruye usted, y reaparecerá purificado y limpio de los lunares que lo afean. En cuanto á la tercera composición — continuó Pío Cid, mientras Gandaria guardaba las otras y le escuchaba sin parpadear, — tiene defectos; pero está inspirada en sentimientos más nobles. Aquí ya las sensaciones están más espiritualizadas, son más humanas, puesto que lo humano no es lo sensual ni lo corpóreo, sino la fusión de esto y de lo espiritual, la vena de sentimiento puro, sin escoria, del que Sacamos nuestras mayores creaciones. Al decir esto iba releyendo la composición, que era como sigue: SERENATA.
Oye, cautiva de amor, la eanción de un trovador que, al suave son del laúd, viene á calmar tu dolor de la noche en la quietud.
— 249 — Yo soy un cantor errante que voy buscando anhelante á una mujer ideal que en mi alma brilla radiante como visión celestial. - Yo la llamo con pasión y le cuento mi aflicción; mas ella de mí se esconde, y á mí doliente canción la ingrata nunca responde.
Mi cantar no es muy pulido, pues mi arte no es aprendido; canto desde que nací; yo para amar he nacido, y mi amor canta por mí.
Yo vivo en la soledad, y mi vida es la ansiedad de una muerte noble y bella que á mi amada dé piedad viendo que muero por ella.
Sigo el correr silencioso de los ríos, y amoroso va flotando mi soñar hasta que encuentra reposo en las orillas del mar.
Allí el oleaje le mece y mi pena se adormece, y, en lo infinito pensando, mi dulce amor me parece que oculta me está mirando.
Cautiva que, abandonada en esta torre apartada, velas, oye al poeta errante: tú eres la visión amada que busco siempre anhelante.
Aun no he visto tu ñgura, mas, temblando, me asegura mi corazón dolorido, que tú eres la imagen pura que soñé, de amor herido.
— 250 — Dicen que un moro salvaje te condujo á este paraje para domar tus desdenes, y que tú pagas su ultraje con el amor que le tienes.
Mas yo en este amor no creo; y pues cautiva te veo en esta torre, velando, se imagina mi deseo que en ser libre estás soñando.