Descúbranla los principes con galantería, que han de tener mucho de adivinos de verdades y de zahoríes de desengaños. Cuanto más entredientes se les dicen, es dárselas mascadas, para que mejor se digieran y entren en provecho. Es ya político el desengaño, anda de ordinario entre dos luces, ó para retirarse á las tinieblas de la lisonja, si topa con la necedad, ó salir á la luz de la verdad, si topa con la cordura.
iQué es de ver en una encendida competencia la detención de un recatado y la atención de un advertido! Aquél apunta, éste discurre, y más en desengaños.
Si, que se ha de ajustar la inteligencia á las materias; en las favorables, tirante siempre la credulidad; en las odiosas, dar la rienda y aun picarla. Lo que la lisonja se adelanta en el que dice, la sagacidad lo desande en el que oye; que siempre fué la mitad menos lo real de lo imaginado.
En materias odiosas, yo discurría al contrario, pues en un ligero amago, en un levísimo ceño, se le descubre al entendido mucho campo que correr, Y que correrse tal vez; y entienda, que es mucho más lo que se le calla. En lo poco que se le dice, va el cuerdo en los puntos vidriosos con gran tiempo, y cuanto la materia es más liviana, da pasos de plomo en el apuntar, con lengua, de plomo en el pasar.
Muy dificultoso es darse uno por entendido en puntos de censura y de desengaño, porque se cree mal aquello que no se desea. No es menester mucha elocuencia para persuadirnos lo que nos está bien, y toda la de Demóstenes no basta para lo que nos está mal.
Poco es ya el entender, menester es á veces adivinar; que hay hombres que sellan el corazón y se les podrecen las cosas en el pecho.
Hacer entonces lo que el diestro físico, que toma el pulso en el mismo aliento; asi el atento metafísico, en el aire de la boca ha de penetrar el interior.
AUTOP El saber nunca daña.
DOCrroR Pero tal vez da pena, y así como previene la cordura el qué dirán, la sagacidad ha de observar el qué dijeron. Saltea insidiosa esfinge el camino de la vida, y el que no es entendido, es perdido. Enigma es, y dificultoso, esto del conocerse un hombre; sólo un Edipo discurre, y aun ese con soplos auxiliares.
No hay cosa más fácil que el conocimiento ajeno.
Ni más dificultoso que el propio.
No hay simple que no sea malicioso.
Y que siendo sencillo para sus faltas, no sea doblado para las ajenas.
Las motas percibe en los ojos del vecino.
Y las vigas no divisa tn los propios.
El primer paso del saber, es saberse.
Ni puede ser entendido el que no es entendedor. Pero ese aforismo de conocerse á sí mismo, presto es dicho y tarde hecho.
AUTOR ' Por encargarlo fué uno contado entre los siete sabios.
Por cumplirlo ninguno hasta hoy. Cuanto más saben algunos de los otros, de sí saben menos; y el necio más sabe de la casa ajena que de la suya, que ya hasta los refranes andan al revés. Discurren mucho algunos 6n lo que nada les importa, y nada en lo que mucho les convendría.
¡Qué! chay ocupación peor aún que el ocio?
Sí, la inútil curiosidad.
¡Oh, cuidados de los hombres! y ¡cuánto hay en las cosas sin substancia!
Mase de distinguir también; entre lo detenido de un recado y lo desatentado de un fácil, exageran unos, disminuyen otros: discierna, pues, el atento entendedor, que á tantos han condenado las credulidades como las incredulidades.
Por eso dijeron sabiamente los bárbaros citas al joven Peleo, que son los hombres ríos; lo que aquéllos corren se van deteniendo éstos, y comúnmente tienen más de fondo los que mayor sosiego, y llevan más agua los que menos ruido.
lOO EL DISCRETO Materias hay también en que la sospecha tiene fuerza de prueba: que la mujer de César (dijo él mismo) ni aun la fama, y cuando en el interesado llega á ser duda, en los demás ya pasa y aun corre por evidencia.
Tienen más ó menos fondo las palabras, según las materias.
Por no calarlas se ahogaron muchos, son de las del entendido entendedor, y advierta que la gala del nadar es saber guardar la ropa.
Y más si es púrpura; y con esto vamos uno á su historia, digo, á la 7uaragoza antigua^ tan deseada de la curiosidad cuanto ilustrada de la erudición, y yo á mi filosofía del Varón atento.
ICl NO ESTAR SIEMPRE DE BURLAS SÁTIRA Es muy seria la prudencia, y la gravedad concilia veneración de dos extremos; más seguro es el genio majestuoso. El que siempre está de burlas, nunca es hombre de veras, y hay algunos que siempre lo están, tiénenlo por ventaja de discreción y le afectan; que no hay monstruosidad sin padrino; pero no hay mayor desaire que el continuo donaire. Su rato han de tener las burlas; todos los demás las veras. El mismo nombre de sales está avisando cómo se han de usar. Hase de hacer distinción de tiempos, y mucho más de personas. El burlarse con otro es tratarle de inferior, y á lo más de igual, pues se le aja el decoro y se le niega la veneración.
Estos tales nunca se sabe cuándo hablan de veras, y asi los igualamos con los mentirosos, no dándoles crédito á los unos por recelo de mentira, y á los otros de burla. Nunca hablan en juicio, que es tanto como no tenerle, y más culpable, porque no usar de él por no querer más, es que por no poder; y asi no se diferencia de los faltos sino en ser voluntarios, que es doblada monstruosidad. Obra en ellos la liviandad lo que en los otros el defecto; un mismo ejercicio tienen, que es entretener y hacer reír, unos de propósito, otros sin él.
Otro género hay aún más enfadoso por lo que tiene de perjudicial, y es de aquellos que en todo tiempo y con todos están de fisga. Aborrecibles monstruos, de quienes huyen todos más que del bruto de Esopo, que cortejaba á coces y lisonjeaba á bocados. Entre fisga y gracia van glosando la conversación, y lo que ellos tienen por punto de galantería es un verdadero desprecio de lo que los otros dicen; y no sólo no es graciosidad, sino una aborrecible frialdad. Lo que ellos presumen de gracia es un prodigioso enfado de los que tercian. Poco á poco se van empeñando h ista ser murmuradores cara á cara. Por decir una gracia os dirán un convicio, y éstos son de quien Cicerón abominaba, que por decir un dicho pierden un amigo ó lo entibian; ganan fama de decidores y pierden el crédito de prudentes. Pásase el gusto del chiste, y queda la pena del arrepentimiento: lloran por lo que hicieron reir. Estos no se ahorran, ni con el más amigo ni con el más compuesto; y es notable que jamás se les ofrece la prontitud en favor, sino en sátira; tienen siniestro el ingenio.
Este, con otros defectos infelices, nace de poca substancia y acompaña la liviandad. En hombres de gran puesto se censuran más y aunque los hace en algún modo gratos al vulgo por la llaneza, pone á peligro el decoro de la felicidad; que como ellos no la guardan á los otros^ ocasionan el reciproco atrevimiento.
Es connatural en algunos el donoso genio. Dotóles de esta gracia la naturaleza; y si con la cordura se templase, seria prenda y no defecto. Un grano de donosidad es plausible realce en el más autorizado; pero dejarse vencer de la inclinación en todo tiempo es venir á p^.rar en hombre de dar gusto por oficio, sazonador de dichos y aparejador de la risa: si en una cómica novela se condena por impropiedad el introducirse siempre chanceando á Davo, y que entre lo grave de la enseñanza ó lo serio de la reprensión del padre al hijo mezcle él su gracejo, {qué será, sin ser Davo, en una grave conversación estar chanceando) Será hacer farsa con risa de sí mismo.
Hay algunos que, aunque le pese á Minerva, afectan la graciosidad, y como en ellos es postiza, ocasiona antes enfado que gusto; y si consiguen el hacer reir, más es fisga de su frialdad que agrado de su donaire. Siempre la afectación fué enfadosa, pero en el gracejo, intolerable, porque sumamente enfada, y queriendo hacer reir, queda ella por ridicula; y si comúnmente viven desacreditados los graciosos, ^cuánto más los afectados, pues con su frialdad doblan el precio?
Hay donosos y hay burlescos, que es mucha la diferencia. El varón discreto juega también en esta pieza del donaire, no la afecta, y esto en su sazón; déjase caer como al descuido un grano de esta sal, que se estimó más que una perla, raras veces, haciéndole salva á la cordura y pidiéndole al decoro la venia. Mucho vale una gracia en su ocasión. Suele ser el atajo dei desempeño. Sazonó esta sal muchos desaires. Cosas hay que se han de tomar de burlas, y tal vez las que el otro más de veras. Unico arbitrio de cordura, hacen juego del más encendido fuegio.
Pesado es el extremo de los muy serios, y poco plausible Catón con su bando, pero venerado; rígida será la de los compuestos y cuerdos; pocos la siguen, muchos la reverencian, y aunque causa la gravedad pesadumbre, pero no desprecio.
Que es de ver uno de estos destemplados de agudeza, siniestros de ingenio, chancear aun en la misma muerte; que si los sabios mueren como cisnes, éstos como grajos, gracejando mal y porfiando. De esta suene un Carvajal mostró cuán rematada había sido su vida.
Los hombres cuerdos y prudentes siempre hicieron muy poca merced á las gracias, y una sola bastaba para perder la real del Católico prudente. Súfrense mejor unos á otros los necios, ó porque no advierten ó porque se semejan. Mas el varón prudente no puede violentarse, si no es que tercie la dependencia.
HOMBRE DE BUENA ELECCIÓN ENCOMIO Todo el saber humano {si en opinión de Sócrates hay quien sepa), se reduce hoy al acierto de una sabia elección. Poco ó nada se inventa, y en lo que más importa se ha de tener por sospechosa cualquiera novedad.
Estamos ya á los fines de los siglos. Allá en la edad de oro se inventaba: añadióse después, ya todo es repetir. Vense adelantadas todas las cosas, de modo que ya no queda que hacer, sino elegir. Vivese de elección, uno de los más importantes favores de la naturaleza, comunicado 'á pocos, porque la singularidad y la excelencia doblen el aprecio.
De aquí es que vemos cada día hombres de ingenio sutil, de juicio acre, es^Jdiosos y noticiosos también, que en llegando á ¡a elección se pierden. Escogen siempre lo peor, páganse de lo menos acertado; gustan de lo menos plausible, con nota de los juiciosos y desprecio de los demás. Todo les sale infelizmente, y no sólo no consiguen aplauso, pero ni aun agrado. Jamás hicieron cosa insigne, y todo ello por faltarles el grande don del saber elegir; de suerte que no bastan ni el estudio ni el ingenio, donde falta la elección.
io6 Es transcendental su importancia, porque no sea menos su extensión que.^u intención. Solicitan su voto todos los empleos, y los mayores con afectación; porque ella es el complemento de la perfección, origen del acierto, sello de la felicidad, y donde ella falta, aunque sobren el artificio, el trabajo y las cosas todas se deslucen y todas se malogran.
Ninguno conseguirla jamás el crédito de consumado en cualquier empleo, sin el realce de un plausible gusto. Sólo el realce en elegir pudo hacer célebres á muchos reyes eminentes en sus elecciones, así de empresas como de ministros; que un yerro en las llaves de la razón de estado basta á perderlo todo con descrédito, y un acierto, á ganarlo todo con inmortal reputación. Erraron unos en el delecto de los asuntos, y otros en el de los instrumentos, destruyendo todos con tan fatales yerros el preciosísimo oro de sus coronas.
Hay algunos empleos, que su principal ejercicio consiste en elegir; y en éstos es mayor la dependencia de su dirección. Como son todos aquellos que tienen por asunto el enseñar agradando. Prefiera, pues, el orador los argumentos más plausibles y más graves. Atienda el historiador á la dulzura y al provecho. Case el filósofo lo especioso con lo sentencioso, y atiendan todos al gusto ajeno universal, que es la norma del elegir, y tal vez se ha de preferir al crítico y singuiar, Ó propio ó extraño; porque en un convite más querría dar gusto á los convidados que á los sazonadores, dijo el más sabroso de nuestra patria y de elección. cQué importa que sean muy al gusto del orador las cosas, si no lo son al del auditorio, para quien se sazonan? Preferirá aquél una sutileza, y aplaudirá éste á una semejanza, ó al contrario.
En las vulgares artes tiene también lugar; á proporción vimos ya dos eminentes artífices, que se compitieron la fama; el uno por lo delicado y primoroso, tanto, que parecía cada una de sus obras de por sí el último esfuerzo del artificio, y todas juntas no satisfacían. Al contrario, el otro jamás pudo acabar cosa con última delicadeza, ni llevarla á la total perfección; con todo eso tuvo este realce de la elección tan en su punto, que se alzó con el aplauso universal.
Nace, en primer lugar, del gusto propio, si es bueno, calificado con la prueba, con que se asegura el ajeno, que es ventaja poder hacer norma de él y no depender de los extraños: con esto se puede uno confiar que lo que le agrada á él en los otros, también es agradará á ellos en él. Efecto es de su sazón el buen delecto, todo sale bien de ella, que es la mayor felicidad: y si algo se acertó en falta suya, íué más contingencia que seguridad.
Al contrario, un mal gusto todo lo desazona; y las mismas cosas excelentes por su perfección, io8 las malogra por su mala disposición; y los hay tan exóticos, que siempre escogen lo peor, que parece que hacen estudio en el errar; el peor discurso guardan para la mejor ocasión, y en la mejor expectación salen con la mayor impertinencia, casándose siempre con su necedad.
Extremada elección la de la abeja, y qué mal gusto el de una mosca, pues en un mismo jardín solicita aquélla la fragancia y ésta la hediondez.
Lo peor es que estos tales enfermos de gusto r ó por ignorancia ó por capricho, lisiados de juicio, añadiendo el segundo al primer desacierto, que es más célebre, querrían pegar su mal á todos los demás; pretenden que su paradojo voto sea norma de los otros, y aun se admiran de que su desabrimiento no les sea sainete, y apetito su frialdad, desacertadores en todo.
Hállanse otros que tienen destemplado el gusto en unas cosas, y en otras muy en su punto; pero lo ordinario es que el que tiene depravada la raíz, lleve desazonado todo el íruto.
Supone, además de lo extremado del gusto, una adecuada comprensión de todas las circunstancias que se requieren para el acierte individual. Su primera atención es á la ocasión, que es la primera regla del acertar. No se paga en las cosas de la eminencia á solas, sino de conveniencia también; que tal vez lo más excelente fué lo menos á propósito para la sazón, si bien cuando concurren en los medios, lo realzado del lOQ íser y lo sazonado de la conveniencia, concluyen felicidad. Regúlase con el tiempo, atiende al puesto, hacen distinción de personas, y ajustarse adecuadamente á la ocasión, con que viene á ser perfectísimo el delecto.
Es la pasión enemiga declarada de la cordura, y, por el consiguiente, de la elección; nunca atiende á la conveniencia, sino á su afecto; y estima más salir con su antojo, que con el acierto. Todos sus favorecidos son buenos, no más de porque lo desea, no porque en la realidad lo son, y afecta el engañarse voluntariamente; y así, todo mal intencionado sale peor ejecutado.
Los asuntos de la elección son muchos y sublimes. Elígense en primer lugar los empleos y los estados, delecto de toda una vida, donde se acierta ó se yerra para siempre; que es un echarse á cuestas una irremediable infelicidad. El mal es que las resoluciones más importantes se toman en la primera edad, destituida de ciencia y experiencia, cuando aúu no fueran bastantes la mayor prudencia y la más sazonada madurez.
Ni es el menor empeño el escoger los amigos que han de ser de elección, y no de acaso; acción muy de la prudencia, y en lo más de la contingencia. Elígense también los familiares, que son alindantes del vivir, las más veces enemigos excusados.
Mas si en los hijos tuviera lugar el delecto, fuera la primera de las dichas. Ello hay tales 1 lO caprichos en el mundo, que eligieran los peores; y asi, favor fué de ¡a naturaleza el prevenirlos, pues aun los que le dió el cielo buenos, ellos, ó con su ejemplo ó con su descuido, vienen á hacerlos malos; que son muchos los que malogran favores de la naturaleza y de la fortuna.
No hay perfección donde no hay elección. Dos ventajas incluye el poder elegir y elegir bien. Donde no hay delecto, es un tomar á ciegas lo que el acaso ó la necesidad ofrecen. Pero al que le faltare el acierto, búsquelo en el consejo ó en el ejemplo, que se ha de saber ó se ha de oir á los que saben, para acertar.
NO SER MARAVILLA SÁTIRA Achaque es lodo lo muy bueno, que su mucho uso viene á ser abaso. Codicianlo todos por lo excelente, con que se viene á hacer común, y perdiendo aquella primera estimación de raro, consigue el desprecio de vulgar; y es lástima que su misma excelencia le cause su ruina. Truécase aquel aplauso de todos en un enfado de todos.
Esta es ía ordinaria carcoma de las cosas, muy plausibles en todo género de eminencia, que naciendo de su mismo crédito y cebándose BALTASAR GRAClÁff en SU misma ostentación, viene á derribar y aun á abatir la más empinada grandeza; basta á hacer una demasía de lucir de los mismos proídigios vulgaridades.
Gran defecto es ser un hombre para nada; pero también lo es ser para todo, ó quererlo ser. Hay sujetos que sus muchas prendas los hacen ser buscados de iodos. No hay negocio, aunque sea repugnante á su instituto y genio, que no se remita, ó á su dirección ó á su manejo; todos se pronostican la felicidad de cuanto ponen éstos mano, y aunque no sean entrometidos de si, su misma excelencia los descubre, y la conveniencia ajena los busca y los placea; de suerte que en ellos su mucha opinión obra lo que en otros su mucho entretenimiento. Pero esto es ya azar, si no defecto, y una como sobra de valor, pues vienen á rozarse y aun perder por mucho ganar. ¡Oh, gran cordura la de un buen medio! Pero, cquién supo ó pudo contenerse y caminar con esta seguridad?
Pensión es de las pinturas muy excelentes, de las tapicerías más preciosas, que en todas las fiestas hayan de salir, y como todo lo andan, reciben muchos encuentros, con que presto vienen á ser inútiles ó comunes, que es peor.
Hay algunos, ni pocos ni cuerdos, sobresalidos, amigos de que todos los llamen y busquen; dejarán el dormir y aun el comer, por no parar; no hay presente para ellos como un negocio, ni mejor día que el más ocupado; y las más veces no aguardan á que los llamen, que ellos se ingieren en todo, y añadiendo al entretenimiento la audiencia, que es forzar!a necedad, se exponen á grandes empeños; pero bien ó mal consiguen que todos hablan de sus cabellos, que es lo mismo que quitarlos la lengua para la murmuración y desprecio.
Aunque no hubiese otro desaire que aquel continuo topar con ellos, oír siempre hablar de ellos causa un tan enfadoso hartazgo, que vienen á ser después tan aborrecidos como fueron antes deseados.
No todo sale de sus manos con igual felicidad, y tal vez la que comenzó á ser una hazañosa vasija, deslizándose la rueda (ya sea la de la suerte), viene á rematar en un bellísimo vaso de su ignominia y descrédito. Métense á querer dar gusto á todos, que es imposible, y vienen á disgustar á todos, que es más fácil.
No escapan los que mucho lucen de envidiados ó de odiados, que á más lucimiento, más emulación. Tropiezan todos en el ladrillo que sobresale á los demás; de modo que no es aquélla eminencia, sino tropiezo; asi en muchos el querer campear no viene á ser realce, sino tope. Es delicado el decoro, y aun de vidrio, por lo quebradizo; y si muy placeado, se expone á más encuentros; mejor se conserva en su retiro, aunque ^ea en el hecho de su humildad.
Quieren algunos ser siempre los gallos de la publicidad, y cantan tanto que enfadan; bastaría una voz ó un par, para consejo ó desvelo; que lo demás es cantar mal y porfiar.
El manjar más delicioso, á la segunda vez pierde mucho de aquel primer agrado; á tres veces ya enfada; mejor fuera conservarse en las primicias del gusto, solicitando el deseo. Y si esto pasa en lo material, ¿cuánto más en el verdadero pasto del alma, delicias del entendimiento y del gusto? Y es éste delicado y mal contentadizo, cuanto mayor; más vale una excelente caridad, que siempre fue lo dificultoso estimado.
Al paso que un varón excelente, ya en valor, y ya en saber, ó sea en entereza, ó sea en prudencia, se retira, se hace codiciable; porque él a detenerse, y todos á desearle con mayor crédito y aun felicidad; toda templanza es saludable, y más de apariencia, que conserva la vida á la reputación.
Rózanse de estas malillas en todo género de emifiencias. Las hay también de la belleza, cuyo ostentarse, además del riesgo, tiene luego el castigo de la desestimación, y más adelante el desprecio.
¡Qué bien conoció este vulgar riesgo, y qué bien supo prevenirlo la celebrada Popea de Nerón! La que mejor supo lograr la mayor belleza, siempre la brujuleaba, que nunca hartó, ni los ojos de ella, avara con todos, envidiándola á SÍ misma. Franqueaba un día los ojos y la frente, y en otro la boca y las mejillas, sin echar jamás todo el resto de su hermosura, y ganó con esto la mayor estimación.
Gran lección es esta del saberse hacer estimar, de saber vender una eminencia, afectando el en. cubrirla, para conservarla, y aun aumentarla con el deseo, que en los Avisos al varón atento se discurrirá con enseñanza. Célebre confirmación la de las esmeraldas del indiano, y que declara esta sutileza con buen gusto. Traía gran cantidad de ellas en calidad igual. Expuso la primera al aprecio de un perito lapidario, que la pagó en admiración. Sacó la segunda, aventajada en todo, guardando el orden de agradar: pero bajóle éste por mitad la estimación, y con esta proporción fué prosiguiendo con la tercera y con la cuarta; al paso que ellas iban excediéndose en quilates, iba cediendo el aprecio. Admirado el dueño de semejante desproporción, oyó la causa con enseñanza nuestra; que la misma abundancia de preciosidad se hacía daño á sí misma^ y al paso que se perdía la raridad, se disminuía la estimación.
Oh, pues, el varón discreto, si quisiere ganar la inmortal reputación, juegue antes del basto que de la malilla. Sea un extremo en la perfección; pero guarde un medio en el lucimiento.
HOMBRE DE BUEN DEJO CARTA AL DOCTOR DON JUAN ORENCIO DE LASTANO- SA, CANÓNIGO DE LA SANTA IGLESIA DE HUESCA, SINGULAR AMIGO DEL AUTOR.
Si yo creyera á lo vulgar que había fortuna, también creyera (amigo canónigo y señor) que su casa era ia casa con dos puertas, muy diferentes la una de!a otra y encontradas en todo; porque la una está fabricada de piedras blancas, dignas de la más dichosa urna en el mejor día; y la otra su contraria, de piedras negras, que en su deslucimiento agüeran su infelicidad; majestuosamente alegre aquélla, y ésta lúgubremente humilde. Allí asisten el contento, el descanso, la honra, la hartura y las riquezas, con todo género de felicidad. Aquí la tristeza, el trabajo, el hambre, el desprecio y la pobreza, con todo el linaje de la desdicha; por el tanto, la una se se llama del placer y la otra del pesar. Todos los mortales frecuentan esta casa, y entran por una ■ de estas dos puertas; pero es ley inviolable, y que con sumo rigor se observa, que el que entra por la una haya de salir por la otra; de modo que ninguno puede salir por la que entró, sino por la contraria; el que entró por el placer, sale siempre por el pesar, y el que entró por el pesar, sale siempre por el placer.
ii6 ii6 Desaire común es de afortunados tener muy felices las entradas y muy trágicas las salidas. El mismo aplauso de los principios hace más ruidoso el murmullo de los fines. No está el punto en el vulgar consentimiento de una entrada, que esas todas las tienen plausibles; pero sí en el sentimiento general de una salida, que son raros los deseados.
¡Oh, cuantos soles habemos visto entrambos nacer con risa de la aurora y también nuestra, y sepultarse después con llanto del ocaso! Saludáronlos al amanecer las lisonjeras aves con sus cantos, al fin quiebros, y despidiéronlos al ponerse nocturnos pájaros con sus aúllos.
Todas las fachadas de los cargos son ostentosas, mas las espaldas humildes. Corónanse de Víctores las entradas de las dignidades, y de maldiciones las salidas. ¡Qué aplaudido comienza un mando! Ya por el vulgar gusto del mudar, ya por la concebida esperanza de los favores particulares y de los aciertos comunes; pero ¡qué callado fina! Que aun el silencio le sería favorable aclamación.
i Qué adorado, ó de la esperanza ó del temor, entra un valimiento, si él mismo no se desmintiera á la mitad de la dicción dividida, que aunque se varíe en privanza, no puede escapar al principio ó al íin de una pronosticada infelicidad. Todos los íines son desvíos, y todos los cargos paran en cargos, si no de la justicia, de la vení^ada murmuración. Transfórmase el contento de comenzar, en muchos descontentos al acabar. Aunque no haya otro azar más que el ponerse, que aun en un sol el caer ocasiona desvíos, obscurécese el esplendor y resfriase el afecto. Pocas veces acompaña la felicidad á los que salen, ni dura la aclamación hasta los fines; lo que se muestra de cumplida con los que vienen, de descortés con los que van.
Hasta las amistades se traban con el gusto v se pierden con la quiebra. Súbese volando al favor, y bájase de él rodando; y comúnmente en todos los empleos, y aun estados, se suele entrar por la puerta. del contento y de la dicha, y se sale por la del disgusto y de la desdicha.
Gala viste de extremos la fortuna, y hace gala de igualar; los pechos cubre de blanco, y de negro las espaldas, que el no esperarlas es dar en el blanco, ó gran extremo de la prudencia la atención á los extremos al acabar bien, poniendo más la mira en la felicidad de la salida que en el aplauso de la entrada; que no gobierna el despierto Palinuro su bajel por la proa, sino por la popa; allí asiste al gobernarle en el viaje de la vida.
Tienen algunos mu\ felices los principios en todo, y aun plausibles; entran en un cargo con aceptación, llegan á un puesto con aplauso, comienzan una amistad con favor; todo comenzar es con felicidad. Pero suelen tener estos tales ii8 comúnmente muy trágicos los fines, y los dejos muy amargos; quédase para la postre toda la infelicidad, como en vaso de purga la amargura.
Gran regla de comenzar y de acabar dió el romano cuando dijo que todas las dignidades y ios cargos los había cons'.-guido antes de desearlos, y todos los había dejado antes que otros los deseasen. Más es esto que lo primero, aunque todo mucho; aquello fué favor de la suerte, estotro fué asunto de una singular prudencia. Es tal vez castigo de la intemperancia la desdicha^ y gran gloria la del anticiparse. Consuelo es de sabios haber dejado las cosas antes que ellas los dejasen, y consejo el prevenirlas.
Puédese regular también la dicha, acompañándola con el buen modo hasta el buen dejo, y conservándola en la gracia de las gentes con tal arte, que la común aclamación del entrar se convierta en universal sentimiento del salir.
Nunca se ha de atabar con rompimiento, ya sea amistad, ya sea favor, empleo ó cargo; que toda quiebra ofende la reputación, demás de la pena que causa.
Pocos de los afortunados se escaparon los finales reveses de la fortuna, que suele tener malos dejos la gran dicha. Sí aquellos que con tiempo los retiró, ó la misma suerte ó la cordura. A otros, á los héroes, previno el mismo cielo de remedio, realzando misterioso su fm, como en Moysén desaparecido y en Elias arrebatado, haciendo triunfo del fenecer. Aun allá en la fabulosa gentilidad un Rómulo dudosamente acabó, transformándose la malicia de los senadores en misterio, qué le ocasionó mayor veneración.
Otros, aunque eminentes y aun héroes, borraron, como el dragón, con la infeHcidad de sus fines, la gloria de sus hazañas. Hiló Hércules, liccho Parca de su propia inmortalidad, y puso, liO colofón, sino colón á sus proezas, que asi se usa. Materia fué de sentimiento á los valerosos y de desengaño á los sabios.
Sola la virtud es el fénix, que cuando parece que acaba, entonces renace, y eterniza en veneración lo que comenzó por aplauso.
HOMBRE DE OSTENTACIÓN APÓLOGO Prodigiosos son los ojos de la envidia, mucho tienen del sentir, no querrían ver tanto como \ en; con ser los más perspicaces, nunca se vieron serenos; y si bien de ellos no pudo decir que tuvieron siempre buena vista, nunca más propiamente que cuando por los ojos de todas las aves miraron aquel portento alabado de la belleza, el pavón de Juno. Mirábanle sol de pluma amanecer con rayos, cuantos descoge plumajes en su bizarra rueda.
Del mirar se pasa al admirar, donde no hay pasión, que si la hay, luego degenera; y cuando no puede llegar á emulación, se convierte en la poquedad de la envidia. Cegáronse, pues, con tanto ver. Comenzó la corneja á malear, como más vil, después que quedó pelada con afrenta: íbase de unas á otras, solicitándolas á todas; ya las águilas en sus riscos, los cisnes en sus estanques, los gavilanes en sus alcandoras, los gallos en sus muladares, sin olvidarse de los buhos y lechuzas en sus lóbregos desvanes.
Comenzaba con una bien solapada alabanza, y acababa en una declarada murmuración. Hermoso es y galán, decía el pavón, no puede negarse; pero todo lo pierde cuando lo afecta, que el mayor merecimiento, el c la que se conoce á si mismo, no digo aun darse á conocer, cae de su nobleza y baja á liviandad; la alabanza en boca propia es el más cierto vituperio; siempre los que merecen más hablan de si menos. Hermosa era fábula, donairosa y entendida, y sobre todo, muchacha, y todo lo dejó de sen cantó el cisne de Bilbilis cuando trató de engreirse. Para mi tengo que si el águila ostentase sus reales plumas, que se llevaría los aplausos por lo majestuoso y por lo grave. He que el mismo fénix, único pasmo del orbe, aborrece esta vulgarísima ostentación, y vive más estimado en aquel su tan cuerdo como acreditado retiro.
De esta suerte no paraba de sembrar envidia.
y más en pequeños corazones, que de todo se llenan fácilmente. Es la envidia pegajosa, siempre halla de qué asir, hasta de lo imaginado. Fiera cruelísima, que con el bien ajeno hace tanto mal á su dueño propio. Comenzó á cebarse en las entrañas, ó para mayor tormento ó para desterrar de ellas toda humanidad. Conjuráronse todas para obscurecerle, ya que no destruirle su belleza. Produjeron astucia, sutilizaron su malicia en no declararse contra su hermosura, sino contra su ufanía. Porque si esto conseguimos, dijo la picaza, que él no pueda hacer aquel odiosísimo alarde de sus plumas, le eclipsamos de todo punto su belleza.
Lo que no se ve, es como si no fuese; y como dijo aquel avechucho satírico, nada es tu saber, si los demás ignoran que tú sabes; y dense por entendidas todas las demás prendas, aunque habló de la reina de todas. Las cosas comunmenie no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Son muchos más los necios que los entendidos, páganse aquéllos de la apariencia, y aunque atienden éstos á la substancia, prevalece el engaño y estimanse las cosas por de fuera. ' Fue ion á hacerle el cargo de parte de toda la república ligera, el cuervo, la corneja y la picaza, con otras de este porte; que las demás todas se excusaron, el águila por lo grave, el fénix por lo retirado, la paloma por lo sencillo, el faisán por lo peligroso y el cisne por lo callado, que piensa siempre, para cantar dulcemente una vez.
Volaron en su busca al majestuoso palacio de la riqueza. Encontraron luego con un papagayo, que estaba en un balcón y en una jaula, propia esfera de la locuacidad. Dijoles con facilidad grande cuanto supo, que fué cuanto quisieron, tinviáronle un recado con un gimió, holgóse mucho el pavón de su llegada, que logra las ocasiones de ostentarse. Recibiólos en un espacioso patio, teatro augusto de su ostentosa bizarría y paseado palenque de su competencia, galante con el. mismo sol plumas á rayos y rueda á rueda.
Pero salióle mal la ostentativa, cuanto más airosa; que aun lo muy excelente depende de circunstancias y no siempre tiene vez. Achaques de arpía son los de la envidia, que todo lo inficiona, y á fuer de basilisco, su mirar es matar; y aunque no suele hechizar la hermosura, aquí las irritó más, y trocando los aplausos en agravios, vulgarmente enfurecidas, le dijeron: «iQué bien que viene esto, oh, loco y desvanecido pájaro! con la embajada que te traemos de parte de todo el alígero senado. En verdad que cuando la oigas, que amaines la plumajería y que reformes la soberbia.
))Sabe que están muy ofendidas todas las aves de esta tu insufrible hinchazón, que asi llaman á esa gran balumba de plumas, y con mucho fundamento; porque es una odiosísima síngalaridad querer tú solo, entre todas las aves, desplegar esa vanísima rueda; cosa que ninguna otra presume, pudiendo tantas también mejor que tú; pues ni la garza tremola sus cirones, ni el avestruz placea sus plumajes, ni el mismo fénix vulgariza sus zafiros y esmeraldas, que no las llamo ya plumas. Mándante, pues, é inapelablemente ordenan, que de hoy más no te singularices: y esto es mirar por tu mismo decoro, pues si tuvieras más cabeza y menos rueda, repararás en que cuando más quieres placear la hermosura de tus plumas, entonces descubres la mayor de tus fealdades, que tales son tus extremos.
))Siempre fué vulgar la ostentación, nace del desvanecimiento. Solicita la aversión, y con los cuerdos está muy desacreditada. El gra\ e retiro, el prudente encogimiento, el discreto recato, viven a lo seguro, contentándose con satisfacerse á si mismos; no se pagan de engaño las apariencias, ni las venden. Bástase á si misma la realidad, no necesita de extrínsecos engañados aplausos; y. en una palabra, tú eres el símbolo de las riquezas, no es cordura, sino peligro el publicarla.))
Quedó suspenso el bellísimo pájaro de Juno, y cuando recordó de la turbación ó de la profundidad, exclamó asi: (íjOh alabanza, que siempre vienes de los extraños! iOh, desprecio, que siempre llegas de los propios! íEs posible que cuando me llevo los ojos de todos tras mi belleza, que eso denotan estos materiales de mis plumas, que así ande yo en lenguas de picaza^ y cornejas^ Que condenáis en mí la ostentación, y no la hermosura; el cielo, que me concedió ésta, me aventajó con aquélla; que cualquiera á solas fuera en balde de que sirviera la realidad sin la apariencia. La mayor sabiduría, hoy encargan políticos que consiste en hacer parecer. Saber y saberlo mostrar es saber dos veces. De la ostentación diría yo lo que otros de la ventura, que vale más una onza de ella, que arrobas de caudal sin ella. iQué aprovecha ser una cosa relevante en sí, si no lo parece?
))Si el sol no amaneciera haciendo lucidísimo alarde de sus rayos; si la rosa entre las flores se estuviera siempre encarcelada en su capullo, y no desplegara aquella fragante rueda de rosicleres; si el diamante, ayudado del arte, no cambiara sus fondos, visos y reflejos, ide qué sirvieran tanta luz, tanto valor y belleza, si la ostentación no los realzara? Yo soy el sol alado, yo soy la rosa de pluma, yo soy el joyel de la naturaleza; y pues me dió el cielo la perfección, he de tener también la ostentación.
))El mismo Hacedor de todo lo criado, lo primero á que atendió fué al alarde de todas las cosas, pues crió luego la luz, y con ella el lucimiento; y si bien se nota, ella fué la que mereció el primer aplauso, y ese divino; que, pues, la luz ostenta todo lo demás, el mismo Criador quiso ostentarla á ella. De esta suerte, tan presto era el lucir en las cosas, como el ser; tan válida está con el primero y sumo gusto la ostención.»
Y diciendo y haciendo, volvió á desplegar aquella su gran rodela de cambiantes, tan defensiva de su gala, cuan ofensiva á la envidia. Aquí ésta acabó de perder la cordura, y en conjuración de malevolencia arremetieron todas, el cuervo á los ojos y las demás á las plumas. Vióse en grande aprieto el pájaro bellísimo, y en sumo riesgo su bizarría; y aun dicen que del <asto le quedó aquella voz. que juntamente le denominaba, y significa pavoroso. No tuvo otra defensa que la ordinaria de la hermosura, de hablar alto; dió voces y muy agrias, invocando el favor del cielo y suelo. Voceaban también los contrarios por ahogarle hasia la voz, á cuyo grande estruendo acudieron por los aires muchas aves y por la tierra muchos brutos, aquéllas volando, éstos corriendo. Convocáronse las sabandijas todas de palacio, un león, un tigre, un oso }■ dos gimios á la famular defensa; y á los graznidos de los cuervos y los grajos, vinieron del campo el lobo y la vulpeja, creyendo eran clamores para dar sepultura á algún cadáver. Avisaron al águila también, que llegó muy asistida de sus guardas de rapiña. Interpuso el león su autoridad, que bastó á moderarlas, y