SigPhi · Baltasar Gracian

El Héroe; El Discreto (Farinelli, 1900)

Spanish

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Es varón juicioso y notante (hállanse pocos, y por eso más singulares), luego se hace señor de cualquiera suje^o y objeto. Argos al atender y lince al entender. Sonda atento los fondos de la mayor profundidad, registra cauto los senos del más doblado disimul'">, y mide juicioso los ensanches de toda capacidad. No le vale ya á la ne:edad el sagrado de su silencio, ni á la hipocresía la blancura del sepulcro. Todo lo descubre, nota, advierte, alcanza y comprende, definiendo cada cosa por su esencia Todo grande hombre fué juicioso, así como todo juicioso grande; que realces en la misma superioridad de entendido, son extremos del ánimo. Bueno es ser noticioso, pero no basta; es menester ser juicioso; un eminente crítico vale primero en sí, y después da su valor á cada cosa; califica los objetos y gradúa los sujetos; no lo admira todo ni lo desprecia todo; señala sí, su estimación á cada cosa.

Distingue luego cnt»e realidades ó apariencias, que la buena capacidad se ha de señorear de los objetos, no los objetos de ella, así en el conocer como en el querer. Hay zahoríes de entendimiento, que miran por dentro las cosas, no paran en la superficie vulgar, no se satisfacen de la exterioridad, ni se pagan de todo aquello que reluce; sírveles su critiquez de inteligente contraste, para distinguir lo falso de lo verdadero.

Son grandes descifradores de intenciones y de fines, que llevan siempre consigo la juiciosa contracifra. Pocas victorias blasonó de ellos el engaño y la ignorancia menos.

Esta eminencia hizo á Tácito tan plausible en lo singular y venerado á Séneca en lo común. No hay prenda más opuesta á la vulgaridad; ella sola es bastante á acreditar de discreto. El vulgo, aunque fué siempre malicioso, pero no juicioso, y aunque todo lo dice, no todo lo alcanza; raras veces discierne entre lo aparente y lo verdadero; es muy común la ignorancia y el error muy plebeyo. Nunca muerde sino la corteza, y así todo se lo bebe y se lo traga, sin acaso de mentira.

¡Que es de ver uno de estos censores del valor y descubridores del caudall ¡Cómo emprenden dar alcance á un sujeto! ¡Pues qué, si reciprocamente dos juiciosos se embisten á la par, con armas iguales de atención y de reparo, deseando cada uno dar alcance á la capacidad del otro! ¡Con qué destreza se acometen! ¡Qué precisión en los tientos! ¡Qué atención á la razón! ¡Qué examen de la palabra! Van brujuleando el ánimo, sondando los afectos, pesando la prudencia. No se satisfacen de uno ni de dos aciertos, i6o que pudo ser ventura, ni de dos buenos dichos, que pudo ser armenia.

De esta suerte van haciendo anatomía del ánimo, examen del caudal, rcgisirando y ponderando tanto los discursos como los afectos, que de la excelencia de entrambos se integra una superior capacidad. No hay halcón que haga más puntas á la presa, ni Argos que más ojos multiplique, como ellos atenciones á la ajena atención; de modo, que hacen anatomía de un sujeto hasta las entrañas y luego le definen por propiedades y esencia.

Es gran gusto encontrar con uno de éstos y ganarle, que si no es en fe de la amistad, no franquean sa sentir; recátanse, que los que son prontos al censurar son recatados al hablarlo; observan inviolablemente aquella otra gran treta de vsentir con los pocos y de hablar con los muchos, pero cuando en seguro de la amistad y á espaldas de la confianza desahogan su concepto. [Oh, lo que enseñan! ¡Oh, lo que iluminan! Dan su categoría á cada uno, su vivo á cada acción, su estimación á cada dicho, su calificación á cada hecho, su verdad á cada intento. Admírase en ellos ya extravagante reparo, ya la profunda observación, la sutil nota, la juiciosa crisis, el valiente concebir, el prudente discurrir, lo mucho que se les ofrece y lo poco que se les pasa.

Tiembla de su crisis la más segura eminenciay depone la propia satisfacción, porque sabeelrígoi l6l de su acertado juicio, que es el crisol de la fineza; pero la prenda que sale con aprobación de su contraste, puede pasar y lucir dondequiera. Queda muy calificada y más que con toda la vulgar estimación, la cual, aunque sea extensa, no es segura, tiene á veces más de ruido que de aplauso; y asi, no pudiendo mantenerse en aquel primer crédito, dan gran baja los ídolos del vulgo, porque no se apoyaron en la basa de la substancial entereza. Vale más un sí de un valiente juicio de éstos que toda la aclamación de un vulgo, que no sin causa llamaba Platón á Aristóteles toda su escuela y Antigono á Cenón todo el retraio de su fama.

Requiere, ó supónese este valientisimo realce, otros muchos en su esfera, lo comprensivo, lo noticioso, lo acre, lo profundo, y si supone unos condena á otros, como son la ligereza en el querer, lo exótico en el concebir, lo caprichoso en el discurrir, que lodo ha de ser acierto y entereza.

Pero nótese que el censurar está muy lejos del murmurar, porque aquél dice indiferencia y éste predeterminación á la malicia. Un integérrimo censor, asi como celebra lo bueno, asi condena lo malo, con toda equidad de diferencia. No encarga este aforismo que sea maleante el discreto, sino entendido; no que todo lo condene, que seria aborrecible destemplanza de juicio, ni tampoco que iodo lo aplauda, que es pedantería. Hay algunos que luego topan con lo malo en cualquier cosa, y aun lo entresacan de mucho bueno; conciben como víboras y revientan por parir, proporcionando castigo á la crueldad de sus ingenios- una cosa es ser Momo de mal gusto, pues se cura en lo podrido, otra es un integérrimo Catón, finísimo amante de la equidad.

Son éstos como oráculos juiciosos de la verdad, inapasionables jueces de los méritos, pero singulares, que no se rozan sino con otros discretos, porque la verdad no se puede fiar, ni á la malicia ni á la ignorancia, aquélla por mal fin y ésta por incapaz; mas cuando por suma felicidad se encuentran dos de éstos y se comunican sentimiento, crisis, discursos y noticias, señálese aquel rato con preciosa piedra y dediqúese á las Musas, á las Gracias y á Minerva.

Ni es solamente especulativa esta discreción, sino muy práctica, especialmente en los del mando, porque á la luz de ella descubren los talentos para los empleos, sondan las capacidades para la distribución, miden las fuerzas de cada uno para el oficio y pesan los méritos para el premio, pulsan los genios y los ingenios, unos para de lejos, otros para de cerca, y todo lo disponen porque todo lo comprenden. Eligen con arte, no por suerte; descubren luego los realces y los defectos en cada sujeto, la eminencia ó la medianía, lo que pudiera ser más y lo que menos. No tiene aquí lugar la pía afición, que primero es la conveniencia, no la pasión ni el engaño, los dos escollos celebrados de los aciertos, que 3i éste es engañarse aquélla es un quererse engañar. Siempre integérrimos jueces de la razón, que sin ojos ven más y sin manos todo lo tocan y lo tantean.

Gran felicidad es la libertad de juicio, que no la tiranizan ni la ignorancia común ni la afición especial; toda es de la verdad, aunque tal vez por seguridad y por afecto lo quiere introducir al sagrado de su interior, guardando su secreto para si.

Demás de ser deliciosa, que realmente lo es esta gran comprensión de los objetos, y más de los sujetos de las cosas y de las causas, de los efectos y afectos, es provechoso también su mayor asunto, y aun cuidado es discernir entre discretos y necios, singulares y vulgares, para elección de íntimos, que asi como la mejor treta del jugar es saber descartarse, así la mayor regla del vivir es el saber abstraer.

De esta suerte discurría con el autor el juicioso, el comprensivo, el grande entendedor de todo, el excelentísimo señor duque de Híjar, sucesor en lo entendido y discreto del renombre de Salinas y Alenquer, no sólo en el título, sino en la eminente realidad, que es eco este discurso de tan magistral oráculo.

CONTRA LA HAZAÑERÍA SÁTIRA ¡Oh gran maestro aquel que comenzaba á enseñar desenseñando! Su primera lección era de ignorar, que no importa menos que el saber. Encargaba, pues, Antístenes á sus Tirones desaprender siniestros para mejor después aprender aciertos.

Grande asunto es el conseguir singulares prendas, pero mayor es el huir vulgares defectos, porque uno solo basta á eclipsarlas todas, y todas juntas no bastan á desmentirlo solo. Por una pequeña travesura de una facción fué condenado todo un rostro á no parecer, y toda la belleza de las demás no es bastante á absolverle de feo.

Los defectos, que por descarados son más conocidos, fácilmente los declina cualquier medianamente discreto; pero hay algunos tan disimulados por revestidos de capa de perfección que pretenden pasar plaza de realces, especialmente cuando se ven autorizados.

Uno de éstos es la hazañería, que aspira, no á excelencia como quiera, sino de las muy plausibles, y halla favor para ello en grandes personajes, ingiriéndose ya en las armas, ya en las letras, hasta en la misma virtud, y aun se roza con casi héroes; pero verdaderamente no lo son, pues con poco se llenan la boca y el estómago, no acostumbrado á grandes bocados de la fortuna.

Hacen muy del hacendado los que menos tienen porque andan á caza de ocasiones y las exageran, ya que las cosas valen menos que nada, ellos las encarecen. Todo lo hacen misterio con ponderación, y de cualquier poquedad hacen asombro. Todas sus cosas son las primeras del mundo y todas sus acciones hazañas; su vida toda es portentos y sus sucesos milagros de la fortuna y asuntos de la fama. No hay cosa en ellos ordinaria; todas son singularidades del valor, del saber y de la dicha, camaleones del aplauso, dando á todos hartazgos de risa.

Fué necio siempre todo desvanecimiento, mas la jactancia es intolerable. Los varones cuerdos aspiran antes á ser grandes que á parecerlo. Estos se contentan con sola la apariencia, y asi en ellos no es argumento de sublimidad el querer parecer, antes bien de una verdadera poquedad, que cualquiera cosa les pareció mucho.

Nace la hazañería de una desvanecida poquedad y de una abatida inclinación, que no todos los ridículos andantes salieron de la Mancha, aates entraron en la de su descrédito. Parecen increíbles tales hombres, pero los hay de verdad, y tantos, que tropezamos con ellos y les oímos cada día sus ridiculas proezas, aunque más las quisiéramos huir; porque si fué enfadosa siempre la soberbia, aquí reída, y por donde buscan los más la estimación topan con el desprecio, cuando se presumen admirados, se hallan reidos de todos.

No nace alteza de ánimo, sino de vileza de corazón, pues no aspiran á la verdadera honra, sino á la aparente; no á las verdaderas hazañas, sino á la hazañería. De esta suerte hay algunos que no son soldados, pero lo desean ser, y lo afectan y lo procuran parecer, buscan las ocasiones y cualquiera niñería que se les ofrezca la celebran.

Muéstranse otros muy ministros, afectando celo y ocupación, grandes hombres de hacer siempre negocio del no negocio; no hay chico pleito para ellos; de las motas levantan polvaredas y de pocas cosas mucho ruido; véndense muy ocupados, hambreando reposo y tiempo; hablan de misterio en cada ademán ó gesto; encierran una profundidad entre exclamaciones y reticencias, de suerte que llevan más máquina que el artificio de Juanelo, de igual ruido y poco provecho.

Andan otros mendigando hazañas, hormiguillas del honor, que con un solo grano, que á veces más ¿erá paja, van afanados y satisfechos, que las valientes pías que tiran el plaustro de Ceres, el carro del lucimiento; y es muy de gallinas cacarear todo un día y al cabo poner un huevo. Andan de parto soberbios é hinchados montes y abortan después un ridículo ratón.

Gran diferencia hay de los hazañosos á los hazañeros, y aun oposición, porque aquéllos cuanto mayor es su eminencia ia afectan menos; contóncanse con el hacer y dejan para otros el decir, que cuando no, las mismas cosas hablan harto. Que si un César se comentó á si mismo, excedió su modestia á su valor, no fué afectar la alabanza, sino la verdad; aquéllos dan las hazañas, éstos las veaden y aun las encarecen, inventando trazas para ostentarlas; un acierto mecánico, después de mil yerros ci^áles y aun criminales, lo blasonan, lo pregonan, y no hallando hartas plumas en las de la fama, alquilan plumas de oro, para que escriban lodo con asco de la cordura.

rcro que estos aesvanecidos Hagan tiazaneria de su nada, excusa tienen en su pasión, que al fin ella y su necedad todo se cae en casa; pero que un gran necio de éstos haga tantos y mayores, dándoles á beber hasta hartar con sus disparates, que estos idólatras de ignorancia veneren sus desatinos, es una inexcusable vulgarísima poquedad, no digo ya de los que políticos violentados de la dependencia no Ies entra de los dientes adentro la ignorancia, así como les sale de solos los dientes afuera la afectada alabanza, porque éstos son lisonjeros de malicia; y como no procede de engaño, quedan absueltos de ignorancia, condenados á adulación; pero que haya necios en causa y provecho de otro, es caerse la necedad en casa propia y la vanidad en la ajena.

No fueron triunfos los de Domiciano, sino hazañerías; de lo que no hicieran reparo un César, un Augusto, hacían aplauso Caligula y Nerón; Triunfaban tal vez por haber muerto un jabalí, que no era triunfo, sino porquería.

Las plumas de la fama no son de oro, porque no se alquilan; pero resuenan más que la sonora plata-, no tienen precio; pero le dan á los méritos de aplausos.

DILIGENTE É INTELIGENTE EMBLEMA Dos hombres formó Naturaleza, la Desdicha los redujo á ninguno; la Industria después hizo uno de los dos. Cegó aquél, encojó éste, y quedaron inútiles entrambos. Llegó el Arte, invocada de la Necesidad, y dióles el remedio en el alternado socorro, en la recíproca independencia.

Tú, ciego, le dijo, préstale los pies al cojo; y tú, cojo, préstale los ojos al ciego. Ajustáronse, y quedaron remediados. Cogió en hombros el que tenia pies al que le daba ojos, y guiaba el que tenia ojos al que le daba pies. Este llamaba al otro su atlante, y aquél á éste su cielo.

Vió este prodigio de la Industria un varón juicioso, y reparando en él, codiciándole para un ingenioso emblema, preguntó bien, que cuál llevaba á cuál. Y fuéle respondido de esta suerte: Tanto necesita la diligencia de la inteligencia como al contrario. La una sin la otra valen poco; juntas pueden mucho. Esta ejecuta pronta la que aquélla detenida medita, y corona una diligente ejecución los aciertos de una bien intencionada atención.

Vimos ya hombres muy diligentes, obradores de grandes cosas, ejecutivos, eficaces, pero nada inteligentes; y de uno de ellos dijo un critico frescamente, alabando otros su diligencia: ((Que si el tal fuera tan inteligente como era diligente, fuera sin duda un gran ministro del monarca grande.»

Pero á éstos nada se les puede fiar á solas, pues el mayor riesgo corre en su correr; yerran aprisa, si los dejan, y emplean toda su eficacia en desaciertos; no es aquello acabar los negocios, sino acabar con ellos, que parece que corren á la posta, digo, á caballo todo, sin caer jamás de su necedad. Es lo bueno que comúnmente estos tales aborrecen el consejo y lo truecan en ejecución.

Pasión es de necios el ser muy diligentes, porque como no descubren los topes, obran sin reparos; corren porque no discurren; y como no advierten, tampoco advierten que no advierten; que quien no tiene ojos para ver, menos los tendrá para verse.

Hay sujetos que son buenos para mandado.^, porque ejecutan con felicísima diligencia*, nías no valen para mandar, porque piensan mal y eligen peor, tropezando siempre en el desacierto. Hay hombres de todos gremios, unos para primeros y otros para segundos.

Pero no es menor infelicidad la de una grande inteligencia sin ejecución*, marchitanse en flor sus concebidos aciertos, porque los comprendí* el hielo de una irresolución y pérdida de aquella su fragante esperanza, se malogran con el dejamiento.

Resuelven algunos con extremada sindéresisdecretan con plausible elección y piérdensc después en las ejecuciones, malogrando lo excelente de sus dictámenes con la ineficacia de su remisión*, arrancan bien y paran mal, porque pararon; discurren mucho, que es lo más; hacen juicio y aun aprecio de lo que conviene, y por una ligera fatiga del ejecutarlo lo dejan todo perder. Otros hay poco aplicados á lo que más importa, y se apasionan por lo que menos conviene hasta llegar á tener antipatía con su obligación; que no siempre se ajustan el genio y el empleo, y topando más dificultad en lo que abrazan, el gusto todo lo vence; de suerte que nace la fuga más de horror que de temor, más de enfado que de trabajo. Es don, y grande, la buena aplicación, que no siempre se casa ni con el oficio ni con el cargo, aunque sea soberano. jQaé de veces degenera de lo heroico y se destina á una vulgarísima nada!

Bien que todos los sabios son detenidos, que del mucho advertir nace el reparar, asi como descubren todos los inconvenientes, querrían también prevenir todos los remedios; con esto raras veces recae la diligencia sobre la inteligencia. En los que gobiernan se desea aquélla, y ésta en los que pelean, y si concurren, hacen un prodigio.

Fué la mayor presteza en Alejandro madre de la mayor ventura; conquistólo todo (decía él mismo), dejando nada para mañana; iqué hiciera para otro año> Pues César, aquel otro ejemplar de héroes, decía que sus increíbles empresas antes las había concluido que consultado, ó por que su misma grandeza no le espantase, ó porque aun el pensarlas no le detuviese, gran palabra suya el vamos, y nunca el vayan los otros. Basta la presteza á hacer rey de las fieras al león, que aunque muchas de ellas le ganan, unas en armas, otras en cuerpo y otras en fuerzas, él las vence á todas en fe de su presteza.

Este es aquel excedido exceso que entre sí mantienen los valerosos españoles y los belicosos franceses, igualando el cielo la competencia, contrapesando la prudencia española á la presteza francesa. Opuso la detención de aquéllos á la cólera de éstos; lo que le falta al español de prontitud, lo suple con el consejo; y al contrario, la temeridad en el francés es lustre de su increíble diligencia. Con esto andan equivocadas las victorias y paralelos los sucesos, según las contingencias y los tiempos. Tomóles el pulso César á entrambas naciones, y venció á la una previniendo, y á la otra esperando. A entrambas pudiera encargar el grande Augusto su festina lente en empresas, é hiciera un medio muy acertado.

Tiene lo bueno muchos contrarios, porque es raro, y los males muchos; para lo malo todo ayuda. El camino de la verdad y del acierto es único y dificultoso; para la perdición hay muchos médicos y pocos remedios. Contra lo conveniente todas las cosas se conjuran, las circunstancias se despintan, la ocasión pasando, el tiempo huyendo, el lugar faltando, la sazón mintiendo y todo desayudando; pero la inteligencia y la diligencia todo lo vence.

DEL MODO Y AGRADO CARTA AL DOCTOR DON BARTOLOMÉ DE MORLANES, CAPELLÁN DEL REY, NUESTRO SEÑOR, EN LA SANTA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR DE ZA- RAGOZA.

Por este gran precepto, señor mío, mereció Cleobulo ser el primero de los sabios; luego él será el primero de los preceptos. Mas si el enseñarlo basta á dar renombre de sabio, y el primero, cqué le quedará para el que lo observad Que el saber las cosas y no obrallas, no es ser filósofo, sino gramático, Tanto se requiere en las cosas la circunstancia como la substancia; antes bien lo primero con que topamos no son las esencias de las cosas, sino las apariencias; por lo exterior se viene en conocimiento de lo interior, y por la corteza del trato sacamos el fruto del caudal; que aun á la persona que no conocemos, por el porte la juzgamos.

Es el modo una de las prendas del mérito, y que cae debajo de la atención; puédese adquirir, y por eso la falta de ello es inexcusable; bien -lue en algunos tiene principio del buen natural, pero su complemento de la industria; en otros toda es del arte, que puede el cuidado de ésta suplir los olvidos de aquélla, y aun mejorarlos; pero cuando se juntan hacen un sujeto agradable con igual facilidad y felicidad.

Es también de las bellezas transcendentales á todas las acciones y empleos. Fuerte es la verdad, valiente la razón, poderosa la justicia; pero sin un buen modo todo se desluce, asi como con él todo se adelanta. Cualquiera falta suple aun las de la razón, los mismos yerros dora, las fealdades afeita, desmiente los desaires y todo lo disimula.

¡Qué de materias graves é importantes se gastaron por un mal modo, y qué de ellas ya de desahuciadas se mejoraron y concluyeron por el bueno!

No basta el grande celo en un ministro, el valor en un caudillo, el saber en un docto, la potencia en un príncipe, si no lo acompaña todo esta importantísima formalidad. Es político adorno de los cetros, esmalte de las coronas; antes bien en ningún otro empleo es más urgente que en el mandar. Obliga mucho que los superiores más recaban humanos que despóticos. Ver en un príncipe que cediendo á la superioridad se vale de la humanidad, obliga, doblado; primero se ha de reinar en las voluntades y después en la posibilidad. Concilia la gracia de las gentes, y aun el aplauso, si no por naturaleza, por arte; que el que lo admira, no mira si es propio ó si es postizo, gózalo con aclamación.

Es tan útil como acepto. Cosas hay que valen poco por su ser, y se estiman por su modo. Pudo dar novedad á lo pasado y ayudarle á volver y aun tener vez. Si las circunstancias son á lo práctico, desmienten lo cansado de lo viejo. Siempre va el gusto adelante, nunca vuelve atrás; no se ceba en lo que ya pasó, siempre pica en la novedad; pero puédesele engañar con lo flamante del modillo. Remózanse las cosas con las circunstancias, y desmiéntesele el acaso de lo rancio y el enfado de lo repetido, que suele ser intolerable y más en imitaciones, que nunca pueden llegar ni á la sublimidad ni á la novedad de primero.

Vese esto más en los empleos del ingenio, que aunque sean las cosas muy sabidas, si el modo del decirlas en el retórico y del escribirlas en el historiador fuere nuevo, las hace apetecibles.

Cuando las cosas son selectas, no cansa el repetirlas hasta siete veces; pero aunque no enfadan, no admiran, y es menester guisallas de otra manera para que soliciten la atención; es lisonjera la novedad, hechiza el gusto, y con sólo variar de sainete se renuevan los objetos, que es gran arte de agradar.

¡Cuántas cosas muy vulgares y ordinarias las pudo realzar á nuevas y excelentes, y las vendió á precio de gusto y de admiración! Y al contrario, por escogidas que sean, sin este sainete no pican el gusto ni consiguen el agrado.

Préciase de discreto y lo es. Las mismas cosas dirá uno que otro, y con las mismas lisonjeará éste y ofenderá aquél. Tanta diferencia é importancia puede caber en el cómo, y tanto recaba un buen término y desazona el malo; y si la falta de él es tan notable, iqué será un modo positivamente malo y afectadamente desapacible, y más en personas de empleo universal? Y vimos en muchos, y aun censuramos, que la afectación, la soberbia, la sequedad, la grosería, la insufribilidad y otras monstruosidades paralelas, los hicieron inaccesibles. Pequeño desmán es, ponderaba un sabio, el sobrecejo en ti, y basta á desazonar toda la vida; al contrario, el agrado del semblante promete el del ánimo, y la hermosura afianza la suavidad de la condición.

Sobre todo se precia de dorar el no, de suerte que se estime más que un si desazonado; azucara con tanta destreza las verdades, que pasan plaza de lisonjas, y tal vez, cuando parece que lisonjea, desengaña, diciéndole á uno, no loque es, sino lo que ha de ser.

El es único refugio de cuantos les falta el natural, que entonces se socorren del modo, y alcanzan más con el cuidado que otros con la natural perfección; suple faltas esenciales, y con ventajas en todos los superiores é ínfimos empleos; lo bueno es que no se puede definir, porque no se sabe en qué consiste; ó si no, digamos que son todas las tres Gracias juntas en un compuesto de toda perfección.

Y porque no apelemos siempre de prodigios '. la antigüedad, ni menos lo heroico de lo pasado, veneró moderna la admiración y celebró el universal aplauso en su punto, digo en su extremo, esta galante prenda en ¡acatólica, en la heroica y también grsnde,!a reina, nuestra señora doña Isabel de Borbón, aquella que no ya prosiguió, sino que adelantó la gloria del renom-* bre y la felicidad de los aciertos de las Isabelas Católicas de España. Entre singulares muchos coronados realces sobreostentaba un tan bizarro modo, un tan soberano agrado, que de robar los corazones de sus vasallos, llegó á hechizar los afectos; más recababa una humanidad suya que toda una real divinidad. Obró mucho en poco tiempo, vivió plausible, murió llorada. Envidiáronla, ó la muerte el alzarse con el mundo, ó el cielo lo ángel y lo santo. Arrebatáronla entrambos á nuestra mejorada dicha, consiguiendo acá el renombre de deseada, que es el primero en las reinas, y allá la gloria, qtie es la última felicidad.

ARTE PARA SER DICHOSO FÁBULA Tiene la mentida fortuna muchos quejosos y ningún agradecido, llega éste descontento hasta las bestias, ^pero á quién mejoré El más quejoso de todos es el más simple. Ibase éste cuajando de corrillo en corrillo, y hallaba, no sólo* compasión, pero aplauso, especialmente en el vulgo.

Un día, pues, aconsejado de muchos y acompañado de ninguno, dicen que se presentó en la audiencia general del soberano Júpiter; aqui profundamente humilde que le es de agradecer á un necio, y otorgada la inestimable licencia de ser escuchado, pronunció mal esta peor trazada arenga: (dntegérrimo Júpiter, que justiciero y no vengador te deseo; aquí tienes ante tu majestuosa presencia el más infeliz, sobre ignorante, de los brutos, solicitando, no tanto la venganza de mis agravios cuanto el remedio de mis desdichas. cCómo pasa, ¡oh numen eterno! tu entereza por la impiedad de la fortuna, sólo para mi ciega, tirana y aun madrastra? Ya que la naturaleza me hizo el más simple de los animales, que es decir cuanto se puede, cpor qué esta cruel á tanta carga ha de añadir la sobrecarga de desdichado, violando el uso y atropellando la costumbre. Me hace ser necio y vivir descontento, persigue la inocencia y favorece la malicia; el soberbio león triunfa; el tigre cruel vive, la vulpeja, que á todos engaña, de todos se ríe; el voraz lobo pasa, yo solo, que á ninguno hago mal, de todos le recibo; como poco, trabajo mucho, nada del pan, todo del palo; tráeme desaliñado y yo, que me soy feo, no puedo parecer entre gentes, y sirvo de acarrear villanos, que es lo que más siento.))

Conmovió grandemente esta lastimosa proclamación á todos los circunstantes; sólo Júpiter, severo, que no se inmuta asi vulgarmente, alargó la mano sobre que habla estaJo, no tanto recodado, cuanto reservando para la otra parte aquel oído, hizo ademán que llamasen para dar su descargo á la fortuna.

Partieron en busca de ella muchos soldados, estudiantes y pretendientes; anduvieron por muchas partes y en ninguna la hallaban. Preguntaban á unos y á otros y ninguno sabia dar razón. Entraron en la casa del poderoso Mando, y era tanta la confusión y la priesa con que todos, sin discurrir, se movían, que no hallaron quien les respondiese, ni aun les escachase, aunque toparon con muchos. Discurrieron ellos que sin duda no debía de estar entre tanto desasosiego, y no se engañaron. Pasaron á la casa de la Riqueza, y aquí les dijo el Cuidado que había esi8o tado, pero muy de paso, no más de para encomendar algunos haces de espinas y unos talegones de leznas. Entraron en la quinta de la Hermosura, que está muy cerdea del sexto, para pagarlo por las setenas; toparon con la Necedad, y sin preguntaros más, pasaron á la de la Sabiduría; respondióles la Pobreza que tampoco estaba allí, pero que de día en día la aguardaba.

Sola les quedaba ya otra casa, que estaba sola á la derecha acera. Llamaron, por estar muy cerrada, y salió á responderles una tan hermosa doncella, que creyeron ser alguna de las tres Gracias, y asi, le preguntaron, cuál era. Respondió con notable agrado que era la Virtud. En esto salía ya de allá dentro, y de lo más interior, la Fortuna, muy risueña; intimáronla el mandato, y obedeció ella, como suele, volando á ciegas.

Llegó muy reverente al sacro trono, y todos los del cortejo la hicieron muchas cortesías, y aun zalemas, por recambiarlas. cQué es esto, oh, Fortuna, dijo Júpiter, que cada día han de subir á mí las quejas de tu proceder? Bien veo cuán dificultoso es el asunto de contentar, cuanto más á muchos, y á todos imposible; también me consta que á los más les va mal, porque Ies va bien, y en lugar de agradecer lo mucho que les sobra, se quejan de cualquier poco que les falte; es abuso entre los hombres nunca poner los ojos en el saco de las desdichas que los otros, sil8l no en el de las felicidades, y al contrario en si mismos; miran el lucimiento del oro de una corona, pero no el peso ó el pesar. Por tanto, yo nunca hago caso de sus quejas, hasta ahora; que las de éste, de todas maneras infeliz, traen alguna apariencia.

Mirósele la fortuna de reojo, iba á sonreírse, pero advirtiendo dónde estaba, mesuróse, y muy caricompuesta dijo: «Supremo Júpiter, una palabra sola quiero que sea mi descargo, y sea ésta: si él es un asno, {de quién se queja?» Fué muy reída de todos la respuesta, y del mismo Jove aplaudida; y en confirmación de ella y enseñanza del necio acusador, más que consuelo, le dijo: ((Infeliz bruto, nunca vos fuérades tan desgraciado, si fuérades más avisado. Andad, y procurad ser de hoy en adelante despierto como el león, prudente como el elefante, astuto como la vulpeja y cauto como el lobo. Disponed bien los medios, y conseguiréis vuestros intentos; y desengáñense todos los mortales (dijo alzando la voz), que no hay más dicha ni más desdicha que prudencia ó imprudencia.

CORONA DE LA DISCRECIÓN PANEGIRIS Caerían á la lengua los huesos del cuerpo humano, su tan numerada flaqueza-, ponderaban aquella su liviandad, con que no repara en anticiparse al mismo entendimiento, y no acababan de exagerar los vulgares empeños de su ligereza.

Pero la lengua no faltándose á sí misma, defendíase con eí corazón, que siendo principio de la vida y rey de los demás miembros, es también de carne todo él. Excusábase con el cerebro, que siendo asiento de la sindéresis, es muy más muelle que ella*, pero no le valía, porque respondieron entrambos por si, el corazón representando su valor, y el cerebro apoyando su mucha estsbilidac].

Viendo la lengua lo que ía apuraban, sacando fuerzas de su propia flaqueza, dijo: ((¡Qué, tan débil os parezco! Pues advertir que si yo quiero, soy más fuerte que el más sólido de todos vosotros*, y aquí donde me veis toda de carne, basto yo á qubrantar diamantes, que no digo ya huesos.» Riéronlo mucho todos, especialm.ente los dientes que hicieron amago de detenella, como suelen. «Si, yo lo digo, repitió ella, y lo probaré con tal evidencia, que todos la confeséis con aclamación. Sabed, y nótelo todo el mundo, que cuando yo digo la verdad, soy lo fuerte de lo fuerte; nadie entonces me puede contrastar, y en fe de ella, todo lo sujeto.

))Fuerte es un rey que todo lo acaba; más fuerte es una mujer, que todo lo recaba; fuerte es el vino, que ahoga la razón; pero más fuerte es la verdad y yo qae la mantengo.)) Verdad, verdad, exclamaron todos, y diéronse por vencidos. Quedó triunfante ja lengua, haciéndose mil en repetir y en celebrar este victorioso suceso.

Tiene esta gran reina su retiro en el corazón y su tribunal en la lengua; aquí vienen á parar todas las causas, si no de primera instancia, por apelación de desengaño.

Asi sucedió en aquella célebre contienda que tuvieron entre si las más sublimes prendas de un varón consumadamente perfecto, sobre el ya globo de oro, para ápice de su inmortal cororja. Contendían la alteza de ánimo, la majestad de espíritu, la estunación, la reputación, la universalidad, la ostentación, la galanteria, el despejo, la plausibilidad, el buen gusto, la cultura, gracia de las gentes, la retentiva, lo noticioso, lo juicioso, lo inapasionable, lo desafectado, la seriedad, el señorío, la espera, lo agudo, el buen modo, lo práctico, lo ejecutivo, lo atento, la simpatía sublime, la incomprensibilidad, laindefinibilidad, con otras muchas de este porte y grandeza.

Comenzó al principio por una generosa emulación, y vino á parar después en un bando lan declarado cuan esclarecido; no sólo ya entre las mismas prendas, sino entre los valederos de ellas. Eran éstos, aunque pocos, sin^^ulares, los mayores hombres de los siglos, gigantes todos déla fama, prodigios de las eminencias; al fin, todos ellos inmortales héroes.

Compeiian como apasionados y diligenciaban como poderosos, adelantando cada uno su realce; los sabios por razón, los valerosos por fuerza y ios poderosos por autoridad. Fué tal el tesón de inmortalidad, con tal infamación de aplauso que se vió arder todo el reino de la heroicidad en esta lucida guerra.

Discurría varia la fama y muy equívoca la fortuna, según los tiempos, los usos y los genios de las gentes; con que cada uno abundaba en su sentir, y nunca se declaraba la victoria. Considerando los varones sabios que el litigio fué hijo del caos y parto de la confusión, propusieron á los demás el llevar esto por tela de juijuicio y no de la contienda; convinieron todos, y remitiéronse al acierto de una sabia, prudente y justísima sentencia. Más de una dificultad, como se suele, dieron en otra mayor, y fué á qué tribunal acudirían.

Porque Astrea, muchos días ha que desahuciando el mundo, se retiró al cielo; ir á Momo, era condenarse todos; porque la murmuración