SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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Para producir grandes bienes, no basta que un principio sea en sí bueno y de naturaleza fecunda, sino que es menester ade^ mas que pueda ejercersu influencia sobre los objetos que han d(í |)articipar de sus beneficios: es indispensable que el principio esté arraigado en el lugar de su acción, y qua por medio de estensas ramificiKiones pueda trasmitir sus bení'Ucos resultados desde el corazón hasta las eslremidades delcuerpo social. Asi que, por mas que la Religión Católica sea d(í suyo muy á propósito para labrar la felicidad de los pueblos y hacerlos adelantar en la carrera de la civilización, vano fuera presentarla como áncora de esperanza de regeneración inmediata, á un pueblo, que ó no la hubiese abrazado jamás, ó la hubiese abandonado. Ent(mces podria ser esa religión un remedio mas ó menos poderoso, ñero cuya eficacia no pudiera hacerse sentir nasta pasado largo tiempo. Porque la vida de los pueblos es vida ae siglos; y ni en bien ni en mal, se palpan instantáneamente los resultados de un principio (pie la afecta de nuevo.

Advertimos todo esto para observar en seguida que si no estuviésemos en la profunda convicción de que la Religión Católica domina todavía en el entendimiento y en el corazón de la generalidad de los españoles, no alimentariainos la esperanza de que en dias muy lejanos haya de ver nuestra deígrflciadn pnlrin scnlados los finuiainentns do su prosperidad y ventura liajo la enseñanza y la iuspiracion de a({uella lleli;;ion sid)lime, que la sostuvo por espacio de orho si^'los en su giganlesca lucha con el islamismo, (Míe acompañó su pabellón triunfante al descubrimiento v conquista de nuevos mundos, que condujo sus huestes invencibles á las costas de Africa, que bendecía los laureles de sus ejércitos en Italia, en Francia y en Flandes, haciéndola resi>etar y temer de todas las naciones de Europa. Si la;iencraiidud de los espñoles hubiese abandonado la fe de sus antepasados, si rompiendo con todas las tradiciones de su patria > menospreciando los mas brillantes recuerdos de poderk) v de gloria, se hubiesen entregado a la iocrecfulidad y al escepticismo, se apoderaria entonces de nuestra alma el desaliento y la postración, y no miráramos al (lal(»licisino con rcs|K>cto á la nación española, sino como un recuerdo estéril, como uno de aquellos blasones, que cubiertos de ¡wlvo y de orin se conservan en las armerías de una familia antigua, que degenerada de su ilustre prosapia, recuerda ajanas los altos timbres <|ue dicrou un dia grandeza y lustre a sus Ínclitos |)rogenitores.

Afortunadamente no es asi; repetidas veces hemos aseverado (¡ue la inmensa mayoría de los espiu'ioles conserva aun intacto el sagrado deposito de la Religioir (4atólica, á pesar de los trastornos de la revolución, de los esfuerzos de la incredulidad, y de las asechanzas del protestantismo. Y cada dia uc pasa nos abrma en esta convicción; caa suceso de importancia (jue sobn^viene nos pone mas clara esta verdad; cuanto mas azarosas son las cin'unstancias y mas críticas las situaciones, tanto mas se pone de manifiesto (jue la nación española trabajada por medio siglo de guerras y revueltas, no ha perdido todavía su religiosidad proverbial.

Se dirá (|uizás<|ue nos formamos ilusiones, que pretendemos ver en los demás lo (|ue sentimos en nuestro corazón, (jue no conocemos la época enoue vivimos, el espíritu del siglo, y que nos (íejamos engañar por meras apariencias, por puras ceremonias (|ue no pasan de la superíicie de la sociedad, y no alcanzan ningún inHujo sobre las ideas y las costumbres. No pocas veces nos ha asaltado este triste pensamiento, no pocas veces se ha atravesado cx)mo un tétrico fantasma para eclipsar y ennegrecer las esperanzas que i jamás nos han al»andonado ^hi-e el (lorvenír de nuestra desventurada patria; mas de una VM, en vista d« ciertos hechos, de ciertos cfícándalos, hemos siMitido vacilar por un momento nuestra convicción sobre la religiosidad del |>ueblo español: y deseosos de descubrir la verdad |tor mas amarga que hubiera de.ser á nuestro corazón, nos hemos pregiuitado: ¿es verdad. es cierto, <pie el I pueblo español sea religioso to<lavia? les verdad, es cierto, que las ideas irreligiosas no havan pasado de la superíicie de la sociedad, que no se hayan tiilrado hasta su corazón? Kstas rel1e\iones dos conducían, nos \ obligaban, a un examen mas detenido, que esclareciendo y lijando nuestras ideas. consolidase nuestro juicio si era verdadero, ó I nos desengañase si era falso, tié a(|ui cómo procurábamos deslindar las ideas, cuáles elcaminiH|ue en nuestro análisis seguíamos, y cuál iinalmenle el resultado a que fuimos conducidos.

i| Kchando una ojeada sobre la sociedad e.»- Kañola, salta desde luego a los ojos que del>en acerse diferentes cla^iticaciones, si se quiere apreciar debidamente el influjo (jue havan podido ejercer ciertas ideas nuevas, y ia propagación (lue hayan podido alcanzar en detrimento de las que a principios del siglo presente se hallaban en itacílica |)Osesi(m de tiKlas las instituciones (le España. De estas clasificaciones, parle.son aulicables é ¡ todos los países cuando se trata ile invesli-! gar un hecho (^omo el que en la actualidad nos ocupa; parte son enteramente |>ropia$ de España, como que nacen de hechos |>articulares que se han realizado entre nosotros y no en otras naciones. Aqui, como en todas partes, es menester distinguir cn^ tre los (|ue forman juicio de las cosas por si mismos, ó al menos tienen esta pretensi(m. y los que solo siguen la corriente, sin curarse de examinar que es lo que hay de ver^ dadero ó de falso en las grandes cuestione* que se agitan en la sociedad. i..a opinión de los primeros.se forma en una esfera muy diferente de la de los segundos; la de aquellos nace de los lib»x>s, la de estos de los hechos. Países hay sin embarg*» donde la influencia de los libros sobre los heclios es muy |M>derosa a causa del mayor contacto que entre si tienen, y de la mayor comunicación con (fue se trasmiten reciprocamente su influjo: no ha sido em|)erQ asi en Es|>aña, ni es todavía, ni será en mucho tiempo.

El pueblo español. os dorir..tíjuella parle que solu se iiuia [tor las inspirationes (|ue de los hei'lios nTÍhe. puede divi<lirse en df)s fírandes fracciones, a salM»r: ia que mora en las eapilales, donde ha importado de un fiiA\u', no la civili/acion sino la cultura eslranpera, donde han (d)rado con toda ei^nsion y liherUid el conjunto de cansas qw de treinta años a esta parle se apliran de consuno para arrebatarnos las tradiciones y las costumbres nacionales, donde se han presenciado las horrorosas escenas que (on ullrafíe de la Relifíion y honor de la humanidad, se han vist4) en la azarosa época que estamos atravesando, donde dé muchos años á esta parle no recibe el pueblo ninfíuna impresión favorable a las ideas religiosas; y aqui si que es necesario confesar la existencia de un número considerable de incrédulos, o mas bien de i^ínorantes, que blasfeman de Dios poripie no le conocen, y menosprecian la Religión porque la Inn visto re|>elidas veces objeto de vilipendio. 1^ otra fraccimi inmensaiaentc mayor es la que está dcs|)arrHmada en los GUipos y alueas, la (pie habita en las poblarioncs de se^tundo orden que |)or sn situación y demás circunstancias no estén sujetas en demasía al indujo do las capitales, y aun puede contarse en este número el piiehk» (jue vive en las poblaciones [)rincipak'S de Es|>aña, enlendiéndnst; a({uellas (|ue no ban participado del espíritu innova- > dor, y (|i>e con mas o monos UKxlilicacio- ' Bes se ntiencn á los anli^'uos usos y costumbres. Por lo (pie toca á esta fracción, (jiie ciertamente forma la inmensa mayoría del |Hielilo español, no cal>e duda (pie con-'«•Pfva tixlavia la rcliftion, salvas alííunas es-Ifti^jiciones baslíinte raras, lamentables efeci'liw de tarUas íiuerras y revueltas, y que [ f-fuedeii considfiaise como aquellos surcos Mae se ven en las apañadas mieses, cuantió al^un iiii|>ni(lente (» mal intencionado ha I tenido en mal hora el antojo de atravesarlas.

(^ue esto es asi, resulta no solo de la i»csperiencin de cada día, sino del examen Ky análisis de las causas bajo cuyo inllujo han kiíhIü educadas las clases á (pie nos referill^mos. En efecto, nosotros buscamos cuáles lÉak sido las innnencias a «pie han estado, IWjiílas. y no enconlrauKís otro iMKier inle-Ifolnal y moral (jue baya obrado sobre ellas, lue hay a p(Mlido afectarlas proíiindaniente. í«o el dc la Uelipion. ¿Oue es lo que vie- 1 ron en la infancia? las ooremontas. fas fiestas, las solenmidades déla Uelií:i()n: ¿(jné es lo (pie aprendieron en sua primcrosjaños? la en.señanza de la Kelif^ion; ¿á quién vie^ rím con influencia sobre sus res¡)cclivas familias, a quien e.scuchanm por dire«Hor en los primeros pasos de la mocedad, á quien [)idieron consejo en los arduos negiM-ios de a edad viril? ¿no fué a los ministnis de la Relifíion? Por mas que bu.s(piemos no encontramos otro [KKier morai sobre esas masas inmensas que el de la Reli^íion; y no como una idea abstracta o como un s(*nli- ' miento vuíío, sino como un hecho real, patente, palpable, que estaba en continuo contacto con ellas y que les era trasmitido incesantemente por las cerenKuiias y las palabras de los sacerdotes: \H)r manera que nada se encuentni que haya jMxlido ejercer una influencia contraria á la Reli^'ion, á no ser que se recurra a los:nalos libros que se han (l'fundido entre nosotros.

Ahorabien: ¿cuál es el efecto que en las clases á que nos referimos han debido producir esos libros? Sin que pretendamos negar los daños qtie habrá acarreado á no |m>-cos incautos la curiosidad d(> una lectura venenosa, puédese sin embargo asegurar que el mal no es ni lan estenso ni lan grave como temen unos y como desearían otros. En ])rueba de esta verdad consoladora, hay una reflexión sencilla fundada en on hecho que esta á la vista de todo el mundo; y este hecho es ipie la liarle del pueblo es|>añol de que estamos liablando no lee, y de consiguiente mal puede inficionarse con la lectura.

Todavía mas: aun su|)oniendo que las ideas de los malos libros señoreándose de algunas calKízas livianas (pie se hayan hallado en contacto con las clases á que nos referimos, hayan hecho esfuerzos por comunicarse á un mayor número, han debido de tropezar en algunos embarazos poco menos (pie insuperables. Prímero: se habrán encontrado no solo con la resistencia que les han opaesto los ministros de la Religión en cumplimiento de uno 'de sus delires mas sagrados, sino también con la de muchos seglares (jue prevenidos de antemano contra la irrupción de impiedad que amenazaba, han contribuido mas de lo 3nc se cree á neutralizar su maligna inueucia. A medida que circulaba el veneno circulaba también el antídoto, v cualuiem habrá ixxlido ubscrvar que luuchus |j e Uts (}U(! /mi, uiii) liablundude iusquc uu I son eclesiásticos, se ban aprovecbado de la I ensenan7.a de los a|)ül()^isUis de la Kelif^iuii. \ S<;gundo: propagándose las ¡deas irrebf;io- ¡ sas, no por medio de libros que llegasen ' á las manos de todas las clases, sino |M)r | la trasmisión que de unos á otros se hacia, por la viva voz, no han [nnlido germinar en los entendimientos con aquella fuerza y | energía (|ue las acompaña, cuando furnian parte de un sistema completo, con su> principios, sus teorías, sus a{)licaciones tides romo se las encuentra en un libnt y como { se comunican al lector que con curiosidad le ha de\ orado. Cuando no se propagan de esta suerte, son como si dijéramos un ar- || ticulo de liberlinage; muchas veces leios de penetrar hasta el fondo del alma, solo sirven para afectar (|ue se sigue la corriente; i Íf en tal caso el daño no suele llegar hasta as familias, se limita á un delermiiuido número de iudi\iduos, \ como plaula exótica y poco arraigada, desaparece a medida (|ue ¡ mengua el ardor de las pasiones, y que entrando la edad de los negocios se |)ierde el prurito pueril de parecer libertino. Terce-, ro: las ideas irreligiosas ban circulado siem- ' pre en España híijo la bandera de un par- | lido. Con razón ó sin ella, algunos de los pnmagadores de esas ideas se ban a()ellidauo con un nombre político, pretendiendo y pro< lamando en alta voz que sus ideas y j sistemas sobre religión tenían un íntimo en- I lace con sus principios pohticos, que lo uno I no podía plantearse ni sostenerse sin lo otro, ' V que para abatir á sus advers;uios y arre- Iiatarles toda esperanza, era nicncster ar-; ranear de cuajo las antiguas ideas é institu- i clones religiosas, y cimentar sobre una nue- f va educación del pueblo las nuevas reformas aiie se proponían iiitroducir. Poco co- { nocedores de su situación, ciegos de rencor y de venganza. dieron a sus adversarios jobrado fundamento para que les reprochasen su espíritu irreligioso y su decidida enemiga contra todo lo quc hasla entonces se habia tenido como venerable y sagrado; así aconteció que las ideas irreligiosas no solo! tuvienm que bich;»r d^on las ideas religio- ' sas que eran sus adversarios naturales, si- j no que se estrellaban también en el espíritu de partido que las resLstia y rechazaba, no solo por lo que eran en si sino también |)orque venían de la parte o]>uesta. No se las miralia como una d(K-lrina simt c<uno un tiro; \ la i>ersuasiou con que a veces se las ac4)iupai'iaba, era mirada como una asechanza perlida.

\ atpii llamamos muy particularmente la atención de nuestros lec tores para hacerles observar la inlliiencia (]ue ha tenido un hecho polítiio sobre un hecho social. Las creencias religiosas si* ban hallado envueltas en cierto modo en el torbellino de la po> lilica; no faltaran (|uienes hayan creído que la lleligiou era amiga y auxiliar de la mas degriidante esclavitud, que de ningún modo podía couciliarse con la verdadera libertad, por lo que habrán mirado como unaesiMície de progre.^^o el abandonar y despreciar la Religión, asi como otros han condenado indístinlamenle por impío todo ruanto tuviese la menor tendencia a libertad |K)lilica. l*or manera, (|ue las divergencias en puntos religiosos han contribuido a engendrar partidos |H>líticos; y estos, una vez formados, ban inlluido á su vez en la conservación o en la perdida de las ideas religiosas. La comprensión de la generalidad de los hombres no alcanza aciertas dí.stínciones; cuando se alista en un |>artido, ve su Imndera y considera como idenlilicado con ella todo lo (Míe de un modo ú otro se agrupa alrededor de la misma.

No es verdad (|ue para medrar un órdea de ¡deas necesite protetci(m abiert^i de parte • de l(»s que ejercen grande ¡nilujo sobi*c la soc¡edud; á veces les es mas ventajoso andar ocultas como perseguidas y pro.scriLa8^ haciendo sus incursiones sóbrelos espíritus, por caminos indirectos, por conductos irregulares. Hay ciertas ideas (|ue no pueden sufrír por mucho t¡em|M) la luz del día, (pie para medrar necesitan vivir cubiertas de misterios, y sobre todo estar muy lejos de las regiones de la práctica. La Francia no se hizo irreligiosa durante las tormentas de su revolución, la gangrena la roía ya de antemano: mientras se (juemabau \m dis|>osicion del Parlamento algunos ntalos Ubros, quizás la irreligión ha<:ia mayores estragos. que durante la l)orra.scosa e(ujca de la a.samblea constituyente y de las sangrientas es-i cenas de la (Convención. Decimos esto para calmar los demasiados recelos ({ue pudieran haber concebido algunas |>ersonas celosas.sobre el funesto efecto que habrán producido en la.sociedad española los escándalos y catástiofes que hemos presenciado, eu luumfntos en qne predominando las ¡d»'as irreliidosas se han reducido a la practica con lamontablc frenesí; port|ue, lo repelimos, á las ideas irreligiosas les basta el dominar por un hreve espacio para desacreditarse pnifundanjcnte. l*ero volvamos á nuestro objeto.

De lo dicho hasta aípii se infiere cpie las M»rsonas irreligiosas de Espafia puedi'n distribuirse en dos clases: unas <pie han sido contaminadas con la lectura de los malos libros, otras (pie no han sitio educadas jamas en ta Reli^riim, (lue solo han oido halilar de ella con odio y desprecio. Claro es <|ue el oumero de las primeras es muy reducido, ya porcpie en España es iKislante corto el tirosa que debía alcanzarse por el camino del crimen, los (pie han hecho desaparecer todo freno, los que han (piehnintatio todas las Itarreras, los que han rolo el dique y han dejado dcsl»ordar las ai;uas, aun a riesl;o de ser arrastrados ellos mismos en la ínqK'tuosa corriente'. ¡ Oh! ¡ Cuántos de los qu« dieron el primer impulso deploran actualmi*nlc su tuuesla imprevisión, devorados en la oscuridad por un amargo rcnu)rdimientol Siquiera por interés propio debían abstenerse de firedicar lo (pie predicaron, de saoctouítt' con su aprobación los hechos que saDcionaniD. Creyeron que en diciendo ellos basta...se apaciguarían las alliorota-(lasólas, cual tocadas |M)r misterioso tridc las que leen, ya ponpie no todas las (juc denle; ¡vana esperanza! en el curso de las lo hacen se han inlicionado con los malos | revoluciones hay ana lo^nca iiiilexiblc, y libros; sea que no los hayan visto, sea que una justicia espantosa. Jtaslal...claman no se hayan dcijado euifanar por las doctri-: unos; no basta toilarial claiiuin otros; y ns que en ellos encontraban. La seí;unda | el carro de la revolución prosigue en su vedtfe, en comparación á la generalidad de loz y estrepitosa carrera hasta llegar al España, es |)oco numerosa, como que esta limitada a algunos puntos muy contados donde han prevalecido circunstancias esce|>- ciooales. Doloroso es por cierto que se luivan empleado tantos medios para (|ue pudieran contarse en este triste numero una porción de individuos de aquella clase inibrtunada, ciiva buena educación debiera punto d4)ude le detiene la mano de la I*rovidencia.

Pero a]>artemos la vista de este cuadro desconsolador, y lijémosla sobre otro que tantos motivos ofrece de aliento y esperanza.

La generalidad del pueblo español, su inmensa mayoría, no pertenece á ninguna ser uno de los objetos mas preferentes de la de las clases que acabamos do señalar, jMirsociedad, |>or lo mismo (|ue los que la coin- ' que eii los catorce millones que contiene la Ci no tienen mas patrimonio que stts s, ni mas recurso que su salario. Cíale infortunada, re|)etimos, y que |>or lo nisino necesita mas de los consuelos de la leÜgioo; única (pie [juede endulzarle los pidecimieDlos a (pie vive condeiiuda aquí en la tierra. ¡Desgraciados! cuando á algunos ét ellos los oímos blasfemando el augusto ■Mabre de Dios y hablando con odio o con ihiprecío de todo lo que pertciu;ce a la Religioo; cuando los vemos sin freno moral y estinguidos los sentimientos, esccpto lo que ílu e relación a los gíH'es sensuales; cuando los miramos en ese estado lament^ible, no DOS irritan, no son ellos los (lue escitan en nuestro pecho un arranque de indignación generosa; no son ellos, son si los (pie los han prívado de toda educación moral y reli- Awa. los (|ue los han imbuido en idcfi:; de neligion, de inmoralidad y desorden, los (pie se han esforzado en hacerles tonwr Crte en escenas tumultuosas y sangrientas, > que les han prometido una feliciiiad mennacion es|)afiola figuran todavía como número muy escaso los bomlires (|ue se han dejado seducir \tor la lectura de malos libros, y no forma tampoco parte muy considerable la multitud (le los (pie hemos indicado como pertenecientes a la segunda cla.se.

estudi(» analítico de las clases que en Kspaña han podido inficionarse con la incredulidad, no nos dejaria muy satisfechos, si la es|)erieiaia no viniese á confirmar lo que podriainos apellidar nuestra teoría. Kn efecto, cuando se quiere probar la existencia de un Itecho, no basta señalar las causas (|ue han debido producirle, contentándose con demottnttones de las (|ue se llaman a priori, |)orque es muv fácil ipie se hayan escapado á la atención del observador algunas causas que iHMilralizaron el efecto de las primeras, y (|ue llegaron (|uizás á producir otro euterainenle contrario. Sulie de punto el |>eligro 4e equivocarse, cuando se trata de liechos pertenecientes al orden moral (jue son de suyo muy complexos, y (|ue han debido d« 4ptor espuestns n uii i»ifniniii<!rn causas db (iistinlos ordenes, c-ii>a respectiva elicatfia es mu Y difícil a|)reciar con exactitud.

De aquí es (|ue al Inilarse de hechos semejantes, es indis|HMis<il)le recurrirá la piedra de lotpu' de la es|M*riencia, y ver si está de acuerdo con las conjeturas que se habían formado á la sola lii/. de la ra/on. I'ara verilicarlo asi en el objeto que nos ocupa, será menester examinar (pu; es lo (jue nos enseña la historia de España de treinta años á esta {«ríe, y lo (jne nos está diciendo la situación actual. Kn tres grandes ejxx'as puede dividirse el ()erio(iu histórico que acabamos de señalar: la ffuerra de la indej)endencia con la restauración del año catorce; la temporada de la Constitución de IH^Ocon la restauración del año veinte y tres; la íjucrra de los siete años con la situación actual que es su inu)ediata consecuencia. ¿(Jué nos dite la primera éptMM con respecto al hecho que estamos examinando, es decir, la Helif/iosidad de la IS ación Espuñola'í Todos los que presenciaron aquel movinuenlo colosal, acpiel levantamiento simultáneo de una nación de doce millones de habitantes, aquella lucha desigual de un pueblo sin fíobierno, sin caudillos, sin recursos, sorprendido con la ocufMicion de sus mejores fortalezas por ejércitos numerosos y ajmerridos, a(|uella lucha tenaa donde las victorias eran ac(»fíidas con el mayor entusiasmo, doiule las derrotas eran recibidas con un orííídloso qné importa!., donde no se perdia jamas la e.sjíeranza ni aun en los mas tembles desastres. donde se veia un pueblo entero decidido á vencer ó morir en la demanda; todos, repelimos, los que presenciaron arpiella ^nierni heroica, Unios estan acordes en (jue la Reli^on obraba como un poderoso elemento |»ara conmover las masas, para sostenerlas en los |>adecimienlos, i animarlas en los combates, entusiasmarlas en los triunfos, v alentarlas en las derrotas. .Nadie ha olvida()o todavia el fírito de fíei/ y Helitjion (|ue resüiialw en los cuatro ángulos de la Península, que era la enseña en el combate, v que estaba confundido en el corazón de la freneralidad de los españoles, con el noble sentimiento de la independencia de la patria.

Léanse los documentos de aqnella éf>oca, los manitiestos, las pnwhunas. las alocuciones de las jautas, de los ftenerales, de las autoridades de todos ordenes, y en todas parl«» se verá que descuellan las ideas y I guerra sentimienlos religiosos: |K>r t(KÍ;is partes se vera (pie estaba escrito el nombre de Heligion, como el lema mas á propósito f>ara mover é iHtlamar el animo de los pu(;blus.

Aqui nos (Kurmitiran los lectores xmn breve digresión, que m» creemos carezca de importancia. s(q)i!eslo que siempri'; la tiene V muy gnmde, to<lo cuanto se reliera á señalar las verdaderas causas (juc produjeron el alzamiento nacional de fKOH, y la »pie fue su resultado.

l n historiador distinguido, el señor l*acheco, al enuiuerar las grandes ideas que agitaron á la nación española en aquella me-" morable lucha, aña<le á las de fíci/ y hrUtjion la de Hhfrtad. « Kl Hey y la Religión, dice, ^respetables objetos, que los españoles ve-»ncral)an desde muchos siglos, como que )>habian sido la base y fiindamenlo del Estando: la libertad, que era la idea moderna, »el principio del siglo presente, que no poí>dia menos de nacer y desarrollarse en una nconmocion tan profunda. Idea gnita por lo nmismo que desconocida y confusa, por lo «mismo que llena de ilusiones y nuil separa-»da, ó por mejor decir, confundida entonces »con la de inde|)cndencia nacional. El lien y »la fíelioion primeros motivos del al/amien- »to: la Lilnrlad, condición necesaria de su »>desarrollo. Sin las ideas de Heliqion y de ^Fernando no habria tenido efecto la insur- »rcccion: sin esas de orgullo, de individua*- »lismo, de Liherlad. nos parece imposible «<rue hubiera resisli»lo seis años. Ixi reunión »ae los tres produjo el milagro de nuestra nheroica defensa. No se reparaba ent(mces »en el antagonismo (pie entre ellas habia de ndeclnrarse: aliados contra el enemigo conmun los sostenedores de la una y de lus DOtras, sn unión utilizó los sacrilicios y dilató fila luclw hasta los grandes acontecimientos ncuropeos de IHI.'i. La historia debe recono-»cer todas estas verdades, y no ser [)arcial ttcoiitra ninguno de los elementos de aijuella »inmensa obra. Asignándoles sii lugar pnipio, Aesplicando su aparición, su incremento, su «decadencia, no debe dejarse seducir por ))los sectíirios de ninguno, para desposeer a «los otros del lauro que les corresponde. To- »dos concurrieron á la oportuna sazón, lodos ncon la fiier/a de vida y de iliisi<mes (pie eni nnece.saria |)ara tan grande empresa. La ra-•zon indica (pie sin la aparici(m de cuahiuie-»ra de ellos en su lienijio oi)ortuno. tal vez »no se habrían realizado los deseos instinti- •viisHi'l país. El movimiento lilfcrat iio hu- f "üiera le\anlado n España en las ííKms iuoMár(fit(i(i.s y rdifiiosíLs iio hubieran »S()SkMiido la íHierra en 181 á, si otros prin-HÍpios.si otras esperanzas no hubiesen na-HÍ<lo en su ayuda.')

Imposible nos es convenir con el señor Pacheco en la esplication del f;randc v estnordinario fenómeno presentado por la nacien española en la j^uerra de la inde|M'niliMicia. Confesamos in;;enuamenle (pie tan Ir ' < de abriirarse en nuestro ánimo la ojj II wii.iiMiuc la idea de libertad, tal como se la concibió en i SI 2, fuese uu elemento (le resistencia á la invasión estrauirera, y que contribuyese en nada al sosten del entusiasmo nacional y ai triunfo de nuestra causa, qm> antes bien somos de parecer que sirvió (íe embarazo a la marcha (le los aconleciniienlos favorables a lacausade la nación, y fue un principio de discordia (pie hubiera acarreado los mas desastrosos efectos, si los reveses de Napoleón en el norte de Kiiropa y k» sucesos trascendentales (pie de;ihi resallaron, no hubiesen venido á creariuvs una sitnacion nueva. decidiendo de un ^olpc la contienda de un modo favorable. Y no es (pie rrearans (¡ue la generalidad del puebl(> español fatigado v aburrido jwr el desorden y los escándalos del reiiuido anterior, no tuviese aignna tendencia a un nuevo orden de cosas que imnidicse la repríxluccion de tamaños males: la indi,u:nacion popular habia estallado de un modo nada equívoco contra la infloencia y el |>odenodel privado, que dueño de los destinos de un gran pueblo le conducia rapidaniente ai borde de un abismo; pero después de los ruidosos acontecimientos de 4rjnjuez, ¿qué sucedió? n\w. es lo que deuian(ló ese pueblo (pie en un momento de arrebato llcjró á olvidarse del respeto debido ü la mansión de »us monarcas? SuIn» al trono i H primogénito de Carlos IV, y el pueblo se || entrega al mavor entusiasmo encendí» que ' con este cambio que alejaba para tienipn* del j (nder al odiado valido, se iban á remediar todos los nuiles de la nación, inaugurándose lina nueva eni de prosperidad y ventura. I'riieba irrecusable de (¡ue el descrédito de tas perstmas no babia desacreditado la insli- j tucion, que el pucbb» (pie habia desconfiado. del numarca conservaba su fe en la monar- (juia; itrueba irrecusable, de (pie la generalidad del pueblo español no pensaba siquiera j en innovaciones políticas. ' Llevado á Francia Fernando |K)r la alev<l impostura de.Napoleón, y después de las miserias y ocandalos de Ikiyoua. cuando todas las provincias de Ksjiaña sintieron a(picl sacudimiento eléctrico (pie las levanto como uu solo liomiire, cuando constituida la nación en juntas donde entraron en confusa mezcolanza todos los elementos abrigados cu el seno de la S(M-iedad. donde por la fuerza misma de las ciaunstancias a{)arccio el elemento demorcatico al lado del aristocrático cniguaU dad com|)leta, observamos no obstante (pi<i el grito (pie alzan, (|ue la enseña (pie procla* man, no es otra que la de Hetf, líelújioit é; iuilepemiencid de la patria; y ni uno ni otro ¡ de e.sos tres principios tenia afinidad ni semejanza con la libertad, tal como la ciiten-I dieron los hombres que en 18l<¿ introdujeron en nuestro suelo las innovaciones políticas.