I vidas? Por cierto que no estatm la difícultad, en la salida de Madrid. y (pie los ginetcs (pie se abrieron paso entre las lanzas de sus enemigos, se lo hubieran abit^rto también, llevando en brazos a la Reina de las Kspañas y a su hermana; pero ¿y al cabo de, poco trecho, cpié hacían con embarazo tan sagrado? Kn tal evento, como Madrid no (piedaba en |>oderde los sublevados, hubieran sido de cerca |)erseguidos por numerosas fuerzas, las postas se hubieran cnizado en todas direcciones para cortar el paso á. los fugitivos, y apenas se ve otro lin posible que el caer estos en manos del gobierno, si es que con el susto y con el Cansancio de las reales Huérfanas, no se hubiese tenido que deplorar alguna calasirofe.
De los|)ríncipales caudillos, unos han perecidoen loscadalsos. otros han podido salvarse refugiándose al estrangero: los primeros no |)ueden hablar, v los segundos tamiKWO regtilar que hablen por ahora; y asi será menester andarse en conjeturas sobre el TenIfKloro pl.iii de los conjurados, y tas cirninstaiu'ias qni' lo dcsliaraluroii. Pero siempre iwretx' mas prolMihle que su objeto primitivo era a|)oderdrsc de Madrid, volcando la rt'irencia de Ksoarlero en el mismo centro del gobierno, decidiéndola contienda en pocas horas. El otro designio pudo ocurrirseles en medio de su dese:((K;racinn; pero sea como i uere, basta el menor indicio de tan temeraria empresa, para (|uc la curiosidad pública, ávida de acontecimientos estraordinarios, la haya acogido como cosa cierta. Y es(|uc la imaginación del publico se complace en hechos estraordinarios y arriesgados, y asi como sediento de impresión* » vivas asiste á los es|)ectaculos donde se representan escenas terribles, le agrada también figurarse al general León, vestido de húsar, montado en un brioso cal)allo, saliendo á galope por las puertas de Madrid, blandiendo con un brazo su terrible lanza, y sosteniendo cuidadosamente con la otra á la aogusta Niña reina de España; agradale imaginársele fuera de Madrid |>erseguido de cerca por la calíalleria del Regente, y ora ufano con su tesoro, ora sudando de congoja, no al considerar su riesgo personal. sino al presentir la imposibilidad de llevar á calH) la empresa temeraria, y los pavorosos resultados cuva inmensa res|K)nsabilidad está pesando sobre su cal)eza.
Pero todo se deshizo como el humo: el general León l\abia creido que la estrella de Espartero se eclipsaría en la noche del 7; que le abandonaría la fortuna que de muchos años é esta parte le está prodigando sus favores; pero el general I,eon se engañó; Espartero eontinúa Regente, y él iM'rdió la vida en un suplicio. ¡Triste resultado de los trastornos políticos, que asi perezcan los hombres, aun después de conseguido el triunfo de la cauaa que defendian! ¡^uien se lo dijera al gei^ ral Le(m en Villarobledo y en Belascoain: «A poco tiempo de concluida la guerra con »don Cárlos, reinando en.Madrid Isabel 11, • «serás arcabuceado!»
Habiéndose desgraciado la tentativa de Madrid, la insurrección se sintió herida de muerte; en las provincias se disipó por si misma, precipitándose la disolución con la derastrosa suerte de Montes de Oca. Desde la muerte del (pie se llamaba regente, nada ocurrió notable; v solo.se fueron sucediendo las listas de los fugitivos que iban hust^ando un asilo en el vecino reino de Francia.
I ¿Cuál fue el verdadero carácfér de \ní I acontecimientos de m tubre? l na insurrec- I cion militar con objeto {)olitico. Militares fueron los que figuraron en el levantamiento, militares fueron los separados como sospo- ; diosos por el gobierno; y la misma rapidez coD que desapareció de las provincias, indica liaslante claro que las masas populares s« mnntenian indiferentes. El objeto de la in^ I surrección era político porque no se atacalta á Espartero como gefe ae los ejcn it(i>« ionales, sino como Regente del reino. Se que- ' ría cambiar la regencia, y con este cambio de |)ersonas se intentaba otro mas ó mema ::rave, mas o menos radical, en el sistema jiolitico.
¿ lomí) parte en la insurrección el )>artido I nHxIerado? Creemos que ni la ton)o, ni podia tomarla; pon|ue tales son los elementos de ese {tartido, <pie no es posible que se presente jamas |>or si solo en el campo de batalla. Si algún dia llevase á ooIk) la alianza de (pie le acusan tiempo ha los |M'riíKÍicos del progreso; si convencieudose de cjue \m-]| ra obrar necesita masas, tentase una fusión ¡ con los partidarios de la monanpiia absoluta (11; si esta tentativa llegase a sazón, y se pusiesen en planta los medios para alcanzar sus resultados; en una ¡tatabra, si justificase con su conducta los cargos que le dirigen sus adversarios, entonces se crearia una si-I tuacion nueva, cuyas consecuencias de|>enderiandel curso de los arontctMinientos. Pero mientras el partido moderado se mantenga en su aislamiento. bien pueden descansar los progresistas dueños del mando; no los derribaran esos adversarios, porque por mas inteligencia que se su|)onga á los gefes de este partido. hasta que tengan á sus órdenes alguna masa, serán siempre cabeza sin brazo.
Por esta causa el partido moderado no figuró, ni figurar puno en la insurrección de octubre, tomando en él una parte activa: por figurar un partido en una causa, no se entienden las simpatías que pueden manifestar por ella los individuos del fiartido, ó el que <piizás uno que oLro hayan estado iniciados en la conspiración. Lo primero es un sciUiiiiicnto estéril, y no mas; y lo segundo es la acción de muy pocos, envuelta en mis- (1) Ya en piiom do 1843 se indír:itKi h iilra dominante rlfl IVinsawikxto df. i. a Nación.
terina» Uoiebias. y que itiiuca puede cuui- [ praneter al partido eu su totalidad. ¿(Juic- j rúBt palpar la dilereucia de la arción de los pirlMOS en las circunstancias 4|ue afectan ■Mié neBoe de cerca el triunfo de su cau- J W¡t Bell aquí, en dos bien opuestos; el pro- ' PMÍsta y el carlista. Cuando en setiembre (le 1840 se ofreció al partido progresista una ocasión oportuna para su triunfo. todo el ^ipuso en oioviniiento; y fuesen mas o menos, numerosos en los diferentes puntos del rei* I DO los partidarios del progreso, al menos to-! (ios obralKtn, cada uno en la esfera <|ue le [lermitian las circunstancias. Cuando en iHMi parecia brindarse á los amigos de I). Carlos una o|K>rtiniidad para ruiocarle en el trono, ¿qu« hicieron? se siil)lcNaron en las provincias del Norte, en Castilla y en el reino de Vaküicia; y si no lo hicieron en otras |>artes (■B, ó |M)rqiie se hallaban ya reprimidos )K)r ' ■adidas fuertes lomadas con aL'tiiia anticipaaiaa, ó porque lall<> inteliucncia \ wj.or fnkts C()i\^i']r\u^ (le I). Carlos, en el centro daide donde se debia provocar la insurrcceira.
El partido liberal mmlerado, propiamente tjd. no llegará jamas a las manos con sus adversarios; su mayoría, o mejor diremos, cañ su totalidad. est«i formada de hombres.
por su |H>sicion social no son a proposito liare tornar las armas, ni en las calles ni en los campos; y ademas el })iieblo español no ealieiide bien toda\ la csa^ (''Miil)iii.w-inneH de! trauaceioo qui> i-(>ii>(iluyen la esi-tx in de las | iMiíaB de es(.' parlulo..Se^un indicios de la ' dÉM temporada de su mando. |M>netránm- j ti^ét esta verdad algunos de sus ^efes mas aritobdtoft; y al parecer cm|M>/aban a connmxw. de la necesi<lail en (|iie se hallalia eae itartido, de ro|)ii>ii'i i'is)' modilicando ■•laotcmente sus doclrmas, y admitiendo en 11 in seno nuevos elementos.
V.<U), mas bien que resultado de calculo, irutodola espiTÍciK ia, y del mismo *.urM» til" los -iKTsov. Nadie ignora que los prnliombres del partido nuMlerado fueron los que dieron el primer paso en el < and)io de laa institut lom-s |ioliii<-ns. {)lantean(lo con ■as órnenos latitud el aobierno represen- ' lalivo; es decir, abriendo la primera escena <ielgran drama de la revolución. Prescindímos ahora de las circunstancias que los roicaroit V de hasta qué punto pudieron ellas ' ^íbrcjKmerse a su voluntad; pero esto no || l»ce que el hecho no sea el misnx). hies r bien, la e!$i)eríencia enseña que esos parti- ■ dos templados (¡ue ¡ibren el camino de la revolución, son luego arrollados |K)r otros ma» ardientes. y mas violentos; y que su suerte inmediata es hallarse a|>ártados de lar • clases á quienes han ofendido ron sus innovaciones, mientras los revolucionarios los;ii usan de traidores á la causa de la l¡l)er- ■ lad. No se abre á medias la puerta á las revoluciones; estas son «'omo nuidal inqx'tuo- • so; en encontrando una rendija dan sobre ella ♦ ton esfuerzo, dc^rriban cuanto se les pon« delante, v si alfruno quiere detenerlas. le arrastran cual leve arbusto en su estrepitosa' corriente. ' Si pr un cambio de regencia el iwrlido moderado se hubiese hecho dueñc» del |)oder ¿que principios hubiera proilamado? ¿cuaJ habría sido su conduela? ¿Hubiera intenta- ' do una reforma de sí mismo, una refundición de sus elementos con los de otro. |>art: asegurarse en el mando? ¿Hasta qué ponto hubiera llegado la condescendencia y la transacción? Difícil es decirlo: solopmlemos asegurar que las proclamas de O Donnell y de.Montes de Ocr procuraban halagar doclnnas e intereses (pie pudiesen atraerles partidaríos que no habian sido lil)erales. Pero esas ' fusiones no se ha«en en un dia, y los hon»- bres del |>artido halagado quieren mas tieni- ¡mpara resolverse del (|ue|MTmile una insur-» ■ reccion, que va á ser comprimida al instante si no cuenta inmediatamente con hombres y dinero. * • Rsias consideraciones nos llevan como d# la mano a hablar de lo que se ha ilicho en»' muchos jK'ríodicos, sobre el proyecto de ca^ Sarniento entre la reina Isabel y un hijo de^"' I). Carlos; proyecto que según cuentan ah • gunos periódicos. es acogido favorablemei»-'^ te por tos emigrados de ambos partidos nM>- derado y cariistn; pmmeliéndose. jMir medio (le esta alianza, abreviarla pn)scrij)CÍon qu« sobre ellos wsa. y apoderarse nnevamenta*? de las riendas del gonierno. Este proyecto se enlaza con la ruidosa noticia del Congre- >o, (jiie hace ya algún tienqK) llama la alen*^* cion de toda la prensa de Europa, v que ha ♦ sido ya debatiaa por la es|»aftola áe toda» opiniones. '* En primer lugar parece muy dilicil (pie elJ partido modei ado y el carlista lleguen por sí solos á un convenio deíinitivo \{). CompU- (1) Víase lo snniISdo.
caQs« luí inleiTies dinásticas coa los politi- «os. la» per^uas cuu Im |irÍQCÍpioi^; liay auleí'»deBlei> que punen de por medio.mMt<#9i> Un que á iirinitM n viüta que t's prnltahlc t\\u' lo sea, en no int^rviuiejub ««lliih lut'iiiacioue:» que cíjuivalgan a NMtodalMMales, que « «n^^ reaiidaé wm^ tMsse ol proyecto ilel mencionado (.isatnicnto. suftondriíi sioiunif la inlervenrion olraai4C'^^^j^^^lMCjwra^^^^ a c«l)o leularia l*t'»>¿liay alxo dt- siudaJ.sDl^rek reuiiion d» «8f>.eoB^so? ¿Tiene algo> ftündiBMWito la prensa naoiunal > la estrangera para lomar kin » iHícho esa nit'slioii. discurriendo ^ibrc la vcroMUiiJiUui üc la nuticia, y 6túny «(Mli^rosuiUdwfPobiMMf 4t(l&«fl8» que Uefrase á verilicarsc? Desde luogo parece bien ciftlraño que por espacio de laníos dias esté •ci^iido U «leiHuon de toda Europt hm. BOlieia que canvca de UmIo fundMMBli» l*ero ¿.se sabe ai^o de cierto sobre su existencia, su curacler y verdadero objeto'/ Creewo» que no; y la «oatoaAooien mlu fias es de esto la mejor pruelni. En tal caso ¿se apelaría al recurso de la fuerza, encargándose el ^biemo de Luis Felipe de la ejecución de Im aootfdts de la Alianza? Asi lo creen alanos, y asi |>nniceria indicarlo el ejercito de observaciou que se Ua reunido M fe finmteit; per» bien nirai» h con, es de pensar que Luis Fel¡|)c, <|ue no puede desconocer abierlanRMite el ori^'en de la moiiarquuk de julio, se resistiria cuanto pudiese é éai8iii|ieAtr un p^iel, en (|ue se luibieni de «isemejar p<il|>ablcn)eiilc a Luis XVÍll; y asi tantearía Uidotí los.uiediob imaj^iuables para ver «i Aem ¿aMe iMtmr ti laaiHada sin el auxilio do las armas. Por otra paite, las demás potencias europeas no f)erdonarian tampoco mngiin medio para que un ejéroito ÜNVKés no pasase la íranlan; porque «rieses de la iaflnencia francesa en la Península no^quisieran que viniese a aumentarse cou la^avaaion y ocupación de un ejército nufrraud«í^ ciif>liones euit)|»eas. que tto stifred la d<;»eiMaja de ver embarazada^ vadaavirtmémmimápt iroiiiHüipülÉütiyiinil ta tribuna y los ataque de la prensa, que llevan a cabo sus nesnciaciones con el mayor sigilo, sin que contribuyan a propalarlas ui taeiéiidiscrecioii^de la prem», iit ta^pmñles amlti« ionos y rivalidades de sus kwi^va de {fobierno; estas, re])etiinoK, obrarán de V unidas T compactas: y atratendo i^ranckré á la lnglatemiv!'«jpw rán una influencia ^ctsivr;. vn sea para pasaron ya los dias en (pie se fleiíó á creer en ta sinceridad de la alianza aniflo-francesa: una espcrieucia reciente acaba de ^daseuga- Aar á!dM0IÍlMll|iapil|k.ii«y< e»4rtMMe «o cpioda ya en Europa nlra alianza que la de la«> tres potencias del.Norte. Kslo es mn duda 'rWnom ^lunr MiBa i -ueRi vMmF' ^ne no tanto debe atribuirse á la mn\ar ^anacidad v pr«*vision de sus <lKMubi'uü de estado, como a las dése inbarar unidad ric interés y de miras. Rilas no tienen otro interés en la cuestión española que el político, á saber, el bacer que triunfe en EspafUi el |M-incq}io poKtico qüe ^MMee^au predilección; y si no es posible en toda su amplitud, á lo nicnos con la mayor senieira-M'ipiiaiMv^ ^^^amdar^'UdiuH^qvftM^MkNMRtf demasiada preponderancia ninguna Je tas K)tencias rivales. La Infriaterr» y la Francia, a mas de los intereses polili^v tienen 4MllMÉH|neitiaBtiles; tienen^iaeaiMpP|k& nu^os (pi(» resultan de las abantas maso menoá ustenstblea que han becbo eon los dis«-tíBtqa bandoar tiati Üa wU aa 4*^' líM^we ll«va«Qnsi§a feveeindadvy tienen értvv^loia el haber de soíruir una line.T pf>liiicn ipie s?itisfaga en cuuulo quena a los {Kirtidos doiui- Scp:un toílas las probabilidades, dependerá la.principal parle de esta negociación del pulo de vísla bajo el cual ta miren las trea pilancias del Norte. Estas, «(ue son las únicas que tienen en esta n)a(eria un pensamiento lijo, fundado esciusivumeule en el Irhmlbde un principio político, que tienen, ta asarte de andar acoidaatB caai lodaa laa sin exasperar tampnro demasiado MiiatH» hallándose fuera del poder están coniltaÍlwii dolé desde las iibis deia oposición. ^n<k>v "TvalNqat aMéwlla-oostar el descubrir ni la mas mínima parte de los p^n^ert^s de ü JdeUer im ü; y aunjas conjeturas y noticm^ lo que él ¡u/une necesario que so dindptaiii ({uizas con la mira de sondear la oj>ininn pé^ blica: dentro de |)ocos dias van a abrífse la¿ cámaras francesas, T*veraaMfrdiAli*^HnBM " I I jM II I ii iflpeclarar su pcnsantieiito, ó á buscar un |> ÜM mal scífiiro en circunlocuciones y anfibokijíias; convirtiéndose los rumores de congreso europeo en |M)der<isa nrnia de |):irtido. BÜÉI es decidir hasta que minio es verdad qvenbri^üe el í^ahinete de las Tullerías los »royeclos que se le atribuyen con res[)ccfo al porvenir de Espafia: no es tampoco lacil de sak'r si es el iíobierno de Luis Felipe el que ha [)ro¡)iiesto a las otras potencias la reunión del ( oiii^icso; tíxlas estas sonVuesútmñ eofljeturales. cuya resolución delíni- Mbe.nplaznrse hasta (jue el curso de los imientos |m\a ofrecido mayctr caudal (le datos; |)en> si que se |)uode asejíurar que en este neiíocii) la infUirncia del ^'ahincle Iraní-es no <era decisiva. Basta echar una ojeada a la situación de los ¡Kirtidos de Francia, y snhrc todo á su estado social, («ra convencerse de que su gobierno no puede alcanzar a(pielia ru*>r/a que iiccesila para Rr prcpoudcriifu i;i i-n |,i> i,T.(ii(lrs cueseuro[M*as. No puede ser tuerte en lo eslerior. lo que es débil en lo interior; y el frobierno francés, a |)esar de toda la líriueza de su voluntad, y del vipir en la ejecución df sus ordenes, es débil, esta vacilante corno coiubalido |K)r taiil(»s eleni -ntos encontrados, y asentado sobre una so» ie<lad volraniznda. Por esta causa. siempre que el íobii'rno de Luis Felipe liava de «tbrar en ''l^'iin.i alta cuestión |M)r si soio, sin anuencia > demás potencias, no parece probable que pueda ofrecer a sus amibos otra cosa ipie timpaHas.
Kntre tanto van pasando los dins, v á mas de la estrema conq)licacion de la situación ailliai, las ííraves cuestiones que se acolpan áltMtrada en mayor edad de la Keina Isabel. \an aprovimaiiduse rápidamente, se nonlonan por decirlo asi unas síd)re otras «i el horizfinte; y á medida «pie mas se itutan, mas se descubre su estension in-■MM, su profundidad tenebrosa. ¿{)m parlid» dominara la situación? ¿A (uié hombres eitá re.ser\a(lo el jM»rvenir? Kl Jniniran asepnra que el |><)rvenir es suyo, los [wriódicos del proiireso no dudan que pertenece á su ^ido. V los periódicos llamados conservadores, ahmiau también <pie el porvenir es del partido ípie ellos repn'sentan. Asi prockman todos los partidos sefiura su victoria, declaran imposible el gobierno de lodo bqup no sea ellos. Nosotros no nos paramos iMlo en lo que deba suceder en uii plazo breve, como en lo que propiamente deb4 entenderse por el porvenir ue una nación; asi es (lue nada diremos sobre las probabilidades de triunfo que pueda prometerse este ó aquel partido, ya sea en el campo le^al, ya en el de la fuerza; pero si que nos atreveremos a insistir en nuestra idea favorita, dominante, de «pie nin^'un partido organizará lili ffídiierno fuerte si no procura hacerse nacional. Kl partido (|ue no ten:;» detrás de si á la nación como resguardo y de le usa, y que no pueda llamarla en su a|Miyo el dia del pe> liftro, podra ser fuerte para derribar a sus aílversarios, |)ero no lo será para defenderse < niiini ellos cuando se baile duefio del p(H Y cuando esto decimos no hablamos de una nacionalidad que se haya de fundar en cierta imparcialidad abstracta, en una abnegación coiiijileta dií |»rincipios políticos, en '¡ue el gobierno haya de huir como de nlanaos de todos los hombres que hayan tigurado en los jtartidos; ni tam|M>co (pie se haya de fundar en recmiciliaciones pasageras, en abrazos hipócritas, y en tran.sacciones de palabra; no: que todo estoes tan bueno para escrito como inútil para practicado; sino ipie hablamos de aipiella nacionalidad que se funda en las ideas, en las costumbres, en los hábitos, en los intereses de hi nación; que sabe reunir los elementos dispersos, que salie dar vida á los amortiguados, y que aprovechándose de todo lo que hay de Util y de saludan ble, acierta a formar una masa compacta en rededor del gobierno, masa llena de vida y robustez, que al paso (|ue pueda comunicar vilidid<id á la atmosfera en que está el gobierno, pueda t iibrirle cual |>oderoso escudo contra los embales de la fuerza. Estamos muy distantes de jMMisar que loque llevamos espuesto no sea masque una galana utopia, y que no sea realizable. Envidian muchos el gobierno de Francia y de Inglaterra, y nosotros creemos i{ue para la consolidación de un buen gobierno es tan á pro|K}sito nuestro estado social cmiio pueda serlo el de otra nación de Europa. ¿Se penetrarán de estas verdades los hombres que pueden influir en los destinos de nuestra iiatria? ¿Serán bastante generosos para (lesprenderse de sus |K>queñas pasiones? ¿Serán sus miras lias- ( I ) F.sl.1 e<t la misma ¡«Icn que hn doininailti «teinpn' ♦•n el l*rntnmirtiln de la Marinn.
Unte elevadas para comprender la posición en (|ue nos encontramos? \ si los eslran^erus Helasen a entrometerse en nnestnts asuntos, ¿lo liarían con bastante conocimiento de nuestro país? ¿ÜelRTÍamos esperar de ellos nuestro porvenir? Li causa de España, causa de españoles es; el porvenir de Kspña depende de los españoles. Todas las nayonelas del mundo no son capaces de consolidar un ¿gobierno, si él no se consolida por si mismo; y jamás so creó una iia< ionaíidad por medio de las combinaciimes de la diplomacia.
Tal es el desaliento (|ue han infundido los incesantes trastornos de «|ue hemos sido victimas |K)r espacio de larjios años, ^\w aliíuuos pesimistas han llegado a perder hasta la esperanza de cpie pueda organizarse y cimentarse en España un orden de cosas refíular y coherente. Estamos nuiy lejos de particijKir de semejantes temores, porque volviendo la vista en torno, dando una mirada a la sociedad (pie nos rodea, no encontramos tan (lirundidos ni tan poderosos esos elementos de disolución, que se^un se quiere su|)oner, han hecho incurables nuestros males. Han pasado siete años de guerra, y durante este tiem|)o se han sucedido unas á otras las revueltas; ha terminado la guerra, y las revueltas han continuado y dura nuestra incertidumbie, y el porvenir se presenta todavía muy anublado: todo es verdad; pero ¿es prueba bastante de (luc en nuestro esta-(lo social se abriguen elementos que hagan imposible un gobierno? Para nosotros es evidente que no. Si la guerra, si los disturbios y trastornos <pie hemos sufrido por espacio de ocho años, hubiesen tenido su origen en el mismo corazón de la.sociedad española. si los sacudimientos hubiesen sido electo de la espontanea inllamacion de un volcan oculto Iwjo nuestras plantas, entonces, como la sociedad habria perdido su aplomo por movimientos propios y es|)ontaneos, dinamos que verdaderamente son muchos los elementos de disolución, que ya (¡ue.el cdilicio social DO se consolida todavía [>or si mismo, señal es que no se ha lormado aun la base necesaria para establecer un gobierno estable y duradero. Pero ¿ha sucedido nada de lo (lue acabamos de indicar? no |)or cierto. Las dos causas que han conmovido la s(x iedad española, las que han dado el primer im|)ulso, las que han mantenido desunes la incertidumbre y la agitación, las que nan ofrecido ocasiones y suministrado protestos a que se pusiesen en acción los elementos de trastorno, clenieittos (|ue mas o menos fuertes existen en todos tieui|H>s y paises, esas causas, repelimos, no han salido del mismo corazón de In S(u-iedad; lia>(a cierto punto han sido eslrañas a ella, han dependido de circunsliiiirias esce|>cionales en las (|ue puede encoiilrarse la sociedad mas fuerlemenle ri)(i>tilui(la. pues (|ue han sido la cuesiion dimi^iuti y la menor edad de la Reina.
Véase la diferencia (pie ha\iiediado entre nuestra revolución > las de Inglaterra y Francia. Alli las revoluciones han estallado, y se han consumado sin cuestiones dinásticas y sin miñonas, han salido de las mismas entrañas de la sociedad, v o han llevado al cadalso a los reyes, ó los han arrojado á tierra estrangera. Todavía mas: y la comparación.sera mucho mas luminosa. Tanto la España como la Francia presentan en la actualidad un estado de incertidumbre, de malestar, de sorda agitación, que da miiclHi que entenderá los resjHíctivos gobiernos, y que amenaza con un porvenir tormentoso. Pero nótese la diferencia del origen: en Francia hay un rey sabio y es|)erimentado, su iumediato sucesor pasa va de 30 años, y á falta de este hay otros principes que han figurado con gloria en el ejercito y en la armada. En Esjiaña esta sentada sobre el trono una niña de once años, y el poder que en su nombre gobierna está en declarada enemistad con la madre de la Reina. ¿Son )arecidas las circunstancias? ¿Es semejante a situación del poder en ambas naciones? Es evidente (|ue no: > sin embargo en ambas hay desasosiego, bav turbulencias de vez en cuando, bav acpiel malestar (|ue de-|)ende del poco asiento, de la |MH'a lijeHM ¿Qué signílicn todo esto? Para nosotros es evidente la consecuencia. de que el estado social de la Francia |>ara el efeeto de consolidar un gobierno, es muclio peor que el nuestro; que lo (pie alli depende de causan hondas y arraigadas, aquí dimana de causa» superliciales y paKagera.^. tHttk Por estas consideraciones y otras (pie podríamos presentar, estamos profundamente convencidos de que nuestra situación no es deses)>erada como creen algunos, y «pie pasadas las circunstancias escepcionales que no estaba en manos de los hombres evitar, |)odrá afirmarse entre nosotros un gobierno sólido y duradero. Y uo es (pie desconozi'anws que la revolución ha Iwcho lanthion on Bopaña sn efecto. y que ha dejado taiithien emiuesln» suelo notables sulros; j)ero insis- Iíbios en que á pesar de todo, no se ha heeho impnsihli' nn huen jrohierno: y recházanos la o|)inion de los que se emjwúan en ir^mentar \\or las circunstancias |>rcsenles SMM si fueran circunstancias rejíulares. Cris-HMUgohcrno en nomhre de Isiihel II; ven amnhre de Isabel li gobierna tanjbien el actoal Reírenle: pero es hacerse ilusiones desmentidas por la historia y por la ra/on, el creer que el írobierno de (.ristina ni el del üuque íle la Victoria. puedan tener el mismo asiento, la misma firmeza, el mismo vi- £r. que el de un monarca en propiedad, tá en la misma naturaleza de las cosas, y pretender lo contrario, es pretender un iinpofiíble.
¿Quiérese um prueba jialpahie y reciente de lo fjiic acabamos de afirmar? Hela aqui. Su|i(m::;ise que en setiembre de IHKí hubiesen existido los mismos elementos que se CMBbinaron para el pronunciamiento; supnn-§■0 que las circunstancias hubiesen sido exactamente las mismas, esceplo nna, ¿ saber, que asi como la persona que estaba al frente del ¿fobierno no era mas (pie Récenle, hubiera sido Ueina: ¿habrian llegado tan allá los acontecimientos? Si en vez de Cris* tin hubiera si<lo Isabel, entrada ya en mafw edad, ¿la habnjunos visto también salir áe España entregando á otros las riendas del mmáot Rstamos ciertos que no; y que \ynr MKComplícada que se quiera suponer la sitveion, por mas acalorados (pie imaginemos los áDimos. no se hubiera consumado en Espila con Isabel II lo que se consumó en rrancia con Cnrlos X.
¡AS n'llexinnes que acabamos de emitir «on tristes en cierto modo, porque manifiesta» qae es vana la esperanza de que nuestros males puedan remediarse de un golpe y eonio por encanto, y que e« necesario a§Mrdar el curso del tiem|>o para que poda-Mi alcjinzar una é|)ocade tranquilidad y somas por otra parte no dejan también de ser consoladoras, por(pie demuestran que ■oes desaliuciada nuestra situación, (pie no «rabies nuestros males, quenocareporvenir.
U ílELIfiIOSID.lD IH I A Varias veces hemos dicho, y lo repetimo!» aquí, que la Religión Católica' es el mas fc^ cundo elemento de regeneración (|ue se abriga en el seno de la nación española. Y cuando esto decimos, no nf>s fundamos precisamente en consideraciones genemles sobre lo saludable de la influencia del Catolicismo en la ( ivilizacion de los pueblos, sino que alendemos también á las circunstancias |)arliculares, caracteristicas de España: circunstancias que la colocan en posición que de ningún modo puede compararse ár la de otras naciones de Europa.