A(pii Uefíabamos de nuestro articulo, cuando recibimos el número del fíVm/Jt-deNS del corriente. Antes de contestar á las pre-¿;untas cpie se nos diri^^en, |»ennitascnQS quejarnos de que |)or una sensible equivocacioo, se nos ha^a decir todo lo c(uitrario de loque hemos dicbn, aclr.icandonos ipie reconvenimos a nuestros colcfías de la pobre- \ za de sus ideas y de la escasez de su ioiicnio. Precisamente dijimos todo lo contrario: • nos lamentamos, si, de (\m'. durante imiclio tiempo, la |)rensa no hubiese entrado «mi una fwlémica á que nosotros la brindábamos; ¡ pero leniamos el « uidado de advertir que un t retraimiento tan eslraño, no había dimanado de falla de ingenio, sino de falta de razón. Ko¿^'amos á dicho periódico que vuelva á leer el articulo á que se rcliere: y vera i aue en él no nos desviamos de aquel tono e cortesía y templanza, de une con eslremada ^'alantcria nos llama mouelo. »^ Tampoco es exacto que amenacemos, y <|uc hablemos cou cierla fnúcion uUicn de las fatales consecuencias que producirla el casamiento de la Reina con cuülipiiera otro principe (|ue uo sea el hijo de l). Carlos. Mal conoce al que escribe estas lineas quien le atribuyen fruición alliva por las fatales consectiencias de un p.iho poco meditado; no queremos defendernos; el porvenir nos juzgará á imos y á otros, y manifesUira lo que somos.
Pero dejemos estos incidentes, y vamos al fondo de la cuestión. El Tiempo nos invita a decir lo cpte sabemos ó pensamos sobre. la política del hijo de l) reírlos. Diremos lo que pensainf)S: mal ptKlemos decir lo que sabenws, cuando ni direi ta, ni indirectamente, hemos recibido del conde de Montemnlin el encardo de esplicar su política, lió aquí las pre.^tmlas dt^i Tiempo.
¿llestablece el absolutismo? i» Creemos (pie no: y comeleria un;irande error con solo intenUirlo; y cuenta <pie al decir esto, no nos referimos á la posibilidad sino á la conveniencia. Es tal el descrcdilo (jue á fuerza de errores y de abusos, se ha echado sobre las instituciones representativas; es tal el cansancio en que han caído los pueblos, que un gobierno osado podri;i hacer en este sentido cuanto le pareciese: lo (|ue se ha hecho en tienqMj de (lonzalez Brabo y de Narvaez, indica lo que se p<Mlria • hacer en adelante. Ninguna medida en sentido restrictivo, provocarla una revíjiucioii nacional. Pero insistimos en (pie el resUiblecimiento del absolutismo no seria conveniente, y que el conde de Montemolin conoc»M¡a muy mal la situación de España, la de Europa, y hasla su interés pro|iio, si acometiese una empresa semejante.
Se quiere saber taml>¡en «jué alteraciones ó mudiiicaciones introdiieiria el conde de Montemolin en las instituciones |)olilicas. .No es estraño que se acuerden sienqire de alterar y inoditicar, los que de continuo están modilicando y alterando. I'or nuestra parle, creemos que se debe tocar á las constituciones de los pueblos todo lo menos |>osible; que el mero hecho de |)oneiias en <liscusíon es por si solo una gran calamidad. Lo que nos ha fallado hasla aht;fa en España, no Iwn sido leyes, sino su observaiu'ia; [wr esla causa hemos tenido des(>otisu)o cubierto con el nombre de libertad, y el mas escandaloso inono|)olio l)ajo el dorado nombre de igualdad completa. Lo que debería hacer el conde de Monteinolin sería influir fiara que las instituciones, fueran las que uesen, no se limitaran á estar escritas en el papel, como ha sucedido hasta ahora.
Tiene razón el Tiempo cuando asegura que ni el Pemsamiemo ni nadie puede neítar al casamiento de S. M. con el conde de Montemolin una pran signilicacion política: Ínecisa mente, una fsjan parte de esta signiicacion consiste a nuestros ojos en que desapareciendo la cuestión dinástica y robusteciéndose tan poderosamente el trono, sería dable desenvolver en su genuino sentido las libertades públicas, sin tener que andar como hasta añora, en la triste alternativa del despotismo militar ó de una anarquía desenrrcnada.
Se equivocan mucho los periódicos de la oposición si creen (|ue no hay aqui algo mas que cuestión de instituciones políticas. No, no es asi: cuando se ha luchado por espacio de largos anos; cuando con ra/on ó sin ella, I se tienen comoromisos de honor y de con- ' ciencia; cuando se han creado y arraigado profundas simpat'as en favor de una persona ó de una familia; cuando ios homnres se han ligado entre si con vínculos de partido que no pueden romper sin faltar «i sus antecedentes, hay algo mas (pie cuestión política: hay cuestión de honra y cuestión de amor propio. Esplicaromos la ¡dea.
Supongamos que se diríge al partido carlista la siguiente propuesta. «Vendrá el conde de Trapani, ó un Coburgo, ú otro príncipe cualquiera, y.se restablecerá el absolutismo; ó vendrá el conde de Montemolin y conservará las instituciones representativas; elegid.» Kslaníos seguros que la inmensa mayoría res[)ondería por aclamación. «Venga el conde de Montemolin con las instituciones representativas; no queremos á ningún otro principe, aun cuando se quiera establecer el absoluti>mo mas puro,» Esta es la verdad, no lo dude el Tiempn\ ' mas de una vez ha hecho la prueba el (pie escribe estas líneas, y la respuesta ha sido unánime, y lo que es mas, instantánea.;Y Kir qué? porque en estas cosas tiene mucha parle el conizon. con él se juzga mas que con el entendimiento.
Se dirá tal ve/, »|ue estas son afecciones d»i (|ue se debe prescindir; pero la dilicultad esta en lograr (|uc los hombres prescindan; y supuesto (|uc esto no es fácil ni posible, • es neccsarío hacerla* entrai" como datos importantes en la resolución de los problemas políticos. Vno de los príncipales secretos del arte de gobernar ¿no consiste en templar, en dirigir las pasiones de los hombres?
¿Destruye los intereses creados y restablece los destruidos?
La respuesta es muy sencilla. Si se hubiese hecho un arreglo con la Santa Sede, el conde de Montemolin respetaría el convenio, V no se |)ondria en o|)osicion con lo (j«e se hubiese establecido de acuerdo con Su Santidad.
Si no se hubiese hecho el arreglo, estamos convencidos de que las probabilidades de hacerse pronto, serian mucho mayores que ahora; entre otras ra/.oncs, por la moy sencilla de que la mayor estabilidad en las cosas públicas, daría al Papa una garantía segura de «pie el gobierno español podría cumplir lo que prometiese.
No queremos entrar en disputas sobre quién lo baria mejor; pero no podemos prescindir de preguntar á los nuevos poseedores, si están contentos del orden de cosas actual, y si creen asegurados sus intereses de la manera (pie desean: es evidente que no; luego lo único á que pueden aspirar es á un arreglo amisto,so; y lo que mas deben temer es un trastorno profundo. ¡Ay de los intereses (pie tanto se ostenta defender, si tuviesen que correr los arares de una nueva guerra civil! que los compradores no lo duden; son muchos los adversarios nue tienen entre los mismos sostenedores de Isabel II; guárdense de provocar nuevas escisiones con imprudencias y desconfianzas. Para juzgar de su propia fuer/a, no se a|K)\en en las palabras de los perífídicos; no se hagan ilusiones, no se alucinen unos á otros cuando se hallen reunidos: tienen un medio mas sencillo: recuerden (pie están en Espai^a, y que la España tiene catorce millones de haSiianles, y luego cuéntense á sí mismos.
LAK COBTBS, LA rRSXSA Y EL BUIDO Pl BLU:0 uinniBof ooao ciutomm para c«Ma'r la fucr/a Jri partido monániDicc».
Vkk Para el triunfo y la eslabilidaii de una doctrina i>olitica, e's condición indispensable la fuer/a del partido que la sustenta. No basta que la doctrina sea conducente al bien de la sociedad, ni que las circunstancias en que esta se halle reclamen iiupcfio-8tment(> la adopción y la práctica de íOjue-Ilos principios saludables. Si porcslravio de las ideas, por la exaltación de las pasiones o por cond)inacion particular de intereses prep(mderanles, la doctrina buena permanece débil y no le es posible encontrar un apovo robusto, esta condenada a vivir en la rejííon de las teoiias y a esperar que el curso de los nconleciniientos le depare circunstancias menos adversos. En la arena de la discusión es preciso demostrar no solo que la raxon csUi de nuestra parte, sino también (pie disponemos de los medios necesarios j>ara poner en planta las opiniones (jue defendemoí»; de lo contrario, cuando no se nos pudiese combatir |M)r faltos de razón y de justicia, se nos rechazarla por débiles; pues aunque la fuerza por si sola no da ningún derecho, es por desgracia, con harta frecuencia, asi para los ^'obiernos como para los puetilos, la ultima razón con que iallan las causas.
Kntre los muchos ataques que todos los dias está sufriendo el partido monánjuico, liiíura como uno de los principales el ar¿íumento de debilidad: aríiumento que indicado ya otras veces con aíjuella timidez ipie (Wsi^'o traen las objeciones evidentemente desmentidas |>or los hechos, ha sido esforzado últimamente con un tono de seguridad que solo |)iie(lo disculparse por la necesidad de encubrir la IhKpioza de la aseveración que tan pratuitamenle se emitia. Examinemos, pnes, con detenimiento la fuerza de lan pereírrina objeción, desalojando a nuestros adversarios de esta trinchera en que se ban refugiado.
Ante t(Klo habíamos notar un poderoso indicio de la razón que nos asiste..Nuestros adversarios, oo obstante todo su ingenio y habilidad, se ven reducidos á la estremidaci deplorable de negar redondamente hechos mas claros que la luz del dia. Hemos visto negada la existencia de la cuestión dinástica; ahora vemos negada la fuerra del partido monárquico: cuando uno de los (pie discuten se ve precisado á valerse de recursos tan desesperados, la discusión puede darse por linida; la misma exageración del (\uc niega 'es su refutación mas elocuente.
Como aqui se trata de apreciar un hecho social de la mayor importancia, pero (luc pertenece á la clase de los que no |)uc(len espresarse en números, y (>or consiguiente ofr(ícen pretestos para cavilaciones, es preciso examinar de antemano cuál es el criterio legitimo en la presente discusión.
Estando regida la España por el sistema representativo, parece á primera vista que la fuerza de los partidos debe valuar.-^e con alguna aproximación por el número de representantes que hayan tenido en las Cortes. Si este criterio vale, será preciso confesar que el partido monari{uico es sumamente diminuto. Desde IK34 basta 41)44 los monárquicos no han tenido ninguna representación en las Cortes, o si la han tenido no se ha manifestado. Posteriormente, dicha representación ha sido también muy escasa; y en la última tenqwrada de las Cortes actuales, la hemos visto reducida á una cantidad imperceptible. Ufanos con este hecho, nos dirán nuestros adversarios: «si lan numerosos sois qne formáis la mayoría de la nación, ¿cómo es que ligurais por lan poco en la representación nacional?»
Un argumento (pie prueba demasiado, no prueba nada: un criterio que conduce á resultados contradictorios, es un criterio falaz. De estos dos defectos adolece la argumentación que se funda en la represuulacion de las Cortes.
Si el argumento valiese, probaria que durante diez afios no ha habido monánjuicos en España, y que con la muerte de Fernando Vil desaparecieron todos como por ensalmo. Si esto es verdad ó no, digalo la guerra de los siete años, y digalo también la oposicicm á las ideas revolucionarias (pie se ha manifestado en todas épocas en el seno del mismo partido de doña Isabel II, y de la cual se han lamentado muchas veces, y se lumcnlun aun cou hurla frecuencia, 4os i>eriódicos m progresislas como mo- <lera(los. Dado (jue adniiliéseinos la exislencia del partido luooaniuico, seria menester inferir que osle es tan pequeño, que se halla en una desproporción inmensa respecio á uno cualquiera de sus adversarios. Estos han lenido repelidas veces o mayoría en las Corles, 6 una minoría muy numerosa: j el partido monárquico no ha llegado jamás á este punto; sus representantes han sido muy contados. ¿Ilahrá quien se atreva á sostener que este número era la fj;enuina e.sprcsion de la fuer/.a del partido en la sociedad?!So lo creemos; luego esle argumento, ¡)or probar demasiado, no prueba nada.
El criterio de la representación en las Corles conduce á resultados contradictorios; con él se podría probar que toda la España es progresista, y que toda es moderada; y qüc la mitad es progresista, y la otra mitad anoderada; y (|ue los progre'sistas están en mayoría y los moderados también: ¿se quic- I rcn mas contradicciones? eslo es.sin embar- ' '^'0 \o (pu) resulla de la historia de las Corles. En las de 34 la mayoría era moderada, los progresólas tenían una minoría consi- I rabie. En las de 3G la minoría era modera- i rda, y la majoría progresista. En las cons-4ituycnles la representación de los moderados era imperceptible. En las de 38 la mayoría era moderada, y la minoría progresis-4a. En las de 3í> la minoría era moderada, y la mayoría progresista. En las de 40 la jninoría era progresista, y la mayoría mo-<Jerada. En las de 41 la totalidad* era prolíresista. En las de principios de 43 comeny.aba á ser representada la coalición; en las f<le fines del misum año esta coalición estaba representada también, ¡xiro en proporciones | muy diferentes. A lines de 44, cuando los moderados pudieron obrar á sus anchuras, pagaron á los progresistas con la misma níoneda de 41. Los progresistas los habían «scluido á todos ellos; ellos cscluycron á todos los progresista.s: los progresistas, \ior mucha generosidad, adínitieron á un solo juoderado, al mas progresista de los moderi)dos, al Sr. Pacheco; íos moderados pagan-<lo generosidad con generosidad, admitieron también á un solo jirogresisla, al mas moderado de los progresistas, al Sr. Orense.
¿Qué les parece a nuestros lectores del j criterio de la representación para apreciar y .ea su justo valgr ja iinjiorlancia de las opi- ^ niones y partidos? ¿No se admiran do ii^ renidad con que se aducen argumentos tan evidentemente desmentidos por la historia de los últimos años? ¿Qué se puede responder á una serie de hechos semejantes?
Otro conducto tiene la o[)inion pública en los gobiernos rc|)rc.scntat¡vos; la prensa: I veamos (|ué resultados nos da en favor ó en contra del partido monárquico..No negaremos (jue si se hubiese di' juzgar por este criterio, el partido monárquico seria muy iufurior á los otros: afortunadanienle se pueden oponer al criterio de la prensa las misnicLs dilícullades (|ue se han objelado al de la representación de las Cortes. Desde el;iño 34 transcurrió larga lempora<la sin que hubiese ni un solo periódico monarquice: y posteriormente, cuando variadas las circunstancias, han visto algunos la luz pública, se han resentido mas ó menos de las diliciiltades con que tenían que luchar. Si admitiésemos, pues, el argumento, resulla-I ría que el partido monárquico es muchísimo mas pequeño de lo que pretenden sus mismos adversarios. Lo que prueba demasiado, 00 prueba nada. I Es necesario conocer la organizacioa pe- I ríodística en los diferentes países, |)ara formarse idea e.xacla del valor de su signiltcado. En Inglaterra, donde las costumbres de publicidad csl;in profundamente arraigadtiv y los partidos políticos, amaestrados |K)r la esperiencia, y dominados |>or la robustez, du la Constitución, se mantienen cslriclameiiUe en el terreno de la legalidad, y solo esperan el triunfo por los medios <|U ' \ \- I '\ |,>s otorgan, la imprenta puede. auu un barómetro bastante aproximado de la opinión del país. En Iklgica, donde las eos-I lumbres de publicidad son muy recientes, ya no es posible conocer la opinión publtca por el órgano de la prensa: quien juz^^ase de la situación política y religiosa de la Bélgica solamente por los periódicos, se equivocaría grandemente.
La Francia, que lleva ya treinta y dos años de discusión ftacííica, los (|iie vinieodu después de los ipie había tenido anti^s del imperio, han debido afectar considerablemente las costumbres políticíis. tampoco llega, ni con mucho, a igualar á la Ingl iti-rm Si juzgásemos de la opinión de la I { [)or solos los periódicos, deberíamos inferir j que el partido mas pequeño, mas insiguili-' cante, es el que sostiene a Luis Felipe y su I I sistema. Entre los muchos periódicos que se publican en París, apenas hay dos ó tres que no le hai;an al gobierno ima oposición constante; y aun sobre estos periódicos llamados ministeriales, circulan rumores algo acreditados de que en la defensa que hacen del gobierno tiene no escasa parte el gobierno mismo. Por manera que si hubiésemos de tomar la (¡¡¡inion de la prensa por barómetro de la opinión pública, seria necesario decir qm» en Francia no hay nadie que defienda al gobierno sino el gobierno mismo. Ahora bien: en circunstancias tan criticas como las que ha sufrido la Francia desde Í8H0, ¿sera posible la duración de un sistiMua que tenga contra sí a la inmensa mayoría de la nación? ¿Es posible que no haya <'n Francia un núcleo muy fuerte de ideas é intereses, favorable al sistema de Luis Felipe, y bastante á servirle de apoyo, y á cubrirle contra los ataques de sus enemigos? Ju/.guclo el sentido común. Otra reflexión: la mayoría de las c»imaras apoya siempre al gobierno; la inmensa mayoría tle la j)rensa le combate siempre: ¿dónde está la legítima espi*es¡on de la opinión nacional? Si en las cámaras, no en la prensa; si en la prensa, no en las cámaras. En ambos casos falla uno de los critcríos del sistema representativo para conocer la opinión pública. Tal vez habrá quien sostenga que fallan los dos; esta ocurrencia parece contradictoría, pero no lo es; antes por el contrario, esta llena de sentido.
Si esto sucede en países acostumbrados á la publicidad, ¿qué deberá suceder en los que han entrado recientemente en el nuevo sistema, inaugurándole con una sangrienta guerra civil, y continuándole en ujedio de frecuentes y profundos trastornos? En tal caso la prensa no tiene derecho a ser considerada como espresioo legítima de la opinión pública; y quien para juzgar del verdadero estado" del pai>< se atenga al número y al tamaño de los periódicos, se engaña torpemente. Esto, ípie desde luego se ofrece como fundado en razón, se confirma mas y mas con el testimonio de los hechos.
Los periódicos progresistas son tres: el Eco del Comerrio, el Espectador y el Chimar Público. Los de la opinión moderada son dos: el Tiempo y el EupaTiol, y por espacio de algunos meses figuró entre ellos el Universal. El periódico defensor del sistema de Narvaez y amigo celoso de este general, es uno: el Heraldo. El defensor constante'^ i del ministerio, es uno: el iniparcial. Hay otro períodico enemigo de la oposición con- .servadora, pero que no defiende constantemente ni á.Narvaez, ni a! ministerio. y que sosteniendo en general al partido moderado, no está afiliado a ninguna de sus fracciones, sino que emite su oj)inion particular, según lo considera conveniente y oportuno: el Popular. Por fin, los diarios monárquicos son dos: la Esperanza y el Calólico. Este último. si bien se ocupa siempre mas ó menos de las cosas políticas, se dedica de una manera muy especial á las religiosas.
Juzgando de las ideas en España por la estadística de los periódicos, seria preciso convenir en prímer lugar, que la religión dé los pueblos está en una decaden(;ia espantosa. Si bien no negamos las profundas llagas abiertas á la religión y á la moral por los desmanes de la revolución y por las doctrinas disolventes, no jwdemos conceder que las cosas hayan llegado á una situación tan deplorable como se nos pintaría en la estatilslica de la pnmsa. Aunque los periódicos, ni progresistas, ni nioderados, no dedi(|uen por lo común sus colunmas á combatir la religión, y hasta se abstengan de entrar en discusiones sobre el dogma y la moral, su conducta en la elección de los folletines induce á creer que no es la religión su pensamiento dominante, y que llevan la tolerancia hasta la indiferencia ó el escepticismo. Sea cual fuere la novela, por mas que el escritor se entregue á todo género de ataques contra el dogma, contra la moral, contra el culto, contra todas las instituciones religiosas, contra el clero en general, los tolerantes periódicos le abren las dilatadas columnas de sus folletines, y hasta luchan entre sí con viva emulación para arrebatarse la I preferencia en ofrecer al público la seductora leyenda. No dudamos asegurarlo: si un estrangero juzga de la España por la simple lectura de los periódicos, deberá creer que está aclimatado en nuestra patría el indife- ' rentismo religioso mas completo. Sin embargo, y á pesar del pretendido barómetro, no es posible negar lo que vemos con nuestros ojos y palpamos con nuestras manos, en la corte como en las provincias, en las ciudades populosas como en las aldeas: la inmensa mayoría de la nación española se conserva adicta á la religión católica. " Las consecuencias relativas á la opinión Digitized bV Google poUtica del país, no serian menos estraftas. | ríales, eon el apoyo de algtiisfl " opulentos enrif[iit'cidos con las coñ l ralas v Desde lue^^o salla y la vi 1 1 inferioridad en que se presenta el parlido monárquico, iníenoridad que por lo enorme, no se alrcyerén á tener por verdadera ni aun los mas interesados m cxa^orarla. Prescindiendo de la proporción cnlre el partido moderado y el progresista, so nota una anooialla chocante, Goales, el que de los tres periódicos moderados, mas distinguidos por su tamaño y redacción, los dos pertenecen á la oposición conservadora: el E^ñol tj ei Tiempo. Juzgando pnr este indicio deherianios creer que la oposición conservadora ba conquístalo uua gran, mayoría en el seno del partido BKíiefado;,lo que está en evidente coólradío* I fueran diferentes; y si perdiesen el con la compra tle los bienes del clero. Si dé esta pila forma parle el j$obierno y en eUa coloca todos sus dependientes, la bnteria es poderosa, y las descargas riertricas son capaces de hacer temblar de espanto y ter~ ror á quien no conosea lo inofensivo del aparato.
Todo se reduce á ostentación: »odí>esfe&- licio: con estos medios se obiiejien los resultados que se quieren, y se obtendrÍB otros muy diversos. Cuaodo'los progresistas mandaban, los resultados eran (>rogresistas; cuando cesaron de uiaudar, los resultados non <'on las votaciones de las Cortes, y mas todavía con lo que puede esperunentar j)or si mismo cualquiera que interrogue con imparcialidad y buena fe la opinión y la voluntad del pais. Poco fallaría, aleniéndono-;;il indicio ae la prensa, si no creyésemos (}uc 1» oposición conservadora tiene tantos partidarios corno la progrcsisla; y sin emliargo es evidente para lodo hombre de mediano juicio, que la oposición conservadora si llegase al gobierao, no podría resistir por si sola, ni íinn por tiempo muy breve, ningún ataque sério: cuando por el contrario, los progresistas, aunque muy distantes de la |ll9pukridad con que ellos se lisonjean, son capaces de hacer una revolución y de dar mucboque entender á sus adversarios, si IMidiesen eocumbreise de nuevo al poder, siquiera por ocho días.
A mas de la representación en las Corles y de l^s óiganos en la j)rensa, buv todavía o|n> ^Mirómelro de la opínioo pubUea, que algiinn^- firnj'n i)'>r muy verídico; y que en unos y otros, y se examinase de cerca el terreno midiendo la estension del campo donde fue Troya, se descubriría bien prooito que para destruirla no se necesitin tto caballo tan grande eon» el de las jGragorosas cavernas. - '■tfi^vitti^tsuiiifi: Será bueno que los teetorae iw phSSni de vista lo falaz de los tres critenos, para no dejarse alucinar con vanas apariencias, perdiendo de vista la realidad de las cosas. En los grandes acontecimientos que se pr»> paran, en los momentos cnticns en que se resolverán los colosales problemas que abru^ man al pais, no deberemos admiramos de que se ponga en mov¡nii>nlo la Kspaña facticia queriendo dar la ley al trono y a la España verdadera. \o embargante las pror testas de snraision y lealtad, y losaMlMMS contra los enemigos del truno de doña Isabel II, estamos seguros de que según el curso <|ue lleven las cusas, resonara porlut» cuatro ángulos de KspaSael eso formidable de la opinión públira, amenazando á la ReíiMieslro o^ncepto es tan falaz como los otros, na, amenazaiuJo á la España, amenazando á i faUndo un nombre especial, le llamare- I la Francia, araenaaaodo a la Europa, si la mos ruiéb pdAüoo, ponfne eonsisieen oiei- I Europa, y la Francia, v la Espafia, y la Reíta.'Agitación que comienza en algunos dren- na no se somelen hunúlilemente al dictamen ios de la corle, se propaga á otros de las de los que están demasiado acosiumlM'ados capitales de províncu y estíende hasta las á ciue el suyo prevaleiea siempre, poblaciones mas pequeñas sus irradiaciones bratorias. De viDratonas. l>c esto resulla en conmoción una España facticia, improvisada, (¡ue presenta ibnómenos engafiosos, raovimienios que pnrcí-rn di' y'uh. v que en realidad no son mas que cíectos de uua especie de galvanismo. La pila galvánica que produce efectos tan sorprendentes, esta formada de algunos ern|)l. ' I literatos, periodistas, candidatos a dipuucioo ó á sillas ministca la [)us¡hinimidad de los que se asustan por vanos espantajos. Desde ahora para enlouces, si este caso ba de llegar, como sena muy posible, preveninMW a los lecioresfiara que no erenn que una resolución firme no podra llevarse adelante sin que el orbe se venga ahajo. Esta opinión foctícta. ese mhdo, tendrán tanta ímportiMia como len4aB los que se hallen encargados de dirigir el negocio. Por nuestra parte oslamos tan se- I ^uius (le la opiaiou del pais, y du que todüs || nuestros adversarios. Por lo que toca á Ins (jue no leau el Pknsamiknío, dci i h delicadeza del J^sjtañol el reclilicana ih. ikmi equivocada (|ue de nosotros hahrian junlido iormar; en cuanto á los que nos favorecCD cou la lectura de nuestros artículos, no habrán |Kídido menos de sorprenderse al ver que el £«p<i/lo/ hablando del IV.nsamiknto pk LA Nación, dice con una serenidad admirable: anos \\m\a miserahles ij /orpfs sin adluente nacional, diremos que es la (jUc co- 8 vertir que la torpeza y miseria de nuestros ios obstáculos a una política \erdjdei amenté nacional son vanos fantasmas, (|ue a no mediar la mas escandalosa llojcdad o la mas insigne torpeza, contaríamos de st>^'uro sobre el resultado. Al tiempo apelamos, que esta eucarj^ado de decirnos estas y mucbas otras cosas; y para que no i)ueda caber oínf^uno duda sobre el signilic;ido de lo que entendemos por política verdadeiamieu/a por la reconciliación de todos los espafiuios, iuau¿;urada en la real lamili el i'uiace de la Uema cou el cond* de UnioUn.
a por m BMriti M Virk va 1 1 ilrl uiitatu.
M MMlríd Ha descubierto el líspauol que «de alí{uous días a esta parte, esta bauieudo el Pkn-«AMiEMO üK LA Nacion esfuerzos desesperados para rehabilitar la causa del conde de Movlemolin; y que abaudouando la mesura y lemplan/a que lauto le distiusuieron al espoucr el año pasado los supuestos dereeiios de su candidato, y las ventajas mas supuestas aun, que el matrimonio ton la Reina nos traería, se eutre¿;a ahora á toda la vehemencia periodística contra la cual lanío ha clamado.» No es fácil decir si los esfuerzos del Pb.nsamik.mo ue la Nación flOD deses|Hirados o no; pero lo que se puede alirmar es que oo sou de algunos días á argumentos son otras tantas razones conlni los su vos; D y se habrán indignado siu úwh al notar que para formarnos un gran captli!l(> de cargos, se comienza por poner en nuestra boca palabras que oo hemos dicho y que somos incapaces de decir. ¿Quién ha' visto jamas en nue^lros escritos los dicterios de miserables y torpes, ni otros que se le parezcan? Si hubiésemos hecho otro tanto con el Español, ¿no hubiera rechazado la inculpación aplicándonos la denoniínaciou correspondiente? Nosotros preferimos dejar encomendado csle negocio á la conciencia del escritor y á la conciencia del público.
Si el em{>leo de tales medios está hecho con premed ilación, la conducta es culpable; si es efecto de un descuida, un tal d''scuido es incom|>rensible. De todos modos nada eslraño es que quien comienza de esta manera cootinúe entregándose á declamaciones personales que nada tienen que ver con el fondo de la cuestión.
Observa el Español que el Pfnsamie.nto DR la Nación no se circunscribe al sendero trillado de los heciios precisos y actuales, y que de ellos ase desvia siempre que la ine- ¡ jor defensa de su causa lo exige, obrando «sla parte; esta es una especie de manía de [ empero en esto con suma habilidad, y desqee adolece de mucho liempo alias el Pkn- j hzandose sin que lo noten ¡a ¡itayor parle.de *A.«iKNTo DK LA Nacion, cüuio dc UH mal los Uclores, hacía el terreno de otros hechos cróoico y punto menos que incurable. Como j cslemporáneos las mas veces, y fuera de quiera, seria cosa de enfadarse contra el | proposito.» Bueno es que la sagacidad del Pbasamiknto dk la Nacio.n el verle abaudo- ^ Español haya notado lo que (según él misnar su acostumbrada mesura y templanza, > mo conlíesa) no notan Ui mat/or par fe tic y entregarse ahora a toda la vehemencia | tmuiros lectores; [kíio scanos |)crmilido duperiodislica, si por desgracia uo luese do- dar de si es esa mayor parte quien se engamasiado cierto que contagiado el £s}míiolác ¡I na, o si es el Español. Como entre los Icelola misma vehemencia, iifipugua artículos que Bo habrá leído por entero, o ha citado de jnemoria algunas jialabras, couliaudo mas eo ella de lo que fuera menester. Los lectores del Español a cuyas manos uo haya llegado el pE.NSAMiKNTO DE LA N.^cioN, habiáu ejilrañado la descoriesia cou (jue traUuouü a res del Pensamiemo hay muchos muy ilus irados, no puede darse por oíondido el Español de que cuando menos pnugamos en duda la superioridad do discemimienlu que sobre ellos pretende.
Para no dejarse seducir por los artilícios del pK.NSAMlb.NTO DE LA N ACION, da cl Español uaa regla que desde luegu adiuiliinos sin rcslriccion alguna. «Ks iiicQCSlcr leer coa mucho deteiiiniienlo y iUenciou hasla las cláusulas cu apariencia mas uisi¿;iiiiicaules de susarliculos, cuidaodo sobre lodo «le no dejarse fascinar nunca por esos ^'olpes repentinos que casi catiiicariainos de teatrales, á los cuales apela cun Irccuencia para salir de los malos pasos. » Vor nuestra parte recomcudanios dicazmente la regla del A\spañoi, en la inteligencia de que con cuanto mas detenimiento y atención sean laidas laü cláusulas signiíícantes óinsignilicantcs, mas fuudada esperanza tenemos de que el lector se convencerá de la conveniencia del enlace de la Reina cun el conde de Monlenioliu. Tocante á los golpes repentinos que el Lispañol casi calilicaria de teatrales, laminen, creemos muy conveniente que los lectores i no se dejen fascinar, y que recuerden la ob-! servacion de que el autor de los artículos í del l*K>SA,Mii.>To «conlundc el ánimo del iec- | ior poco esperimentade, y obHgandoUí a seguir y admitir las inílexiblcs deducciones de una argumentación viciosa en súbase lo lie- ¡ va á regiones desconocidas: y cuando le lie-. ne alli sin recurso y sin salida, se cojo|)lace!