SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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Es hombre muy callado. — ^No hay silencio c^mo el de una estatua.

Es nn escelente lileratOi»¿Se trati literatura? -'^'^ ' Es un sabio. — ^¿En aué ciencia? i " ,Ha leído y estodiado mocho. — ^¿0«éH^ bros? ¿de qué modo? ¿con <nié talentflíf ¿parí qi!ó objeto? ¿con qué resoltado? Ahom es oportuno todo lo francés. "< Tout héríssé de (jmc, loui íhhiUi il arrugaoo;, » Kl qui de niiUe Mleurs, reteoiu mol puur DiUM n Ifete eDiasaéft, a'a wHivent fiikqu'uit es un lacu oatíianor — uay canezas qun i roiiio a sott^ máquinas de puras palabras. Kl lector jl hecbos.

Ha viajado mucho. — ^¿Quién más' que ]o< rnrhes?

Es iruiy condecorado. — Falla saber ^ fir merecido'las condecoraciones y por qué.

En el mando se ha hecho respetar marcho.— ^Nada mas respetable que la boca de nncafion. ' Tiene muy buenas coniidencMis: todo lo sabe. — Es muy peligroso que confunda ta política coü ¡a policía.

Es muy vivo. — ^La mucha vivacidad no es el mejor mdicio de talento. ¿Qniénmas vivo que una ardilla?

Es muy condescendiente: con todos priva.— Los* reptiles se distinguen por su flexibilidad.

£s sumamente misterioso: nadie le entiende.— ¿Por qué huye de la luz? Oculta, 6 su pe(]iiencz, ó SU maldad.

És franco en estremo: no tiene secrew, todo lo dice.— Solo las arcas vacias pueden estar siempre abiertas. \ ^^^^^ Es muy cumplido y ountual en toííEgP Escalente para maestro ae ceremoiMas.

ira «uay* ac eilcnio aoiwe d i^rvátapMi Dicen que vamos á entrar en mt «Éw concordia, y que merced á la profimda y atinada combinación que Iímíos «:H!>»Mnn;, se han resuelto felizmente, o aproximado a rer» solución feliz, las grandes caestionee qw pesan sobre la España. Aparta las {wlabras, romo valores nulos, atengámonos á loa Concordia de ia famiUa real. — El infaiile D. Enrique, hemano del esposo de la fteina, protesta desde (lUiile en términos biirto 8ig> uilicativos. El conde de Montemoliü, primo de ia Etiioa, se l'u¿;;a de Buur^es, y dirige á los españoles un manifiesto, verdadera proclama, ilamaiidü á las armas. Con él eslaa unidos su padre, sus dos hermanos y D. Sebastian.

HwUiado gracisimo. — De siele varones que cuenta la familia real, en edad de íi;;undos mna tiiiwmiiIiíiiíiíí' i iIT wúf\n se fia de sns[)cchosos en tiempos lan malos? — ^Los compradores de bieoes de la iglesia 4esaan conservar lo 'adquirido; la iglesíii está sin medios de subsistir. — Los pueblos se lamentan de los tributos: el ííohierno es cada dia mas exigente, y lo sera lauto mas, cuanto mayores sean las necesidades de la situación.

¿Cuáles son pues los elementos de ( oncordia? No la hay en la real familia. No la hay en los hombres de la situación. So la hay en los pulidos disidentes. >Nd It hiyl» los intereses. ¿Donde eslá?

rar en la paz ó en la guerra, los 5«m están i La nación tslÁ cansada de discordia, contra k» que sé e^té nadeiido ahora_. Las | Cierto; pero todos los enfermos están consecuencias en facar iela coneordia'UB abandonaaios al sentido común.

Omitimos otras circuustancias, de lodos Júen sabidas, y de que hablan con demasiada frecuencia los periódicos. Nada de lo relativo a personas tiene cabida en el Pfi^SA<-mu:mo i>k la Nación.

Concordia i» ío$ partidot poUtkos. — ^Los progresistas están exasperados y protestan uor cuantos medios se hallan 9 su alcance. Los carlistas pensarán como se deja suponer. La oposición conservadora toma una actitud semejante á la progresista, en lo totanle al enlace francés, y se muestra cada día mas Eliminados los progresistas, los carli y los conservadores, falta todavía mucho que eliminar. \o todo lo (jue resla es compacto. Hay hombres que fueron partidarios del enlace del conde de Montemolin y de un sissados de sus enfermedades; y sin embargO;:. tienen que sufrirlas; algunos hasta la muerte.

CmsoncioL,. ¿quién ha contado janús ej cansáneio coino un etenealo- de i|aM>y bienestar?

Si se cuenta con el cansancio, ¿qué sucederá cuando los (i<«£OJ'd«« hayan deuausadoí ¿Quién ha lomado la aedida del tienpe ne^ cesarlo para descansar?

Pero el cansancio, aqui, signiüca también desengaño, escarmiento, y por consiguiente, desconfianza de las promesas de jos par'* tidos. — Pero falta saber contra quién nstaa ci desengaño y el escarmtenlo. — Los pueirreconciliable con el sistema político actual, f bk» desean cosas positivas. — Pero si él dilema ^Ütico diferente; los hay que noque lian m lo uno ni lo otro, ¡)ero "(j " noro es cosa positiva ¿hav unesearmailoilor mas positivo que el Sr. Alón?

Para elementos de concordia vemos aqui, no un poder fuerte, no un brazo robnslo, no una figura de talla gi^'anlcsca, cual nos que uuque* | ofrece ia historia en el lia de otras revolu-]ue no esta- liciones; sino nnos cuantos, hombres que diel gobierno:, cen con la voz mas alta qne pueden: Uem-, bien los malvados, arre pié ntan.se los peQa-> dores, cedan los tercos, desengáñense lot ban acordes coa la política del gobierno testigo el Congreso; los hay (|ue forman un partido, o mas bien uua pequeña hacciou, que se Úaoia de los ami^ del general Nar- | ilusos, vengan todos aquí, v nosotros haréel sacrificio de mandarlos.» El sermón vaez; y los hay que de ningún modo ((uerian á este general, como es de ver por ios sucesos del mes de abril.

Resultado, — ^Los elementos de concordia de la nueva era son los siguientes; La na de los progresistas; la dese^eraaon de los carlistas; la tndí^Mtetoii de los conservadores; el descontento de los que faeron montemolinistas; las antipaiías personales, rivalidades y resentimientos de los demás.

Concordia do iniotnu, — ^Todos los empleados progresistas están cesantes; sus intereses no concuerdan con los empicados en servicio. Los empleados carlistas serán mimos no es malo; pero la dilicnllad esta en (¡ne si nos atenemos a la historia de nuestro.paia en los últimos cuarenta años, elaidmNno de España es muy ol)stinado.

£1 gobierno tiene fuerza, recursos de to-, das clases para anonadar á los promove-^ dores de discordia.—.\o se trata de esiac aunque sobre este uarticular se podría escribir un buen articulo; pero repelimos uuc no se trata de esto, sino de si hay ó no elementos de concordia.

Desde luego se puede asegurar que la misma abundancia de medios para ahogar iflpiifnUinpamenU: la discordia, si nose los f qucloii Tortores de incdiatm rñ^lcr» con inm-In prudotx'ia y in: snhri.^rl.ul, juitlii'ian oquivorarsi*. V(i nio suria tlar oi iisiüti á qii* Í!Í, íbamos por dftSjuuho. Esper: i'i<l Dn lujos dií «'siinjíüir la l<',\ l ii il. 1 Tuerza para lo siK*esiv«i.

uAontrercitua, neqm the.smrt prtrsidia régni sunt, renm arnm, t/ños ticqitf arniis cogeré, imfuc aiim j/nruic tj/ieus:» «t'i soslon de uu reino no son ni los ejércitos ni los le- linnes que nunca, nos aleiíraremos de ello, soros. sino los ainiiios, que ni se hacen á la ¡K)r(pic no puede resenlir ' (uerra, ni se adíjuieren con el oro.» Ksta propio cuandi» eslá de por ua, máxima de un escritor profundo, la hau ol- ¡idad v el liieneslarde nncslr.i vidado con ihímasía nuestros gobiernos: y i es de lein.'r (|ue la olviden en adelante. Las aruias «irvcii para batir cneinisros; no para granjearse auugos. Kl oro sirve también \rAra cuniprar servicios f tííjonjfls: pero ni In^ criados ni los aduladores son aiiñíTM • n os ' Ya se han vislo medidas lucii. i se han oido (lalahras muy duras, lin estas uiateria.s. todos los hombres juiciosos saben qué pensar: nosotn)s, porqne no se di;: a -^•e inipn>\ isamos ina\imns aíl lioc. y sufíüRSio que hemos comentado ú hablar en alia, recuaiaii'.mos al gobierno unas pala-" bras que están e.scritas hace casi dos int!

Dejemos pues este terreno: mos el conli'nln y aleirna o disfrutantlo de dlicio, y vam. Giras materias, une si hicn arena, no se b;i: Se ha di( lio qii' lías, y obom d • rio?as; en prueba delo<*unl véase laj ha leTantado en la • dado con lu cuorliun (¡ut' ]íor ci es de puro nombre.

interesa i ion de la duda, po: - «ños. alta in múaiina fortunn, minimn /i- | que ¿i se pudiese probar que el partido c.ircentiatst; neam sludere íw/hí odisse, I lista está muerto, como tlnranio tan Innro »flínii»í irasci dtb^t, qufp apiul aUox iracun-, tiempo hemos estado pr<«dic; dia diciiur, in imperio supcrbia alqw cru- i nii-ncia v necesidad de la u dicando la nnper delitas lulpellahir.» tul Cuando vea la luz pública el presente articulo. es muy probable (|ue se habrán celebrado ya los enlaces régif.s, y por lo mismo consideramos inútil el insistir sobre es!e punto: en semejantes materias uo st* puofle Tolvor altas, y buenas ó malas, es preeiso aceptar las consecuencias. Mientras era tiempo, hemos repelido que se cometía un error político de mucha gravedad, y (pie los n'-sullados serian l'unestos para ia Espiña: tío hemos podido evitar el mal; mucho menos seriamos capaces de aplicarle remedio. En tales casos, los remedios, cuando los hav, no son artículos de |>eri<>dic(). Kn e del ¿i de setiembre, (|ue se publicó el '10, lo dijimos todo: en parle, esf>resado con toda clauniou co;i. partido,* resullarianios culpables de hab r (pierido unir un vivo con un difunto, loqu - es un suplicio horrible (lue no í > f í nuestros días. Asi es muy nalui ocupemos de «na cuestión, que si pn puede serlo dr " ' l'aia im~ otros es de la...i;...v.,r»n '<' > que en ello se iutercsa el I; nuestro sistema político. Si el p lisia fuese un partido nnterto, íiiuli. sido arrostrar dilicullades nara el en la Heina con el co'ndc de.Monlcm V.in.

Ademas, qUe tampoco 'cr i cuestión en si misma carezca de El principe proscripto acaba de < i su pmclama ó manifiesto, que | var al cmnpo de balalla sus prer ' trono: buscar pues, si el partido < ta muerto d vivo, es buscar si el cumento es un papel insi digno de llamar la atención vir t(;^ ' interesan por la Irampiilidad de la 1^, Tratándose de la vida ó de -la muerte, iU". la juventud ó de la vejez, de la fuei / a debilidad de los partidos, se pucd< rnlail; en iwrle, indicando lo bastante para I» tablar disputas inienuiuables; pero tisl.i^ corlan pronto, si i$e lleva In cuestión ai ver-'«Mem terreno: los liecluis.

¿(lii.il (T.i I;i vifla del [jorlido carlisUi dorante lu guerra? Esto se puede calcular teniendo presentes tos elementos á qoe resis-•ii. Bmn toe gigoieni * ^ Un sobiemo eslabliTido, dueño do indas ias capitales, de todas tas plazas t uerlos y '^ud dispoiit de tos roemos ée^ toda ia ns^ cion.

La cuádruple alianza, que por mas (|uo se diga, no fue estéril para.el trono de la Reina, sino muy importsnle, y naa de tos principales causnsdc SKtríonwt ■ • . Véanse sus eíeclos. ' í>v i.-i —Las escuadras ingtosss vigilando las costas, impidiendo desembarcos de armas y pertrechos para los carlistas, y auviliundo maknttimtfnie al ejéreils de la Aetn» en tos costas de Bilbao y San Se hastian.

—La política francesa impidiendo largas 4emporadas («u'frnn el humor) la intreduewmt de armas, caballos y domas eredos de guerra; internando y muy frecuenteoMiite encarcelando a ios carlistas.. r ««•«A. propósito de eeeaicelantoBtos, ne pocemos pasar por alto- una observación que nos ha ocurrido repelidas veces. Se han oido muchas quejas contra el goltierno francés por su poco eeh - en el eoeipliiiMeelo de la cuádruple alianza: estas quejas son muy injustas. El gobierno Trances se ha resignado á un sacrilicio,si no mas costoso maleriai-.4BeBle« al bmms «ms rntrible para los cora-'^loees generosos: el de perseguir á los destttraciados^e rociamabaa un asilo en nombre r4to Ift -késpiialMM. fleeoñpreade ifnb en iSokimwo Mtodme'BOistoBla qae ios emigrados se organicen y reúnan aprestos de njgnerra para iovadir al pais vecino; pero no Mfee eesupreade eómo hay- oh goNerao que ^l^era encarjíarse de hacer la y )I¡cia por Votro, aun en las fronteras mas distaiUes, y vque niegue a unos los pasaportes, y eocarlane á otros, y ponga grillos á estos, y se apodere de los pa|)eli's dt> aquello-^. y rel¡;istre'equipages y rompa cerrojos, y haga «nftotodoto qoe podria hMenevse trata-*^dé una eonspnwíM etotra to' «eguridad 'ftepsltoips qw esto sei lie: que esto lo baria muv dificilaiento cual* quier otro gobtome de ¡Europa: que la ge* nerosidad del pueblo francés ha de verlo con mucho desagrado, y que son muy injústos los qae' se han nuejado y se QuejaB aun del peo'dWvéel gannete-de tos TaHe^ rins. Ksto no se prueba, se siente; porque hay cosas que el corazón rechaza instintiva-Mfliito^siii''ii^si(8iArikde' lÉMfe^ftSiD.

Mnhiad de la;:uerra pasada, y no hallareis un carlista que no se lamente de la falta de I ecursoi^. Cabrera, aun en los dias de su mayor pu|aBni';«lsaM B'oeha gente que no podía llevur al combate, por rnrecer de armas. IKu la cspedicion de duniez, de Zaratiegui, en la de Dou Carlos, y en todas, -lo que faltaban ne eran hombres, sino ar'^ mas. 8i la In^lnlnrra y la Francia se las liubieseri nrojiurcionado, o les hubiesen permitido [u p ictonÉrsetos, ¿qué hifailr ÉBee-^ dido?

II!;( siiperioridrid de los ejércitos déla lií'i- Ína, cuando ia leaiau, dimanaba casi sieiupre. de la mayor abundancia de recursos. Bseia mns de un ¡iño (¡H'^ Ins carlistas de Cataluña campeaban hhreiucnte por el principado, y hasta habían obtenidO' ventajas de mucha consideración, y todavía estnantrAltos de artillería, sin tener ma'^ cañones que aleunos de madera. La misma cspedicion de i)un Cártos se estrelló en el* piieMei>-4e^fiáNkpe>r dor, por no tener una miserable balería para derrihrir tapia-, VA fieneral (!(ird*»va. y cuantos militares han hablado de la matena, lun estado «loidttB ^taK^nftmtoüWiry necesidad de basar las o|mra(MMMrsSllBá%|-ta diferencia de medios, de atraerá tos carlistas á un terreno, donde esta falta no pudiese suplirse ni con el número, ni con el valor ]M'r^<inal, ni con las simpatías del ¡tais.

Í!in cuanto al apovo oue la causa de Dou Cártos ^aSSÜtiSm 'éi^mtíiSk puntos de Ja roonarqifÉ, hé aqui algunos becbos queila justiíicande una manera palpable. Las tropas de D. Carlos podían maniobrar escogiendo to Bdida^qwrttoéTtesflteéfese: nS ejéníto. un í división, iin fiatallon, una conipafiía, hasta lui individuo; pue< que un l arli'^ta solo recorría con su iusil una grande cstcustoa de pais, sin riesi^^o ninguno; smndo tos generales de la Ui iii i debían -ieni'trc ¡ndar con la mayor cucunsuecciou en au:> marchas, si.ne'4ueiÍMí ittpeHif iiiiiéeldaiMseMeltÉa^ descalabros que no siempre pudieron evitar. ¿Y qué dÍBMMs de tos; vtveres? liaaiUnill Oigitized by Google de ia Reina dol)ian llevar cohsí^o sus provisiones, sopeña de morirse de hambre; y ios «artistas viv¡i\n en lodas parles sin mas recursos que los del pais. Se dirá (pie los unos Tejaban y que los oíros no: pero este es uo vano efuj^io: los que snbian de vez en cuaado incendiar h< pueblos y las mieses, bien hnbrian sabido lomarse los vi\eres: losescrúpulos de conciencia no licitaban a tanto. Las razones de esta diferencia deben buscarse en la diferencia de relaciones que con el pais tenian los ejércilos belijícranles: hablen todos los generales que hicieron la í?uerrn; y hable sobre todo la Meimria del maloírrado ^'eneral Córdova, (¡ue con tanta claridad y cxaclilud lijó el verdadero carácter de • esta guerra, y cuya previsión justilicaron tan plcnainchle los sucesos posteriores.

Un partido (jue resiste durante siete años á mi gobierno establecido, y poderosamente auxiliado ¡Kir tres potencias; un partido cuyos büliiadus brotan del pais, \iven en el pais, y no son nunca rechazados por el pais; un partido (juc á pesar de tantas contrariedades no puede sor vencido después de tan encarnizada lucha, como se ha confesado recientemente, y que aJemas no necesita de confesión dtí nadie porque es mas claro <pie la lu/. del dia; este partido dcbia tener ¿jrandes elementos de vida. I Ha muerto después, se dirá; ¿y dónde? j;no recordáis el sií?nil¡cativo articulo publicado hace pocos días por un periódico progresista, hi 0\únion1 ¿l*or qué ha muerto? ¿Cuáles son las causas que le han reducido á tamaña nulidad? Dccisque el principií en ü\\ maniliesto ha abjurado los principios del partido carlista, y que esto mata al [wrlido; ¡qué contradicción! Hasta ahora se habin diciio que los partidos reaccionarios, mo--rian porque no aprendían ni olvidaban, y ahora se dice que el partido carlista muere pítrqne nprendc >/ oirida lin medio habia para malar el partido carlista; el mas sencillo: gobernar bien, hacer sentir á los pueblos las ventajas de los sistemas innovadores. ¿Se ha hecho?

I'ara todos los hombres juiciosos bastan y sobran los hechos y las retlexioucs que acabamos de consi,::nar, por lo (jue \amos a dar otro giro al discurso; entrando en consideraciones de un orden diverso. Llamamos sobre ellas h atención de los que se interesan por la tranquilidad del pais. ^ ' Claro es que los amigos del actual orden ; de cosas están interesados en atenuar la gravedad é inminencia de los peligros, y asi es muy natural ({ue aparenten dar poca importancia á loque ellos apellidan las impotentes macpiinaciones de los partidos estremos. Hueno será, sin embarfio, que no lleven las cosas hasta la exageración, teniendo presente la sabia máxima: ne quid nimix. A fuerza de sostener cpie la revolución ha I muerto, y el carlismo también, podrían llc-I gar a persuadir aciertos dependientes menguados, que es licito cebarse en la persecacion de los partidos es Iremos, como se ceban los buitres en los cadáveres. Esto es peligroso: es una máxima militar y política, el que nunca se debe reducir al enemigo á la desesperación. No diremos hasta (|ué punió podran encontrar eco en los partidos, ni I las escitaciones revolucionarias, ni los llamamientos del conde de Monlemolin; pero estamos seguros, muy seguros de una cosa. que enseñan de común acuerdo la razón, la historia y la espcriencia, y es que podrá muy bien suceder que los mejores auxiliares de la revolución y del conde de.Monlemolin, sean algunos imprudentes servidores del gobierno de la Reina. Tal miserable que recibirá su salario para vigilar la conducta de ciudadanos ¡lacilicos; algún gele de una partidita que estará encargado de ahogar las insurrecciones en su cuna; algún comisario I dewasiíkio celoso tj actiro, (pie importunará ' sin necesidad a hombres pundonorosos; es-■ los y otros servidores semejantes, podrán! sembrar la alarma enlre los conocidos por opiniones progresistas o carlistas; podrán hacerles creer que no están seguros, aunqne nn rviispirm, y cuando esta creencia se di- ¡ fundiesi*, ¿ijué podría suceder? Todavia no.se ha podido olvidar lo que i sucedió en la última guerra civil. ¡Qué handos tan terribles! la palabra de muerte se hallaba escrita en todos los artículos. ¡Qué fusilamientos en todas partes! ¡Qué prisiones! ¡Qué conlinamientos! ¡ Qué destierros! ¥ ; sin embargo, ¿qué se adelantó con est»? nada, absolutamente nada. Loque se htzn fue perder mucho terreno; v disponer de , tal suerte las cosas, que si b. Carlos hn- 1 bieíie tenido consejeros mas atinados y prei vi.sores, su causa habría triunfado [)or los Í mismos errores de sus enemigos. Recuérdese lo que sucedió en Cataluña. Todo estaba perdido; y la política del harón t I (le Meer sostuvo la causa de la Keina. ¿\ como? con la severa disciplioa en el ejército; con ordenes terminantes para que no se insultaste a nadie; run un cuidado esln'mo prende por le común, lo que serán sus providencias, cuando se llegue á los pormenores de la ejecución. El fíohierno escribirá las palabras de sospechosos ó desaféelos, siu para «pie los pueblos no fuesen molestados; ¡ considerar <|ue estiís palabras van á des|>ercon poner centinelas en las casas de campo, para evitar hasta los peípicíios desmanes de ios soldados durante el transito de una columna; con tratar humanamente á los prisioneros; con restañar la sanjrre en las ciudades, ya que por dcs^'raria estaba corriendo en los campos. Testijíos fueron del resultado cuantos se hallaron a la sazón en Cataluña.

Xjü exas|>eration de los ánimos se calmó de una manera notabilísima. Los hombres ñas influyentes del partido carlista ronocieron que les hacia mas guerra el barón de Meer con su proceder suave, que con su pericia militar. Sea cual fuere la opinión que tenga el partido progresista de la conducta que con respecto a él observó este general, es indudable (pie en el campo y en las poblacioni's subalternas, los efectos de su comjMjrlamiento fueron altamente favorables a la causa de la Heina.

Bien sabemos lo que se dice en tales casos: que es necesario aliíjar el mal en sus f»nnc¡pios; que conviene cortar los hilos de a conspiración cuando comienza á urdirse; (|uc al iin, el mayor daño (|ue puede resultar á los que sean inocentes, es el estar eneerrados en un calat)02o por algún tiempo, por via de preraurinn. l*ero este lenguaje, sobre ser el idioma de la tiranía, es el de la imprevisión, el de la ceguera. Cuando se han enrarcelado o deportado cuatrocientas o quinientas personas, no se ha llegado á mas (juc a una pequeñísima porción de un partido. Los partidos, en tiempos agitados pequeñas chispas se dilatan. y llegan á mm tar en el ultimo rincón de la península todas las malas jiasiones, venganzas personales, rivalidades mezipiinas, miras codiciosas, instintos brutales; todo se revuelve y se pone en movimiento, y presenta un espectacolo deplorable. Tal escribiente de una Glicina de {Milicia mira con insultante desden a una persona respetable, y le maltrata de palabras, y le amenaza. Tal comandante de armas, un capitán por ejemplo. u otro cual-(|uiera.que salido de la oscuridad se asombra de verse re\eslido de facultades eslraordinarías, ejerce las funciones de su pequeño bajalalo, y se creería poco activo y litv inasiado condescendiente, si no cspidieru lodos los días algún pasaporte de confinamiento, o no metiese en la cárcel á ciudadanos pacilicos, remitiéndolos luego á disposición de la superioridad; y quizá tal hombre inláme, hambriento de oro. ac(H'ha la ocasión de arrojarse sobre una víctima para obligarle a redimir la vejación, y arrebatar le cruelmente el ¡"rulo de los sudores de toda la vida, la es)H>r:inza de su familia..No. nu conijuenden liastinte los gobiernos lo qu(; signitica el entregar a los pueblos a dispoNicion de la arbitrariedad; no comprenden bastante en (|ue se convierten sus provideii cias cuando llegan a ser ejecutadas; y por esto se hallan á menudo con resultados Jiainelralmenle opuestos á los que se habían prometido; por esto ven (pn* las insurrecciones en vez de atajarse pmgresan, y que las y revueltos, son demasiado grandes para (|ue puedan caber en una cárcel por via de precaución. Lo (jue se hace con esta conducta es alarmar, agriar, exasperar; cada individuo tiene su familia, sus parientes y amigos; y cada cual piensa que le puede suceder mañana á él mismo lo ({ue vé que «ta suc(ídiendo á otros; y lal ciudadano que viviría pacílico en su c^sa, podrá con-! vertirse en un soldado tanto mas temible, ' cuando á mas de pelear en defensa de sus principios, buscara en el combate la venganza de sus agravios.

Cuando el gobierno superior lanza desde 9» altura órdenes fulminantes, y que pueden dar origen á la arbitrariedad, no comgrandes incendios.

btcftlo ru bjRrloiu rt l« li' Mu.lnJ rl [•liblicwiu «I» Ks costumbre antigua en las fracciones del partido liberal, el achacar a sus adver-i sarios la coalioiím o alianza con los carlistas. Durante la dominación de Espartero se hablaba de alianza enrio-crislina; ahora se nos viene hablando de alianza f(ir/o-/)ror^r<?$ísía. Esto parece indicar una cosa. y es, que el l'i'iu dejemus esas protestas <]ue aadd signitican. pues lo uue debajo de ellas se quiere ocultar, esta demasiado patente a ios ojos de todo el inundo. Al temer la coalición se obedece á un instinto de conservación propia; y al clamar contra ella se traía de prevenir un peligro. En ambas cosas, se coniiesa sin ipiererlo, la importancia de un p;«rlido que se aléela despreciar, y se cons (pie aduciamosen defensa de nuestro sistema polilico. Hste es un triiinlo que obtenemos en el terreno de la discusión, ya (|ue no hemos |)0(l¡do alcanzarle en el campo de los sucesos: las victorias en los hechos son el logro de lo que se desea; las victorias en la j discusión. consisten en demostraciones pal-' pables de <pie se discurria bien. Kn lo interior tenemos el hecho que acabamos de consignar: en lo eslerior hallamos otro no menos sii;nil¡cativo. (hiando la Francia se hallaba contrariada en la corte de Madrid, necesitó sefrun se dijo, echar mano de algunas palabras que intimidasen: el Times en im arlicido del 9 de agosto, tjue copia* ron los periíKÜcos de Madrid, reliere que u la Francia habia llevado la sin razón y la audacia hasta el punto de amenazar a los ministros españoles, con llevar al conde de Montcmolin a Madrid á la cabeza de los bapartido carlista uo es lau débil como se ha querido suponer; pues su alianza es buscaua, 6 al menos se teme que se la busque.

Ks bien curioso que á los ()arlidos dominantes, siempre se les ocurra la idea de (jue eus adversarios tratan de aliarse con los carlistas; que a los caldos les ocurra también la misma idea, cuando menos como una lentacion. Enhorabuena que Intención sea rechazada por la conciencia de los ipie la sufran; jj lirma plenamente la fuerza de las razooee pero ello es que la tentación se presenta.y que los interesados en que la tentación no triunfe, se muestran alarmados, hasta q^ue el mal pensainienltxehava desvanecido. Este solo hecho di( e mas sohre la situación de España. de lo que pudiéramos decir nosotros con largos artículos. No es necesario penetrar en el secreto de las negociaciones, ni siquierí. saber si han existido, ya sea en 484¿, ya sea en 1846: basta el simple hecho de los temores del partido dominante en las épocas respectivas; basta la reaparición del mismo fenómeno político, no obstante la diferencia de las ciifunstancias.

Pero se nos dirá, nosotros no tememos la alianza; publicamos simplementi^ la noticia mas ó menos fundada; y al apartar á nuestros adversarios de un* abismo semejante, trabajamos para su propio decoro, para su porvenir, no para nuestra segundad..Vlendidas las pruehas de cordialidad que se han Uilloncs franceses, si la candidatura Trápani dado los hombres de la situación y los profíiesislas, no puede caber duda sobre la sinceridad de tal lenguaje: y asi, desde lueiro permitimos al lector, oue si lo considera justo. [)resle ciega fe á la j>ereyrina prolesla. vcrea de todo corazón, ijue cuando el [lartido dominante procura apartara los progresistas de la malíiadada coalición C4>n los carlistas, procede movido por el puro interés de sus adversarios, y solo se propone conservar el decoro, y asegurar el porvenir del parlido [irogresisla. Por nuestra parle, y suponiendo (¡iie el lector se haya decidido ¿ creer, todavía nos permitirumos una observación. Si el decoro y el porvenir del partido progresista os inspiran tan vivo interés, y este porvenir y decoro se sacrilican con la coalición supuesta; ¿como es <|ue no reparáis en sacrilicar desde luego csle misera rechazada;» y ¡ n^itable contraste! ahora (pie la Inglaterra ha sido burlada, se achaca al gabinete inglés el (pie favorece los })royeclos belicosos del con(ie de Monteiiiolin, y los periódicos ingleses en sus artículos mas amenazadores, no han encontrado medio m:l^ -i i iiro para causar impresión, que el soltar algunas palabras favorables á ¿'(irlos Luis.

Léanse los ))criódicos alemanes, franceses, ingleses, españoles de todos los partí-<los, y en todos ellos resalta como el mayor inconveniente y el mayor poligro. el uso que las poLi'ncias europeas, y muy particularmente la Inglaterra. pudíeraii hacer de la situación del hijg de D. Carlos. Eslo ¿qué prueba? prueba lo mismo (jue llevamos eaplicado; prueba que el partido carlista uo es tjin despreciable como se (juiere suponer.

ino decoro de los jirogresislas, suponiendo- | Ese movimiento instintivo con (pie los partilos capaces de un acloque apellidáis indeco- l| dos, la nación, la Europa, vuelven la vista roso? ¿Es cuidar del decoro de una persona ol suponerla capaz de hacer una acción indecorosa?

hácia la situación del conde de llonlemolin, tan pronto como se presenta un peligro, es el testimonio mas elocuente de que no se Irala de uu partido muerto, v que.será necesaria no poca lialnlidad para iiaciM' frente á las evenluulidadesdel porvenir. Diréis, que seao cuales luercn. no las teméis; sea en luicD hora: esto prueba <|ue sois valientes. Y lo sois en verdad: <|ue bien necfNÍtaliai» valor para lo qu(^ lialu'is beclio. Para llevar de frente la cuestión de fueros de los pro- ¡ vincias Vascongadas; y las quintas en Cataluña; y el si^tenta tributario; \ arrostrar la ira del partido progresista; y la deses|)eracioD del carlista; y el dis¿{u^ío de la Kuropa; y la cultera de la Inglaterra, es necesario ser valientes, nuiy valientes: si, lo iN»Í!»: este titulo no se os puede disputar, sois muy valíenlcs. Cuidado con la exageración de esta cualidad, <|ue entonces el valor toma otro nombre.

Se ha instado á los progresistas ()ara (|ue manifeslasen solemnemente que desistían de apelar a la fuerza, y que solo liataban de emplear medios legales: no.estrañamos la inslancia, poique en efecto, eu la situación actual (te España es de muclio interés elsa* h'T la a<'litud (]ue quieren tomar los progresistas. Porque es evidente (|ue el peligro no está la coalición, sioo en Idsiiuullutieidad de la acción, auii(|ue los que obren no se hayan coligado. Poco le im|K)rU)ria al gobierno el (|ue sus enemigos, si apelasen ñ las armas, se hubiesen coligado ó no, si ti.-vit^^e que habérselas a un mismo tiempo t.. unos y otros. I.as probabilidades de los carliítas están en los campos, las de los progresistas en algunas ciudades po|>ulusa8: fallando la milicia nacional, y AU|)uniendo que los carlistas y los progresistas apelaseu a las armas, cada cual por su lado, la siluacioQ seria critica, y no debiera carecer de valor y de maña quien consiguiese salir airoso de ella. Por el contrario, si los progresistas propusiesen cnmendar^e, y asegurasen que ni en.Madrid ni en ninguna capital de provincia intentarán un golpe, aunifue no quede dentro de los murcts de las poblacioues ningún soldado, y (pie por el contrario apoyaran al gobierno, todo el ejército se [)0dria agolpar xibre el punto en que estallase la insurrección carlista, y ahogarla de un golf»e, ó al memts im|>edir (pie progresase.

l'or ahora no.se ha visto ludavia la mani* (estarioQ deseada, y las palabras del prudeale senador que respondió de sus intenciones, mas nu de las agenas, no eran muy i {NTpposilu para tiau(|uilizar á los suspicaces. E» verdad (|ue se ha publicado una declaración según la cual parece que Espartero.se halla tan decidido a |M)uer Un a las esperanzas de los carlistas como en Luchaim y Vergara: pero la dihtullad esUi en que la suj)osicion implica el mando en gefc de ios ejércitos; y este es un lugar estrecho eu demasía, donde no pueden caber dos. No hay ninguna contradicción en que Espartero se halle decidido a batir las huestes del conde de Monlemolin, y en (pie no renuncie á reparar en debida forma la catástrofe del Malabar, enviando a otros á tierras estrangerus para ser a su turno acusado de coalición con los carlistas, y defenderse con proleslas deque, sí los dejaran, también ellos acabarían con el carlismo. Por manera que este negocio, tan sencillo para cada uno de los conteudieules, lo hacen muy complicado los dos juntos. Los hombres de la siluncion están resueltos á combatirá los carlistas; lu creemos: los progresistas están resuellos también; no lo dudamos; pero ¿con que ciindicíoncs? Una muy sencilla: mandando. Todos quieren combatir; pero es con la condición de mandar; v asi no combatirán junios á los carlistas, que es precisamente lo (|uc debiera desear el conde de Monlemolin.