De e.slo se inlierc que merced á las divisiones intestinas, fallaría en caso de guerra un elemento de resistencia y de acción que conutbuyó no \h>co á ios Vcsullados de la guerra anlerior; y sí se añade (pie este elemento de resistencia y acción |)odria no solo fallar, sino obrar en sentido á propósito para tener ocupadas las fuerzas del gobierno, iiabremos encontrado una diferencia (pie cá un dato muy importante en el problema de España.
Los progresislas se quejan mocho de (lonzalez Brabo por haber desarmado la milicia, y dicen tpie con semejante acto.se dio a la libertad una herida mortal. Salva la aceiM?ion de la palabra libertad, de la cual para saber si ha sido herida de muerte deberíamos saber si alguna vez ha vivido en España, preciso es confesar (|uc no van los progresislas tan descaminados; y que sí estallase una insurrección carlista, no pocos de aquellos hombres ipie niodilican sus convicciones según las circunstancias, fio habían de ser tan favorables como fueron al gol|H; maestro del Sr. González Brabo. Esceptuando las plazas fuertes, los carlistas por poco numerosos uuc fuesen, ponelrarian en ludas parles donde no huhiese una coUnnna de Iropü, lo cual seria una ventaja que no dis- Trutaron jamás en la fiuerra anterior y que podría tener consecuencias graves.
Naturalmente ocurre que en tal caso se armaría de nuevo la milic ia y qu*> a>i (|ueilaha todo remediado; pero rellexiouando un |)oco, se echa de ver <|ue In cosa no \ es hacedera tan fácilmente, y que ademas \ el nuevo armamento podría acarrear resultados desagradables. La iiislilucion de la milicia era por si sola un eleníenlo de revolución; pero este carácter lo tendría mucho mas aruíimdola de nuevo. Kl armamento se liartn en circun>tancias crilicas, en (|ue las pasiones bullen, en queelmíedoarredia á los unos y el peligro exalta á los otros; todas las precauciones de prudencia para casos seinejanles no son mas que artículos e.scrilos en un papel. Kl simple decreto de armar de nuevo lu milicia nacional sena un llamaúñenlo á la revolución; seria una confesión paladina de (pie para defenderse era necesario soltar la cadena a la liera y dejarla que campease, siquiera fue.se con inminente peligro de los (|ue en olro liem|M) la crmdenaron tratándola en seguida con notable dureza.
' l\ INGLATERRA Y LA FRANCIA KX L.\ Que el niatrinionío de la Reina y el de su augusta Hermana era un negocio n>uy grave, nadie lo ignoraba; pero que sus resultados ¡ debieron ser de lamaña trascendencia, no ¡ todos lo creían. Lo que antes podia ser una I conjetura mas o menos fundada, es boy un | hecho incontestable r los enlaces de las dos, princesas han cambiado la situación diplo- | inática de Europa. Esta proposición, no se nos escapa impensadamente; la establecemos con plena premeditación. i Nuestros hombres polilicos han (pierido reducir á dimensiones pequeñas un negocio il inmenso: semejantes empresas son supenures á las fuerzas humanas: lo que de suyo es grande, gi-andc permanece; si se lo quiere estrechar, rebosa.
Para eslraviar á los políticos espartóles ha mediado una causa grave: el obrar de acuerdo con un gabinete cuyo pensamiento irresponsable disfruta fama de comprensión vasta y penetración profunda: hay ilusiones a (pie no se sobrepone fácilmente el conuin de los hombres: pocos son los que eslan bien persuadidos de la verdad de aquel dicho: — anda, hijo mío, y veras con cuan poca sabiduría se gobierna el mundo.
St», cuenta de un augii.^lo |>ersonaje que en la cuestión del matrimonio de la Rema de Esfiaña no quería [Kírmilír de ningun^ modo (pie renaciese el predominio de la ca«^ de Austria, y que en tal evento se proponía demostrar que su es|)ada no era de maderu: preciso es confesar «jne aun sin cj^te peligro ha manifestado en este punto una o.^iadia que contrasta notablemente con su proverbial tímide;.. Un emperador romano pregtintaha á.Vpolonio qué es lo que había cansado la ruina de uno de sus anlecesoies: «sabia templar muy bien su arpa, respondiri.\pQlonio; pero en cosas de gobierno á vece» ponía las cuerdas demasiado Úojas, á veces demasiado tirantes.»
En eslo, como en muchos oíros casos, no faltará quien repita la vulgaridad de que cuando él lo ha hecho, lo habrá f)«nsado bien: sin duda; y también lo habría pensado bien Napoleón cuando se equivocó lan soiomneinente en los negocios de España: y no lo pensó poco y mal la Inglaterra que contal habilidad, energía, y resultado, se aprovecho del error del capitán del siglo para envolverle en una red de que no salió sino para la isla de Santa Helena.
¿Pronosticáis, se nos dirá, la ruina de la dinastía de Orleans. y eslo por un matrimonio español? No, ciertamente; pero lo que afirmamos sin lemor de errar, es que la dinastía de julio ha entrado en una situación nueva, y (pie el anciano monarca no baiani al sepulcro sin pagar con crueles pesadumbres la satisfacción de un momento. 1.^ política esterior de la monarquía de julio tenia por uno (le sus objetos ()rincípales la conservación de la paz euro|M!a. cuya garantía mas solida era la buena inteligencia con la íiran Rretaña: esta buena inteligencia se ha rolo do una manera estrepitosa, y para restablecería se necesitan algunos años mas de los {iiifíde proini'tcrsu de vida Luis Felipe. La Francia y la Kuropa saben lo que ha dado de si esta buena intelii;entia, (|uu mas o uienos sincera e ínlinia, ha sido Una prenda de la paz del mundo: nadie puede saberlo <pie su rompimiento producirá. No nes alucmamus sonando ya en sanfirienlas batidlas entre Parker y Joinville: pero estamos seguroH de rpie ha comenzado realmente una nuera era diploníalira, y por consiííuienlc pulitira. La nueva faz de los negocios se nianil'estiira mas o menos larde, quizá no muy tarde; pero de cierto se inanilestiira.
Algunos periódicos han tenido la candidez de pintarnos como muy ligera la herida de la inteligencia cor«li¡d cnlre las dos naciones, retiriendo seriamente <pje la Inglaterra se contentarla con la renuncia del duque de Monlpensier á la corona de Francia: si el gabinete de las Tullerias hubiese ofrecido al de San James tan' ilusoria satisfacción, este hubiera tenido razón para contestarle que no era prudente agravar el desaire con un ofrecimiento que podia tomarsi» como burla. La di|>lomacia inglesa no debe de bal)er |>erdido el sentido común, y este basta para que vea <jue el v»'rdadero peligro del matrimuniu no se funda en remotas eventualidades de llegar al duque de Montpensier la cor<ma de Francia.
Se ha tratado <le |)ersuadirnos que los temores de la In^'laterra se referían tan soto a la jwsible uiiirMi d«; las coronas de Francia y España en lina misma cabeza; y que con tal que este peligro desapareciera, el neg(»-cio estaba terminado. Esto, repetimos, es un error: la Inglaterra no teme esta reunión, [torcpie es poco menos que imposible, atendidas las probabilidades de la vida humana: y porque si llegara este caso, aun cuando ningún tratado lo prohibiera. lo habia de impedir el cvidenl»' interés de toda la Kuropa, y mas que la Kuiopa misma, lo habia de impedir la Kspaña, que aun en su desgracia conserva todavía bastante nacionalidad para no resignarse á ser abiertamente una provincia francesa.
¿Qué teme pues la Inglaterra? ¿Por qué se indigna? Teme: que un hijo de Luis Felipe por un suceso desgraciíido, pero muy {KM>ible, llegue á ser rey-consorte en España; teme que, uun sin este suceso el carácter de marido de la inmediata suce.sora á la corona, asegurara al duque de Montpensier, es decir, al gabinete de las Tullerias. una iiilluencia preponderante en la ()olitica española; teme que en las eventualidades del porvenir de Ksjiaña, |Mjr mas puras y desinteresadas que se supongan las intenciones del duque de.Montpensier y de su augusto padre y familia, algunos hombres mai intencionados pudiesen pensar en hacer en España otni revolitrioH de julio, introducieudo diferencias líntie rama primera y rama segunda, lo que.idemas, y para que no lo olvidcíu los ingleses, tiene otro ejemplo anterior en (luillelmo de Nassau, orincipe de Orange, casado con la princesa María; teme que, aun cuando no se verifique ni lo primero ni lo tercero, y (|ue teniendo sucesión la Reina [ñerda lá Infanta el carácler de inmediata siicesora a la corona, las relaciones de familia que ya eran bastante intimas,.se estrechen hasta el punto de desterrar del todo la influencia inglesa, y hagan dueño esclusivo del campo al gabinete de las Tullerias..• Todo esto teme la Inglaterra: la historia y la esperiencia son los jueces competentes >ara decidir si temo ó no con razón; •á>i como el buen sentido del lector deberá fallar si el motivo de semejantes temores desaparece ni aun con la renuncia de los hijos de la Infauta á sus derechos a la corona de España. Esto lo exige sin duda la Inglaterra; pero si logra esta concesión inmensa, lo que consideramos dilicil, porque seria la mayor de las humillaciones para los gabinetes de.Madrid y de París, todavía la Inglaterra no estará satisfecha del todo. Su amor propio quedaría vengado viendo la deshonra en la frente de quien habia querido humillar el orgullo inglés; pero su previsión iría mas alia, e iududablemenle tomaria otras medidas de precaución.
¿Porqué se indigna la Inglaterra? Se iodigna ponpie después de haberse lisonjeado con ({ue su inlluencia en la Penmsuin quedaria asegurada con la conducta que ha seguido desde 1 8:^3, se halla actualmente en peor situación <|ue en dicha época; se indignii porque habiendo auxiliado a la cíiusa de la Keína durante la guerra civil, y algo mas (|ue la Francia, las ventajas no han sido para ella, sino para la Francia; se indigna poi(|ue su amor propio se siente herida al verse precisada á contemplar su derrota. V burlados todos sus cálculos de una mane-« macia eurdpea cfue íe 'fíflillífftf; ^ indiiína.^-^-.^^ porque s 'tnin;isi';:ur;in j)(»n()iiir*(is st* le ha ialtiulu a una piilahra soleninemunte cni" peñada; se indi;i;na porque ^'^Prtmcla, tjne desput'sde 1830 apiMtus h,i osndu desculentena séiMWlfíkMi^immM^ptépmB*- to hundir para «íi<'tiq>n' la reina de los mares. Si: los humlnes de et>lado de ioglateiia clon de Ks[)aria, olvidando tradic¡0De4) antiguas, y haciéndose los paladines de no se le poderoso, ahora no hace caso de proles/as I que empresas propagandistas, que uojmk fírmaiesde la Gran BreUiña, y \eü da por || dian proMciftim^ii resuitado. o na^^fMlÍÉ iiiitu\liattt cjoi'urinn di'I pro- ' tenor otro «pie malar la itaeionaini i l f^pañola: y de esto, si se consuma, ¿que delicra rerallAr? Alguna» iii§ic8eá habían calcuiadu que lo que debe fcwttar, m sitiwiiaii ú la Inglaterra; cálculo especioso. peromuy«rrado^Jo^^i^ue^ddw^iíurj^^a^^ necesiiladv cia V ai deciyeslo, no hablamos delaab» S(Mi-H»n material, reuniéndose los dos paises bajo un mismo ci>lru; sino de U ubsuruttui moral, que pm»TnNéfétMkifmñ»i4mHif^ ideas propias, de unas coslntulires propias, de una iegisiaciou propia, de una cmiura propia, y eft'áiii, dé uta polUica propia u iodependientei" ftrix^r ' * -oifímiMlir La in!^líilerra. que vio con jdaeer la caída de, la reslaucaciua en i<i-aucia, se Uo. «blardado diez y seis años en hacer un (useabriinicnío, que sin embariro w) era tan buscar un aliado iiel, no sena por cierto el i dibcii, sise hubiese recordado k h^Utfta gabinete^ilaB Tulterias dondi^lhgli(l|^¿ t Üfctl^ioitttea y- i las laimUas^'^fÉni ra irla á encontrarlo, l n interés |)Psnjero 5 eniiaño ha sido inavor. liándose de ese nne- ' — ' ' rt» órdeu en lo locante a la publica eapaAoderse de las iiidii acioni"» i\" ningún ijabine- MMpiiesta la tnme;u<u<t eioeiirinn (H'i pro yeeto c^mlranado; por eslo se indi^^na la Inglaterra, por eslo se confunden en una misma idea y en un mismo sentimiento. los whiiT'? y los lorys: títrlns se indijrnuii d" l i huniiüacion que acaba de sufrir su pai>. y se preixunlan arcrg()tieééiM,'cAm6 c» posible <pie la euádrojílc alianza les haya ronducido hasta el ptinlo de ver lieelia 'peda/o'; la polilica de Pili, v tan Iristemenlc inarehitados los Üiireles de WateifH^f ' Mm ho sentiiníís, esclania con una indi::- nacion mal comprimida el ori-Mpo del gabinete injEfes; mucho sentimos que la nacioh inglesa haya perdido su conlianza en la dinastía de julio de is;{0. /Como podría la Inglaterra en lo sucesiso (l;;r crédito alas promesas de una corle (pii> |)or tholiroS do eííoismo ha olvidado lan pronto lo pasado? .Si la necesidad realmente nos obliírara a Ni Ni bastaría entonces como ahora, para que o vidaM lodas soa praine^as, y faltase a todas las consideraciones debidas entre dos potencias ninii.'ns. DtMUfts ':i;iri;is á Dios pf>r haber hecho esU descubr miento en una oManoen que fa segalíMfidÉ^%4llgHltopi ra e>la muy lejos " Chronicl" del *s setiembre.
La In^ialerra no echara en olvido este deseubrimenía, y no dejará ain vengama timafla humiilaeion: ¿pero (piim tiene la cvipasinola luglalt-rra misn)a de este mal páflo en que se halla, y (pie podria coslarle no pequeños sacrilicios? La lui.laierraf qae dehia eonorcr un por(. a la Kspaña, pues que sus soldados pclearqn duraole seis años «■ Bsjpafta bodlrt lalMMNM» Inglaterra repetimos, debía conocer cuáles eran los verdaderos elemenlos de fuer/a d»» nuestra nacionalidad, y meditarlo mucho antes de oMNkiiilKan po(lerosa mente é^teMNMmil misma nacionalidad, en la cual se estrello el capüan del siglo; eaa nacioiMlid«d «pie Im(o H tñoeoa«i la. La Inglaterra debia conocer,. q«te la ruina de la dinastía de Luis XIV, no equivalía á la nuierte de la ¡ndilicit de Luis \l\. ju> la babiu abandonado; y no MÉ^Felipe.
de peliiírar.n (Morning- 11 Ks muy seductor para un monarca íiauccs el lener subordinada a sus miras una nacioQ como la española: nuestra pusiciuu iopbgféfioa^;* ■weelWi ^sicionea se» ntalMtü terráoeo y en la costa de Africa, y nuestros recursos, todavía muy abundantes a -paaar de nuestro abatimiento, n<» indican ^c$MK> un aliado poderoso, ó un enemigo mible para la Francia, en caso de um' Uicto. europeo. La lengua Iraucesa 4ei va geirti linÉitoiB feptiterttf <íi cefaail^llMiDda; las modas francesas^deafijíuran nuestros trajes; las costumbres franceaas aUerau uuosiras costumbres oaoioaala^; nprlaterra podrá compelir con la Fitocia menos los que le habiaa; ia literatura, la i religión, las costumbres inglesas son cosas r descnnoridns a la inmensa mayoría del Eucblu español; ¿cómo sera posible á la nglalerra el competir con la Francia en influjo sacian Su ambición debe limitarse ¡i la iniluencia puramcole |X)liti('a ó mas bitii dipiumalica, esto es, a la iniluencia. no de sociedad sobre sociedad. sino de gobierno sobre gobierno; y en esle lerreni» seria siempre batida por la Francia si el gobierno español no fuese el representante de una nacionalidad española, propiamente española, si no f uese mas (pie pobre imitador de la adminiaUacion truncesn.
Lu Inglaterra se encuentra cogida en mi proiMOs lav.os; ya sabemos (jue es bastante psoerofa )>ant romperlos de un golpe; pero ajor bubiera sido uo tener que apelar á uerros que nuuca se hacen sin pcrjnicio y sin riesgo. La revolución <lc <8.'t«» allerí'» profundamente ia situación política \ diploluúttca de Europa; pero no tanto que la pAlalra e(¡m¡ibno europeo debiera sor en ado-.glantc una palabra sin sentido. Eu Inglaterra ^¡se crc)o que la cuádruple aliunra podía «contribuir a este equilibrio, cimentándolo sobre base^ nunm; olvidando iasiimosnmente que la política de Ins naciones debe estar acorde con el estado intelectual, moral y material de los pueblos; y que los de Es-^ paña y Portugal no se hallaban en la disposición corres|)ondiente para que se reatir.nra CD ellos lo que deseaban los diplomáticos de las conieroneias de Londres. Todo lo que sed debilitar la (¡cmiina nacionalidad de los pueblos de la Península, debe refluir larde ó temprano en provecho del ascendiente flanees: si Talleirand al promover la cuádruple alianza previo este resaltado, previóperfectamente.
^^k\ acometer la Inglaterra sus empresas caballerescas en favor de la propaganda liberal y consignando su resolución en tratados solemnes, se dejó tal Tez alucinar por los recuerdos de ia época de Canning y las contrariedades del congreso de Verona; pero no debia olvidar un hecho sumamente significativo, cual es el que Fernando VII -por apoyarse en la antigua nacionalidad esi>afiola, fue bastante fuerle para emanciparse de ese mismo gabinete de las Tullerins, cuyos soldados le acababan de liliertar.
Merced á ese falso punto de vista, bajo el ^ cual la Inglaterra ha mirado ios asunloi» de España, se habia ido empeñando desde 4834 hasta el punto de ligar su causa con la de la revolución en su ¡sentido mas lato, sufriendo lueiío un desengaño cruel en 48i3 al ver que se disipaba como el humo un editíclo (|ut! creyera muy sólido. Desde entonces ha i» ocedido con ma»; circunspección; pero la Francia le habia tomado ya la delantera;fcl desenlace del drama no |)odia ser mas desastroso para la política inglesa: el casamiento de la inmediata sucesora á la corona de España con un hijo de Luis Fefipe, se ha hecho sin el ronscnlimiento de la Inglaterra y á pesar de^ todas sus gestiones j protestas* ' Los rerescs, saht^ lodo si son humillantes, hacen meditar 5<ibre la conducta pasadn; y el lenguaje de los periódicos ingleses des de el ultimo desastre parece áer el de hom bres que se hallan burlados y que.se arHípienten de lo que hau hocíio. Seria fácil formar una colección sumamente curiosa y signiiicaliv^ de las, graves indicaciones que se han permitido íc« penódiro<< ingleses mas autorizados; siendo de notar que no son ya corao en otras épocas los órganos de una propaganda reyoUypionaria'4 9Í119 qoe solo hablan de los antiguos tratados, del equilibrio europeo y de la necesidad de (lue la Península conserve su nacwnalidad para atajar los progresos de la iniluencia francesa. ¿Se habrán renovado las tradiciones de Pilt?¿S'» habrá recordado la imi)orlanr»a ípie daba este grande hombre á la nacionalidad ^spnüola uara libertar á la Europa? ¿Se hanrA notado que la polilira de lord Palmerston en presencia de Luis Felipe se habia desviado mucho de la qne observó el gran ministro para hacer frente ó Napoleón? Las circunslaneias eran diferentes, es cierto; pero ¿nada habia en los actos de Pitt que pudiese ilustrar á lord Palmerston? La política de la (fverrn, ¿no contenía ningnnu lección para la polUica de la pnz'i Como ((niera. hé aquí una anécdota que espreM fielmente el pensamiento político de Pitt y que Inego justilicaron Io«; sucesos dé una manera tan satisfactoria. Era en el otoño de 4805 y daba Pitt una comida de campo, a la que nsislian varios de sus amigos. Llególe iMitretantü un pliego en que se le anunciaba la rendición de Mack en Ulma con cuarenta mil liombres y la marcha d^. Napoleón solire Viena. ilomunicó la funesta noticia a í^us amigoí». quienes al. oiría eaclemaroD: — t ¡ TíkIo está perdido; ya no bay rerucdio conlra Naooleon! Tódavin hay remedio, replicó Pili, lodavia hay raluedío, si consigo levaDtar una guerra mcional en Europa, y csla guerra ha de comenzar en España! Si, señores, añadió después, la España será el primer pueb^) donde se encenderá esa guerra patriótica, la sola que puede libertar a la Europa.»
Pilt ¿nabria dado su aprobación á la política de lord I*allner^lou y lord Aberdeen en la cuestión española, no obstante la circunstancia del cambio de dinastía causado por la revolución de julio? La ruina de la restauración y el triunfo definitivo de la revolución francesa, ¿no era mas bien una ra-7.on |)oderosa para ({ue la Inglaterra desease que la España fuese muy monárquica y por consiguiente muy contraria de las ionovaciones revolucionarias?
T LA i INTERVENCION ESPADOLA.
-ni 'V Al estallar la revolución de Portugal en el mes de abril, llamamos la atención de nuestros lectores sobre la desastrosa situación de aquel infortunado pais. Entonces indicamos que uo abrigábamos ninguna es-^ peranza de que se remediaran las calamidades del vecino reino, fundándonos en lo que de sí arrojaba la historia y la esperiencia, y el infausto conjunto de circunstancias que habían creado un laberinto sin salida. Algunos meses han trascurrido y el horizonte de Portugal, lejos de dtj.spejarse, se encapota mas y mas: en la nueva tormenta provocada por la reacción de Lisboa, el trono misrao está corriendo un peligro de mucha gravedad; y aun cuando triunfe, no puede lisonjearse de quedar con fuerza bastante para dominar una situación tan enmarañada. Sucesos como ios de Lisboa, son siempre tristes, porque establecen antecedentes que luego pueden otros imitar en diferente sentido: cuando se llega al estremo de que el poder ré|;io uo ejerce sus funcio- I nes á la lux del día. antes m vé precisado a jl salfur el pais (H)r medios semejantes a los I que emplean los conspiradores, bay serios ¡ motivos (>ara que so alarmen los hombres l| sinceramente monar(|uicos. En general, hay poca severidad en punto a manilie»tus reales: en io cual se comete I un error <iue cuesta muy caro á los tronos. (.iUaudo se cambia de política según las circunstancias del níunu'uto, v se llama hov,| bueno, lo que ayer se apellidaba malo; cuando se nota que á cada motin sigue una [i nueva voluntad real, sancionada si es me- I nester con un juramento, y luego se muda I la primera y se (|uebranta el segundo, solo ¡ |>or(|ue se tienen f uerzas materiales que antes no se tenían, los pueblos van perdiendo I la fe en la regia palabra, y los mal avenidos con el orden público tienen siempre la esperanza de lograr su objeto, con tai que consigan amedrentar al monarca con un simulacro de re\oluciun. La penm>ula en los ulli-I mos años ha ofrecido repelidos ejemplos de ' tristes peripecias, siendo innumerables los manifiestos que en España v Portugal se han, publit udo, llevando a su pie firmas augus-¡ tas. Se dirá que aquello recae sobre los mi-' nistros respon.sables; |)ero entonces, ¿por! qué los firma la real persona? ¿Acaso la teo-¡ ría constitucional se ha de exagerar hasta tal punto que ios pueblos hayan de su{>oaer á los reyes sin ejttendimienlo, sin v-olunlad. y suscribiendo el papel (jue se les pone delante, sin saber lo que se hacen, ú sin cuidarse de averiguarlo? ¡Ayde la monarquía! si esta convicción adquiriesen los pueblos: el sentimiento monárquico se convertiría bien pronto en un sentimiento de desprecio I y ludibrio.
Ademas de lo que padece ee semejantes j vicisitudes la veneración a las reales personas, hay otra circunstancia que contribuye pode rosíune ule á disminuir el crédito de la institución misma. Es evidente que ios gran-I des sacrificios que los pueblos sufren para ■ el sostenimiento del esplendor monárquico. , deben serles compensados con un resultado posíti\o: la estaliilidad; pero si á los dispeodios de un trono esplendoroso se unen los trastornos de todos los años, y las dilapidaciones consiguientes. entonces se preguntan naluralmcnic los pueblos, qué es lo que ganan sufriendo a un tiempo los males de la monarquía y de la democracia, o de la oligarquía, sin disfrutar ninguno de sus beu«> Google Ick». Kslo mina lenlimente, pero atina cou profirodidad; ¿y qutéii es capas dé decir Díala dónda se puede, minar el editicio si a peligro de sn ruin!)?
adopta oiro iibleuia: á los reyes caidos ao üc los loata, ae tes dá pasaporte. £i ejemplo ya lo díó la laglaierrn con los Estnardos; por de pronto no lo imitó la Francia: ¿Tcmcis la república? iios dirán sonríen-,j pero lo adoptó después la Succia, y se conétm loa qne TWcn tranqvilos sobre los terrenos volcan izados; no por cierto; no tememos todavía la república, ponjiic todavía c^nse^vamos el sentido conmn; pero icmeam otras eoaas- q«e eacoentran los pueblos en sa camino inncbo nnles di" llep;ar;í la re- EúMica. ¿Queréis saber qué cosas son estas? élas aquí. Las rerolaOHnes antea de destruir -loa Irvmsv candnan las^iustRocioncs que rodean a! trono; si entonces la inonar-^¡aia no llena tampoco su olñeto, se culpa á na persoaas, yaa^tanibh^de^inastla; y si ni aun asi se logra lo que se deseaba, el trono es arrumbado como mueble inútil, 6 becho astillas comu dafioso.
Difíeil csconjetorarcuál será el desenlace de los minalcs sucesos de Portugal; pero formó con esta ¡mictica la revoU]ci<Ni dé julio. Posteriormente hemos visto á Doa Pedro, después de haber cedido á su hijo el trono del Brasil, espulsar á Don Miguel; y ahora ya se habla seriamente deqM^WMIS María de la Gloria ahilique en favor de' su hijo Dou Pedro V, niño de diez aíios. £n cuanto á la España todos sabíamos qoe el conde de Itoilemolin se aprestaba para encender la guerra dinástica; pero el Iféraldo en su número del 24 de este mes, nos.ba dicho que no fUtaBá qaieir había peitMtf en una cosa todavía mas dura que la alP dicacion de Doña María. nada menos qne una revolución de juKo en favor del infante 1). Enrique. He aquí las palabras del /Taivtf^ do. «No liircmos fiiiiénes calumnian á csltf aun en el caso mas favorable á Doña 3íaria íj principe, si los que soñaban con su cooperade la Gloria, siempre será un suceso formi- i cion y su nombre para realizar en KspafiaiMi dable para esta prmcesa, el que haya bullí- [ yeea&ukm d$)ulio, if el Espectadoi^'<rfei«-*Ml« do en algunas cabezas la idea de su deslitu-:| ber qm este pensamiento se ngifabaen algveion, que si se quiere llamarcraosabdicacion. ^ nos ^bezas tudteules de su partido...nVi&H Hay eOsas enya diflealtad esti en eoocebirlas | cindiendo de la mayor é menor eicaolibdfdé como posibles siquiera, y en proponerlas por la primera vez.- lo demás es obra del tiempo y ae las circun!»laQcias. Al comenzar las rcfolttciones, los sneesos ae desenvuelven con sota concepción es ya de sayo una inflnnan algona indecisión. porque saliendo los pueblos de un estado de sumisión y de legalidad, no conciben ni la posibilidad de ciertas medidas; pero tan pronto como arredandola tempestad, se presentan hombres mas osados,; sueltan la palabra fatal, todas las barreras vienen al sneio, y no bay diques bastantes para teniener la' oleada popular. Cuándo principió la revolución inglesa, nadie pensaba que el infortunado Carlos hubiese ét morir en on cadalso; y la asamblea constituyente, en su vértiiio demagógico, no preveía tampoco lacnlástrofcde Luis XVI.
as noticias del Heraldo, ello es que la idee e ha concebido, ó se ha creído en su concepción; y lo repetimos, bay ideas cuya calamidad.
En países agitados por la revolución es muy peligroso el que lleguen á ctreulat pensamientos de tal naturaleza: el ai^hir de Ins pasiones hace fermentar todo lo malo, y mucho roas si conduce por un <;aBiid no nías corto al fin que desean los* perturWw dores, y les dá mayores garantías de donación en el mando. Las revoluciones acep~ tan á las personas reales como instrumen^ tos revolocíonaríos; desde el momenió-'ií^ que se convencen plenamente de que cliníi truniento no sirve u obsta, le hacen peda-^' La misma revolución de julio, considerada R zos. Gn España hemos palpado un ejemploi en globo, y prescindiendo de manejes par- j de esta verdad. Cuanda después de li> tieifieres dé estas ó aquellas personas, no 1 muerte de Fernando, la RcMna Madre 'se se proponía por objeto dcierroioado el cambio il prestó á seguir la corriente de las inoofami^ de dinestia, pero mb cosas se eaipeff aren 4e^ | nes, la revolución aceptó non mncho <%mii^ ansiado, «i pensamiento se desenvolvió, 7 | nn apoyo tan poderoso: adelantando eütiniesyeron al suelo /m (jennacionea de reijes. 1 po se fue perdiendo la confianza recíproca,.'MlAimavidad de conlumbres se va mani- P hasta que al ün en vez de cambios de mifHliÉMámbieilfen lis revolocioites: aflte R niateríos y d^fiatenas, eoBa» en:.<Í89ft jri Mrto loi reyes eran decnpiledea > aftaan a» ' Mt^V m-Mifló pA»4MidiMa áa.fe||eMii¡^ y DuQa Mana Crbtiua iH» «aibarcó para Francia. N erdad es quo mas ó meóos embozadamente, se alegaban razones distintas de la polilica, que ^1 tiempo ha manifestado uo ser inl'uudadas; pero también es verdad que el lundameulü de eslas razones era el mismo desde iíi'M, y sin embargo nadie (¡uiso reparar en ello basta IHiO, Esto prueba qoo con los escrúpulos de legalidad se combinaban miras políticas, y que á estas se debió principalmente el estrepitoso rompiuíicDlo.
Pero volvamos á Porlufral. Lns aparionpias indican que la ultima reacciun de Lisboa es obra do inlluencias contrarias á la Inglaterra, siendo quizás este uno de los pasos que se babian de dar para la liga conlinenttil de que nos hablaba no ha mucho un periódico de la situación. Esto, si fuese verdad, iuduciria á creer que la revolución de Uporto y Coimbra, podrá contar con el apoyo de la Grao Bretaña; en cuyo caso pocas esperanzas debiera tener Doña Mana de la («loria de que su Iriuníb^si es que pueda alcanzarlo, fuese muy duradero. Es preciso no hacerse ilusiones: en tal estado se halla Portugal, que es inútil pensar en (|ue f)ueda conservarse un orden de cosas que a Inglaterra se empeñase en derribar: y menos que nadie podría lisonjearse con semejantes esperanzas, esa débil obra de don Pedro, planteada á duras penas, sin embargo de coalar con el auxilio de la Francia, Inglaterra y España, y nue tan azarosa existencia ha ¡do llevando desde, su fundación. A. los setcmbristas y miguelislas y á la Inglaterra no les resiste el gobierno de Lisboa, siquiera tenga á su frente á Costa Cabral y Saldaña. y esté apoyado por la España y la Francia!
Es probable, y asi lo indican las gestiones del gabinete de Lisboa, que los partidarios de la última reacción cuentan con las simpatías de los gobiernos de Madrid y París: ¿en qué se convertirán e.stas simpatías? Nosotros creemos que ó no pasarán de puras simpatías, o si se espresau con hechos mas signilícativos, podrían muy bien acarrear una catástrofe en Portugal y en otras partes. Examinemos este punto, que bien lo merece jwrsu gravedad.
Es indudable que si el gobierno español quiere, pone en un coníliclo á los revolunarios portugueses en menos de ocho días. Las tropas acantonadas en la raya, penetrande en el vecino vecino, se apoderarían de las poblaciones mas importantes y darían logar a que se desenvolviesen todos los elementos favorables al sistema de Costa Cabral. ' Todas esas juntas que hacen largas procla- , mas y que desaliarán, sí es menester, al , orbe entero, no resistirían á un ejército bien organizado que fuese dirigido con mediana 11 inteligencia, y es probable que los fragmenjj tos del ejército portugués disuclto por la I! revolución, se apresurarían á reunirse para l| formar un núcleo respetable. Todo esto es ■ evidente; y si en el problema no entrasen mas datos, el gobierno español se podria reír muy bien de las baladronadas ac las juntas y de los a<huUmt rtvlores de los conr^jos.
Desgraciadamente el problema no es tan sencillo, y es preciso contar con que el ejército español podria muy bien hallorsft contrariado por la Inglaterra, que probablemente está ya preparada á todo evento; y si no lo estuviese, no necesita quince días para trocaren crueles amarguras los goces de nuestro gobierno en los primeros momentos de la campana. — Ei ejército español I seguiría su camino no obstante toda la opo-1 sicion de de Inglaterra. — Esta respuesta no sentaría mal en boca de una junta; pero un 1 gobierno, sin dejar de ser lirme y enérgico, I debe guardarse de ser baladren. Pues bien; I nosotros preguntamos, no a los hombres de I estado, no á los políticos inteligentes, sino i al mero sentido común: ¿qué Sucedería si j las escuadras de la Inglaterra se presentasen en las aguas de los puntos mas importantes de Portugal, apoyando decididamente a la revolución, so preteslo de defender la independencia del país contra la invasión esirangera? ¿Qué sucedería si la Inglaterra descmbarca.se algunas tropas en Oporto ú otro punto cualquiera de Portugal, para qoe ' sirviesen de núcleo á las fuerzas setembnstas y mígueli.^tasque se organizasen para resistir á los españoles? ¿Qué suc;'dcna si la ¡ Inglaterra no se contentase con operar sobre las costas portuguesas é hiciese tentativas sobre las españolas en el Mediterráneo y en j el Océano?
¡ Dejemos aparte esas.\nlillas, joya preciosa por cuya suerte temblamos desde el roa-Irímonio Montpensier; dejemos aparte las demás colonias, todas importantes, v que! con harta difiínltad resistirían á un golpe de! mano de la Inglaterra: ¿qué campo no se le 1 ofrece á la venganza británica en la Penfn-' sula é islas adyacentes?
Hé «qoi algunos de ellos, aun sin contar ' con que la Inglaterra quiera comprometerse ett una guerra formal, y qao prehera el medio de ser veagaéa por espnívalM. Uni-escttadm inglesa recorriendo los puertos de to iiftMtfM; ¿emrtiBiM i (¡je lo dijesea W*t generales que han mandaao en ^'ofe, ó como subalternos, en Ara^oo, Cataiuúa, ÍSavarra y provincias Va¡>coDgadas duraujtfija guerra civil. ^f^¿ Es verdad que en estos cálculos no hemoji turada que fuese en sns níativ;< Kraria jHantear cuando meno8 media docena oer-joiiM -con 9a cmisigfiteiile Riuiiliesto, su programa, 'su llamamiento á lasinnas, su-i jlnnu'íri.M,t!<'- -ii lr-'-.tt»n de Riego v todo lo demás a ia usanza de la tierra. £sto por si solo, y máít9» 'iHMnteemm^Wi iiiera Ac mucha importnncia, lo seria por ia iitaacioa del país y por el apoyo de una itM^poderosa; 8ÍQaiAlá'<^^ go-IÉNÍ»'' dv'Hartrid á •enWar esiraoidiiiMmAi p«ra rjn#» el ci' -- I ''^^nfíñol (if jase en paz, <ii conde Das Antas y \iQÍese a oponerse a kM amigos de Espartero. BMIr ya serta nii. apuro mas que mediano, y bastaría por«8i sokv para acibarar los primeros rMMllidhM de ia iulervoncion en l'orluiral.
naos poder demostrar que el gohicrno procedería con discreción, si autus üu arrojarse á empresa taa atrevida-, c«iiáte (tucamente con sus proj)ios recursos. La Francia tendría dos medios de apoyar al goi)icrno de Madríd: romper decididamente con la Inglaterra, haoicnilo r;iii>a suy.i la causa ospañola^ ó afh» xiluir a I ( Uciua de España, conlra (i*nlalivas de lu:» carlistas y de Í04 ru\ulucion%i. riofi, orillndo un rompimteoto abiertol ■ -np Desde l^iego salta a los ojos, que en la, situación en que se halla el ^rohieino de Luis Felipe, este ujouarca io pensaría inuciiA 4Dr. tas de 'insolveito á tnosirar iMiaf|jiii^> cuyas I li ii' i i ia- ti j ve ¡njcden prever. No olvideciios (jue Ja corle <ii )as iullerias tiene delaute de si lo siguicule Ar^el. — •♦^Itero lo peor del negocio está en que con i Un pretendieate á la írontera. — ^La frialdad^ semejantes medidn^! 1 Inglaterra 1 habría echado mano todavía de la mas {wderosa y. terrfUa y fticil de sus venganzas. Si Cabrera, Blie, Zaratíegui y oUtM g^les cariistns hun de nhttrdar a las playas ••-i "'. ',11,1!- gun barco cuotrabandisla con escasos recur- M8' pstturiarMS, sfai nnit AMnasKioé an af~