rojo personal, sin mas esperanza que las sim{Mtins del;sm-; iImih!.» pelenroii en la otra guerra, es muy peligroso que caigan á manos de algún defitacamenlo de tropas ó guardia civil y nue la noticia de su desembaito liegne el mismo dia ([ue 1 1 de su fusilamiento. Sí esto no sucede, se Terán precisados ¿"itodar errantes por el país dorante largos meses, osrHTiiulo que los pronunciamientos j^ogresistas u otras circunstancias mejoren m'ftSMoñ y lea dejes tiempo y lugar para organizar sus faenas y comenzar operaciones. Pero snponganios'^qne la Inglaterra de* seaudo vengarse del ciiasco del matrimonio, agravado por la interreiekNi >'e»i|iortugal, ofrece al ronde de Montemotin armas ) dinero en abundancia y sus buques de i:uerra pana conducir gente \ pertrechos y ahuyentar de ^so algunos ' harcoa eapalilea ^ue pudieran hallarse en las costas; ¿qué sucedería? Lo que sucedefta no4|aerenios deeircuando no la mala voluuu.J, '!c las potencias del Norte. — Los poderosos eiement^, con que la vavalnooB cuenta en FraMÍA.»mi UntiBgeida inmineate»*-^ ifwi]ripiBQÍiM|, ' es mas que probable, es cierto, que LuSli Felipe procuraría evitar una;;uerra por toiti doa los medios imaginables, } <jue se nés^} nana á los mayores sac ríñcios aatesde afúturarse á un trance tnti e.slremo.
£1 auxiliar á ia Heina de Kspaüa, ^in romper abiertamente con la Inglateám^ p&*m (Iria hacerse dedos modos: indirectamente, proporcionando armas, dinero, cerrando las fronteras y empleando otros aiedios semejantes; é directamente, t'üvíando suai ejércitos y es<'undras. Los incdiO"» indirectos serian insulicientes para hacer lí enle a tamafla borrasca, levantada y sóslenidu por i» Inglaterra; y ka directos,* no podrían emplearse sin provocar desdo lueiro nn rompimiento. Suponed que una escuadra inglesa protege un desembaico en las costas de Vü^ lencia n de Guipúzcoa: ¿qué baoci laescuadra íraneesa? Si no trata de impedirlo, ¿de qu»' sirve? Y si quiere impedirlo, ¿cómo eviUir un choque con la escuadra inglesa?
La entrada de un ejército francé^ n'> r!i~ ría logar a ua conflicto matef ial iiunadM^ Digltized by Google «iHi las fumas 4t Jfingtaterra; |iero falla saber hnjo qué punto de vista mirarían la intcrvcncioa las potencias del iNorte. Si estas prolcslasen « ó hiciesen siquiera uo amago de armameDlo, ¿se avenUtrarta -tuis Felipe a las ( nnsocuencias de una guerra europea? Es uiuy probable que no.
Quizás no luin (hitado •doladores que ha- }wlieoho creer al gabinete de las Tull(3rías populnridad del matrimonio del iliii|ue <^tioiUpcnsier; y que en aquel caso irataüén tambieo de persuadirle que produciría un creció maravilloso la entrada uel marido de la inl'anla á la cabez.a de los batallones francof^cs. Si los príncipes no hubiesen inen la^ formado mejor ¿ sñ angtisto padre por loqoe { han |)0(liil(i nolnr ron.<iis propios ojos, el desengaño seria cruel: jay de los franceses, fliléviélÉi^^ lachar con nn levanlanieBto del país! ¡ay de loa frann st^s si penetrasen en el corazón de esc país donde hay pocos para gol)ernar tranquilo, maniobrando diesf trámenle entre las ambicione» Ue una docena de abogados, no entusiasma tanto a un pueble generaBO, cono las bazaiias de wk^ héroe, que snr^e de entre la multitud comei una aparicioa misteriosa, que domina laiert volvaeo deieamoada, y con '€Íea.betaUie < gigantescas humilla á los monarcas mepefir dcrosos, y sojuzga el continente.
llai>iaulc aaugre UauueM U^ixaiua en Argel; bastantes hijos de4%ftMwapei«ceib en aquel clima funesto: por un caprícbede' la ( ítrlí^ no se ba de verter mas san^^re francesa; que si se vertiera, no seria la corle quien saliese ganaoeiesa. La Francia, si^4« aizilan las pasiones revolucioniii ia<. [m"de hacer un esiuer%o. cylosal ^ y íycer tftptolar á los [ iibínnrfi dul fontinmln pnipin^pp pasiones no las desencadenará Luis Felipi^ porque hirn sabe (|ue consimiirán a la ílina«- hombres de cincuenta años, que no se ha- | lia de Orlciins, como el luego consume ue ydílílMlid<M»n'frenceM en la gnerre de la | puñado de estopa. ^ mdepomlcncia; donde hay pocas familias jj Inlitrcse de i 1 '-tn,|ut' el iiobierno esque no iei)i:an que llorar algún desastre, la i pañol liara nmy prudentemente en no concasa incendiada. ó alguno desús individuos || tar df iiiasiado con el apoyc^ del gqbieriM muerto gloriosamente en defensa dé la inde- I francés: recuerde que un4i^B0n4Í4ÍN^^ t>endcneia de la patria; donde son murhas jj lim no h • n Irenle ai mas penueño apiif%-^ fatniiias que cuentan alguno de sus hijos | y que podría muy bien suceder que, siooBdieiflos de calabozo en eateboco como | guiendo la cestonuire de los poderosos,:^, vM^tse&inos en esa Franeia donde bnsca^ roin án asilo, y bajo ese mifímo gobierno de f Julio, á cuyas huestes podrían esperar en ios dtsHIaderos y gargantas!
Pero es inútil i ansarse en harer observaciones: la Francia no ignora el terrible (jue importa! de los españoles, y que una vez empeñados en la refriega,* no retroceden por nada. El gobierno francés lo pensarla una y mil veces antes de empeñarse en lan eiTtdo eenioo; y la opinión publica de aquel pete sería un oltslácnlo poderoso para la ejecncion de semejantes proyectos. Ardieron, es verdad, nuestras aldeas, nuestras villas, aieilra^ eíodades populosas; regáronse naesli 'i- campos con torrentes de sangre española; pero ab! que la Francia pago muy siese la Francia hacer lo del!ie6Ín4MMMI las < ¡is(;tri;(N (1,1 íyego uor mano agemi;y luego SI ia tentativa sale mal » limiiarse.Á condolido» péaewee, y á<||estaa pare iliwteie emigrados en los salones do Pa¿s*t. r-n l*ero,¿á (pie di'lenernos en conjetnras, cuando lo presente nos esta dando cl.iia iúm del ponrenir? Rómpese Je^eordial inteligee# cía, y al instante las escuadras de la Gran Bretaña pasean su orgulloso pabellón por el Océano y el JMedilerráneo: Cádiz, Málaga, Cartagena,.Valencia, Barcelona, todaftlee puertos mas iraporíaoies han visto en sus aguas el pabellón inglés; ¿doiHl|;'#siNi'.^ fraoeést IJega la etcnadra i^g1éaa'il£áij|iaik y los periódicos de la situación anuncian jAmismo tiem))0, que irá también á Cádiz el f » i'^.w w..."...• ri...caros sus esfuerzos impotentes y sus esté- i| principe de Joiovilic; los buques de la maníes teagansas; ah! que infinitas madn») rían brií ' ' francesas luiscaron á sus hijos entre los res tes de los ejércitos que volvían de España, jmo» hijos no estaban!...• El Napoleón de la paz no tiene lebre la Francia el mágico ascendiente que el Napoleón de la guerra: habet presenciado la iténica recorren loa paenes.del lifrq diterráneo; y los mismos periódicos aseguran que pruulxi se dejara ver en aqneilaa aguas la escuadra de Joinviile. £1 mismo almirante ingl^ perece creerle^ y apostado en las aguas de Gihidtar, pregunta por la escuadra franceiiaofTiMMittüicese.el akmrae-r « le: la eseandra francesa. tn ffx il« hacer | rumbo hacia (-ádiz se ha metido en Toloo, y el principe de Joinvilic se ha ido á París...LA INGLATEIIRA La nueva siluacíon diplomática que han j producido en Europa los enlaces de la Reina y de su augusta hermana, sigue llamando vivamente la nlencion de la prensa española; y no puede suceder de otro modo supuesto ({ue este es también uno de los obelos preferentes de la prensa europea. Em natural que los partidos procurasen [>resentar los objetos bajo el aspecto que les fuera mas conveniente; por desgracia vivimos en una época en que las ideas y los hechos se aprecian, no por su verdad, sino por su utilidad; y \m cousi;^uiente no debe causarnos estrañeza el que se trate de sacar de lodo el mayor provecho [Misible: pero hablando in^énuameote, diremos que este sistema se exagera á veces hasta tal punto, que produce un efecto totalmente contrario al que se proponen los que lo emplean. ¿Qué no hemos leido eu los dos últimos meses, sobre la Inglaterra y las potencias del.Norte, respecto al enlace del duque de MoQlpensier? ¿No hemos tenido que oír una v mil veces, que la herida du la inteligencia cordial era muy libera, que las (Mtencias del Norte veian siu dís¿|;ustoel matrimonio francés, y hasta que el gobierno de julio tendría en su favor contra la Inglaterra al gabinete de Berlín. á Melteruich, y al mismo emperador Nicolás? ¿No heinus oido atírmar con una serenidad admirdble, que el reoooocimiento de las potencias del Norte se habia facilitado mucho con el matrimonio, > y que estaba á punto de terminarse el aislamiento ea que se halla la España desde la muerte de Fernando? (Cuando estas cosas se cscríbeo, seúal es que se cuenta mucho, muchísimo, con la ignorancia de los lectores, V estos tienen un indisputable derecho á mdignarse o a reirse: por nuestra parte, mas bien les aconsejaríamos la risa qu« la iudíg" nación.
Tam|)0<'o alcanzamos á conqirender qu« este empeño de alucinar al lector, pueda producir otro resultado ({ue el de salir un poco menos mal de los apuros del momento, cosa en verdad no despreciable, cuando se vive para el día; pero atendiendo al desenlace linal, ¿de qué sirve adormecerá los demás, y adormecerse á si propio, coa esperanzas que el tiempo podría (lisipar? Y decimos adormecerse á si propio, porque opinamos que es esto mas común de lo que generalmente se cree; á fuer/.a de repetir una cosa, y do buscar razones para apoyarla, y de mirar todos los hechos, solo bajo el aspecto que conduce al tin que se desea, se llega á fonuar cierta ilusión <]ue puede ocupar el lugar de una. convicción verdadera. Todos los partidos, aun en las silu^* clones mas apuradas, se hacen ilusiones, que para los hombres imparpiales son hasta ridiculas, y cpie para los iuleresados.son una cosa muy séria. Se las hicieron en la guer- ■ ra de la inde|>endencia los afrancesados; se las hicieron los realistas antes de pubiicarse la Conslilucíon en <8á0; se las hicieron los liberales, hasta en la agonía del sistema en <82i{; se las han hecho |>osleriormente todos los partidos dueños del poder hasta la última catástrofe de Espartero en 1843. En las alias regiones políticas se vive con mas imprevisiou. con menos plan, de lo que creen los que no "se han acercado jamás a ellas; entre conciertos, felicitaciones, lisonjas, opulencias, esplendor, ¿quién se persuade de que pueuan estar cerca graudoí infortunios?
Lo que en la actualidad ocupa particularmente á la prensa respecto a la tueslíoii diplomática, son las noticias y conjeturas sobre la actitud que han lomado 6 tomarán las potencias del.Norte. ¿Apoyaran á la Inglaterra contra la Francia? ¿Apovarán á la Francia contra la Inglaterra? ¿Se manteadrán indiferentes? « Para decir que las potencias del Norte apoyarán ála Francia de julio, eu una cuestión que asegura la preponderancia de esta en España, y que puede coipcar á uuo de los príncipes* de la dinastía de Oríeans en el trono de Felipe V, es preciso tener toda La serenidad de que se hace alarde con harta frecuencia en las discusiones políticas. Las potencias del Congreso de Viena, las potencias de la l^nta Alianza, la^i potencias que jamás han podido mirar Irancjuilas la caida de la primera rania de los Borbones, esas polencias apoyando a la Francia de julio ¿y en qué? én sostener la influencia francesa en la Península, y esta influencia personi lirada en la dinastía de Orleans...¿en qué ocasión? cuando se acaba de dar el ultimo paso con el liu de consolidar la dinastía española, no reconocida lodavia por, aquellas potencias; cuando se ha querido dar el úllimo íiolpc á las csperan2as de la fateilia de D. Cárlos, por la cual ellas se han interesado siempre cuando han tenido motivos para alirmarsemas y mas en la conduela que observaron desde 1833, viendo que la cuádruple alianza acababa con un cliasco tan terrible para la Inglaterra.
Seria penler tiempo el ocuparse en ampliar las indicaciones qoo preceden: nosotros qne no nos burlamos nunca del lector, y (|ue siempre le respetamos, apelaremos á su buen juicio y esperamos Iranquilamenle su fallo. Estamos seguros d«^ que este i'allo seni el nnc síííuc: las potencias del Norte que no nan reconocido a Doña Isabel II, habrán creido tener con el matrimonio francés una nmn^ razón para diferir el reconocimiento dt' la Reina: han tenido una nueva razon para continuar en la csper taliva en míe se hallan de mnchos afios á esta parle; ahora eí? menos probable que nunca el que se precipiten en el negocio del reconocimiento. TEs imposible qne el matrimonio trances no haya aumentado el recelo coa que miraban á la dinastía de julio. y al nnevo orden de cosa« establecido en España; es imposible que las potencias del Norte apoyen á la Francia contra la Inglaterra.
¿Apoyarán a la Inglaterra contra la Francia? Esta es otra cnestion: para resolverla se necesita nn dato de que carecemos: ¿cuál es la venganza qne se propone tomar la Inglaterra? Si lord Palmerslon no se propone mas venganza que privar á Iob hijos de la duquesa de Monlpensier de sus derechos á la corona de Espafla, las potencias del Norte se sonreirán, ydejnndoá la Inglaterra sola, le dirán: «nosotros no tenemos nada que reren este negocio; eslees un incidente que vosotros debéis desenlazar; nosotros que no hemos reconocido lo principal, bastante Se entiende qoo Á forlhri rechazamos lo accesorio; no necesitamos coligarnos con la Gran Bretaña para protestar: nuestra protesta mas elocuente se halla en la conducta que ol)servamos desde 1833.» £gta Juiea de conducta, buena o mala, es cuando menos muy lógica: las |)olcnc¡as del Norte no deben prestarse fácilmente a auxiliar á lord Palmerston para sacarle de un mal paso en que l<m gralnitamenlo se metiera él propio, y á pesar de lo que deseaban dichas jwtenc'm. Asi, pues, si la Inglaterra no se propone otra cosa, repetimos que los gabinetes del Norte se sonreirán al ver coma la previsora Inglaterra se halla envuelta en sus mismas redes, y se complacerán en mirar cómo las naciones de la cuádruple alianza, en su estrepitoso rompimiento, justilicaii la política de desconlianza y especlaliva.
Es cosa curiosa en electo, al ver a la Inglaterra con los escrúpulos del tratado de Ltrech, cuando estos no se le ocurrieron ' en Í8.30, ni en 18.33, ni al iirmar-cl tratado! de la cuádruple alianza: en el Norte se conj sidera la cuestión de otro modo, y se cree que la violación del tratado, si la tiay ahora, la hntio mucho antes. Seamos ingenuos: el tratado de lilrech es un preteslo diplomáti-' co de que echa mano la Inglaterra: pero sus j quejas, su indignación, no nacen dei celo por el tratado, sino del solemne chasco que ' le ac^ba de dar Luis Feli|)e, arrojando a la I pohlica inglesa de la Peninsala, con una I negociación atrevida, cuyo resaltado (3Íi:Be ¡ puede consolidar) será el asegurar la prc-; ponderancia esclusiva de la mlliiemia ínm-^ 1 cesa. Esto^ lo conocen las potencias del Nor-I te; y si ven que la Inglaterra trata ñucamente de vengar su agravio particular haciéiKiolo de modo que ne pueda trascender á la política general de Europa, lord Palmerston encontrará frialdad en los gabinetes del Norte.
Para no prestarse con demasiada prontitud á las insinuaciones de lord Palmerston,; tienen las polencias del Norte una razoD particular fundada en las ventajas de su posición y en lo dilícil de la de Inglaterra. Las potencias del Norte esperan, y pueden continuar esperando; la Inglaterra tiene necesidad (le obrar, por(|ue la posición en que se ha colocado respecto ¿ la Francia y És— paOt, es insostenible por mucho tiempo. ¿Cómo puede continuar una sitna<:ion diplo» málica en que tres polencias aliadas acaiMD de ponerse en desacuerdo sobre la sucesión á la corona, sucesión que ahora pende de la vida de una sola persona, y que aun co el I jraso mas, fiivorahh» dejiendcrá de un hilo "tan débil lomo la vida de un recien nacido? ¿Como es posible mantenerse en una posición en (|iie la Francia, la España y la Inglaterra teni;an fendienle el ntsu.s hclli de un correo eslraordinario, mensaf^eni de una muerte? Lo repelimos: est;i siluacicn diplomática es insostenible, y su conlionacion exige por necesidad (i un rompimienlo abierto, ó hechos trascendentales, «pié promovidos indirectamente. equivalíran á un rompimiento. En esta situación las [tolencias del Norte como que dirán á la Inglaterra: tú quieres ({uc nos unamos contigo: no, oo es esle^l onien re^^ular: mas bien eres tú quien debes unirte con nosotros: tu política ha fracasado: abandónala pues: la pueslra ha salido jostilicada con tu derrota: ahora, pues, menos (pie nunca debemos abandonarla.
La Iníílalerra podrá replicar que sin unirse á las polencias del Norte puede vengarse de la Francia y de la EspaAa; ¿pero cómo? ¿Provocando una revolución? Sea en buen hora: pero á esto se puede objetar: 1." que la empresa, úi^wAa puramente revolucionaria, ya no será Inn fácil: i." que después de hecha la revolución, la Inglaterra habrá perturbado á la España sin ningún provecho para su política: ó habrá teniilo una venganza absolulaujenle estéril, ó habrá auxiliado la misma política de las potencias del Norte.
Kn ei't'clo, supongamos ijue con los recursos ingleses y otros medios de inlluencia, se provoca una' revolución, se derriba ai partido moderad(» y se repite con estas ó aquellas modiíicaciones la escena de 1840. ¿y después? — DespueS se convocan unas cortee, V se escluve solemnemente de la sucesion á la corona á los hijos de la duquesa de Monlpensier, y la Francia queda humillada, y la Inglaterra vengada. — €ierto; pero ¿y los medios de consolidar la re)nj(n\ín'f Por-((ue si el partido progresista no establece entonces un gobierno svlidu que impida para siempre el que el partido moderado recobre el poder, sucederá (pie vendrán unas cortes uiodi-radas y declararán nula y de ningún \alor la csclusion hecha por los progresisros; y la Inglaterra se quedará tan lucida í'oni ' I, h;il»iendo gastado millones y pné- i » ii ridiculo a los ojos de Europa K)lit¡cos ingleses consideraban tan fuerte? Pues si lo olvidase, se puede asegurar que á los dos años de su nuevo triunfo, se encontraría en los mismos apuros de ahora, y veria deshecha la tela que tejiera « oii tanto trabajo.
La Inglaterra está condenada, 6 á resignarse al triunfo de Luis Felipe, ó abandonar la política que ha seguido basta aquí: en esta alternativa la venias potencias del Nofte; y en este terreno tan ventajosa) para ellas, tan triste para ella, la esperan tran--quilauícnle, apelando ni fallo de los acontetecimicnlós.
EL MATUIMOMO MONTPENSIEU V I» La conduela de lonl Normanby en París; las notas de las cortes del Norte;'Ib benévola demostración del Austria en favor de los dos hijos menore;: de don Carlos: las noticias de los armamentos del conde de Monlemolin en Londres, y h respuestí» evasiva dada j)or lord Palmerston á las reclamaciones que se le han dirigido; han avivado la ansiedad sobre las consecuencias del matrimonio francés, suministrando pábulo á la polémica que ha ocupado ñor nuicbos dias á los periódicos de.Madrid. Necedad fuera el poner en duda (pie los acontecimientos de la piMiínsula dej>ondemn en buena parte de la situación diplomática de Europa; por cuya; ra/.on es de la mayor importancia el esclarecer los hedios que á dicha situación se reíicren, ya que no para deducir pronósticos seguros', al menos para aventurar conjeturas no infundadas.
Han creirfo algunos (pie los resultados deli matrimonio francés debiaii ser favorables ái los conocidos proyectos del conde de Monte- >. molin; y un diario de esta corte, por cierto no adicto á^árlos Luis, ha esforzado en es-' te sentido los argumentos hasta tal ponto (jue su princij)al adversario se ha consiiidera- ' ¿Olvidará la Inglaterra el 'desengaño 'del 1 do con derecho para echarle en cara que es-^i áho 4.T? Olvidará C(m]o cayó la obra (pie los ' torra poner h cuestión en el terreno carlis^í I m. • Nosotros (Tccmos que en semcjanUís | raiesliftiícs no hay terreno carlista ni antir ¡ carlista, porqnc se trata únicamente de he- I chos, los cuales no ucrlenecen á ningún ■ partido, y son indepenuientes de la upiuion, inlenciooes y deseos de quien los cspon?.
En esta cuestión, como en uiuclias otras, se padece confusión y se cae en e<juivoca- | ciones. ponjue no se tiene el dehidu cuida- ¡ I do de separar lo cierto de lo dudoso; ponpie j se pierden á menudo de vista los hechos, j para entrar en el campo de las eonjeluras; ¡ porque se jn£;s;a mas hien ateniéndose á los i artículos y noticias de periódicas cstrangeros, mas ó menos acreditados, que á lo atestiguado de una manera irrel'ra^'ahle |mr la ' historia de la di|ilomac¡a europea desde la I muerte de Fernando Vil. i La época que estamos atravesando, como llena de esperanzas para unos, de temares para otros, y de inccrtidumbre para lodos, ¡ es muy á propósito para esiraNiar el juicio ' de íjuien no piense con mucha calma, [)ro- I curando sobre|>onersc á las inspiraciones de los partidos. ¿Qué se adelanta con creer todo lo favorable, y con negar lodo lo adverso? Los hechos son lo que son, a pesar de nuesW-o asentimiento o disentimiento; y lo único que se logra con formarse ilusiones, es el ponerse en peligro de seguir una conduela desalentada. Los individuos, los partidos, el gobierno, el trono, la nación, lo que necesitan es conocer la verdad; [)orquc solo en este conocimiento puede estribar el acierto en las respectivas determinaciones.
£s notable la cscesiva importancia que se da á los artículos de los periódicos eslrangeros, cuando si rebajarla debieran haber i contribuido las contradictorias consecuencias i qu2 de los mismos se han podido sacar. Nadie habrá olvidado, (pie a las primeras no- j lieias del matrimonio Monljtensier, algunos I periódicos de Londres miraron el aconteci- j miento como de escasa importancia, habién- | dose distinguido por sn lenguaje templado y I comedido, el «pie mas se ha señalado des- i pues por su exaltación y virulencia contra las cosas y las personas. Tocante a los perió- i ) dicos alemanet», también se podría formar i una coleciion bastante curiosa, en (|ue se vieran sentidos muy diferentes y hasta opuestos. Por'manera, que quien á ese barómetro 1 se limite, será preciso que tenga su juicio [ ( |)endicute de la llegada del corren, y <|ue i resigue a sostener á un mismo tiruJ|K) el sí y el no. ron res[)eclo á un n)ismo punto. Si se hubiese <pierido rellevionar s<d)re este carácter de los escritos publicados en el estrangero, si se hubiese atendido al modo ron (pie se escriben ciertajicosas, á los medios de que se puede echar mano para <pic salga en tal ó cual (uVriudico una noticia ó un artículo ipie produzca efecto siquiera por dias o por horas, á las encontradas y poderosas inlUiencias que luchan actualmente en toda la Europa con motivo de los asuntos españoles, y sobre todo, al grande interés (jue puede haber frecuentemente en ocultar las verdaderas intenciones, acredilimdo rumores contrarios, imitando asi la conducta dn los (|ue borran sus propias huelhiso las complican en sentidos diversos, hubieran sido menos vivos, tanto los regocijos como los sustos, |>or tal o cual articulo, tal ó cual cArrespondencia, (jiie se encontrára en los periódicos ingleses o alemanes. Verdad es (pie se debe atender a lo «jue dicen los |k'-riodicos; ()ero es necesario juzgarlo, no aisladamente, no por un correo, sino en conjunto, y en un regular espacio de tiempo; llevando en cuenta la totalidad de las circunstancias, y separando cuidadosamente los hechos que consiíjnan de los comentarios (jue les añaden.
Para no caer en las equivocaciones que acabamos de censurar, separaremos lo absolutamente cierto de lo que es mas ó menos probable, recordando los hechos (jue nadie puede poner en duda.
La Inglaterra ha protestado formalmente contra las consecuencias del matrimonio .Monlpensier, y exige la renuncia de la infanta á sus derechos á la corona de Es[)aria para si y para sus hijos.
Todas las ocasiones que se le han ofrecido a ules y después del matrimonio, la Inglaterra las ha aprovechado para manifestar de la manera mas significativa, que ro cejaba una linea en su opinión y exigencias.
La Inglaterra ha hecho gestiones |)ara (Uraer ásu política á los gabinetes de Vicna, Uerlin y San Petersburgo.
Las potencias del.Norteño han reconocido á la Reina Isabel, ni dado ningún paso que indique la pruxiihiiJad de esté reconocimiejjto.
La cuádruple alianza ha desaparecido con el matrimonio francés, pues que esta alianza no signiíica ni puede sij^uiücar nada, en no estando acordes la Francia y la Inglaterra.
La cuestión de sui'esron á (n corona de Kspañn ha sufrido un cambio profundo en la dipíomncia europea; pues que de las dos hijas de Fernando, la iinn con lodos sus descendientes, está escluida por la Inglaterra.
Esla eschision parcial es favorable á los cnemi^ros del trono de doña Isabel 11, asi en lo iuterior como en lo esterior; pues que la causa de cada una de las dos augustas hermanas esta ligad.1 muy Intimamente con la cau<a de la otra; y no hay hombre de njciliano juicio, que si viera rasgado en parte el órdcn de sucesión prescrito por el testamento de Fernnndo, no descubriera un grave peligro de que se rasgase todo.
Consignados estos hechos palpables, públicos, entremos ahora en consideradoncs sobre los mismos.
Se ha disputado y conjeturado rmictio en España ven el estrangero, sobre la actitud que tomará la Inglaterra en los negocios de K«ípnfia. rcsf»erto á las tentativas del conde de Montemolin; cóncibiéndo.sc temores ó esperanzas, sí'gun las opiniones y deseos de los que disputan y conjeturan. Diremos Jrancamente nuestra opinión sobre este parlictiiar.
• Desde luego tenemos por verdadero loque han dicho los periódicos sobre la negativa de loni PalmersIoM <á impedir los armamentos que se quieran hacer en Londres para encender la guerra en España; si no hay negativa formal, habrá indiferencia absoluta, cubierta con respuestas evasivas, equivalentes en cuanto al resultado, á una negativa terminante. Prescindiendo de estas ó n(piellas noticias mas ó menos lidedignas, la conducta d(í la Inglaterra en este negocio se puede conjeturar á priori; su interés en la cuestión española es muy diferente de lo <|ueera. ó se creia ser, desde is:?:} hasla INiO; y la Inglaterra obra con arreglo á lo que cree (pie íc interesa. Cuando un diploinático inglés ha dicho (jiie si hubiese creído (|ue la causa de I). Carlos era mas favorable á la independencia de la Península se entiende respecto a la Franci;» se hubiera [lueslo de parle de I). (!árlos, ha dicho una cosa que creemos sin dilicultad ninf^ína.!.os boiut)res de estado de Inglaterra no han estudiado mucho la cuestión legal de la sucesión á la corona; donde vieran el interés de soñación, allí se dirigirían, -laciendo poto caso de. escrúpulos Icgitimislas. No cabe pues duda en que la Inglaterra no empleará mis medios materiales ni mor.iles, para impedir que la tranquilidad pública se altere en España; esto seria favorecer la política de Luis Felipe en la cuestión donde ha sido humillado el orgullo inglés; y hasta tal punto no bajará la Inglateira. Pero, aqui solo tenemos á la ílran Bretaña representando un papel negativo; ¿se contentará con esto?
• En nuestra opinión, la conducta de la ínglaternien la cuestión esoañola ha de resentirse muchode la íncertidumbre en que so halla con respecto á Id verdadera situación del país; vía venganza que se propone lomar de la f'rancia se limitará por algún tiempj a maniobras embozadas, nue la dejen libertad de acción para lodo evelilo. Ila^ creído algunos nue las manifestaciones en pro del conde ae Montemolin serian inecpiivocas, y que este (>rincípe obtendría po< <» menos <|uií ostensiblemente las simpatías de la Inglaterra; este juicio es inexacto. La Inglaterra no.jiierrá esponerse á una derrota en el campo de los hechos (pie agraven su humillación en el terreno diplomático; aun cuando se propusiese lina venganza radical, cual lo seria el colocar en el trono al conde de Montemolin, habría de transcurrir algún tiempo' habrían de presentarse nuevos acontecimientos, para que tuviese completa confianza en el resultado de su empresa. No se abandona, tan fácilmente una opinión que se ha profesado durante muchos años; y preciso es ' confesar que la Inglaterra' desdé la muerte de Fernando VlT, ha opinado siempre en favor de la revolución, y por consiguiente ha creído en la posibilidad del triunfo delinilivo de la misma. Asi, pues, aun supcnicndu que la intención de la Inglaterra fuese favorable á los proyectos de Carlos Luís, esta intención se mantendría embozada, seria (pir/.ás formalmente negada, mientras S(í aguardaran los resultados de las tentativas de invasión y levantamiento. Esla es la conducta que seguiria la Inglaterra: en cuyo caso, si el príncipe sucumbe, la Inglaterra podrá decir que nada tiene que ver en la I derrota: y si por la instabilidad de las cosas I biimauiis el principe prosperase, la Inglaterra podría preparar un cambio definitivo de política, fundándose en que ya no le era dable prescindir de hechos consumados, cuya realización no había podido evitar. La conduela de las grandes potencias en " semejantes uegocios, parece n la de los f {lersonajes (le mucha importam ia, quienes suelen mostrarse iiidirerenles hasta que los sucesos se desenvuelven lo hastanle para 3ue se pueda calcular el resollado, o cuano menos sea posihle maniobrar en escala mas dilatada: mientras una insurrección cuenla con escaso número, nunca se presentan los í¡;eneralfs de nota; estos no se deciden hasta que hay un cuerpo respetable. Recuérdese en prueba de esta obser-, vacion loque hicieron las potencias del Ñor» la durante la guerra civil. Sus simpatías en favor de I). Carlos, no eran un misterio para nadie; este principe recibía comunicaciones secretas, consejos, y hasla ai¿,Min dinero; pero nada hicieron cpuí pudiese comprometer su posición olicial, ni aun en los tiempos en que mas pujante pareció la causa del príncipe; asi conservaron su libertad de acción, y pudieron presenciar indiferentes y sin humillación ni desdoro, los infortunios de su protegido. Sucede en la diplomacia y en la política lo mismo que en las relaciones conmnes: se hacen muchas cosas (pie, aunque sabidas de púl)li(*o, no se conhesan nunca; las formas por mas transparentes (|ue sean y aun cuando dejen ver todo «1 fondo del negocio, merecen siempre mucho respeto; una cortesía, una palabra lisonjera, una protesta de consecuencia y unüslad, no se escascan nunca entre personas bien educadas, arnupie ambas estén convencidas de que se abrigan intenciones profundamente hostiles.