Kl concierto de la Inglaterra con las potencias del Norte rest)eclo á la cuestión española, aun cuando llegase á existir, seria tin misterio por algún tiempo, cuya manifestación dependería del curso de los ac ontccimientos. La posición de la Inglaterra es particular; y esta posición no la desconocerán aquellas potencias, en los esfuerzos que h;igan por hacerla cambiar de j>olítica. Las potencias del Norte no reconocen derechos en ninguna de las dos hijas de Fernando: la Inglaterra que había reconocido los de and)as, cree ahora (fue una de ellas los ha perdido con el matrimonio; esto la aproxima á la política del Norte, pero no hace desaparecer toda la distancia. La habilidad de los gabinetes del Norte se cifra ahora en maniobrar de manera que la Inglaterra tenga una salida honrosa; para lu cyal es eviilente que se les ocurrirán los medios, por cierto nada favorables ó la tranquilidad de nuestra patria. Por uaoera que pudría muv bien suceder que sin ninguo acuerdo pulilico, se procurase perturbar la paz en la península; y es muy do temer «jue así suciída, supuesto que de este modo se evite con una guerra civil española una guerra europea, y se resuelva con sangre española una cuestión europea.
Kn contra de estas probabilidades, solo había una esperanza infantil, que se nos ha querido presentar como una cosa seria: la unión de las potencias del.Norte con la Francia, para contrariar á la Inglaterra. Qué candidez! Sin eipbargo, y por.si hubiese hombres bastante crédulos para devorar semejantes absurdos, ahí están dos hechos recientes (jue hablan mas alto que todos los discursos: el cu.^amienlo del duque de Burdeos con la princesa de Módena. negociado por el Austria; y la supresión de la H república de Cracovia, acordada y realizada por las tres grandes potencias. Con el casamiento, le dice el Austria a la dinastía de Orleans: «no quiero que las in(|uietudes producidas por el pretendiente (|ue tienes a la puerta, estén pendientes de la vida de un hombre; (juiero que se perpetúen; y para darles importancia enlazo a tu rival con los miembros de mi familia.» Con la supresión de la república de Cracovia, le dicen á la Francia las tres potencias: «devora ese baldón: ahí tienes una muestra del caso (|ue hacemos de tus prote.stas asi antiguas tomo recientes; ahí una prueba de las simpatías que nos mereces; ahí tienes uo anuncio de lo que puedes esperar de nosotros en tus contlictüs con la Inglaterra.»
Si hubiese (piien uo comprendiera la gravedad de semejantes hechos, y se empeñase todavía en creer posible la unión de ¡as potencias del Norte con la Francia en la cuestión europea, no nos tomaríamos la \>ea¿ de (piitaric semejante ilusión: en cuestione> (le sentido común, es preciso abstenerse de disputas y sonreírse tranquilamente.
ISo es fácil decir en este momento, si U supresión de la república de Cracovia se habrá hecho con previo conocimiento, >a que no consentimiento de la Inglaterra; perú desde luego saltan á los ojos dos hechos importantes. Primero: que con la ruptura de la cordial inteligencia entre la Francia y la Inglaterra, las potencias del Norte, lejos tie. cejar cu sus proyectos políticos, y aproxi-» marse á la Francia, - n - cn en mejor po- Google * sicion para reali/ i: l<i< ion mas pn-ste/.a y lucnos eH)l>arii/.o iJo: que la supresión (le esta repui>iica, si es que en alfio contrariase ala Inslalerra, líicre mas (iireclaincnle a la Francia. M. Gui/.ul se lia creido bastante luerle pura desviarse de la pulilica de Talleyrand; y los eíerlos de su error se han hecho sentir muy pronto: esto no es mas (]ue la priincra escena del f^ran drama que se >a a represeniaren Europa.
\^ revolución de julio, que hizo pedazos en tres dias la ohra de la S:mta Alianza, no podia sostenerse sino bajo dos condiciones: una de ^Ui'rra, haciéndose pro()a.uandisla; otra de paz, convirtiéndose en g<>-hierno regu'ar. y buscando una alian/.a |>oderosa. La iíuerra tenia el inconveniente de esponer [»or una \y,\rU' a grandes riesgos la independencia de la Francia acarreando sucesos analo,:íos á los de 1814 y IHIo, y de desencadenar en lo interior las pasiones revolucionarias, reproíluciendo los espantosos lienip(»s de la convención. Los hombres previsores que se enearííaron de la dircc* cien de los negocios, optaron de.sde luego por el sistema de, paz, y en consencuencia diri^ientn todos sus esfuerzos a cultivar l<1 alianza iuglesa. Los recuerdos de Waterloo, ya que no desaparecieron del lodo, Mt oscurecieron al.iíun tanto: y con este medio se obtuvo imponer respeto á los (|ue hubiesen (jucrido atenerse a las tradiciones del conpreso de Viena. Unida la Francia con la lnf:lalerra, la Kuropa del Norte estaba condcunda á mantenerse en cspectativa; todo lo mas que podia exigir a la Francia era íjue se contentase con el triunfo de la revolución bélica. (|ue no trastornase la Italia, y que no alterase las fronteras trazadas en el conjíreso de los solwranos vencedores de Napoleón. Asi se hizo; la Francia accedió; y se conservo la paz europea.
La muerte do Fernando VII vino á ofre* fer lina ocasión á la Francia é In^'lalerra, para formar una liga contra las potencias del Norte; y con la cuádruple alianza se desenvolvió el ix'n.'^amirnto que había coinenzíulo á plantearse en IM:{(). Las poti^ncias del Norte a pesar de su visible disgusta, se hallaron precisadas á conlemniar en iá inacción, el movimiento del Mediodía de Europa; no les era posible sesíuir otra linea de coiuiiicla mientras durase la alianza anglo-francesa. Lis eventualidades de una guerra general eran muv temibles, no solo por repugnarlo el espíritu dominante en Europa, y el desarrollo de los intereses materiales,.sino también ponpie era muy dudoso el resultado. La presencia ile los ejércitos franceses podia [irovocar movimienl(«s revolucionarios en.Meiuania; el Aus-^ tria tenia que pensar en la Italia; y ninguna de las tres grandes potencias podia olvidarse de que poseía una parte de la belicosa Polonia. Asi, pues, los gabinetes del Norte debían limitarse á desear la consi'rvacion del slalH quo en sus respectivos doiiiiiiíos,a emplear medios indirectos para favorecer sus miras en el Mediodía, v sobre todo á esperar que acontecimientos imprevistos riMiipiesen la alianza an^ilo-francesa. La tenacidad smtcular con (|ue aquellos gobiemoK se han negado al reconocimiento del nuevo orden de cosas establecido por el testamento de Fernando Vil, indica un pensamiento lijo, una es}>ernnza nunca perdida. Ni ti término de la guerra civil, ni la mayoMa át la Reina, ni tres años de orden material, en que han sido sofocadas todas las tentativas revolucionarias, nada ha sido suiiciente |>ara que los gabinetes del Norte abandonasen su calculado a|iartamiento. F>s evidente que esperaban el desenlace de la cuestión* del matrimonio: y que la resolución de ella debía íniluír en su determinación; pero esto negocio ha sido manejado con tan poca habilidad, que precisamente se ha hecho mucho mas ríe lo que aijuellos gabinetes pu-' dieran |)ronielorse: rompiéndose con tal estrépito la alianza inglesa, se ha mejorado la fiosicion de las potencias del Norte^ y alejado mas y mas el reconocimiento de Id keina.
Esta es la verdad, la |>ura verdad, y n« hay soiismas ni palabras que basten á oscurecerla: cuando algunos periódicos de los mas heles adíelos al trono de doña Isabel 11 han sostenido que el matrimonio Montpensier había sido un suceso a propósito para alentar las esperanzas de los carlistas, han dicho una verdad incontestable. En el caso de no hacerse el matrimonio de coHCÍIi»-i cion, si se hubiese preguntado al conde de Montemolin (|ué es lo <|ue deseaba que se hiciese para favorecerle, hubiera debido res|>onder que se hiciese lo que se ha he-* cho. Este principe, queriendo encender la guerra contra un gobierno establecido (fue disponía de grandes recursos, y que ademas contaba con el a|>oyo de la Francia y de la liifílalerra, so hubiera visto en unu situación a)Hiradisinia, y |>or de pronto, no huhicra tenido mas esperanza que aguardar al|;un trastorno revolucionario que le ofreciese ocasión de levantar su bandera. Evidentemente, lo que le liuliiern al)run)ndo era lo misino ({ue abrumara ú su padre: en la frontera la policía francesa; en la costa las escuadras iuííiesas: ¿cómo s<jbreponersc á tanta contrariedad, á no ser con el auxilio de acontecimientos revolucionarios que trastornasen el gobierno de Madrid? Con el casamiento Montpensier, la In^'laterra se ha constituido cuando menos en indiferente espectadora de los acontecimientos; y es bien seguro (|ue ni en Londres, ni en (íibraltar, ui en las costas españolas, se ocuparan los iii;{leses en impedir las tentativas carlistas, ¿filien puede ne.uar que esta es una inmensa ventaja, y que en su po>;icion es todo lo que podia desear, y mas por cierto de lo (jue podia esperar el principe proscrito?
A esto se puede contestar con una observación especiosa. — Es verdad que es un (laño grave el haber perdido la amistad de la Inglaterra, pero no menos grave hubiera sido el perder la de la Francia. — Esto es cierto: la Francia, colm-ada en una actitud semejante" a la que ahora tiene la Inglaterra, podia favorecer ui condií de.Monlemolin lanío (oiiio la Inglaterra: lo confesamos, y aun añadiremos en prueba de nuestra imparcialidad, (pie la enemistad de la Francia poilia dañar (Kir de pronto de; una manera mas elica/. y decisiva. I'ero al mismo tiem-|K» preguntaremos si esta contestación no se fonda en un supuesto falso, cual es, el <|ue hubiese - necesidad de indisponerse con la Francia. Nosotros creemos que no; y que lo único (|ue era necesario era el no prcstarse á todo lo (pie qucria la Francia. Vamos á demostrarlo.
Sabido es cpie la Francia rechazaba á todos los principes que no fuesen de la familia de Horhon; pero «jue no escluia a ninguno de los principes de Borbon; en el supuesto pues de hacerse el casimiento de la Reina con el infante don Francisco de Asis; ¿de que se podia (piejar la corte de las Tuilerins? ¿Se iniringia algún tratado? ¿Se le irrogaba alguna injuria? ¿Se ofendia en al-^0 \ñ dignidad de la Francia? Es evidente que no. Ahora bien: la Inglaterra no tenia un emprño decidido por un Coburgo; on su inclinación al infante don Enrique no se habia ligado con ningún compromiso; la combinación del infante rfon Franci.«;co. no era un triunfo de la Francia; la Inglaterra pues habria mirado tranquila iin enlace en I que ni se violaban tratados, ni se fallaba a ' compromisos, ni.se contrariaba la innueneia inglesa; el enlace hubiera pasado como un suceso común y de escasa importancia á los I ojos de la Inglaterra IVro la Francia deseaba el matrimonio de la infanta < on el duque de Montpensier.—(iierto. — Si no se hubiesen hecho los, dos matrimonios á un mismo tiempo, la Francia no habria quedado contenta. — Rs indudable; pero tamporo se habria cri'ido ofendida; tam|K>co habría podido hacer otra cosa que negociar en Londres y en Madrid para que se le permitiese llevar á cabo los proyectos entablados en las conferencias de I En; y esto, hecho con tiempo, sin olender ; el amor propio de la Inglaterra, esjKírando qui' la Reina tuviese sucesión, tal vez se hubiera conseguido, snpui'slo (pie la diplomacia inglesa, ya de mncho tiempo atrás, I se manifestaba mas indiferente en este negocio de lo (pie era de creer. Y en último rcMillado, ¿(pié era lo peor (pie Suceder podia? no otra cosa, sino el que la Francia no pudiese realizar sus deseos; no otra cosa, ¡ sino el (pie triunfando la Francia en la esj cliision de los principes no Rorbones, no se viese tampoco humillada la Inirlalerra con I el absoluto triunfo de la iníluencia fran- Este era el resultado natural, seg:«ro, y ror cierto poro |>eligmso para el Irouo de sabel II. Si bien la Francia no hubiera tenido tanto interés como ahora en oponerse á los proyectos del conde de Monteniolin, tampoco habria dejado de tenerlo muy grande; y la Inglaterra, cuyos negocios esteriores estaba dirigiendo precisamente lord Palnierston, hubiera seguido la misma conducta que observó en la pasada guerra. Y por complacer a la Francia, ¿se ha preferido a una situación tan halagüeña para el trono de doña Isal>el 11, el correr los azares de ahora?
I Se han ({uerido resolver de tin golpe lo- ' das las cuestiones, y lo ipie se ha hecho ha I sido complicarlas. El nuevo órden de succj sion en F'spaña tenia contra si a una gran I parle de la Eiinqia; v ahora por una al)erracion inconcebible, se ha conseguido que. entre las grandes |>otencias de Europa, solo i|M,* la Fraücut, aUiuita la sucesión de las dos hijas de Feinando. ¿X todat ia se aparenta dosjtrcciiir csle resultado? ¿No ei» acaso haslanle el que después de trascurridos trece años desde la muerte del Key, todavía estuviese aislado de la mayor parte-(le Kiiropa el Ironn de su hija? ¿Y se cree que sea baslaute cumpco^aciua a seuiejaale pérdida el que l9 PraAeia> cieñe lafromera uun un poco mas de edo? ¿Se espera por vonlura que la Francia hará algo mas? ¡Vaua ilusión! £1 gabinete írunccs se halla aislado eo Europa, y sus ejércitos no penetrarían en España sin provocar un conllicto general: el gahinete trances uo tendnu para un caso scmejanic el 8|Kiyo <le la Francia, que mira en el malriinouiu, no un triunfo nai'ional, sino un Iniinío de la corle. Si se bubiese tratado de una de esas ideas 6 in^- titueiones que ejercen ascMidieiite solms el espíriltt público, si se hubiese tratado de rasgar alguna de las humillantes páginas de 1 814 y 1815, si se hubiese tratado de borrar la linea de las fronteras trazadas con la punta de la espada por los ^rlVs dr la Santa Alianza, el entusiasmo de la Francia hubiera podida renacer, y la osadía del gabinete l^ubíera podido coatar, con el apoyo nacional; pero ahora, ¿se interesaría la Francia en las comulica^uiunes provocadas por el matrimonio? No se han olvidado las elocuentes palabras de M. de Lamartine. En todo flojedad, escepto en un negocio de familia: en lodo concusiones a la liij$lat(ir' ra: solo en una cciestioa de fonilia se ha pasado el Rubicofl: |a Francia lo ha visto asotnlirada.
A la curte de las Tullerias le costará sin dnda crueles pesadumbres, el asunto del matrimonio; ya se las cuesta ahora mismo; pero jquiea espcrimeutara de una luanera mas inmediata ^ mas dnra ¡og, resuliados será la España. Si entre los que hancoutrihuiJi) al inalrimonio liay algunos agraciados cou ¿;raudes cruces, ba de venir uu día en 2Mfi recordando las amarguras que á ellos y piros les ha de producir la acción premiada, quisieran olvidar de veras el mérito Y el premio. Su admirable ujjcraciuu dipioínática ha consistido en lo siguiente: ellos han dado la alianza inr^lcsa, y cargado con la enemistad de la nación mas poderosa del mundo; ademas han alejado la esperanza del reoonocimienlo de las potencias del Norte; y en camino, ¿qué han recibid do? que se tuviese un poco matrde celo en cerrar una froaleraw Escelenle negocio.
MsilríiliS iIp iicm. iiil.rr de Sobre } farra.
En el sistema representativo, el pais está llamado á gobeman>e á si propio, pues á esto eqnivnle el que)lni)|(niieMnft havM^ifr estar acordes con las niayorías parlamontarias. El parlamento.representa la opinion\lel país, el ministerio debe represénlar la opinión del parlamento, y la marcha gobernativa debe ser la espresion de la opinión del ministerio, único responsable. £1 monarca está whn el parlamento y el iAMiéríb'i que quiere decir que está fnera de la má-(juina gubernativa; en cuyo caso la posición del monarca se formula exactamente en la famcea máxima: el rey i^DrAtf gohieniÉ.
CaMa acl «alMiar 4» ta nii Sin que sea nuestra ánimo combalii* el sistema que nos ri;:i^, podremos observar, que aun prescindiendo de los incoBvenienle% íntrinseoos de que adolene, enma- tode líi humano, hay en los pueblos de la peninsnln razones particulares para que se Irupiece con mavores obstáculos. Ni en España ni en- Portugal ealaban los pueblo»aeostambraddi» á lomar parle en su gobierno; y asi no es de eslrañar que al haberse puesto en sus manos los aparatos de elecciones, impreu-. ta etc., se hallan uo tan^ eaiharazadas m el uso de los nuevos instrumentos. Sucede á la raza espaiíola en el continente, lo akuaot • que le sucede en Amériear léa^BMiiajiilM mas se hallan escritos en el papel, sin vfití los pueblos hayan disfrutado de sus beneficios, antes si esperiiuentado todps sus iauooveníenles. El re8uHadoA»;aijto el que de» bjera ser: anaríinia írubernativa permanente; anarquía popular intermitente; gobierno de pandillas; esfuerzos per^ódicospara destruirlas; un desgobia<ift<aiitiála>tiagayia»^ lucion lodos los años.
Los EsLados-ünidos, aun dejando aparte laacireunstanciu eayecinleadn eUna, tana* no, coslumbfea, nqneaé y Migaai" ' social, se IbmiaraBée puahiaa waió «vezados ya al manejo de los lu^iiociop pu- | AjHílanios al jiricio do lodos \m hombres hdl^ Micos; d j|$(»bienN» di> nuestras colonias^ * rados, para «foe nos digan si n« esperta la muy éifUlBO del de iás inglesas; y esta di- i historia d« España desde la meterte Se fetffCiMUNn anterior á la om!i»>í*i|>afioii, hiisla- I nando VH.
riapor^ii >(ila para cspiicar la diliMciicia d<;l ii Asi buy una perpetua desconliau/^ entre ratHltadp en ambos pueblos^ Tjvi(o #n el I fíUmmms y fiohetMllÉ»; y M tíémáftn^ ABliÉante europeo romo en el Je Aiñéríca,: hipóeritas las |)r<ilt>t:i> que los partidos hé^' á pueblos (pie habían vivido l;n;íos fijarlos bajo la esclusiva lulela de ia reii^'ion \ de ti-'«M»lMá)íifts se los ha querido declarar de repenU' mayores de edad; resiil[;iii(lo de gslo q|)Q yezdc ios aiitii^'tios tutores, han entri|dO)#i^ li,, adi^iuií>iraáiMi dejus Ikienes trígantcs.
cen de respeto a ia ley; pues, ademas de que la esuenencia viene á desmentirlas muy a meMVV'^stan de p<yr medio los principios (pie no cMiisienten la sinceridad de seinejíinles palabra»; lodos creen tener razón; todos creen qoe de paité está la jtesliekt%> f'n^it^iisur>\ q^e u»^*^ apellidan orden, lo^ otro» IMuÁn opresión; lo (jue á estos les parece libértíti, .^s partidos dominantes c«an4a qu'<'ien | coran con el l)ello noifthre dehíróicaWlllé? legitimar sus arljitranedades, suele» decir } ¡Triste suerte ia de ios pai>-es deistroíSdítls que ad>^rs^i(í^.,^stai^ fuera de la ley; por la discordia civil, que asi truecan los de lo que rreen ellos mismos, l na do las raices de lo> grandes maleas que alli¿;cu a l pcrleuece el que habla! jTrisIe suerte la d( ^te desventuraíJo pa¡s,„e&(el que una bue- j los paises dendé hírmbres hónrados, y uu«; todo» deploran el común infortunio y lodos desean el bien (ie la patria. se ven sin nond)res de virtud y criiMsn; at^KtáááotéH una nii^iiiia are ion. setrnn el bando á que na parle del mismo está fuera de la ley; porque fuera de la ley está (piien iki reí^oiioée leffítimoel principio de donde la ley ema-Ü Í>Éill'»Hi8e eoeueotnHK<doiif»artidos numerosos: el carlista y el pmtrresista: t>l carlista |)or creer que la ie^^ilimidad osla cu otra persona; el prvgresist^ por creer que tti aite>cé»wÉ<<iiM ttlMtHM><ay^V^" > en sus 4ihr(ix, está en oposición con la k':;ilinudud (ie los urfncipios en que duscausa el sií»tema MliMmr manera, que éiiwAiM'la»«lios invocan su legitimidad dinástica. Ids otros invocan la legilinuilad de la lilierlad; resultando de alo (|ue uuu^ y otros consideran ilegitimo el principio de donde* dimana la ley. La subida de los piogresistas al poder, no corana este mal gravisiutu; porque ^uiMW'ioa moderados negarian á sa turno lai^PfÓlinUdad del |»oder de sus adversarios,.«ÍílilH)fMi(lM;t la palabra liberfuil, la de orém^ <^ olra que mejor les pareciese. Asi leñ&ámqa^i aii«ntiiri» los< partidos n»)iravien deactítud^íJaiegalidiidserá imposible; por-<pie no e^ posible oRfablecer verdadera Icya-ÍhíoJ, ciiaitiio no su da por reconocida la itpOmidad. Kn faHaiii Jhte<dWUMl«Íi la lei:alii!a*l es una fórmula sin un sello s ba^o separados por un ia^o de:»angre!
tan deplorable es imposible e\itar í^ründe^ catáslrotes; y aun después de haberse vertido en abundancia la sangre en luchas IralnciáíMim^f>mtéwlBtid^'k m males que el tiempo, en cuya corriente van desainrifciendo las generaciones agriadas y con ellas sus pasiones. Pero pasan lai^gos años y todavia se oye á h» lé|o£^el murmollo d^^ffirt»-^ criminacMones y el eco moribundo' ^'ijfeV últimos combales,. i ^"^n^éMMÉdé^tamift watétiai V él •principio victorioso no pnede contar, durante imicho tiempo, con el reconocí míenlo de su legitimidad por parte de los vencidos; y soto sé im* mmmné^ las llaga» mistado, con un gran' c^tídal de rn/on y de ju-ticia. que desarme á los disidenles á fuerza de beneficios palpables; por cuyo motivo, son muyaforlunadas las naciones i qálbneiflÉK viaTDios en tales crisis, poderes dotados de — ji elevación de miras, de generosidad de acn- ^redo: los partidos so sujetan a la loriuula luioatras ia íuerza los obliga á ello; [>ero en i I se creen bastante poderosos para Inflar |i No es solo el partido monárquiro cl que ha sido relegado á la ninnsion de los imifrlos; taiiibieu al [)ro¿:resisla le ha tocado coa harta IVecuencin cl documento fehaciente de sil dermicion: 'la revniiirion ha muerto,» lia sido una palabra nuidica con que se ha hecho ftente a todos los peligros; al parecer los progresistas como In< monárqaicos, no tenían otro rernrso que fundirse resig-Badanicute en el partido dominante, y pedir perdón por sus yerros pasados. T tales se van poniendo las rosas que en verdad ya vamos creyendo que los partidos han iuuerto en realidad. pues vemos que tienen ■na propiedad característica de ios difimtos: causar miedo Ilejemos por hoy a los monárquicos, y lia1>lcmos de los progresistas. Bn naestra opinión, lejos de qoe este partido haya nnierio, rreiMiins que todavía dani haslanle que entender a los hombres de la situación; Ao diremos qoe esté próximo á subir al poder; jiero tunpnco estrañariamos que lo adquiriese á no tardar, aunque no tal vez Sor trámites rigurosamente parlamentarios, lerccd alesi hisivisiuo de los hombres de la si!n;irii)n, oí jtartidii ¡)rogresista de Ks|)aiVi tiene tuerzas bastantes para poner en cuniicto i los moderados; entre otros hechos recai)r sQli|fe aquel las cualidades contrartas; es preciso, pnés, aclarar las ideas, no permitiendo qu9 ningano de ios contendientes ite engalane^éiWHroyt^te'no k eorres^eliden o se rximn dr la rcspoM^iradad qnetfe derecho le pertenezca.
Hubo un tiempo en se quiso sostener que el partido moderado era el principal, si no el único dcpositnrio de la inteligencia; y asi naturalmente.se clasitícaa sus adversarios, por utia parte en osetaroñUsUa ó sea los' HHh nárqoicos, y por otra en atrasados en las teorías niodomas de derecho público é ignorantes en los demás ramos, 6 sean los progresistas. Creemos qoe etillí acMafidad no habrá (juien se atreva á señalar como carácter distintivo del partido moderado la suprema inteligencia; después,de tres años de esclttsiUí^redoiilinio.se haTtsm'todaloqne era esto partido: en la Iribunay en la prensa, en los escritos periódicos como en obras mas sérias, nOs ha dadk» lá üiedida' dft'sos alcances: sin disputarte nada de k» qne jostamen^ te le pertenezca, podremos dedr sin ofenderle, que entre los progresistas como entre los monirqnicos, hay homhresreoyn nUeligcncia no cede á los que mas se aventajan entre los moderados. El carácter, pues, del partido progresista no estaña iijado con llamarle la parte UMiiof MtH^mle del pattido liboral.
Uombres de legalidad se han llamado tamljíein^IMderados, y por consernenda primeros segundos qoe lo atestiguan descuella cl de las últimas | han sido apeldados los progresistas hora elecciones. Esta es la verdad. Cuando hay en la sociedad un hecho grave, nada se adelanta con despreciarle: por mas r|ue sea contrario á nuestras opiniones no deliomos negar su existencia: jamas hemos podido comprender á (¡ue conduce ese desden calculado y afectado, por cosas que de tai moflo se ligan con el porvonír'de la nación. ^0 obstante esas denegaciones y afectados dhndenes, cl partido progresista "va agitándose de tal modo, que á estas horas debe hahor d;ido ' ya que pensar á los hombres iros de fnería; según esto, los triuoíaimn con la discusión, los con \9» Mtliál; los primeros, f^bcrnaban con la lev, los segundos con las bavonctas; los primeros vivían del |)ar¡aniento, los segundos de III iiiiii V. ¿Es esto verdad?
Los moderados caídos conspiraron sin escrúpulo, \ o!ii[)leai(in «mi ("■ciíipiilo también, el recurso de los prouuuciamicntos. Los moderadbs éft errando, han gobernado por los estados de sillo, y no han escaseado, cuandf '<* hnn croid'í rnnvcnionte, el legisque predominan: se ha des^ireciadu á los - lar por decretos, y hasta los golpes de estamonárquicos como un apoyo msigniflcante: I do. ¿Es esto le^idÉdT se ha rrcido rpie sobraban fuerzas á In sitúa- ' Rosulln. núes, que la diferencia caractecion para iriunlar de todo por si sola; los 1 ristica entre progresistas y moderados, no hechos hablarán.
Con In mira de alucinar y conrundíf « se ba procurniln comparar al ¡¡artido progresista con el moderado, atribuyendo soloa este todo lo que ennoblece y agranda, y haciendo esta en (jue aquellos sean nombres de ffberza y estos de ley. Ambos han empleado la ley* ó In Ini'ryn ^o:zim las circunstancias, creyendo probablemente que de esta manera se podía TÍFlr mejor. " ' ', - j ^ La i ¡(|ui'za os otio de los á'i^nos que se han «jiíeiido sefialnr como distitilivos, [)cro Uiinhicu US nuiy ci]ij;voco ni.nuio menos. Si se iial>la de de la riqueza aoli^ua, nos encoDlranios con la mnsa de los propietarios, honil)rcs piicilicos en su inmensa mayoría; de eslos una gran parle se halla en el parlido iiu)nar(|uico, mientras otra, mucho menor, (|ue hahia simpali/ado con las ideas nuevas, se encuentra ahora entre dos íucííos, en un laberinto del cual solo procura salir con vida y sin deshonra. Tocante á la riqueza nueva, ocurren dos oh.servaciones: prinjcra, que entre los progresistas hay una parte muy consideiahle de esta riqueza nueva; segunda, que de la (jue se halla entre los moderados una buena cantidad se ha formado desde 1843, y por consiguiente no podia ser anteriormente el distintivo de los ijue loman este nond)re.
Creemos poder dispensarnos de hablar de la sed de empleos con que en otro tiempo se caracterizaba á los progresistas: según parece, no dplestao los moderados esta (acil carrera.
La moderación en la conduela, cualidad la mas coiisocuente al nombre del partido, lam|>oco puede lomarse como signo caracterislico, en contraste de la exaltación que debe suponerse en los oíros. A mas de la severidad ordinaria del régimen j)n!itico y administrativo, no hay partido alguno que en las circuoslaucías cstraordinarias haya derramado mas sangre: una pequeña tiíníaliva hicieron los carlistas en el Maestrazgo, y lodavia no se pueden recordar sin horror ios fusilamientos que allí buho; muchas tentativas han hecho los progresistas; donde se han levantado allí humea la sangre. A (ines «le <S44 el Clamor Publico contaba ya 214 hombres fusilados: desde aquella época el guarismo fatal ha crecido considcrablcnienle.
Kespecto a los principios socinles tampoco encontramos tanta diferencia como se ha laierido suj)oncr. Los moderados no impidieron el incendio de los conventos y el asesinato de los religiosos; v cuando' los progresistas vinieron á suprimir con decretos lo que en realidad había dejado de existir, no tuvieron míe luchar mucho con la oposición del parlido moderado. Los progresistas abolieron el diezmo; los moderados han aceptado la alwlicion. Los progresistas decretaron la venta de los bienes de la Iglesia; los moderado^ han mirado la desamorlizncion eclesiaslica c(-nio una de las mas jirniosrts romjtfistaa de la revolución; y llevados del celo de desamortizar, han comprado los bienes de la Iglesia. La consecuencia obligaba á dar un decreto con apariencias!j de reparador; pero el decreto no se publicó |1 hasta pasado algún liemfio, precisamente el!¡ tiempo aquel en que síí hicieron innumera-;i bles ventas. Los lectores no habrán olvidado la viva polémica que por este motivo sosluvo el Pe>s.\mik>to db la ¡Vaciok con los |j órganos del parlido moderado.
I Una de las diferencias mas caracleríslicas t! entre los progresistas y los partidarios de la II situación, consiste en que aquellos son hom- '] bres de acción revolucionaria, V estos de ' goce revolucionario. Ampliemos csUi dislincioD.
Cuando las revoluciones comienzan llevan en su seno sus consecuencias. Las de la revolución en España debian ser la supresión de las órdenes religiosas, la al}olicion del diezmo, el despojo del clero, el abatimiento de la influencia religiosa en el orden civd: estas concecuencias las ha reducido á hechos el parlido progresista, el parlido de acción revolucionaria. Los bienes materiales que esta acción debia producir á unos cuantos, nos los ha rehusado el partido moderado, el del f/oce revolucionario.
La milicia nacional, organizada en grande escala, convenia á la seguridad de la causa: quien la armó principalmente fue el partido de la acción revolucionaria: esta misma milicia., pasado el peligro, ha sido desarmada por los moderados: por<{ue siendo esencialmente activa en sentido revolucionario, no permilia gozar con tranquilidad.
No hay medio mas seguro para eslcnder el goce de los resultados de una revolución (jue aumentar indelinidamenle los empleados, siquiera se hayan de aumentar en la misma escala los impuestos; el partido moderado nos ha favorecido con la administración francesa v el sistema tributario.
Otro medio bastante seguro para no tropezar con inconvenientes en la carrera de la felicidad, es el no mostrarse demasiado rígido con la corle: el |>artido moderado ha procurado no ser intratable, y no se ha descuidado en hacer notar cuan intratables eran los progresistas.
Kl a()oyo de las bayonetas es una de las garantías de buen resultado en tiempos agi- * lados; el partido moderado ha sufrido du- I raioe largo tiempo ios Ímpetus del general NMváet, M éontemfMMlo cnanto ha podido i los goTos militaras de las pros inr ins, y sobre tfKÍo no ha perdido jam;is do visla una regla muy sencilla: ton tal que el ejercito sen nameraso, y esté bien imgado, y brillantemente e(|ufpndo, no importa que otras ciases se mueran de hambre.
En la actualidad ¿qué es lo que separa á los Riodefados de los prop:resistas? Muchas cosos y muy irraves: la distancia entre ellos ,es mucho mayor de lo que fue durante la gttem Chrit, y aun def lo que era en 4843.
Prescindlen'do de otras' diferencias, hay tres sumamente capitales. La Constitución, ios ayuntamientos, la milicia nacional. ''■^tMi progresistas se quejan todos los días de fjno la Constitución de 1837 ha sido rota Kr los moderados, no obstante el ser una ndera aceptada por aml>os partidos. Si los moderados nolinbiesen tenido la incalificable liírercra de encomiar la Constitución de 4837, llegando á decir que iiabia sido liecha con sos principios, habrían podido contestar, que cnando llegó su turno, rompieron lo que se habia hecho sin contar con ellos; pero esta respuesta la enervan las palabras y los hechos anteriores, entre los coales dt'srnella la fíimosn coalición con su no menos famoso mauitiusto después de la elida del Re^^ente...'
Todo indica pues que id tos progresistas subiesen al poder, uno de sus primeros pasos seria restaurar la Lunsliluciou de 1837; 6 repentinamente, lo que es mas probable, 6 por medio de una discusión parlamentaria, abriendo brecha en la de i8i;j, por el mismo sistema que enq)learun sus adversarios contra la de 1837. Por manera que las dos fraccione? del partido liberal. (¡iie alixunos inocentes esperan todavía ver encerradas en los Unitfll de una discusión paciRca, discrepan entre sí nada menos que en un punto tan pravo cual es la ley fimdamenlal.