II. j ¿Hay probabilidad de llevar á cabo eaiaimportante medida? ¿Cuál es h actitud mas favorable que la Santa Sede [)uede tomar? No creemos que haya otra que ia de exigir una 008a justa, justísima, á saber: que se asegure al clero una subsistencia di mroñi é ii¿diependientc. ^.Ilay esperauzas de que esto se baixa? ¿Cuales sonf ¿En qué se dan? Si se hace una tentativa, ¿hay estabilidad suficiente en los hombres y en lascosas: para que se puedan ofrecer garantías de que se cumplirá lo que se prometa? <^.»<<ími El sistema de la dependencia del erario está juzgado por la esperiencia, como lo habia sido préviamente por el cálculo. El de prestaciones én frutos, no parece qu(> obten- Iga, por ahora, las simpatías del gohiorno, ydibcilmeate obtendría el de las cortes.
tienen consecuencias, buenas o mams, se- { lüualesquiera otros medios que se est^giten.
gun son ellos; los partidos y los hombres no son insensibles á las heridas del pundonor; la repulsa y el desprecio no son buenos medios para conquistarse amigos.
Se ba dicho una v mil veces, y se está repitiendo todos los áias, que el partido monárquico, absolutista, carlista, reaccionario «llámese como se quiera, estaba muerto; <lejadle pues en su sepulcro, no busquéis el apoyo de los muertos; su apoyo es deleznable como un montón de ceniza, su proximidad contagia; permaneced en esa región de foena, de vidn, de aroma, que os habéis fabricado, no vayáis á inquietar a los tendrán contra si el deplorable estado de nuestra hacienda.;) ^(^snr ái\ las insoporta-^ bles cargas que abr uni iii a ios pueblos, r^*^ No creemos pues exagerar nada al decv aue esta suh^isftMicia decorosa é indepeniente, no puede garantizarla la situación actual, ni otras que hemos indicado: por consiguiente es harto probable que las eosH permanecerán en el mismo e>íf;i(ío, y que el arreglo definitivo de los asuntos eclesiastieos se aplnzari tedavin por algún íimip»i En estos dias se habla (fe la venida de un Nuncio, y algunos creen que en realidad tiene el gobierno noticias favorables: por eito, M modamoB de opiiimi: el Nució, si viene, veaárá para cxamiaer b.qiie se pu(;- de hacer, y es temible <]w!»> '<or;t diticil fieuveocerse de que se pueda liacer lo <|uc eMi^íeoe. Be Reme no se proeede coo precipitación; antes que la Sania Sede' tU un paso delinitivo, ha de lra^^cLlrriI• todavía luucho lieuipo, y por desgracia los sucesos en BiMit ee €oni|riÍGiui <fo una manera nueva flwttreaneaee.
trece bien.
ates: el leeutf jusgafási peasanioe IV.
del Norte.
AI rernríI,Tr este asunto, se nn< nrnrre iiaiuraliueiite ei repetido anuncio de (¡uc se «i á olrtener noy pronto el deseado reconocimiento. Creemos que esos auoncioese hau hecho un tanto ridículos, y que seria bueno economizarlos en adelante. Cuando Uegae el recoooeinieBlo eeró baene aami' ciarlo de repente: asi la sorpresa será mas profunda ) íícneral, evitándose las noticias anliüipadas que pueden producir ia sonrisa de loe incrédulos y el aereasino de los ene> mijrns. Por lo detnns, entn'i'nTnos al buen juicio del lector el tallo sobre semejantes e^ranaes. Las potencias, que con tenacidad inaudita han permanecido apartadas y somlírías durante (rece nfios. á pesar de las üe&irones del gobierno español, y de los gabtnetee de Franeia é IogÍatemi,no es probahlr íjuc muden repeiitiriauKMile de política, ahora, precisamente ahora, cuando contem- Slau cou placer el estrepitoso rompimiento B la cuádruple aliansa; eoando la Inglaterra se opone abiertamente á la sucesión á la OeMrmar la IndiciMeioa déla IntlaMrra..
La indignacieii de la Inglaterra, procedente di l niatrimonio de la infanta con el duque de MoiUpcn^íier, se dirijre principalmente contra la t rancia, ¡>ero afecta mas profundamente á la España. Una venganza directa contra la Frauda, Tu-cesila de mas medios y prepararidn ffue eontra la España: aquella naeioii, auuíjuc encierre elcmenlos de grandes complicaciones en Utt porvenir no muy lejauo, se halla por el momenlo en niefor'*--disposiciones para poder neutralizar las luaniobras estrangeras; y ademas, no es tampoco posible intentar nada sobre la Francia, sin que se resienta!a Europa entera. Si la dinastía de Orleans hubiese du correr peli<-gros algon día, estos se prepararían en un concierto europeo, tomándose anteriormente todas las prevenciones necesarias para impedir <jue el intento de cerrar completamente el cráter del volcan, produjese una I ronfla^^racion espantosa. Por dcsíiracia la fjeninsula se encuentra en posición muy diérenlc: algunos millones empleados con habilidad, pueden hacer pclipírar la tranqui* Hdad de España; y este snrrificio no es muy grande para naciones poderosas. Cuando no se consiga otra cosa que dar disgustos y temores á la Franeia, ya >e In^ra en parte el nhjeid (k los cpie desean vengarse: y si por los azares de la fortuna se llega á uo resultado mas cuinplido, se tendria adelantado no jwco para intentar con el tiempo emprecorona de una de las dos hijas de Fernán- | sas mas atrevidas. Nunca hemos audado un do Vil; coaado lord Palmerslon hace todo lo i momento de que las desavenencias estrafias que puede para mortificar é ¡uípiíetará 1» * ' ' ' ^ " corte de las Tullerias y a la de Madrid; cuando se da en Lóndres tal recibimiento al principe fogilívo de Bovrges; cuando eit Portugal, que es poco mas que una provincia de España, ondean nada nu'iio-i que tres banderas, la de Doña María en Lisboa, la de ta revotiicion en Oporlo y Santarcn, la de don Mí^'uel en Braga; cuando los partidos politicos de £spaña «e aprestan á avivar mas y wm tat luchas dentro y fuera del parlamento; cuando el ffoki&rm se ve precisado á tomar providencias para hacer frente ¿ los amagos de guerra civil.
las pagaríamos tos españoles, desde que vimos la inconcebible ceiíiiera de los hombres que disponían de la suerte de nnestra patría; los resultados lo van confirmando de una manera tan gravo, <pie hubiera parecido ¡ncreible algunos meses atrás. Asi los sucesos que debían consolidar dclinitívamcnle el trono y la tranquilidad piíblica haciendo entrar dé nuevo á la España en el concierto de las Daciones europeas, han venido á inaugumr nna nueva era do conflictos y riesgos, cin as i'iltímas consecuencias no se pueden conjeturar. Se ha cometido en España el gravísimo Bo semejanteseírcnastaneias, no creemos, I error de aumentar nuestras complicaciones no podemos creer, que las potencias del león las airemis; de ligar nuestra dinastía r^le otorguen lo que ban negado duraute ' todavía uo baslaulc consolidada por cfcct» de ia ^erra civil y de ia revolución, con una dinastía amenazada de graves peligros en sentidos diversos; nuestro suelo tan de- V necesitado do pa/. se le ha abierto luipruüentemeate para que sirviera de palenaue donde luchasen con sos inlrif^, sus medios pecuniarios, y tal ve/, con sus armas, naciones poderosas. La opinión general en España y en £nropa trata cun severidad á los espaftoles auc tal desacierto luni comeli-. do; la pos!('f i<iaíl sera todavía mas severa, porque enloQces se tiabráa visto los resultados. Bien es verdad que la Providencia conduce muchas veces á las naciones por caminos que do alcanza el débil hombre, y uiii pudiera suceder que esos mismos desaciertos produjesen en último resultado soluciones inesperadas que nadie liubiera podido prever.
■De todos modos, es cierto que la ruptura de la cuádruple alianza es un suceso colosal en la dipIfiTitnria europea, siorv!f> oí;tr;ifin que hayan dadu ocasión á esta ruptura ios mismos (|ue tanto provedio sacaron de la alianza in^'lcsa. La dinastía de Orleans le debe mucho, muchi<imo: el trono de Isabel 11 cncoulro en ia ln¿¡latería un auxilio poderoso durante la guerra civil; y doña María de la Gloria no estarla sentada en el trono de Portugal, si la Gran Bretaña no hubiese favorecido con tanta decisión al emperador D. Pedro. ¡Y cosa singular! El espi'rimontado pefc de la dinastía de Orleans da el primer pa&o, isuiriz y otros le secundan en Madrid; y para que nada faltase, hasta la corte de Doña María de la Gínria se atreve á pmipr mnla cara al fíahinele de la Gran Bretaña, i^a ia^lalerra esta indignada; loi^ PalmerstOQ oo disimula su cólera; pero menester es confesar que si jamás hubo circunstancias que pudiesen herir el amor propío de una gran potencia, lo son ciertamente las que se han reunido para ofender á la Inglaterra. La primera noticia que dél miento se recibe en Londres es lo de que está resuelto ya; el embajador protesta, peroen vano; el gobiernoinglés aprueba la condncla de su embajador, y protesta de nue-«I, pero en vano; la protesta liega a l'aris, f^mienlras se estiende la contestación. los Erincipes francpsr'í <^k'.n para Madrid v la iglaterra queda burlada. Asi corre¿>poude la corle de las Tullerfas al apoyo que la Inglaterra le dispensara |>ara imponer respeto á la Europa; asi correspondo Isturiz y otros á " los recientes favores de las escuadras inglesas prontas en todas las eoatat de la penfn^ sulapara sostener contra D. Carlos cl trono de Isabel il. Esto es duro: la Inglaterra no esta acostumbrada a S4;inejanles tratamientos. ¿Se acostumbrará? Es muy difieil que la patria dr ritt y de NVIson s;* prosternes delaoledeM. tíresson y Yl. GuizolJ'*'»" Con respecto á España, hay en esté pM^ ticular hechos sumamente curiosos. Para condenar á un tiempo la política de nuestros hombres y de M. Guizol, no necesitamos otra cosa que las palabras,'1üs dfécTaraciones solemnes de! mismo (liiiy.ot en las cámaras, á principios de IHii. Si no lo tuviéramos a la vista, seria dilitil creer que hombres graves, con larfua esperíencia de 'hút nefiociot^ [)rocediese'i mvt tamaña liircreza: '=in f-m- )argo. ello es asi, como verán los lectores, con las m¡>mas palabras del ministPOlfraMési En el discurso de nperturarfanhÍB dicho d rey de los franceses, (pie la sincera amistad que le unía con lu.s üoburapos.de Inglaterra, y la cordial infeliaréneía «sIÉihIeeida e»^ tre sus gobiernos, iiiíuuJian ¡ÍM»iijeras esperanzas con respecto a los nc^iocios de España; y AI. Guizol, aiupliaudo estas indicaciones del discurso de la corona. dcciae «Hemos dicho al gobierno ¡nirlés: In lucha entre hs dins países ka causado la desgracia (k España, y esta hostilidad es lamMiibtl nesta á dos naciones igualmente fuertes. Nuestro primer pensamiento ha sido ver aue era ¡¡osihltí que cesase esa funesta ritaliaaé en la península apelando' al juicio y honra» de/, polílíea del ííobierno iníiiés.» No cabe confesión mas esniicila: «la lucha de Francia y de Inglaterra lia causado la desgracia de Espsfia.» M. Giiizot «s quien lo dice: y enr tonces, ¿por qué romper ron la Inglaterra, y de una manera tau e^itrepitosa, en los negocios de España? ¿Cómo habéis olvidad» vuestro primer pensamiento, que fue cl acabar coo eííta fitne.stn rival'd-H! ' M apelar al buen juicio y á ia honradez polilica del ministerio ingrés no podíais entender que In Inglaterra debiese dejar á vuestra influrririrt campeando sola y esclusiva en la península, comu habéis intentado posteriormente. In» creíble parece que el mismo hombre tuviese una conducta tan opuesta á semejantes declaraciones. ¿Que respondería M. Guizot si en las próximas eámaras hubiese wi orador que se las recordase? ^Es justo, es político, I es oonaecuenle» es aiqttíen aiuoeplible de uoa csplicacioü razonable, el dar Uinla importa tu i a i un pensamieiilopoUtíco, y luego DO solo nlvidHrle,8ÍiioeQiilnríarietanalH0r* tameole?
Pero todavía 'no hemos recordado mas qiu lina parift éel peosaiuHftilo p iliii o de U. Uuizoten aquella época; todavía íalla lo mas carioso: para discutir con el miaisterio en laa cáMras fraaeesas ae podría empezar un escelenltí discurso de oposición con las mismas palabras empicadas por Gnhot eu aquella época: helas aquí: «Hemos abordado otras cuestiones mas predaas y ilelicrtdns, la cncslion de malrimonio, ^l u-'-irmpio, en la que tiene dos intereses la Fraada: el -primero, que no se establezca al otro lado de los Pirineos una inlluencia boatil y naturalnif'nto cstraña á la Francia; y <^, que no nos coosiprometamos deaoasiado en loa aegoeioB de España por «no da esos lazm que estrechan demasiado á las familins y á las tuiciones. UeoMM toaaado por re^la msioé hechos.»
Con el ■wlrimonio del infante don Prancisrn no se estalilecía aíjuí'nde íos Pirineos uaiQliueacia hostil a la Francia; quedaba pues logrado el primero y principal objeto: ¿t-qué, pues, hacer el oMlirimonío del duque de Monfponsier con h in mediata suceaara ála corona, ucoroproun i iMuIose demetiada en los negocios de Ksp ma por uno de esos /<i:ú$ cjuc estrechan demasiado á las familias y a las naciones?» ¿Cabe contradicción mas patente? ¿Mo es enlroraelerse deaMsiadoen los negocios, y ligarse con ono de esos lazos, el casamiento cnn In inmcdiaauMsora, sin esperar ijue la Reina tuviese sdresion, sin querer diferirlo ni un mumentó, á pesar de las protestas de la Inglaterra' HahlrtTido de nnn mnnern v obrando de olra, se ha corres{>oudido luuv mal á la kmtraánpoMka^ del galiiaeie inglés, tan encomiada por M. Guizot.
Va en la época a que nos roforimos la sagacidad y previsión de la Inglaterra aleansasea dMs allá que H. Goiaot. ei discurso de la corona, aunque fino con la Francia, estuvo muy reservado; y sir Roberto Peel no se nestíró tan abierto* como el ministro francés. Peel convino en que era necesario desechar la política de rivalidad: pero evitó el concretar demasiado a la cuestioo españiria esta buena ínieligencia; y dándole un fin elevado y humanitario, declaró que m la nueva armonía entre laa dos naaienea DO había ningún nmleno; que no se proponían hacer nada oaulfo; que no afmtltAa ' DÍratvii interé.^ europeo; que no tenia porobjclü chd omcterse en lo que no les correspondiera: ¿presentiría el ministro ingles que la Inglaterra tal vez un día debiera acercarse á las potencias del Morle para poner di- Iquea á la ambición francesa? En este caso NI ban puesto los úhinios aconteciniienlos* y de un modo mas apremiante de lo que pudiera prever Roberto Peel: las f^esliones de i lord Palmerston con las potencias del Norte habrán podido encontrar apoyo en las declaraciones del ministro tory. «Nuestra Intención, habrá dicho la Inglaterra, no ha sido nunca el romper el equilibrio europeo en la cuestión eepafiola; de lo que bn sucedido no I(mh'oio<í nosotros la culpa; no había en nuestra conducta ningún vHsUrio't no ^ríanos baeernada octiíto, bien lo sabéis: hace mucho tiempo que lo hemos declarado; no queríamos a feriar vueslros intereses: ¿y por que, pues, esos iuleieses no podrían aben oonoiliarse €on les nuestros?»
No han fallado hombres candidos que se han consolado con la idea de<iue esta ruptura podia rcn)ediarse sacrificando áM. Gui* zot, y rfcmplaziiudole con Thiers ó cori Mole. Preciso es confesar que hacen muy tonto al fselbkTtM inglés los que tales cosas suponen. ¿Qué representa nn hombro, por notable qno sc^ ruándose trato de nc- Igocios de (amana iuq)ortancia, y de una nación como la Inglaterra? Tanto valdría decir qur -^í ri posible detener ¡i una colosal ballena, arrojando a sos fauces un pececillo. Hay aquí uoa equivocación, que es preciso desftnecer radicalmente. I Los que se han entregado á suposiciones tan aventuradas recordaban tal vez ios su- I cesos de 1840: asi se juzga en oMiobos ne^ gocios, en que se discurre por paridad; se ve lo m-A'i rár-il (fue es la semejanza; no se nota lo mas üilicil, que e$ la diferencia. I M. Thiers había heabo tomar i la Francia I onn m ritud belicosa que amenazaba h pnz I europea: Luis Felipe, nada inclinado a emu presas (an arriesgadas, sacrilicó tranquila-I mente á M. Thiers, v con la paz armada de i.M <¡nÍ7.oltodo í¡ueí('> arre^::lado. ¿Por qué [ no podría suceder ahora lo mismo? La dis-I imndad salla i loa ojos: entonces la Francia j había sufrido una humillación, Thiers apa-* rentaba qoerer vengarla, y para que la ü^utopa no se inqaitlase bastaba que la Fraocía abandonase su actitud linviii. lo cu.-)! s<> conseguía con un catubio de nnuistei iu. Puro •hora se traía de un matrimonio, y un ma- I trimonio no se puede deshacer. Por mas mi- | nistros que se cambiasen, la ¡ufanía de Es- | Safia, inmediaUi sucesora á la corona, no i ejaría de ser espora del duque de Montíien- I sier, hijo del rey de los frauccses; y como I esto es precisanienle lo que trae desasosegada u Iu lii^lulerra, resulla que esta uaeiou I no se daria por satisfecha coa ningún cambio (le niini>lciio. Si Luis Felipi' tuviese á \i mano medios lan sencillos para evitar las ¡ oonsecueccias de pasos errados, seria ul mo- j Barca mas afortunado y poderoso del mundo; | por(|ue pudiera acometer cuanto bien le pa- j recicsc en España, en Inglaterra, en Ale- j masía y en todos ios puntos dd globo, y luego, cuando las demás naciones.se conjurasen contra él, las desarmaría COB uoa sola palabra: cambio el ministerio.
La renuncia de la duquesa de Mbnlpensier á sus derechos á la corona para si y j)ara sus hijos, es el medio que ucurre como mas eficaz para terminar tamaña desavenencia. Sin embargo, esle medio ofrece todavía muchas y muy jíiaves dilicullades. quedando ademas veitcmenles dudas sobre ia seguridad de su resultado.
La primera dilicultad (|ue so presento ea el que la corle de las Tullcrias no aconseja- | rá semejante renuncia, ui la de Madrid la eonsenlirá. Después de lo que ha mediado, i la humillación ue semejante paso seria tan | j^raude, tan vergonzosa, que, lo decimos iof^énnamente, no podemos persuadirnos <|ue se abrigue tal proyeoio ea París ni en I Madrid. Si oslas cortes cediosiMi basta tal; Kuuto, bien podría exij^irlcs cualquiera cosa i I Inglaterra: ai la ftema de España, des- j pues de autoriuurel casamiento de su angas- 1| ta hermana pudiere consentir á que esta perdiese por el malrmionio los dercctios a la ctfona; si el rey de los franeesea, después | (le haber solicitado de la mano de la augusta Princesa pura su hijo, pudiese, después de logrado su intento, consentir en c{ue \wr aato- mismo enlace perdiese la Infanta sus derechos Á la sucesión; si esto pudiese hacerse tratándose de una niña de catorce aftas, no sabemos quó es to que debiera i asombrarnos es ndelante: esto no puede ser; hay hinnillacione> que e(|ui\alen a una alidicauion: nosotros uo podiiamos creerlo ' basto qué- la viésemos con nuestros ojm Algunos periódicos han hecho la observación de que la renuncia necesitaría la aprobación de las cortes, y manifestado la esperaua de que estas no la consenttitei. Ingenuos en todo, lo seremos también tm este punto: si por graves razones pudiesi decidirse S. li.,laa eortoanosanaa unob»^ táculo invencible, con tal que se adoptara una teoría reciente. La teoría sentada por algunos en la cuestión de los casamientos, es fecunda, sencilla, y sobra todo omiv p«- citica. Kn hiles negocios se prescinde del fondo de la cuestión, y se trata únk;amento de rendir bomcnage ála voluntad de ta Reina. Cuando S. M. propone una resolución de estas á las cortes, solo les toca acatarla. £s cierto que S. M. al decir que^ba tomado una. reaolucíou, no podiaMpntü de recibir con benignidad las observaciones que con el debido acatamiento le dirigieran los hombres honrados y leales; pero es mejor no hacer ninguna; •es mejor aaalv calhmdo, resignarse sosegadamente á las consecuencias de lo que se baga. Asi. es de suponer, que si bien los progresistas qui/.ás pronunciarían algunos; dmanéteav contra, y tal vez también los conservadores, la mayoría del Congreso acataría lo pro^ puesto por S. M., y al Senada, cuerpo pun cUieo por su indoley eodumbres, no baria una revolución para impedir la renuncia. Eslo upiuamos; y con nosotros opinara el lector. " '"iÉb Permítasenos observar, que nosolros| aunque también muy monárquicos, no admitiríamos jamás semejante tooria^ Cuando S. M. en tales casos se dirige é las cortes, se entiende (|ue las consulta; y no se daria uunta ^r oiendída con las respetuosas coMt^ sideracionea que se dírigienm á su a]ln |Nlb netracíon. Nosotros creemos que en ciertas posiciones, no solo hay el derecho, sino también la obUyactón ngurosa de espoaer las coBsidaracioiias oonreBieniee, núeatnpi S. M., aunque haya lomado una resolución, no se ha dignado ejecutarla. Kl espintu nKK narquico nosotros lo creemos compatible al9 el derecho de demr á los principes loda Iv verdad y sirmpre; el espíritu monárquico, lejos de contrariar esto derecho, lo impone coafw u& daéar. inio»iiiul Como quiera, y aun suponiendlft ymdbq das tañías diiicultades. todavía croemos que la renuncia no sena bastauto para apaoigaar eoiuptebuneote á la higlaterra. Es preciso notar que la ruptura de la cuádruple alianza no na'procoaido únicamrntc il(! tikUi imonio Montpensier, sino de la imnera con qoe Sé le ha llevado á nabo. Sabido es que la nación in^deaa anafaa mn lecelo el proyectado enlace, ron inl ífTic se diliríesc hasta que la Heina luviese sucesMm; asi parece loe oe habie aoofdado eo laa eonferencras e Eu, las que divulf^das en Inírlalerra, no hablan hecho mdh eti la opinión púbhca. Aquí media algo mus que una cuestión piriitica, hay una cueatieede amor propio, de dignidad nacional: trátase dr s iIkm- si la Fraocia, sin la Inglaterra, v á pesar de Ins proteo taa de^la f ngialerra, debia ejecutar uu proi'eelO-de tanta trascendencia, en un negocio que puede afectar el cquiIi!)rio euroguajc reciprocamente obsequioso (iuranlo largo ticm|io, Imhian llegado á crear, si no la realidad, al menos la aparicnria de nna ialeligcncia cordial, y la basa de esta era la confianza reciproca de que no se daria ninguafMso de importancia sin preceder negociaciones. Esta eonlianza era general en Inglaterra: la noticia de estar resuello el matrimonio Montpensier fne una verdadera síirpresa para la narion y el gaMnele de la Gran Bretaña: el grito agudo que en el momeuto de saberla de cierto, se levautó por los órganos de todas las opiniones, nuh nife^tnln ron claridad 'que el golpe que se acaba l)a de recibir era inesperado. Una de las quejas aue con mas acnlud se repi-* tieroUf foe el qne se había faltado á u .compromiso, que se hahia burlado la conueo; y mayormente en fispaM ^ ligada con I lianza, que se hahia abusado úb la huela Inglaterra por la coádraple alianza, y || na fe de la Inglat«rra; nna de las protestas mas acerbas y mas re ¡¡elidas, fue el cuvo trono, durante la guerra civil, recibió del gobierno inglés auxilios tan poflrrosos. Por manera que, á mas de la iiupoiiaucia rntrlnsecadel matrimonio oon relaotonié< los tratados, y soi)re lodo á ta preponderancia que asegura desde luego á ia inlluencia francesa, hay para la Inglaterra el amor propóo beríck), hay la dignidad nacional que se cree vulnerada, hav la alia razón de e^nindo 3ue jamás se restablecería la cooüanza perida, el que jumas se contaría con la aiuísr tady las promesas del gobierno de julio. T á la verdad, es preciso confesar que los ingleses no estaban tan iaitos de ra^on en semejantes quejas; y las hubieran podido fundar todavía nelor, si hubiesen ffafldrdii'i do (lo que no sabemos que hiciesen) las nat- 4|oe Ao permite jamás ^ una poteuciu de 1 labras deM. (iuizol, copiadas mas arriuai primer ánten el conKolir qoe otros arre- I Bn boca del hombre que ha llevadlo á cabo glen sin ella y contra ella los negocios euro- f el matrimonio Montpensier, aquellas palabras solemnes de apelar á la honradez política del gobieruo ingles, pudieran tomarse por una burla sangrienta.
Cuando la Inglaterra obtuviese la rr[iriracion que exige, luiraria con ínsultaulc desden á su humillada rival, y le diría; «Has retrocedido por miedo, no pw buena volun-r lad. Burlaste mi confianza, porque creisle que me contentaría con vanas protestas;^ y peos. Las naciones, como los individuos, no suu respetadas si uo se hacen- respetar: y el tribonai adonde llevan sas agravios, son sos fuerris y demás medios para dañar á las potencias ofensoras. Cuando se ha llegado á generalizar ia conviccioo de que la indignación de una potencia solo se exhala en palíihríis estériles sin peligro de resultado, no bay quienno selc atreva, r^o causan miedo a,,.. * Badte lasamenacas del gobierno francés des- I solo le moestras arrepentida porque has vio- • de 18.10, porque todas sus venganzas se re- | to mi mano levantada para herir. Acepto tu o ducen a discursos elocuentes: las notas de i salisfacf ion pero no te otorgo mi conliao-NafH>leou no serian tan sabias v eruditas, pero ii za; en udeiante procederé como me parezca lineianma9elíBeto;y,1asnota8ae la Inglaterra 1 conveoienle, pero en intelígeneía ooidial se parecen algo mns á lasdeNapoleon qnelas í contigo, jamás.
del gobierno de julio Qtra coQsideracíon. Todas las satisfaccio- Los que hablan de la i*enuncía de la duquesa de Montpensier como de una cosa nos imaginables, inclusa la renuncia» no i muy sencilla, no han reflexionado cietta*» serían capaces de restablecer una cosa que la Inglaterra ha perdido para siempre; la confianu en el gobierno de las Tollerlas.
Las mutuas vistas, las continuas deferenmente solire un aspert i il >!n coe«;lion, que da lugar a gravísimas cousideracioues. Sor' puesta la renuncia, si la Reina Isabel faHnf cíese sin sucesión, se añadirían á las comcias de la ftanoa, la costumbre de un lent- " plioaciMies.dinéaiiGnaafiiHatee, oteas, de k mayor traseeodeacia. LlaaMnos sobre etfe punto la atencioa de lector.
Con la prajsniática' sanción de FernantemoUa y la segunda hija de Fernando, sino entre el conde de Montemolín y el infante D. Francisco de Paula; y hé Jiqfií otro de doVIIseasegurai)a la sucesión á«us augustas los inconvenientes de una resoiucioa precihijas, |iero en defecta de las dos princesas \ pitada, OMnifestado eon elaridad en^la era llamada perlas leyes la rama do D. Cárlos. Posteriormente, las corles de I834csciuyeron a este príocipe con lodos sus deseendienles de la sucesión a la corona, llamando á In del infante ü. Fram isco do Paula. Así, ia rama de D. Francisco de Paula no sucede á la corona con preferencia á la de 1). (darlos por leyes antiguas, sino í|ue funda únicamente su derecho en la decisión de las oortes, de 1S34. £s evidente aue.en taitcáso-ift iimilia deD. Garios noae|aria ée prevalerse de este argumento; y que recl^tmnrin la corona no solo por las razones c^oe ahora alega, sino también y muy partieutannenle, naciendo objeciones á la ley de esclusion de IHM. No cabe duda tarapoco en que ias potencias que no quisieron reconocer la pragmática sanción de Fernando VI!, mucho menos rceonoierian la ley hecha en rnrtes bajo la regencia de Doña Marm Crisima; ^ los que en España no a|Mro-^ran esta eseinsioQ apoyarían en lo interior la opinión do las |)olencias estrangeras. Por manera que, llegado a(|nel caso, la familia de D. Francisco no podria alegar oomo Isabel 11 la pragnétiea sanckni y el testamento de un rey iiniver^idmente reconocido; y el con! » li' Mr nf:vitrilin reclatnaria la corona cou arí^umenios tuudados en la legislación antigua y moderna, y que solo tendrían contra sí la ley de 1K3V Este es uno dé los resultados que se aproximarían con la renvneia, y qne en snestra opinión es de gravísima trascMdCBCit.
Se nos objetara tal ver que «ri conflicto semejante puede lanibien ocurrir sin la remincíar pues que oponMndose la Inglaterra á que HMii - rn Kspaña la esposa del duque de Moulpensier, es claro que aquella nación obrarla consecuente á sus protestas si llega-Be el caso de fallecer sin sucesión Doia babel II La observación es fundada; pero no destruye la nuestra; y únicamente prueba qoe el conflicto puede venir sin la renuncia | y con la renuncia; solo que con esta se le reconocería desde, luego por parte de los interesados; pues que entonces qucdaria sentado ya que en caso de Uritecerla Reina sin hijos, las cur^tinnrs- que pudieran surgir ha- me bian de debatirse, no entre el conde de Iloa- * ia ( ma observación que se nos objeta. En efecto, no puede negarse que U Intrlalcrra haria un casus belU de ia sucesión de ia duquesa de Montpensier á la corona, y foe sos ea^ cuadras se prnsrntariau desde luego en los puertos de España con las mas terminante declaraciones de la Gran Bretaña, y quixas tamliien de las potencias dei Norte. Todo esto se hubier » evitado con no hacer el nifitrimonio Moulucu^ier y lo que enlouccs era m caso sencillo bajo «liaapéclodiiflMBil»-.
co, podria producir ahora un conflicto gravísimo en España y en Europa. Los que tengan por exageradas semejantes observa-, cienes, se convencerán íácilnieaMi'iinian verdad y exactitud si se imaginan por on niomenlu que un dia se difundiese la infausla noticia del fallecimiento de la aogns^ ta princesa que ocupa el tronQi:}tjp vean sí aun antes de reíleMniinr, su coraron no se conmueve con la inuunencia y gravedad del La Inglaterra, fuerte en lo interior y en lo esterior, iuibia caido en la manía de contraer alianza con los débiles. Déitil era la dinaslii deOrleans, ameBaiada por la volucion, amenazada por un prclcndii nte, amenazada por la Europa; buscó apovo en la alianza inglesa y leeucontró. Débil ertei trono die Isabel II, amenazado poT'iJftmnblucion, combatido por don Carlos, y contrariado por la mala voluntad de las poteocias del Norfe; buscó apoyo es la Inglatan* y lo encontró. Débil era la causa de dofta María de la Gloria; buscó apoyo en la Inglaterra y lo encontró. Por manera que ia Gran Bretafta, olvidando sos tradiciones antiguas, continuadas hasta 4845, se babia separado de las demás potencias europej^, para formar una liga meridional, cuyo núcleo era la Francia de 4830; j el sucesor de Luis XIV y de XapolcDn fnconfraha su principal apoyo eu los sucesores de aquellos mismos ingleses qoe en todoe tiempos y países, en la diplomacia, como en el campo de batalla, habían combatido sin tregM ni descanso la influencia francesa. J « No es difieil adivinar el objeto que en seante rambio se propusiera la pntiiica de Gran Bretafta. La pñmeca rama de ios Boitmnes no obteoia por varias eattas las | Rimj)at¡as de la Inglaterra. Con ios aconteciaaenU»de 1615, y posteriorux'ate con 1m de Ñipóles, Piamonte y España, desde 1820 ha>ta 1823, la Santa Alianza había alcan/.adu preponderancia cu los negocios cuiupcos, cuuiu lo indica el haberse llevado á cabo la inlervcncion Traacesa en I contra las proti'stas de Wcliiníjton y Cauninfr. La conquista de Argel, hecha por el gobierno de la Restauración, habia también alarmado á la política inglesa, la cual temía prohablctni-nti! (\{n\ dt^^foinuida su preponderancia en el Couliaenle, se cercenase mucho sa poder en el Mediterráneo, convirtiéndose, coQio se ha dicho, en un \di'¿o francés. La Francia, haciendo parte de la Santa Alianza, como no podia menos de hacerla bajo el imperio dé la Restauración, podia contrümir considerablemente á disluiuuir ta influencia inglesa, resultando de este conjunto, que el esfuerzo de la Inglaterra para derrdiar á Napoleón y restablecer el equilibrio eurojK'o, hal)ia cedido en beúeücio de la Santa Alianza, dommada por la infinenda de la Rdsiá. Asi se esphea, por qué la loj^laterra vió sin disgusto, ya que no con placer, la caida de la primera rama de ios Korboncs, porque se apresuro á ofrecer su apoyo i la oioaslía de urieans, y porque en hn, aco;íió íro/osa cl cambio ejecutado por la pra.iíuialica sanción de Fernando VII, y trabajó en España y eu Portugal por establecer nn órdea de cosas que separase á la Peninsula de la política de la Santa Alianza..