No puede negarse que este cambio de pohtica tenia en su abono apare itlc::; motivos de conveniencia inglesa. Las dinastías y los sistemas que babian recibido el apoyo dé la Inglatenu en oposición á la mala voluntad (K' \n< |)nteMrias del Norte, debiaii permanecer naturalineute bajo la influencia de la nación protectora, lográndose asi abundantes concesiones, ya en cambio de los favores prestados, ya con la esperan7a de otros que pudieran recibirse. Pero la Gran Bretaffa no debió olvidar que una vez libre de los primeros peligros la dinastía de Orleans, intentaría continuar en España la política de Luis XIV y de Napoleón; política que po- Pronto se manifestó la intención déla eofte de las Tullcrirí-^, con lo cual comenzó la lucha eolrc (las indueocias francesa é iu* gicsa; y la Gran BrelaAa, que no podia sufrir este inconveniente de su nueva política, trató de condialirlo poniéndose de parte de la revolución en mi mavor ímpetu y desarrollo, cual estaba representada en el partido progresista Siguieron los acontecimientos en suerte varia, bien que preponderando la inlluencia francesa sobre la inglesa, siempre que los negocios jiodian ser dirigidos por la libre vninnhil li I;i forte de Madrid. Esta circunstanciu coiilrd)uyo sin duda á que el gobierno inglés viese con gusto y apoyase con su inÜuencia cl encumbramiento de Espartero,, desterrando asi' de la Península la inlluencia frauce>>a. Tres años oónsiimíó la política inglesa en el goce de una preponderancia.|iie, aunque por lo esclusiva lisonjeara su amor propio, no le producía ningún resultado que ofreciese garantías de duración. Todos cuantos conecian la verdadera situación de España con alguna mayor exactitud que el embajador ingles, estiiban previendo una crisis en que había de sucumbir Espartero, verificándose entonces una reacción en sentido favorable a la inlluencia francesa. Asi sucedió cu efec^ lo, y el ministro de negocios estrangeros de Francia no tuvo inconveniente en reltcitarsc del triunfo logrado en España por el partido francés. Esta palabra, muy indiscreta por cierto en boca de un ministro, era una lección muy provechosa para la Inglaterra, y desde entonces puao prever esta naeioik le tuerte que le esperaba en los negocios de la península. Tres años han trascurrido, durante los males cl embajador inglés ha tenido que limitarse a ser simple espectador de lo que sucedía en Espafta; y cuando ha llegado el momento decisivo, el gabinete de las Tullerias ha dado cl golpe que leuia premeditado mucho tiempo untes, continuando eon la mayor fidelidad, y también ron no pora osadía, la política de Luis XtV y de Napoleón. Luis XIV colocó en el tremo de E^fta á Felipe V, y dijo: «Ya no bay Piríneoe » Napoleón estableció á í ti hermano José en el trono de Fernando Vil; Luis Felipe ha colocado á su biioen dría llamarse de absorción, porque se dirige las gradas del mismo trono. Para que el dná convertir la España en una provincia fran- que de Montpensier se titule rey, comomárcsa, bien que bajo las apariencias de na- i ndo de de España, solo falta que cioo independíente. I se r<Hnpa uu lulo lau débil como lo es sieoi' Oigitized by pre la tkk de liBt lola peraoM. Bl telégrafo I pe ca Africa et titulo que que llevase á Lóudresla ioíausta noticia del | Sultán de Conslantinopln; por f»sto, en fin, po- j obsequia con las mus disuuguidas coosidetambién de que ha salido en raciones al príncipe fugado de la prisieii de ■ Bonrgos, quien no olvidará tan fácilmente el tnitainíeuto que él, su familia y sus edifr* los, han recibido de Luis Felipe.
UcniQfi querido tratar con al|;aBa ei>leii> sion el asunto de la política inglesa, porque creemos quií representará un gran papel en los acoalecimicnlos (juc se preparan en España y ^.Europa; y creemos haberlo he* cho con cumplida imparcialidad, aleniéodo* nos úaicameule á los hechos.
V.
fallecimiento de nna augusta princesa dría llevársela püsUi para Madrid el duque de Montpensicr para tooiar posesioo de la herencia de su esposa.
Este peligro, unido á la preponderancia que el matrimonio ya por sí solo, asegura á la influencia francesa, es lo que tiene alarmada a la Inglaterra; y estos motivos graves de por sí, cslan ademas exasperados, por el modo con que se ha ejecutado el proyecto de la hn l i. Asi se comprende lo que signiüca ei cambio de la política inglesa; asi se comprende por qué la Inglaterra conoce ahora, que asi como antes con el 'mhpuje contra Napoleón, habia fortalecido la influencia del Norte, asi ahora cqu el empuje contra el Norte, ha estcndido la influencia dp la Francia sobre la península; asi se comprcude por qué se ha manifestado tibia en el asunto de Cracovia, y recuerda que el tratado de Útrech, que antes olvidara, valia mas en estas circunstancias que el tratado de Yiena; así se comprende poraué ahora conoce que la alianza francesa producía naturalmente en último resultado, la debilidad ó la nulidad de la influencia inglesa e& la península, y por que recuerda también que la Francia que tiene escelentes puertos en el Océano v el Mediterráneo, y es dueña de la costa de' Aírica, es algo mas temible para la reina de los mares, que el Austria y la misma Rusia, si pudiese consolidar su preponderancia en el territorio de la nenínsula. Por esto la Inglaterra llama ahora á las potencias del Norte sus aftehiotoí aliadas ^ por esto protesta contra lo de Cracovia por pura formalidad, negiuidosc empero á unir su protesta con la de Francia, y tranqnilísando de una parte á Iss potencias del Norte con la seiíuridad de que este no es caso de guerra. declara por el conducto de sus periódicos mas autorizados, que e| suceso de Cracovia no exime á la Francia de las ñlili - ii inDcs contraídas en los tratados de Vicna; por esto aprovecha una cuestión de etiqueta, para herir la susceptibilidad de la Francia, indicándole que la nación que posee Gibrnltnr v Multa no puede olvidarse de la costa de Aírica, y que en caso necesario flibfi coligerse con las potencias de Norte, como en 4840, para sostener la s.bc rania 4e Ofieale, é impedir que tome Luis Feli- Por la reseña que precede se habrá podido comprender, qu3 no sin razón preguntábamos al principio del articulo: ¿por dónde se sale? Én efecto: las diíicultades de la situación actual de Espafla son de tanta gravedad, que nuestro corlo alcance uo les encuentra salida. Es de creer que no se hallan en el mismo caso los hombres encargados de conducir la nave del estado ¿ puerto de salvación: nosotros nos complaceremos en asistir como especladures á las maniobras en ([ue se despliegue valor y habilidad. Ambas dotes son menester paVa llevar á cabo tan difícil empresa; mayormente si se considera que en la reseña hemos tocado iioi— cemente lo mas principal, dejando aparte dificultades que liien se podrían considerar en la misma línea, como por ejemplo, e! sistema tributario, y cuanto cunoierne al mal parado ramo de hacienda. Es probable que las inmediatas discusiones de las Corles, vendrán bien pronto á poner nuevos colores en el cuadro.
Por nuestra parte, habiendo manifeslade por espacio de Ires años lo que ppnsáhamo» sobre las cuestiones mas importantes, con el fin de 1846 ponemos fin también á nuestra tarea periódica, agradeciendo á los lectores las simpatías con que aos baa íávorecido.
secuencias erao ini-alculablcs: volcado el trono de San Lols, las cundiciones polilicas y diploinálicas eslal)lecidas por la Santa Alianza, resultaron cambiadas radicalmente: el mal eondia con rapidez, viniendo en seguida la re?o]iidoii de Béldea, la de Potonía, las insurrecciones en Brunswick, Dres- POUTICA ESTRANOiM.
La situación de Europa es mnv critica: los peligros son graves, y alííutios hay innii-, nenies. No fuera imposible que deíilro de I de, Cassel, Golinga v la sublevación de pociw anos, ó el dn menos pensado, sobre- | Bolonia y otras le|iciones en los Estados viniese un conflicto general; pero es prcci- I' PoDiiíicids. Para que nada faltase á lo som- 80 guardarse de pronosticarlo con demasía da seguridad. Cnnitémonos á conjeturas; abstengámonos de profecías: no nosdeiemos alocinar por las doclnninrlnnos: rocornemos ^oe en £uropa, tiay una prensa que, semeiaaie á las cien bocas de la filma, difntode Ins sucesos verdaderos, los recar^ia, los exagera, y que con harta frecuencia lince; recordemos que j)or esta prensa se desahogan loe que qaisieran eonservar lo presente; los que dcsf'on restaurar lo pnsnflo, y los que inlenlan destruirlo todo: y asi no estrallaremos que á un tiempo se oigan fatídicos y pavorosas acentos, cánticos de esperanza, aseveraciones de afectada senrurídat' brío del cuadro, 1). Pedro de Portuíial meditaba un ataque contra su hermano don Miguel, lo cual trata ooiisigo«Da levdatíoa en el reino lusitano; y mientras los emif;rados españoles hacían tentativas en la roñtera, la pramátíca sanción pubKoadá por Fernand^'TiI, tenia pendientes Sobit España, la guerra dinástica y la revolución, como espada prendida con Kilo muy frágil, la vida aelRey. Este conjunto éraí por ciéK rnlobrevenido. Catástrofes parciales hemos presenciado, si, y entre estas ocupa el primer Inpar la de nuestra Península; pero la paz aunque consultemos los escritos, 'como me- ij general se ha conservado. Esta es una lec-«los de adquirir noticias, procuraremos es- cion para no pronosticar con demasiada setudíar las cosas en ellas mismas, y no en I gurioad. Hay ahora una circunstancia agra-Jos papeles. Ks aventurado, peligroso el vanic, cuafcs la ancianidad de Luis Fejuzgar por impresiones de momento; con lipc, quien ha contribuido mucho I á la eemejanle método hay una hora de aparen- conservación de la paz; pero considérese te razón para todas las opiniones, ¿cuál de que asi como en 1830 no se podía prever estas no se ha visto triunfante nipun din por I hn<la (pié punto querría, ó pooria, ó sabría nsi.
lo algo mas terrible que el actual; y sm bargo la conflagración europea no ha sol un ííolpe de correo? ¿v cuál no se ha vi>to -confundida por otro goípe? Objetos que por su naturaleza llenan una grande esfension de espacio y liemjpo, no pueden ser apreciados con exacUlod, cuando se los <|uiere mirar en un estrecho recinto, y en un plazo breve. Asi resultan juicios contradictorios y hasta ridiculos, según el punto que cada observador escoge.
Dos cuestiones graves agitan en la actualidad á la Europa, y amenazan provocar un CObSícIo? la de Suiza y la de Italia; mas, para no alamarse demasiado, conviene recordar que en época no muy lejana, el conflicto general parecía mas inminente aun, y ■éñ embai^ no ha sobrevenido. Después de la revolución francesa de 1830, la Europa se hallo pn situación harto mas crítica que la actual. I^s acoolecimientos de julio ponían en combusliott, no é naciones come Ñapóles, sino á la Francia, que pocos aAos antes liabia trastornado el mundo. Las eon- Luis Fcime conducir la Francia por caminos pacíficos, tampoco podemos prever ahora, si su vida se prolongará mas de lo regular, ni tampoco si en Francia ó en Europa surgirán otros hechos que eviten 6 atenúen los males. La previsión de) hombre es muy flaca: recordemos que en el año 42 la fogosidad de un caballo cambió la faz de los líegocios en Francia, con la muerte del doque de Orleais. Estos son acontecimientos eslraordinarios; es cierto, pero la Providencia mezcla lauto de imprevisto en la marcha del nundoí La agitación de Suiza no turbará la paz general, por poco juicio que supongamos á las grandes potencias. La Francia se ha unido con los pabinetesdel Norte; y estodeja a la Suiza bloqueada: la íniilaterra disiente, es verdad; pero la acción inglesa es débil tratándose de un pueblo que está en^ clavado entre grandes potencias conlinenta* les; y ademas, ¿es cierto que la IngUlerra I haya de llevar las cosas u tal e.slremu, (}ue por la cueslíon suiza provoqae ana guerra europea? no lo parece. El radu'alismo suizo, con sus atentados consigue inquietar á la Europa; pero á quien daQa mas, es ¿ la Suiza misma, no solo |»or lo que la destroza, sino laiubien porque |)one en peligro su iudependiMicia. Ya na producido que dle OQ dia a otro s4í pueda ver la SUi-^ sa sometida á va protoéolo: en cuyo caso una nación pierde su dignidad. V.sW es el resultado uatuial de esa libertad a palos, El.\uslria mí prepara coa su.'- ejércitos eniíf' reino Lombardo Veaelo, pero no desevid» los iuimIíos diplomálicos: la Francia j>odria ser un poderoso obstáculo cu osle negocioj, y MellernÍ4;h, que ve á M. Ouhtrtmtiy eon^ placiente, le corresponde bien, y procnra estrechar los vínculos de los dos ffa!)ineles. La inintulii¿;ible itolUica de lord Falmcrslou pudiera cGmp)icaN#íMlM^lii en Suiza; pera las miras deM|lpBt('>n) ru este punto, no se han manifcstádo aun con bástanle claridad. ¿Es tan cierto como algu> qne qniéreB introducirlos radicales, aeesa I nos suponen, que la Inglaterra desee una indepeii(l"ii( ia mentida que hacen consistit |Ji que la Suiza se convierta cu servil 'wMpmto de la propaganda de Parfs. Hale seis años que ocupándome de la Suiza, emitia la opinión (¡ue vera el lector en la página oi de este volumcu: nada tengo que añadir: el espíritu irreligioso y anárquico de los radicales suizos, continúa haciendo cuanto puede para malar la iKjeionaliilad de la Suiza. Los que pierdeu el juicio necesitan curadores.
La agitación de Italia e-; nn hecho mas peliirro.so que la de Suiza. En el opúsculo titulado l'io IX, be manifestado mi opinión: nada tengo que afiadir ni quitar. Cuando lo escribí linbinii ocurrido ya repetidas veces disturbios deplorables; los posteriores nada nuevo ensenan. Los acontecimientos de Nápolcs fortifican mis opiniones; el rey se habia puesto en tal situación, que no podia ceder sin bumillarse: si en vez de una reinstencia absoluta hubiese inrititáoi 4 ^Vos soberanos, siguiendo el movimient^^iviw^-so por l*io IX., no se veria en los conflittos aclualcs. En cuanto á los peiif,Tus que este y otros sucesos pueden acarrear, señalados eslan en mi opúsculo: (piien lo liaya leido lo sabe. Repetiré sin embargo, que con tal que no sobrevenga una revolución en Francia, el fuego de Italia se puede dominar. El Austria, por mas disgiist ) (pie esperiinente ^pr<^seuciar lo que acoutece. cu Italia, no mmfft(t[ ser tan poe0'¿éléf>dii que no vea la conveniencia, la necesidad, de enlazar la firmeza con la prudencia, y que no seria lo subversión general en la península italiana? No se ve que haya datos bastantes para elevar.á certeza semejante eoa^clura; y ademas tampoco se alcanza bien míe esta subvttpf si(m iieneral hubiese de favorecer á ia Ift^*^ glalerra.
Todas las naciones tíenea grande interés en que jÁo haVa ^mejanlef oooftagraciou: hace diez y ocho años que todas se esfuerzan cuanto pueden por conservar la paz: las razones que las han movidO' hiita ahora, son de cada dia mas poderosas. Las mismas potencias del Norte han dado pruebas de una modejacíoo en ciertos casos, bien bobier^^iodido llamarse timidez: siete aftos estuvo convertida la península española en uu vulcan revolucionario, entre torrantes de sangre; y aquellas potencias lo contempia-^ ron, si no del todo indiferentes, al menos con harta l'rialdíul: en el decurso de los últimos años se han presentado varias ocasiones pará neutralizar la polilica de la Francia é lni;lntcrra; pero ellas sieni()re frías: atentas siempre á la conservación de la paz general, evitan todo conflictO|j hasta todo pasó qaé pudíéi)r«an|iíraiil|tiei^ y se contentan con mantenerse apa riadas y es[MTar. Mas entre lauto la t>ov7^dád aajü!|^ua de la l'uuinsuta ha ido porecklino á' matibs de la revoluciaiik, progresista ó moderada; y si trascurrasplgunos afios mas, ¿qué es lo que restáis de De eslft teSttllMittfrHllo^ provechosa para la práctica, y es. que los fíohicrnos deben procurar desenvolver en sus resuiejur para el gabinete de Viena el (jue todo [ pectivos países las luerzas propias, lomease hubiese de hacer con bayonetas a ustria- ji tanda kis aanot* principioey^ fuodatdo ^ bps. Los soberanos italianos, al emprender i estos un si-^tema de bien entendidas reforreformas, no han tenido, con respecto miras de halago, pero tampoco: su objeto es ef bien de Italia, lo mas y legitimo pro!,'reso; pues qM'Si so lijan en la resistencia absoluta contando con la protección de altas potencias, corren pe- — lorio pienseo. Ea Suiza no se trataba por cierto I pulitica garaolida por íoatítiinoiies, que aun de resistencias absolutas, ni de nada semejante; ¿y qué han hecho las grandes potencias? Añora, cuaadu lus radicales hau cuiisumafk» 80 obra 4e perseeucioa, devastación y- despojo, ahora tratan las potencias de aplicar el remedio: ¿reinte^írarán en sus derechos a las vicliuias? couleuleuionos cuu desearlo vivamente; pero giiardéuióiios de esperarlo con demasiada confianza..
Ut'ilevionando sobre esa impasibilidad de algunas potencias, se descubre uu objeto fijo, y es, el de^o de conservar la paz geoeral. Ksle nace de la posición en (|ue se que restringidas, no dejan de pertenecer al sistema represenlalivo. En cuanto á la l'rusia, sabido es que ha dado en los úUittios tiempos un paso de bastante conslderacioD, uo por lu que es en si, sino por lo que. indica y por las consecuencias que puede acarrear, l'ero iu poUlica del Norte ha sujetado sus condescendencias á una regla fija y constante, cual es el conservar la fucr/a del poder supremo; por manara que aun en esa Cootederacion (ierraanica, agregado de cuerpos tan heterogéneos, ha buscado un principio de unidad que sirviese de regulahallau y de las cucuusiancias caractensliuas í dor, <^uu en uiomcoios pfiúc^s pudiese mdnde la época. Se sabe Jo que ba. pmdiioido la j tener en sus respectivas mtas á los ef ta^iji^ j. -. j_i que formaban parte de Ui confederación * f evitase los aliusos que resultaran de la libei lad puliUca que cou mas ó menos cestóf^r clones se disfruta en algunos de ellos: éste principio regulador es la Dieta general.
El interés que tienen todas liis potencias europeas en la conservación de la paz, calmarla mucho ios temores que inspira el por» venir, si en los últimos tiempos no hubiese surgido uoa cuestión que si bien en la ac* tualidad parece un turnio adormecida, es la mas grave, la mas dilieíl, la mas complieafr da, la (jue mas amenaza turbar la tranquilidad de ia^uropa;. hablo d.e la «J^saveueucia de la Inglaterra y'la ^mnf;¡a pioiii^i^^specto á la sucesión á la corona 4^ i^9pl0||¿ El señor marqués de Miraflorcs publ'oó á finos del año pasado uu escrito notable titulado Juicio in^rcial ék Ut mmtion de sucesión á la ah roña de España susi ilai'íi por hi Inglaterra y la Francia con molivo del casamiento de la Serma. Sra. Infanta rfe Es¡inña Doña María Luisa Fernanda con el Serum. Señor Duque de Moutpensicr. VA noble Marques coa uua iuoduraciuu (^ue le houra, se propone demostrar que es mcontestabJe el política de Lilia Felipe, tai.eoii8er«aQtOB dd ,stalu fjiio, pero se ignora lo que |K)dria resultar de un coutlicto europeo. La guerra exalta las ideas, enardece las pasiones, pone en apuro á los gobiernos haciéndolos mas indulgentes, aun con los malos instintos ocultos en el foudo de la sociedad, con tal queestoslos ayuden á conseguir la victoria. ¿Y quién es caoaz de pronosticar lo (pie hnbiera sucedido si la Francia en vez de estar sometida á un gobierno regular, hubiera sido lanzada á la revolución por un poder colocado en la allernaliva de perecer á manos de la alianza del Norte, o de pouerse á la cabeza de la propaganda revolucionaria?
Ademas de estas consideraciones políticas, hay otras de iuterés material, pero que aíeclaii profundamente el corazón de la so- 'Ciedad. El positivismo, como se dice ahora, ó sea el desarrollo de los intereses materiales, es uno d(; los objetos predilectos de la jCivilizaclon moderna: cuanto mas se adelau-4a en este camino, mas temida es la guerra, porque es mayor el cínnulo de intereses 3ae de ella se podrían reseutir. l^is potencias el Norte han adelantado mucho en este catado ejercienao sobre sus pu iado de compensarla cou los beuclicios materiales, en h> enalban dejado muy atrás á la Francia. \i tampoco es exacto que aquellas potencias hayan apoyado siempre el sistema de resistencia absoluta: la iiubia mino; la compresión que en política han es- derecho de la Duquesa de Montpensicr á la 'blos, hau Ira- j coronado España, v que la Inglaterra pana, y que la Inglaterra no tiene razón eu sus pretunsiones. Haciendo justicia á las buenas intenciones del marqués de Miraflorcs, séame permitido observar que no ha colocado la cuotion en su verdadero terreno que es el de la política y diplomacia: y el Austria que en política lo han adoptado ' no se trata de saber si la Duquesa de Mont- C ra sus respectivos dominios, han sido re- pensier tiene ó no un derecho cspcdito a la madoraseo materias de administración; I sucesión á la corona: la cuestión para el y en la «üerior no se han opuesto á que eu ()orv'enír de España y de Europa uo es He, Alemania, sobre k cual ejercen tanta in- i derecho sino de hecho; esto es, si la tnghMfluenda, se haya cenoedidó cierta libertad | térra se apartará de la situación en que se I ha colocado, y si tiene ó no medios para llevar á cabo sus proyectos: esta es la cuestión; lo dernas, aunque sea mucha verdad, aun- 3ue fuera una verdad mas clara que la luz el dia, es, cuando menos, inconducente. Pues bien; esla desavenencia entre la Francia y la In^^laterra, repito, es la ijue encierra mas peligros para la tranquilidad de Europa.
En las cuestiones de Suiza y de Italia podrian ponerse de acuerdo todas las íírandes potencias, sin í|ue niniíuna de ellas hubiera de sufrir humillación ni perjudicase sus intereses; pero en la de España. si se deja tal conío está, es imposible un desenlace pacífico. La Inglaterra ha dicho un jamás, y lo ha repetido muchas veces: ¿y cómo se conserva la paz general el dia enque un suceso infausto, quiero decir, el fallecimiento de la augusta j)rincesa que ocupa el trono de las Españas. dejase á la Inglaterra y á la Francia encaradas, no en un negocio de porvenir, sino de actualidad? ■ Se dirá que no está bien claro cuál seria la conducta que scguirian en tamaña crisis las potencias del Norte: esta réplica da lugar á varias consideraciones que espondré con toda imparcialidad. Es evidente íjue el gcfe de la dinastía de Orleans está haciendo esfuerzos estraordinarios por granjearse la buena voluntad de las potencias del Norte: en Suiza se liga intimamente con ellas; y en Italia, si bien por consideraciones á la opinión pública de su propio pais. no puede oponerse á la política reformadora de algunos soberanos, procura manifestarse altamente contrario al espíritu de revolución, consolando en cuanto puede al gabinete de Vicna, ya que no le es posible tran(|uilizarle del lodo. Ku los últimos años de su vida parece que el anciano monarca repite con mas insistencia, si no con sus palabras, al menos con sus obras, el discurso que hace diez y ocho años está dirigiendo á los soberanos del Norte: «Mi trono se ha levantado sobre las ruinas de otro en medio de una revolución, pero yo rae encargo de dirigirla. de enfrenarla poco á poco, y no desespero de poder llevar las cosas al mismo punto que vosotros deseabais bajo la rama primogénita: si hacéis el sacnlicio de admitirme en vuestra comunión, si os resignáis á no suscitar dilicullados á mi dinastía, habréis conseguido <{uc la revoluci m de 1830 haya sido poco mas que un cambio de personas: mirado bien; el proscripto que tiene pretensiones á mi trono, no seria mas condescendiente que yo: ¿qué adelantáis, pues, con provocar un conflicto general?» No se puede negar que este lenguaje es seductor; sin comprometerse demasiado no dejan las potencias del Norte de prestarle atento oído, y aun de dar algunas muestras de agrado y complacencia. Si las cosas hubieran continuado como hasta <846, si no se hubiese suscitado la desavenencia entre la Francia y la Inglaterra, quizás quizás las potencias del Norte, precisadas á optar entre las aventuras de nna restauración. Con f>eligros de una conflagración revolucionaria, y c\slntH(¡u(i baj(» la dinastía de Orleans. hubieran elegido lo ultimo, contentándose con dolerse de la suerte del du(|ue de Burdeos, y aceptando sin cortapisas el hecho consumado. Desgraciadamente para el gabinete de las Tullerías, el casamiento cs|)añol ha venido á complicar las cosas; el discurso de Luis Felipe a las |M>tcncias del Norte no puede limitarse á las clausulas que se acaban de leer; debe ponérsele un apéndice, y este apéndice es de mucha consideración, lié aqui, lo que se debe añadirle: «\ mas de lo tocante á mi dinastía en Francia, tengo que hablaros de los asuntos de España. La reina no tiene sucesión. mi hijo está enlazado con la sucesora inmediata; de un hilo tan frágil como es siempre la vida de una sola persona pende el que mi hijo se llame rev consorte, v mis nietos sean revés de España. ¿Por qué no podríais uniros también conmigo en este negocio? Es verdad que no habéis reconocido einuevo orden de sucesión establecido por Fernando VII; pernal Un lo (|ue os proponíais evitar en la |>enínsula es ya inevitable: la revolución está hecha; ¿qué puede hacer en España un rey. sino seguir una política conservadora que se oponga ¿ la propaganda revolucionaria? Esta es la política que seguiría precisamente mi hijo; ¿por ((uien os interesáis.' ¿por conde de .Montemolin? pues bien ¿no veis que en sus manilíestos y discursos, no solo se ha desviado de la política de resistencia absoluta, sino que se ha manifestado amigo sincero de instituciones representativas. enemigo de reacciones, en una palabra, se ha colocado en un punto del cual no pasaría ciertamente la política de mí dinastía? Es cierto que está en contra de mi la lni,'Iaterra; pero qué po- Se os opo- Italia con su I deis esperar de aquella potencia? nc en Suiza, los disgusta en Ital Dlgitized by Googlc política misteriosa y probablemente revolucionaria: ¿00 os ttímiltle que, si en un casO estremo apoyase al conde de Moatemolin, le empujaría por vías peli^Tosas y que le luciera mucho mas liberal que los princijies de mí dinastía? ¿Vor que oo podríais pues, decidiros en mí (avor, ó cuando menos cerrar los ojos para no ver lo (jue ai onlezca en Es- Eaña, y (uei^o aceptar los bechos que se- luííesen consumado?»
También es preciso confesar (^ue este lenguaje tiene algo de seductor. ¿Seducirá sin embargo alas potencias del Norte? ¿(louseguirá su objeto, que es separarlas completamente de la Inglaterra? Vamos á examinarlo esponiendo las conaideracipnes que lo baccQ increible.
Hé aquí las reflexiones que habían debido ocurrir i loa gabinetes del Norte. «(Nosotros no tenemos fírande interés en una restauración de la rama caída en Fraocia, con tal que logreiBOB nuestros fines poUticoa. Si la revolución de 1830 podemos reducirla á tan eslreclios Iniiiles que sea poco mas que uu cambio de personas, seriamos poco prudentes lanzánaonos ó peligrosas aventuras, 3ue si saliesen desgraciadas, no sabemos hasta onde nos podrían llevar. Asi es, que con respecto á la Francia no hay iaconveniente en mantener buenas relaciones con Luis Felipe; y después de la muerte de este moestablecida en Francia v Espafia, no pudiera pensar en el ensancibc de esas fronteras señaladas por ta Santa Alianza y buscar en los principados cercanos nuevas colocaciones páralos miembros de su faniilia? ¿\opodna pensar en las orillas del libia, CerdcAa y yarios puntos de Italiat ^ra quien dbmifiase en Francia, en Espafia y en Argel, ¿no habría tentaciones continuas de ensanchar el imuerío? Esta es la lecciuu constante, iufalible, con respecto á todas las casas que se bao hecho muy poderosas La de Órleaos es conservadora en la actualidad; pero ¿quién nos asegura de que en lo venidero no podrá ponerse á la cabeza de la propagandia^.si0T ta es favorable á sus designios? No podemos olvidar que el padre del actual rey de los franceses, fue uno de los caudillos de aquella revolución que llevó al cadalso á su ín* fortunado jiarienle Luis XVI. No podemos olvidar que el trono de Luis Felipe es obra de una revolución que derribó á tres generaciones de sus parientes inmediatos. Ño podemos olvidar (pie ese gabinete de las Tullcrias, ahora tan conservador, fue durante cierto tiempo algo propagandista; apoyó, sino promovió la revolución belga; ahora nos deja lomar Cracovia, pero vio con mucho gusto la revolución polaca; ahora se hace coosenrador en Espafia * pero en 1830 dej4¿ ha que los emigrados se armasen en la fronnarcá, lo que debemos hacer es hallarnos i tera y peaelrasen en aquel reino para dcrpreparádos para Jos acontecimientos, y obrar I rocar ei sistema de* Femando VII; ahora se según ellos aconsejen. pero siempre dejan- | muestra circunspecto en Italia, pero en 1 831 dolos venir, guardándonos de provocarlos, derribó las puertas de Ancnna, se apoderó Mas en lo locante á la cuestión española se i de aquella plaza, la conservo a pesar de las oCrecen nuevas dificultades. Lo que se nos I protestas de Gre^río XVI, enaroolando allf pide es nada menos (lue abandonar nuestra Eolítica tradicional, fie la que hemos estado acíendo alarde durante catorce años; esto es sensible al amor propio y pudiera parecer un tanto ofensivo á nuestra dignidad: siu embargo, oo habría inconveniente en hacer este sacrilicío si los resultados lo compcnsasea; pero ¿lo compensan? El que nos da esperanzas de una política anti-revolucionaria en Fraucia y da España, es un nonarca anciano que cuenta ya 74afios. ¿Quién nos asegura de que después de su muerte las cosas han de seguir el curso que él nos está pronietiendo? Si cedemos, lo que resulla de cierto es que conlríbuimos al engrandecimiento de la casa de Orleans; ¿y quién nos garantiza contra la ulterior ambición de la misma casa? ¿después de hallarse nrot nrot la bandera tricolor como una amenaza permanente, de (|ue si se le provocase, sublevaría las legaciones. Es cierto que la Inglaterra sigue ahora una política inconcebible; pero no olvidemos que esa Inglaterra tiene una fuerte aristocracia que le dará por largo tiempo instintos anti-revolucionarios; que su constitución y su dinastía no sdii de ayer como las francesas; qiie sus cnsliimbres y su lengua no son tan á propósito para propagandistas, como las de Francia; v sobre todo recordemos que esa misma loglaterni, y precisamente apoyada en esa misma España, salvó á la Europa de manos de Napoleón; sin esa Inglaterra, el emperador, la personificación militar de la revolución francesa, no hubiera ido primero á la isla de Elba y enseguida á Santa Elena. ¿Qué ne^ eeaidad tenemos nósplros dé NiOcfiar el sislema continental en que se nos quiere comprometer sin mns compensación que algunas esperanzas 4iriciles de cumplir? Ademas ¿que será del equilibrio europeo, qué de la paz general, el dia cnquc haya un rompimiento entre las potencias del contineale v la Gran Urclana? Guardémonos, pues, de pasos indiscretos, esperemos el curso de los acontccimientns como hemos hecho hasta aqai; aceptemos el apoyo de la Francia en las cuestiones actuales: en cuanto á la española, dejemos que las cosas mis> mas nos v;iy;tn indicando la conducta que debemos seguir.»