una de a(|uellas dichosas coyunturas (|uc distintas veces s<' han ofrecido y otras tantas se han desaprovechado. cuando no empleoílo para agravar los males de la nación; no dudamos que si la Providencia le dei>arase á la joven Soberana, consejeros atinados, previsores, n dotados sobre lodo de sana intención y ile la sulicicntc su|K*riondad para elevarse a la altnra que reclama ra lo cnlico de las circunstancias, no fuer» ¡nqM)sible el cerrar la sima de las rev(»luciones y el llevar la nación |)or el bnen camino á ({ue de propio impulso se,-ilütlanza; >erü eslamos tan escarnientado>, son tantas las es¡)eranzas (pie repetidas veces se han disipado, que no es cslraño si al concebirlas halaglieñas para un determinado tiempo, oiurren al espíritu consideraciones, tristes, que vengan, no diremos á desvanecerlas, ¡«ro si á entibiarlas. -I ¿Y quién es capaz de asegurar (pie los sucesos se realizaran tales como algunos los pronostican? ¿Quién es capaz de decir que nuestra complicadísima situación se deseninarañjirá tan tran(pi¡lamente, [M>r solo el advenimiento de la mavoredad de la Reina?
Dejemos aparte la gravísima cuestión ventilada ya en la prensa periódica. hagamos completa abstracción de la situación enteramente nueva en (pie jwr semejante suceso nos encontrariainos colocados, pre.'icindamos de cuanto se rwe con determinadas personas, y no consideremos mas que el conjunto de las cosas con su complicación, con sus dilicultides: ¿créese por ventura que tan fácilmente abandonarán el campo de la política las ambiciones rivales, los intereses encontrados, pudiendo todos conUircon pode»-rosos medios de acción y de iiinucncia? í>ifícil nos parive; y por mas grande qne seá nuestra contianza en la sensatez de la nación española, por mas seguros que estemos de la fuerza de! sentimiento monárquico en España y de los admirables efectos qne está destinado á producir, todavía nos queda la duda de (pie el mero hecho de llegar á los catorce años la augu.»ita Niña, haya de traer consigo resultados tan decisivos y satisface* torios. l El casamiento de la Reina es otro de lossucesos en «pie se lijan todas las miradas y en í^uese fundan grandes esperanzas: y necesario es confesar (pie según como se verifi<pie ese importante acontecimiento, podra acarreamos muchos hcneliciosy contribuir ¡HuleiXMinwBte á.desenredar la lilttcioii, condu- ' ciendo los negocios á feliz desenlace. ¿Pero cuándo se verificara ese casamiento? Con quién? ¿Prevalecerá la poNtica inglesa 6 la francesa? ¿Qihí pnrie tomarán en el negocio laspotencias dei Norte? ¿Hasta qué punto se pondrán de acuerdo con la Francia, ó la Inglatcrra, ó con ambas? ¿el marido de la Reina qué polilicn ha de roprescnlar? Hé aquí un conjunto de cuestiones todas graves, im- j portantes, vitales, y que sin embargnestan oscuras, envueltas con cien volos, sin que porabora sea dable aventurar una conjetura con alguna probabilidad de acierto. Pocos negocios pueden orrecerse de nnffor interés y trascendencia para la nnrinn: pocos tan íntima é inmediatamente enlazados con la resoinciet de los grandes probíenas que miramos pendientes; pocos sm eml)argo en que la prensa i>eri6dica haya entrado menos de Heno. Una ijue utra vez se han adelantado algunas indicaciones, y basta se han escrito (lisciir<ns; pero considerada la cuestión en todo su grandor, en su complicación espinosa, la polémica está intacta. Ni aplaudimos ni eottorunoa esta conducta: solo la consignamos aquf, como un indicio de la ¡gravedad del negocio, pues que en campo de suyo tan abierto y liDie, se le treta eon tal cimnispeccion y resena.
\ no se crea que esto dimane del temor de arrostrar compromisos: otro asunto se ha piesentado, y por cierto la prensa periódica no ha manifestado pusilanimidad: no solo no ha tratado con timidez la cuestión, pero ni siquiera ba querido admitirla: «esto no es aiestionrfhlc. ha dicho, la niinoria de la Bmua no debe ni puede prolonfíarsc.»
Quiera el cielo que no salgan fallidas tantas esperanzas como se tienen fundadas en aquel dia, del cual ha bastado la idea de que pudiera aplazarse, para sembrar alarma tan iriTiy levamr mi grito de reprobación 'tan unánime. También partici])atiios de ellas: pero no nos es dado alinuMiliii las cual desearíamos, ai considerar los uconlecimienlos oue pueden acumularse antes, tos que puenen presentarse en los momonlos critiCOS» los que pueden sobrevenir después.
Concebimos muy bien que la simple presencia de la jéTen Soberana al firnite del Gobierno podrá mas para iin|X)ner respeto á las pasiones y nartidos^que la de otras persuplirla; pero feeonociendo b fimio <M momento en que cese la minoría de Isabel, no alcanzamos á creer que con este dia nos baya de llegar el remedio de todos loe ■mlcnt Cuando nos figuramos á la jóven Reina en el acto de entrar en el ejercido del mando, paréennos ver á una tierna niña empuñando el timón de una nave que brega con foríoan tormenta: á sus pies se abren á cada instante los abismos de) Océano; sobre su caben brama -lü tempestad; la snsMtMttf niña levanta sus ojos al cielo invocando á la Estrella de hs mnm\ entonces unimos nuestros ruegos á sus ruegos, y recordando que bay un Dios amparador de1a inoeendil tranquilízase \m tanlo nuestro espíritu soblB los destinos de la augusta nieta ae San Fernando.
MAS Wm U SifCACION DB ESPÁRAi aooas seav cuales IMmi m calididea; co-. Meamos nmy bien qoaestifiilta nada puede I No es muy difícil atacar las opiniones i)genos, pero 81 el sustentarlas propias: porfpie la razón humana es tan débil para ediHcar, como formidable ariete para destruir. Ksto se verítíca en todos los ramos del saber humano, y particularmente en pohtica; po»* (pie siis problemas á mas de la nuichedumbre de datos que han menester, adolecen dol inconveniente de eambiaitos écada paso. Per lo mismo, sien algo cahe tolerancia, es de seiruro en política: cuando se combate al adversario, es necesario no olvidar la indulgencia: pues que per nuestra parte. bien pro»> to nos veremos precisados a pedírsela. Con estas reflexiones bastante damos a entender cuán enenugoaaoM del haUador ea^tW»-mo, y de la panacea p^ítúca; -en negocios tan arduos y espinosos, (piicn falla con tono demasiado magistral, quien i>retende haber descubierto sslueiones generales, llanisy sencillas, es ó un alucinado »í un impostor.
¿Qué interés puede haber en ocultar la sitoacion crítica, complicadísima, muy dMWI de desenlazar, enquelaBspafit SO ennmitra? ¿Por (pie hacernos ilusiones, esperando con escesivo candor, que el remedio de nuestros msles ba de Begar muy pronta? iJfw qué olvidar q«s necssilimes poder* y que apenas sabemos dónde buscark»; que neD»os inenesler orden, y no venios donde alianzarlo; «{ue es indispensable la unión no ücticia, no de coaliciones, sino sincera, sólida, durable, y que ignoramos los medios de conseguirla; que exisle una ley lundamenlal cuya inlraccion ha pasado á coslumbre; que es de urgente necesidad el arreglo de \os negocios eclesiásticos de acuerdo con el Sumo l'ontilice; muy conveniente el establecer las relaciones con las potencias del Norte, y que |>or ahora ni de lo uno ni de lo otro existe la menor esperanza? Y todo esto, dejando aparte ta rormacion de leyes organicti, el oruenar y vigorizar la administración, el desembrollar ya que no es dable remediar la hacienda, y cien y cien otros puntos selundarios, |)ero que no carecen de iin|K)rtancia, cuando no fuera mas que por su número y por la confusirm cu tpic se hallan?
I ' El vicio radical de nuestra situación es la falla do |MHÍer; y el origen de esla falta es el no ser posible añadir de repente algunos años á la tierna de edad de la augusta Huérfana que ocu|)a el trono de las Espaúas. Dadle al problema todas las vueltas que (juisiercis: la diliroltad esla a<|ui. La inmensa niayoha de los espii fióles, desea ardienlenicñte que los ái) meses que restan de la Dienor edad. fuesen ¿0 níinutos; pero los hombres previsores deseariaii ademas, que la Reina que cumplirá los 1 4, cumpliera al mismo tiempo los 95. Ua monarca de 2S años: he acpii nuestra necesidad; necesidad triste imnpie es urgente, y sin euihMllono puede ser satisfecha sino con la tarda lentitud del tiempo.
¡I^imenlable «■onilicion de las sociedades humanas! la monarquía hereditaria es el sistema de transmisión del |M)der, preferible á, «autos se han escogitado; pero adolece del Inconveniente gravísimo de las minorías. Periodos borrascosos jK>r necesidad, por- ^ mientras duran, el princinio monárquico no siil>siste sino |N>r una saliulable ticcion legal. suponiendo ocupado el trono que está vacante. Esta ficción es sin duda necesaria, m\o único posible en.semejante caso, pero M basta para evilar á las naciones larga ^wie de calamidades. Sean estas cuales fueren, los pueblos las han preferido al desl)ordamiento de las pasiones (|ue ambicionaran la corona; por esto colocan á las gradas del í«lio vacío la cuna del tierno monarca. Sacrilicio indispensable, |H»ro doloroso; ¡wrque estas é(>ocas las atraviesan las nacioncsm^ mortales padecimientos y angustias: la infan«- cia de los re\es es el tormento de los une* blos.
Un atinado enlace de la joven Soberana^ en (pie se combinasen de una manera con- \eniente el interés i)olitii'o \ el dinástico; en que acertadas negociaciones allanas<Mi las dilicuilades presentes, y previniesen las (|ue podran sobre\enir; en «pie se reaUa.^e el prestigio del trono y so ae rewntara su fuerza agrupando en su alrededor nuevos inte» reses y simpatías; en que se cerrase el cráter de las revoluciones y no se dejaran esperanzas a reacciones |)cligrosas y violentas, ¿no seria un medio harto sencillo, y uiuy á projiósilo para llenar en ali^iiiia manera d vacío <|ue acabamos de indicar?.Meditenlo nuestros hombres de estado..No olviden que esta es la primera incógnita «pie ha de ser desjK^jada [\).
Lu todas las combinaciones ima¿:inables ocurrirán gravísimos inconvenientes, <»bstaculos diriciles de salvar, se columbrarán consecuencias masó menas desagradables; |)er« tengase presente (]ue el estado de las cosa.s es tal, (jue ya no |)ucde tratarse de bueno V de mejor, sino de malo v de menos malo, kji semejante conflicto, el mejor partido que se puede tomar, es aipicl en (pie menos se sacriíiípie nuestra nacionalidad v. indepen^ dencia, y por cu\o medio se consiga saear el |)alacio de nuestros reyes de esa soledad pavorosa en (¡uí; ahora se encuentra.
En este delicado negocio sera bueno no perder de vista cuál fuera el enlace (pie ofreciera mayores ventajas y menos incoiivenienles, |>ara una contingencia, de (¡ne nos nresi'rvc Dios, de morir la joven Reina, y legarnos en un Itijo suyo otros í i ailos de minoría y de regencias. El caso, se dirá, es remolo; asi lo es|M;ramos, contando en la bondad de la Providencia; pero no lo era mas cierlamenic en 48á9; t«mi)0í'o se rece-: laban entonces lassi'riesde catástrofes y desastres que hemos sufrido, y estamos si»-friendo todavía. En tales materias, una in>- f)revision de los homba's de estado, la pagan os pueblos con torrentes de sangre. Aprendamos del vecino reino de Francia (I ) 1^1 opinión sitlin' un |iiint<> pniM' ilaUil»a«|ft miiv alniA «-n ol aul4)r de csUís lin. »!*: U^sligon csoti párrafos. "'^««1- á íMT |»r«vÍ8ore8 y cavtcw; ya (jMe tanto hriiios sufrido y sulrinios aun. ya (pie lan costosas l^'^T¡olUí^ nos «►rivtv Ih es|H'i ien< ia \tri\-pia, aprovoclieiiionos alquil tanto ilc lus (pie nos pivsonlaii Ins na< inn«*s «'straAaH. y pro currólos csciirnuMilar rn catieza a^rna. Los lionibros de la dinastía de julio, c idi>ntitH-ados con »'l nnevo (»r(l<'n de rosas < rpado por ia revolución de IH.IO, dcsransahan sin y<\ ¿obra, liados en la solide/, de la obra d<' manos, viendo la nueva dinaslin asegurada en numerosa familia, y considerando (pie la transición de ini reinado a otro sí' verilicaria de una manera insi'nsilde, supuesto (pu' el heredero de. la conma habia entrado ja en la edad viril, y se formaba ya desde ' 'niucbo tiem|)o, en el consejo de su aticiano V es|M.»rinientado |)adn'. MiM'rable previsión fuunana! Un <-al)allo d<'sb(»cado disipa en un momento (an balafítiertas esperanzas: "I infortunado prmcipe vace en el polvo del camino, privado de los sentidos «jue no lia de recobrar. I»asan breves momentos, el duque de Orleans espiro; y esa vozíjue se esparce con la celeridad del ravo |)or toda la Francia, causa una sorjiresa, un eslujmr im))osibles de describir: al lado de una lund»a,.se desi'ubria un abismo. Pero, ¿«jue se hizo pasíídoel |»rimer instante de asombro? alzóse en ^ lodos los ánííulos de In nación, el iírito de: •sais ese la monanjuia", la re/;encia era in- /minent;^, y con la precipitación del sobresalto tbe estableció la ley de la regencia hereditaria. Asi.se pnx'uró dar estabilidad y consistencia al trono, haciendo (lue de su inmoNilidad y lijcza participa.sen la institución y las personas cpie debian ivprcsentaric. ¿No hubiera sido mejor, (pie acpiel caso se hubieíic previsto con la debida anlicioaciim, y (|ue la nue\a ley no llevara el sello de las circunstancias, ni se rozase con determinadas jM'rsnnas? Supuesta la imprevisión, no fue posible obrar de otro modo; pero llcííwia la oportunidad, ¿seria imprudencia que de la manera «pie se juzgase legal y con\enienle, nos previniésemos nosotros contra los azares «|ue pueden ocurrir?
• Hay ciertas cuestiones que la nrensa de suyo tan libre, y osada. m las nnorda sin endiargo de frente, dejándolas en completo olvido, ó tocándolas con nuicha reserva. Hespelamos lr»s motivos de semejan'e conducta, \ nos guardaremos de decir, ipie no medien eo esto razones do pnidencia. Comprendemos que los partidos están en batalla, ^ y que dominadcis del pttitf|||Ép(n de nlai|iic.
¡ cuidan principalmente dff^^mr bien los tiros, y esgrimir sus armas con destre/a y valentía. l'ar(<«eiu>s no obstante que al lailo de la idea (pie H|)ellidarem<>s iie^'ali\a. -ci i.i útil conceder mas lugar a la |M)sitiva.y «ino al señalar con generosa res(dii<*ion lo que no se. ipiiere, se formulase con mas preiisioH lo ipie se quiere. »> No conviene, se ims I < (Híteosla ra, suscitar embaraz<»sni suinioi<-I trar pretestos; hay rosaft qoe os m ». 1 aplazar: en hora buena, y por esto ni> sindicamos vuestro |Mro<*eder; |H'ro no ohideisal iiu'ii(i>. que es(»s embarazos no dejaran á<t I serlo entonces, «pie esos prelestos s«' apro-^ vecharan entonces también: no olvidéis que I los apla/umientos no son siempre los medios mejores: cpie la indi^cision es fatal en todo, y íjue se marcha con |»aso mas lirme, cuan- ' do Si' sal»e á donde se va.
No descenderemos a ¡Kirmenores: perosupiicsto que hemos tocado este delicado punto, observaremos, que una de las princi-, pales miras que se han de tener presentes en el enlace de la Keina. es el no ix'miitir (pie se haga de suerte tpic pueda c(mtrihuir al aumenlo de la iunnciicia de la Francia ni 1 de la Inglaterra. Es evidente (jue seria muy I dañoso el ofrecer nuevas ocasiímesy medios j al gabinete de San James para alcanzar ese I |>red(mdnio en todos nuestros negocios, (fue I con tanto desembozo cíKÜcia; pero en miesi Iro concepto fuera también un error de funestas y tracendentales consecuencias, no diremos el conceder el mismo predominio « la política de la Tullerías. pero ni si({niera I una preponderancia notable. A mas (ie los i inconvenientes que siempre trae consiso l;i escesiva inlluencia de un gobierno eslrani;i' I ro, á mas de lo ipic nos ensefía la histnría sobre los fatales resultados (pte nos ha |>roducido el constituimos en satélites de la Francia, media en la actualidad otra circunstancia, cual es, la situación de la din:i>(i;i n'inanle y el estado iiilelectual, moral y político de aquella sociedad. ¡! Kl enlac4» de nuestra jóven Solierana con ' un principe de la casa de Orleans, nos baria participar de las continuas zozobras de una I dinastía que entronizada por la mano de la rei voluci«m sobre un antiquísimo solio, vive desasosegada é in(juieta entre opuestos temores, lín los salones del regio palacio se le aparecen las sombras d« los antiguos ti ves, en las mar:.M'nes del Sena resuena todaviy ol iiiiimnillo tío h\ icvoIik ion. Aipiollos j s)is rímihinjirioncs do loftns V fl(P''}»f{ím>s pn-(k'UMUilun U> perdiüu, csla el cumpli-HiiNtlo «te k) p^ctailo; a(|tielk»ü inlimidan cott la esperaii/a de iiik) rcslaiirai ion, esta anien.iM siistiluir \;\ re¡túhlu(t a mía tnouarquia ')in*si' liu iie^ailu a sei" ir¡H¡bluuutí. ¿OB el ftdvetiímeiito do un principe Tn»^ Umuiriaii m.is a^iriidií'nto s(»l)i«> iu»s- PiKs idoas (juc ya iu lieiieii en di* masía; In Marquia tutelectunl V moral de aqud |>ai.s, tuamoicéBdoseiius iiias de lleno,, MtMÜapéé^ Iver y adiilfi'iar lo^ liiit'ixts clcinfiitnsque nu^iaii par» uue.sUu rtigcnecaviou.
X El robustecimiento del |)odpr os una de liuf priiueras iiocusidade.s de la nac ioii, \ iio •eeitemos á c«fM«lür eóiM puedan eiiconh- IrntN.' hoinhn's (le Iuhmiíi fe, <|uo o dcsM»- nuzcan esta necesidad, u se opongan a que i «e h satisfaga. El poder en España os el | trono; y hasta que^k afiruie cual cnnvichasta í|ue su aítion este <l«'senihai azada ll^dM) obstáculos que le suhuUui jai luccioi cuyn» iosiMMblea'exj ¡KisiMe lotlo i:oli¡orno. hasta (luo osle se »i' Ula l'uerttépaia Ihucr ol bien, y en región liabtanle elevada \M\d nu hallarse tan áwc-«■áo ton tentación de obrar mal. no saJdie-MIOS jamas do »'sa incortidiimhro. ticosa ansietlad, quo nos licúen sumidos en uueblado de desespMante a|!:oBÍQ. • • ^^4 -. mí •Dr las urnas oloi-toralos osperan tigñfM H nMuodio de todas la^ (tolcncias y eTfoliz (iosoulnco de lanlanu-ulabic siluuciou. Lejos •■Tita de nuestro ánimo el intento do retraer 'lo ollas a los hombros do bien; comprondonio>cuau iin|>()rlanto os hajo lodos a^)|H:clos, ijue uo se las doje abandonadas á merced de Itcie^ ambÍ4Úon y do pasiones rtines; poes si no inoro nosiblo otra oosa, al monos ^>^ú^ra el mal. o no se permilira que se iflHMímienérfcioas prMMiNi. OfiinrtBes aSjQMMiBi, (|Be estos son remedios pasawms, que no Ucean á la raiz dol daño; \ L'uando vemos a ciertas persouus. candidas inaginándodt «fMtta \96 urnas líos osta lodo nnosiro porvenir, paror4*<»nlciii|)lHr una de aquelUus escenas aiciusas en.quo un iluw se entce^ná (i) Por donde se vc^^^uc b ion al laannüUnra adivinar los sucesos Inlnros. '>Vadfiviril(rhemn< Vhro unas (lorli'sqne durasen todo el íioinpo marcado |)or la le^; el fíidnorno \;\>. ha dt'sji.'drdo con mas ») monos cortesía, cíuindo ha \istoquc no st>rvian para «l-Mi^iilnwqBtí élrÍiil0tnA^^ v ^una vo/ no ha 8«á»'«| ((«iMémb, la revolución ha cuidado de Ruplli* la falta. ¿DAnde esta la omnivottima pnrlainenfaria? ¿ Donde Inaiefectes de la sohcrmiítt poptif/rr? Si IM cuerpos ioizisladoros In rc[irosonlan. ¿cómo es que perecen. ora a manos do un ministori»v «fa bajo los -olpos de ana insurrección? Los partidos trabajnmn con ahinco repetida» reces para asegurarse uno mayoría (pío fuese la espresion de sus ideas y realizara sus provectos: vm decrotn^ 6' un «lotfti; tf^sVanf*^ ( ¡iMon todas In? os|MM-an7as. Con afanes V sudores sin ciionlo. haltian subido el enorme ueñasco p<»r una rápida |»ontliento; \:i tocaMiiiá4n*0Íniavriinn(l()(S('a|>;indoso de sii<< manos, rodó hnsfa rl fniido del abismo. Ks uceesarK) coaicnzar de nuevo la dura faena. HLiN)M^tffr^ W vobcfbtt dé= los «M->> puoslí)Sjapiblí)Nw»'í1ie' asopfnrdda eficacia que en o! órHen lesat poseen los t norps legisladores eu todo í^^obicnm representativo, se ' ha teMlfl«ilusoría en Esf^fta: primara j)or los votos de oonlian/a, soi:imdo con MÍ coblumbir de cobrar las contribuciones;!» v«la(la.s: por manera qne cxaminanoó f ftmdo la liliertad |Kisitiva (pi<> iwn (pieda déÉ^ l>iii's do tantos años do ro\ olucion, consisfrf en la facultad de desahogarse en quejas c Invectivas, dé palabra 6 poi^tft^íto. Laí es el úme«-d«8alldga'[^. Se ha dicho inli'nilas veces que el gobierno trataba de cifrar osle rospirndoro: nuiclio dudamos ípic ctín* so mojante paso se acreditase de buen ma-^-' (piini«la: Ett«* RrfieiAn'ftliiííttttiite se exhala con frecuencia la {ndignacioñ tnas acerba, y s<^ consumo una gran parte do temible euer^'ia; ¿que venlajai} podría acarrear el c.oncentrai«si< el (omrUitt 9 W»|itegftttlfe stfhrC SI mismas, y á producir vi\ í»s osiroinooimionlos, ó jesulosioncs estrepitosas? Verdad' es que ^"-áéémgb <debé de haeecse pesadoi<iii#^>«iti>»y fetr»>i1giiÉlP^^ HlPr' la poi-soniíiracion dé'eflta libertiídv nido de sus acentos indica bástanlo rpie caluras.
En medio de miesirM resuellas, dísfrtilamos (le otro benoílcio que aljíunos atribuirán a causas jKtlittcas, cuaodo en realidad dimana príiicipalinente del espíritu de la época. de causas parameote sooialéa. A pesar de I:!^ ni ilesUas y |)orNi»( i« t(m(*s que por sm opiiiioueü políticas hau sulrido no poeas personas « nótase sin embar^ la exisleiieia de causas que tienden á suavizarlas^ á quitarles iiijtiella recnidecencia que tuvieran en otros tiempos. Couieteso una violencia, pero desde luego se ve forzado i avergmH larse de ella el misnio ji rpctrador; quien se entrega desatentado ú la carrera de los desmanes, se encuentra bien pronto con robustos diques que la mas impudente andarín no se atreve á salvar. Si bien se observa iiu dunaua este fenómeno ni de las formas políticas, ni de las calidades personales de los que ejercen el ^'obieruo, sino del espíritu del siiílo que tan decididamente se inclina a la tolerancia, y á desterrar de la sociedad el inipérío á» la fuerza. Pasaron los tiempos en que esta era uno de losjtfincipalea medios con que contaran asi los individuos, como los pueblos y los gobiereos; el bien tiene por instrumentos la convicción y la |)"rsiKision; el mal se sirve de la astucia, de la uupostura, de aiiiaños seductores, de palabras en^fiosas. Hé aquí la razón porque se verihcan mudanzas profundas, y lias-.ta formidables trasl,urno.s, sin que los individuos sufran lo que en apariencia debieran sufrir, ateniéndonos á lo que nos refiere la historia con respecto á otros sirrios, ^ é lo que nos muestra la espcriencia, en iu que toca á otras temporadas del nwsstro (1 ). El estado social ha cambiado; va modiiicandosc cada día; en esto deben buscarse las causas, no en las regiones de la |M)litica.
De esla suerte van haciéndose menos temibles las reacciones que algunos recelan para ciertas épocas de transición. Sean cuales fueren las vicisitudes que puedan sobrevenir, ningún partido, ninguna faccí<Mi, por mas osadía que se le suponga, será capaz di; dominar esla irresistible tendencia de nuestro siglo. La lolmicía está en la sociedad, yeslaoos^tfanaformaeoiiwi decreto: la tolf rancia estñ en las costumbres, y lo ([ue esta en las costumbres, no ha metteakK 3ue le cOBMoiquen vigor las (melaMiioíoMS e la ley.
lk> los partidos mt!it?^ntes> ocupan los dos estreñios ci republicano y el moderado; aquel dice abiertamente que áo ae baila saMtMho fon las formas existentes, este protesta que las acepta, y que solo trata de acomodarías i sus ideas por medio de las leyes or^micas. Sos adversarios ponen en duda la ameeriáad de esta protesta, achacándole segundas; intenciones dirigidas á derribar laConsiitucioo de 1887, reempiaiéndola con el Batatola, ú otra lev {¡arecida. Dejaremos á los órganos de los diferentes partidos el cuidado de apoyar ó desvanecer la acusación, que ni á unos ni á otros les faltan plumas amaestnMias' M la polémica política. Observaremos sin embarco, que dado caso de existir las supuestas mtendoMS, andaría muy errado qoíen creyese que con un golpe semejante se aseguraría para sieninre el triunfo de ciertas ideas. Kn efecto, los mismos partidos que existen ahfwa, axistieran entoMaa también, todos con pocas m ci 1 1 i! i c a u o n r s c m p! <; ri v hm idénticos medios que bajo el uupeno de ia Constit4icion, la nueva ley se suspuidlcfa como ahora, siempre que aeoaatfia-se creyese; la luclia se trabaría como ahora en la K reosa, en la tribuna, en \m urnas electoraift; se suscitarían iatlermliuMea dispalaa sóbrelas leyes de ayuntamientos, de diputaciones provinciales, de milicia nacional; en breve estaríamos como aliora en el terreno de la política, en ese cficvlo sin salida, en que tan im'itilnientc se constimen infínitas tuerzas individuales, en que tan estérilmente se gastan las del poder y de la nación. Diríase como en otros tiempos se dccia: «la nueva ley es no mas que el cimiento; construyauius el edificio;» en vano se le iria alzando de contfouo; las exigeneias no cesarían hasta que la cumbre tocase al cielo (á).
Intentamos significar con esto, que st como le achacan sus adversarios Ub miras de cierto paatido se dirigiesen á un oroy^to semejante, mnclif> dnd;mios que aican7asc E)r este cuuunu ci objeto que se uro(ioAc. 8 indispensable, urgenle, aalir d« temne de la política; mientras veamos, que tai el (1) Desde i 844 se bn listo alsaaas ne» de cata Ñifla.
. (¿) La reforma de b II ciado astas verdades.
CSoasliluflM ka oiMon « gobierno coiiu» Iqü Cortes se ocnpan de ella am preferencia, niiejitrus en las ili.scusiones de la prensa y de la tribuna, inircnuts arrumbadas las cuestiones de administración y 1" ' ^ras |>().sit¡vas, para disputar sobre la - lad de este o de aquel poder, la conveniencia de la mayor ó menor latitud en las U^yes or^íánicas, y olnjs puntos semejantes, estemos se¿ruros que la revolución continúa todavía, que estamos condenados á presenciar la lucria de las pasiones, no de la inletigcncia, que no asistimos á una discusión de donde broten destellos de luz, sino á un cÍMM]ue violento que arroja chispas incendiarias.
Entre tantos golwirnanles ipie bajo distintos, pretestos han infringido la ley vicíente, ninguno lo ha hecho de una manera grandiosa, que acarn^-íse a la naciim resultados |K)-silivos y universales; ninguno que al reconvenirle por su infracción pudiera decir como aquel romano: « Juro que he salvado la patria;» ninguno que concibiese un plan vasto, que lo realizase con energía y rapidez. allanando todos los obstáculos, superando todas las dificultades; ninguno que al presentarse ar'",1 ^ran jurado de la nación, cargado con ¡I.. re>p<jnsabilidad, pudieradecir: «Sefiores, la iK)litica era un caos, yo la he desembrf)llado; para ello he quebrantado la ley, es verdad; si queréis mi cabeza. tomadla, que ahora ya no es necesaria, ni para salvar la patria, ni para afirmar la ley; pero antes wuwá mi obra, destruidla si os atrevéis; yo Biafcharé contento á la muerte si vuestro corazón no os dicta que en vez de un cadalso debéis levantarme una estatua.»
T rakiirade rn Barrd«na ni.* de ahril Af IIU. ' El poder que gobierna la sociedad ha de ser fuerte, porque en siendo débil tifaniza ó conspira. Tiraniza, cuando se esfuerza por hacer.«:e obedecer; conspira, cuando sufre en silencio la resistencia y el ultraje. Augusto se sienta* fuerte, y su imperio es suave; Tiberio se halla débil, y maquina y oprime; f de los monstruos que mancharon el solio de ' los Cesares, fueron los mas violentos e in-|i.sojiortables, los (pie oían ya cercano el ruido I de los pretorianos que venian á de^ollarios. j. Recorred la hislori;i, y encontrareis escrita I por do quiera con itliasde sangre esta importante verdad; ¡Ay de los pueblos gnberj nados por un poder que ha de pensar en la ^ cou.serracion propia!
Esta es la clave para csplicar los inconce- I bíblcs esccsos á que.se abandonan los po- I deres revolucionarios y los de.sj)úlicos, una i vez dado el primer paso en el camino de la; tiranía: todos.son t¡rán¡i;os porque son débiles: y cuando los ve^iis locar a la demencia en sus medidas de tiranía, «lad por seguro que están por espirar. El moribundo mejor; que nadie, augura su próximo íiuamieiilo. La Convención uresenlia la dictadura. El temor aumenta ¡a omesion, v la opresión acrecienta el temor; la impulsión es recipro- I ca, y sigue la misma ley (pie el movimiento; de un péndulo; el \mnlo de elevación esta cu el mismo nivel que el punto del descenso; la oscilación continúa, hasta <juc media la ' única causa capaz de restablecer el aplomo: la justicia.