SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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Estas rellcxiones nos ocurrian meditando sobre los misterios de la monarquía; ponjue misterios tiene esa institución maravillosa, como los tiene todo lo grande. «La monarquía es el despotismo)) ha dicho una política superíicial: ¿y porqué? «porque el monarca dúspone de inmenso poder, v'cslc poder es sobrado robusto v síiíido, dado que las leyes lo aseguran al so"berano para si y para sus I hijos.» Entonces no comprendéis la instituj cion, pues señaláis por origen de la tiranía de los reyes, las causas que precisamente les impiden el ser tiranos., ¿Queréis un poder suspicaz? asentadlc sobre un terreno minado; donde oiga á cada instante el golpe de la zapa que prepara la ruina. ¿Lo queréis violento? presentadle enemigos que sin cesar le amenacen. Quitad hasta la idea del peligro, y tendréis la suavidad y la confianza.

La gravedad y trascendencia del asunto exigen que se esplanc con toda claridad lo que debe entenderse por fuerza de un poder; pues son muy distintas las acepciones de que esta espresion es susceptible.

La fuerza del poder consiste: i en la seguridad de su existencia: 2." en los medios I necesarios al cumplimiento de su objeto legitínK). Supóngase, ttl pus donde llt'^nu- a eslabiecerse v arrtigarse uua constitución mal eombinadtt, viciosa, que no deje al po- ' der bastantes medios pan ejercer sus ñincioDes en pro del or>mun; de suerte que en el manteuintiento del urden público, en la, administración, en la aplicación de las leyes ri\ ilc» y ( riminalt's, en sus relaciones con las |K)tencias eslran^eras, carezca de los recursos que ha menester, y no tenga una ac~ cioD eficaz, espedilay pronta; en este caso, será posible que el poder disfrute del primero de los requisitos indicados; la seguridad propia; pero«char¿ menos el segundo, y por tanto no será fuerte, en lá Terdadera aeeprion de la palabra.

I!

Kii \ano le exigiréis que obre de olrn manera; eüta es 8Ü posición, esta la lev indeclinable de tw naturaleza; ni las ciJii^adps 4ñ las personas que ejerzan el poder seria'iiiil< te á evil^irlo. Estas podrán ({uizás mantona se eslraAas ai soborno y á la intriga^ drán hasta odiw aemejántei iiwios, los ('m|)I(Mián por ellas los que están en SQ alrededor, los que gozan con los goces del poder, los que á la existenciade este tienen vine lilaila la exisloiu ia propia.

(Contribuyen a dicho cfi'cfo i\o> causas: 1. * La natural iucliuaciou del hombre a la estension y eficacia del BMindb que ejerce: 2. * El instinto de cousorvaciou. La primerá no ha menester esplicacion ni comentarios; Asi, un rey de Esparla ó de liorna entre ¡i l>ero si la sef;imda. liemos observado que la monarca de los tiempos ■filos medios, un soberano loK antiguos, un feudales en los si con una constitución como la del año 12 en- L te tardt i'alta de los medios necesarios al cuaiplíniiei[| t(» <lt' las alnluii iones del poder, coniproineS teiii|>rano su misma existencia; y tro los modernos, por mas que á causa de » bé aquí por qué en sintiendo esta falta, loe los hábitos, de las costumbres, é de partí- [ busca por todos los reciwibi qi|B tiene ¿ I» rulares circunstancias, alcanzaran toda la seguridad que imaginarse pueda, no serian un poder Alerte. Un hombre falto de alguno de los miembrog mas precisos [i;u i ejercerla profesión a que se dedica, dislrutara tal vez de buena salud, prometiendo largos años de vida, y quisás se hallará en cipcunstancias á propósito para continuar en sii ocupación todo el tiempo que le agradare; pero no dejará por ello de ser incapaz de ejercer mu* chos actos, y por consiguiente llenará de lina manera muy defectuosa el objeto de sus tareas.

No obstante es menester adrertir qñe la falta de los medios necesarios para cumplir el poder su misión, tarde 6 temprano le acarrea la falta de la propia seguridad, amenazando M misma existencia: como el hombre que no puede desempeñar cual conviene el cargo aue te incumbe, de grado 6 por ftMirta anembaflarse precisado á abandonarle.

Dt^ aquf resulta un fenómeno constantemente observado en todos los periodos de la historia y bajo todas las formas de gobienio, y es, que el poder que se halla sin tos medios necesarios ni ejercicio de sus atribuciones, trabaja sin cesar para procurárselos. Se dirige á su objeto poreaminos diferentes, según la situación en que se halla; si abunda de acci(m material. emplea la violencia; si es rico corrompe; si todo le falta, maquina ▼¡nanamente copio el állimo de los eonspiradores.

mano. I,a nieslion que en apanencia vei únicamente sobre los limites de la esfei|' del mando, es en el fondo, y para un Iím^ \yo mas o tiu níts ceirano, cuestión de vida o de muerte. Todo poder que se onciitMitra en semejante situación, conoce instiulivamenteesta verdad, y obra en coiiseciieneini; (iracia nos hace la candidez de ciertos e8<|^ critores que con la mayor seriedad del mnmi|i. do echan en eara é Lnis XVI y á Wenamf do Vil el haber sido eauaa de que la revoló»? cion se deslvocase. no resi;Línándose á la posición que les habian creado las circun»n tancias, no dándose por satisleehoB con faÉ facultadi s señaladas por las respectivas coaai^ tilucioucs; como si las condii iones de la existencia v de la acción de un {Kuler dependiesen de ía simple voluntad de la persona que lo ejerce, cmno si el poder público no fuese mas bien una institución que un hombre; como si esta institución no estuviese sujeta á las leves generales de todo ser,. que se esfiier/a siempre en procurarse lo que necesita (lara su exislcucia.

Casos liay, en que al parecer el hombre es la insliluriou. y esta no es nada siii el hombre; pero en la realidad no es asi: La institución existe, bien que de tal naturales za que necesita una personiHcacími, imre^ pn»sentante que no puede dividirse ni contpartirse. Entonces la institución en provecho uropio, se absorbe en el hombre, se eonrunde eon él, se vale de su prestigio, IttMa •É^ los sacerdotwdal g«ttlí- ; ocultaban tras el ídolo J comMÍca- ;bki JwNi oráculos. €és¿r\, vilÉMlr 4t ios ^kM,^piisa el lubicon, ahuyonta á Porup)>yo, tniinia en Parsalia, y se lovaiila ion «'I mando de la Rc^ublii íi: ¿rrt'eis que i ii el (lii liui(»r uo lay mas (\ue la iK'rsona del general victo- í liOM? Si a>i lo ( HM t'rri--. rccMiii;!-! (¡lu' la ^ígHliira era uaa lUdliluciuit eit Huiiia. Loa áBwk (ireseBlfett sin duda «tro a^ix c io. las ^KíislanciaMHi mijr diferentes, pero el WfTio es el misnío: solo ((iic los romanos Biaiuladot» por el dicUdur Cuiuilu, no eran hi liawoa rwMii.isf<lel-iéietador amante de *! Que la dicta<lura era iieeesina, que (a*- ■mt DO era mas que su personilicacion, que fcfWFciendo la pensu la institucioD defcia continuar, los sucesos lo detnoslrarnn ltti»ta la evidencia. Kl puñal de Bruiu raspa el peebo del dieUidor; AaloiiioollPMienéo a los ojos del pueblo It túníct amaftri'ntada de la ilustre victima. inaiifnira el ItiUD^imlü, es decir, la nueva dictadura i|n-M ha epamMo lodaTia sn repreaoitHte. »|ue no se atre\e a idenlilicarse con un solo lioBihre. que u^'uarda el curso de los teonteciraicntos, que atormenta atrocméntc i Im iwnim para hacers<> mas necesaria, para conquistar la unidad. Bruto y Casio ■Hieren, Antonio es vencido, la antigua Hbeitad p6fB06 pura sicflipre, It dictadura seor^niza y perpetúa, se convierte en imperío. y se' inaugura aiagniíieanente en Resulta, pues, que la dictadora, es decir, la inslilncion (pie mas parece conl'undime con un hombre, prescinde de la perüaa; y de m BNido ú otro, mas é nunos poderosa, vua ó menos brillante, mas ó oieDos benéfica, se presenta siempre qtie el estado de la socieuad la hace necesaria. Tres grandes dictadores nos ofrece la historia: ('.ésar. t'.romwrl y Napoleón. En cuanto a César, no queda ddicultad en la apli-Mciaa del principio asentado: y por lo per-InaCMBla á los dos últimos haremos una oh^ervacinn rpie!o dejará fuera de duda. La loglalerra desde la cjioca del Prutcclur ha-eoBtMMado en sv estado normal á pesar de alí;un trastorno iMísajícro; y loque es mas siiiírnlar, hasta mediando un cambio violento de dinastía, \etiile y ocho anos ha- ¡ « que NtipoleaA fue vmkííIo par la últi- * mavai y continadu a Santa BlaM; la Francia ha sufrido desde entonces revueltas de ffiomeotu, pero el desorden uo ba podido prokmgarae: j es notable que haMeadn realizado lo mismo que fa Iniílaterra. una mudanza dinástica en iS.'iü, ha continuado tranquila: se han hecho esfuerzos hercúleos paca que la levducion no siguiese su carrera, y se ha conseguido. ^Qne prueban estos becboi»? En nuestro juiciu la amse* coencia es muy sencilla: (Muéban que en tiemiH) de los dos dictadnifs aiiilias UMÍOne> li;ihi;ni \;i im mli» al leniMiuf i\v ia revoluciou, que ola habla cunsuuudo sus elemeatos, aue no |Mtdia conttDuar, que el órden se liahia hecho una neresidad indeclinable; y por tanto los dos grandes hombres no fueron mas que ia per.sonilii aciun de esta necesidad social, sirviendo con su ' brazo de hierro.i (\w de una situación se pasase a otra que parecía separada por un alnsmo.

Si la ]xtses¡on de los medios necesarios al cumplimiento de su objeto lejíitiino es condición mdis|)ensal>le para «pie un gobierno pueda llanuirse tuerte, lo es todavía mucho maslasefíuridad de sue\islencia. Y no le basta esta seguridad, sino (|ue es menester que las pefsoiias que lo ejercen, abriguen sobre esto una omviccion que los deje á cubierto de todo linaire de recelos La mayor calamidad que sobre uu país puede venir, es un gobierno bmI seguro, que esté eu coMiuuo acecho contra los coiis])iradores reales ó aparentes; en tal caso es imposible (pie el jíohienio no tienda mas o menos a la tiiama, porque quien se ve atacado, natmil eaique se ílelienda No le bastan las leyes comunes, que regulariueulü hahiaiido estau fundadas en el supuesto de que se respeta el principio del gobierno: si akunas existen (pie preven lían el caso de atentado contra este principio, cslan de suyo mal deslindadas, se rozan en diferentes pautoe con los demás ramos de legislación, y el gobierno que ordinariamente \mw su atención princi pal en cuidar de la conservación propia, se estralimita, se esoede y comienza á caminar [)r.r una pendiente en cuyo fondo se baila un abismo.

Gnaado hablamos de los medios necesarios al gobierno para ejercer las funciones que le incumben, no entendemos limitarnos a los puramente materiales, no ju/gantos que la filena da uu poder ae haHe en |^ Digltlzed by Google iMiefon con la fuerza maleríal de aue dis> pone; antes al contrario, la sobrada abundancia de esla suele euüaquecerle conduciéndole á la niina. ün conqoistedor cfoe araba de lomar por asalto una pla/.a. tiene en su mano la vida y hacienda de los ciudadanos: nada puede resistirle, su ley es so Tolantad; los medios materiales le 'sobran para oprimir y vejar, dado (jne ha sido bailante fuerte para derribar ó salvar las HimiMhf^^Ufl'iMiibargo, nadie dirá'qür'el goMérno fundado sobre aquella base tenga Ycrdadera fuer/:i. Ilci u! que corra el tif>m po; y asi como un imperio que estrrba en la lostícia ▼ láÉ 11^, ^NKrtstft' al' enbele' de larjíos sííjlos, el oiro no seni parte á durar algunos anos atravesando los mas insiguilicantessacadimientos. Vm rirrunstancia nueft'/ttnaMMHdiittBoion imprevista, una noticia que alarme al ven». cij ir, <¡ue alíente al vencido, veréis qup rompen cual endeble cana el cetro que creyerais de diammite.

Kn Turnuia el soberano dispone á su voluntad (le IR vida (le sus vasallos; manda, y las cabezas caen como las espigas segadas por la hoz; no obstante alli el poder no ee fuerte, la mejor prueba de su debilidjiíi <'ni las catástrofes que esperimcnta. Luis \iV, jjt^w^ iHésperto, hanébase vn día codeado desús cortesanos, y llegó á decir que no conocía mejor gobierno que el establecido entre los musulmanes. «Señor, le respondió con hidalga entereza nn magnate qne se hallaba presente., tamj)Oco conozco yo nin guu i»ais donde los soberanos sean degollados con mas frecuencia.»

Durante el imperio mmano, el hombre que ocupaba el solio disponía de innumerables legiones, ios pueblos se iucliuaban ante él, le oirecnn sus homenages cual hacerlo pudieran á una divinidad: ¿pero.sabéis cuál era la suerle de esos señores del mundo? Perecian casi todos á mano de la holdadesca.

El secreto de la monarqnia europa, es decir, cristiana. consiste en que el soberano, aun en lus monarauías absolutas, tiene Nmilado el poder por ta nonl, por las costumbres, por la conciencia pública; ili^iinguiéndbsc de todas las monarquías de los países donde no ita reinado el cristianismo, en qué, entre estos, la palabra monarca es sinónimo de déspota, y entre nosotros significa un soberano que gobierna con arreglo é las leyes.

Por estas consideraciones se' echa de ver cuán lastitnocMOMMle m fibea it moderna cuando no se quiere reconocer esta in)i)ortante verdad, obstinándose en no ver el poder Hmitido sino allí donde extsteaasambleas que de continuo le vigilan y censuran. Por mas que se exagere el poder cjereído por Felipe 11, por Luis XIV y Carlos III, nadie que no carezca de sentido común, llegará a confundirle con el de los déspotas de Oriente. l*ucu luiuorta que el fireno ne se vea ai en' reaMdaa 'taiiaia.. -fti este punto menesteres confesar que los aÉ^ vfr<ni io< Ht'l iíobicrnn absoluto le han tra~ tado con ntudui injusticia, cuaudo se hau empalado en apellidarle con negros wmbrcs que en la realiilad está muy lejos de merecer..No pretendemos suscitar aquí la cuestión agitada entre los oublicistas sohie las ventajas ó desventi^ w^stas é-wqtfft» lias formas; pero opinamos que aun los mas ardientes apoio|¿islas de un estremo no pueden-dispensarse de hacer al opuesto la ji»-licia ([ue le corresfionda. I)i_ase ( idiorabuena que en el absolutismo hay peligro de que el [wder se cstraliniite conculcando las li'\('>, \ lii.sta sosténgase si se quiere qiH' la uu jiir forma de ^(tbicrno e> arpiella en que se combina en el mavor grado posible el elemento democrátieó; r si place, ofréicasc como el bello ideal en esta materia la rcpuhlica donde domine escltisivamcnte lu doiiKM racía pura; pero eottaizaodo nn principio no se Heve 4miiNIMMÉ^ tokraní in i on los otros, que se les niegue lo que no puede disputárseles en el tribunal de la filosofía y de la historia. ' ^ Sí bien se observa. la opresión dimana mas bien del estado (Ir las ideas y de las costumbres que de la forma del gobierno. En las repAbJites de América no predomi^ nan por cierto ni ta monarquía ni la aristocracia; no obstante el mas liero des|)otismo devasta con frecuencia aquellos desgracia^ dos países; y eaépoca nM-ie-ite hemos leido narraciones que nos han hci lio estremecer con la increíble atrocidad de los hechos. ¿Quién pretiriera vivir e(i iMr repAblieas db .Xmérica si pudiese disfrutar de un gobierw como el (le Anslria ó el de l'msia? Knla misma Inglaterra, la verdadera bberiad no data del establecimiento de sns asambleas: eimtiendo estas,!a tiranía mas cnnd se ha er. Ironizado mas de una vez en la (trau Bretaña: y hasta en nuestros tiempos >'enios a la Irlanda sonelida á dora ecoavitud, no UMo que la domÍDa. ' < La monarquía heredilacia tal como existe | é» Jhmpa, ni deja al hmibn reeelos, ni li féip9s á la insUtiicioo, ■ i liaMbiiMm | aMBBlo: por esto tan sunvp su arción. taai^enéfico su influjo, su conservación tan. pMMi para el aseieiio y la felíeidad de los | porirfbs. El muña rea es un hombre coloca- ' do en regiou superior a la de todos sus mUíImi, aun los mas elevados por sus calidades pefaonalet, é por su Mdwenln; i Hda típno que esperar ni que temer: su ÉKz no se liaiiu eulre los murtales, está en • «l4iele. IDesde que abre los ofoa á la knt 1 descubre la carrera di- mi vida; en vano 'í::u?aria sus deM'ii> |»¡ira em nnirarles nuc- i: ubjeioü: autoridad, hunores, riquezas, ¡í piaone, lodo se baila y» alredpdnr de su •■M; no se prej:iint;i \n ijni- vjilc. sino lo qet^«aj su menlo ^rsuual^ si alguno po-, saov einto tolo estimado>sn» encarecido, Mlignido; la lisoiijii cuida de hacerle creer i qne aiiii no lüihiciido naeidn en el réftio al-. caxar luera laiubieu diguu de la corona; y ¡ hw éiiielbe mas evidentes y palpables, se II cubren con rien velos para que no ofendan éeatnstcscan al mismo quede ellos ad<dere.

En llura teoría, nada mas absurdo que ¡| una insliCDcion senejante; en ta prictiea | nada mas cuerdo: vano es lurhar cnntrn los áacbtti, V los becbos están abi. La bistona efltaMK ^ esperiencta de cada dta depoimi de c^ta verdad; si la razón no la esplica cual conviene, el buen sentido la comprende perfectameute. Pero no es exacto taui- i ftm t(itt la raxon sea inqiotente á sefiftiar | as^ causas de esle singular fenómeno; si ' uiea quizás entregada á la mera especula- »cÍ8B. DoUe^ra á tanto, amaestrada empero «csft ■§ kocioiiee de la práctica, conviene en la prudencia que á esta preside, é indica ios molivus del acierto patentizado por taMtaidad de los resollados. I El proMema del poder público envuelve { ires parles: primera, ój-den; Sí'iíunda. eslabilidad; tercera, hacer el mismo poder ] bondadof^o. Estas tres condiciones se hallan |{ satisfechas en la institución nionanpiica de!' IM manera admirable. Para el manteoi- ji ii«Me éel dnlén se deposilan eo' nanos ' lev inmensos leenrsos; pera garantir la e8tal>ilidad se cierra la puerta á la ambición, asegurando el mando no solo al sohmm Éaa é. M> desoendenota. Se I' quita al poder sn malignidid y se le IMM bondadoso, no dejándole espuesto á tas pasiones comunes. ¿Qué codiciará quien toda lo posee? ¿como teodrá cabida la esYidta en i) certMi del que es mirado |k)co nMtr nos que como «na divinidad? ¿es fácil que conozca la venganza quien de nadie recibe injurias, quien hada Meapre á se eeewii* tro la veneración y el honn ii ii:*' ';.c()n quién alimentará rencorosas riv.ilidadi'S quien se baila constituido sobre todos, mi> rando hasta a las otaseetMai alias de la so> • i«'();id. rol(H-adas en irrado muy infeiior^ suvo, a larga distancia de su trono?

lié eqer la razón por qué ta histarta 7 ta esperitMu ia de la Europa moderna en los países donde la monarquía ha estado plena y sólidamente establecida, nos preseutaii a menudo soberanos débiles, pero peow malvados. En efecto, la región en que moran, la educación que recibe a,, las ideas. en que se los imbuye, si algún iiie4Nlitih nicnte tienen es el de enflaquecer su etrácter, el de desarrollar aipiellas pasiones que llevan al corazón la molicie, pero no la perversidsd. • Ni) ii:iioramos la^ r^n-jM iiiiii'v ipu' íIc csla regla se nos pueden objetar; (>eru lejos de ser verdaderas escepciones, son mas bien una conñrmaciatt de ta reita general. Casi todos los soberanos que se han distinguido por su perversidad ^ o han vivido en ouhIío oe diseordias inlesUnaa, dhan sido een^uüh' tadores. En uno y otro easo, el principio M verifica; fM)rque en el primero, el monarca se veia mal seguro, hallándose en peligro, ó su persona, ó su dinasUa, 4 ta institución misma; en el <eLMitido. el soberano se halUba agitado por una uasiou vebemenle; ai ia> do del poder que gobcniaba bahu d voder que invadía; y por tanto faltabi ta condición (pie hemos indicado: el sobenuM UMtawta deseaba.

Este earáeter benéfico de ta monar^nta hasta pudiera descubrirse en aquellos paiace donde reina el des|K)lismo. La crueldad y demás vicios que allí deslustran el poder sol>erano, m tanto dimanan del esoeso de los medios que en su mano tiene. cuanto de las ideas y costumbres de la sociedad que g«r bierna. Falta en elta el verdadero conooimiento de la dignidad del hombre, d<^ las consideraciones qiie jwr s<do este tdulo lo son debidas, de las verdaderas relaciones de este con sus semqanlea.'ae lieiMi ideáis <|Íllj^l'<lK]uivoca(las sobre el origen y objeto de toda antoridad. Cuando el s«)berano maltrata a SMS subditos, ruando abusa «le su ()oder en contra de las vidas y bariendas que debiera ser el primero en proteger y respe- i| tar, aplica en la esfera de su acción las mismas reglas (jue baila establecidas la autoridad de otro peñero. En semejantes paises | la potestad patria es |Kir lo común escesiva y tiránica; los bijos viven bajo el dominio del padre como el esi lavo del de su señor: y la mnger misma que nació para ser compañera del bombre, no es mas que una de sus esclavas. Se ignoran los medios de conducir a los boinbres por la razón y ¡lor las piTSuasiones; solo se cono<'e como medio elicaz la fwer/a; se la emplea en todo, y no se concibe que un gobierno lirme pueda ser otra cosa que un mando violento. La obediencia del subdito, no fundada en motivos su()<;riores, { le envilece y degrada: ó se somete temblan- i do como un animal doméstico al oir el cbas-, a\iido del látigo, ó se levanta como iierainómita y hace pedazos á su dueilo. 1 Para comprender (uie no es la monarquía la causa de estos males, su|>ongase (pie en, lino de estos desgraciados paises sometidos j é un régimen brutal y envilecido, se introducen por un momento las formas democráticas antes que se haya \erilicado un cambio en las ideas y costumbres. ¿.No veis á la primera I ojeada convertirse aquellos hombres en una infinidad de recíprocos lininos, que se oprimen y se atormentan según prevalece la fuerza? El orden público, ese orden semc- i jante entre ellos al silencio de los sepulcros, Í)ero que tal como sea es muy preferible á ii os ahullidos de una manada deberás, deja de 'I existir al momento (pie te falta el supremo poder (pie le sirve de centro y apoyo. Los malos tratamientos que reciben la muger del marido, los hijos de los padres, y los esclanos de su señor, subirán á un punto mas alto de crueldad. no mediando el recuerdo de que hay un poder superior al d(miéstico, capaz, si le place, de intervenir en la querella }f castigar al desmandado padre de familias...os gefes inferiores (pie gobiernan las provincias ó las ciudades, se convertirán en otros tantos déspotas cuya tiranía será tanto mas dura é insoportable, cnanto no reconocerán á un superior, que dada la o|)ortuni- i dad pueda hacerlos n'SjKmsables de los da- | ños (pie causen, de las injusticias que irroguen, de las arbitrariedades que cometan. ' El eslravio de las ideas y de las costumbres se ofrecerá á la vista en toda su negrura y desnudez, echíindo.se de ver que no es el poder solx'rano (piien oprime a la sfH'iedad, que no nacen de la soberanía los males que ella causa: sino (pie de la misma sociennd coirom|>ida y degradada, se levanta el pestilente aliento ipie contamina el solio, v que cuando la persona (pie le ocupa se entrega a la crueldad y olvix r^crsns abominables, recibe de la misiiiii xx icdad que le rtKiea sus inspiraciones perversas. •i • Ésta es la causa \wt (pié natural y osponlíuieanii>nte la nuinarípiía euro|)ea se ha hecho tan sua\e y lM>nelica, liast;i en aijuellos paises donde la falta de todo limite Ic^l parrn;i ticber arrastrarla á los mayores desmanes. Las ideas, las costumbres. las re§las de gobierno á (|ne se amoldan los monarcas, las reciben de la misma sociedad gobernada: en ella d(miina la razón. prevalece la moral, levanta la conciencia pública su voz imp*»- riosa: y si el orgullo y el desvanecimiento se obstinan en guiar al numarca porestraviados senderos, álzase de todos los puntos del reino, de todas las clases de la sociedad, un rumor.sordo (pie atestigua el descontento, que pone de maniliesto el escándalo, que es mas eficaz para enfrenar al [M»dcr que las insurrecciones» n motines.

Los demagogos se símreiráii (juizás de editas d(K'trinas: como quiera, nosotros les haremos observar, (pie hasta en los gobierníw fundados sobre las conslilucionesmas latas y populares, se asienta como principio indisputable la inviolabilidad, la irresponsabilida(i del monarca, o del (pie ejerce sus veces-«Al rey. dicen acordes todos los juiblicislas constituci(males, solo es licito atribuirle el bien. nunca se le puede inqiutar el mal: constitiicionalmente hablando, el monarca es impecable.» ¿Y de d(mde creéis que se ha originado semejante teoría? ¿Os imagináis que es el producto de las combinaciotR\K de los publicistas del et/uHibrio?.Muy al contrario: todos sus principios, tenias sus doctrinas, todas sus tendencias los guiabao en dirección opuesta; pero el buen sentido europiío, los hábitos tle largos siglos, las lecciones de la historia. los escarmientos de la esp(TÍencia. los han forzado en este punto á negarse á si mismos, rechazando las ceosecuencias déla soberanía popular. Jamas los hombres de la antigua escuela se vahe- • ron de tantos circunlo4|uios (mni nombrar al rpy. «Persoaa sa^da,» 'peftsamlento irreáMMjlte,» «vuluutad superior,» «regiou elMprabre la esto de las pasiones,» fslas V oirás frases semiejaotes, se pnnuH cian «fe continuo en l;i tribuna y en la prensa, evitando el llamar al rey coa cí nombre ^ropió. Biriafe que ae trata de una divinidad qaa los mortales no se atreven á tomaren l)oca temiendo prof;iuarla. Pues bien, todo esto Bo es mas que un sacrilicio, un doloroso sacrificio ({ue ha hecho ia escuela demotñikA á las idca-í aiilitriias: lodo esto no es \xm que una pruclamaciun de la inipotencia de sos principios. si estuviesen abandonados a soaJn^nas; todo esto es un plagio del an> tÍ2?B0 sistema, al mismo tiempo (|iie con lantasmmdad se ie desacredita e insulta.

como dogma indíspulable que ^IHft «ipremo es un simple mandatario, Hnmcrft delejiado del pueblo; y sin embargo sedecUia desde lue^:;oque este poder de nada es fwypqpüMe é su principal, ¿ su delegante; waMieida con mofa el derecho divino de ¡•nreyeSf) no obstante, se los apellida intittlaÚea, sagrados, se los compara de contiemk divinidad, que no puede fsbnr •na!, qac solo es capaz de ejercer el bien; se estaiitece como única tabla de salvación pata b Piedad el principio de elección, y á invde esto, es rechazado ealc principio con ""spectoal poder supremo, y se inculca sin cesaf la necesidad de la nioiiarquia hereditMl; nada se quiere dejar al curso natural laaicosas, todo se ha de nm^^ con la discusión, todo se ha de practicar jior In es-M^M^cu^ del hombre; y esto no cineuande se trata de lo mas imitor* rufreeerse pueda en los negocios de 1, se cierran los ojos, se huye de;íon; el hombre teme la razón y, id propias, ae abandona é lodae hw azares para evitar la elección.

Hfunhres que tan im-onsideradnmenle *<mdeQats lodo lo anliguo, que creéis haber iloaiaado^l mida, que oa fi|[urai8 i la bni"^Didad envuelta en densas tinieblas hasta que vosotros las disipasteis con los vivos res-P^Mdofes de la tilosot'ia, no reprobamos, no, vwttra eoBducla, no os eeharoaa en eut ^'"flra inconsecuencia [)ara que obréis de oif» modo; piuo sí tenemos derecho á exigi- '{ue uiediteis algo mas sobre vuestros P^Kipios, q«e noachaqueistan livianamente ^jjWliimo y apocamiento, lo que anduviera por profonda sabiduria, que no os ] imaginéis que la humanidad ronchaba á la decadencia \ envilecimiento si vosotros no hubieseis venido á torcer su carrera. Si demandáis tolerancia para vuestras opinianea» dispensadla vosotras á las agenas; ya que no os avergonzáis de lomar de vuestros adversarios doctrinas que repugnan á vuestros principios, al menos sed justos, dcoíd de dónde las habéis recibido. Conlosad que entre las r.uinas que habéis amontonado, o&ha-Haia forzados á conservar un pabelloA pan guareceros contra las tenqiestades que oraman sobre vuestras cabezas; engalanadle como os pluguiere, pero no neguéis que ^uien loconstruyé tan solido, quien lo reeamo eoa tan preciosas labores, no fuisteis vosotros sino vuestros padres. Este pabellón es ia monarquía.

ALUmS Al KSPASA.

ASTICCbO I.

Se ha difundido bastante en España la dañosa persuasión de que estamos precisados á tener alianza con la Francia d con la In^ fílaterra. De los dos partidos (pie actnalmente se dispulan la arena, niu¿^uuo esta exento de haber contribuido ¿ la propagación y arraigo de tan funesto error; dado que por mas protestas que hayan hecho, es claro como la luz del dia que iino de ellos se ha inclinado aacaalvamenle á la Gfan Bretaia, mientrai el otro ha manifestado demasiado sus simpalías en favor de la politic^i francesa. Los términos que empleamos son im cierto los mas comedidos que usarse pueoen; y hacérnoslo de projjósilo, porque deseando esclarecer la cuestión, y no ensañar las pasiones, no queremos, sea cual fuere nuestra opinión sobre este asunto, echar en cara á ninguno de loa contendientes la dej)endencia, el servilismo, el absoluto abandono del honor nacional, de que reciprocamente se acusan. T cnandetsta conduela ebservames, no lo hacemos ei^rt»- menlo |)ara blasonar de una imnarcíalidad que tenga por objeto concillarse La benevo- ^nch ninguno fie!oí arlvorsíinos; nw^- ina coBVic<'tuttes soa cüUiKidas; cuando se trata de decir la fenbd aabemoa ewresaroos sin rodeos, y decirla toda entera. Pero como en la matpria que nos ocupa, de la propia sDerte que en tantas otras, nos parezca que ambos anduTwn» desacertados, necesario nos hace no ponemos de parte de ningUDo de ellos La ahaü^a con la Inglaterra está ya desaeredhada hasta tal ponto, y tiene en contra de sí tan fuerte antipatn en la inmensa mavoria de la nación, que uo es occesariu es-Ibnar mucho el discurso para convencer y persuadir, que á mas de inútil, nos es en eslfemo perjudicial y ])<>Ii-rnsa. A cscem ion de un número muy reducido de. hombres, que por sus principios, antecedentes é particulares designios, muéstranse decididos sostenedores ne la innucneia inglesa, la generalidad de España sin escepciun de ningún partido, se manifiesta abiertamente contraria a toda alianza con Infílaterra, y propende visiblemente á desconliar de aqiM'lla potencia, aun cuando uo se mantengan con ella mas que las indispensables relaciones de buena armonía. Y no esdiHcil descubrir la causa de semejante aversión, puesto que no, es menester un profundo conocimiento de la política y de la aiplomacia, para ver desde Iue;ío lo que la Península puede prometerse de su intimidad cm la Gran Bretaña.

Examinando la respectiva posición de las dos naciones, échase de ver que no existe ningún vinculo que pueda mantenerlas imidas, y que todo cuanto en esta qaatena se intentase, ha de ser por necesidad feeticio, y por consiiíuienle poco duradero. Porque Convicn»' nn porder de vista que la soliacz Í estabilidad de las alianzas no depende de fotantad de los gobiernos aHados; entran para mm lin las pueblos, y no es posible desentenderse de ellos, si se ha de conse<2:uir llIflO que ofrezca garantías de buenos resultados.

Aplicando e^e principio á la alianzfi dt> la E^ña con la Inglaterra, notaremos que no Mmenin<^náde las condiciones que en se- .liMjaiites casos conehicen é eslreciiar y fortificar los laiss que pudieran formar m gobiernos.

En prfmer lagar, los dos pueblos ne solo (utblan idioma muy diferente. sino que también ha faltado etitre ellos la comunicación precisa para difundiralgun tanto la intcligen- ^ cía de la lpng:nri rf^'íp'^cfivív Esto es soleve obstáculo para la bueiui aiui2>lad de uuebdi á pueblo; oostáculo que no existe eonla Praacia por la propagación de su idioma entre nosotros, originada de la menor üfiniltad )^ que de suyo presenta, de ia mayor írecuencia de relaciones de unos naturales coa, otros, y muy espprialmfntc del predorain» ' alcanzado en Kspaña par la literatura francesa desde que ocupara el trono ia descendencia de Luis XIV.,. ^ u I,a rpüu'iiin profesada i)or los españoles es diferente de la que en Inglaterra domimi; mediando ademas la {)articuJar circunstancia de las tradiciones poco favorables á la amia* tad, las que todavía conservan am!)a>> mñnnes: no se han olvidado aun los reinador de Felipe U, defensor acérrimo del catolinsmo asi en España como en el resto de Europa: V el de IsalM>J, encarnizada pers»'!,MiifIúr;i ie lia Religión Católica en sus domntios, que afirmó ademas la iglesia anglicana, y apoyó el protestantismo en los demás poises»ctta^ le fue posible.

Las costumbres de las dos naciones no tienen ningún punto de semejaaxa: al pisar el suelo de la Infílaterra. se cnnom, se siente iustinlivamenti' esta diferencia proíunda.

IComo quiera que los dos pueblos hiaa^ivido en completo apartamiento el uno nspecto del otro, no «"^^^ encuentra nin^MMi punto de contacto ni aproximación; las leyes de los dos países, el sistema de gobierno i wie durante largo tiempo vivieron sometMon, la nin^na analogía de su adminislmcion. vienen á sancionar esta diferencia que otras I cansas de suyo harto poderoeas tienen esta* blecida; resultando que así se parecen en lo intelectual y en lo moral, ingleses y espai^oles, como las nebulosas orillas del Tá-Biesis á las risueftaa márgmiea del GvodaM quivir Y de! Ti jo A pesar de tamaños inconvenientes, no se podría llamar temeraria la tentativa de acer-r car á las dos naciones, fomentando la amistad y fraternidad entre los dos pueblos, y preparando de esta suerte alianzas solidas y dur Iraderas entre los dos gabinetes, k no mediar otras drcnnstancias que las haeea de lodo punto imposibles. A'uoca, durante la situación actual de las dos naciones, podría ser la aliansa de la Bapaña con la Inglaterra otra cosa que la sumisión del i^abinetc de Madrid al gabinete i de San James, que el sacriGcio de nuestros áloe iriieramsdalt ton Bretafla. 1^ los compensaciones reciprocas no serán otra coM que veios mas ó menos tra^rentea, fM^€ÉbffV69te jiMiiflüo &t iMMitro bienestar v pfoaperiéM á loa inlereaes de la prelindicía amiga.

•e4«a razón de lo que se acaba de decir no MlKMltéB adifiiialr: existe una verdadera | oposición de intereses entre las dos naciones; el proírreso de los unos será por necesidad en menoscalK) de los otros. No ignoraiMs las hennoaas utopias de la eommiidad é identiilad de intereses de todas las naciones; nosotros, sin nef(ar que hav ciertos ' menester ie será probar, que nada le importan á la Insrlaterra tan preciosas ¡ovas, o í¡ue sus hombres do estado -serán tan' ¡niluM iies que no prevean 61 peligro que las amenazaría, desde qiie la España recobrase su antiirua pujanza; moncslrr le será probar, que auu dado caso «jue no se hallara en la misma aftaaeion topdgralea del pais una razón poderosísima para formar de toda la Península una sola nación, no es al menos la influencia española la que por lodos títulos debiera prevalecer en Portugal; menester le será probar, que un reino que se sintiese con fuerzas bastantes para arrostrar fcrandcs compromisos, no esc.o¿;ilana lodos Iqs medica, no tantearía mil y mil combinaciones, no eniplearia cuantos recursos Iii viese á la mano, no andana a caza de lavorables coyunturas, para apoderarse nuevamente de Gíbraltnr, echando de la propia casa ese centinela de vista.