truno, porque oliraba en su nombre, porque ' se aventuran á infundadas aserciones, ateuna (Kirfe <le los españoles la dejaban cam- ' niéndose únicamente alo que de si arroja el turbulento e6|>ecláculo de la ultima década. ¿Pues qué? ¿No habéis íeido la historia? ¿Tan lacilnuMite habéis ohidado sus lecciones? ¿Tan ligcramenle baljeis examinado la situación de España, que uo hayáis akaii/.udo á distinguir entre loregühur y lo cscepcional. entro lo permanente y lo Iraiisiforio, cutre el fuudo y la superiicie, cutre la realir dad y las apariencias? Duélenos que tan>añas eijiúvocaciones se ha\an cstendido.epp los países estrangeros; pero tud.ivía nos pesa mucbo mas cuando las \cmos u¿)oyadas por españoles; cuando notamos esa p(»irawin desesperante en que han cuido jiersonas respetables por sus conocimientos, cuando las oimos decir con énfasis: «eso no tiene remedio, no hay que es{ierar nada.» T tienen razón basta ( ierlo punto; no hay que esperar nada mientras el troi>*, mientras las instituciones, mientras la suciedad hayan de ser consideradas con la mezquindad de miras qu(^ alf;tMios lle\an; mientras no se ensayen otros sistemas que los que ellos conocen; mientras una unción du quince millones haya de ser ei patrimonio de dos mil personas; mientras se baya (b? continuar en esa costuud)re de emplear uu len¿|¡uaje de meutiras, que casi dejan de serio por lo reconocidas y confesadas; mientras no se diga con libertad y llaneza todo lo que se piensa, todo lo que se mauilieslau unos a otros basta lus If hombres de diferentes opiniones y partidos, cuando bablan en conversación particular sobre las causas y carácter de nuestros males, Mar, opinando que no era menester coni- Mlirla de otra manera sino apoyando el triunfo del principe á quien creian 'legítimo, mirándole al propio tiempo como emblema de la Relif^iiiBtt y de la monarqnia. De aqoi f' Sidtó una posieioii sumamente falsa: el trono llamaba en su auxilio á la revolución, es decir, á su enemigo natural y necesario; « ensayaban sistemas apellidados de mayorias. y una masa inmensa no reconocia otras ornas que los cañones; se hablaba de resla-Werimicnto de las leyes antiguas, cuando, hK^AtefnaniM estaban en una rápida pendienlfeqoe los cnnducia á innovar; se bacian impotentes esfuerzos para crear una es|M?cie deifigtacfacia, cuando los elementos en que se apoyaba el tnmo lendian al dosbooamien« iDite la democracia en lo (pie tiene de mas anárquico y esclusivo. ¿Que debia resultar # desemejante oompliearion? La nación mas bil constituida, ¿seria capa i de resistiré pruebas tan duras?.No hay pues mí)ti\'i para estrañar el desgobierno y la anarquía que iM han afligido darmte loa tHtímea diez afkos; lo que si debenms admhfar es que las catástrofes no hayan -^id!) mavnres. I,os de-^ sastres de la revolución española no alcanm li eott mocho d los que ofrecieran en las «ivas la Fn irla térra y la Fram-ia, y no obstante, alii no hubo iii nunon'a ni guerra de sttttsion. ¿Cual es la causa de que con uuv yores elementos en el órden poMieo, la re-Tohcion haya sido enfiT imsntros mucho MCBOS terrible? La dil'ereiuia del estado •KÍSl. Ea aquellos paises la revolución era limte por ai misma, entre nosotras necesitaba mendiirnr el anvilio ageno; alli se declaraba abiertamente contra d trono, aqui t9eseadaba ea» él; alH se proclamaba sin fAoaa la ruina de la Igh^in, de toda socie> d|^wligi<Wa; aqui, hasta en los tif^mpos y el remedio que con\ iene aplicarles.
Come quiera, repetimos que la situaeimi de Hspaña dista mueho (!r ser tan Ij'iste como creen algunos; insisliuios en que importa no entregarse al desmayo; en que se reflexione (pu3 el daflo no nace del estado so^ cial, sino de la compticaeiondo las ctreuos^ IOS, se hablaba de reformas, se | tancias políticas, 'ím Mpécríla respeto' i* las fradícto- 1 la ninoria ha tenmnado; el derecho é fa iM'lái%m»i; urnreiiovib» bmemoriade I «oroaa Ta no es d^>ulado en el. oampo 4e Digilized by Cqpgle flauta el curso de los aoontecimientos, y ma nifíesta altamente sus temores de perrlíT sns conquistas y botin. ¿Cuál es la situación que resulta de este conjunto de circttnstanrias? ¿Qué necesidades se han de satisfacer? ¿Qué comliinnciones f<e hnn de tnntenr para llevar á puerto seguro la nave del Estado? Ésto es lo eme vamos á examinar en lo sucesivo, analizando por separado los elementns que entran en la nueva siiuncion. mal es su respectiva fuerza, cuál el lugar y la influencia que les debe caber para (pie, su* bdrdinados á la unidad, vivan en paz y armonía, sin porder nada de cuanto entrañen de justo, de útil y de bello. Fíeles á nuestro propósito, trabajaremos en presentar el penvamienio de la inician hnrii niífi notar lo que en él hay de claro, indicando lo que por razón de las circunstancias está oscuro, formulando y fijando con la posilde )>recision lo que anda disperso por la sociedad, revuelto con cien cosas incoherentes é inconexas, perdiendo asi el concierto y anidad que las ideas nacionales han menester para erigirse én gobierno.
1^ nueva sKoacioo que ha sido el resullado de la o<|)tds¡on de Espartero, y las frraves complicaciones que han sobrevenido después, natural era que llamasen sériamente la atención de Eurooa, y que diesen lugar a quv ocupasen de nuestras cosas nsi los gobiernos como la prensa y la tribuna.
¿Qué piensan sobre la cuestión espafiofó los irabini tes del Norte? Difícil es deternünario, por(|uc la diplomacia no está entre ellos scnnctida'á la disensión pública, ni se ven sus hombres de estado en ia precisión de dar esplicaciones que los lleven á revelaciones ünprudeules. Su sistema actual parece serla contmuacion del anterior: la neutralidad y la espectativa. No obstante, la mayoría de Isabel y la aproximación do su enlace cscilarán la'actividad de aquellos gabinetes; porque no es posible que se man no se Íes puede ocultar.
El recooocimiento por parte del golnemo de Nápoles hadado lugar a variasconjeturas, espAicándose en diferentes sentidos la misión de su rcpresenlanl.* on Madrid..\l adelantarse a este paso, ¿anduvo el rey de las Dos Sicílias de acuenfo con los deaus gabinetes? ¿Decidióse al reconocimiento con la esperrur/a de alcanzar para un príncipe de su lamilla la mano de nuestra Reina? Sí así Tuese es meaeater confesar que sus oonie-^ jeros no procedieron ron mm ho tiiio; y si es verdad que la influencia francesa mediase en el negocio, tendríamos una nncva pw*- ba de lo incierto y vacihinte de la poUtica de las Tullerias. ¿Se ha examinado bastante á fondo la cuestión del casamiento? ¿Se ha esplorado la voluntad del país nara saber hasta qué punto seria bien acogido un príncipe napolitano? Según parc< o sr ha pensado muy |K)co en eso; y ciertamente que seria mengua del pueblo español que, «i un neceeio de tamaña importancia, todo se consultase, escepto sus mtereses y su voluntad.
¿Qué represtentaria en Espafiaun priu'- cipe napolitano? Nada, ab<ohirnnifMi(o nada: y creemos que no fallan combinaciones eo que el marido de la Reina podría repreaeniar mucho. Si esta considera( ion es ó no de algún valor, medítenlo los bonil»res' |>ensadorcs. ¿Tan robusto es el poder en España que se pueda dejar á un hdo como €o8a de poca importancia lo que sea á propósito para darle el apoyo de grandes principios é i»-te re se s?
Las antiguas simpaiiat de la Francia parece que se van trocando en cariñosa sulici (ufJ: si la solicitnd cariílosa se dirige a la augusta Isabel de Borbon, sea enhorabue*-na, este es un sentimiento de fimilia; pero si se reliere á la Reina de España. se interesa en el negocio ia nación española, nación altiva y briosa, que recibe los agasajos con aquella dignidad que.la cartderiza. A ípie no petmitf que nadie se tnmc con ella el aire de protector. V iven todavía los héroes de Bailen.
Lo confcsaremoa ingénuamente: temblamos todas las veces que el gobierno francés muestra intención de ingerirse en nuestros asuntos: dejando aparte las intenciones de la Francia, nos asusta la escasez de conocílenga» pasivos cuando se éoerea el mooMBlo i miento de que adolece aquel paia en cuanto di^rusioiv's dt sw cámaras son cosa curiosa para ludo esp^tol. M. Jukb de Lasteyrie te tcviMlw estos úlUmos días «i dar i Ji. Gnizot lecciones de política con respecto iKspafia; y el honornltlo (lípiilado, que scparece creia comprender á fondo miesmsilincioii, «e espreaiba eHtérnMM m muy á proposito para convencemos de que asiera en realidad. M. Jules de Lasteyrie iosisUa mucho sobre ios fueros, preteiidteuéoqoe cMe era el espíritu dómnante en E^Iiafin, y fo que impedía una ceiitralizaciüQ seniejconle á la francesa. Convenimos Mo dicho señor en que el viicaino no se parece al catalán, ni el valeiciaao ai aragonés; pero la diferencia de tinos provinciales Qo es prueba de que viva la causa de los Cree el seior dtpelado qw \m dis* torbios que se sqscílan en Aragón son por dí'fender lo que se halla en las obras de Blaocas y Zurita?¿Ni que los trastornos de Gatahilla ae parasoan áleade 44»40? Qaíú< otro día nos ocuoemos de esc provincialismo, que es el tema de tantas vulgaridades cuando se quiere seúalar la causa que Mpennie i la Bspafla él eslablecinMeBlo >éB un íiobiemo; por ahora nos conten tarc-Ms con dos reflexiones que en Due&tro coq^ capto no tienen replica. Primera: ai es el espmta de los antiguos fueros lo que trac li^-íiNn-iCLTaflftcl pnis. >cr;i jiiciicvd'r ipie los itKtvtuiieulos de cada provmcia ofrezcan un cBficlerorigiBal: esto no sneede asi; cuando l<Í»;pfnaiinaiiMifintn revolucionaria, el anl« y seña vienen <lc Madrid, y se nota en todos los puntos una conformidad absotila. SegiinMtdniindose de' defender los iiiíiííiios fuelos, debieran figurar en primera luiea los hombres n)as adictos a las ideas y costumbres antiguas; y esto no se \erilica, antes al eontraiii^álí cabe» del movímien í ' hallan siempre los mas conocidos ¡wr ^us opiniones Innovadoras, por sii desapego a lo provincial, por su adhesión a los principios revoluciiMüita,;tales como los entu ndiMi fasr 4iennaMi»<Mle todos ios demás é^er»- mié sabrán de nuratca sociedad, lilNflia^ne de interior y recóndito, esos í^traníreros que tan ignorantes están de lo que se prei>cnta mas de bulto?, «Muestro IfMmo, decía M. Gamier Paftes en la se- Wl iel 19 de enero nlliino, no debe perder la ley aauai proteig^ eipccial- Las ¡ mente á los comerciantes francéaes, fmet casi lodos los fuhricunles estalfleciilos en Ca- I laluña son frúncese». » No sabemos de donde L habrá sacado el diputado francés idea tan peregrina: o no ha «rtado jamás en Cataluña, ó no habló sino con algtmos fabricantes franceses, que le dirían como aquellos tres firmantes: Aos k» fabritmkl» ae Cafa ¡uña.
El discurso de.M. (iui/.ot es notable bajo muchos aspectos: el ministro de Negocios estrangeros, acosado en tqdas direcciones, se hn (pierido defender de una manera satisfactoria y brillante, como suele decirse; y en el decurso de su peroración, ^ue nca guardaremos de llamar improvisación, se ha dejado llevar a declaraciones importantes.
£n el discurso de la corona se bal>ia dicho que la sincera amistad entre.el rey. de. los franceses v la soberana de la Gran SreT • taña, v la cordial inteligencia establecida entre sus gobiernos, iulundiau lisonjeras csperaataa eoo raspéete al desenlace de los negocios de Kspaña y Grecia; y M. («uizol comicn/a su apología ccii ima oslenlosa reseña de los buenos resultados de la política del gabinete francés. Herir debiera el pundonor de todos los españoles el que los ministros estrangeros emparejen la España^ con la Grecia á manera de naciones de lu mismo órden. ¡ La monanpiia de Felipe II y la monar(}nía del rey (Uhonl...Sond)ras del Escorial, dormid en pa/; no levantéis vuestras cabezas; no wem toéstros ojos lo que ee ha hecho de vuestra monarquía...!
Pinta M. tlnizot el cand>io <ali>^fii(ior¡o que se bu \erilicado en l^spaíia; hi mejora es cierta, pero ¿le debemos nada por eso á la política de las Tullerias? Si M. tiui/ol ha tpierido indicarh», nosotros lo ncgauíos re- , 1 sueltamente, >in vacilar: ahí están los he-- I chos que abonan nuestro jnicio. Cite el ministro un solo hecho (pie ajmye el siivo: no lobaru, ponpie no existe; v guajtlt^se de apelar á los hechos porque.eiHV, atestiguan la timidez y la esterilidad ie í« poutioa francesa.
«liemos aceptado, dicc^la posición e iu- Qoencia qne se nos devoWian.» ¿Quién os ha otorgado esa influencia? Si á tanto hnbies»' prestado el iniiii>lrrio, saluid (¿m* esíi política no se la insoiia la iiacioii., Llegamos á una dedwracion impor^ilue, de (pie tomamos acta, v que dudamos niu- Dlgitized by Google Dlgitized by Google «llpinos dklio al jíoliiorno in^lést^ /« incha cnhr los dos países ha atusado In destjraria (le Kspaiia, y esta hustilidiid <*s larnhicn fiinpsla á (los naciones if;ii:ilnu>n((* fuertes. Nuestro primer |)ensnniieiilo ha sido ver (luc era |>osil)le que eesasc esa fiinesla rivalidad i en la península, apelando al juicio y honradez imlitiea del ^'aliineic inglés.» ¡.Qué respondería la Francia cuando la échenlos en cara el haher causado nuestras dcsfrracias, ' puesto ípie su iniuistro de Negocios eslranperos lo confiesa sin rodeos ú la faz del! mundo? Dudamos que Peel ratilitpie la c^in- i fesion, aceptando la frrave res|H>nsahilidad que le echa encima M. (luizot. Si este se, hubiese limitado á decir míe no era conveniente el desacuerdo de los dos gabinetes, que con él salian perjudicados sus intereses ^ propios, se hubiera mantenido en los lí- I mites debidos; pero reconocer con tanta llaneza (pie las desavenencias entre Francia e Iniílaterra babian causado la des/iracia de Kspaña, es declaración (pie nadie se debia prometer de un hombre de estado. Ilav cosas que, por evidentes que sean, no deben confesarse con tanta ingenuidad. Ademas, que si bien es venlad que esa desavenencia nos ha dañado, no creemos que de ella dimanen muchos de nuestros males: la naciim estaba enferma, y los médicos (pie sin ser llamados se entrometían en la curación,! agravaban el daño con su imprudencia ó su malicia.
filemos apelado, dice M. (¡uizot, á Ja ' benevolencia v honradez política del ministerio ingles: beinos jiregiintado si la lucha permanente de los partidos en Kspana no era efecto de la rutina, del hábito y de las ' preocupaciones; y en L()ndres como en París se ha convenido que los partidos no tienen en España mas interés (pie el de que i se afiancen el (irden, la paz y la monarquía ' constitucional.» Ks decir, (jiic asi el niinis- ' terio ingh's como el francés no han coin- S rendido hasta ahora cual era la política que ebian observar con respecto á España; no han conijiieiidido hasta fines del añude f 8*3, después de largas rivalidades, (pie su interés era el mismo, y esto lo sabemos oficialmente ' nada menos que de boca del ministro de Negocios estrangeros, en el momento solemne de esponer á las Cámaras la política del gabinete. A pesar de semejante declaración, todavia nos queda alguna duda de (pie sea (an cordial la buena inteligencia ci>tre lo>' dos gobiernos; todavia creemos que tiene la Inglaterra en España intereses opuestos á los de la Francia: y en las palabra.s de M. (iiiizot encontramos una buena parte de cumplimientos diploniátic(3S, pues no podemos persuadirnos (pie a tanto llegue su candidez, (lue deposite entera cuiiliauza en la cordialidad de la polliiea inglesa (t).
Las demás esplicaciones del ministro no son menos iiiiportaiiles (pie las (pie acíibniiiosdeoir: "Hemos abordado, dice, oirás cuestiones mas precisas y delicadas; la cu(>slion de matrimonio, [Mir ej(Mi>ph», en la (pie tieuí^ dos intereses la Francia: el primero (pie no se establezca ai otro lado de los Pirineos una influencia naturalmen-4 te estraña a la de Francia. y otro (|ii|Í no nos comprometamos demasiado en lor negocios de España por uno de esos laxos que estrecliiin denuLsiado a las familias y á las naciones. Hemos louiado jx»r regla estos hechos.» En estas palabras de M. (iuizot se halla espresameiite consignado que el gabinete francés abandona definiti\ ámenle el ¡>ro\ectodel casamiento d<' Isaliei tuti uu prmci|>e de la dinastía de Orleans. No es cierto que siempre hayan sido las mismas las intenciímes de la corte de las Tullerias con respecto á este negocio, antes es muy probable ijuc se babia tenido durante alfi;iiQ tiempo la idea de llevará cabo diclM> enlace. Mas como quiera (pie esto no |)odia consentirlo la Inglaterra, ni lo llevaniu a bien las potencias del Norte, \i\ Francia de Luis Felipe, quedista muchode serla de Luis \IV, ni la de Na|>oleoii, se resigna Iranipiilainente á su suerte, y se cimienta C(m presentar como efecto dé altas coneeiiciones políticas, lo que es resultado de indeclinable necesidad.
Lección severa n'ciben con esta declaración del ministro ai|uellos (>olílicos que consideraban como un inmenso bien para la España el enlace de nuestra Heina con un príncipe fraiKi's. Hien podían conocer que no era esta la voluntad de la inmensa mayoría de los españoles; no ]>o(lian ignorar (pie mas o nieiuís directamente se opondría a la realizaci(m de senu*jante pntyecto la Europa entera, pero al menos les rpiedali*-la esperanza de ipie la Francia «icepiariapara uno de sus príncipes la mauoib- h;il)*'l. • EsU esperanza ha salido MKda: elplNenio | objetos; créemos nue para afíaniar la liift* francés aralm di* dci hirar (|ih* tatnjxKO lo ' (]uilídad y hatxT la iliiha del país se neceqoierr, porque U(» esta en til ca:íoüe arros* ^compranisos (i).. i:.. ' t í i i fBÉ IB «A 8I0CID0 PAIA U* KUB8TI06 MAJ.es. INDICACION UK LOS niXCIPIOS QVK NO CONVIENE OLVIDAR, SI SK > ^BEÜKA EKCUNTHAR EL VEROAUBRO.
^^¡uñámk en la esfera política cierta clase Monbics, que podrían muy bien oonpanursc a un arquilet lo rjiio se empofiasc on dar sulidez á lob edilicios ()or mcdiu de punida, y no pensase en construirlos á plomo. llT rt;vuollas, y ellos no las (juisienni; hay desacatos a la auloridad, y ellos desean verla reaitelada; hay una agitación iucej^le que tnbaja lu enlraftas del país v no le «feja ^¡('ífo ni descanso, y elioa annelan un órdf'ii (|p ( lisas (|iic nos ponga á cubierto de dbturbius, \ (¡ue lleve consigo la buuancibie calma dé que tanto necesita la nación. IVrn iircpriinladles de qué medios piensan echar ui.ino jwra lo;irar su intento, y os hablaran de asegurarse bien del personal del ejercito y demás empleados; de colocar al fre nte (le las pro\ iiicias fíeles políticos amante» del orden, que oliedexcau y bagan oIh;-áMer fehnente los mandatos del gobierno; Atener los distritos miUtaiea ¿cai||ode generales entendidos. leales, y sobretodo icrediladoe» por su briueza de carácter; de upar en algún nudo los nmles que ha aafndüb ludesia, atrayéndose de esta suerte li voluntad y el apoyo del clero; de neutrakur la mllueucia inglesa esirccbaudo las nlMoaes oom In Fnnda: de alcaniar sí es posible el reconocimiento de las potencias del Norte; de entablar negociaciones con la corte <le Roma, tanteando algunos medios de («Qiiliacion para llegar á un arre^ Mnitivo. Este conjunto le miran como un sistema Mnplelu de política, bastante á consolidar h situación v creai* un orden de cosas lison jm, beneááoon y estable, naveair en este modo de sita algo mas; opinamos que es preciso rementafse á mayor altura, que es indispea* salde mirar las cuestiones políticas en loda su amplitud. atender al propio tietn|K) á la sociedad, ))ensar de qué manera se bau de reformar las leyes cuya observanoia san mr compatible con « I bien público, y no contentarse con falsearlas, porque es siempre una situaciou muy violenta, y por lo mismo poco durable, la en (lue se proclama como vigente lo (pie en realidad se infringe. Quisiéramos que la £spaíia adopla.se un sistema donde entrasen para poco los hombres y |)ara mucho ka coaas; donde el individuo desapareciese en presencia de la so< i('(la(l; donde el poder tuviese una robustez intrínseca, enteramente propia, aflanaada eñ el apoyo nacional, sm necesidad de mmdi0ar eTsoaltta de este ó a(|uel partido, y mucho menos de de esta o aquella persona; desearíamos que el desacoerao de algunos hombrea, por uto que rayaran en calidades persmiales, no acarreas(! ningún riesgo al sistema político que se adoptase; (Quisiéramos eu una palabra, que el edihcio no se sostuviera por los pmi* tales sino por el aplomo.
Nadie pone en duda que una de las primeras necesidades de España es dar estabilidad y consist4>,ncia al gobierno^ mas para el logro de tan importante objeto no basta hablar en gencrs\| del xobuslecimiento del poder, es preeiso imÜcar loa medios de alcanzarte, porque la raboates y faena ért {M)der no son palabras vanas, n(» son cosas cuva creación dependa de la libro voluntad de Jos hombres, no son el resaltado de aaa lóm^ disposición legislativa; el poder real no se fortalece de real orden.
.Muydulurosa es|>eriencia uosha demostré* do una verdad enseñada por ki rason y las lecciones de la historia, á saber: qnc ningun |)oder sera fuerte en elonb'ii político si no tiene una fuerza propia en orden social, una fu(>rza anterior atas leyesyiadepcndienle de ((lie nazca de la naturaleza del poder misma V de la trabazón que le une con el pais donde se halla establecido. El No podemos [ error capital de muchos [)ublicistas modernos, el vicio radical de muchos sistemas po« blicos, están en el olvido del principio que acabaams de asentar. Pur esto se ven tan-* tos poderes legales menospreciados, tMitaa* leyes sin observancia, porque asi aquellos pera fidm ver «I desromo pstns nn son txm q\i« la obra de la mano dfl liomluT, no litMK'n mas vida y fuerza que la que sica» de estar esrritos en iin papel, y el pap<*l e« fosa muy deleznable. «La ley es eseelente, suele decirse, el mal está eii «pie no se la observa, ni hay medios para hacerla ol>servar.). ¿Qué ley será esa que no puede recabar oÍ>ser>ancia, (lue no lleva consi^ espada y escudo? 'i(!uidenu»s, señores, olmos eschunar á cada paso, que no pierda su preslifíio esa inslilucion tutelar a cuya sombrase conservan todos los intereses sociales.» El consejo es saludable, mas por lo mismo que os veis preci.sados á aconsejar en alia voz, demostráis que la institución se encuentra en una |>osicion falsa, que no puede desenvolver y ai)licar su fuerza propia, (pie se ha rebajado ese prestiiíio cuva necesidad invocáis. «Un trono desdorado es un trono hundido, )> esclamo un elocui'ule orador, proponiéndo-se evitar un fallo <pie mancillase el honor de la corona: nosotros le hubiéramos recordado í|ue el decoro de la Mafiestad ni pierde ni fíana con diez votos uías o diez votos menos; le hubiéramos dicho que se aja t(Klo lo (pie se toca, (¡ue para precaver el hundimiento es preciso en verdad precaver el desdoro, pero (pie el desdoro es inevitable si se consiente el man(»s(iO.
Ya «pie hemos tocado este punto, nos aprovecharemos de él j)ara hacer sentir la verdad de la doctrina <jue sustentamos, haciendo ver cuánto dista lo <pic es real y efectivo de lo (pie no tiene mas existencia de la (pie le dan combinaciones arliliciosas. Para mayor claridad presentemos dos suposictonet). Demos que a la víspera de la votatacion del famoso mensajie, los amiiíos del Sr. Oloza^xa hubiesen p(Mlid() conv(;ncer, persuadir, intimidar o s(Mlucir al número de votantes necesario j)ara sacar triunfante al caido Presidente del Consejo de ministros; la opinión del pais ¿se hubiera modilicad(» en un ápice? No: en el resultado de la votación se habría visto un nuevo escándalo, no un dato para juzjiar; el trono y la aiiüusta Persona (pie le ocupa habrian quedado en el mismo puesto en la conciencia y en el corazón de los españoles; y esto ¿por (pié? Por-(pie sabe el pais (pie una veintena de individuos (Hie (lasan de un lado á otro, en nada alteran (a realidad de las cosas; no inclinan la balanza donde se pesa un negocio de tamaña gravedad.
Siij>on.!ramoí« <^hi^ra qno im asunto nnáloso hubiese ocurrido en otro tiemiKi, cuando el alto clero, la nobleza, los procunulores do las ciudades teuian una representación real V efectiva, no procedente de un articulo de íey reciente, si no dimanada de las coslumbrt>s arraigadas en el pais, fundada en vcnerandoscodigosquese habianandado formando con el transcurso de los siglos, garantida por la dignidad personal do los represenlanto y por su posición social elevada é inde|>eniliente: si de semejante tribunal hubiese salido un fallo severo, ¿no habría causado una sensación profunda? ¿\o hubiera visto el pais la cspresion del dictamen de sn conciencia propia, o á lo menos no habría sentido vacilar sus convicciones en caso de tenerlas contrarías á la decisión de a(piel respelahle jurado? Y habría sucedido asi, porque U dignidad, la ciencia, la \irlud, la riíjueza el recuerdo de altos servicios hechos al Estado, y cuanto puede haber de mas venerable en una sociedad, hubiera tenido alh sus representantes; fallando estos, el pais hubiera lomado el fallo como pn>pio.
Otro ejemplo. Está esprcsaniente consignado en la Constitución que no |)ueden cobrarse conlríbuciones de ninguna clase (jue no estén votadas por las Corles: basta ahora se ha entendido este articulo de la manera que han (pierído los ministros, y cuando á ellos les ha parecido bien que se le dejase sin uso, asi se ha hecho; y no obstante el pais ha pagado las contribuciones no votadas, sin (|ue se haya parado en la falla de la condición exigida por la ley. Si la nación hubiese sido lielmenle representada, si la votación de los impuestos hubiese sido una cosa real y efectiva, (pie tuviera trabazón intima ton la razón, la voluntad y los intere>c> de los pueblos; si hubiese sido algo mas que una mera f(»rmalidad, ¿habría sido posible prescindir de ella tan a menudo, ora falseándola con las autorízaciones, ora dejándola cximpletameiile desalendida, siu cubrir la Ilegalidad con ninguna clase de velo?
l)e estas consideraciones deduciremos una verdad, en (|ue no pueden menos de convenir todos los hombres iinparciales, á saber: (pie el orden político en España está en desacuerdo con el s(KÍal; que los poderes que funcionan en aquel no son la genuina cspresion de los que existen en este. Mientras continuemos en semejante estado nos hallamos en una posición falsa; y es en vano que hablemos de dar consistencia v robustez al puder, de bacer respetable la ley. de recabar de gobernantes ni gobernados la fiel obsenancia de ella.
El principiu fundamental de nuestra teoría es que el [Mnler político ha de ser la espresioD del poder social, pues que habiendo de reunir la intcii^'encia, la moralidad y la fuerla, debe tomarlas de dunde existan, es decir, de la sociedad misma. Porque es menester observar, f^ue el poder político no es un ser abstracto smo muy concreto, en íntimas relaciones con la sociedad gol)erna(la, que iofluye sin cesar sobre ella, y (jue á su vez ' recil)e de ella continua inílueiicia. ¿Qué era, eo España el poder político en ticmtM) de los godos? ¿Quién lo ejercía? El rey, los obispos y deiuas magnates; es decir, los que tcüiau una ¡nllucnria efectiva* un verdadero | poder en la sociedad, iude|>endientemente oe las instituciones ()olíticas: la religión y la fuerza militar, ambas dueñas de la riqueza I del pais, y en {>osesion de la inteligencia tal como entonces era posible. ¿Cuándo empezó en todos los reinos de Europa la combinación en el orden político del elemento demm'rático con el aristocrático v el monárquico? Cuando el desarrollo de la Industria y comercio y la mayor división de la propiedad terntorial, crearon una nueva clase (pie tuvo en la sociedad un poder real y efectivo. I En los últimos tres siglos se verificaba en Estaña el mismo principio, por mas que no lo hayan advertido los que no han mirado | üuesíni historia sino al través del prisma de i sus pasiones ó sistemas. Durante este tiempo el verdadero y único poder político de Espafia era la monanpiía. Y esto ¿por qué? Porque la {losicion de España era escncialmeote de dominación y conquista; porque en Europa, en Africa, en xVmérica y en Asia, teníamos grandes posesiones que conservar; ' porque nos hallábamos en una situación escepcional con respecto á todas las naciones del continente; ponjue éramos los representantes de un principio religioso combatido rasi en todas partes menos en España; v por eso la grao necesidad del pais era la unu¡ad, y á esta necesidad debían [)legarsc los inlc-RMs de un orden secundario ■ La aristocracia, que no se habia convertido en corlesa-01, se hallaba al frente de las armadas y de loí ejércitos; de ella salían los {^efes de' segundo órden, cuyo primer caudillo era el Bey. En este se hallaki personificada la unidad, y por lo mismo su i)oder lo absorbía lodo. Pero nótese bien: habia en » I pais una cosa que entrañaba una fuerza propia, independiente de toda institución |)olilica, que no se habia niodilicado con el incremento del poder monárquico, y cuya conservación afectaba las ideas, las costumbres, los intereses de la sociedad; esta cosa era la Religión Católica, su representante era el clero, y este clero, que no tenia ostensible poder |K)lítico, lo ejercía no obstante en la realidad, era el único dicjue (jue encontraban las omnimodas facultades del Rey, era el solo ' contrapeso que habia para que la monarquía I ab.soluta no se trocase en despotismo. Esta verdad la ha reconocido Monlestiuieu, quien ciertamente no era muy partidario de la influencia eclesiástica. I Una teoría que nada prejuzga sobre la justicia y conveniencia de estas o aquellas formas políticas, no puede ser desdeñada ni por I los monárquicos ni por los demócratas, pues que ni á unos ni á otros es ]>ermitido rechachazar una doctrina que se cifra en la necesidad de hacer que el gobierno de la nación sea la espresion legitima de la ¡nteli¿;encia, de la moralidad y de la fuer/.a ({ue existan en la sociedad. Y decimos que con esto no se prejuzga nada sobre las formas políticas, porque puede muy bien suceder que en una monar<|uía estén mejor personificados los |)oderes sociales que en una república; asi como bastardeando aquella, sería dable que, lejos de ser la espresion de dichos poderes, no representase mas que la arbitrariedad de un ministro ó los capriclios de un privado.
iV|>licando esta teoría á la actual situación de Es|Kiña, el problema |>olítifo se reduce á lo siguiente: 1 ¿Cuáles stm |os elementos que tienen en la sociedad española un (MKÍer efectivo? 2." ¿Cuáles son los medios á pro- ' pósito para que estos elementos adquieran legitima y segura influencia eu el órden político?
Los hombres de todos los partidos echarán de ver (jue no presentamos el problema bajo un punto de vista apocado y esclusivo; (jue no coasideramos la situación ateniéndonos únicamente á estos ó a({uellos recuerdos, á estas ó aquellas opiniones; que no (jueremos perder de vista ningún interés, ninguna necesidad; que consideramos las cosas, no tales como debieran.ser ó como desearíamos que fuesen, sino tales como son, como las han hecho los acontecimientos, el Diqitized