SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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Üaltalnicntc en la época de tH20 á el gubieriiu itiptcscotativo, tal couio seiiiu- Uaba en España, leaia en oontra do éi basta -iferte punto, él mismo espíritu <lcl sif^lo; circunstanrín que nrrcriMitanflo su 'nÍ'.Í;¡iI y^Aislamiculo, debía aumeiilar su violencia, liÑIlilleUpon 7 oflcilaeiones, contribuir á su maft pronta ruina. y diferir su restablecimiento, una vez se Je hubiera (knxioado. Los escesos de la revoluciou rralicesa,'7 las dítatadas guerras que de ella resultaron, ba* bian ofrecido lecciones de saludable escarmiento: la Francia empezaba á entender lo que signilloaban ciertas palabras; b» gonieruos habían conocido la necesidad de ahr njuelarse contra nuevas lent^ilivas; y Hdctitas se desplegaba en todas partes un eran movimiento iudostríaly mercantil, que disipaba en In^ i ^ihcTas esa manía de renovar en ios ticn)i>us nioderuos tas turbulencias de tas antiguas repúblioas. La ciencia conocta IB — taadrien ana yerroü, y empezdiá á confesara los paladinamente: echaba ya de ver que asent^ir la sociedad sobre Jas' minas de toda religión y de toda moral, era un imposible: y que el crear las asambleas de los repccsmn tantes de los pueblos en tal forma que estuvieran en lucha continua con el gobierno, era zapar el edifício social en su misma basa, era inocular en las venas de las naciones un elemento de etema inqniedifi de malestar y de muerte. Por eso iba perdiendo terreno la escuela dé Voltalre^ se num desacrodilando ' rápidamente las cniislitucioiics de un solo cuerpo legislativo, se coní'esaha la necesidad I de robui$tecer el poder real; no se conliaba I ya tanto «o la sabiduría de las a8am)>leas, V se conoii.1 rn;\n funesto habia de será la tranquilidad de las naciones, presentarles á ta cima del edificio social un rey maniatado, y ro<leado continnamenta de snsploaoea y descomedidos celadores.

l*eiu por descaminadas que hubiesen andado en BspaOa las idéas liberales, y por tnil^ luerte o|)osicion que hubieran encontrado en el país sus ensayos, no habia dejado de formarse un núcleo mas ó menos hom uriK o, eu cuyo torno se apiflaban iiH sensiblemente {(.di-- l is ideas y simpalia??, <qutí no, estaban conlormes con las miras y marcha del golMemo^ Desde ta revolución francesa las ideas habían sufrido en Europa niucliíis modilicaciones en buen.mentido; pero á cuaLi)iutM'a que tenga 'á\'¿{m cx)nociniiento de ta historia |>olitica y literaria de aquella cp<íca, se le alc<in/ara lacilmenfe que ni aun ei sifiLeiundfi lo:» gobiernos ab:}OÍuiob, estaha en^annonía con; el Mt4ema del gobierno ea^ pañol, y<|uc la dirección nue se dabaá las 1 íf'as en E'^ii;ifi.i r rn iir iy niferenle del curso general que leuian cu cí resto de Kuropa. La lectora de loa periódicos esirangeroa, ta de tantas obras cuya circulación mas ó menos ülaoáiestina, era imposible evitar; los recuei^ dos, los resentimientos, el menoscabo de ín~ tareses, enm causas sobrado poderosas pare que no mantuvieran mi;i IVniMMüacion serreta que tenia ¿d gol»erno eu cuidado y zozobra. • No quiero decir que fuera fácil ni casi posible una revolución que estallase repentina' mente, poríjueel gobierno tenia muchos medios para imp^dürlo, y como e^carmeotado, andaba auspicat y rabioso; pero ai, quouna vez provocado un movimiento grave en un sentido cualquiera, no habia de ser obra fá-^ di el atajar so progreso* Verificada en Fraik- « cia In rf^vofiirinn rlc 18'Í0. se complicaba Uttcbo ia sUuaciOD; porque aun cuaudo )>re- «■Hw m etrftoler wnj diférarte de la de 1789, y no abri{i:ase proyc^tn^ de propaííanda, separaba no obstante á la Francia de la Sania Alianza; y las revoluciones de otros países, ya que do pudÍMiii prometerse de »'íln ejércitos auxiliares, tampoco tenian que temerlos enemigos. Esta sola circui^ncia era de mucho peso; porque se ha poAdoco^ Míe» por Mpmncia, que las revolucioues por mns cnpmtsro que les sea el pais en que cstailaa, por luas débiles que sean para cs- IriÉMMVfé vtmfiie'iMWtte^ 'fM siii enriNn^My listante ftmrTf'S para que no n!( í\nce fáeilmentií á (tn ribarlas el solo ínipeiu deiai» suhlevacioach Qontrapvolucionarias. ^ €egaift4á#nná0e) |>ar6do realista, pe^ r© su len^ínrítr" v prnrfflrrrv indii^abau bien á las claras ios peligros de que se veía ame- Hndo; pudi«w deeine qoe k» pirlidos estaban como dos ejércitos prontos á acó- ■eterse á la primem ne^al de combate. Í EI nacimiento de la i^nncesa de Asturias WMó eambiar la faz de los ae^ooíos; y esrhíido del trono el prinripo en niyns ideas y seolimicQtos tenwn depositadas muchos reailistas sns mayares esperanzas, haNábase wm gran parle w estaete^rada del trono; v era bi<»n fnril prever, qno si el principe esclu ido tratase de sostener sus pretensiones con las Mae ea le bhm, se aprestarían gustosos á eombatir en su defensa: ellos serían el escudo y apoyo de las pretensiones dinásticas, v estas á su vez les servirían de titulo y bandera. • Asi con la guerra de sucesión se caanpiico la de principio^:, asi ronvirtió cada rama en IMfjBociUattte de un principio, y esto fue por ÉBBMbiÉMttntoae becnes lee estmordi- Míe, Y sA lAímno tiempo tan natural, que ipmbrodorirle ni evitarle apenas podian serilr- de nada us previsiones del hombre. Ceawb lieii fenuie los soeeses, ceaede se ha visto su desarrollo y enlace, entonces es fácil decir lo que se habria podido hacer para prevenir estos ó aquellos males, y pro- nreioeárestos6ei|oelk» bienes; pero ¿quién penetra el porvenir cuando está cubierto con lelo tapido, cuando los sucesos están como ArottMOS en los hondos treanos de la ProtÜMIcia? Qw la muerte de una reina, el cai<amienío de nn rev, el narimiento de una pnocesa, la enfermeoaddel monarca, la apalieBcia de en moerle, la pioloDgacion de su ffihftinffr por en tile nu», lodo, absoluta* fl mente t/wlo, hubiese de combinarse del modo mas a propósito |»ara c|ue por necesidad se ligase le cieslíoB de pnncipios á le eeeslíon de personas, ¿quien [K)dia columbrarlo? ¿Y (pié consecuencias? ¿quién es capaz de medirlas? Cuando se han vcriiicado tan colosal^ acontecimientos, cuando se divisen tantos otros en rl cnnfin del horizonte, ¿qué hombre pensador al iifar se vista en la regia carroz», peede eonteniplar sfai asombro aquel augusto grupo, donde hay una Ifnger que recuerda una historia, donde hay mía raAa que encierra un porvenir? i _ <, i>f ' Complicadas de esta meneni las cnesfie^ nes, rri','il.,<M' rñ¡\ f:i imiri fc del Rey una situación tan ^^rave, ían diiicil, que para salir airoso el hombre que diri^neia los negocios piiblicos, no podian'lMstar los mas grandes tn! i \i\ fsacia poco sal\ iiidn [)orde pronto ia causa que tenia encomendada, y orí> liando ia difteuited, ya que no fiaen posible resolvería. Bien se penetró de lo crítico de la ]w»íirion el hábil ministro que á la sazón i >i.ilia al Irente de los negocios, y conociendo que en seeiejsntes momeflios conviene solu eníanera p:anar tiempo por poco que sea, publicó su celebre iManiliesto, que puede eurarse como uno de los mayores obstáculos que impidieron el tríunfo de J>. Cárlos.

AI Sr. Cea no j>odia ocultarse que el tmno de Isabel estaba sobre el cráter de un volcan, cuya erupción á dnras penas po<Oa contenerse; y asi es que aun cuando es muy probable que él no creia posible i)or mucho tiempo el cumplimiento cxact<> y puntual del contenido del IfaniHeslo, vi6 no'ohstante que era de la mayor importancia el separar en cuanto cabia, la causa de D. Cárlos de los intereses qne tan gratos y preciesoB eran para la mapr parte de los españoles. Vió qne foo%'enia altamente dej-iHos al menos en incierta espectaliva: entretanto ibase pros-- tando bomenage al trono de la Beína, lee ánimos se dividían sobre la mayor ó menor probabilidad de los peligros del porvenir, ganábase tiempo, creábanse compromisos, empenábaose palabras, y al embode poce yt el hermano de Femando debía presentare de hecho, no como nn ríval que lucha con otro rival paraoenparnn trono ^e la muei^ le del monarca habla dejado vacante, sino como un pretendiente que tiene ya en contra de.si un gobierno establecido y rccono-í cido en todo el ámbito de un rcinf)/ Sintióse el efecto de la medida de Geá e4 Digltlzed by Google tullas lories, conteniéndose enk'raniente la fsplosioii en unas, dehililáiidose en otras, fr no presentando aquel carácter de universa- ¡dad que lanío realce le hubiera dado á los ojos de las otras naciones. A j)esar de la j)0ca se^íuridad que olVecian semejantes fiaranlías, tueron bastantes sin embar^ro para minorar en mucho el m(»vini¡enlo (jue se hubiera pronunciado en todas las provincias; ¿y quiéd Ignora los poderosos elementos de que para el electo podia «lisponerse?

El célebre nianitieslo del 3 de octubre ha sido para los adversarios de Cea un lema de agrias reconvenciones; (x'ro los (|ue asi han hablado tendrían soiniramenle muy poco conocida la nacitui española. Si á la muerte del rey hubiese manifestado el j^obieruo la menor tendencia á instituciones liberales, si hubiera comi^tido el error de incitar la efervescencia del momento c(m algún acto en que el Irono se hid)iese comprometido á concesiones alarmantes, la esplosion ya de si muy fuerte, hubiera sido mucho mas terrible, como mas estensa. vigorosa y repentina; y si como no es creíble, una mano poderosa ao hubiera volado á sofocarla, tal vez el trono de Isabel se habría hundido para siempre, f Pues qué, se me dirá, ¿era este un bueo medio para prevenir la guerra civil? no: ¿creyó el minislro (|ue fuese bástanle su medida? seguramente que no: p(;ro uo ignoraba que en crisis semejantes lodo lo que es capa/, de disminuir la violencia de la esplosion, todo lo que pueda amauur el furor de las pasiones, todo lo que pueda causar alguna ilusión aun momentánea, todo debe aprovecharse cou cuidado; pues de esta manera, aun cuando po se consiga desarmar al adversario, siempre se esparce la división, ó al menos la iodecisiun en sus lilas; venlajas que en momentos tan preciosos y fugaces, obtienen el lugar de re|)etidas victorias. ¿Quién sabe lo que hubiera sucedido si con uo manitieslo imprudente se hubiese corrido el velo, y se hubieran presentado en |>ers|)ectiva las negras y preñadas nubes de que estaba cargado el horizonli' polílico? ¿si los temores y zozobras d<' que cshilian poseídos tantos ánimos se hubieran podido justitícar con un acto auténtico, con la Gaceta en la mano? Los hombres que lauto han declamado contra el Alanílieslo, tal vez hubieran tribulad» sus elogios fli minislro, pero quizás habrían tenido (|ue hacerlo desde los muros de Cádiz Bien recientes estaii los hechos, y ellos tliren de una manera elocuente cuáles fueron las principales causas de que se encendiese tuas y mas la guerra civil. ¿Queréis saber en qué estado se halla esta guerra, hasta qué punto están enardecidas ó ador-* mecidas las pasiones, los pasf)s de adelanto o de retroceso que da la causa de D. Carlos,, y la mayor o menor probabilidad de su trimi» fo? Para apreciar lodo eso en su justo valor,' tenéis á la mano un escelenle b:u*ometro, manejable por una n'gla muy sencilla: siempre la mejora de la euusa de i). Carlos esté en razón direcla de la exageración de ideas y violencia de medidas del gobierno de.Madrid.

CAPITULO VIII.

CAPITULO VIII.

La rápida ojeada que acabamos de echar sobre nuestra historia, debería bastar |)ara convencerse de cuan profundas raices lenia en el país el principio que alimentaba la guerra á favor de I). ("árlos; pero si esto no fuera suliciente, bastará notar un hecho que se ha vcrílicado constanlemente en todos loa puntos de la Península donde ha llegado á trabarse la lucha. Los partidaríos de 1). Cárlos han podido siempre maniobrar con todo desciuliarazo, escogiendo para el efecto aquella unidad militar <|ue mas bien les ha |)arccido. L'na división, un batallón, una compañía, un individuo, lodo han podido emplearlo siempre en sus operaciones. Un carlista con su fusil recorría sin pehgro «na grande estension de país, llegaba hasta tocar los muros de los puntos fortílirados; cuando las tropas de la Reina para hacer una marcha de algunas leguas con seguridad, necesitaban reunirse en número considerable, y según el terreno y las circunstancias, era menester un ejército entero. Acampábanse siete ú ocho mil carlistas eo país tan pobre y pelado como las rocas que los rodeal»an, y vivian allí muchos meses; y un ejército de la Reina había de regresar a un punto fortilicado en acabándose la proN ision de los morrales: una derrota con uisfRirsion, era siempre mortal á una división de la Reina; los carlistas las tenían de continuo, y sin riesgo de la fuerza principal, sin b;íjas simiiera.

Los generales (pie han hecho la guerra durante este j)eriodo, pueden decir si no es verdad que encontraban eo nmchas parles una resislencia sorda, pero poderosa, una í fuerxa secreta que desvirltiaha lodos sus I triunfos. que agravaba hasU» el estn'mo lo-; das sus dcrrolas; al paso qu«» daba nunvn vida a las nacientes bandas de cí>rlistas, siempre dispersadas y nunca estemúnadus. Aun prest ludiendo de los lieni]M»s y litu'sres en que los parliilarios de I). liarlos lleiraron 1 á formar un venhukni ejénilo, ¿quién \fO~ dra negarme c|ue siempre y donde quiera, que a fuerza de ener^íia de rarárler de algim caudillo, llegaba a penetrar en acpiellus pelotones alfoina subordinación y disciplina, formando no mus que una sombra de cuerpos militares. las ventajas de parte del enemigo no fiicnio incalculables. bastando apenas toda la pericia militar para detenerlos en su ímpetu, y huir el cuerfM> u sus ámanosos golpes? i .Mucho se ha hablado del espíritu de vandalismo, de rapiña y de piilaí!;e, señalando todo esto como causa del engrosamiento de las filas carlistas. y de (|uc sus operaciones llevaran ventajas al ejército de la Heina. Claro es que entre los carhstas no faltarian hombras perdidos (|ue so color de pelear |>or Don Carlos, tratarían de vivir á sus anchuras: esto sucede en toda clase de insurrecciones; pem si á het ho semejante se le quiere dar uaa im|>ortancia es(vsiva, si se preíende lomarle como clave para esplicar lo que solo i paede espliearse ]wt causas políticas, me pa- \ Moe^fue en refular estas ideas se interesan ' éna cosas: el honor de los militares y el ho- i ñor del pais; ponjue si los carlistas no eran ■as que bandas de ladrones y forai^idos, i ¿cÓBio es que los ejércitos no podían des* l tniirlos? se me dirá que el pais los prole- j gia; pero entonces \o preguntaré si el \ms ' es algún establccimlenln de ladronex, pues i qoe tanta protección kihria dispensado á gavillas de ladrones,; - «rtiMii'»!!'

Xo he conocido de cerca á los habitantes de otras provincias donde la insunTccion bahia tomado cuerpo, pero si á los moradores de las montañas de Cataluña; y emplazo ó todo hombre (jue los haya tratado, para que me diga, si dejan nada que desear su alicitm al trailMijo, su honradez, y su aversión al latrocinio y al pillag»'.

Todo esto, que para mt es nws claro (pie | la luz del din, niauilicsla que la causa de Don Cários se hallaba ligada con un principio e ha sobrevivido á los esfuerzos que. mas treiuta años ha se están haciendo para i estirparle; y que á juzgar por los efectos, debia ae ser ímiy fuerte, pues que ha sostenido la guerra \for espacio de siete años, y contra un gobierno establecido, ducf^o de todas las ciudades y lortale/as, v aliado con la Francia y la Inglaterra. Se dirá qwe este principio no ha prevalecido, y que el éxito de la guerra no le ha sido favorable; pero esto no prueba (pie el principio no fuera muy fuerte, sino únicamente que su adversario habrá dispuesto de mas medios. Pero aun hay mas, y es la manera singular conque ha temiinatlo la guerra: manera que no es del caso examinar ahora, porque es sobrado reciente, pero que bien de bulto manitiesta la terrible dilicuitad (pie habia en dar iin á la contienda con la sola fuen.a de las armas. Los consejeros de í). Carlos, que címocian los poderosos elementos con cjue contaba su causa, creyeron que siendo dilicil derribar el gobierno de.Madrid por medio de un golpe militar. no era prudente aventurarle; y pen>aron que dando lugar el tiempo, y de* jando que obrasen los elementos disolventes, que tantas veces amenazaron de muerte la causa de la Reina, andarían madurándose las cosas, y podriase por Iin conseguir el triunfo. £stü pensamiento era fundado hasta cierto punto; j)ero en cambio, á fuerza de calcular la posición cnemij,'a, olvidaron la propia; y este olvido los ha w'hado á perder á ellos y á su causa.

El genio de Zumalacárregui habia formado el ejercito de las provincias, y habia comprendido muy bien, que la posición era escelente para un centro de organización, para una Iwse di» operaciones y para ui» abrigo y refugio en las derrotas. I'ero muerto Zumalacárregui, no parece sino que los consejeros de I). Cários se liguiaron. que situación semejante era prolongable indeiinidamente; y asi es que convirtieron á las provincias én una gran fortideza guarnecida j>or treinta mil hombres. Aun cuando no les hubiera inspirado recelos la afluencia de tantos estrangeros que con varios títulos y prctestos inundaban aquel conq>o; las entradas y salidas de tantos oliciales como conciinian allí de todas partes, y cuya conducta era imposible vigilar escrupulosamente: el cansancio del pais agobiado con tantas cargas, y hasta con la presencia de tanta gente; el mal efecto (pie debía de producir el regreso de esas espediciones siempre á medias, siempre malogradas; aun cuando hnbíeran querido preseittdir ^ todo esto, ^eamopwUermi ohidar 4] lie UQ ejéiüito en inaocMn y cercado por t/Hl;)s parles, os preciso que se debilite y al lin perezca, por ta misma ley que eofenuarla y moriría un individuo, si manCiivieni su cuerpo siempre en una mi-^nn posicuNl, y en una atmósfera rcdueida y aborda?

i0e e^ta manera han conseguido que su caUM haya perecido de tal modo, que ni si- .l|n¡era se le ha dejado el ti<mf)r de sucumbir eu una batalla general; decisiva; nada de eso; siuo qne se ha disnelto, ha muerto de gangrena; y al presentarse fugitivo D. Carlos en!>ai< esfrangero, no ha tenido el consuelo de hablar aquel lenguaje (]ue ennoblece la desgracia oe una gran derrota: «la ^Mieiie de las armas me na sido adversa, »be visto perecer á mis valientes en porfia-•dlo combate, y vengo á pediros un asilo en •nombre del infortunio.» Que no hasta, no, pnra encubrir el ví^nlndcro aspecto de las cosas el llamar traidor a Maroto; pues que si no hubiese hibidomaeha predíspoMeísude áii* mos, sí el mal no hubiera tenido raices muy fírofurKÍas, no hubiera este general podido levar adelante sus planes. Medio aquí sin duda el pltn de un hombre; plan llevado ¿ cabo con uña audacia increíble: pero medió jUmtbien algo mas: el germen de muerte estibo entrailado por la misma naturaiesa de las cosas; de otra suerte, ¿cómo se esplica el que en 22 dias, casi sin una aeeíon, des-' aparezca un ejército de Ueiata md aguerriilos combatientes, apoyados en la opinión del pais, tan rlrcidida por espacio de seis años, atrincherados en pkzas de armas, en fuertes rsspetables, en posiciones y cordilleras inaccesibles, y todo esto teniendo ¿ su frente á su rey, protestando contra In tmi i'Áoü del general, y escilandoá los soldados y á kw paisanos é eonttnuar en la lucbaf Ks menester confesarlo: los consejen>s de D. Carlos han guiado muy mal á este príncipe: ellos le hicieron olvidar su verdadera po-Mdon; etk» quisieron que fuera un rey, cuando no crn ni'^nester i\u'' figurase?inn como el primero de sus soldados; convirtieron en corte lo que no debía ser mas que un «uarlel general; sobrevinieron las intrigas, (Oinhiáronse también ministerios, mudóse repelidas veces de política, es decir, que en ima causa que por sus principioet por sus elementos, {K»r su mismii posición, tenia ¿ ia mano el medio mas (loderoso de victima cual es la unidad, se iuirodu^ el cisma y la das laseqsas al estremo. conoibid Mareto^ plan mas osado que pudo caber en cabeza alguna: abno la escena en Esl^ y la cer-^ róen Vergara. i' * Pero aun<|ue sea verdad ouc los representantes de un principio no iiayan sauido Henar la misión ({ue se les liabia encomenda-' do, no se si^^ue (pie elprineipio ya no exis-* ta: podrá perder fuerza como prinripio politico, es decir, en cuanto era el apoyo de una determinada fama de fahiemo d se propon nía entronizar una familia; pero como principio moral v social, el prineinio vive ann: es el mismo que lia cornl>atiuü siete aíios; aun hay mas, es imposible salbaurle, por* que está arrairado pmfiirulnmrnfr en el país, y sus ramiií( acioi>es son estensas, su con* tcstura es robusta, y es preciso respetarle, haciéiKblc entrar con justas moditicadanes romo un elemento írol>ierno. ('onviene no hacerse ilusión con la vista de grandes e}¿&* cHos sobre las anuas, de eaudillas iluslisi 3ue marchan á su frente; estos ejércitos se ¡solverán, porque política y economit^njente es imposible su duración (>or largo tiempo; esos caudillos pasarán también, ó bajarán al sepulcro de aquí á poms años, o reducidos á su vida privada, tendrán en los negocios públicos la BMin inflaoNinde aiadaduM A»* tinguidM: mwm palabra sean cuales fueren los suce«tos que por de pronto se verífiqtten, pasado cierto tiempo, la suerte de la nación espafiola ha de quedar eneanmndada á sus leyes y á sus instituciones: v;ay de nosotros! si no acertamos a que sean bástanle sabias y poderosas para llenar tan altos tbjt^ ^ tos á que debmi estar deslinnáUi l a i-'»T<»rra que acaba de terminar era pro*» fundamenie social y política, esta es una ver^ dad que con?ieae nmeho no oNidar |Mra adelante; y que se ha presentado mnv ríe bultf^ on todo el curso de los sucesos. Por esta causa un militar, que no hubiera sido mas que militar, no babiia serrido' ^nnr nada; v así es qnc hnn sobresalido mns aíjueilos mílitaOLque al propio tiempo lian sido mas poHtMMT - CAPITULO H Cuando »e contem^a á esa nación grande y generosa, tan agobiada dn I ' ' "Itlknta (le encuiiti-ar el verdudero cuiuiuu qae la conduzca a la felicidad, o que al menos le projxjicioDc aljíiin descauso y reposo para cicatrizar sus heridas; cuando se oye Unta f^teria de partidos que st^ dispulan el mando, el rugido feroz de las pasiones provocando discordias y sanirre; en medio de taiilti desurden, pre;:unlase a si mismo el observador: ¿quién se encar/jará de sacar á puerto esa nave tan contluilida? (juién reoricani/aréi esta sociedad disuella? ¿serán los iHuiihres, ó las instituciones? Ks menester oolar, c^ue median en esta parle diferencias muy capitales: tiempos y circunstancias hay en que las mismas instituciones ^uian á los hombres; |>ero también hay tiempos y circunstancias en que Uts homl)res han de guiar las instituciones. Esto úllimo se verilica después de una revolución, porque entonces son (as instituciones demasiado débiles; y desgraciadamente nosotros nos hallamos eu este caso.

¿Y quienes serán estos hombres, y cuál hi de ser su sislema? Creen algunos (}uc han formulado ya un sistema de gobierno cuando han pntnunciado ('onxíitiu wn de Ik;í7; maviiriiD iite si pueden añadir el que se desenvuelva la Constitución cimformc á su espíritu y hasta sus ultimas consecuencias. No negare que en cierto modo tenga la Constitución su espíritu propio, y que puedan señalarse algunas consecuencias (|ue hayan de mirarst' como suyas; sin embargo para convencerse de cuan general, cuan vago, cuán inútil para la práctica es todo esto, si se considera solo y aislado, l>astará observar que la Constituci(»n es de sí muy flexible, propiedad que aunque en cierto modo pueda mirarse como una perfección, no deja por ello de hacerla ca|)az de servir para cuanto se quiera, si no.se echara mano de las precauciones necesarias. La ley electoral, la de ayuntamientos, diputaciones provinciales, libertad de imprenta, milicia nacional, derecho de asociación, de |>cticion y otras muchas, son susc*eptiblos de arreglarse sobre intínila variedad de bases, sia Uxar en lo mas mínimo a la Constitución. ¿Y quién no repara en la inmensi escala de esas graduarinnes? ¿quién no ve qui' esta escala compri'nde desde el sLsteina del Kslatulo Keal nasta el de la Constitución de t8t¿? Entregad la Constitución ai Sr. Martínez de In Rosa: y sin fallará su juramento, sin quebrantar DI c«catiiu^r la Coublilucion >i^uic, se valdrá de ella para conducir la nación al siatema del Estatuto: entregadla al Sr. Arguelles, y también sin ser quebrantada la Constitución de <H;n, veráse la nación conduci-I da al sislema del año \ 2. Esto no tiene ré-I plica: y si se quisiera una prueba mas de la ' verdad v exactitud de estas observaciones, ahí esta una muy |>alpablc v reciente: lo» debates del Congreso soiire ía ley de a} un- I tamicntos.

indica lodo eso cuán escaso significado tiene la |>alabra espíritu aplicada á esta materia, pues cada cual la interpretará á su modo: lo mismo puede decirse con respecto á lo que.se llama con.secucncias, pues quo siendo estas tan várías y tan opuestas como hemos visto, equivale á decir que necesarias y determinadas, no tiene ninguna.

Pero (jué, ¿ no hay en la Constitución algún principio dominante? ¿El monárquico 6 el denuK-ratico? Los moiián|uicos dicen que es menester desenvolverla en un sentido monárquico, pues cjue el principio dominante en ella es la monarquía; pero los de-[ mocraticos res|K)nderan que es necesario desenvolverla en un sentido democrático, pues que su principio dominante es la democracia: y si se les piden pruebas de ello, sabrán recordar la épwa en (pie se formó, los hechos que la precedieron, el origen de las córtes constituyentes, v sobre todo las opiniones políticas de los liombres que la formaron; iHxlrán decir: « nosotros somos I deinocráli( US, nosotros la hicimos, ¿cómo será pues |M)sible que la hiciéramos monárquica? Eso hubiera sido abjurar nuestras \ ¡deas, derribar nuestros sistemas, dar jior el pie á todos nuestros planes y proyectos, reducirá la nulidad nuestro ()afti(lo,^ en una I (>alabra, suicidarnos.» I ¿Quién resuelve esta cuestión? ¿qnién ¡ termina la contienda? ¿cuál diremos que es I el principio dominante, el monárquico ó el ; democrático? Si he de hablar ingenuamente, I diré que ninguno; aml>os están en combi- I naci(m, ambos entran en cantidad considerabie, ñero ninguno domina; y según sea el j curso de las cosas, podni desenvolverse mas |j órnenos eno ü otro, y desvirtuar á su adversario. Esto á primera vista puede paréis cer estrañu, mayormente á aquellos hombres I ¿ (luienes no se les cae jamás de la boca la I palabra de teorías constitucionaies, y que hal)lan del tíspiritu y consecuencias de las cons-> lituciouea como de cosa delcruiiuada, ma.

incapaz de tornarse en diferonles sentidos; pero nii' parece (fiic hay en esto una equivocación ¿írdve, que resulta de n(» comprender á fondo lo que son las roriniis [Mliticas: y de no distinguir países, tiempos y denias 'circuustancias. Suele llamarse ley Fundamental, laque (lelenniua las lornias pnlilicas; la palabra fniulanuntíU induce á algunos á creer que las constitm ioues son lo nía* fundamental que |ja\ en un j)ais. No pn^'de ne^rarse que con rcs|»ecto á las instituciones civiles, son las formas |M)liticas un verdadero fundanwnlo: pero estas á su vez han de ascntiirse sobre otro cimiento formado de aquella masa, digámoslo asi, en cuya composición entran las ideas y costumbres del pais, y aquellas inslituciíuicH (|ue por antonomasia se apellidan sociales.