SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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:il<'S mar u de tierra, o miiiislros de los liiUuaaleb SQpremos; y fácilniente se echa de ver ({ue estas categorías abrazan muchísimos ¡iidivídúos, mayormente en los titíinpns prospnles ea que se han prod¡¿;ado de tal modo los grados y empleos. Por manera que un ministerio (jiie hubiese hecho (nn mala iiilcnciun lo que suele llamarse una iiormidn de proceres, (wdia comprometer el porvenir del país, pu< > ({iif con la cualidad de pitalidos nos proveía del ilustre género para medio El efecto natural del párrafo precedente era llenar de empleados el Estamento de Proceres. y es!o es faldear por sii basa la representación. Lamenoais ha dicho, que el ffobíemo representativo era larepeeaentacion de un iíobimio; y cit- l lámenle que tal como está uioiil.vdo eu Francia, \ se va montando eatre nosotros, vendría al lin a reducirse á una lucha parlamentaria de empicados, derribándose allernalivainonte unos á otros, haciendo pagar al pueblo, de quien se apellidan representantes, los gastoa de la fnnctop y pÍBgtto stt^Uoi píua Um actores. Sí él gO"- bierno representativo no ha de ser otra cos^ que los gobernantes constituidos en reprc- ^i>l]tacíon nacional, entonces no se los d<'|)<<|, llamar con este noinl)re: difrase que el fíobiemo, necesitando engañar a los pueblos» toña la máscara de representante de ellos, y en nombre de los mismos da con una maño las coQtribttcioiBS que él propio recibe con la otra.

Si bten se oliserva, de la irrupción de los empleados en los cucrjws Ihiniafius represr ii -talrvos se descubre, la causa cu la eslrcma movilidad y latitud que se ha dado á esas formas de* gobierno, pues que siendo tan prei)Onderante el influjo de la> asambleas, sn ha conocido (|ue no era posible gobernar, a 00 ser que estas se compusieran en gran parte de los misnms dependientes del gobíei^ no. Con formas mucho menos latas, en que no fuera taú decisiva la iulluencia de los cuerpos representativos, no serta tan pelifiroso eliminar á todos ó casi todos los empleados; V los pueblos re[K)rlarian m.is ventajas positivas, mayonnenle en lo itiativo a la economía de los presupuestos.

Los revolucionarios de todos los ])a¡ses suelen declamar contra la admisión de los empleados en los cuerpos colegisladores^ tomando esto como uu medio de ensanchar tos líniiles de la libertad política y enflaqueccr el poder ejecutivo, ha nuestro concepta las cosas son al revés de lo <rae ellos las presentan: solo se podrá establecer que no se admitan empleados cuando el poder central sea muy fuerte, y las asambleas no tengan influencia predcMninante; de lo contrario un» inevitable necesidad ronducirá á falsear el sistema, y la latitud de las formas se compensará con el auxilio de los dependientes del gobierno. Las naciones mal constituidas son como las personas de salud enfermiza 6delicada; han menester andar siempre con mucho cuidado, obaervar un régimen muy severo, no permitirse ningún esceso, y bas> ta guardarse de ejercicios ó trabajos á que los robustos se entregan sin correr peligro alguno, antes disfrutando gran placer y acrerentando sus fuerzas. En el antifruo régimen era mucha la laxitud de nuestra administración; esto era un mal. pero indicaba un irran bien, á saber, lo fuertemente aue la nación se hallaba constituida sobro br eligion y la monarquía. 'Por los párrafos 5." y 6.* del mismo artí- 'Culo 3.* debe taaifaieii compooene el BsU- Digltized by Google mentó de PrtKMTcs de los [impíetarios terri- I gjf fl¡m JJJ ^ OOlSBWOftM tonales ó dtXM'ios f|p f;ihricas, numuCacturas ' * ó t'stabk'finiicntos niercanlilcs, que aunan á sn mérilD p6n»onal y á sus-dpcnnstancias nMín.intós. el jinsi-er" una rontn nnii;i1 de. sesenta nnl rs., y el haber sido anterionncnta procuradores del reino; y ademas, de los ijue en la enseñanza piibliea, ó niltivando las cif'nrias ó las letras, hayan adquirido gran renombre y celebridad, con tal que disfhiten ufiá renta anual de sesenta mil rs., ya provenfia de bienes propios, ya de sncido cobrado del Y.Timn. Mérilo personal y circniistancias relevan íes, son palabras de signifieadon tan elástica que bíea se podrian nndeje en c\ m;ireo coiiki una esperie de rauo. Noqtieda, pues, en limpio otra ¿;ü¡antia que ta de ios sesenta mil rs., Jo que ciertamente rs drninsindo poro pnra tan alta dignidad. Añádase a esto que en la renta ailuál no sabemos si se pudieran contar los.sueldos. pues en la ley no se espresa « y resultara la prenda tan esca«?» que no merecía Qu párrafo aparte. La limitación de haber sido procnraaor del reino sip:niiica también mny píjco, mayormente ruándose iba introduciendo la costumbre de nn andar con mucho escrúpulo en el examen de las actas. Nadie ha olvidado que el Sr. ArgOcllrs confesó on <'! llii^■Illí) Eslanientode ¡>rnriirndorrs que linliia entrado por IramiKi. Tocante a lo del gran renombre y celebridad en el cultivo de tas ciencias ó letras. vale á corta diferencia lo nnsmo qne h del níérito persftn.i! y circunstancias relevantes. £1 gran renombre cuando en realidad es ^ande, es mas evf«-denle qtio la luz del día, y á él se puede aplicar nnweUo de Napoleón: el «n! para ser sol no necesita del reconocimiento de nadie; peroeuando la palabra no se toma con tanto ripor. entran en la heneniéritn cl;i>e de los íirandemente renombrados modesUsimas medianías, que para nada hacen falta en el alto cuerpo, pues que en ellas no tiene liiirar la enérgica ospresion de Mirabeau: «El silencio de Sicyes es una calamidad pública.»

A^IICLLO VI.

En la rápida ojeada que dimos sobre el Estamento de IVóceres, tal conin In habla formado el Estatuio, indicamos varios dcíbclos de que en nuestro concepto adolecía' ' en esta parte aiiuella ley, y procuramos combatir la opinión de lo? qne juzírasen conveniente sn restablecimiento, fundándonos á mas dé las razones génerales en otras ahorrar, tí ni) ser (jiu> por buen gustó se las | particulares, (iiir Iiíu ian MMisiblcs los daños que nos pudieran traer. Fieles al sistema tjue en nuestros artículos hemos seguido, de manifestar la opinión propia después de comlíafiiln la n^rnn, esjnmdremns nuestras ideas sobre el modo con (|uc se podría constituir en Espafia un alto cueipo, que cou este ó aquel nombre llenase el objeto i que se le destina.

Cuando en las constituciones modernas se ha querido establecer la cámara alta* se ha recordado el ejemplo de la de Inglaterra, pero la práctica no hn cnrresprindido á In teoría. En aquella nación la támara de los lores tiene una influencia poderosa y prcdoniinaiitr; y en las iinitncinni-s. el aflo cuerpo no ha sido mas que un consejo nmy numeroso. En las leyes fundamentales están escritos sus derechos iguales á los del oucrpo popular: mas en realidad su voto es de esc4isa importancia comparado cou el de csle. Se ha querido crear un cuerpo legislativo, y no ha resultado mas que consultivo; se intentaba formar un poder, y se ha establecido un consejo.

I^a razón de tamaña anomidia está en que so ha ])rolenil¡do a|)licar á esta materia el erróneo principio, mejor diremos la vana presunción que tantos males está produciendo desde lincs del pasado siglo: la omnipotencia de la voluntad del hombre. No se ha refle3Üottado que nuestra voluntad no tiene ñierza creadora, que no nos basta decir qne queremos formar una institución fi:< [!t> y* rodeada de prestigio, si en la sociedad no hay los elementos de donde sacar esc prestigio y esa fuerza; Abora én -In^aterra, y antiguament(> on casi todas las naciones dé Europa, se han visto altos cuerpos, uno o uiiib, con poderosa iofluenda en el gubier-^ no. y prestando grairie^ servicios á!a carisn ' )ul)líca. «Formémosle tanihicn nosotros,] tan tiicho los aticinnados a lubricar conslitiiciooes, y nuestra cániara hará el mismo efecto que la de los fnn-s la firnii HrolaíM, V que los eslados u brazos de nobles y ecleSásticosde los diados anteriores:» El abatimiento en (|iie vive la nveva institución cslá hurlando h'* eeyiemnrn^: lláadasc la razón de ellu, en que a^i en in-> Aterra como en ta antigua Euro|>a los altos ' cuerpos son la espresion de clases sumamente pndcmsas en si mismas, independientemente de toda organización política. Por aiSDera que al verlas formando ana cémara ó un Ijraro. no f!rl)tMiio«; considerar la institución política sino como una especie de rcgniarizacion de lo que ya existe, no una creación del simple pensaMiít iito del hombre. Ademas, es pn'n>fi:ii!vt>rlir que aun esa niisnia regularizaciun lia sido obra de la lenta acción del tiempo, v (pie ningún hombre puede ¡íloriarsc de haÍHTscla dado. | Estas verdades siMinn i^MíIido de \ista en la lbriuaci(ni de las constituciones njodemas, por m\o motiTo estamos presen* ciando la nulid.ul á que están reducidos los altos cuerpos. ¿Qué sip;niiica en Fnincia la cámara de los pares, á pesar de todos los artículos de la Carta? ¿Qaereis saberlo? Suponed que se halla en ojHJsicion con la de los diputados en un punto de alguna im- Mrtancia; aauclla sucumbe y esta tríonra. Se podrá apelar i la disotacion, cierto; pero si la nueva elección es en el mismo sentido uue la anterior, la cámara de los pares leñaré qoe someterse y disfrazar del mejor modo ¡wsibleln Iiiniiiliantc retirada. Y esto, ¿porqué? Porque la camra alta representa uaa especie de privilegio, y en Francia no le hay; porque h cámara alta debe contener en STi seno clases distiiimiidas, y en Francia el nivel ha pasado sobre todas las cabezas; norqUe sí encierra respetables individuos (le la clase media, de estos se bailan muchos en la enmara popular; ponpie &i aquella cuenta nolabilidaaespor su saber ó riqueza, riqueza y saber cuenta también la otra; y enlin, porcjue los mismos elementos!\w darian fuerza a la cámara f lectiva snn snmauicnle débiles en la vitalicia, a causa de que th el oriiren de la una se ve la sorobta del privilegio y la voluntad del soberano, y en la otra se ve el símbolo de la isnialdnrl y de fa ioi>eraoia popular r que Un hondamente se lian grabado ett ét húiíwftt' ét h'socñdAd' írancesa.

La Kspafia se halla ciertamente en un es* tade muy diferente; pero no deja- también de ofrecer gravf«;ima« dificnltadcs para qnc en este sentido sea dable establecer al^'o que pueda echar raices en nuestro suelo v producir buen fruto. Entre nosotros no liaT el espíritu democrático francés. que encierra ' algo de la irreligiosidad de Voltaire, déla fi^a arrogancia de Rousseau y de la inde-' pendencia individual ilimitada, bija del desarroMí> de la industria v comercio; pero en cambio tenemos esos hábitos de igualdad, que ^sea dicho con perdón de ios que se " horrorizan de nuestro anfiiruo despotismo) se anduvieron formando durante los tres últimos sifílos, desde que reducida la aristo-' cracia á los salones de la córte se vió nivelada con las demás clases, y oMiirrí'l'i no pecas veces ¿prestar borne nagc á ministros \ privados salidos de humilde ama. Bl único gtnten, por decirlo a.si, que mantenía unida y conqiacta esta -^nciednd. era el principio reiígiosu, pues que la misma monarauia hubiera perdido sií fuerza cuando le nubiesé faltado el an\ilio de la rcüpinn. Por lo demas, ttslá di'sciiYiiello entre nosotros el espíritu de ¡¿iualdad de una manera estraor-* diñaría; espíritu que se manitiesta en toda^ las relaciones sociales, y quellepa á cansar estrañeza á bs que nos visitan por primera ve2 viniendo' de países aristomitícos. Es preciso no olvidar esta observación: de la (pie resulta que si se llejra á debilitar mncho la religión en España, no habrá nación mas ^ difícil de gobernar.

Como (juiera, examinemos hasla (pié punto será dable formar un alto cuei|)o, de suerte que sea algo mas que un nond)re escrito, ó una reunión que tenga todoS los' iiK finvenientes de una cámara y de un consejo. y no ofrezca ninguna de las ventajas de a»p¡clla ni de este.

A la primera ojeada se echa de ver que • linn de entrar en In cámara alta los Arzobis-^ pus V (ibispos..\si se ha reconocido en Inglaterra, a!ii se halla esiableeido en las'anliguas Cortes, bien que formando en estas un cneq)o sejjarndo, Vai todos los países donde las Cunslilut iones no han nacido de una revolución súbita y preñada de elementos disolventes. la reli.i:ion representada por sus ministros, ejerce una poaerosa iolluencia; y en Francia, donde esto no BeV€tilÍ-' Dlgitized by Gooale ca, 6^ lamenlaa Ue laioaña falla los hombres de estado. Véase lo que decía Mr. (iuizol en la sesku de Ja cámara de los pares de?! tic mayo. «Yo no soy de aquellos que quisieran reuucir y disniiouir la influencia social del clero; él debe ocupar en Ja «ocie» dad el puesto que le corresponde, y lejos de negarle una parle le^tima de innucncia estoy profundamente convencido de (jue si ea el CoQsejo real hubiese un eclesiaslíco, y en esta cátnara un banco de Obispos, la mayor parle áv los embarazos con que ahora nos encoiUrainü^ no existirían. Estableciérase entonces una saludable alianza entre la inJluencia religiosa y la íufluencía política; una fu$ion, una avenencia do que se aprovecharían igualmente la Iglesia y el Estado. Porque no creo yo que el Estado salga ganancioso aislándose del clero; y t»n mi concepto, todo lo pudiera hacer cesar este aidamiealo sería condúceme al bien público y al i>roí;rpso de la educación moral y religiosa. Pito, señores, hay en ciertas épocas necesidades que es preciso reconocer y sufrir, aun sin resignarse á ellas; hay circunstanrias h ijo niyo yugo es menester inclinarse por de pronto, trabajando empero OOQ ardor para corregir en lo venidero ios errores que actualmente sufrimos.»

Esto dice un protestante, y con respecto á una nación como la i*rancia, donde ia religión ba recibido heridas tan anchas y profundas; ¿(jué será, pues, sí hablamos de España, (i(»n(le el catolicismo se conserva arraigado en el corazuii de los pueiilos; donde el pestilente aliento de las doctrinas irreligiosas solo ba llegado á iiilicionar á un círculo muy reducido; donde los prelados son objeto de la mayor veneración, donde la noticia del alzamienU) del destierro de los Obispos produjo \m alborozo universal; donde ios ilustres proscritos al regresar á sus sillas son obsequiados y vitoreados con un entusiasmo de que sin verlo no es posible formarse idea? La ncecsiílafl. pues, de un banco de Obispos un la cámara alta es en España de una necesidad indisputable: si en este cuerpo se ha de reunir lo mas respetable é inílnyenic del país, seria una ceguera inesplíeable el no dar cabida á los Obispos.

La dificultad está en lograr que una institución tan provechosa no se falsee, llegando d banco de los Obispos á ser un caput wwUatm, como se ha dicho,del de loglala sociedad ¡ostitucioiieg cscelenles; lo que falta es su desarrollo genuino; porque la flaqueza y la maldad del hombre abusan de lo mejor, inulili/an las cosas mas fecundas y convierten en nocivas las mas provechosas. El problema con respeeio al objeto que nos ocupa es: cómo se puede fograr que el banco de los Obispos no sea un nombre va • no, y que siendo provechoso bajo muchos aspectos á la iglesia y al Estado, no dále cQ ningún sentido ni al Estado ni á la Iglesia En el numeru anterior dijimos lo sulicieute pra evidenciar lo perjudicial ifiie podia ser la admisión df electos, y por fo mismo nos abstendremos de insistir a(|ui sobre la necesidad de que los Obispos ({ue asistan á las C<)rtes sean veidaderas Otnspos, es decir, confirmados y cnnsai;rados.

En este supuesto, queda la duda de cuántos han de acudir y quién los ba de designar. Según el Estatuto real, el nombramiento de los Obispos proceres quedaba á voluntad del rey, asi en cuanto a la elección de los individuos como á su líúmero. Obraba en esto la mira de ascgurT-:i1 trono una in-Huencia sobre el Estamculu, pues en éi podia introducir á las pei-sonas ^ue fnescft de su agrado.. Ademas, se aplicaba álos Oliispos!a misma regla que á las otríis clases, de ia.s cuales podia el rey escoger los individuos que 1c pareciesen mas á propósito para que la máquina de los poderes públicos ejerciese sus funciones de una numera provechosa.

A primera vista no so cree ría que hubiese mucho que oponer á este modo de mirarlos objetos; y antes parece que se procura cooj. ciliar el respeto debido á la clase con el li~ I hre y desembarazado ejercicio de las prcrogativas de la corona. Siendo el alto cuerpo una institución moderadora, conviniendo sobremanera que el monarca pueda prevenir los choques, buscaiido elementos armónicos, ¿qué inconveniente hay en que se deje a la discreción del rey la elección de ios Obispos V el númeio de los que han de concurrir? Muchos y muy graves.. Vamos á probarlo.

En primer lu^ar, con semejante sistema se introducen pnvilegios y distinciones en favor de personas de una misma clase, lo aue siempre es un mal, |K>fque manifestaao predfleccion por parte del qu«.elis«ipuede Digltized by Google favorecidos; v acarreando á los agraci adM I lH>nor II otras ventajas, seria posible que hubiese rivalidad entre los candidatos. Cuando una clase es muy numerosa, por ejemplo la de los nobles, <'ntonces no se siente tanto la ditérencia; pero ¿como dejará de hacerse muy notable no siendo el numero de los elegibitw mas que treinta 6 cuarenta? I'or el fnismo Estatuto son proceres natos todos los standes que reúnen las condiciones que alli se prescriben. que son únicamente las que se han considerado necesarias para asegurar la independencia y dignidad del rango: si siendo pocos los urandes que reúnen laseondiciones espresadas, se hubiese dejado • la vtiluntad del rey el elegir de entre ellos an Dúmero deiermiñado, los no agraciados imbieran crrido (|ue sutrian una especie de (tesaire. Pan-renos que en «'I caso presente iiiihla lu iiiÍMna ra/on, pues (|uc á lodo Obispo por el solo hecho de serlo, se ha de su-¡«ncrque reúne las circunstancias precisas para ocupar un puesto en la cámara alta.

Dejando la elección al rey sin sujeción á I regla, probablemente sucedería que ¡ ^ i/iiispos nombrados luesen los amigos pi'rsoüales de este o aquel ministro, loscjue luvioran muchas relaciones en la corle, los atkioQados á vivir en ella, y <juc por lo mismo pusiesen en movimiento los convenientes resortes para alcanzar la gracia dei^'ada. De esta suerte resultaría que unas ciianlas iglesias quedarían privadas por laraños de sus pastores, y estos corritTan Ul vez el peligro de aflojar un tanto en aifuel elevado teiiiple, (]ue si bien se hermana admirablemente con la circunspetcion y la prudencia, es uno di* los caracteres en que ínas del>en sobresalir los que sirven de muro al pueblo de Israel.

Direaios Irancamenle nuestra opinión: diez ó doce Obispos nombrados pniceres vilalícios, y por consiguiente no relevables, nos parecen mal; pon|ue vemos diez 6 doce ijiieiias condenadas á no ver nunca 6 muy wiavcz á su prelado; porque vemos el anibiente malcHco de los salones de la corle obrando de continuo sobre personajes que, ¡"ít su elevada dignidad, no dejan de estar CiipoestQS á. las miserias humanas; porque Vemos que el gobierno |)odria muy bien sacrificar la causa de la Iglesia y del Estado á sus designios |>arliculares, nombrando, no i kw mas sabios y virtuosos sino á los mas flexibles.

Hasta por lo tocante á la independencia de la Iglesia no dejaría semejante sistema de acarrearalgunosinconvenientes. El banco de los Obispos, formado de hombres (|ue obtuviesen su puesto de una manera inadmisible, produciría naturalmente el «pie pocos Obispos, siempre los mismos, adcjuiriesen mucha influencia en los negocios eclesiáslicos; y es menester no olvidar que esos Obispos estarían en circunstancias muy diferentes de las del resto de sus hermanos. La historia, maestra de la verdad, deposito de lo pasado y presagiadora dal porvenir, nos enseña que en circunstancias críticas para la Iglesia, algunos Obispos débiles ó malos, han causado grandes desgracias, y contribuido a sumir á los pueblos en los horrores del cisma. También se ha vislo otras veces, que no llegándose á una abierta ruptura de la unidad de la Iglesia, ciertos Obis[)os han tolerado, ó consentido, ó fomentado, nue la potestad temporal eslendicse sus racultadcs mas alia de lo justo; que entrase en el mismo sanluarío; que alli dominase como señora: embelesados con los encantos de la corle, nadando en la opulencia, abrumados de distinciones, se adormecían al hechicero lenguaje de la lisonja, v no advertían que entretanto la jwtcslad civil les arrebataba el cayado y demás augustas Insignias de su cargo pastoral.

En un hombre acostumbrado á la muelle vida de la corle, apegado ya á los honores y consideraciones, envuelto en una red de relaciones alias v lisonjeras, hallan muchos mas flancos débiles el engaño y la seducción (pie en quien vive entre las sombras del santuario, dirígíendo con frecuencia palabras graves y severas á los Heles, snjelo á un tenor de vida que le esl.i recordando de continuo la altura de su misión y la estrechez de sus deberes.. Esto contríbíiyc á formar aquel carácler austero para sí mismo. suave para los demás, pero del todo ¡nflexíble cuando está de por medio la causa de la Ueligion, y se llega al caso de optar entre la obediencia á Dios y la obediencia á los hombres. ¡Puede lanío una insinuación vana y lisonjera de un alto funcionario con quien.se > tienen intimas relaciones, de quien se reciben lodos los días finísimos obsequios!...".' ¡ Puede tanto una proposición (pie lleva por delante largo preámbulo de lisonja, en (jue se ensalza la prudencia, la ihuslrada piedad del personaje á quien se tantea, en que se Google Google ttdMH ciiAltM la voluntad. dfi wm altas rogioncs, y lo complacencia con (jiie seria niindo lodo io ({uo contribuyese a allannr diliq^iUides; en que ul propio tíenipu (|uc se pralesta la mas pcofundk veneración á los ránonos de la Ijílcsia, se hacen resaltar las pr<^rogativais de la corona, que eu un caso estremo, los goberaanles sabrían defender con divinidad; es tanto el embarazo y conflicto de quiiMi tal ve/, tiene pendiente una pretensión de ascenso propio, o de un pariente ó aini^o, quien lat vez acaba do recibir del alto fMn¡)leado iiDB solicitud despachada favoral)leuienlc, y que mira en sus manos el papel. Tragante testimonio del viu- | calo de gratitud que le somete al míame á quien deüiera dar la nef?ativa!...£1 cuerpo del Episcopado apoyado en la cátedra de Pedro es la verdadera garantía de la independencia de la Iglesia: y los gobiernos i\iv' ]){)v satisfacer un capricho, una pasión ó un interés pasajero, buscan auxiliares en este ó aquel prelimo á quien hayan logrado alucinar ó corromper, creen haber obtenido un triunfo que robustece su fuerza y estíende el Umite de sus facultades, cuando en realidad solo alcanzan debilitar la inlluencia de la Religión sobre el ánimo de los pueblos y suscitarse embarazos. Quizas se llevan las cosas á puntos estreñios, de loa cuales no es posible retroceder sin confesíonea dolorosas al orgidlo. dado caso que no se (piisiera sallar la valla y arrojarse desalenladai)iente por un senderó de precipicios.

Creemos, pues, que para evitar tan graves peligros, y supuesto que. atendido el espíritu de la época, si se quisiese que el gobierno Goosullase á todo el Episcopado, probablemente se ronsi'üTtiiria que no lo consultase uun(;a, sena conveniente ((ue se. declarase qne todos los Arzobispos y Obispos son miembros natos del. alio.coeipo, y que el Rey pudiese designar en cada convocatoria un cierto número du ellos para (^uc acudiesen á las <4Órtes. Asi se conseguiría: 4.*Qae las iglesias de Kts Obispos convocados no estañan largo tiempo sin pastores, pues (pie sabiendo estos que son llamados únicamente para aquella ve/., sabrían que cerradas las Cortes debi-u volverse á sus diócesis. 2.*" No se eslablc(;crian di^tiucioues que siempre 4raen consigo alg^^dfl^ odioso. 3." El voto de los Obispos en maíeriaa civiles s<'na mucho mas ilustrado y sólido, como fiiiuhilo en datos positivos, en conocimientos prácticos da mo todos los Obispos serian llamados allernativaiuente, eu el trascurso de. algunos anos no quedaría ninguno sin nanllaf; 7 por tanto, ningún país de España por retinf-(lo «|iie fuera e insignilicante (pie pareciese, estaría sin luuer a las inmediaciotoes del gobierno nn órgano tan leapetable coito él da un Obispo, o." De esta suerte se baria nuicho mas fácil el formar la estadística, mejorar el sistema tributario, reformar los demás ra moa de adminisiraeion, pues que al gobierno no podria oscogilar un modo con q«e recibiese las noticias de las necesidades de los pueblos por un conducto mas Juicioso y desmteresado. 6 " InsensibleaNBle se iría consiguiendo que varias mejoras se introdujesen por un camiuo suave, v al propio tiempo no rafoctado de impiedad y eorrapeíHk 7." Se remediaría poco á poco esa profunda desconíianza de los gídiernados con respecto a ios gobernantes, lo que es una de las grandes calamidades qne trabajan tas entraA» de nuestro pais. ¿Qué fuer/a no adquirirla sobre el animo de l(»s pueblos una ley á cuya votación eonlrihuyeran los Obispal? >...

Bastan estas indicáciones pan oeMmlnr la importancia dfi lo que projmnemos: pero repetiremos todavía, que si se han de conseguir tan halagueflos resaltados ba 4& ner promoviendo el desarrollo giemÍBoda la n»-titucion, no falseándola por miras aviesas ó intereses de momento. El banco de los Obispos en el' alio cuerpo puede ser tm éneoin del Estado, ó una cosa inútil, cuando no dañosa: lodo depende del modo con que se realizase esta idea política; lodo de{>endcdc ai ae buscarían dignos y celosos defensores y promovedores del bien de la Iglesia y del kstado, o flexibles instrumtínlos para hacerlos obrar del modo que se quisiese sobra el Estado y la Iglaaía.

/•^•aibiiei ft£ LA cmiTliGWN.

ABTICDLO Til.

.f.La fonnáaon un banco de próccrcs hereditarios envuelve ciertamente una mira de profunda política, porque en general jMíde asegurarse que es provechoso, á la {gwqailidad y bienestar de los estados el crear instituciones que representen grandes intereses del país, y seaa al mismo tiempo independientes de la voluntad de los homkns. Todo lo que está encomendado á la lihre discreción humana adolece de cierta jÍAStalMlidad, que m le cousieutu echar bondit nicna ni ejercer sa aeeion de ona mata^ regular y saludable. Esta verdad se aplica no solo á los pueblos sino también á los gobiernos: reyes hemos visto (juc tediados por su orgullo, ó engañados por per tidos aduladores, ócondiK'idos por insidiosos consejeros, han hecho un uso niahsinio de sus prerogativas, dañando a la nación á cujm tranlA.ae haJiaban, y. zapando el miamo ^onu que se proponían engrandecer.

nada tenemos que objetar á la instirpaan de los próceres hereditarios consídejada en si misma, paro abñíianios algún reeelo de que tal como se estableció en el Es-.4»UiU>« no había d« llenar el alto objeto á fw se la destinaba. Ya iadicunot en el ar- ;ulo anterior que doscientos mil reales de nta nos parccian {»oco para tan elevada jllgaidad, pues que no su Uat<i unu ámenle 4b seotener con decoro el rango de grande y de procer, ni de ascííurar la independencia del individuo, sino de introducir en el lito cuerpo elcmentps de mucho prestigio é ilAnenoia, de otorgar influencia poUtica á iSpáen ya la tiene real y efectiva indepen-^roite Uc las leyes políticas, de hacer que «bn dft ona manera regular y penniuMnle ; 'Pllne8fertdel f:obierno lo q'ue por fuerza .jMpia e<itá ya obrando sobre la sociedad, branque reunau esta^circunstaneias ios pró- Heiea heredílarian es preciso que baya una razón particularísima que motivt; y justiliqne una distinción tan señalada; y por lo mismo para acaudillar empresas, para ios primeros puestos de las asociaciones qi^ tengan [>or objeto acarrear beneficios^ en una palabra, es preciso qon Ja casa 4¿1 grande hereditario represente por si sola muchos intereses, que el voto del procer sea por si bastante pcideroao para atraer na* merosas voluntades, y que de esta suerte las familias en (jue estén vinculadas las dignidades heredit<irias sean como utius tactos puntos céntricos, desde los caaleíii|uniaii muchas ramiíi< aei()nes que envuelvan cu su red una porción considerable del pais« £a no lográndose este objeto, la institución será una cosa cHBBen;'.ngurará en los artíciit los de mía ley. mas no inüuirá eficazmente sobre la su<^icdad. Doscientos uúl reales alcanzan deseguro {lara tan vastaantencioiieBi el grande cuya renta no esceda de djcbi cantidad podra vivir en la corle con decoro, mas no le sera dado derramar por los pue^ blos notables beneOekie, jd le fiobrarán e^^ pilales para impulsar y kémlatM^W^'* lio de los intereses materiales.

Cuando eii el Estatuto se lijo la roula mencionada, tal vez se tuvo eypi cwmta to consideración de (pie habiendo men^'iiado mucho la renta de los grandes, v llevando camÍDode menguar ca4a dia mas,.^i se hubiese asignido una renta niayar halu ian sido muy pr)cas las casas que hubieran disfrutado del honroso privilegio, üu, «d efamen, fia.los documentos presentados á fai tmmm ifil^l^ tas del Estamento de Proceres, se echó de ver que era bastante dilicil la justilicacion de la renta esprus¿)da, y ciertameuti- que en lo sucesivo debiera serlo mnoho mas, ya por los quebrantos sufrirlos en iiuníío de la guerra civil y vaivenes de la revolución, ya también por las innovaciones hechas en la legislación de mayorazgos^ Todo esto signiiica la suma dificultad de crear semejante institución de uiui manera que pueda producir al pais benefisios positiivos, é inspira el tenor de que si jio se to-> masen muchas precauciones, fuera esta ley como otras tantas de EspaAa, q¡iie en los co-(bges lo son todo y en la oealidad no son nada. Añádase á esto el abatimiento en que han caído las clases altas, no solo por efecto y Boba»ta que el grande pueda sostener supo- ij de los ulLiuios trastornos, sino también yor uicion con decoro y dignidad, ni qne su ca- |l la acción debilitante que sobre ellas baajel^ sa ostente un lujo deslumbrador; es preciso ] ndi» por rancho tiempo la monarquía. que le |iobim^abiind(iate6 caudales para ejer- •> kjos Ue aoateuerlas como estaba cu su iutefés y etf c^tVto lÉ nádoR, ha trabajado por enflaquecerlas, y resullnrá ser muy difícil el pianteir m este sentido una iiü^titucion que sea niií*» mas (jue un ensayo, y no se la pueda llevar el viento al primeVsnpli». Como todas las plantas débiles. no pmlria sostenerse y levantarse sino con el apoyo de otra mas robusta y eneumbnMla; y asi, siempre qoe se intentase alí^o en este sentido seria menester enlazar fuertenienlt; la nueva inslitucioD coa el trooo, y oo pensar en plaatcnrhi sino en el supuesto de establecer ana constitución muy monárquica. Lisonjearse de que con una ley fiinflnmi^nlai formadn á semejanza de las consliiucioiies modernas, seria posible arraigar la instUncion de proceres hereditario-^. fuera no conocer la Espailta, no conocer el espíritu del siglo, que ya de suyo tiende con vivísimo impalsu á derribar cuanto se distin^'n por una sombra de privi!e::io, y nhiitir t.js eminencias que esceden del nivel que la democracia se empeña en tirar sobre todas las cabezas.