SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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Estalla la revolución, créase un poder terrible para derribar; entonces los tronos' - desaparecen, el pueblo lo es todo; porque^ asi conviene para el triunfo de aquel mismo' pensamiento, que había sujetjido a su direc-* cion el mismo poder de los reyes. La revolución peligra por sus proj)ios escesos, se ne-» cesita un hombre que personilicándf)la en si' propio, pueda asegurar el triunfo de las^ nuevas ideas, y garantizar la scíriiridnd de los nuevos intereses: ahí esta.Najwleon. I^ libertad desaparece, el despiismo mas puro se enlrcmiza, ])ero no importa: este bombr». por su origen, por su posición, y por toda:» sus circunstancias, no puede favorecer el orden- social antiguo: el representa el nuevo órden de cosas, él sacara venredora la revoluríon; después «le haberla impedido el sui> cidarse, la organizará, la regularizará, la cubrirá de gloria en cien combates; él fonsutiará el hecho que espresa el pensamiento dominante de la revolución: operar un cambio profundo, radical, en el corazón de la sociedad. ¿Veis (Hté diferencia de lases? pues todo marchaba ai mismo fin, todo se dirigia á derríhar para siempre la organirarion social antigua, á asegurar el nuevo orden de cosas fundado en l<»s principios de la escuela domi- ' Dante: se cambiaba de formas políticas, se echaba mano de varios principios políticos, es decir, se mudaba el instrumento; el inslrumeoto es cosa indiferente, lo que conviene es | que sirva, y que sirva bien. Esta es la causa por(|ue Na|)olcun se encontró rodeado de iirmisimos apoyos, y fue aplaudido con vivo entusiasmo, no solo por parte de aquellos que le | aírradecian el que jíor de pronto sacase la Francia del caos, no solo de aquellos (lue se arrobaban de entusiasmo á la vista oe sus ' grandes lia/.aftas, sino también de los que llevaban mas allá sus miras, y (|ue parece debían tener menos simpatías con el despotismo i del Dictador; bé aquí por qué apenas encon- ' Irareis a uno que sea enemigo de la organización social antigua, y partidario del nuevo | orden de tosas creado \H>r las revoluciones, ■ que no pronuncie con res|)eto, con vivo interés, coa entusiasmo, el nombre de Napoleón.

Los hechos que acabo de citar manifiestan hasta la evidencia que las formas y sistemas políticos son siem|)re instrumentos de ideas e intereses sociales; que si dejan de serlo, se reducen á un mero simulacro, son una má({uinn que^ no sirve, uii objeto que no puede escitar sino un interés débil y pasa- i gero. Si relie \ioiiamos un instante, eucon- | traremos la razón de esto en el mismo co- i razón humano. Loque mueve al hombre, lo qoe le estimula para obrar, lo que le comunica actividad y energía, cual se necesitan I para consumar grandes hechos políticos, es aquello que le alerta decea'a,que esta en continuas relaciones, en contacto con su existencia. £s á veces una idea grande que ie iteñorca y sojuzga, que sin cesar está prc- < senté a alma, que bajo misterioso velo le ' manifiesta su origen y le señala su destino; es quiza un interés material que se le ofrece como el único recurso para satisfacer sus necesidades; será un tenor de vida en que pueda hacer mas amplio y libre uso de sus fncullades, ó que sea mas conforme á sus gustos e inclinaciones; |R'ro siempre es rae-; nester que sea alguna cosa que no se separe de él, que sea como la atmosfera que le rodea, como el aire que respira; nunca será bastante una iníluencia interrumpitia |>or largos trechos, y que ademas solo llegue á focarle de un modo débil é indirecto. Las formas políticas por mas latas rpie se supongan, y |>or mas ojKírarios t^ue reíjuieran, es bien claro que para el movimiento ordinario de la máquina, han de necesitar un número de brazos que con respecto á la generalidad de la nación ha de ser siempre muy escaso; y 8Í bien es verdad que llega de tiempo en tiempo el uso de los derechos |)oliticos, que se esliende á mucho mayor número de ciudadanos, pero esto es á trechos distantes, solo de vez en cuando; y ademas el ciudadano, aunque en este acto es|)erimente algo (^ue li.sonjea su amor propio, vuelve luego a entrar en la oscuridad de las ocupaciones domésticas, hallándose escluido de la arena política, donde ve que unos pocos encuentran gloria y provecho.

Asi es (^ue la afición á las formas puramente políticas ha de.ser siempre muy pasagera, si estas no se miran como el apoyo de ciertas ideas é intereses; los entusiastas puramente políticos, son muy pocos; y si |)enetrainos en el corazón de un hombre, sea cual fuere el color político á que pertenezca, encontraremos la razón de sus opiniones ó aliciones políticas. o bien en ciertas ideas suyas que afectan de cerca al individuo, la familia, ó á las relaciones que forman como la trama de la sociedad; ó bien en ciertos intereses de que no puede prescindir, y (|ue por una ú otra causa, se habrán vioculado con tal ó cual sistema. irn Ksla d<K.*trina, en cuva verdad han de convenir los hombres (íe todas opiniones, esplica las anomalías que presentan á cada paso los partido:^ políticos. Están dominados de una idea principal, la que tiene bajo su dirección la idea |Kiiitica que han adaptada; viene un caso de lucha, la idea política ha de ceder, pr»rque es de un orden se.< undario; y como a fuerza de meter ruido habin figurado como |u'incipal, hace mas visible la contradice ion, y deja en su desnudez la apostasia. (>laro es que de esta regla no |)odia esceptuarse el partido llamado progresista: todas sus opiniones y simpatías oslan por los sistemas iK)pulares, pero no puede desentenderse (le su pensamiento dominante, cual es, comunicar al individuo y a la sociedad aquellas ideas y sistemas (|ue son la norma de la escuela á que ha debido su origen. No es menester preguntar si las ideas v sentimientos de una gran |>arte del pueblo español están en favor de esa escuela: basta recordar cuál ha sido su educación, cuál su conducta durante los treinta anos de nuestras revueltas; hasta traerá la memoria hechos bien recientes, y sobre todo basta dar una mirada á tanta san^írc <|ue estii todavía humeando. Un señor diputado cuyas opiniones son bien conocidas, el señ(»r Sancho, dijo que el actual congreso era una minoría con respecto á la generalidad de la nación: y cuenta, que no lo dijo porque el conf^reso fuera moderado, sino que se esprcsaha asi para siiinilicar, que aun las ideíL*; de este conjíreso eran nías adeiant^uias que las dominantes en la generalidad de la nación. Si esto se verifica con respecto a las ¡deas de 4os hombres del actual congreso: ¿«jué será con relación a otros, que tanto nías se aiwrtan de las ideas, sentimientos y costumnres del pueblo español?

Resulta de lo espuesto hasta aqui. que el partido progresista ó habrá de abjurar sus ideas sociales, ó nunca podrá desenvolver en España de un modo franco y genuino, sus principios políticos. Estos son muy latos, muy populares; pues bien, que apele al pueblo, al verdadero pueblo, y este condenará sus sistemas. Los gefes de este partido lo conocen muvbien; y [lara eludir seme- {'ante comiironuso habrán de ))rocurar que lastardeen instituciones políticas, que ellos mismos ensal/.an; habrán de apelar al pueblo; pero temerosos de su fallo cuidarán de que en su mayor parle no se interese en la contienda: hé aquí una posición eminentemente falsa, (pie por necesidad habrá de acarrear gravísimos males, y presentar á cada paso complicaciones muy difíciles. Cuando so trate de elecciones de diputados y senadores, se verán precisados á defender la elección por provincias y á combatir la que se haí¿a por partidos; porque solo de esta manera podran arrastrar la ( uestion á la arena donde de vez en cuando pueden contar con |)robabilidades de victoria; cuando de arniamenlos, invocarán las clasiliraciones, las escepciones, con variados pretestos, pero en realidad para que las armas no vavan á Enrar con abundancia á manos de aquel puelo ({uc no los ayuda; en una palabra, siempre habrán de procurar que el elemento democrático no se desarrolle sino en ciertos puntos, y bajo condiciones determinadas; es decir, (jue incurrirán a cada paso, imi una contradicción, abjurando sus propios principios, y desvirtuando sus instituciones. Pero quiero prescindir de todo esto, quiero suponer que la generalidad del pueblo estuviera de su parte, y que iMidie.sen desenvolver sus sistemas con toda estension, sin ningún recelo de suicidarse..Ni aun en tal caso ¿podría convenirnos esa escuela que mira siempre con desconlianza el poder, que profesa aversión á las gerarquias antiguas^ que dando una exagerada importancia a la libert^id individual se olvida de asegurar cual conviene el orden públicx); de esa escuela que ve siempre al individuo, nunca á la sociedad?

No cumpUría a mi propósito entrar en cuestión sobre tantos puntos como se han controvertido, y se controvierten aun resiwctoa semejantes maU rias; pero diré dos palabras sobre los objetos mas capitales. Es una verdad evidente, y en que convienen en la actualidad todos los publicistas, que sea cual fuere el porvenir (pie haya de caber á las formas políticas de las sociedades eun)|M>as, por ahora, y atendida la organización de estas sociedades, necesitan un poder central, robusto y fuerte. Es cierto también que este poder en Europa es sinónimo de poder iv.a\, y esta es la razón ponpie todas las naciones de Europa, aun aquellas que se rigen por instituciones mas liberales, miran el trono como la principal salvaguardia, como el paladión de los grandes intereses do la.sociedad; ¿qué bienes, fmes, podrá traemos un sistema que tan ácilmente se alarma |>or cual(|uiera estension de las lacultades de la cortma, y que siempre es de parecer de limitarlas y cercenarlas?

Otro de los nrincipios dominantes del progreso, es el renucirlo todo al individuo; es esa aversión, ese horror á todo lo que es clase; ese temor de que adquiera nre|Mtnderancia aquella (|ue está encargada de la educación religiosa y mora! de los pueblos. Estas tendencias ¿II dónde se encaminan? ¿es acaso a satisfacer alguna de las grandes necesidades de la sociedad? ¿á (pie ese oruríto de igualarlo todo, de nivelarlo todo Y Cuando es mas claro que la luz del día, rjue si algún grave peligro amenaza á las sociedades moderuas, no es por la preiMitcncia de las gerarquias, sino porque á fuerza de individualizarlo todo, la sociedad ha quedado como pulverizada.

CAPITULO xm.

CAPITULO xm.

Se ha formado entre nosotros un partido que cuenta catre sus miembros una parle muy selecta de la nación; que apellidándose ron distintos nombres, y presentándose con formas mas o menos constantes, ha ejercido mucha influencia en los negocios de nuestra patria; y que al parecer, alimenta una convicción profunda, de que solo él es capaz de sacar la E^^pafia a puerto seguro, y de labrar su prosperj44d y ¿^nuideza. Pronunciando sin cesar lis palabras, moderación, oportunidad, lino y lentitud fii las reformas, sin imttidar el afianzamiento de la libertad, se halla p<>rsuadido de que posee la feliz, combinación de las dotes (jue se necesitan para gobernar bien en la presente época: como son, vasto saber, buena voluntad, y un gran fondo de previsión y cordura.

No trato de relwjar en nada el mérito de estos hombres; ¡Miro séame perwtiido preguntarles, ¿cómo es que hayan presentado el estraf^o fenómeno de parecer fuertes mientras estaban por subir al jKwler, mientras combatían á sus adversarios, mostrándose luego vacilantes, flacos, incapaces de dominar las circunstancias, asi que han empuñado las riendas del mando? ¿cómo es esto posible? ¿no se han aprovechado de las amaras lecciones (jue ha recibido la Europa por l^acio de medio siglo? ¿cuál pues, podrá ser la causa? ¿.será la guerra? ¿serán circunstancias pasageras, pero inevitables? So negaré que haya sido mucha la influencia de estas causas para producir semejante efecto, pero la mas radical, la mas profunda, la mas eficaz, es otra muy diferente: es que los moderados han estado por lo común en una posición inuy falsa, no se han levantado á oastante altura para comprender la verdadera situación de España; y asi es que sus pabbras no han tenido un eco universal en la nación española, y sus sistemas han encontrado, cuando no abierta resistencia, al raenos una inercia invencible.

En esta última época no han faltado hombres de ese partido. que han levantado muy alto la vo7 para señalar la senda del bien; y que aunque |)ertenezcan á las ideas de moderación, han mostrado no obstante que habían meditado seriamente sobre la nación española; arrojándose con noble resolución á d d señalar los yerros que hablan cometido sui propios amigos. Asi es que ubservaudo atentamente el curso de las ideas, se nota quf va formándose un nuevo partido moderado; vque si bien su nombre es el mismo, su bandera es diferente de la que habían enarl)olado algunos de los moderados antiguos. Aun hay mas: y es también muy de notar ue se van aproximando los viejos moderaos á los nuevos, hecho que es muy fácil percibir en el lenguaje que han empleado de algún tiempo á esta parte.

Y á la verdad ¿como era posible que hombres de tan claro entendimiento pudieran desconocer, que mientras su sistema llevara el sello, aun(|ue retocado, de una escuela muy aborrecida en España, no era posible ({ue encontrase en la generalidad de la nación, ni a^myo ni simpatías? Los escesos de la revolución francesa dieron origen á una nueva escuela, que.si bien recíl>ia muchas de sus insniraciones de la del siglo XVIII había tomauo por dÍN isa: escarmiento, desen-(¡año. Para esta escuela, los principios de la del siglo XVIII eran escelentes, sus miras muy altas y generosas, solo q^ue tuvo la dcsr gracia de ser demasiado amiga de teoría^ de cuidar poco del exámen de los hechos, y sobre todo, los hombres encargados de realizarla, fueron hombres de mucho estudio, f>ero de ninguna práctica; y asi es que si brilaron en el gabinete como' sabios, cometieron gravísimos yerros cuando se vieron convertidos eii hombres de gobierno. Como esta escuela ha estado muy en boga en Francia, Imesto que algunos de los hombres mas céebres de esta nación, ó la han fuudado, ó han tomado en ella sus lecciones; como las vicisitudes de nuestra patria han arrojado frecuentemente á países estraños á los nombres ue liguraron aesde un principio en el parti-0 liberal; como nuestras revoluciones y restauraciones han tenido alguna semejanza con las de Francia; no es estraño que a muchos de nuestros hombres los hayan deslumhrado aquellas doctrinas; mayormente cuando la instrucción de algunos de ellos fue bajo las inspiraciones de la íilosona del sigloXVIU, y no eran tampoco para desconocidos y olvidados, los desengaños y escarmientos que en tanta abundancia habían podido recogerse en la Península.

En Francia puede ser mas ó menos peligrosa esta doctrina, podrá dar mas ó menos resultados, bien que al fin por necesidad.se iré (fchifitamlq, á caosn del gérinen de imierlo (|uc eulrafia eri su seno; pero en España es inaplicable, eiuiienlra siempre resistencia; y si hubiera empeño en se^iirla, no baria mas «pie |)rnlonírar nuestra inquietud y desdichas. En ciertas épocas hemos visto cjue el sistema moderado podia formularse en eslos términos: esto es bueno \wro no oportaito: y la f;encralidad de la nación que pensaba cpic ni era oportuno ni era bueno, oía con recelo semejantes |>alabras, y miraba á los moderados con aversión, ó cuando menos citn suspicaz desconfianza.

Si estos hombres quieren dominar el porvenir de la nación, si (juieren que ííc les encomiende el curar los males de nuestra patria y labrar su prosperidad y ventura, es menester (jue se despojen completamente de las preocupaciones que les inspiraron sus primeros maestros; preocupaciones que los cieí;an todavía, aun cuando les parece que han abandonado enteramente la enseñanza recibida en la escuela del si^do XVdl. Es menester que no muestren tanto apeí,'o á sus primeros recuerdos, tanto interés por ciertos principios, tanta esquivez hacia lo que á estos nrincipios se opone; y que examinen con cuidado su corazón, para ver si quizá algunas veces, obedecerá á la influencia de antiguos rencores, fomenlado.s y airriados mas y mas por las privacicmes y padecimientos que Ies lian acarreado las vicisitudes políticas.

No bastan ya, no, esos sistemas indecisos y flacos, que' no jKirece sino que tratando transipr con Fas ¡lasiones de todos los bandos, V que al fin no consiguen otra cosa que ser odiados de todos, viéndose en la necesidad de sucumbir al primer choque: ¿tantas y tan costosas esperiencias no pueden ya haber desengañado? Los escesos de la revolución le han enajenado muchas voluntades, y han ido separando de la lista de sus fautores á todos los hombn's mas notables por sus talentos, por su saber v demás calidades; únanse de una vez con franqueza, con entera cordialidad á la nación esj)añola, abandónese ese leníiuaje irritante, «pie sea cual fuere el comedimiento con que venia involucrado, al fin podia traducirse: respeto tu reliijion fxtrquf conozco nue eres un fanático; no íe doy mas (¡railos de libertad porque erex brutal y abusarías de ella; muéstrese mas respeto á las creencias de ese pueblo,Jrel¡gioso, sí. católico, sí, 'ppro noble, pero prande, pero írei9>f(>^?) f hnVa'pe^tíriffa^ de (Jtie no se erií^irá en derecho la injusticia, que en lugar de la libertad no se {)ondi-á la licencia, que con mil vanos preleslos no se falsearán las instituciones; llámese bien al bien, y mal al . mal; y esto sin [mlialivos ni rodeos, y a I bueii sej^iro qne no es ingrata la nacton española [lara no reconocer los beneficios, no es tan poco entendida que no alcance á dís- I tiufíuir el verdadero mérito, ni tan falta de hidalguía, que no (juiera tributarle la con- CAPITULO XIV. " No hay otro medio: los hombres que han de gobernar la nación, es menester que res- ¡Kiten allamiMite los principios <pie ella resjícta; de otra manera no hay que esperar remedio á nuestros males. Cuando una nación ha estado por largo tiempo esclusivamenle sujeta á la influencia de algún principio, llévale siempre gralwdo en el corazón, y espresado en su fisonomía; así como un individuo aiwnas puede despojai'se en toda su vida, de II las ideas, coslumures y modales que se le ' han cimiunicado en ta uifancia. El principio niimárquica, y aun mas el católico, han tenido por largo tiempo bajo su influencia a la nación española; y hú aquí la razón de la I gran fuerza que tíeiien en España eslos dos principios; he aquí por(|uéhan sobrevivido á tantos trastornos, por (lué han resistido á tantos elementos disolventes como los han atacado; hé a({uí por liii, la causa de que j después de siete años de la mas deshecha borrasca, cuando parece que ambos debie- ; ran haber naufragado y descendido al fondo del abismo, vuelven a presentarse lodavúi sobre la superficie del piclago la monarquía i V la Religión católica, ofreciendo una líibla üe salvación, y consotando el alma con lisonjeras esperanzas. Observad sí no, el curso de las ideas, escuchad esa voz (|ue se levanta por los cuatro ángulos de la Pcuíusula, para (]ue se robustezca sin deplora el i (1) Skle aúofi liuii traücurridu tjuiulü qw hv eMTibió t'jtW capiUilu; ol parlido iiiuiierudu &o ha [ visto cii la (ii.'.sj{nu-ia y eii ia pru.sporidail: el públi-; 00.salM» lo (iiic arrojan los irtIios; ji'i/^riifse iior I ellos ^ * " '•{'•"" Hi'- i-í., {Ktder, para que nada pierda el trono dtt esnlcudur y nia¿t»'hlad, para (|ue se respete la Keligioii Católica, |>ara que se asegure la subsistencia ¿ «us ministros y no se les disputen las consideraciones y la veneración, que por su alto niinislerio les son debidas. ¿Que si^nilica todo eso, sino que vuelven á tomar su ascendiente a(piellos mismos principios, que aun cuando parecieran casi ahogados por el torl)ellino de las |>asiones y partidos, couservahan no obstante su vida ea el fondo de los corazones, único asilo (juc les haltia quedado? Isslos dos pruicipios son como los dos (k>1os, en torno de los cuales debe ^'irar la nación española. Si se la saca de aquí, sera sacarla Je su quicio; yerro tantu menos |>erdoual)le, cuando se reúnen para prevenirle las lecciones de nuestra historia, y de bien reciente y dolorosi cspericncia. ' . Admitida como ha de serlo por los hombres de todas opiniones, la fuer/a que en España tienen los dos princi|)io.s. el monárquico y el relifíiaso, conviene notar ademas, que el rellgiaso escede mucho al monarquicu en tirinexa y oncrpia. Ksla diferencia (pie potlria ya esplicarse aleudiciido solo a los objetos sobre que versan esos principios, y a las relaciones que tienen con el corazón bumnno. Túndase con res|)ecto a España en h»-'ch<» propios y característicos. La Keli.uion Católica ha sido desde Recaredo la única religión de los españoles, y bajo su principal y casi esclusiva inHuencia, se han formado ■aestras ideas, nuestros hábitos, uuestras ooslnnibrcs, nuestras instituciones, nuestras leyes: en una palabra, todo cuanto tenemos, V lodo cuanto somos. Asi es que en Kspafia las únicas ideas religiosas son las católicas, los únicos.sentimientos religiosos son los católicos, y (jue el principio católico es fuerte, enérgico, esclusivo, incapaz de ceder terreno á ninguno de sus adversarios. En España DO hay como en otras naciones aipiel sentimiento medio religioso, medio iilosohco y blerario, (pie se alimenta de las vaguedades del pn)testantismo, y de las inspiraciones de la lilosofia, y rpic no esperimeiilando ni choípies, ni resistencia, y acercándose ya de süvo al frió indiferentismo. carece de susyitaeia. romo de calor y de fuerza. En Esft^9 hay convicciones católicas muy vigorosas, sentimientos católicos muy pi-ofiindos; ¥rnmo ademas la introducción repentina de ía tiiotoÚlnát Volt^iire hizo ipie se brillasen * encaradas de golpe, sin ningún preservativo, la Keligion Católica y la impiedad, ha resultado que entre nosotros los sentimientos católicos.son recelosos, suspicaces, se alarman con mucha facilidad, ])or(|ue se les ha dado ¡ demasiado motivo para hacerlo.

I Es menester no perder nunca de vista esas verdades, pues que ellas indican que I por lo que toca a materias religiosas no cabe en España transacción, sino que es menester que el Catolicismo sea respetado y acatado en toda la estension de la palabra. No se vcrilica lo mismo con res|)ecto a la forma I de la monar(}uia; pues (jue si bien es verdad que el principio moiiiirquico es muv robusto en España, y que aun tomado cu el sentido absoluto, no deja de tener, comoescvideatc, numerosos partidarios; sin eml)argo no me parece que liaya cuesta parte tanta fijeza (le ideas, tanto apego á determinadas forj Días, (|ue la generalidad de los esi^añoles oo se acomodase de buen grado a las instituciones políticas que han sido combatidas con tantii tenacidad. 1^ pre|>onderancia del priu cipio religioso sobre el monárquico no se estrañará, si.se observa que este no se ha presentado híijo la misma íorma en todos los I periodos de nuesini historia, ni en todas las provincias de cuya agregación se ha formado el reino. I^s leyes de Castilla, de.Navarra, de Aragón, de Valencia, de Cataluña, \ las colecciones de fueros, privilegios y libertades; la memoria de sucesos ruido.sos, los I restos bastante notables de antiguos usos, recuerdan todavía á los españoles, que b I monanpiia no ha sido siempre entre nosotros tan absoluta é ilimitada como en tiein|)o de Carlos III..No nei:are (|ue la monarquía absoluta estuviera profundamente arraigada, y que los hábitos de la nación se le hubiesen completamente acomodado: observaré no obstante. que bastarf)n las escandalosas escenas del reinado de Carlos IV para que el pueblo esfKiñol esruchase sin alarmar- ' se mucho, al principio de la gaerra de la independencia, que era conveniente poner cortapisas á la autoridad del poder supremo, para (pie no abusase de su fuerza en contra de los verdaderos intereses de la nación: y i tengo |)am mi, (|ne si los hombres del año doce se hubieran ronvenrido, (pie la narion española estalxi fatigada de la tiranía de los privados, pero que no (jueria en cambio la tiranía Hlos<Wica, ron toüdn el séquito de hiit teorías descahelladaí de la escuela del «- ídtí XMIl y de hi asamblea constituyente, no hul)ii>raii encontrado tan tenaz resistencia. ni hubiéramos visto nuestra desgraciada natria ant>gada en un piélago de sangre y de lágrimas.

Allí está c! origen de nuestros males: en esc muro de división que se ha levantado entre la religión y la política, en haberse hedió el nombre de novedad sinóninu) de irreligión, el de reforma sinónimo de destrucción, el de libertad de licencia: y este pueblo grande y geniToso, que á pesar de ser motejado de bárkiro [)()r miserables habladores que no son capaces de conocerle, conserva un fondo de nobleza que pocas nacio-Bes sabrian imitar, ha dicho ya mas de una: «si queréis la lik'rlad, si queréis nuevas instituciones políticas, enhorabuena, hágase lo que se juzgue conveniente; pero si me engañáis < onozco u)i fui-rza y sabré emplearla;» palabras terribles en l)oca de un pueblo como el español, <|ue tiene tan vivo sentimiento de su fuerza, y que salie echar mano de ella con tanto brio y energía, con . ten heroica constancia. Yo no se si se ha reparado en (jue este pueblo, á quien algunos han querido pintarnos tan indiferente, tan a|>!'itic^ y t<in al>atido, es sin embargo el mas terriblemente tenaz é indócil, cuando.se le quiere nianejar contra su voluntad, cuando se le quiere imponer la ley a la fuerza.

Tocos los grandes ejércitos, todos los inmensos recursos, toda la habilidad y astucia del capitán del siglo se estrellaron contra la firmeza y heroisnm de los españoles. Las grandes naciones de Europa, esas naciones tan brillantes y poderosas habían doblado humildemente su cerviz y lateuiiin humillada bajo la planta del vencedor de Marengo, Austerlitz v.lena; y los bisoños soldados es- iañoles peleaban impertérritos con los veteranos imperiales «pie venían orlados con los trofeos de la Europa vencida; y cuando las grandes capitales de Europa y sus mas ¡nesmignnbles fortalezas se habían humillado ante los ejércitos franceses, contemplando sus triunfantes entradas con asombro y es[>anto, Zaragoza, Tarragona y (lerona burlaban con «u constancia y denuedo todos los esfuerzos del \alor, de la esperiencia y del arte. Nadie ignora cuáles eran las granríes ideas que pusieron á la.sazón en movimiento al pueblo español: Religión, Patria y liey; hé aquí las palabras que circulaban por todas las bocas, hé aquí lo que resonaba en todas partes, lo que se aclamaba en el combate, lo (jue se oía en los himnos de victoria, lo que daba aliento y esperanza en la adversa fortuna; b¿ aquí lo que comunicaba á los españoles aquel brio y energía (|ue les grangeó la admiración de la Europa entera.

Cuando los pueblos están dominados de ¡deas tan grandiosas, ad(|uieren aquel temple de alma necesario para sñWr airosos de las may ores empresas. Como ¡deas semejantes se ügan con todo lo mas caro que tiene el corazón del hond)re, y con cuanto le ¡nsp¡ra nwis veneración y acatamiento; la acción que de ellas resulta es ¡rres¡st¡ble, duradera, tenaz, á la prueba del t¡empo: y s¡ ha llegado a encrudecerse con el cí»mbate, es menester ores|H'tar las ¡deas del pueblo. ó aniquilarle. Los cho(|ues vivos, la compresión lenta y po<lerosa no conseguirán mas que aumentar la fuerza y elasticidad del resorte; este gastará siempre el agente que le contraresla, y sí una mano ¡nqirudente se le opone de golpe para detenerle del todo, esta mano será hectw pedazos.

CAPITULO XV.

CAPITULO XV.

En medi(» de la grande actividad v energía que distingue el carácter español, notase con dolor que hay una inmensa masa de ciudadanos que.se abstienen de tomar parteen los negíR'ios públicos, limitándose a ccmiunicar sus ideas y de.-^ahogar sus sentimientos en el seim de la amistad y de la contianza. Para convencerse de la verdad de este hecho, iKista recordar lo que suc^íde cas¡ s¡enípre en toda clase de elecc¡ones. No negaré que esta conducta liaya acarreado gravísimos males; pero no me parece (pie deba buscarse la causa de tal comportamiento en algún defecto del carácter español; antes sí en las circunstancias particulares en «jue se ha encontrado nuestra patria.

Desde que sucumb¡eron la." comun¡dades de Cast¡lla en los campos de V¡lialar, escasa parte cupo por mucho t¡em|)o á la nac¡on española en el manejo de sus negoc¡os. Arrojados de las Corles el clero y la nobleza, falseada ó niejor diremos ani<piilada de mil modos la representación de los l*ro< uradores, cercenadas, escatimadas ú olvidadas por el desuso las ámplias lil)ertades de los pueblos de la Corona de Aragón, concentráronse todo6 los poderes en el consejo de los reyes, sin que \ior lar^u esparto cuidase la oacioD de otra cosa que de oljedecer. Vino ei año doce, é inlrodujéroDse ias fonnas representativas; y conio estas se amoldaron enteramente á la eonslitueioD compuesta por la Mmblea constituyente, fue todo tan nuevn para el pueblo esfuiñol, que en su generalidad a|^>enas tomo, ni tomar pudo parte alguna. En treinta años' de f;uerras, disturbios y re\'iiellas, son ya muy repetidos y sobrado costosos los escarmientos sufridos por los liomhres que se arrojaron á íijíurar en uno u otro sentido: unas reacciones se ban sucedido á otras reacciones; unas violencias á otras violencias: y tantas emigraciones, persecuciones y [xatibulos lian do[)ido dejar en los ánimos una impresión profunda.

No habiéndose visto en toda esa é|)Oca nin^'un fíobierno que contase con estabilidad V limieza, piies que basta en los intervalos de paz, aun se mantenía la actitud de quiep siente temblar la tierra bajo sus plantas, ba debido cundir entre cuantos tuviesen algo (|ue perder, cierto espíritu de concentración dirifiido esclusivamente á la conservación de sus íaniilias e intereses; resultando de aqui esa aversión á figurar en público, ne miedo que se tiene á los compromisos ¡lolilicos, y esc aislamiento en que se hallan unos con respecto á otros tantos ciudadanos, que por otra parte están muy acordes en sus opiniones.