SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

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S'>a romo fuere, el impulso rsiá da. lo: lo que luiUia está d^tocado ya; nadie es capaz de asentarlo de nnevo sobre sólida basa. O volveremos á la revolución, ó Itegaremos al punto á que se ha de llegar: este punto no sera el mismo de partida, porque es imposible votrdr al aAo I83!í: pero está colocado sf mucito mas allá de!o que pretendo fijarle el miaistcrio eu sa proyecto de re* forma.

' Y cuenta que sí pasamos de nu<>vo por la revolución, nadie es capaz de calcular la trascendencia de ios acontecimientos: por do pronto espantosas catástrofes; luego solo Dios lo salie.

MtMÍilenlo los Imnibres de la situación; echen una mirada a ese horizonte que se en- Mgreoe; atiendan á los islntomas iioe estamos presenciando; no olviden la amcua/a que les acíiha de dirigir el emigrado de Londres. Vean si Ies conviene quedarse solos; si basta el decir: «me sobran fuerzas; r-e es un 'lomhre gastado: sus secnare<son impotentes; deseo que bagan una tentativa para escarmentarlos.» Lo mismo decía Kspartero, y cuantos han sucumbido han dt- SÍHO á ta flWfM' IM^M*^ fÉ Mbtotf8^«-^rtll sentimientos monárqaícos v religiosos, que en nada se oponen á una libertad bien entendida, ni al progreso que consigo trae el espíritu del sij^io. Conviene pmsar «Igoma en las inslitiicionesy algomenos enloshomhn-s; conviene pensaren como se robuslei» el trono de una manera positiva; en cómo se logra que funcione con acción podiffMi y fecunda esa grande insiiturlnn, fjne ahora circunstancias infaustas tienen enervada y poco menos que paraMIca.

Sin c^to serán estériles toá»9 las reform» eonslilucionale«:: eontinuaremos del mismo modo que antes; se dispatara sobre si ha de sor un poso mas ó menos; sobre títtHoé aquello ataca la esencia del aohierno represeiitati'.o, ó solo;)re< ía sus accidentes; ven nn^iio de esas disputüs podrán sobrevenir acontecimientos de Yída 6 de ntoerte, <{■§ pongan en peligro el trono y en ' la sociedad.

el Mr. Biartlnom de la Bou* en ím.M^ BimHdet Setuul^dein^L de UMlcid SO dtMlulMde Al hablar del artlcriode la refomMtituciona!. en que se conceda ni n'v libertad para contraer matrimonio, def que probablemente se atríbnian at mitmleria intenciones que estaba muy h'jos de abrigar.

('laro es (\nf^ aludíamos at rnhrf de la Heina con el lujo de D. Garios; porque es bien sabido (¡ue algunos te alarmafeu osn aquella modiiicacion, recelando ipie el gobierno qfiisiera r 'vpÑilr al Tronn d»» amplias facultades para lli vara cabo ti icho enlace. \a)S antecedentes de los ministros, y so coiK duela i]p<\\c (Hie tiein n In honra de acnn«*^- jar á M., nos inclinaban a creer que semejantes recelos eran infundados; ó mejor diremos, estábands en It convicción, de qoe cho lo mismo. Ks preciso, es indispent^aMe, |l los indir idons que componen el actual trihi es urgente buscar apoyos firmes, no contar en las-bayonetas solas. ni en ia polícia. ni en el temor de los castigos. Desgraciadamenle tenemos la e.spcriencia (íw la sangre no produce mas que sangre; ia muerte de las vietimes que pcreeieroa ayer no espanta a los que - jwnen á serío'mañana..\penete, no solo no serían (partidarios de, dictw proyecto, sino que se opondrían é In renl^ cion del mismo con todas sus Oierzas. No nos hemos engañado; y la prisa que ha llevado el ministerio en sacar de sn ilusión a los qoe pudieran haberia padecido, y los términei en que ha hrrivt sn drrlarncion solemne Icse, ño a medios transitorios y fioleatos, i han venido a coniirwar nuestra opinéon, y é I uiauifeislar que el niiniüterio, muy lejos de proyeclarel espresado enlace, sienle sobremanera quo ni por un instante pueda su política ser objeto de esta sospecha.

El Sr. ministro de Estado, aprovechando la primera ocasión que se le ofrecía, pronunció en el Senado en la sesión del 2Í de octubre un disctirso notable bajo dislmlos asnéelos; {)ero sobre lo<lo muy csplícito en toao lo que dice relación a i). Carlos y su familia: y no solo fue esplícito sino que anduvo acompañado de tal acritud, que contfMtaba con la- habitual templanza, que es una de las cualidades caracterislicas del señor Martinez de la Itosa. No se contentó con sostener la legitimidad de doña Isa))cl II, lo que era muy natural en un ministro de la corona; no con asejíurar (jue 1). toarlos no síjIo no tenia derecho, pero ni aun pretesto, pocs que según el señor ministro de Estado no hay en el mundo un monarca que reúna mas títulos de legitimidad que la augusta Señora que se sienta en el trono, sino que apellidando á D. Carlos una y otra vez principe rebelde, y tratando á sus partidarios con dureza singular, se [)ronuso (luilarles toda esperanza a conseguir nada ni para don Carlos ni para sus hijos, ni por la via de las armas ni por la via de las negociaciones.

«Que se vea, dijo, que el partido que levanta la bandera del principe rebelde, no solo In sido vencido en los campos de batalla, no íbio sucumbió en los canipos de Vergara, donde los que antes iwleaban como enemigos se abrazaban como hermanos, sino que se desvanezca Inda esperanza de lograr por astucia lo (jue no se consiguió por la fuerza, eninnúo furtirnmenle en el palacio de nuestros reyes los (pie no consiguieron coníjuislarle jior la via de las armas.»

Nada eslraño era que el.Vr. Martinez de la ¡tosa bubiera consignado su opinión, nosolo sobre la cuestión dinástica, sino también sobre la no conveniencia de verillcar el espiUndo enlace; no era eslraño, refietimos, por que asi lo esperaban cuantos habian reflexionado sobre sus anieccdentes y principios: pero hubiera sido de desear (|ue esta declaración, aum|ue esplícita, no fuera dura, irritante, empleando términos poco decorosos cuanóose trataba de un principe infortunado, y de Ui partido respetable |K)r sus convicciones y porel denuedo con que sostuvo su causa enel campo de batalla. Era de desear que en boca de un ministro de Estado, de un orador de tanta nombradla, no hubieran sonado las palabras de astucia, de entrada furtiva y otras todavía peores, refiriéndose sin duda á la propuesta de negociaciones de que se habló en las cámaras inglesas, y no sabemos si á otras que posteriormente hayan podido tener lugar. El.SV. Martinez de la Itosa podía decir, si asi lo creia nect'sario ó conveniente, que el gobierno estaba decidido á no escuchar proposiciones de ninguna clase en favor de i). Carlos o de sus hijos; podía declarar á los partidarios de este príncipe que depusiesen toda esperanza de que el gobierno se prestase en este puulo a concesiones de ningún género; todo esto p<idia decirse con lirmeza, con energía si se quiere, paro evitando al propio tiempo palabras duras (jue irritan á millares de españoles. La desgracia, y esto no lo ignorad Sr. Martínez de la Rosa, la desgracia es muy sagrada; las convicciones son muy respetables; y un hombre de estado, un hombre (|ue del)e colocarse en situación elevada, examinando con imparcialidad el carácter y las c^iusas de las discordias civiles, debe siempre recordar la diferencia que va de los delitos comunes u los delitos políticos; y aun cuando defienda con energía el partido que ha abrazado, no debi" perder de vista que en las guerras civíIqs lo que para unos es crimen para otros es virtud, lo que para unos es rebeldía para otros es cunqilimiento del deber, lo (|ue para unos es traición para otros es heroísmo. Menos que nadie debcria olvidar el autor de la Viada de Padilla <|ue Sí venciera cual héroe N' adaniarau, Y vencido traidor lu apeiiidarau.

Mi •HJ.

El orador conoció sin duda el estremo É que se habia dejado llevar por el calor de la improvisación, y asi es que, volviendo en si, protestó que no era su ánimo insultar á un partido vencido, lo que era en cierto modo confesar (|ue sus palabras habian sido demasiado fuertes; «pero, añadió, cuando olvida tantas lecciones y tantos escarmientos; cuando olvida que por su causa ha corrido la sangre española por espacio de siete años; cuando trata de alcanzar de una manera tortuosa loque no ha podido conseguir jyeleando, es menester que esto se diga en íilta voz para que no quede duda ni dentro ni fuera de España.») Permítanos S. E. que hagamos notar una contradicción de su discurso: acabt. de Afirmar que este partido quiere log;|r> ' qiie el gobierno ItMvia en Uis manos pbieto por eüUicia, de u^jui^j^j^fri la,l,c»uia urdida ^^aU a la ác^uridAíláíeJb ió que no podo lograr por la 6iem » y ^fH^los que no consi¿<uieron con(^u¡star el palacio de nuestros reyes por la vía <lo las taoo I y que se hallaba prevengo para ii dir (jue se r«alizasen los opsi^io^ de Uaslornos y de re\olucioii que «por Irnlas partes armas, quieren entrar en él Z'ur/u'íiiJif"^. Si: asoiiuin,» procuro le tupiar ia impre^iuu qu4: «rto es «si, ¿cómo es que habia dioho antes causar pudierau semejaotes iiacgos, — qun el irobierno no iunoraba nue los que han '!

qun el iíouierno no lunoraita que ios q sostenido por espacio de siete años la causa de aquel principie intentan a^lar de nuevo á las. armas? «¿j^nora el gotuerno, dijo, que los que han soslcuido ])or espacio de siete años la causa de un principe cuyos derechos á los carlistas de la manera que hemos visto, y endeudo en una contradicción tan palpable, diciendo que estos trataban de lograr por astucia lo (|ae uo lial)i¿ui podidO-pp! la t'uerxa, cuando acallaba de aürmar que intentaban encender de nuevo la guerra civil. ¿Que ao^ ba peididd poc su coadueta, inlmtan eneen- I indica esto? ¿ Cómo es que hi|blaiidb de derdtfiHMOO /a r/u£/-r(( <:<( (/? ¿No tien&^m- | progresistas no cayó el Sr. luinislro eo una (4a^e que no desisten de su mal propósito?» I contradicción semejante? Nocsdilicil adiviiftiiOOQtradtccion, es palpable. En un lugar ii uarlo; que al hablar de los proyecU>i> cu ~1ifh¡0a ^e se quiere apelar á la guerra t en | sentido revoiucioaaiM'bablaba coi^ bw hachos á la vista, con esos hechos que lodos estamos presenciando. sobro los cuales tendrá el gobierno muchos dalos. y los or¿^-nos mismos de cierto color cuidan muy pocp de ocultar; pero al hablar de los carlistas se espresaria sin dud^icon retierenciaa aolM^ia# otro que se «¡uiere conseuuir por astucia lo que por la fuerza no se ¡)udo lograr. Si la entrada ha de ser furtiva, no podra encomendafse i ks cañones; si la msnera ha de ser tortuosa, no podra hacerse por medio de la guefca» que por lo común es poco amante m tortoosidaaes y suele andar por jfnaas | vaj$as, ó insigniücantcs, y {)or esto noa^j iectasv.1 vertiri/i que sus acusaciones eran ce0tiadíO7 r'Ha llamado muclio la nicncion la diferencia i lorias.

dfriengnage que ha empleado elSr. Mariinez d§ ¡a ñíua con respecto ¿ los^ carlistas \ a los progrcvi-t is. Contra aquellos se ha espresado con dureza, con acritud; contra estos-no se ha permitido una sola palabra que padiera ofenderlos. A pt>sar del famo.so uianifUsto de Londres, del lenguaiíe d « ciertos órganos de la prensa, de las leqtaUvas dp la frontera, de los clamores de los órganos de la situación, de las declaraciones dd gobierno, de las medidas de precaución qtie se estan lomando; a pesar ue tanta seguridad co-«Oie muestra tener de la existeneia de las conspiraciones en un seiilida revolucionario, y de la proximidad de un estallido. no se ittió el orador ninguna palabra fuerte, pn término irritante: y tal fue el giro de su (iTíícurso, tanto lo que insi>tio sobre los carlislas, que casi pudiera creerse que estos Con este proceder se alcanzan sin duda algunos aplausos, pero no se desarma la nt voíucion, (|iio cada día se ensaña mas y mas contraía iiusina ))eisona que pretendiera \vir lu¿;arla. Si el Mai luicz de Ui /»ü.>a luv^^^ ra tienqM) de leer los periódicos, bubifliv )<)(iido ver que el insulto, (jue el sarcasmo, aue el escarnio no se lo prodigan los honibi^ e las ideas monárquicas, de cuya comunioa se aparta tan cuidadosamente cual si temie^ ra contagiars'e; hubiera jKulido ver cuáles el frutu^de esa imparcialidad tan liarcial jr oue sercproduce en 1844 la,niisma esceoa# 1834. rroteslando que no queria insultar á un partido vencido, le!ia achacado miras tortuosas, echándole en cara lat>aUcre e^paítola derramada por espacio da-BÍ^te aúos. Pues tjne ¿e! jiarlido carlista es el solo...responsable del derraui^miento de^ ««^agia^ emilosqneniaade cerca amenazaban el tro- \ Pues que, ¿se han. olvidado los boinhU¿M»> node Isabel l|.Se goboco qne eISr. ministro { gUellos d<; Madrid, de Barcelona, y de se proponía rnnírrariarse con el partido libe- ciudades? Las im|)rudencias del jzobierno, ral, fueran cuales fueran sus matices, lavan- i los desmanes de.la revolución, jos 4kM>qio<>» doee GuidadosaaMnte de laaiftnobaque cre«- 1 los atropellamiealos y persacuciopea dediii }(ei» llevar si se le suponía inclinado al par- de funesta BWnoria, ¿ uo contribuyeron « tido contrario. Por esto, si bien so encontró, que se enardeciese mas y mas la guerra cien la necesidad de hablar de ios revoluciu- í vil, á (^ue corriese qu mas abundiUitoSMtlr nanas, %v bi«ik'«B^,Tiójpi«cisido 4 egnfííwir I 4b1«i ta.saacict!VvaMa?AT4iiilte4»iil '4^ tniM dorabostíbles como se arrojaron en lÉ(9ÍÍ»^erás de la dif>rordia civil por mnchos dtWqoe apellidaban libertad y trouo de Permítanos el Sr. Mariinezde ¡n fínsa qup le dip:nmos no ser Pfte el momento oportuno de hacer semejantes recuerdos, encentrado pasiones que m íhtn amoHigaando.

y retirando deíJdffin^nmcntP la mnno rtmndo antiguos ndversarios la tendían con generosidad. Enhorabuena que el gobierno, como dlW el Sr. Martínez de la /foso, muestre la )ilidad que le mfundo el «¡ontimiento qittcos y religiiteott no quieren el bien porifi camino del mal; no se aliarán con los que abriguen designios Ira^lornadores de la tranqnilidad púbmá; aunque ImtadoB'coAlaflto (íesdeii y acusados con lainaña injusticia, no desmentirán ahora ni nunca que ante todo son cs|>arioles, y no pueden gozarse en el espect<áculo de ver entrégada 'Stf patria i manos dp la anarqnía por la ecperan/.a de que los escesos de esta les preparen el liemos sentido mncbo Temos en la triste ncrcsidad do ju7£rar severamente el discurso \ de su fuerza; pero no creemos que esa fuer- il del Sr. Martínez de la Uosa^ y no podíamos ' sea tanta que sea prudente privarse íM | menos de sentirlo, cuando sontos los pi^nel^poyo deoD partido tan numeroso, y que J ros en recuonocer las distinguidas cualMlhdcs de osle per<onago; pero en el terrertt) de la discusión pública hay penosos del)eres tantas pmebas tiene dadas de no ser cobar de. Guando la revolución esta á las puertas; toando 'Espartero está ofi:eciéndole su espada: cnaudo se atenta contra la vida di l Tk»-sidente del Consejo; cuando la espectacion páblica s(* halla en tan terrible ansiedad con respecto á desastrosos acnnteciaiienlos, que serrón todas las aparienrins se preparan, y que el mismo orador ha presentado como omlnentes; cuando al la rerohicion tríunfíi, tonque oo seo sino por brevísimo tiempo, hemos de presenciar norrendas catástroles, en que se nundiera el partido dominante, y las (tradas del trono se salpócarían con san» gre de sus défensores, y « nrrerian formidables azares personas augustas; cuando la imajzinncion se pierde al considerar las conteenencias de semejante trastorno, entonres nn ministro de la corona, un lionibre de la rqpolacion del.SV. Martínez de ta fíusa, ha-. Mrd^ una manera tan acre contra un partido poclíieo, y echarle en cara que por sn cansaba corrido la sangre española, y acusarle de astucia, de tortuosidad, dcproyeclai de entradas Ártivas en el Real Palacio, y no contentarse con quitarle toda esperanza, esto es incomprensible, es necesario twlo para creerlo.

'temejante eondoeta e« tanto mas estrana mando se acaban de desmentir de tmn m t aera solemne la n((ti( ias de los proyertos de 'lasorreccion qne se habían achacado á los habitairtes de Navarra; cuando la espcriencia demuestra lo calumnioso de las acusaeio^s en que se afirmaba que los carli:»las y^hhMVtoOnórqniooi no eaiiístas w miirian eóÉloB'refvohiciónaríois para derrocar al goque cumplir: la defensa de la verdad^ manteniéiiílo-e en los limiti's debidos, no disminuye en nada la consideracicm á las personas que son objeto de una censara.

La discusión que ha tenido Itt^ -en* ^1 Congreso con motivo del dictamen de la comisión relativo a las actas electorales de la provincia de Navarra no ha contribuido á que se flostrdíie la o|piinion pública, ni con respecto al curso que habia '^cgiiido el negocio, ni al objeto que se pro(tusieron los que en él han intervenido. La prensa y otras noticias particufares babian o^eidb va snf¡ci"ntes datos para que se pudierti juzgar con conocimiento de causa: la opí- ' nioí] pública habla pnmundado so Éllo: todos sabían á qué debian atenerse édbpl!' lo que se habia (ficho de í oacf ion y de su origen. Pero siempre ha sido muy importante -que este juicio emanase de «i diputado, (jiie á este carácter reúne el no haber pertenecido nunca á las tilas del partido carlista, y qne antes al contrario ha sido contado siempre como uno de los miembros mas distinguidos del partido moderado. Fl Sr. Egana ha necesitado ciertamente estar ayudado de* proCtmda oonticctón, y poseiír aáemas mucha firme/a de carácter, para Me^.^UbVotlto no ha sneedido ni smeedcfé. « elevar su toz en el sentido en que lo ha he la única, y sonar de una manera tan des- niere( ia nirnos. pm^s (juf era gravísimo. No agradable á los oídos de aiguupa de suscom- i era el gobierna re^benlativo lo que paAeros. Aadufo muy alinido el Sr. Egaña \ bien parado delsteiem qie te aegoia, ÓaudD dttde el principio de su discurso procuró esquivar la discusión sobre las ac- •twi; pues que esto, á mas de empeñarle en «n enémen tan prolijo como estéril, Je habiera apaiUulo del punto de vista á que se propouta elevar la cuestión. Su objeto era á poro que se repiliese ese hecho acabaña en £(ij)aÍM con rl rrédUo \j la verdad del gobierao represenlalico. La ley le oiuc^dia-ei derecho al partida monárquico, ¿I se apraa> taba á acudir i\ los ( oleólos electorales; pero nn lo ha jwdiddo ejercer, retraído o aUmoriaprovechar la ocasión natural que se Icolxe- l zuditp^t la calumnia y la perucucion. Con j_ _.._ 1^ mucha raioB ha dicho unSr. JSiputado que semejantes palabras tendrían eco en el Congreso y fuera de él: si, lo teodrau eu toda España, que verá complacida (w geaeraeo é imparciai defensorde una verdad que ella ya sabia; en Europa, que tal vez se habcia podido alucinar con falsas apariencias.

Recieatea son las acusacioiiea que se han hecho durante el tiempo de la lucha electoral a cuantos se han atrevido a aconsejar candidaturas distiulas de las.que presentaban los órganos de ia situación.' No importaba que eu los programas no se diera el menor pretesto á cargos senieiantes. la aG4i^-sacíon coatínuaba, viéndose ciaroeo el ánr pefto de que á fuerza de repetirlo mísiao ae creyese que la incuiparion era una verdad. Ué aquí cómo se espresa el ¿>r. Egaha, «Carlistas, señores, carUslaa se ha estada llamando, tmio el tiempo que ba durado la presente elección, á su hditos sumisos y obedieulcs de la Hcina Uuua Isabel U <{ue crees encontrar por distintos caminos de loe aegaidos por nosotros hasta ahora el aünny.amiento de la actual dmaslia y la paz y pro&peri-' dad de la nación. Carlista se la ba llamado^ voz en grito á una candidatura de Santander; carlista á otra de SíilnTnnn'-a; e;irli';tti x otra de ise villa, en las cuales se eucoulraban sin embaído figurando en ptúnerttennnu personas respetables y dignísimas, que {(idii su vida han pertenecido a la comunión iiiu rai, alguna de las cuales tiene la alta honra de aconsejar á la earana, y «tita se sientan con mucuo gusto y honra nuestra cu los escaños de este Congreso. Semejante modo de proceder, seüoics, una »»iolerancia tal, fio es ui política^ ni liberal, m justa.» Muy bi n dioe el Sr. EíjnTia; una intolerancia tal no es ui |K>iUica, m liberal, ni justa. No es jnata, porque injnslim es llamar carlistas a loa haa waaifaiila/ do semejantes opiniones, y que toda sn vida han pcf tenecido, co«^ oi^erra. «1 da de protestar contra un bccbo que la prpnsa de la situación habia negado, y que ei Í!ir. Eaaña ha couMguado con una caba- Hereódad que le honni.

Desde qoe comenzaron las elecciones, y tan pronto como se vió que el partido míonarquico.se proponía tomar parle en la iiieha; tevantafon ciertos periódicos un grito de indignacidn. por cierlo no justificado ni por los ¡iroirranias ui por los nombres de las candidaturas que se suponían en mas ó menos oposición con el partido dominante. Lo qne sucedió en varios puntos nadie l<> i u nn^ ra. En vano lo han desmentido alguuos periódicos; el testimonio de la prensa qne lo había dÓMHiciado, acaba de encontrar una eonfiiiDacion solemne en las palabras de uno de loe mas señalados individuos del partido moderado. «He pedido bi palabra, dice el Sr. Egaña, solamente porijuo esta ocasión me ha j)arecido la mas natural de protestar coiUra un hecho (jraoísimo que ba ocurrido durante las ullimus elecciones en algunas {provincias del reino, sobre el cual no se ba evantado todavía uqa voz en este recinto, Íque sin embargo en mi hmnilde o|>inion, poco que se repitiese acabaría en España eon el crédito y la verdad del gobierno reprmnlaliwi. JQablo, señores, de un género de ooaccion muy distinto del qneban condenado en sus discursos los Sres. Diputados [ 3ue me han precedido en la palabra. Hablo e la coacción moral, de la especie de inlimUamñ qoe se ha empleado recientemente en algnnn> provincias con un partido numeroso, «ue se aprestal)a a acudir á los colegios electorales á hacer uso de un derecho que le coacede la ley, y que no ha podido ejercer, retraído ('»;itiMiinrí/.ad<> por la coluumia \ ia. perse^itcioii.^).No era pues una fiecion ¿6 la prensa monárquico-religiosa la coacción que se estaba ejeraewlo, era un hMho\ no cala en exageración esta pren.«yi ^^ando iavantaba muy alio su voz para de- < i0r-£fVfM, á ln coiranioB UbmI. No es li- | impedinelo, á no ser que se quiera nrab«r bcral esa inlolcranc"ia, pofíjue aun ruando €iUrc lus elfclurtis hubiuse pocos o luuciios eil España con ol crédito y la verdad del fíobieruü reprcsculativo. ¿V por ventura los car- ^■e abrígaseD opMÍOMtfevo'mbles áD. Cér- 1 Mas apelarai á la fuerza^ ¿A qué se Imh - los, y que hasta hubiesen peleado en sus tilas, nadie tiene derecho de pedir a lui elector su upiuiuu particular cuaudova u depositar su voto en la urua ea uso de tos derechos que le otor¿ía la ley. IHies que, los hombres que ^üilarou bajo la baadera de P. Carlos ó se le ipianireslároo afectos, ¿han 4li i|ueilur paca siempre cscluidos de la ciase de cjudadaiins, no siendo considerados en j^cfl riíM**^'"^'" que eu la de los peuestas o MmB? ¿A déilde iríamos á |>arar sí se estableciese el priucipio tle (pie los derui lios clt\ loraK's quedan restringidos por las opiuuucs del eicLlor? Cuu esle sislcuia lus BBoderados podriaoescliitrá los progresistas, y a los uidnanpiiods, v aun a li» de su misreducido las tremendas conspiracíoues de Navarra, los amagns de insurrección tan ialuinenle que recluniaba con urgent ia la marcha de numerosos batallones? ¿Oué han tenido que hacer las tropas enviadas? ¿Oué enemigos han eucontradu? Kl nuevo capitán general, ¿qué meadas fuertes se ha visto precisado á tomar? Todo SO ha Jvducido á nada. La tramjudidad, la mas completa tranquilidad reina en el país; las autoridades no han tenido que apelar á ninguna medida ea^ Iraordinaria para sostener el orden; se ha palpado que el terrible movimiento so habia limitado a lo indispensable para deposiUir el voló en las urnas; y la exageración con (¡ue se habia procurado alarmar al gobierno ha sido uia comumoa que uo iuerau de un matiz en- desmentida, no solo por la evidencia de ios l^i^enie idéntico con el dominante; y otro ^Hp^pudierau hacer los mooárquicoi y progrcsislíis cuando les llegase el turno de hechos. sinA tanibieñ por la confesión espliciia de, Iff jpeiiódiooB de la situación. £1 Jicraldu, preciso es hacerle esta justicia, El iiiaudar. u^uc estos bayau uuiilado aules en; Heraldo luso ia lealtad de publicar eu sus las.huestes del Pretendiente ó en las lilas constitucionales, dice el Sr. Ltjíni/r. (|ue ha\an sido consejeros o juntcros eu una o ea otra puite; que eu el sunluanodesu con- ^'ñeieacia abriguen este ó^cl otro recuerdo, tengan esta o la otra o¡»ini<)ii, Imlo ello es iodilerentc para el caso. Desde el uiouicnto colomnas una carta en que se defnidia á lea habitantes de Navarra de los cargos (|ue se les habían hecho, y cu (jue se pintaban los sucesos de una mauera a propoMto para tranquilizar al gobierno, y suliciente á deaengañar á ios que estuviesen alucinados por el alarmante clamoreo de las pasiones e mque prestaron siuoisioii á la Reina son súb-^ { tereses. paitos espuñules como todos los demus; y si | £1 señor ^^añaalpronunciarsadiáBoráiié respetan las leyes, si obede( en a las aulori- ' rpiiso limitarse á una protesta: se conoce que dades, si uu turban el reposo pubuco, aeree- i, tema la mira de seüaiar uno de los vicios radies son como nosotros ó la protección so- | dicales de que adolece la presmte sitnacioii; cial, y nadie tiene facultaid de impedirles, i; y (¡ue no será nada provechoso á la reforma embaia/ar(e> o coartarles el ejeicicio de de la ley fundamental. Nosotros hablamos inaqucbu.N de lechos que les concede y ase^^u- < dicado íambieu la necesidad de que, tratant^Jaley.»

Deciau los órganos de la situación que )s de los carlistas no habían abjuráis opiniones dinásticas ni políticas; y al tal vez no andaban desacertados, snes que no tan fácilmente se desjMtja el ^oodtfe de su modo de peusar cuando io ha ^Reliado con su sangre, pero esto, comoob* serva muy bien el señor J:(jiiña, era indiferente para el cjiso. No se trataba de cons-^pirar sino de elegir; no de pelear eu elcaiu|>o batalla, sino de disputar la victoria en el paciüco terreno d ' los colegios electorales; y mientras a él se limitasen los carlistas, na-. die, absolutamente nadie, tenia derecho de doae de un asunto tan grave y de trascendencia, estuviesen rcpre.sentados en las Cortes todos lus grandes principios, todos los grandes intereses que ejercen en la sociedad española una influencia real yeiée» tiva. Los liiunbres de la situación no lo creyeron asi; se alarmaron escesivamenle al ver «rae se prttseiitabaii en la araM opÓBioma distintas de las suyas, creyendo (|ae habían de ser obstáculo para gobernar bien los que hubieran sido el mas hrme apoyo del poder. Así es qne, nsefced i «i eonduola « la reforma de la ley fundamental no será un trabajo nadona/ como ha dicho q\ Sr. Jigaña ^ sino un h abajo de. partido. tEsta eo|fftaoioil m taiivia mas iirefltilar y sensible cu los momentos solemnes en i\nf e! pais es llamado á refüimar su Ic^ ruiidamenlal. l*or mucbds miones de justicia, de conveniencia y de polilica correspondía que esle no fuese un trabajo de parlido, sino, en ( iiunlo fuera popermita la te?, entonces^ en ét que había IuhIio un nial á su país, jM-nstma haber conlribuidu u lendirie uainmeiiso ser^ vicio, haciendo que el fnihierno representa^ livn fuese una verdad. Hien dio á entender con esta réplica el Sr. tígaña que no le hasible, un trahajv naciuml; una obra a la j bta hecho mella la oposición de sus adversaque coneurrieseñ todas lasopiniones, desde r ríos, y que ni siquiera le hahia cogido de lamas monárquica hasta In nuis avanzada en; improviso: cnandíí t rii i 1 1 ¡ nliibra conocería pfí^eso, y en que tuviesen reprcsenlacion, sin duda que iba a poner el dedo en una liatodos los intereses. Asi las disposiciones que ga, y que esto no podía menos de causar una lomáseoMS, así la refonsa que hiciésemos j| seusacum dolorosa. En cambio puede estar saldría ma?; autnrizada, y su cumplimiento j cierto de la buena acn«íida que sn franqueza sena mas facii y seucdlo. Pordesyracia^ señom^ nú kan pasado iateouude estamoM' ra. A estos bancos no ha venido mas qnc una comunión pnliiicn, la comunión moderada, a la cual ti ndío iuu o muchos años la honra de pertenecer. La conocida con el nombre de proírrcsisla ha sido libre de votar; no ha querido hacerlo, y no puede quejarse. A oiraa parcialidades se las ha tsfimtado á fverza de inmtivas y ealificaeioms Mjusias^ porque injustas son siempre las cosas exaficradas. Quiera ihos i/uc esle aisiamunto no wmsea lUgim dia perjudicial y talvaifuMSfo.» £sto se llama hablar como publicista cntentlido, como hombre í|n»' profesa sinceramente priucipios de cüueuuicioü y tolerancia. Ssto se Ihuna prever atinadamente las fuDcslns consecuencias de la exarrcracion y del cs4 iusivismo. £1 pronóstico con que termina el señor £gaña lo hacen con él todos ks hombres pensadores.

í. i-^ palabras de e>te Sr. Diputado causaron como era natural una sensación pioftuida en el Congreso. A pesar de andar acompañadas de toda la mesura que exigia la (gravedad del negocio y dehcíidisima posición del orador, se echo de ver desde luego la trascendencia que consigo llevaban. Los señores Collanles, Aoceda! y Llórente se encargaron de disminuir el eleclo producido por el discurso del Sr. Egañu, iudicaudo la 1 gravedad del cargo y de sus Gonsecu^M^aá. £1 Sr. Egam replicó modestamente, que no ' creia que sus pocas palabras encerrasen la I alia importará qne se les había atribuido; pero, añadió, qoe sí coa efecto esas pocas palabra^ prndujoseQ el resultado de que todas las opiniones respetaran, que se tuviera con todas ellas la mas completa lolerancia, que se reconucicse el ílereclio de | coocurrir libremente a las urnas cloclorales í a todos aquellos ciudadanos a quienet» se k> ' y lealtad han encontrado entre los hombres de todas las opiniottes, y de haber bechó al [)a¡> iin servicio nioy señalado, consignando yenerosamenle la verdad en un ne^f K-ío de tanta importancia. Necesitábamos uua vindicación. y esta nos ha venido de un hombre inipan ial y recto que se honra de pertenecer a la comunión moderada, en cuyo nombre se nos habia anatematizado. Bien decíamos nosotros, cuando en nuestros discursos afirmábamos que no era posible que el partido moderado aprobase la exageración y dureza con que nos trataban algunos escritores que se apellidaban sus órganos. Jamás pudimos creerlo, porque jamás pudimos persuadimos de que hombres que se preciaban de conciliadores y tolerantes no pudiesen sufrir una oposición que se liniitaha ¿i consiirnar hechos, que hacia las eí.cepciones dehidas, v que lejos de prescindir del espíritu del siglo, lejos de predicar reacciones violentas, acon-S('i:il';! I;i iniion detndns losi'spañoles, la relói iuu coaslitucionaj que ahora se reconoce tan necesaria, indicando los mediis qae creíanlas á propósito para enlazar lo nuevo con lo antiguo, el hecho con el derecho. No. no era posible que muchos de los hombres qne se liaman moderados, v que están muy lejos de la intolerancia y del csclusivismo, viesen con disgusto la ospresion de opiniones que, sino eran conformes con las ¡Nuyas, debieron parecerles respetables, supuesto que nn pedían otro terreno para lidiar que el campo de la discusión y el de las urnas eieetorales.