SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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\ se festablec n: rpi*» cunndo ol rey fuere mcm»' de edad 4 el padre o la madre del rey, y en su defecto el pariente mas próximo á suceéatm la oofona entrará d«>sde luego á ojercer la regoncia. y In cien dii todo el tiempo de la menor edad del rey. Si el rey, pMftiwe cas* con perMMi<eséliiiA>j podrá ■Méhnpie esta, marícodo su coQ^ortc, sea WglÉtG.; y por tanto, n pi-snr r!.« sor f'i^chiiéb*iéÉ la corona por su lacapacidad u otras mma, ejereerár toMMMMhiiHlH rey. ürCrecrnos liak'r presontailo la cui^stion lem\ en su verdadero punto de vista, y no liaber debilitado en nada las razones en que 8» pMMirie aployar la adición mÜUíi éHuh Sxaminnr si os ó no.idnn'sihle, y aprocies ekvalortde lo» ar^upiea^ts eaoue es- ■fjCntí esc! mottro de Tariiirel párrafo 5." del articulo ÍH dt! la C.onstifiirion do 1837, (kmde se previene cjuc el Key {jara contraer ■■triMaiiB neoesite cBtár aaMrizado ^miia ley especial? Sin duda no es otro que el hal»erle creído ofensivo á la diirnidad de la corona, y el que se ha de su|K)ner que el moaMca io Gdilraerá nn matrímofiM que sea dañoso:\ los inten-sos do! Kslado. Ks docir, que ui artículo de la Constitución de < H'.il suponía la deseonfianza eontra la cual se preca-1M la-soberania popular: v on la reformada •fiíse qyiere dejar ni la huella do osa doscnn-Caosa, lú la sujeción del Uey a la voluntad éíim GMs: El^ffobiéino amhifo en ^asto mm¡ atinado, y tuvo presentes las sanos máximas de polilioa y los verdaderos principios de derecho puliíico. Mostrando rosjx io « Iraao; quíM ttmnifeatinelo complelo, y nd quiso desinflarlo nin^'^nna cinso do porsónas con las cuales lo fuese vedado ol contraer ilHtrÍBH)nio, porque dió por supuesto (pie el Rey no ahusaria nunca de una facultad qtie te otorgaban hs loyos. l*ero viene la cotni sien, y mas recelosa que el gobierooi, suscita la enaation He ik nawiahza, y diaec «ya estoy de acuerdo eu ensánéhar las foctiitades del Rey. pero quiero una parantla de que no «¡Misara do eiiaa^, y asi le prohibo e.spresa-M^tfi ooBtraérmaCrintoiiíb don hM'penionaa ••cloidas de la sucesión ála corona. « \o le ktola á la cooitóion que el Rey, antes de con-Maahfliatrimodio, lo baya de poncren conociaueatode las tort<;s, coelBraie lo previene •l artículo 48 de la rcínnna, y qno lo mismo laya do verííioar ceu r^iiccto ai inmc-B0> )e kffák'tí éMBgrarfo y la I I repbbacíon que sin duda se mfintfestátían en las Cortes si ol matrimonio fuese coutra^ rio al bien publico; cpiiero consignar esprefsámente esta gipanjlit4')r*ada m«Éos«|ue<6É la Constitución, no reparando quo asi deja en la ky fundamental uamoncnuentu do la dosieonfianza' entie ha Gérles y al Rey, } (|ue esto equivale á deelMcar que el monáreá puede tener inteneiaiiea contrariM ai bien del £stado. « •'• r. i.,. ¡ Scí nos eenle^rá í|iie no se deaearfa del Roy sino de los malos consejeros; pero aqoí se puedo hacer ima réplica concluyente: ó consideráis el malríitK)oio cunio simple cue»- tien do> ffebienilb é no; ei lo primero'Sois ñconseciíoiilos mando no dojais osli* noirnoib sujeto a una ioy, como lo hacia la Constitución de 1837: si lo scgnudo, nahaUeiade consejeros bnenos ó maloa, porque dcédeqw habláis do esto entraisdo nuevo eniasmiestionos de gobierno. Si su¡)oueis, constilu^ eion'-.imente bablandos que el Rey «a Imp»» caWe, por lo misano qwe le dejais libre en cuanto al matrimonio suponéis que es unlt cuestión de familia, y que p(»r las rclacio«> nes qiio pueda tener con los ne^ockM dél Estado niinrn la rosolverá el monarca on aa sentido contrario al bien público.

Mas breve: ¿os fundáis én la desqonlw»** ra, ó nOli-S» ostentáis el piiaoípio'«i|i'lndH«- ron!i;iii/;i, «noad do ó! -n< oonsectieneias na^* torales; sino descoQ,tiaisnopongaisadicioneB (pie hi' nwnHK^stan. Sir haee» «oe- condiision á la coron:i, hacodscla tóen; no abo^ cliorneis á la M;iu'f>l,t<! Roa! otorgándole una facultad acompañada do uua f;or4apSsa iode^ corosa.,i Adornas, quo s¡ so pretende evitar los inronvoniontos «pío so alogan, la adición es insulioionte: o no so la debería poner, ó sería preciso ponerla mas lata, pues que,Imh> blando únicamonto del Rey y do «n inmd^ dialo sucesor podrá suceder queranerau am« bos, y entonces entro á itinar'wo qnn- é»^ tes'dé flercdoesar Innedialo \ y tmndo tel voz romotn, so bavn casado con una porsona cscluidu de la sucesión. Lue^ 6 no se ba de jfoner laadiekin, é «a hadafeatableear^É otros término.*!, diciendif, líqne queda privado del derecho de sucederá la corona el que se case con persona escluida de dicha sueo« aion.» Aqní no hay répHcat 6 ' la adicionnhfi de ser desechada, o ha de llegar á este pon* to; si so (juicre la consonancia de qno noq hablo^ la sucesiott, solo así la lefuap • ' go al parecer la comisión no la ha tenido | pre^nte; y es que ella exammuba la cuestión, lio bajo el punto de viata ooostituotosal, sino que la miraba como ciieslion de circunstancias. Por esto solo pensaba en el Rey y en su iumcdialo sucesor, porque el Rey abon es la Reina Dofia Isabel U, y el inmediato suce«;nr es s\\ augusta hermana la Inranla; y en la mente de la cuitiihion la adición que dice; «ni el Rey ei eliiunedioto su-«eior i la oocMM pueden contraer maii mmnio con persona que por la ley eslé cscluida j deia sucesión á la corona,» se traduce asi; «« ta Reine DoAt Isabel U ni su aognata hermana la Infanta pueden contraer matri- [ monio con ninjiiun hijo de D. Carlos.» Esta 1 jBs la verdad pura, sin rodeos oi embozo: ni. lo ba entendido la prensa, asi lo ha cntendidí) el [>úhl¡co, así lo entenderá In Euro- j pa. Si a mas de la Infanta hubiese habido j otra hembra con alguna prol)abilidad d subir ni trono, como por ejemplo, si el Inblile D. Francisco no hubiese tenido hijos varoaes» entonces k comisión no se hubiera con- i teatado eon laipnaer esta ley al sucesor inmediato, la hubiera impuesto también á los demás. La adición, pues, hn venido á manilolar que se trataba de algo mas que de ina Biiii|ile coosonaoeia; la oomisipn no lo ha reparado, porque es fácil padecer dtslrnc ' ciones cuando se escribe dominado ¡xir una i idea de circunstancias, y se quiere mostrar •laioipasilMlidad de quien ¿áúo mira la cuestión en aquella altura dr nde no llegan el aUeato de las paaiones y las exigencias de los partidos.

it 'Siae considera, pues, la adición en el solo terreno de la ley, y prescindiendo de circunstancias particularos, es inadmisible, porque maainesta una deseonfianta qae renaja la digmdad del trono.

Si á pesar de esto se la quiere admiiir, entonces no es sulicienle; y para lofít ar el ■bjelo ostensible de la comisión, la comotumcia, ^e dchenaa escluir de la sucesión á cuantos se casasen con personas esduidas. jpor manera que si ea la actualidad se verí^ ficaae na enlace de w individuo de la familia de D. liarlos con uno de la de D. Fran- | cisco o. de la casa de Ñapóles, ú otro cuaU ooiera, quíea tal hiélase debería peidar los | derechos á la sucesión si loa lunan, 6 lacapacitarse para ndqturirlns.

Si se cooatdera la cuestión como de circunstancias enlónoes ae«raalt8MÉCIite i ¿ConTÍene introducir en iina ley ñinda^ mental, y que por lo mtsmo ha de tener na carácter *de perpetuklad, lo que es tmiiitario? 2.* ¿Conviene votar de nuevo la-MBlv« sion de \m hijos de 1). Carlos?

Tocante ala primera de lasdos cuestiones, creemos que todo el nmndoestará acordesa que se ha de r '^i h rr nríritivamentc. Porque, si la opinión general señala como un defecto en las constituciones el que contengan mas de lo estrietameale necesario, ¿quién no echa de ver que es desarerladointroducir en ella cosas de circunstancias? Las constitución ues ban^ ser, no tan salo iiant cumhÍo al Rey sea varón ó hembra, y sea de pocaó de mucha edad, y haya tenido divpnt ída la corona ó la haya poseído sincouiradin ion, sino para todos los reyes y todoalos tiempos, procurando sacarla en cuanto sea dabicdeí terreno dímde pueda perder algo de su duración é invariabibdad. Solo asise concibe una ley fundamental estable: lo demás ea praeí^ saVse ri sujetarla á continuas mudanras. Si admitís la adición no le pongáis la íccba del reinado, que los venideras uo tendciii wmcho trabajo en adivinarla; al encontrarse ea> la adirif n dinin de'^de luego los anticnaríos, 3ue csia CoublUuciüQ debió hacerse antes e promediar el siglo XiX, por aqueUss tiempos de turbación en (pie remaba f n España una Niña a quien disputaba el tinnniia principe llainadu D. Carlos, el cual tema varios hijos. ¡Triste fecha la de ^ianinüaaiSK viles y de sangre de hermanos!

La segunda cuestión es muy sencittair^ esclusioaquesa faiao ea 4884ftie juüaéiV' justa: si fue injusta no se debe repetir nna jujusticia; si fue justa fue válida, y por tanto uo habrá necesidad de raliticarla.£n cualquiera de Ibs dos sa|nieslos no se Mé aiiiiilirla adición: enuocaSD pOf inicua, ea el otro por inútil.

Creemos haber demostrado lo que nos proponíamos, sin haberentrada en ntnfuaa cuestión dinástica, ni tampoco en r 1 oxámen de las ventajas ó inconvenientes de este o aquel enlace de S. M. No sabemos lo qae aoDre el particular opinarán lasCMsa: aa no< sorprender-I el que la adición sea vofa(f?i en amtios cuerpos colegisladores, y que la acepte el gobieráo; seaeomafoerh, «aaaa permitido hacer una observación. Bn estos negocios, que dependen de In fuerza de los '1 acontecimentos, iniHiye |>oro nna votación ignorar que se dirigía á on Coigraso áíuá^ sus opiniones habían de encontrar escasas simpatías: por este motivo no falta quien ha indicado que el AV. Tejada se habiu propuesto quizás otro íin, y que hakia aprovechado la tribuna del {NulajDfíiito pan desde allí lauzar uu iollelo.

No vemos ioconveelente en que iin orador, seguro de que sus palabras no haja de enconlrar eco en el recinto del cuerpo eolegisluUor u que perleuece, procure decir á este la verdad tal como él la coiTcibe, con ersí'Aiéfeis débíks, no os bastarte el | el des-, unió de que la oi-a la nación, y pue-Irttcrfo: dejad pues de \ aleros do osos me- da asi truclilicar cou el licmpo. Creemos que díoSj cuyo^ menores inconvenientes son el IMÍIÉI' léáílíiüos ingratos, el fomentar pa i ttwMf I» «oe es impoBible neae haee, ami cuando no lo veden las leyes; y cuando cansas ííravcs han preparado un suceso, el suceso se veritica á pesar de las leyes. Si ^biese algún dia la combinaeion política que ahora cpioreis prevenir, y encontrase acogida en las n'gioncs del poder, ¿creéis que vuestro voto pesarla mucho en la balanlaT Lo que pesaría fueran las espadas con ron que contaseis y el apoyo que pudieseis encontrar en las fuerzas de algún partido. 411^'^ sois Alertes nonecesítais mcer ese vano siones, el agraviar de nuevo un partido numeroso, y el manifestar qui' os aniouaza ese peligró, ya que con tanta ansiedad traíais de prevenirle.

;* Hasta niedia aqui una consideración de *Íecoro, y es, que no habiendo necesidad ni ifionveniencia, no inaugure Dofla Isabel su feinado ratificando ana medida tan severa contra príncipes que por ser desgraciados, DO dejan de ser tío y [mmos de S. M. No, 'tt ha¿a intenrenir el nombre de la inocente falbelen nuestras infaustas discordias; no se fraga qne ponga una firma para condenar de nuevo á eterno destierro á parientes tan eeicanos con toda su deseendeneia: ya que cl aliento de nuestros odios lo ha mancillado lodo, déjese puro un nombre nuirusfo, que resguardado por la inocencia no ha podido empaftarse.

Mt Mmew9o del tenor Tejfnda, y el t)aia esto es también la publicidad de ia tri- >una. Es cierto <pie un diputado no debo pronunciar nt leer discursos que luego esparcidos por ia nación produzcan cslraviu de ideas ó inflamen las pasiones; pero no creemos que á esta clase pertenezca el del Sr. Tijadii; y si esto se ha querido decir cuaudü se lu ha liauiado /u//cÍo,. parecenos que la calificación es injusta. Basta leerle para echar de ver (jue no tiene de ninguna' manera el carácter de lolieto en el sentido > malicioso que pudiera muy bien encerrar I esta palabra. Escrito con dignidad y en mu* clins |)as;iLres cnu oí niTxio quií siempre acompaña a la cuuMcciones proliiudas y sincero deseo del bien público, uo se distingue por ninguno de aquellos rasgos que emplearse suelen cuando fe trata de acalmar los ánimos o de uscitar malas pasiones de ninguna clase. Nada de prelensioafis oratorias ni literarias, nada de incisivo y picante; la verdad en su sencillez, el lenguaje castizo, pero natural y llano, ^in ningún cuidado de ñuscar adornos; nada une pueda manifestar una elaboración muy lenta y esmerada, y antes bien en algunas partes, con al^'un leve desaliño que muestra al hombre ocupado profundamente, de las ideas y de las cosas, y que no repara mucho en el giro de la eswesion, ni en la elección de las palabras. Bajo' este concepto, pues, el dücurso del Sr. Tejada no merece de "'«^giina manerala caiílicacion de un folleto.

Si la forma del escrito uo tiene esta calidad, mucho menos se la encuentra en el fondo. No empleando ninguna de aquellas exageraciones tan a pro|>()silo para conmover las masas, juzgando scverameutu ios escesos de unos y de otros, no adulando ninguna pasión, ninguna preocupación, antes Con rasan ban diebo algunos periódicos que el discurso del señor Tejada babia sido algo mas que un simple discurso; porque auo prescindiendo de las intenciones del dipnlaoo por Logroño, no está en su mano evitar que su discurso haya tenido mucha importancia, y que basta cierto punto se hKjftk podido decir con razón que babia sido an aeanteciniento. Valor y profunda convicción se necesitaba para decir lo que dijo el *ir. Tajada, njiayormente cuando uo podia i espiesando sus ideas sin consideraciones de riisnirs') niyo coniunlo solo pueden apnM ínr vcrdadenHnenlc ios hombres onli-nuidos, y que no es nada á propósito para arrancar vivo-; aplausos en las turbas do ninguno de los bandos <((io hnn díviiH loN d i vkleQ todavía ácsU uaciou do;>veul,urada.

■ Un díscui'Bo como el del Sir. Tejada re» ctamfl^ba la contestación de un (iraiior oininoTMíV V a^íi á nadie yr.rpp'n üa <juo lomase ñor Tejada lo hiiode «MOMien qoe al diputado por Logroño, poniue dijo quo perlenecia a ia escuela llainaua hislónra; e.^lo era confesar que oo se había apelado a vanas toorías, cosa tan comon en esta época. sino a berliiis: este era el elo^'io niÉB cumplido que podía desear el ¿ir. íejaá^. Síq embargo « el Sr. Marinm it la MtM añadió (|uc esa escuela taoipoeo esiábi exenta de pe!ii;r()S cuando se estreñían suS la palabra t\Sv. Morliuez de la liosa, hoque j |iruicq)ios y se traen a la aplicación; que se estraftó st, y lo cpic llevaron con ioiparicncia. asi algunos nuembros del (Congreso • )ino algunos de los órganos de lá situación, lúe que el señor n»inislro de Kslado no contestase desde hiego al Sr. Tejada ^ sino qne enn^iiniiese las íioi üs de tn sesión peroraodo eDer¿;icamcnle contra los desmanes revolucionarios* y.víndicaodo al partido de 9u seftoria de las inculpaciones que le dírígen los progresistas: creyenm nn pocos que el hablar contra la revolución después del discurso que acababa de leer el Sr. Tejaif'i iMi\ i'!;amlo inciios inoportuno, p;'ro qiii-7.as no repuniron en que en esa inoportunidad babia mucha sagaeidad. El Sr. Jtíariiuez de la tíosa no {ludo menos de conocer lodn iii importancia del discurso á que se proponía contestar, y eslaado incierto por se ha de estudiar la historia solamente ea loa archivds ^ino t.inihien en e! tienq)o presente; que no se bau do consultar solo los libros y los códices, sino que es preciso ver los hechos ({ue ei^tan á nuestra vista. Afirmé (pie de este defecto adolecía el discurso del Sr. Tejada. (|ue tul ve^ hubiera sentado bien en loa tiempos de Carlos llt, cuando ci mayor suceso ({ue amenazo á a<piel omnarct fue ei tnolin de iisquilacbe. i\o alcanzamos á coHeeinr como el señor ministro de Estado pudo bacer semejante eargo al diputado por Logroño: rnbainionte oi.V/-. Tejada, lejos de andarse con arciavos y códices y discusiones legales sobre las instituciones anti-{$uas, se hizo cargo espresamenle de la si> tuacion a;!ual. de las nuevas ¡deas, de los nuevos mlcre^es, de las uuuva:» aecesidadea; ntaupai'le de que pudiera llenar sa objeto 'i lejos de ^baldar coiuo pudiera hablarse en de una oianerasatisfactoria, quiso hacer una ] tiempo de Carlos Ui, llevaba en euciita li flislraeríon, prncnrnndn distninuir la sensación producida por el discurso del diputado por Lo^Ao, y ganando tiempo para meditar el ¡iiin'.oíle vista baji) el enalconvenia presentar la cuf'i'lidii.;i lin de que si la respuesta no pudiese sersalislacloria, fuese cuando menos especiosa. El elocuente iroproTisador sabia muy bien- qtn* rnnle« [aciones rnino las (¡ue necesitaba el discurso del Sr. Tejada no se tiii|^vísan. Obrando con lentitud y (|u<crc con inoportunidad, y nn dejándose llevar por la impaciencia de otros, se parecía situación inqtueta, azarosa, desordenada á que nos han traído ios trastornos políticos y sociales; recordaba que todos loe elemenU» del i:üi)¡erno están en turlim inn atjilada y profuiuiii; aconsejaba una grande alianza (/« ¡as ideas, de los senUmieulu», de los inlere» ses, (/(' /<> V derechos anliffuos, co;t la» idta», con ius M.lítiiiiculos, con Ins itileresex, eáñ lu.s dstedios de nuesh tí /teiit/M; recottoCiÁqUA el espirilu del siglo ha influido podero$ameñ' le en KspaAa; deseaba ({ue para reorgánizar la monarquía se partii-se do ( ierlos teorenjas á aquellos generales entendidos y cuerdos, Ij políticos y sociales que ia madurez de los "lie faalHcndo conocido la tentajosa posición! tiempos, los deuenjafloit'de tais revohieicmn.

di de un enemigo, prelieren gastar el tiempo en ligeras cscaraimi/.as. nn atacan decididamente, y dejan que vaya vuiiciidu la hoche para tener tiempo de combinar y prepararse.

Continuó sil (li,-'"':r-'t el Sr. Murlitiez de la fíona en la siguieolc sesión, y en ella no se apartó ha^ cierto punto de la táctica detdía aátnriori el'mtyor mérito de su contestación consistió en esquivar vi darla.

y la> iiecesidinles de óitlen, de seguridad y de Solido piúijrmo han hecho ya ioeonirovertíhles ea las altas regiones de ia vana política en los reinos del mediodía de Europa, tan agitados y rovueltns, ¿Con (|iié justicia, pues, con qué verdad se puede decir que el diseuno del Sr. Tejada hubiese sentado bien en ios tiempos de Carlos lU? Quiea reconoce de tal suerte la magnitud de lat ProponióQdose cabiicar el discurso del I revoluciones modernas y sus profundos e^aulos rn h% ideas, costumbre» c intereses lo luá pueblos, ¿puede con razón ser tachado de que no ve lo que pasa á sus ojos, y de 2ue desronocc los p:randes acontecimientos? 1 Sr. Martínez de la llosa (k'i'ia al ieñor Tejada que las naciones caminan, y que es preciso seguirlas en so idarchii; y el seUor Ttjüda había reconocido que en las soctédaúvs modrrnns fmy nn progreso rápido, mía civihxacion /«(M/i/M, que para desarroilíiiríc solo Mcesita órden y segundad; y^ciamaha para qno sr sacira 9 la l'-^iiaña del estéril campo de la política, y se ia hiciese entrar en ese camino de proíircso intelectual y ma- Itpsl en (|ne están ya otras naciones. ♦ El ¿i>. Martínez d^ln í'oxn no quiere r: se tribute a las mslitucioues antiguas Esparm on respeto ídólalra; pero el diputado por Logroño hahia estado moy lejos de hacerlo asi. pnes desde e! principio de stt discurso hahia asentado que a([iielcas inslitaciones «do podían ni débian subsistir en sn inteiTtdad: » [tor lo dfmas. locdnle á los el()i:i()s iU" las niUi^uas inslitucionos df Kspaiia, diliriliiu'iiLe podían hacerse mayores de los ({w se hicieron en la esposicion que precede al ¡ístahdo iteal. Nadie que cfuiDZca la hii>toria áú EspaAu se hace ilusiones so bre este particular. lio se (rata de restablecer lodo lo antiguo, y sí únicameRte de ver sicnsu espíritu hahia al^nnos prinf ipios muy coMluceotes para asegurar sobre iirme basa elórden v la bien entendida libertad; de sí tál como lo hemos tenido en España, no está en que sea represenlalivu, smo en que uo lo> ha sido nunca, pues que jamás ha representado líi las ideas ni los intereses de la r»ucion. Oli.»s indicac ii»n( se han liecho contra el ¿ir. Tejada que ¡»odian ser de alguna gravedad si la conieslocion noestuyiese en 9^ mismo discurso. Hace ya algún tiempo que se ha adoptado el sistema de achacar á los hombres uutí dcticnden ciertas opiniones, el designio oe alácarel trono de Isabel 11, ó al menos de ofrecer armas á los (pie lo intenten; esto es un recurso muy cómodo, y de que no estrañiunos eche mano la revolución, que sintiendo su flaqueia bnsca un escudo en el trono mismo; pero la comodidad y la utilidad no son la ruzon y la justicia, y un modo muy débil y poco franco (te-sollar las dificnltadeB, cuando a) que la^ pro|>ono se le da por única contestación el Ktido de carlista o de inclinado ai carli>»mo. VÁ señor Tejada no insultó ciertamente á los carlistas, dijo que el gobierno del rey no dehia enlret:arse á niiiírmi (iarliiin esriusivo; ipie era licccsariü trahajar eii l■el•uI;cdullio^ a lodo» en lo posible, por las vias de la justicia y do la prudencia; dijo (pie hm ia esta recotudiacion debía dirigirse el goliierno en toda su conducta con grandes ejemplos de imparcía* lidad, de desinterés y de justicia: dio también una lección severa, ad\ir!iei.!;> la necesidad de evitar las púbhcas re< nniinacitnes impropias dc'la elevación dH poder, y es posible partir de ellas como de un origen \ que frecuentemente escitan los odios y anli legitimo que lodos dehian reronnrer. ¿Son por ventura otras Jas ideas que se coiisii;!iaron en la esi)osir¡on que precede al IísIhIhio Iteal'f l'ii n';:l; 'iv/.;i <U' l;is iiislitueiones ¿dijo mas el Sr. Tejada de lo f|ue está consignado en aquel famoso documento?

Observo el.Sr. Martínez de la ítosti, (jue €B el fondo del disriirsn de! sefifii Triiutu se encontraba una grave cuestíun, u saber: si la palias, y ulceran los corazones dp inuchcs españoles; |hm o al manifestar ese proiundo res|)eto ñ todos los partidos « al motstraise tolerante con las opiniones (pie no >on las suyas, consignó esprcsaniente las que piuíe&a sobre la legitimidad de la Ueioa, cuyos derechos habia sostenido ea una ocasión solemne.

El Sr, Tejada ha consignado, que en la Sspafla se hallad no pr( parada para el régi- } coeslion dinástica opina que la raxon no es» nien representativo. La palabra reprenenlalh | taba de parte de los defensores de 1). Carlos;.

10 es muy elástica. es suscepliole por lo ■ pero no se ha permitido ninguna de psns dnmÍ!»iuo de sentidos muy- varios, y asi no es I ras recriminaciones que asientan lan lual un eitiafloque se apelliden defensores del go- |i boca de personas elevadas, y que tan poco biemo representativo hombres de ( ¡¡iniones á propósito son par í Ix urar la huella deniics- E diferentes. El señor Tejada dijo que se tras discordias..\o hay adversario razonable I y debia establecer en Espafia un go- i que no sufra que se le diga: «yo creo (pie V.

m representativo; |>cro dfeseclió como i se ha equivocado; yocreo defender una cause insubsistente y dañoso In (pie nqui se llama justa, y ])(jr lo mismo creo que la iusticia no gobierno representativo parlamentario; y en i está de parle de Y.;» ))ero dilícilmentc se T«did, el and de ^ata claie de gobieni?, i lafrecoa pKioBcía el que se diga: «V. no.

Digitizeci by Google procede crtirnnnrln. ^ino que obra con porfi- I dia; Y. es» un hombre de malas inlcncioues; usted DO es iluso, sino tin traidor.» ' Desgraciadamente Iü ndiicta del señor 3V/(?rfa no la imitó «>I Sr. Mai tinez de la \ M(m ea su discurso. Ik salóse de uoa manem tiolentn eonlra el partido realista, diciendo que do^pues lio comprometer el trono, en la hora dol pt^li^ro se habin onjiladn.!iabin desaparecido. Esto es muy duro pura dichu, de un partido, y hubiera sido de desear que; no se (lt>i;isc llevar á tal cslrcmn el señor ministro de Justado, iüslo de atirmar que solo los eonstitucionales habian salvado el trono, y que los realistas solo servían para compiDmf'tí^rlc V Ini'iro abandonarle, creemos que sobre ser impuliticQ es falso.

En los seis affos de hi guerra de In inde- I pciulLMicia se peleó por m religión y por el rey, y la nación heroica era enlonro>i ri-alista; los que se levantaron en tiempo lic la Constitución en la época del ano 80 al SS'no escaseaban su sangre en defensa de la rausa que creian identilicada con ia del rey. Eslra- í fio es que se haya dicho que los realistas no ' se movieron cuando la revolución impuso su [ voluntad al monarca en 1fi20, siendo bien, sabido que el rey cedió á una insurreccioo [ militar, y que a í partido realista no le qñedó. por de pronto otro medio que obedecer, sino á lo que le mandaba el mnriarra, a lo que se le mandaba en nombre del monarca. Pero tan laeg^o como se echó* de yer el corso que seguían tos acontecimientos. tan pronto co- i mo se echo de ver que a(|uel sistema no se j sostenia sino por la violencia de la revolu- ' cion y la debilidad del rey. los realistas no i se ocultaron, no di'sjparecieron, sino que ¡ tomaron las armas relando á sus adversarios en el campo de batalla. Y cuando después de la muerte de Fernando VII muchos de los | realistas creyeron que el derecho estaba en favor de D. Carlos, no se ocultaron, no des- ¡i aparecieron, y dieron por cierto irrecusables | pruebas de (pie no eran cohardes. Qué {)ensarian de las palabras del señor ministro ¡ os militares que le estaban escuchando? ¿Ellos, que habian peleado, aun en las tilas de la llí'in;). iiajo las ordenes de generales ' realisLíis, que habían mandado también a gefes de opiniones realistas, y que se habian, batido con realistas? No eran cobardes por cierto los que ponían en tan terrible compro miso al Sr. Mariimz de la /^o^a,, presi- 1 dente del cdnsejo de miniatn» en 4895, 1 cuando arrollado en todns direcciones el ejército de la Keina abaudouaba a los vencedores las provincias del Norte y se re^»* gaba sd»re el Ebro, y.se hallalia en aquelhi situación angustiosa que tan viranienle nos ha pintado en su famosa Memorm el general Córdoba, y en la f|He el icabinete de Madrid pedia la intervención estrangera. El general Narvae?, y otros <|ue estaban escuchando al bcñur ministro de E>Iih1o sl' sonreirían sin duda cuandole oyeran íisegurarque kie realistas en el momento;! ■! ¡u lii i n ^e ocultaban y desaparecían: esos generales que babian visto de cerca á los carlistas, que habian der> ramado su sangre por la Reina en el campo de batalla, que tantdfciabian tenido que trabajar para detener á los ejércitos de D. Carlos de las jprovincías Vascongadas, da Aragón y de Cataluña, esos generales, repetimos, se sonreirían al oir que se trataba de tal suerte á los realistas, al' oir que en el momento del peligro se ocultaban y desafiarecian. STus grados y sus t ritrcs no quisieran ellos que se dijese que las habían ganado batiéndose con cobardes.

No concebimos qué objeto poede proponerse nn rfiinistro QC Estado entreirándrise é recriaiinaciunes tan duras y tan injustas. ¿Que importa el decir luego que noseqoiere hacer pasar á los partidos bajo las horcas caudinas, cuando se les acaban de hacer cargos tan ignominiosos? ¿Se cree por ventara qne es otra cosa que unas bóreas candínas el decirle^: nosíUros los constitucionales, solo nosotros somos los que hemos defendido el trono; vosotros no servís mas que para comprometerle, para ocultaros y desaparecer en el nrrincni ' i!i 1 |H'li_Tfi?» Ab! no eran solos ios carlislu> los que hubieran [lodido contestar al Sr. Mttrtnm da la B»- sa; si hubiesen podido levantarse de los campos de Navarra, de Aragón y de Tat,?- luíia muchos valientes que perecieron en deten!)!! del trono de la Reina, tieleii al jnr;n:i('!itn (jue liabian prestado, dirian sin duda que lamiiien ellos profesaban ideas realistas, que ( I cían verter su sangre por la hija de Fernando y no por ia revolución; que creian defender la orfandad y la inocencia, pero no formar causa común con los Irastornadores de la monarquía, con los que en nombre de la libertad incendiaron los tempins.K'^-^inaron ln< ministros del Señor, y con los (jue enriquecidos con el despojo dó las iglesias, y conlaadílapaeinDts dellasat»,- i de haber bcckt Ibrtunas escandalosas'con rl sndnr y la sangre de los pueblos piensaD cootcotarlos y satiüiacerlus arrojándales un pedtto de papel donde está escrita h palabra libertad. No lo entendíao así murhos áv los realistas que se comprometieron |jor Isabel U; mucbus que iiu se ocultaron ni desaparecieron en los momentos de peli-. -7 c— r - gro;- muchos (|uc no eran eonstilucJonaKS ni to que se íbñ á publicar. k> hubieran sido minea.

La cucsliüii de los bienes del clero liguró oomo era natural en esta importante discusión. El Sr. Tejada dijo que ern jtistn y urgente, q|Ue desde luego sa devolviesen á la iglesia los Iñeaes no vendidos de que fue despojada eon escándalo de esta nación católica, y ultrajando las leves mns sajrradas; a&adiendo en cuanto á los vencidus, que si en poUtica se creyese necesario sostener la venia, era preciso tratar de legitimarla, y que para esto era indispensable obtener el consenlimicDlo del Sumo Pontífice como caben de la Iglesia propietaria; (i<i(< solo asi podrían sostenerse como lerrílinias las adquiáicioues; que solo asi podría hacerse que. cesasen la inquietudes y trastornos á que están snjelas; que este es*el medio líni-«0 jtislo.

£1 Sr. ministro de Estado procuro tran- países ^' los ensayos del nuestro; pero nada quítizar á los compradores, diciendo (]uc el; mas dtOcíl que un proyecto de aplicación gobierno babia empeñado su palabra, que sencilla, útil y dnnuÍLTa. Vamos á manifesesta palabra era sniímtln. y f]uo la sostendría, tar nuestra opinión en la materia, no lison-Éu este pasagt; del disau>o hemos notado jcándonos del acierto, pero si muy deseosos con placer (luc el Sr. 31 ar fines de ¡a RoMa I; de alcanzarle no habla ya de derechos adquiridos, sino de intereses que no quiere trastornar; hemos - I no as nspOBSdile áe lo que se hizo en otras.

, I é|K>eas. pnes que cuando S. S. entró en el ministerio ya estaba dado el decreto de suspensión: no pueden decir lo mismo sus eompañeros; en cuyo tiempo, durante los meses de mayo, junio y julio se vendieron tantas V tantas tincas, como sí se hubiesen querido destruir en gran parte los efectos del decre- LA OIUiAmiUON DEL SENADO.

La formación del alto cuerpo colegislador tiene divididas las opiniones: el mismo gobierno no está seguro del acierto en lo que propone; y asi hasta cierto punto doja en su proyecto el medio para enmendarle, consignando en el mismo que las condiciones para ser senador podrán ser variadas por una ley. \o es de estrañar que hnyn esa incerlidumbre: el problema es de dillcil resolución. Nada roas fiícil que presentarmil proyectos, de organización de un Senado; basta para esto tener h la \ ista los ejemplos de otros ¿Our ¿Our notado que el gobierno esta muy lejos de sostNier doctrinas que pimimi kerir en lo mas minhnn á la Sania Sede, pero que re /nv cnnilirloiH's se han de satisfacer para constituir un buen Senado?.\o se trata de formar un mero consejo: s de esto únicamente se tratara, bastaría buscar la inte-¡¡fjfnrin, la probidad y la práctica de los hechos y re los males que se aeynirian sise negoiws. En tal caso deberían buscarse la trúfase dtde$lrHirlos: que no se quiere exi- | mayor parte de los individuos en lo masse^ gir el reconocimiento de la Santa Sede como Icelo de los altos cmp! adu^ un act<» de justicia. sino impetrar sn con- Se trata de constiluir un poder político» sentimiento como un electo de imiuiijenda. que escude el trono contra las injustas exijr bemgmdiul, j solo por mtar madores v gencías de la deniocracia, y (jue le detenga males y perjuicios. Este lenjzunj»^ le com- ctiamio los nialns ( (mscicrns le eondii/can al prendemos, aun en hombres «jue hayan sos- abuso de su tuer/.a. Este cuerpo, pues, detenido que la venta había sido un despojo, be ser tal que ni esté á meróen de Is dñmo> porque entonces se trasládala cuestión del i; cracia ni del rey; que ins|Hre respeto á terreno de la jiistida al de la conveniencia; aquella y á este; y que no eacite la deseoiOH y en cuanto á la conveniencia podrá haber lianza de ninguno de los dos. ^ variedad de opiniones, en cuanto á la justi- Bajo este concepto, es preciso buscar ipcia no. Este lenguaje le comprendemos mas dependencia é influjo positivo: es precisoen í'l Sr. Mardnez de la fío.sa, quien de sí que la camarn alta no esprese ni la voluntad puede decir con verdad en este punto que t d^I rcj;, ni la de la democracia; y es adema»