por esto \)Wíh\ (h'cirse (|iie ella vive.
£s cunoiio üb!>ervar oí nacimiento, la vida y la muerte de las coastitocíoiies en Espafta: desde quetiBBMl a|¡UerQpres¡dió á In suerte (le la de Cadir., no parece sino que las demás tacion del pais como ana ley que, no larda- ji Uun heredado laseult'rme(iad,es de »uproge-PÉ en regir; iperotesla que' haya aide aen- I nilora. La de 484t naetéeeaB üjigifodeiKiq Clonada y publicada no puede producir nin liUD créelo le^ial; es un proyecto, nada mas. Habiendo pues querido mejorarla Conslie#^ek de adoptar el principio reconocido lo8 pai^ies del mundo, de que la ley )afia, bajo la inspiración do la escuela revolucionaria, mientras el pueblo espaüol estaba peleando con inaudito heroísmo f)or el tueieo, B09 nemes quedado sin MBgana; y; rey: ella llevaba en su acompaftamiente.latr eMaBoe 108 patries del mundo, de que latey. pauoi unía en sus ecos ei gniude Me; MidhneBtal ha de ser acatada por todw lot de ReligioD. Sin embargo, en Jk t> oiadaéanos, nos hallamos en ana sitoaeion tal, que lodos pueden decir cuanto quieran eo contra de la Consiiiuciou, sin que la autoridad lenfm derecho á impedírselo. < En efecto, suponjramos qtm «B escritor eoalquiera ataca, y moteja, y desprecia, y ridiculiza la Conslilucion de IH 57, que leyalrigev l se podrá denunciar su escrito?
(!o( trtn;is volterianas, mientras el jvuebioes^ paüol unía eu susecps el grilude^M^jf coa el taatiiucion de 1812 (!stab» coaaigoada la soberar nía popular. Esto era nn sarcasmo, llabíen> du perecido el nuevo código a uiauos.^el rey entre las «elanmeioieB del p«a6/o $obem»»,' resucild en la punta de las bayonetas de lo» sublevados en las Cabezas de San Juan, para morir ulra vez a manos du uua iava&iou eatraogera, acogida tambiea oooeatoaiasaio F.l no dirá ni;is de lo ([ue han dicho el go- por h snlit-ranin popular. ineaia V laí» Cortes; ya que entre oiinú»4ro5, i. Cuaudo eu 4b3k|.t»^. eiUro de nuevo eti el dl|MlMa9:y<'8etfadore8 inn dicho coatra la sistema libeniliiaca, tanto el descrédito qua Constitución todo lo que se puede decir. £( liabiaoauia'Soliáaile^e^jnyosaBtertores, que acusado, pues, podria defenderse alegando ¡ tue preciso tomiir otro camino publicando el que no creía fuese un delito el repetir lo i Esialulo. Sin cn^^d^gp, a pesar de lo muqae ae Iw dicho en las Cértcs y (jueeonsta j cho que sé diftoreaicialia de la Censtítacioa en el Diario de las Sesiones y en todos los ¡ de ÍH|2, tampoco pudo echar raices: tnnrio íícriódicos. ¿l'uede decirse mas contra Jina ¡ lanilijpii de nuino aiiad;i. El interregno lev, que el llamarla anárquica, indecorosa j qonsliluotinal nupiulia >er tan cou>¡)lcl(^ que iaiÁH-onn. fondada en principios disulven- 1 nos quedáramos sin nioguoa GonstitticioB: tes, nacida di; un ns /íícrovo mnlin. hecha | otra vez se recurrió;i la panacea; se destersi^el caacorso de los poderes legíliioofi, y rola luomia.de iiiii, y scila.^a^ep triunp4a^lMM'r|idicalmente imU? Pues lodo es- I fnnte en bombrosde, los 'aamUnadoa de.la latta iba dicho en documeatos célebres, y Granja. • ¡/mí iiliu" • > un ta las Cortes en la famosa discusión; y por Discutida, aprobada, sancionada y solem-* eierto es ludo tan reciente, que no hay ne*! neiaenle pujlii^icadiai y jurada la de,1837,,, tttUad de reeordar los nombres de los que í «ióse rodeada, del autor y oa4i|i^4|e forfosv aüiribian los documentos. ni de los ora- i ¿quién lo dijera? de lodox los liberales. Los doreii que ampliaban lo a-enlni!o en ellos. proiíresistas la miraban, con la predilección. -íAhora bien; si no podna deiiuacwnic á | uue los p^iiíes a;,^^s hijos; y ío» moderación se ensanfffeatara contra ta ConstUu- || aot, celoaoBifialflaiOaT^diosos, de tanta glocionde 1837, m^nos si cabe se podria acu- j ria. dijeron que la nueva Goiiítitucioo habia Sttal.que se pcrnii llera la misma conducta ij smIo hecha, üu. por los pr^gcesiblas, pero <Ma'iespeeto á la reformada. LadelS37 l| coa los príncipio^del parlid». psoderado. L^r fue publicada como ley. 7 no ha sida dato- i elasticidad es uaaide las Ipyes'aiai ^cooflaa! gada todavía; pero la nnr'va no pü mas que | de la natnrale/.a.
un pruyecto,^ y sabido es que los pioyectoa Era iieccsario.fcr lince para descubrir que Üiyilizeü b; I los misiniH (|iie los del Eslalulo; nosolios iro lo hahiaino< advertido antes, ni hemos acertado a comprenderlo después: pero es necesario respetar los votos competentes.
Kl ■'»(liu'()<li» fS37 era todavía cscelenle á mediados de 1843, bandera común de los partidos, pacto de alianza entre antií;uos <»n<»mi?o« poro antes encarnizados, el sagrado cíKligo era el áncora de salvación, la esdas por el espirita que vivía en el Estatuto, en la Constitución de I8;n, francamente aceptada y lealmente jurada, y que ahora va á vivir en la Con^tQdmi relbriiHMia. Pür lo demás, es el mismo espíritu que se personiltcó cri Martinc/. de la Rosa, en OCalia, en Castro y en Arrazoia, en González Rra- «oalendieitCes, prenda de reconciliación de J bo, y tiaalmente en el saÚe delfeneral Nu>- vacz.
Merced á esa mulUibrme aptitud, ahora pf ranxa de la Mctedad española. Pocos me- | se encoentrael partido moderado am nin^uses después era la misma Constitución un germen de anarquía. un perene ultraje A la inagestad real, uii insut>erat>le obstáculo i lodo sistemt.de buen gobierfío, una planta tan dafVina, que la menor dilación en orna Constitución, ó con dos, según mejor le parezca. Sin ninguna, porque ¿quién le podria echar en cara la inobservancia de It Constitución de 18:n, cuando por tantos 1^ tulíis lia dejado de existir? Y ¿quién le porancarla podía acarrear males ineakuUibks., dna exigir la observancia de la Constitacion Cuátés serían las causas de tamaña peripecia, no es de nuestro propósito investigarlo; prescindiendo de los agente*? motores solo diremos que el fenómeno se realizó íaoiNftimamente, merced á )a inestrínable elasticidad.
Asi se ha descnhierto nn secrein que allana muchísimas diiicultades. Los partidos pdNtieod raeleii tener principios determinados, en fuerza de los ciiali s viven, y sin ios oaales i>erecen. Cuando se |»resentan en Rl escena, ya sea en la oposición, ya en el nando, les es preciso sostener esos principios; cnando los principio'^ <Tif nmbcn, sucumbe el partido; cuando lus principios triunfan, el partido triunfe. Mas el partido moderiuln ha discurrido otro medio, y por cierto ingenioso. No se ha vinruhdo con ning^una forma; se reviste de una ó de otra segDD los tiempos; eonsideréndolas todas como una especie de rnerpo mortal de que es necesario despojarse cuando «;iiena la ñora. La esencia del partido está reducida a un espíritu invisible, que tiene deseos, instintos, tendencias; pero carece ff * \\m forma fiolpable, visible.. Una que uira vez muestra también sil liamiomia, pero es al nueva, cuando todavía no ha recibido la sanción de la corona? Con dos, porque mientras la Constitución f!e tH íT no este íe- ÍiUnmuU derogada el minii>ieriO puede manar con arreglo á ella; y teniendo en Inear* tera la reformada, de un momento á otro puede publicarla, siempre que lo jui^fun conveniente.
Di jóse de Otosaga que quería llevar la prerogativa real en el bolsillo; pero los ministros actuales quieren llevar todavía mas, pues no se contentan como Olózaga coa llevar un decreto de diaolncion de Córtés ner breves dias, sino que por largo tiempo Hevan la Constitución, en la cual están lasprerogativas de ta corona y de las Gértet. Cuando se consigue tan insigne ventaja bien se pnede arrostrar el cargo de incoase^ cuencia.
El ministerio tieue suspendidas dos espa« das sol)re la raheza de lospartidos que no le jicrlenecen. En un momento paede dejar caer una sobre l<» progresistas publicanido la Constitución reformada, y obrando en oe»< secuencia; asi como en casos apurados, ¿y qué sabemos de lo que ha de suceder? en casos apurados, quizis no seria inpoaiMs través de sombras, de una manera vaga, con '[ presentar la Constitución reformada como rasgos mífl caracterizados, como aquellas impracticable por ahora, ^^uscitarle aignn visiones nocturnas que aparecen en los en- J obstáculo y negarle la sanción, Entóneos vesneltoe üfírigiendo palawas misteriosas. La \ rían loil moii¿f«|n¡coB el alcanoe de la políti*- fomia palpalilc del espíritu moderado es | ca del ministerio, y como en castigo de sus siempre una cosa muy distinta de el; hay exigencias, y sobre todo de su tu?;ratilud, unae<^eíe de metempsícosis. por medio de son entregados de nuevo al imperio de la la enal pasa á vivir en un cuerpn después | Constitución de is;37. ¿Qué le importa á que lia [¡erdida el otro. El si^temn de fS'31. osla Con.siiiucion el haber muerto? ¿No ticel de (836, el de 1840, el de 1843, 1844 K nen todas en EspaiVa la virtud de resucitar?
^. Pero eiilal caso, se oosdifá, sería in- repceMolativo está completamente resuelto evitable una mudanza de ministerio de | en España: de hoy en adelante queda demos ninguna manera. ludo es cuestión de opor timidá3. El {gobierno de ayer sostenía una medida como fiiiu-sla, niaíiana puede defenderla como nceosaria, y vice-versa: de la misma manera que la Cousliluciou de 1837 antes era mny buena, y de repente se hizo muy mala; asi en adelante pudria dejar de ser mala, y hacerse de repente muy b^aa. ^ii¿ incoofenieñte hay en eso? ¿No esOnios ^ipeodo que la urucncia de derogarla, que existió el 10 de octiihre á la apertura de Jas que continuaba durante la discutrado uueC'ói7««noes sinónimo ú&anarquia^ y por lo mismo resultan aiíanzadas deliuitivnmeute las iitsliluciones y asegurado el objeto cu pos del cual suspiramos desde mucho tiempo: la alianza del orden con la libertad.
No se diira «juc no hay la verdadera influencia parlamentaria. y que obran lastres influencias, por cicilo nada parlauieutarias;. la corte, el poder militar y la bolsa: esto son aprensiones del Tiriujio, ([uc llevado de un puritanismo e\a¿íerado no ha podido liucerse cargo todavía de lo que son las oporluuídae&ado como por encanto? No en- ^ ^ esas cosas, es DO entender ona pala- [ desT Este periódico,^ aunque adversario de liSUe íiohierno. ' los progresistas y de los monárquicos, no ü muuslcrio se ha encontrado con unaá h conoce al partido de ia situación, y asi es 4e. condición blanda y sosegada, que le ha necho cargos tan duros, que á ser •petir ' cierl que por ahora no llevan camino de rep ^escena de,l Trinquele; se les pide rel'or- Wkh Constitución, la reforman; se les pidiui autorizaciones, autorizan; se les pide la aprobación de un proyecto de ley en que no ^ devuelven al clero los bienes no vendidos, y to aprueban; se les pide luego la devolucioil,, y devuelven; se les pide aumentar espantosamente los presupuestos, los aumentU¿,se les pide auturiy.acion para el arreglo 4pP deuda, ^ autorizan. De la autorización para organizar el pais el ministerio usa iMlfutuutA. ellas no le eslimulau; el gobiernono publica la Constitución reformua con tanta urgencia, ellas callan. Con ese bello ideal de Cortes españolas, ¿podría c! ministerio pensar en otras? ¿.No seria uu delirio aventurarse ¿ peligrosos azares?
Los monárquicos han sufrido por cierto un rliasco completo: ellos creían ([ue con Cortes no se podia gobernar, y las actuales demoilrado evidentemente lo contrario. Omi Cortes conjo las presentes se puede gl^raar holj^adarneute; ai ellas son la es- Tlos, serian la condenación mas solemne que se arrojara jam<ás sol)re un partido j)ol¡- lico, partido complctaincnlc accplico, que no cree nada, no ¡jiensacu nada, que no VifK nt nada ai enia cabaa »i «a «í coroso»., ttda Las locbas de la prensa pérüMiea stm littá necesidad á que deben sujetarse todos los partido^, todas las opiniones. ()ue sea, como se ba dicho, la lepra de las sociedades modernM, ó que se ia considere como nno de sus mas preciosos rsnialles; que se parezca, como se ha dicho también, á la lanza de A(|ui1es curando con un estremo las heridas abiertas con el otro, ó que lasdcje sangrando, sirviendo solo á exasperarlas, lo cierto es que la prensa es un hecho, y un i-j-^ —.-ui. jjjjig ^ menos licia, en Tíélgira, en presión del partido moderado, este partido 3 hecho indestructible. C encierra elementos de gobierno, es ailamcnte berlad, reina en Frnn gobernable. Se dijo un dia en el Congreso Inglaterra, en los Eslados-l nidos y en gran Sie la verdadera comisión de las Cortes era parte del continente de América; y con mas ministerio; nos inclinamos á creer que es- o menos trabas ejerce inflojo poderoso arlaiirMitarias ' en los demás países díwide no ba podido eacion púa- 1 conquistar todavía semejante predominio, la é ilimita- ün Alemania, á pesar de estar aquel pais bajo un sistema de represión, es sin embargo te principio de las teorías p tiene aliora en España una apii tuai; siendo tanta v tan cumplida dl^eoofíanza de las Corles en su comisión, que solo e\ii:e, la presentación de los espedientes como una especie de ceremonia a prensa una venlndrra potencia; pues aparte la libertad con que «se discuten las de respeto. £1 problema pues del sistoBi9 I coestioiies lltorarías, cirílicas y religiosas» no deian de pesar nioebo en -la balanza po- Ittíca m opinión, las noticias, las dcclararinncs y basta las indicaciones de los periódicos.
Toélvase la vista en todas direcciones, y en todas partes se obsei v;itá el mismo hecho. Una asocíju ion política está incompleta, mejor diremos (ie^dmiada, si no cuenta con un periódico que la defienda; un ministerio siente tliuiiifar ol trrronn qiin. pisa, si no alcauza a leaer en su apoyo alguno:: óralgun tanto entra naiMros. Enp^rse en contrariarle abiertamente en{»leando nn sistema prnvMirinn y represión semejante al de épocas anteriores, sena esponersc á conflictos. CAO poca esperanza de obtener lunMí rt'siillado.
hiijfrese de lo dicho de que de lioy en adelante, sea cual fuere la doctrina que se profese, sistema qne se deKenda ó partido k (jue se pertenezca, es nere<:nrio resiL-n^'-'^r' á discutir en la prensa periódica. Esta nueva ganos de la i)rensa; la diplomacia no poede f arena de commte abierta por ha naciones- Kreparar y ejecutar acertadamente una com- ' « •> « ■ • • « linacion, si no po'^í'o tm periódico que, según las oportunidades, dcclurc, indique, ceda, proteste, á manera de plenipotenciario sin credenciales públicas, pero de autoridad reconocida; jior la prensa insinúa un monarca sus voluniadcs; por la prensa se avisan los conspiradores; por la prensa se hacen los partid' s declaraciones de guerra, su seña de rompimiento de hostilidades, sns treguas, susreeoncillaeiones, sus alianzas; por la prensa ataca la calumnia 6 increpa la justicia; por la prensa se vindica la inocencia ó desmiente sin rubor el crimen desvergonzado; á la piensa acuden las doctrinas disolventes y las conservadoras, las venenosas v las saludables; la prensa se encarga de laesladíslica del vicio y de los anales de la virtud; la prensa proclama la irreligión y la religión; de la prensa salen modernas sehalla abierta también en España. Sf>lnf)odrá reducir, se la podrá sujetnrá determinadas condiciones, se podrá lijar pordecirlo asi el género de armas. pero de an modo ó de otro será necesario aceptarla, entrar en ella y luchar. La doctrina y el sistema que cuenten con mejores adalides, tendrán sobre sos rivales gran ventaja: y los triwiübs que en ella se airancen, ó las* derrotas qué se sufran, larde ó temprano producirán sos efectos en el drden social y político. A fas ensangrentadas lizas han sucedido las co~ lumnas de los periódicos. a las lanzas las plumas; autes era necesario batirse, ahora es indispensable escribir.
Hemos indicado que las vicisitudes futuras nodi ian muy bien limitar en gran manera el uso de la prensa periódica, mayormente en asuntos políticos, y esto hi consitler -mos tantrt mas posible cuanto que est* lecciones desesperantes y palabras conso- jl prensa se halla en España muy distante dft ¡adoras; de la prensa brotan el amor y el odio, la paz y la guerra, la luz y las tinieblas, la verdad y el error, el bien y el mal.
¿Se compensa el daño con el provecho? ¿Se equilibran el bien y el mal? ^iprepondera c>te, ó aquel? ¿cuál de los do>? Ño tratamos de investigarlo: solo nos proponemos averi¿;uar el hecho del inmeusu poderío de la prensa periódica, para deducir algunas consecuencias con respecín K'^paña. Sea cual luerc la suerte que en las fulunaberse convertido en uná vdttadeta necesidad para lo general de la nación. Se cscrilie mucho, es cierto; y tampoco rahe duda que ha crecido en gran mauera ia aticion k leer; {tero nada de esto se halla, ni eoB mnclio, tan arraii:ado como en otros paises, donde sin embarízo no disfruta la prensa mas libertad que en España. Así es que conceptuamos, no solo {Msihie sino también probable, que esta libertad sufra entre nosotros nuevas restricciones; el ensayo de ns^ vicisitudes haya de caber á la prensa | González Brabo no será el último.
periódica de España, es lo cierto que ac tualmente disIVula de una libertad semejante a la de otros paises regidos por el sistema representativo; y que aim cuando los acontecimientos viniesen á ponerla muchas trabas, y hasta sujetarla a previa censura, siempre quedarla con bastante latitud para ejercer poderosa inllucncia. Tales d espíritu de las sociedades modernas, y que Como quiera, con mas ó menos lil)ertad habrá periódicos, y estará por tanto abierta la liza á que se verán precisadas a descender todas las opiníonea.
La prensa periódica, que con este ó aquel titulo ha defendido la causa de ia revolución, ha llenado cumplidamente la misión de que estaba encargada: su obj^ era destruir, y ha destruido. Tero esa aruo ha dejado de introducirse y aclimatarse " ma tan poderosa no debía quedar esdustvamente en manos de la revolución; y al frente de la prensa revolucionariu ha comenzado sus trabajos la prensa reparadora, laque sin desconocer el es|)irilu de la época sostiene los grandes principios tutelares de nuestra sociedad: la religión y la monar- 3iiia. Meneslcr es confesar que por efecto e diversas circunstancias no ha llegado todavía al punto que conviene, y que es de esperar atendida lu fuerza y vigor que puede recibir de esa misma sociedad a la cual ha de dirigir su palabra. Cuando los escritores se encuentran solos, cuando notan que sus doctrinas no hallan apoyo ni simpatía, natural es que se desanimen; y no es estra-110 que después de haberse esforzado inútilmente durante algún tiempo, acaben |>or abandonar un campo infecundo; pero cuando las doctrinas están en armonía con las de la n«ncion, cuando el escritor esta seguro de que la palabra que encomienda al |>apel hará vibrar dentro de poco millones de cora- j roñes, entonces la convicción propia, se- i gura de su elicacia sobre las demás, se es- ¡ presa con mas calor, y las njismas resisten- j cias (|ue pueden encontrarse al paso, sirven para aumentar su brio y energía. Kn este I casóse hallarán en España los sostenedores de los |)r¡ncipios monartjuicos y religiosos; mas para lograr plenamente su objeto es menester que no desconozcan su verdadera posición, y no se hagan ilusiones que podrían ser dañosas á su causa.
En España hay espíritu nionánjuico; y este espíritu es umy vivo, muy poderoso, j y solo (leslruclible con el trascurso de muchos siglos, si es que algún dia se haya de I destruir. Un pueblo que como el espai^ol ha | vivido bajo el imperio monárquico durante | tantos siglos; <|ue bajo este inq)erio ha combatido por espacio de ochocientos años con- i traía media luna; que ha descubierto nue- ' vos mundos, y (pie ha sido una de las pri- i meras potencias de Euro|>ii; que ha renova- [ do y vivilicado su entusiasmo con el grito; de viva el rey, en una giuírra inmortal como [ la de la independencia, no puede menos de ser eminentemente monárquico. Esto es verdad; verdad que no deben perder nunca de vista ios escritores públicos, y de la cual pueden sacur mucho partido los sostenedores de las buenas doctrinas. Pero al lado de esta verdad existen también otras verdades que no deben ser desatendidas. Es necesario guardarse de un error en > que mas de una vez se ha caído, y es el creer que la monar(|uía debe ser defendida en la prensa con el mismo tono (jue en 181 i y en \Hi:i \ cada época exige su lenguaje, y á esta exigencia no fidtan los partidos im- Iiunemente. Una de las armas que con mas labilidad han empleado los amigos de la revolución, ha sido inculpar la exageración de de sus adversarios: esta arma es menester quitársela, y el medio seguro para eso es no ser exagerado, ('uando la exageración no existe en la realidad, en vano se empeñan los adversarios en achacarla: engañan á algunos incautos con huecas declamaciones; pero el público lee y juzga: sino hay exageración sino razón, el publico dice, uuquí hay razón, y no exageración.» Para obtener esta justicia basta esperar algún tiempo: las declamaciones cansan, la sátira se einliota, los apodos inspiran disgusto; lo que perma^ nece es la razón; quien la tiene de su parte, triunfa.
La exageración mata muchas causas, y á esta exageración están sujetas aun las que mas se distinguen por la verdad de sus principios, la bondau de su lin y la rectitud de sus medios. La exageración tiene también otro inconveniente gravísimo, y es que a la sombra de ella se ocultan los |>érlidos, y se dan importancia los nulos. Las declamaciones violentas, las ponderaciones sin tasa, las invectivas, las alabanzas hiperbólicas, son trabajos (pie desempeñan con gusto los ({ue quieren perder una causa; asi como por otro lado se encargan fácilmcnto de esta tarea los nulos, \m no ser cosa quo exija mucho talento. Lo que si lo exige, y ademas largos estudios, es el colocar laa cuestiones en su verdadero terreno, el presentarlas bajo su verdadero punto de vista, y el encontrar, esplicar y defender su veriladera resolución.
Esto es lo que hace mas bello, mas sólido y seguro el triunfo de las causas; lo que las salva cuando están en peligro, lo r|uc hasta las resucita después de muertas. Una teoríq l>olítica aconqMñada de buena fé, robustecida con el apoyo de los hechos, deseuvuelta con claridad y defendida con (irmcza, acaba por abrirse paso al través de todas las resistencias, mavormente si los escritores poseen las cualidades de estilo y buen tono, cuya falta achica algún tanto las verdadei mas grandes, y deslustra las mas bellas. Asi, aplicanilo estas reglas á la defensa de ios príncipíos monártjnicos, se echa de Ter qae ha de producir escaso efecto en la época actual el o'-f i^iarsp á cada paso por ia bondad ))aternal de ioi monarcas, el pintar con fiicticio entusiasmo los siglos de oro que nos han proporcionado, pI echar á los novadores loda la culpa de todos nflrstros males, y empcíiarse en que los gobiernos de los reyes no hicieron mas qae buenas obras y milagros, el recordar de continuo los felices tiempos de!a escelentc ndminisirarion qne tenia las arcas repletas de oro, y en que dichosos en lo hiteríor, poderosos en lo esterior, respetados cu lodo el nimiíln, eramos los españoles ia admiración y la envidia de cuantos pueblos habitan ia redondez de la tierra. Esto no convence* por(|ae á vuelta de muchas verdades encierra muchos errores; esto no convence, porque manifiesta en el escritor mas pasión que convicción; esto no convence, pon|uc si d lector no es muy rudo ó muy poio avisado, no podrá menos de recordar lo tjue liabrá leido en la historia, y lo que quizas habrá visto con sus propios OJOS.
Defiéndase la monarquía como una institución necesaria en Europa, y muy particularmente en España; recuérdlMisc y encómicnse los beneffcios qtic ha proporcionado á los pueblos; preséntesela como un emblema de nuestra nacionalidad é independencia; t^;'l¡„^^nse á la memoria sus irloriosas lia/.afias en las cuatro parles de la tierra; deliéndasela contra las injustas acusaciones de los demagogos, y no se permita que manos impuras profanen las ccni7n<5 do brandes monarcas; cotéjese la bcni¿;uidad del imperio de los reyes con la cnieklad del despottsnfo anárquico: hágase lodo esto enhorabuena, que todo esto se puede y se debe hacer; mas para ejecutarlo con buen resultado, para desarmar é los gue combaten el poder monárquico, é inspirar conñanza á los (\ue dcsconlian de él, es necesario ser veraz, aer sincero, ser franco; no ponerse cu contradicción con la evidencia de los hechos. Para rechazar con buen éxito las calumnias, es necesario confesar la verdad de los carpos justos; y para hacer apreciar el bien, no jioner mas del que hay en la realidad: donde hubo un bien, decir que le hnho, y decirlo tal como fué; donde hubo un mal, confesar que le hubo: obstinarse en deten* der un iticificnlr^, pti ([in; i'.nr iiP'ri^inn fia de salir condenado, no cb propio Uc aboj^ados hábiles; y el sostener una cosa en qae se sabe que no hay razón, es contrario a tai biipna fe biipna fe (irnnde y venturoso fue el reinado de los reyes catweos, grandes fueron también los deCarlos V y Felipe II, aunque ya notan venturosos; pero desde que descendió al i sepulcro el fundador del Escorial, ¿ané se j hicieron el girandor y?a ventura?;.no se echó á perder con espantosa celeridad la mas rica y magnitica herencia que iej^ara á sus hijos ningún monarca? Ea tiempo de Car-: los II. ¿dónde estaba la España délos reyes católicos? ¿Qué incMTivíMiienlehav en reconocer estas verdades? Con negarlas ¿dejarán de ser verdades, y verdades tan conocidas!? Esto no daña á^laltistítucion, pues no hay institución humana con la cnal no se haya incurrido en errores, que haya estado exenta de abusos.
Fl escritor que desea defender con buen éxito la monarquía, es preciso que teniía la iniparcialidiid y la entereza necesarias para decir la verdad <á la monarquía misma. El primer efecto de la adulación es inutilizar al escritor, previniendo contra él á los lectores. Iláblese de los monarcas difuntos con respetuosa justicia, y de los vivientes con respeto justo; nada mas. Cuando asi se proceda, cuando no se empleen demasiado ea la discusión las fórmulas de!a • corte, ni se arridte á cada uiouicnto el menguado escritor a la vista de la elevada sabiduría y de la bondad paternal de los soberanos, enlODeos, al defenderlos, tendrá derecho á ser oido; de otra manera. no.
Pasen en buen hora los revolucionarios del insulto é la mas villana lisonja, y de hi lisonja al insulto, según los monarcas les complazcan ó les disgusten; levanten sobre todos los soberanos al que acaba de qae-Imntar su cetro para entregarle á las nanos de los dcuia,:;Oi:()s, y luciío cidiran de lodo c ignominia a esc niisnio soberano tan pronto como deje de serles acepto ó necesario; esta es su historia, este su interés; peroles houdires que defienden h la nionarqnfa pOT convicción, jamás deben llevar su respeto hasta las b$«f as humillaciones, ni su jasta »' vcridad 1:! i el insaltantc atrevimiento. Casos hay en ipie conviene hablar, y en- Itonces la*entere/,a y la rectitud encuentran siempre un lenguaje decoroso, mesurado, (liuuo de ellas, y digno de las personas á • quienes se dirige. Casos hay taáibien ea r tos qwc no se tocan sin ninncharse', ni se miran sin rubor; y entonces nada hay mas cspreshro que h elocueieia del sileiMm.
Ocasiones se le presentarán al escritor para reprender lo que en su interior condena; en todos los paises del mundo las cosas 'presentes tienen semejantes en las pasadas^ y nnn pinroladn vnli^nto y(»pnr!nn;i <nhre un pasage de la historia es fácilmente intcrpre-. itada por el lector como una uiirada severa ^'«ontra los imitadores del mal.
Hay en la historia de las nneionos épocas desgraciadas, en nuc es preciso ser muy mo- 'iftitfiiieofÉra no dejar oe serlo; en qoe es necesario tener muy arraigada la monarquía en las convicciones para que no caisa del corazón. En tales casos, no han sido los buenos defensores de la monarquía los qae la han defendido cf)n lisonjas y mentiras: ¡dé-♦iWI escudo!...Lo han sido, sí, los (pie desj^s de hal>er aconsejado á los pueblos la Wttlíott debida, hablándo|<>s en noailwe de!a relipon. de In paz y (le los intereses públicos, han sabido volverse hacia los reyes Increpando sosestravfos y desmanes con respetuosa firmeza. ' ' - Kn todo buena fé, en todo verdad, en todo el valor de nianifestar las convicciones ^Ülfiri decoro, pero sin timidez: bé aquí las primeras cualidades de la prensa sostenedora de ios buenos principios: la mala fé, la mentira, la adulación, la pusilanimidad, son cosas indianas de ella, aon gérmenes mali^ nos que e^icrili/an, (juc matan la baeoasemillaque se pueda esparcir. ' ' - ■'^^ fial«f(ar las pasiones, el escribir contra lo que dicta la conciencia, pm* oblener el pasa.ííero aj)Ianso de las turbas, ó la mirada benévola del poderoso, es una falta ^oe cuesta cara á los escritores, echando ¿ perder la misma causa cjue se proponen sustentar. Quien escribe para el pul»lico. debe oír sin duda á todo el mundo para no hacerse ilusiones que le oculten la realidad de las cosas, debe recibir con ¡rralilud los consejos, no solo de los mas entendidos que él, '^no aun de U» qne le parezcan muy mferiorcs á él; que de todos los juintos se reci-Ih' alirnua luz. y aun de los mismos necios pueden aprovecharse consejos atinados; pcit) el escritor necesita tener convicciones Jirojiias, criterio proriií). ^fiitimi'M'ifos propios; juzgar por si mismo (Ic^juii <lc haber oido ¿ los demás; no inspirarle jamas en las Kasiones del momento, sino iendo y escribir medílandoi fÉMIciáaaiillidiU « ft Después de la revolución que heoMS atravesado, V que todavía no ha concluido del lodo, se halla la sociedad espaüola sujeta á condicíOBeB nniy dirnaas de las en qne se encontrara en tiempo de nuestros mayores. La Es|>ana de hoy no se asemeja por cierto ni a la Francia, ni a la luj;lalerra, ui á ningano de los demás paises coyas fonnaB p^ líticas ha adoptado; pero tampoco se parece ni a la España de Felipe II, ni aun á.la de los primeros años del présenle s^le. El tienifK) nooorre en vano. Nuestron iuioTa* dores han acarreado á su patria calamidades sin cuento.pr haber concebido uua España semejante a otras nackmes de Europa: lee que se propon^ían remediar nuestros infortunios han de andar con tiento en no acarrearle nuevas calamidades, figurándose la Espaftá de hoy semejante á la EspaAa antir gua. Si tal equivocación padeciesen, su obra no.seria duradera. Se ha dicho (^ue el tiempo no respeta lo que se ha' hecho sin él; pero tanpoeo respeta lo (]ue se hace, si no se cuenta con nada de lo que ha hecho él.
En la vida de las socicuadus como en la de los indÍTidoos, hay diversidad de periodos á cuyas consecuencias es preciso someterle: la infancia, la adolescencia, la juventud, la vejez, el estado de salud ó de enfermedad, de ealnw ó de agitación, exigen un ré^'imen distinto: cpu-rer aplicar el mismo cu todas las circunstancias, es csponeise á cansar grandes males y por fin la moeile. ' El error fondamental de los liberales hn consistido en querer introducir en España doctrinas y sistemas que estaban cu abierta oposición con todo lo dominante, sin ipw bnlnese precedido ninguna clase de dispo» siciones preparatorias. Por esto la revolocion ha sido siempre inqmpular, y se ha visto combatida por lo que es su sosten en las denK> uai iones: la democracia. ¿Quién no ve en INI 4 y en ISá^ia una democracia que grita viva el rey'f ¿^oién no vé que es el verdadero pwMo el (]iie derfUn tea lapidas, aplaude el decreto del rey á su vuelta de Francia, y que después se alista con entusiasmo en'b» lilas oe Merino y del TrapíMisf? ¿No se descubre aquí la Kspaña antip;ua t on sus sentimientos monárquicos y religiosos. Itu hando contra los que intentan tnosfonnarla;i viva fuerza? De todo esto prese irj:l;i ¡v!i Ins libomh's; no totnnron la penado atenderá loque existía, antes de ensayar la realización de lo i{ue ó ellos les fafriagtba. Comenzaron por zaherir i la religión, cuando la reli?;ion ern lo mns poptilrfr que babia en España; comentaron |)or ataear á las clases privilegiadas, y mtiy partirulnrmcnli' al clero, cuando elclero se furniaba del mismo pueblo, cuando los conventos eran un asilo para muchos hijos del puetrio «cuando del pueblo salían los hombres que ocupaban las nia> ailns di-nidades de |a Iglesia, cuando el pueblo estaba en incesante contacto, en intima relación con la Iglesia* noBoio en lo tocante á lo religioso, lo qin^ se enlaza con la vida entera, «?ino tami)icn en lo concerniente á educación, instraocíon y hasta medica de subsKteneia. Este error lo ha panado la nación con treinta años de con\ uisiones, trastornos y catástrofes, lo está pagando aun en nuestros dias; y quiera Dios que esta infaosta cadena pueda terminarse con!r\ vida de la generación que acaba. Este es nuestro deseo: no diremos qne see^ nuestra esperanza.
^ En oposición á eslc error, podría incurrirsc en otro por parte de los hombres adictos á los principios reUgi<^s y monárquicos, c«Ml-8eria el prescindir enteramente de las mudanzas sufridas por la España antigua en sus ideas, scniimientos, costumbres é intereses. Por mas supcriiciales que se suponf^n- fas huellas dejadas en España por la nrfiíin revoinrionaria y ot cspirilu del si^lo, no puede negarse que estas huellas existen, ▼ BO en pequeño número. Reuruébcnlas en buen hora cuantos estén reñíaos con las innovaciones. pero rerono/can al menos que existen; y en su pcusamienlo y en sus obras nodríden jamás este hecho. Al resolver un pro[)It'nia os njenesler hacerse cargo de todo* los datos, de todas las circunstancias, t^iolu CQulrariai) como távorables. El maquiñista al ^«mpsénder la coostniccion de su ni;irp;inn, no ^í)!n lleva cu monta la fuerza uioU'iz de que puede disponer, sino también