ría de que ha de febritar sn artefecto; Oft la propia suerte, qni' ü haya de gobernar la España, es necesario que a mas de ta Espafia antigna, de la España religiosa y monárquica, de la España de las tradiciones, de ios hábitos tranquilos, de las costumbres, sencillas, de escasas necesidades, de un carácter peculiar que la dislin^ uf de demás naciones de Europa, vea la España nueva con su incredulidad ó indilcrenda, su aiicion á nuevas formas politiCM, sus ideas modernas en oposición con noMtns tradiciones, su vivacidad y movimiento, sus costumbres ioiportadas del cstrangero, sus necesidades bijas de un refinamiento de cultura, su amor á los placeres. sii afán por el desarrollo do los intereses materiales, su prurito de iiriilar a las demás naciones, en particular á la Francia, su fuerte tennlencia ánnn transformación completa que Iwrre lo que resta del sello verdaderamente español, y nos llaga entrar en esa asimilación ó filsion universal, á que parece encaminarse el mundo.
Esta España nueva no consuiviye por cierto la mayoría de la nación, pero es so parte mas inquieta, que mas se a^ita, que mas snenn en todo'? los negocios piihlicos; la que habla, la que escribe. la que viaja, la que tiene en su mano mil medios para dar ( ¡rculaeion á sus ideas, propífi'ír «^us pasiones, defender sus intereses; laque ha ocupado todos los puestos y todas las avenidas del |)oder, la que está en relaciones. en incesante contaelo con el resto de la Europa. Esta minoría pues, si bien debe ser dirigida, y en ciertos casos reprímida, nunca del>e ser desatendida comidelamente, nunca se la debe desairar de tal modo que se la convierta en enemigo irreconciliable, nunca debe ser escinida de toda influencia de tal stierte qne no le (piede mas esperanza para abrirse paso que eL camino de la violencia.
Una de las causas que mas han contribuido á irnposiliili! ir el trinnfo de D. Carlos, ha.sido el que se le ha creído resuelto a seguir la política que acabamos deseilalar co» mo nociva. Si en este príneipe no so hubiese visto personificada otra cosa que la unidad V la fuerza del poder público j el triunfo de las ideas religiosas. sin oposición decidida á cuanto aconseja o imperiosamontc exige el espíritu del siglo; si, con razou o sin ella.
las resistencias que ha de vencer y la mate- >> no se hubiese creído que bajo sU' reinado estaña la EspaBa sometida u una especie de absolutismo macho mas esclusivo quo el de Fernando VII; si, ron rnzon o sin ella. DO se hubiese generalizadú iu upiaion de qoe con O. Cdnos era en yano pensar en reformas de ninguna dase. en transacciones de niníTun género: si por lo misnui c-^tn España nueva, comprendiendo eu eita lodos sus matices, no hnKiese tenido tan foerte anti> patia á D. (M-irlns. es bien se{?nro que al príocipiar la cuestión dinástica se hnhiornn Dallado los ánimos en disposición muy dilerente, y que durante la j^uerra y entre los escesos de la revolución, los p:>rti(lns que mas ó mci^s directamente resisluin el Inunívée'^éste principe, habrían snfrido ^ves modifícaciones, que una politica conciliadora y sn^a7 pudiera aprovechar en conlra del gobierno de Madrid.
"Fero nada de esto sucedía, porque no habia en dicho sentido ninítina esperanza. A poco de comenzada la guerra, conocieron qne era inevitable el desencadenamiento de la Tevolacion, aun aquellos qae habían sido bastante cortos de vista para no verlo antes; mochos de ellos contemplaban con horror el ajUÉtio áque se nos conduela, miraban con «f|iaiitó iá dilatada série de ( aiástroíes que fferirios á atravesar, y se entrcíraban al despecho y á la desesperación, al considerar tiltel^ibnidad de que la nación atcansaso un j)0(!rr (lii'no de csfe nombre mientras durasen las inraustas condiciones á st» liallaba sometida. ¡En cuántas cabezns no bulleron peilbímientos para dar á los negocios públicos una dirección difcrenle!;Kn cnánt06Íabios,uo asomaron, de la manera que a la'sanm '^ifNnÉlir podían, las palabras de conciliación, de transacción! ¿Que hubiera sucedido siguiéndose una politica á la altura del sigilo, que no desconociese lo que era «▼idente^ eráe no se empeAaseen obtener lo inasequiííle, que nlnicse una puerta de avenimiento, de transacción, de paz, por la cual entrar pudieran bondires de todos los pVrtíd<» sin Mjar demasiado la cabeza? Pero no se oTfS nías que flodo ó nada. " /.0"é importaba el que una que otra vez se ha-Máse de jperdontlos liombres que tienen arntas en la mano y que no carecen de medios pam hacerse respetar, qnernin tal vez transigir, mas no implorar perdón. Véase lo que ha sucedido eon los earitrtas i la división se introdujo en sus filas llamándolos á ser convenidos, mas no perdonados. To- I davia los hay en gran númem éilpnrsos por I los paises estrangeros, que prefieren arrastrar una vida de privaciones y miserias, á Í pedir ni aun recibir oi perdón ni aomistia. No todos los hombres son tan constantes tm la adversidad, pero todos son igualmente exigentes cuando todavía se sostienen en pie, cara a cara del enemigo.
I^ro voÍTÍendo al punto principal, insislío mos en que el gobierno que se empeñase en prescindir enteramcnle de la España nueva, ateniéndose únicamente á la antigua, Íprovocaria por necesidad gravísimos eonflin^ tos y aeabai iu jior sunimliir. Si* contiene un molin, y se dununa cuu la íuerza á.lo8 amotinados; se desbarata tma conspiraioton y se ahuyenta ó se castiga á los conspiradores^ ' se reprime una insurrección militar, ó se la! previene con cuerdas medidas y disciplina severa; pero el emso de las ideas, el espfl ilii de la época, estas cosas se dirigen, se moderan, se moditican; pero no se detienen con la fuerza. La mano imprudente que se les pone delante, ó es hecha pedazos ó es dehiiitiidn \ descompuesta con la acción di-I solvente, iuu el aliento abrasador, á cuy» I inflaencta está sometida «Un misma. En el estado actual de las naciones modernas, en el mismo carácter de su civilización, se ha- Illan caucas profundas, necesarias, poderosas, irresistibles, qne impiden el completo aislamiMlo de un pneWo, y que frustran I los designios que á tal objeto se dirijan, por mas bien combinados que &e les suponga'. I Hay la imprenta del mismo pais, que coa libertad ó con prcvin ccn^iira, hace participar del muvimieulú ¿general de los ideas; que btceconaeerhis noevÉs ^teorías, aus^ que sea combatiéndolas, que da noticiado los nuevos sistemas, aunque sea abominando de ellos, ilay la imprenta * slrangera que á pesar de todas las trabas y de las mas so-' veras prohibiciones, echa sus libros y sus •^ folletos y {)eri(Klicos \yor encima de las aduanas, haciéndolos llegar hasta el corazón del pais bloqueado. Ello lo liaoe diiicil el gobierno á fuerza de precauciones, mas nunca del I¡ lodo miposible; estrecha el curculo de la influencia, mas no la dcelrayo ctnpletamn»^ te. Délo que pierden las nnevas^ideas en estension. se indemnizan algún tanto con Ila intensidad: porque las teorías son mas cngaAosas, cuando el que las estudia eori , amor vive en un pais donde se las rechaza y * ni aun se permite su examen, y las ilusione* son ñas seductoras ciuido distancia de la realidad en que vive el qoe lasespeiiinenta. ' ' MfT M es esto deehr que se haya de abandonar de! lodo el sistema de la represión y de las prohibiciones; antes bien creemos que US eu muchos casos ulil, y en algunos necesario: solo nos proponemos manifestar í|ue este sistema es por si solo insuficiente, que no conviene liar demasiado en él; que es peti^so empeñarse en emplearle coa deaoMidido rigor; que es no conocer el si.ulo en que vivimos, ni el carácter de la civili- • zaciou de las sociedades modernas, el pensar qne á nn gobtemo naradv i los pueblos la dirección que bien le parezca le baste el reprimir.
Bien muestran estar persuadidos de lo eontrario los gobiernos de Europa, sin escppluar ni los mas absolutos: y asi no se bao contentado con el sistema de represión, que sffl embargo no olvidan, sino que han procurado evitar las revolocimies, haciendo a tiempo las reformas convenientes, ('iiando en las sociedades hay una necesidad que redama vivaannie ser satisfecha, es preetso latisbcerla, aunque cueste algún sacrificio ál amor propio ó á los intereses: y el modo de salisfaceria sin traspasar los limites debidos, sin quebrantar los principios de jus-'ticia, es haeer por medio de las levf s lo que al htt se encargarían de realizar la injusticia y la TÍolencia. No basta decir: «esto que existe es legal; nadie tiene el dereeho de atacarlo:" no basta repelimos; porque cosas muy legales pueden entrañar algo que careacade la eonveiMente equidad; cosas muy legales pueden haberse puesto en discordancia o en oposición con el espíritu de la época, con ciertas ideas, con ciertas necesidades, ciertas preocupacÍMies que dominan la opinión pública; cosas muy Icíralcs (pie pudieron ser úiiles, altamente provecliosas en los siglos en que se establecieron, v aun ' mucho después, habrán quizás dejado de serlo con el trascurso de los años, y el tiempo que todo lo trastorna habrá acarreado tal veis circunstancias lotalnienle diferentes, cuando no diametral mente contrarias. Esta es la condición de las cosas humanas: si esa instabilidad la recuerda de continuo el moralista, no deb0 jamás peiderla de «isla el legislador.
Y no queremos signilicai (|ue, los gobierá mayor I de reformas: muy al contrario, si( se trata de tocar á lo que existe de muy antiguo, es necesario audar con sumo tiento. De una ley ó institución existente se veo fácilmente los defectos de. (|ife adolece, los males «jue causa, los bienes que impide; uero no tan fácilmente se conocen los males que resultarán de su auseñtia, los bienes que con ella desaparecerán, los vicios de lo que se piensa suslituu le, y ni aun si es posible reempiazarbi con algo. Es un principio de legislación que sin evidente necesidad no debe el legislador apartarse de aquel derecho que por mucho tiempo ba sido tenido por juste; y este principio de profunda sabiduría se aplica a todo lo coucernionte á la organización y gobierno de la sociedad..
Hay en esta materia dos opiniones estimas. Los re solucionarlos dicen: «En este edificio hay algunas piezas (¡ue por mal construidas, o por viejas, o poriiue carccea de objeto, im> sirven; arruinemos pues d edificio entero, y cu seguida lo levantaremos de nueva planta.» Los que se oponen á toda innovación dicen: «Cuanto hay en el edificio es tan útil como era antes; y sobre todo, esto existe; estamos en nuestro der»-dio al conservarlo tal como se halla.»
Los revolucionarios ponen munos á laidiia: si no pueden trabajar de dia', trabajan de noche; si no puethMi batir aliiei lamente la muralla, penetran en ius eiitrauaa de la tierra, y coDuenzan zapando para volar el edificio de una vez. Sus adversarios redoblan la vigilancia; multiplican los centinelas; hacen nuevas obras, no en lo interior del editicio y en las piezas inútiles, sino en los punios de dcfcn-a, ronlinminau también para dcsluiratar a los que ^uüan; v cuando contemplan rey^irado y robusleciab el muro, cuando4lÍWÉ<coamado de numerosos baluartes,. spugnables, y se lisoj^ean de ¡Vana ilosioni S existen en efecto los'males que se señalan, si esto es evidente, la verdad no se oculta a los mismos encargados de la Ueíeusa. La división intestina onmíensa, el descontento cuude, el desaliento se apodera de unos, la desconfianza de otros, y al fin no fallan algunos que poco delicados en punto do honra, abandonan el poc*-to que se les ba encomendado, y quizás franquean la entrada a los enemigos. El «todo o nada» se cumple; y un momento des- Aos deban prestarse ligeramente a exigencias " pues no se encuentra mas en el flitio qoe un Dlgitlzed by Google moiitun (le riiioas, luuibu de iimuuierables victimas.
La razoD, la justicia, la pmdcacia, no se acomodan con ninguno de estos cslremos. La sana política procede de otra manera.— Aquí luiy cosas malas. — Quitémoslas. — Las hay inútiles. — Veamos si pueden servir para aljio, arreglándolas de otra muñera. — Seria | mejor arruinarlo lodo, para hacerlo ente - | ramonle nm^vo. — \o: porque en primer lugar, no pueden quedarse lodos los habitíui-, tes á la inclemencia: ademas arruinándolo ¡ todo de un golpe, serian innevitables muchas victimas, aun entre los mismos que se I proponen demoler. — Pues lo arruinarenjos nosotros. — Están tomadas las medidas; y el ^^ mpeñe en esa tarea insensata será c.i- i.. i » severamente. — Pero al menos derríbese d«'S(le luego lo que nosotros indicamos como malo ó inútil. — Ante todo conviene no precipitarse; y muy particularmente no liarse demasiado en lo ¡pie vo.solros decís. Tal ve/, llamáis mala una cosa, porque no es buena para lo que vosotros deseáis; quizás declaméis contra su inutilidad, porque es muy útil para contener vuestra impetuosidad destructora. Examínese lo que hay de verdad en vuestras aseveraciones, lo qué hay de fundado en las (picjas; y con el tiempo necesario, y por medios legítimos, quítese lo que se tíaya de quitar, destruyase lo que ie haya de destruir, refórmese* lo que se hava de reformar; pero cuidando siempre de no dejar el edilicio en descubierto, construyendo por un lado mientras se derriba en otro; y sobretodo guardándose con suma escrupulosidad de no locar á los cimientos, pues el mas ligero trastorno en! ellos pudiera acarrear una catástrofe. Esta es la conducLi que debe seguir un gobierno cuando ve delante de si á la revolución amenazando. Contenerla, pero (piitarle al mismo tiempo los motivos, yhasla si es posible los preloslos, uor poco especiosos que sean.
La dilicullad suele estar cneencontrar el verdadero punió en que convine colocarse, | asi en el camino de la resistencia como en ' el de las concesiones. El resistir demasiado puede provocar la esplosion; y el conceder mas de lo que conviniera espone á ser arrebaUdo por la corriente, punto que dihcilmente se encuentra c uando suena la hora de una gran transtormacioa social que suele inaugurarse con un profundo trastorno, pero | quft es menos diticil hallar cuando pasada la ^ crisis violenta, queda toda\ia en la sociedad una lucha entre lo nuevo y lo antiguo, que aunque continua, viva y hasta peligrosa para el porvenir, no a|)remia al legislador con un riesgo inminente. La Inglaterra en fa é|)oca de su revolución no hubiera podido seguir sin mucha dilicullad la liuea de conducta ({ue sigue aboni, procurando conciliar las ideas opuestas y h)s intereses encontrados. Ilay en la vida de las sociedades momentos terribles, en que los homiires andan arreliiilados por la corriente de las cosas,, y en que para contener el torrente de las calamidades y catástrofes es necesario poro menos ({ue un milagro del Todopoderoso. Pero estos momentos pasan: son las convulsiones y el delirio de un enfermo: llegan tiempos menos agitados, en que si la razón no recobra del lodo el imperio perdido, ul menos logra hacerse escuchar, y ejerce alguna iníluencia en la dirección ue los negocios. Entonces es cuando tieiu) lugar la combinación, el pulso del verdadero hombre de estado; entonces cuando si bien no hay completa claridad, tampo<-o hay una i>olvareda tan den.sa como antes, entonces puede un ojo penetrante manifestar su íucr/a para encontrar la verdadera línea de ccmducta que preserve de recaer en la.s pasadas desgracias, y repare cuanto sea posible las desastrosas ceusecuencias de los trastornos.
l'n error en la elección puede acarrear males de inmensa tra.scendoucia. En España han pasado los momentos de frenesí, y se abre una época nueva: ¿acertaremos en el verdadero punto? Ya hemos manifestado cuan peligrosa seria la ilusión de que se puede prescindir enteramente de la España nueva; |>ero en cambio advertiremos que el error fuera todavía mas grave y mas funesto, si se creyese en la conveniencia, ni aou en lu posibilidad, de prescindir entera^ mente de la España antigua. Esta brilla menos que su antagonista, pero puede mas; no habla lauto, [tero venido el caso, sabe hacer mas; no se agita, no bulle tanto, pero tíejie mas vida, mas robustez, mas elementos de duración; entiende menos cu el arte de derribar gobiernos, pero entra/ia mas elementos para rodearlos de fuer/a y estabilidad. La Es|)afia nueva se encamina a sustituir la incredulidad a la fé, el goce á la moral, la teorui á la It adición» el iulerés privado á los antiguos vmculos sociales, el espiritu de resi.steQcia á los hábitos de sumisión. El [mX" irenír de fanacton, ipvfiéé MMgtné Mchh sivamcnle á semejnnlcs olernonfos?
Eíípatia miova se divido on dos fracciones; unos quieren anarquía cu las ¡deas y nnarqiifa eolos hechos; otros anarqoía en las ideas, despotismo legal solfrc los hechos: qiif también a la sombra de las leyes y por nuulio de ellas puede establecerte él despotismo mas doro. Se ha observado qne no hay absurdo aue no!o haya dirhn alsrnn fiiósoXo; y pudiera añadirse que no hay al»-sardo, no hay iniquidad. qaé la historia no nos presente con la sanrion dr- ali-Mina ley.
Ambas frai cioncs empero convtf non en quitar loiiii wiJluencia a la España.lalifrua, solo qne la una la qoiere lomar a su servicio, la otra la quiere oprimir sin k ¡ «os. Pero ya sea con unos, ya sea con otros, es e vidente para todo hcímbrc observador qne « tiende á trasformar enteramente la España: unos predican en los articuloí\ de fondo lo que los otros en el folletín. ¿Dóode hay mas peHp;ro?
Los españoles que sin desronocer el espíritu do ta época, aman sin embargo de veras la rcligiou de nuestros padres y la monarquía, es necesario qne mediten profandarniMilc sobre esta sitmí^idn de las cosas, y que procuren liacer j)rcvalecer las doclriñas verdaderamente conservadoiaí, guardándose empero de toda exageración que pudiera comprometerlas. Por el contrario, el mejor medio para solircponerse á sus rivales, 6 cuando menos colocarse ét igual altura que ellos, es adelanfarse á proponer, á ejecutar, cuando les sea dable, todo lo men. no solo pa^a figurar con hrilFo en bl parada, sino también para sostener ventajosamente la pelea. lian Irnnsrnrridfi tres siglos de poz, pero la hora de la guerra ha sonado: vano sería el desahogarse en quejas estériles, en recriminaciones; la Providencia ha dicho: ha^^ta de pa/, habrá guerra;» es necesario someterse a sus decretos.
¿V (|iiicn sabe si en los inescrutables artaiios del Eterno, no está destinada esta guerra para producir biiMies incalculables? El infortunio prueba, punlita y agranda las alnias, desenvuelve y vigoriza ios sentimientos, da á los rarnrtéres temple y energía. En la lucha se forman los atletas;*en las épocas de choqne de loi principios han figurado en la iglesia los príaien» sabios. Al frente de Arrio e.«itá S. Atanasio; de Pelagio S. Aítustin; de Abelardo S. Bernardo; de Lulero, de Calvíno, de Beza, de Junen, Cano, Be* laniiino, Petavio, "Ro^^siiel. Cuando se traban en el seno de la humanidad esas luchas colosales, en que se dislocan las montañas, y se imponen unas sobre otras, la Providencia ^i¡<. ¡ta gigantes. En todas las épocas de la historia los vemos aparecer de liet»pü en tiempo, ó como genios del mal que vienen á asolar la tierra, ó comó celestes menragm^, (juc ahuyentan á ios monstruos con espa& (íc fuego.
¿Por qué no le estarían reservados también á nuestra patria dias grandes y esplendentes? ¿Por qué de ese choque mismo que lamentamos no podrian surgir torrentes de luz y de vida? No caigamos pues en desaliento, ni nos entreguemos á csQesiva conbueno que encerrarse pueda en el sistema i iiaaia. Para todos los grandes triunfos hay de sus adversarios. Cuando una cosa esté ^.m condición necesaria que ningún hombre puede declinar: el trabajo. Cuenten poco las en abierta oposición con las necc'^idndes ó intereses de España, no conviene empeñarse en sostenerla; cuando una cosa es evidentemente útil, no obstinarse en combiMhrla. Es necesario maniobrar diestramente para tomar la delantera, para quitar lo (pie (lañe é embarace, ó para estalrfeeer lo que sea provechoso: es necesario llegar al punto deseado antes que ellos, haciéndose el órgano y el apoyo de todo lo bueno; en esta noble carrera, lejos de eaponerse á la ver- 117.a de una derrota, es preoiso ambido- tencía. nar el lauro de la victoria.
Pasó la época en qoe ciertas ideas no tetrian eu España otro trabajo que dominar, de boy en adelantf^ e«tríTi destinadas á combatir; es necesario que ios iiombres se for- > buenas ideas con el apoyo de los gobiernos; y cuenten mucho con la fuerza propia. Auméntenla y empléenla con tino, peré con firmeza, con constancia;" (pie larde ó teni|)rano el triunfo será para ellas..\o esperen mudanzas imprevistas, ni golpes niágic<^ que en un momento inauguren el siglo de oro: para ediílear se necesita largo tiempo, y restaurar es cdiíicar. Kl decir «hágase» ^ quedar hecho, solo lo puede Ia^Omnipo> DO€t MEATOS DI*: BOtllüKS.
y i>ittiiiaMÍv ta Midríii D. Carlos iiu desaparecidu de la csceDa, y en su lu^iar se ha culwado su hijo; osle es uu aconleriuiiento in)|torlaiite. El luaniüeslo (jue ha se^'uido á la renuncia indica un uuUihIc cuinhio eii la polilica; esto es todavía nías importante. Pocos hombres habrá que reúnan una opinión mas fíeneral y mas bien sentada de honor, de reliijiosidad. de sinceridad, de convicciones, de deseo del bien público que D. Carlos; pero si como homhre obtiene el aprecio y Tes|)Cto universal, tampoco puede negarse que como princifw era objeto de prevenciones tau fuertes, (jue nada hubiera sido bástanle ü disipar. Fueran justas ó injustas, fundadas o infundadas, lo cierto es que exislian, tratamos únicanienlc del hecho, no de la razón en que pueda estribar. Y en circunstancias como las de í). Carlos, un hecho semejante no uuede ser desatendido; quien no cuenta c<m lH^u material, ¿á qué queda reducido si le falta hi moral? Y esta fuerza moral i>n un principe es njuy diferente de su buena reputación como hombre particular; errados consejos o circunstancias infaustas pueden hacer inúlil para ciertos objetos al mejor hombre del mundo. En 1K.'{2 la fuerza moral de D. Carlos, como pnncipe, era muy grande; los errores, las desjAracias, y el mismo curso de los años la han consuníido.
-Vuu entre muchos de sus mismos |>artidari06, el primitivo entusiasmóse habia reducido á simple adhesión y respeto. D. Carlos habrá conocido su verdadera posición, y á su desinterés y rectitud de intenciones no le habrá sido difícil elsacriticiodelamor propio', si amor propio haber pudiera en conservar una posición que debia serle tan aflictiva.
Al retirarse este princi|)c á la vida privada, si ha echado una mirada á sus años anteriores, no debe haberse alejirado ce haber nacido en re¿;ia t'una. Dilicil era que en iiiia condición menos alta encontrase tan dilatada serie de sinsabores é infortunios. Pasa sus primeros años a la vista de (iodoy, lonipartiendo con su hermano el dolor que «uusarle debiera un espectáculo semejante; carn'k ius dt'.Ncipoleou; vuelto a su patria, cae en breve coa toda la familia real en poder de los demaf'o^'os, hasta que los li-^ nerta en Cádiz el ejercito francés; y después de |)ocos años de bonanza, no todos nien sosegados y satisfactorios, tiene la des^Taciade indispcnierse con su hermano», no puede hallarsejuntoa su lecho al exhalar el último suspiro, y declarándose luego en guerra con su augusta sobrina, proclamada reina de España, sufre las inavores vicisi-' ludes, y al liu sucumbe, para ir á ser en-, cerrado de nuevo en una prisión, también en pais cstrangero. Fiaos en las grandezas, humanas y en la elevación del nacimiento, l'esíires doniéslicos, prisiones, insultos, espectáculos de torrentes de sangre, lUrá vez prisiones: lié aquí lo (|ue encuentra en su vida un hombre que \H)r largos años ha vis- ' to una corona tan cercana á sus sienes; y, en el último tercio de su carrera, proscrito' de su patria, ignora si sus cenizas podrán un dia descansar en el j)anteon donde reposan sus ilustres antepasados. Puedan losdias, del anciano conde de Molina ser menos ¡nloriiiuados de lo que fueron los del jóven infante, y del que años después numerosos y aguerridos batallones aclamaran re\ en Na*-vana, Aragón y Cataluña, paseando sus banderas por todos los ángulos de España.
Pagado este homenage de respeto al ¡n- • fortuiiio de un hijo de Recaredo, de San; Feruíindo y de Felipe II, vamos á emitir algunas reflexiones sobre los notables documentos que han visto la luz pública.
.Nada tenemos que observar ni sobre la renuncia, ni sobre las comunicaciones que. han mediado entre padre é hijo: este es uu asunto de familia y de convicciones particuculares. En los documentos se habla de derechos, porque sus autoix's han creído le- ' nerlos; si esto no creyeran no cstarian en liourges. Nada tenemos que decir sobre este punto: solo haremos notar, que si algunos fuesen tan susceptibles que ni aun eslc, * lenguaje quisieran sufrir, les preguntaremos si era de esperar que ó D. Carlos se." presentas(> al mundo diciendo que.se habia • engañado, ó bien que su hijo al reemplazarle declarase eslc engaño, v rechazase ' todas las pretensiones de su padre. Sea como fuere, repetimos que natía leñemos que decir sobre el particular: en nuestro cents luego conducido al cstrangero para per- i cepto, todo lo que sea remover en un arlí uiaaeccr durante seis años entregado a ios ■ culo la cuestión dinástica considerándola en hecho ^)ucs de la existencia de la cuestión quedaría intacto. El hombre de estado debe atender á los hechos cudndoson graves,.sea cual fuere la opiiiioii que sobre ellos abriífue; hombre practico, eminentemente positlTo, no debe aferrarse á un argumento ó un testo para dirigir su conduela. sino procurar conciliar los hechos que á su pesar existen, y evitar por medies justos y razona-•bles el que la sociedad sea víctima' de choques violentos. Lo demás es indigno de un Jiombrc de estado: es propio únicamente de un disputador, que al salir de lá disputa se vuelve á sus lluros, sin la inmensa responsabilidad de la suerte presente y venidera de catorce millones de compa- El mnniÍH sto del prínripe que reemplo'/a á D. Carlos producirá en Españp y en Kuropa' una impresión profunda En él hay digiiidadsin altanería, blandura sin humillación, indicneiones grave*: sin manifestaciones inoportunas e impropias. En breves palabras, sencillas comoá tan alto ran^o cumplen, sentidas como las inspira el infortunio, estan torados eslremos tan sumamente delicados de una manera que ni rebajan al que habla, hieren la i&s($eflÉilfkl^ guno de los que escuchan. A las diíicnllades relativas a la persona se contesta; á las que se refieren á las cosas se deja entiBver |v contestación. Un principe qUe hiciese el manifiesto con la mano en el puño de la espada, seria rechazado con espadas; un príncipe qUe hablara en actítnd suplicante poéslo w rodillas, seria despreciado. Entre el ruego y la amenaza había un medio: y este medio io ha encontrado el ilustre proscrito.
Recorramos los principales nuótoft del maniliesto. El hijo (le D. Carlos nablando á los españoles podia ser considerado por algunos como provocador de la guerra civih' sus primeras palabras son una praiesta ditff i paz. protesta que nplauflimos sinceramente,' asi bajo el punto de vista de la humanidad como de la política. Los borrores de la AM ma guerra son muy recientes, han sido d«sí masiados, para que nadie pueda abrigar síd estremecerse la idea de encenderla de nuevo. ¡Ay de los tronos qáe se levanten etP medio de un lago dé sangre! La cansa de la humanidad tiene un vengador en el cielo. .\o basta el decir: «yo reclamaba derecfaoíl| que creí me pertenecian; la sangre se Im' vertido: yo no soy responsable de ella:« es I necesario saber si se han agotado todos los medios pacíficos, si se han necho todos sacrificios que tienén derecho á exigir, b6; diremos la vida de millares de hombres, si-' no la de uno solo. Esto no debe jamás pe^^ derlo de vista un principe, y mucho menélf un principe cristiano: la misma vietnria no , escusa una catástrofe; las victimas de la an)bicion ó de la imprudencia turban el sne* I ño del vencedor y emponzoflan diclÉi' I No se han hecho los pueblos para los reyes; I los reyes son para los pueblos, lina dinastía I np es una familia propielariá que puede ái§¡^ I poner de una nación como de un rebaño: es una familia consagrada á la felicidad de los pueblos: la sangre que se vierta por sucul-! pa, la mancha horribieMent^*. La Prnviden-«'ia tiene reservadas grandes espiacioncs á las familias reales que pierdan de vista estas máximas: habia en Francia un TeV'jiíP ■ deroso -, ctíyosólio brillaba con tanto il^^ÉIHdor (pie stis pueblos deslumhrados caian de; rodillas, y sus vecinos se admiraban y tem« blalAd: mijo este reinado se veri lé nmclti^ sangre; el nieto de este rey pereció en un cadalso, y el último vastago de esta ra/a anda errante por tierra estrangera, miranbigltized by Google do de cerca tina patria cuyo suelo bo puede [ )isar. V<'rd.i(les lorrihies, jíero ver<1afl<*s; no as desoirían los miembros de la real íamilia,; ni los que se hallan en Rourges proscritos y ' prisioneros. ni los (|uc hala^íjidos [M)r la for- ' tuna viven entre ma^nilicencia y poderlo en su alcázar de Madrid.