Si, dice bien el Manillesto, basta de san- §te y de lágrimas; si, basta: la nación española tiene derecho a ello. Esta nación, que con sus tesoros y su sangiv rescató á la familia real prisionera del vencedor del mundo; esta nación (|ue recogió del suelo una I diadema <iue nn uxuiarci débil habia dejado ettti y que la guardó como una reliquia nmidfl. para noiiersela de nuevo sobre la ¡ cabeza al salir (le su cautiverio; esta nación (|ue cu a(|uolla lucha gif^antesca se mostró tan prande, líin leal, tan generosa como sus aseendienles de ílovadonga al levantar sobre sus escudos a I'claNo en la cúspide de un monte cercado de cimitarras, esta nación tiene derecho, si, á que baste de sangre y de lágrimas. Todos los miembros de la real familia tienen obligaciím de contribuir a que no se derrame mas sangre, cuando no fuera por otro motivo, por una deuda de gratitud, i Cuando el genio de las discordias quiso; lanzar entre nosotros su íorniidablc tea, no \ Je dirigió a los pueblos, sino al répo alca- I zar. Allí comenzó la división, v de allí salió ' elincendiít. con)0 la lav.i ardiente que se derrama de una altura y «levasta las comar- i Cts vecinas. Una escena desagradaWe co- ■iraza en el Escorial: ¿sabéis que drama Irsi^ie? I,a dilatada cadena de desastres j que principia con el levantamiento del í de i mavo V acaba en la batalla de Tolosa. Otra;.
división trabaja los salones del regio alcázar, en los últimos años de Fcrnaudo: ¿sabéis sus consecuencias? Levantad con la imaginación innumerables piras, de base inmensa, de altura colosal; arrojad en ellas los lísoros. las preciosidades de la nación, el fruto de los sudores de familias sin cuento; haced que ardan en todos los puntos de Espana; abrid en torno de ellas anchurosos lagos y llenadlos de sangre; amontonad cadáveres en toílas nartes; contemplad interminables hileras (le valientes tendidos en el polvo, y cnando la imaginación hava hecho tan horribles esfuerzos, todavía os habrá escedido la realidad.
Los pueblos no lo han olvidado, y por esto aohelao ardientemente una reconciliación (jue apague para siempre la tea de la discordia; no desean (jue se dipute sobre quitan luvo la cul|)a; desean, si, (pie nadie la tenga en adelante. Y por esto harán tan buen efecto en la opinión general unas palabras de paz, como lo hubieran hecho malo unas palabras de guerra. Con razón habrían podido esclamar: «¿todavía mas? ¿no son todavía bastantes los (pie gimen en la miseria victimas de alguna catástrofe? ¿no s(m bastantes todavía los que lloran sobre una tumba, que encierra su amor ó sus esperanzas?»)
Los sentimientos pacílicos del hijo de don Carlos encontraran eco en el corazón de lodos los españoles, se-a cual fuere la opinión á que pertenezcan y la bandera dinástica que hayan defendido: todos liaran justicia á esa voz de reconciliación, la primera (|ue oye el piiblicó de la boca de un individuo de la real familia después de la muerte de Fernai>do. Es de creer que estos sentimientos se hayan abrigado en bis pechos de los que han lidiado durante tan largos años; pero hasta ahora no los habían oido los pueblos de una manera tan et-plícila y solemne; siendo de notar que esta reconciliación se csliendc a lodo. a las personas de todas clases, a las cosas de lodos géneros.
"'Antes de hablarse en el Manilieslo de la reconciliación de la familia real, se rechaza cftn nolilera y dignidad la inculpación, la simpleí sospecha de deseos de venganza. Esta es e) arma con que combaten al principe los (pie se proponen cerrarle para siempre las pu( lias de Espafia; esta armadebia queliraiilarse nnte> que lodo, l na lan dilatada ^^Mlí ur (;ii;i-tr(>fes deja profunda impresión en los hombres que recuerdan sus eompromif-os; en taU^s casos, conviene dar completa seguridad de ipie no se volverá la vista airas, y cumplirla promesa con severo rigor. Prdceder de (.ira suerte es perpetuar las calamidades ¡inblicas, y prepararse las propias, l'na nación no puede estar dividida en vencedores y vencidos, en leales y trai-* dores. en beles y sospechosos; los gobiernos «pie fundan su sistema cu clasilicariítnes semejantes, al lin las encuentran realizadas en la sociedad; (píicn se empeña en versos-|)echosos. al lin los hace: quien se empeO» en ver traidores, al fin los ve, ponjue los encuentra. Kn un pais no debe haber aias clasificación (pie la de hombres que observan las lev.'s, y hombres que las infrinírrn Cuoudolos le^culimieatos particulares ¿ubeu á la regiion dcifiodei', lecercsn de mm atmósfera espesa y malii(;aa, queucabapurpruiiucir una tempestad. Y en ia época aoUiat, los ti*-nos tienen un piiriicular interés enconsen'ar el cielo ^reno; lastortiieutas!>onde una nueva especie; los rayos que descienden so^re los pueblos., aeipenteai «n raomftiilB «liededor de lov mooaicas, y calQioan.aiis tros y diademas.
Aquellas consoladoras palabras de m A»- brá paríülos, no habrá mas que españoles, espresan algo mas que un sentimientu de generosidad: encierran un sistema político. En todos los partidos hay «lementos que puediMi servir: quien rechace imprudenlemente esos elementos, perpetuara ios partidos; quien los auroveche con cordura, acabará por diaolver los partidos coníuiuliendolos en un sistema nacional, £n todos los partidos hay un caudal de fuerza; esas nenas estaá ahora en oposioioa, y su lucha produce el caos; annonizadlas, y de su armonía resultará una vida lozana y fecunda.
NinguoQ de los partidos actuales encierra las condiciones necesarias, no solo para hacer la felicidad púhlica, mas ni aun para I sostener ia tranquilidad por iargo tiempo, porque ninguno de ellos encierra toda la vida ia la sociedad espaítoia. Si os atenéis énicamente a lo anti^'uo, os <hs!;)¡s del movimiento general (le la civilización europea, teaeis nn vivienle en medio de la atmosfera, y no queréis que respire el aire que le circuodii. Si,T!?íiTit!oTinis lodo lo anticuo y os entregáis sin reserva a lo nuevo, va)S acorrer tormentosos azares, para eslrallaras al fin 1.;^ srílnd de las sociedades, como la de los individuos, no se conserva bien en situaciones violentas. Ni el ambieate húmedo y frió de las tumbas, oi el polvo -secaBie y abrasador de la plaza pública.
Esta grande obra de r^ncüiaciop le es imposible al poder acUial; no es toda la culpa de los hombres; el obstáculo está en el tomk) de las rosas. Desde que se suscitó en España la cuestton diuasitca, el poder sialió enervado: aoneobrará ali fuetu hasta (jue esta cuestión se ahr^i^nf. Sí esto no se obtiene con un avenimiento, io&afios se enaargafén de la tarea; mas en tal easo, es Beeeaaríoiiiala presente generación renuncie á Irt e^penn / i do alfiaDiar días de ^tanion; el público habrá juzgado si la fundÍHbamos en palabras u eu hechos. Itoolamese cuanto se <)uiera contra la amhicí(« de nu familia, cenim la iucorregibilidad y terquedad de los que han simpatizado con eita: ias declamaciones no destruyen los. hechos: los hechos esiaa aU. Loa banhraa m ae oanvencen de esta manera; es preciso emplear otnfe medios. A un argumento oponett otro argumenlo; i ua desoen otro desden; i «a recuerdo otro recuerdo; á una realidad una esperanza. Si los discursos hubieran bastado a mudar la naturaleza de las cosas, tiempo há que habrían cambiado: y sin eaibu^ peruianei eu las mismas. Los que se empeíian eu ocultar la verdad dicen siempre a los pueblos: la^ tempestades pasaron para no volver; el cielo esté sereno, radiante de lus; mas los pueblos, al levantar los ojfis. srffalan con. él dedo las üegras nubes peudienles sobre so cabeza.
Tiempo ha que estamos oyendo: «todoae acabó; no mas reacciones, no mas revolnciones; ialbriciuAl que se inaugura una épo-( a de paz y felicidad: ya se termiaóia revolución, ya cayó exánime la reacción: aia» has carecen de vida, ios objetos que les servían de pábulo están reducidos á la nada;» y después de. tanto repetir lo misaM, encontramos con (¡uf» las dos fírandes cuestiones que euceudieion ia guerra civil, la cuestión religiosa y la dinástica, comparecen otra vez en la escena, en estos mismos dias» con sus dimensiones enlósales. En estos mismos dias la opinión pui)lica se remueve profundamente en diferentes seatidos cou las noticias de Roma y los documentos lii-Bourges. ¿H\isten estos hechos? ¿si u no? Pues si existen, abandónea»e esas declamaciooea que ya no éngaftau siiio á niy payia» La esperanza de que {H>r los medios seL'uidos hasta ahora se pueda alcanzar la tranquilidad, se ha perdido cotnplelinwnic; ea* te es un milagro que la «|Milíoil páblida 1* creerá cuaudo lo vea.
Pero se nos dirá: usi todos los hombres de bien se uniesen sinceramente al gobiea^ no: todos le ayudnvrn; si abandonasen para siempre sus' pretensiones particulares, accjptando de corazón el sistema y las cok dicmales que les ofrecemos; sí^nadie trabajase en contra de nosotros. veríais romo el bili4ad y iumauiía. poder se robustece y el orden j^e consolida. » No- hace nmoho tienpo uue espusimos Sea «el en kiM bun; pero eslo.e^vnle á lai; nqtwaa émiartBn npíK *• deoir que ai np lmbí«ae.k divieícNa^ Man» friiiamof? los rosultndos de ella: lo qiip no i tnmporo se riorra la pncrta á nada. Iaís pies mucho desctihri miento. La diliniilnd oslá jj labras de honor, de dignidad, de conciencn que la división exisle, y (|m' no se la remedia con palabras, sino con herhos; no con |)alialivos que anieniíflen la apariencia de un smtonia, sino llcirando a la rai/ dol mal, y haciendo desaparecer sti causa. La diticullad esta en «pie hace larííos años lo*; (Mrtidos dicen alternativamente: «yo represeaio á la nación: yo soy el único (pie ((mcto derecho á gobernar; quien nie cómbale es un rebelde;» y en que los demás partidos no quieren convenir en ello, y dicen que también ellos existen en la nación, v son parte de la nación, y para nrobar su existeacia, cuentan en alta voz los individuos y las clases «pie les pertenecen, cuando no es-< 02en otra prueba roas peligrosa, [)ero mas decisiva.
Ed este conflicto m» hay otro remedio que un poder (jue ejicerrando todos los títulos de iegitímidad, verdaderos ó imaginarios, atraifé y asegure alrededor de si á toda la nacioa; un poder que lodos hayan de aceptar, porque lucra de el no encuentren punto de a|K)yo. Cuando los partidos se digan a si propios: «es preciso resignarse a lo (|ue hay, ó BMnhiar la dinastía de Borbon, ó establecer la república". enlímres las conspiraciones no encontraran elementos sino entre unos pocos díscolos; podrá haber conjuracini is no revoluciones.
hi ptiiu r que resulte de esta alian/a es el único (pie alcanzará la fuer/a necesaria para fundirá los partidos: esta es la situación actual de Kspafia; esta sera durante muy largos años. Ks preciso* no hacerse ilusioneslas desmentidas basta ahora pudieran cierrnlc bastar para desvanecer las venideí)e todo esto se deduce que el objeto tes deseado de que no haya mas que españoles, no puede realizarse sino con la combioacion indicada.
Tocante a los hechos de la revolución, encontramos en el.Maniliesto el lenguaje que corresponde á las circunstancias de quien habla: cj (pie acaba de colocarse en el lugar de D. Carlos no podía por cierto ha- ( crla apología de lo que se ha hecho, comliatiéndolo su padre; pero tampoco debía levantar un grito que le presentase como desconocedor de la siluaciou de las cosas y de la fuerza de los acontecimientos. Iáí propio opinamos de lo relativo á la cuestión dinas- I tica. No hay compromiso para nada; pero t « i:). de interés de la familia, no hieren nin-,:^iina sus<'eptibili(lad: estos son sentimientof que respetan siempre aun los adversarios mismos.
"Kste Maiiilleslo, se nos dirá, podrá contener lo <pie se quiera, pero tiene la desgracia do salir de la cabeza de una familia ya' olvidada; todo lo que en favor de ella se pondere, son exageraciones: su voz no es la de concihacion, sino de la impotencia.» A esta respuesta opondremos una réplica muy sencilla, un hecho. Si esta fan)ilia no puede nada, si sus palabras no significan nada, si su vida política ha terminado para siempre, ¿por que se la retiene pr1si(mera en Bourges? ¿Por qué dan tanla importancia á esta retención, asi el gobierno francés como el español? Si en la cárcel no hay nada vivo; si no hay nías (pie un (adáver, ábranse las puertas, déjesele al aire libre; que el rayo de luz que alumbrará su rostro, mostrará las infalibles señales de la muerte; y bien ])ronto el viento llevará el fwlvo del fantas-' ma que poco antes hacia miedo.
MAS SOBBF. LOS DOOlUE'VTOH DE BOrBGES.
EktíIo «n Tirii ti í Jf junin d» t»ii W IH de niismo.
y publicado en Htárii La renuncia de D. Carlos y el Manifiesto de su hijo han producido eii el publico la profunda impresión que era de esperar. Al escribir estas líneas no podemos hablar de la que habrán causado en España, sino por conjeturas; («íro si conocemos la (lue han causado en l'aris. Todos los |)eri()dicos de lodos los colores han convenido en la alta im|>ortancia de estos documentos, y en que la linea de conducta (|ue ha comenzado coa el Maniliesto, no puede menos de favorecer los designios del principe (|ue en el habla. La opinión j)ublica esta de acuerdo con la prensa: si hubiese (|uien se empeñara en mirar estos suceíos con soberano desden, no viendo en ellos mas que insignilicantes pópelas, aplaudimos su serenidad y admiramos su penetración.
Antes de ahora, no se podia hacer ninguna indicación en favor de la familia prisioncra en Bourges, sin am ét&ét liiego se oyera •Haairitf la pMdttioiai Mbre AfiéoH'hmoí ahinnniilc grito de que se Iralalm de eütrunt^ar a L). Carlos e:»uul!>audo u babel LI. hn oons han cambiaoo; D. Carlos se- ha retirado esponláDCiiineiUe de lodos los negocios piibliros; nnitque sus parlidarios quisiesen y pudiesen colocarle en lu^nr de Isabel, esto no se verilicariav:por(|ue él ha jpenuncindo. loilo lo (pie pueda decir^^e de ' {H-etensiones de U. Carlos no se reÜMe.ya, 1 'ni referirse pnede é su persoM: I>. Cáms I no pretende ya n:ula para si; él uisino se ha colocado en la clase de un principe que no ambiciona el cetro, sino que desea (>at»ar tranqvikuDMle el mío de bus. ¿m en- el retiro de la vida privada: hn dejado el nombre de Carlos V, y Inniado el niodestlo lilulo de conde de Molina. En este j^unto pues no 4ia|r euestion de níostM clase; las declamaciones han de cesar, carecen hasta de pretesU). Cuanto se reliere a iutenciiMes, á ideas, á earécler personal ét 0i Gidos, es ieoporluno, á nada coudiioe, sinoes á )»atisfacer el encono de los que no quieran respetar ni ia regia alcurnia, ni las viitudes particulares, ni el inrorluníot wm defpues de iiaber pedido nsilo en la oscuridad del hogar doiuesticu..\o podemos j)ersuadirnos que sigan semejante conducta ios que tan elocuentemente comlnitieron á Jos que se atrevían cnnlrn ntru iiiforliinl" pnrciorlo no na voluntad, el sincero deseo del bien de la Estis diicuHadie »> m üb. oériMPii neganu^ que aisrunas son jíraves, que en el curso de ona negociación podran ofrecer tropiezos; pero lo que conviene considerar es si el trabajo q«e 8e4ngt.|Mr vencerlas, y los sEirrilicios que se arrostren para ditrlcs una solución satisfactoria, no se couipeasari» ftbundanlenMBte con los bieaw icmIIí> dos. Si el ncgociu no fuera graVe' y ditieíl, claro es (jue no llamarÍH tan vivamente la atención de la l^>aña y de la Eurojia.^.^ • Orase comidero el puntó diaéMiei,^1Ihi el político. saltan á la vista los ohstácsios que se han de encontrar en el (-aniino de la conciliación; por lo mismo estanius lejos de I creer que el negocio esté adelantado. La renuncia y el Manilicsto no bastan; sin el Manifiesto y la renuncia no se podía tiacer nada; esle «t «n pato índispeiisable, seht dndo ya; pero es necesario no hacerse ilosiones. creyendo que todas las dificultades están ya superadas. Por mas que se bable del motivo del viaje de la reiM, de eaíMdencias de fechas y otras cosas por este tenor, no podemos resolvernos a dar importancia é rumorescuyo fundamento se igaora. fil temor, le «aperaue, ^ prarite de lewntar castillos en el aire, v machas veces la tan gcaude ni tan duradero. Vixra dos ob^jetus | mala fé, inventan aduurabiemente una serie políticos no debe baber dos' corazones. ' ' ide noliaiM y combÉUMioMt estupendas, i^oe El haber desaparecido este motivo ó pre- •M.-e9|^san niiguiMl realidad. « ^wt testo, allana niurlins dilicniliKlcs. No todos Si esta reconciliación se ha de veriíicn', penetran lo (|ue hay en el tondo de una de- i dudiuiios mucho que las negociaciones se «lamaeion, por iniabflistelDteifde seA, euan- | anticipen al^ impidan de le epinoii; I» do ven en ella la enunciación de «n hecho qne no se puede negar v que el declamador comenta á su manera. ItfieBlras 'O. Garlos no había abdicado, no existia ningún acto Kúblico y espliciio que demoslrnííe la posiílidad de una transacción: en intenciones, en desees; en hechos mkB'á kieéo» «Biii cativos, podía' ñtndarsi> la (Conjetura de<qae la trnn'í.iccion era realizable; p<^ro las cosas estaban mtactas, se hallaban tales como a taUnwvto'dehivy: & todo 6 nadej^lHirque en efecto, mientras 1), (liirios tm di>sap;ireciese de la escena, no había mas me<lio que Di CárlOsfiikk Isabel, ó isabél sOa IJi. eárlos. YAesto el hijo en lagar del padre ^ ya'Vo'lMy esa alternativa; el camino qneda abierto para una reconciliación; las dilicultadesque ofrcz- j| i drW'lMIMitMtá iMiÉiilNlll iBMHilo*/'débíuÉB * (le la opinión, |)or el contrario, eslaqitt ha de producir las negociaciones. A la sp^ nion se dirige el Manifiesto, y en estola ecba de ver que el principe ba «ividtf tanbien que la opinión habia de ser para él un auxiliar poderoso. La opinión pública tau niiítee en recbaiar.oira» c^ndMMoittes que con mas 6 menOs fundamento se kan considerado como deseadas en eiertas regiones; uor ahora no hoy ningún oaodMialo I <|ne pueda reaUmale oeMareM pirtidaños, sino el hijo de I). Carlos. Tiene adversarios sin duda, pero tiene amigos; todos ios demas caadioatos tienen adversario» también, y'OOtíaMiMiingun amigo. EstoeftttMliBlaja inmensa. ¿Otic se dfhe hacer para qne sea decisiva? Procurar convencer -a ks adfcnarios4|uft lafiaaii<de bMM fe, tMeida mas y mas á los que haya de mala fe; ganar terrcQo cu la o|>inion por Unios los medios legales, haslii los rcMiilenles se hallen en una zona tan estrecha (|ue nn puedan sostenerse en pie.
Kste leiTenü de la opinión dehe ¿ganarse asi cu España como fuera; ponpie la opinión es como el aire, no reconoce fronteras; está continuamente en flujo y reflujo, y por las leyes del cquilihrio se precipita sobre una parte, la inunda, cuando la sohreahundancia en la otra ha levantado muy alto el desnivel. Eüte terreno de la opinión dehe compiistarsc en toílas las clasi's, en todas las regiones, altas o bajas, anchurosas 6 estrechas; porque MU hay nada que no influya á su mudo, no hay nada (|ue no participe de la influencia de lo que lo rodea. En la civilización de las sociedades modernas no se conoce la impermeabilidad.: Ur Hace al^'un tiempo que no se hubiera podido siquiera hablar de una conduuacion semejante, j)or prevalecer sobre la opinión verdadera la o|)inion ficticia, de tal suerte que ella sola se hacia oir en Europa, ella solo tenia la palabra para dilucidar estas cnesliones, ella sola era competente para Ular en la causa. Las cosas han cambiado, j cambiarán todavía mas: este es asunto de tiempo: con la dilación se vence. Según parece, •v'a la opinión se va formando de una manera respetable: ya no son solo los carlistas los que abrigan semejantes ideas: 00 lodos tienen el valor necesario para decirlo en publico, ni lo tendrán probablemente muchos hasta que vean roas probabilidades de realización; pero es lo cierto que de los que asi piensan cada caal lo dice á su modo, resultando de esto que la cosa no se presenta ya como un absurdo. En el estrangerose nota una modilicacion algo parecida; el Maniliesto no ha llamado solo la atención de los legitimistas, haciéndoles concebir cs- {ieranzas de un bpcn resultado para el principe de Bourges, sino (pie también oíros diarios nada aifeclos á la familia de 1). Carlos, se han espresado en un tono, (¡ue dejaba bien entender no se trataba ya de imposi-Wes, sino de cosas muy hacederas. i • Damos tanta importancia á la sucesiva desaparición de las ideas de imposd)ilidad, ]H)rque en ellas se estribaba cuando no se podía negar la conveniencia. Mas de una ver SI" oye á ciertos homiircs: «si, es -VíirdihJ, t. la alían/a fuera muy convenien- ¡ le; no hay otra que ofrezci iguales ven- tajas; este seria un medio' sepuro para acabar las discordias, consolidar un gobierr , no y prevenir íicsasli-es |»ara el porvenir; I mas |mr desgracia' esto es imposible.» Si ¡ hubiese en efecto una verdadera imposlbili- I dad, ya no habiia la conveniencia, (loando una cosa es imposible en un pais, es por- I (|uc está en necesaria contradicción con algún hecho que necesariamente domina en la sociedad, y que por lo mismo el combatirle no hace mas (juc provocar catástrofes (|ue no producen ningún bien. Mas entonces I no hay solo im|K)sihilidad de la cosa que se - quiere iutrodiicir: esta» cosa, por buena que sea, si no hace mas qu«; dañar, ya no es buena |)ara las circunstancias en que daña. Entonces ya no es posible ni conveniente. I ¿Y cuál es el hecho necesariamente domi-" nantecn España, con el cual esté el matrimonio del hijo de I). Carlos en contradicción necesaria? Ninguno.
No es verda(l que ¡wr prestarse á una conciliación sea necesario destruir el trono de I.sal)el; no es verdad (|ue el resultado de la I entrada del hijo de D- tiáiios en España ha-I ya de producir una reacción violenta; no es verdad que la presencia de este principe haya de acarrear la ruina de todo lo que se haya hecho durante los úlfimos años; no es verdad que con ella sean incompatibles ios hombres que han sostenido á la reina; nada de esto es verdad. Examinémoslo.
El trono de Isabel, lejos de arruinarse, se alirmaria recibiendo un auxUio tan podero.so como lo es el partido carlista, y ahogándose para siempre la cuestión dinástica j con el arreglo que se creyera conveniente. ' El trono de Isabel, (jue desde la muerte de i Fernando ha flotado siempre entre el esco-! lio de la revolución y el triunfo de la cau-I sa de I). Carlos, cesarla de estar espuesto ' á ambos peligros; pues que fortalecido el poder real con la alian/.a, se baria imposii ble [Kir una parte el buen éxito de las tentativas revolucionarias, y por otra se lermi-I narian toilas las pretensiones que han dividido á los miembros de la real famdia. No se veria el trono en los duros Irances en que i se ha visto hasta ahora, y en que es de te-I mer se vea todavía en adelante. No le for/a-> rian á mudar de {M)litíca con tanta frecuencia las facciones y los partidos. No se cncontra-! ría en la triste conaiciou de buscar el apoyo de este o atpiel parlii ular, que sean quienes Fueren, siempre deben estar á larga distan- '! cerse el cambio polUito por medio de las ar-. ( ia de )a altura dei niouarca, sí no se quiere { mas, y en la conflagración de las pasiones, que los pueblos pierdan hasta la idea de la:. hubiese comenzado por el éxito de una ne^^ monarquía. 'No, no perderla nada ea poder || gocíacion pacilica? Cuando el raíaos ieni4 Isnhel fí; |»orque el poder (It; los reyes no li/.nrn, no se habr: i ji.i>I¡Jn pronirar qiielft ha de ser nomiaal, ha de ser efectivo; no ¿ precediese el arreglo do las cuesuones que ha de estar escrito solameate en el artfevlo I mas ocasioii pudieran dar i ini oonflielo? ^l^ de un código, sino que ha de cici cerse verdaderamente sobre la r 'iedad; no hade cifrarse en las insignias di en los títulos, sino i|iie debe hacerse sentir de una manera positiva rn!a formarinn y ejecución de las leyes. El poder de un trono no es su esplendor, no es su raagniticencia; niagni licencia y esplendor puede haber, sin que el poder exista, y el poder ha existido muchas veces sin esplendor ni magniticencia. £stas son cosas nray distintas; estas son cosas que jamás los rcms deben confundir. Napoleón tenia ya im pie en las gradas del trono de Carlomagno, y todavía no desplegaba mas brillo qoe laS bayonetas de sus granaderos; Luis XVI veía aún en torno de sí la espléndida corte de Yersalics » cuando ya no era mas que un prisionero.
Los qoe aconsejan pues el robusterimiento del trono, no por medio de palabras, no ¡Mt medio de esas vulgaridades que apenas debiera ya nadie osar proferir, tantéese! descrédito que sobre ellas ha caido merced á esperanzas frustradas por milésima vez, sino los que desean robustecerle con un paso altamente político v de resultados infalibles, no son contrarios (fe I^nhol 11, son sus verdaderos amigos, no le preparan desgracias, tratan si de poner término á las que ha sufrido hasta aqiif, y de etitar las qoe leaaaenazan en lo Ténidero.
La reacción violenta que tanto se aparenla lenNir es también un nntasma vano. Eslas reacciones siguen naturalmente á los triunfos militares, mas no á nnn ventaja conseguida por una negociación. Ea lus prijnapástionKDtos el negociador se encuentra fleteniflo por la misma fuerza de las cosas, y por ia iuüuencia de las personas de distintos partidos que han tomado parte en la imauBtíM; m los primems momentos es poco menos que imposible arrojarse á los I estrNoosque algunos indican como temibles: y eabaNnente-en OHrteria de reaoeíones, los primeros momentos son los que presentan riesgo. El ímpetu de la reacción del año este airei^ no seria mas sólido, y por consiguiente mas provechoso á los que saliesen beneticiados, si se hiciera con previsión y á las inmediacioDes de la cumplida terminan cion de la cuestión dinástica?
¿Qué es lu que peligraría en política? ¿La Constitución? ¿La tenemos ahora? Ayer se deroga una porque no^ puede observar, jk, hoy se infringe la que se acíiba de siisiituiV. Pónganse de buena le los hombres de todos los partidos; no se satisfagan de vana» palabras; digan si lo que reina en £spaikft. desde la muerte de Fernando, es un sisten ma digno del nombre de representativo. De. la anarquía al despotismo militar, del dei|^ potismo militar á la anarquía; héaqui nuestra historia desde 4833. ¿£s esto verdad? ¿si o no? ¿Están los hechos á nuestra vis ¿s( 6 no? Si esto pues es verdad, si los I chos (*s(nn drlnnte de nuestros ojos, ¿á(_ esas declamaciunes iK>r los peligros de fibertad? Por mas' enemigo que suponganoi de las libertades públicas al prisionero de Bourges, lo será mas de lo que lo han sido otros? £1 por lo menos no tendria instintos de barfaane y ferocidad; él por lo meaos at« se veria j)recisa lo á estar en continua zozorbra sobre la duración de su poder, elevado como estaría a un punto al cual no llega nin? gun gofa de partido; él por lo menos no 8i atormentaría á sí mismo, y á sus adversarios, y á la nación entera con esas precaucioiiea suspicaces, esas OMdidss estraordiMutei' esas deportaciunes y fusilamientos á que recurren «i'^Tíipre los poderes débiles, pasajeros, que presiutieuoo su lio se entieg^Q violentos á las conTolsiones 4é nwSfliOMiia doif lirantf': el por lo menos, seguro de su tortuna, no cndieiaria rique;^.as, no escanrr dalizaria a, los pueblos acummlándobis en pooo Úm^i él por io menosModo en fé^ gia cwm. y pronndo ademas por un largo infortunio, no seotiria desvanecida» su cahe*- za por hallarse oblocadó en grandes allwaái y no Irataria á los hombres con el irritante desden que se permiten mas de una vez los de iHi^ se fue disminuyendo con eliiempo; j poderes improvisados. Si con estas circuiis~ lyé bwWara ucedidopqeo aienyeiA ha- 1 laaeías ganarían 4 paiMan las libeHadqi ^Mcts, las venladens Kbwtaites públicas, ]úz£riielo!a nación. Para nosotros es evidente que la libertad tan ponderada que tcneen el pape!; pero desmentida por los hechos: nil?eces lo nemos dicho, mil veces lo heyes respeto y obediencia. £1 Manifiesto contesta espresamente á la Bosde algunos afios á esta parte, no ha sí- \ vulgaridad de que se trataría de volver t0'> ' 1; se la ha visto escrita das las cosas al primitivo estado, de que ~ destruiría todo lo (fue se ha levantado, y se levantaría todo lo que &é ha destruido, li no s; y por fo mismo no po- j solo cofitesta, sisa que séllala la razón: pnde admirarnos que se nos ¡ mero, porque esto es ' demos menos baUe seriamente de temores de despotismo, fie pérdida de libertad. No se pierde feUiithUau tiene: y la libertad no consiste ni en el tumulto de las calles, ni en la dictadura de un sable, sino en el imperio de la ley.
Se ha querido suponer que el hijo de don Carlos establecería el írobierno absoluto, sin \ ninguna clase, y adoptando tica semejante á la del tiempo Vn: no creemos que asi lo hiciera; y por cierto que si tal desease para la consolidación de su poder, conocería muy i foeo la verdadera situación del pais. Unas I cortes bien formadas, en las cuales entrasen los debidos elementos, y que sobre todo.
imposible; segundo, p!orqMP amaine fuera ¡>osíd1c, no es este el mejor medio de evitar las revolucioDes para en adelante. Por manera que Dosofo el principe indica cuál es la fuerza de las cosas y de los acontecimientos por si misma, sino que señala ademas la política que aun en la esfera de lo posible conviene seguir: M violencia, sino conciliación. «Se engañan, dice el Manitiesto, los que me consideran ignorante de la verdadera situadon de las cosas y con designios de intentar lo tn^Msíble. Se muy bien que el mejor medio de evitar la repetición de las revoluciones, no e« empeñarse en destruir cuanto eUas han levantado, ni en levantar todo lo que ellas han destruido. Justicia sin violencias, repaen lo que tuviesen de electivo, fuesen el li ración sin reacciones, prudente y equitativa producto de un voto emitido con enlera /i- " ' Mrtad, no embarazarían en nádala marcha del gobierno, mucho menos contrariarían «a mua al jpriilcipe con resistencias é anti- ^ttí»» denmguna dase. El partido que dunme la puerra civil ofrecía á D. Carlos.soldNAp-Dor todas parles, daría por cierto crecnrUBeto de votos el día que dejase de ser considerado como raza de ilotas. (Cuando al acercarse á las urnas no se le pudiese denostar con el nombre de carlista, cuando no se le pudiese llamar conspirador, por el simjile conato de usar de un derecho que le concede la ley, entonces veríamos por pritransaccion entre todos los intenses, apfovechar lo mucho bueno que nos legaroa: nuestros mayores, sin ( uutrarestar el Qsfilntu de la época en lo ijue eneienre de saludable: hé aqui mi política.» No caben espresiones mas terminantes para lechazar la idea de reacciones violentas. r, Tocante ó la incompatibilidad de los hombres ((ue han defendido á Isabel, también nos parece que hay otra confusión de ideas, aplicándose á una transacción lo que habría sucedido en caso de una victoria. Es preci-' so atender que la persona no es la misma, ,, ni son las mismas las circunstancias. No es vea una mejor espresion de la -voluntad P el padre, sino el Ujo; no se arruina el tiuio aacional, y no estarían reducidaslascortes á 'i de Isabel, sino que se le fortalece con una representar un solo partido adversario de los {! alianza. Desaparece pues la incompatibilidad carlistas, y que con mucha frecuencia divi- j¡ que nacer pudiera de la persona, y la que ^doea dos ó mas Tracciones esclusivas,vie- i; podría originarse de las cosas. Cánoa ne á parar á una cosa insinnificante con respecto á la generalidad de lauacion. Hasta que esta condición se cumpla, seguire-■aa,aocon gobierno representativo, sino con una ficción de él; estos ó aquellos hombres se llamarán á si mismos alternativamente los representantes del país; pero tü pais sabrá muy bien que no es así, y por tanto carecerán de aquel ascendiente triunfante no hubiera echado mano de los hombres que le habían combatido, y esto por la sencillisima razón de que habría temido que le destronasen. Este temor no lo lendria el hijo; porque no mirarla á Isabel como rival, sino como compañera. £n la série de articules que no ha m^nho hemos publicado sobre es|a cuestión, desvanecimos coml áue jj pletamente las diíicultades que algunos hm menester para dar fuerza al trono, nr- * proponen, alegando la posibilidad de que la< ilisconlia rcoaciésc en el palaciu inisniü, yl provocase una ru{>lura. Hay cosas aac no I son de este siglo: hay violencias (¡no (;i sua- 1 vidad de cosiumbreá V el csiiirilu de ta época ham hecho imposiÚes. Con suposiciones absurdas todo se puede probar, y todo se puede combatir. >i suponemos <¡iie el hijo de D. Cárloses un imbécil, un pérfido, un iMiielf un hombre que se cmpiM'ia ea deseo- 1 nocer lo (jue inijwrU» ¡i la nai ion v á sí pro- ' pió; si suponemos que solo se rodea de consejeros de las mismas circunstancias, entonces resultará denoslrada la probabilidad y hasta la certeza de tmios los conflictos imaginables. Mas no se examinan asi las cuestiones, no se calcvlm asi las eventualidades del porvenir. No se comienza calumniando la intención y los sentimientos, sino mando se quiere adelantar una calumnia contra las obras venideras.