Considerar este negocio al través del negro prisma formado por las preoeupai iones ' y las pasiones de la guerra civil, es Iraslornar laatÓHMaDMnte tos ideas; es formarse im fantasma vano, un cneniif;o imaginario para tener el gusto de combatirle, ^o negaremos que algunos de ios que hablan con arreglo á estas ilusiones, procedan de buena fé; pero tampoco deja de haber algunos que procederían con mas franque7.a si dije^sen: «So queremos una reconciliación, porque á nosotros nos va l)i¡^n rnn la (liscf)rdia; porque de esta suerte [jodenios ejíMcer mejar un monopolio en todo; porque de csil' suerte tenemos un escelente medio pala poner tarhn á hombres respetables, llamándolos carli^stus; por(|ue de esta suerte disirttiamos la inapreciable ventaja de clamar unas cuantas veces ai afio ¡conspiración! ¡planes carli.slnx!;inf entonas rnrlisías! ¡invasiones de enuyimios aa- Usías! clamores que no dejan deservirnos, auncpie la espcricíiria lus linva desmentido mil veces; poique de estíi suerte no se llega á constiUiir un poder robusto, cosa que no nos conviene, pues en tal caso no podríamos jugar con él. y emplearle p ira instrumento en la reali'¿acion de uuesUos designios.» Mas I francamente, reiratimos, que hablarían algunos si asi se espresasen; bien que no es necesario que lo esprrsen, ponpü' esta es una verdad que oslan \ leudo « uanlos no estan ciegos.
Sea como fuere. iios(;lios esperamos a¡;^o de la sensatez de la aacioo,. y de la fuerza misma de las cosas. Cada dia<¡ue pasa, trae una nueva prueba de que bajo las condiciones nrtuales el poder no alcanza h cotisoUdarse. Quien se hubiese hecho ilusiones con la situación áctiml, creemos que Ina ImM idb perdiendo; pues bien, «na nación no puede ser eterna victima de disturbios; no puede vivir siempre entre lerriWes Koxobras; es necesario, buscar un remedio raüeiié tantos males; todos los paliativos se han ensayado y desacreditado completamente. La evidencia estas verdades ha cmvenddo ya á muchos hombres; esta misma evidencia, (pie el tiempo aumentará todavía, desengañará á los que continúen ilusos. A ia boira en que eseribimos estas Hneas no podemos saber todavía el efecto producido en Kspana por los documentos de Boorges; no dudamos uue se. declamara, como se tiene de eostumiire, v que et ManifieBlo 'tonda que resif^narse a sufrir alternativas de ala-(\w> (le ira, y de mofa y desden. Pero afiarlunadainente la nación no está formada de unos pocos; y unos pocos no son capaceStde torcer el irresistible curso de los aeonferimientos. Las pasiones se calman, los deciamaciones fatigan, tas sátiras caen pranli en^ olvido, kfi insultos se vuelvi n contra los mi>5nios que insultan; pero la razón y la verdad permanecen: el decoro y la templanza allanan el camino á ta eonviecion, yeonei^ lian el aprecio. Dejemos que empleen nrm;is de mala ley los que de ello gusten; tarde u temprano conocerán que no acertaran á defender su propia causa.
Con impaciencia esperábamos lospaiiNí^ eos de Madrid de fecha postmior itnllegiii (lf>!( - íloi'umentos de Hourges, no porfpic dejasemo> de conjeturar lo que encontraríamos en ellos tocante al fondo de- 1« cwsIími, sino porque deseábamos ver á f(né altura se e!<^vnnn la discusión suscitada en prescncíji ác (iit.H ontecimienlo tan iuíportante. No era difícil prever que asi de la prensa progresista ( unm ia inmierada saldría un grito de indiguacion ooittra todo proyecto de alianza (linaslicn; sus principios, sus anlccedcnles, y híwla su situación respectiva no ]>crmilia otra cosa. IVrocra si de, cspnrar que la discusión se elcvaria a mayor altura de lo (jue ha hecho, y que saliendo de ciertas fórmulas vuliíares y frastadas, se examinaría el asunto I de todo fundamento, como (ihsunUr. y al con la csiension y el aplomo que su ¡nipor- I dia si-ruiente. en el momento de saber la cihimos un golpe recio nos volvenios inslinlivamcnle en busca do la mano que lo descaríía. ¡ Cosa singular! Ayer no sabían nada del suceso: se difunde un vajío rumor. |>ero este rutuor es considerado como destituido tancia reclama. Kutre lus hombros que com baten el enlace, no faltan escritores díslingoidos y amaestrados ademas en la polémica política^ y hubiera sido de desear (puí ellos se hubiesen eucarjíado de la ])resonte, nuc tiene en espectacion á la Kspaña y á la Europa. En circunstancias semejantes, en esos nwmentos soleumes y crilicos, en (|ue se ventilan cuestiones vítales para un país, los estranfíeros suspenden muchas veces su juicio hasta babor oído el voto de los hombres eomj)cl(*ntcs del país mismo: mas este voto no lo consideran respetable, cuando le ven destituido de razones, cuando no ven en él otra cosa que la esj)resion de antipatías, cuando no ven mas que motivos fundados en cuestiones de personas con respecto á empleos, cuando, en una palabra, noven on examen detenido. profundo, de los antecedentes de la cuestión, de sus relaciíjnes con la situación actual de las cosas. de su probable inihjencía on el porvenir. En este caso. lejos de considerar el voto como competente, le miran como la o|iinion de unos pocos; y deducen que mas bien se ha examinado la materia bajo el punto de vista de los intereses de algunos, que no del interés nacional. Los periódicos franceses no han dejado de notar este vacio en los españoles; y la Prensa, periódico que como os sabido no suele ser contrario á la situación, ha hecho ya este cargo á uno de los principales periódicos de la situación.
Bajo este concepto parécenos que los periódicos que se oponen á una reconciliación no le linbrán bocho gran daño en la opinión pública: á on espíritu ímnarcíal y (|ue vea claro no le servirá [wco el lenguaje de los adversarios, para inclinarse á creer que la razón está de la parte que ellos impugnan. La falla de argumentos se ha su|)lido con abundanchi de |M;rs(>nalídades: afortunadamente, el publico ya sal>e (|Uo una personalidad mas, suele equivaler á una razón menos.
Como la abdicación y el maní tiesto han rogiilo de sorpresa, el primer movimiento ha sido el de buscar los autores: cuando rejiotioía con certeza, bien que sin Uíúvít visto todavía los documentos, se tiene va noticia de los últiuuis pornieimres; nada se ignora sobre los lugares donde se han elaborado los documentos, ¡basta se conoce la plumn íjue ha escrito el maniliesto! Todo en pocas horas: antes de llegar el correo de París, se tiene una especie de intuición magnética de todo lo (pie na |>asado en París, en RourgeH, en Madrid. Todos estos fenómenos íntolec'tuales, que pudieran llamarse a priorí, so unen, se conlirman, se evidencian con un hecho público y notorio, cuya coincidencia es un argumento concluyenle. Prescíndiondodc otras indicaciones, ía Posdata del? de junio decía: «Est<' documento se dicedb publico que esta n'dactado |K>rel.SV. lialmes; para lo cual hace algún tiempo so dirigió á París, á lín de ponerse de acuerdo con las personas que han aconsejado y conseguido de Ü. Carlos lo í[uc tant<» tiempo ha rehusado.» Permítanos la Posdata le digamos que ha sido mal informada, y que aseguramos de la manera mas terminante que nuestro viaje á París no ha tenido ningún objeto político de nitifiuna clase, A larga distancia del centro déla discusión, nos hallamos en posición muy d»'sventajosa para seguir una polémica; y asi nos ocuparemos muy poco en adelante de lo (jue de nosotros sé escriba: bástanos haber c<msignado el hecho de que el viaje ha tenido únicamente motivos |)orsonalos, y que es absolutamente lálso cuanto en contrario se diga. Por lo domas, si so rcllexionase algo sobre la naturaleza y circunstancias del suceso de Bourges, se e'charia de ver (pie andan muy equivocados los «pie dan inqwrlaiK'ia en el á esta ó aquella persona: pasos semejantes no los suelen dar los interesados sin mucha meditación, y sin balver.se asegurado antes de cfimo se piensa sobre el particular on las regiones de donde pueden prometerse influencias favorables. Pr(;sc indi remos de la opinión de los gabinetes de Francia c Inglaterra, los (|ue. sea dicho de ]>aso, tamooco creemos Uui d' ' ' líente contrarios al enlace como ha qui ii iii r-iiponor un periódia) de Madrid; al menos no podiaii.iiigiKe que las demás potencias de Europa, que lodavia nu han teconocido á Isabel, y que en diferenles éj>o- OM dieron pruebas nasó nienos espUcitas de que siiiipalizahan con D. Carlos, mirarán naliiralmcnte con mucha salisfacciou el proyecto de enlace- Ku esle supucslo, no luera tampoco eslrafio qi^élgroiiade ellas hubiese andado en o! negocio; y asi loque presentan algunoscoino olirade fracciones de esle ó aquel partido, íuesc mas bien la ma-■iféstacloii de un pensamiento de la dipia macia europea, y lin resultado <le sus consejos. Lo que se ha dicho del cansancio de D. Cíérlw« déla pérdi^ de sus esperanzas, DiriBlw» p>ta explicar el suceso: sabido es que una de las cualidades mas ciracte> risUcas de D. Carlos, es una impasilile re-Bígnaciuttlljlie nace algún tantode so Indole pacifica, y se robustece con las ¡deas y sentimientos de religión que taolo ascencUente ejercen en su espíritu...', La cuestión del matríñonio dé la Reina no es una cuestión de |)arlido, es cininenlLMucnfe española, en cuaiilo encierra el porvenir de la nación; mas por lo mismo que es tim es-^ pañola, por lo mismo que en ella está librado el [)orvenir de la España. os también una cuestión europea, no solo por el interés que Suede tener la Europa en que se establezca elinitivaniente ennuestra patria esteó aquel sislciiia (le líohicrno, sino también porque las consecuencias del malrimonio aleclarán por necesidad las réhctones de Bspefla con la polUíca general. Según se siente en el trono un Borbon español ó italiano, nn Oricniis, un Coburgo, un principe austriaco o de otras familias alemanas, se modificarán por necesidad las relaciones esteriores de Esjiaña: esto es evidente; y por t.into es evidente también que las potencias de Europa tratarán de influir /cada cual á su modOt en el sentido aue crean convenirles.
Guanao se examina la cuestión del matrimonio es neceserio no perder nunca de ▼isla estas consideraciones, so pene de equivocarse en la resnlucinn del problema, á causa de haber olvidado uno de sus dalos mas importantes. Téngase por seguro que los gabinetes europeos seguinnoonojo'ttento el curso de osltr negocio, y que á mas de inlluir mientras se vaya acercando á su resolución final, se opondrán manifiestamente á ella cuando llegue el momento decisivo, si creen que es contraria á sus intereses. La Francia, q«e,taali,iÍMÍslftM<^esta es una cuestión purinnente española, que la España debe quedar en completa libertad [tara resolverla; It FMUKÍa, qaa acaba de repetir em» mismo por boca del ministro de negocios estrangeros en la cámara de los diputados; eai misma Francia, ¿no es la primera que bt^ inier{)uesto su ▼elo, dedaram que no co»^ ' sentiria nin^run matrimonio que no fuera con . un. principe de la familia de Borbon? ¿Pnede darse un veto mas restrictivo? Hé aqni p«es á qué se reducen las protestas de abaolola independencia, de ilimitada libertad. " ««t^ Por manera que el gabinete que masift protestado ea frw áArn m'ktíntfm/itmm^ el que en lealídadha'jatenwúdoyaáel modo mas decisivo. En efecto: ¿ se ha calculado bien todo lo que encierran las declaración nes de la Pitoma? ¿ Se ha calenM^biew lo que limitan la libre elección de la ReinaT Si la Francia hubiese dicho «escluyo tal 6 cual familia,» la limitación se habria reduci<- I do 8 los jniembras de ella; pero al decir tea^ cluyo á todos los que no sean de la familia i que yo señalo,» la limitación afecta á todos Ílos candidatos de todas las familias, esceplo la que la Francia ha tenido á bíei esceptoMfti Si esto hace la Francia, que como es bien j sabido no tiene el brío y la audacia de!• Francia de Luis XIV y ae Napoleón, ¿qué' I no harán las potencias que sin la Francia y Í contra la voluntad de la Francia sal)en resolver cuestiones tan importantes como la de Oriente? * Tir>r^ Pero lo que hay en esto de singuitr^ ; que el gabinete de las Tullerias, quizás sin (pensarlo, ha allanado sobremanera el camir> no ál candidato de Bourges. LunUadi It elet» cion á la familia de los Borbones, y escluida ¡ la segunda rama por la Inglaterra y las \k>- tteucias del Norte, que por cierto no verían con placer en el trono de España á un vastago de Orleans, restan el conde de Trápani, el infante de Luca, un hijo de D. Francisca; y el conde de MoQtemolin. Parece poco nei» ños que cierto que el gabinete de las Tullen rias na pensado seriamente durante aignn tiempo en el conde de Trápani: no sabemos basta qué punto hayan llegado las gailisii que con este objeto ha hecho el cmlMtjador francés en Madrid; pero no dudamos que sieste diplomático ba observado la impopularidad ae 8eBMÍaitecoBriNaaeiM,*T it ht b»» obo observar a su gobierno, este habrá oo^ I nocido que el dwle a. la España un rey asunto hnrto mas espinoso que el nombrar un gobernador de Ar;-'el. Un infante de haca tendría, a corta diferencia, la misma arnirida que el conde de Trapani. Por mas (jiii' no tengamos gran contian/a en el acierto de los que diriíjen los negocios públicos, no podemos persuadirnos que se arrojen con tanta temeridad á un paso que tan en lo vivo beríria la susceptibilidad nacional.!
De esta suerte, si fuese verdad lo que ba dicho un periódico francés, que los liijos de D. Francisco se negarian á tigurar en candidatura, la esclusiva puesta por la Francia liabria colocado al gobierno español en una situación verdadorami'nle singular, y no poco apurada: no querer al hijo de l). Carlos V no poder escoger otro. Asi la Francia ha- ^ bria hecho posible y poco nienos que ne-, ceMrio al coade de Montemolin, haciendo imposibles a sus rivales. Y si á esto se añade que los candidatos Borbones necesitan dispensa de Koina y que no es probable que Roma la otorgue ligeramente, resulta claro ue el negocio está tan erizado de dificultaes, que bien necesitarán nuestros goberntttes de lodos los recursos de la sagacidad diploMMlica.
Si las dificultades son gravescon respecto á lo esterior, no lo son menos en lo interior, pudiendo asegurarse que pocas situaciones se ban visto en España mas complicadas! y peligrosas. Si los hombres de la situación se niegan resueltamente á todo avenimiento con el conde de.Montemolin, se separan mas y mas de todo el partido carlista, y se lo hacen mas enemigo oe lo que lo ha sido nunca. Con ese ¡jamás! le quitan toda eiperanza. Entonces, ¿dónde buscan lafuer-M que han menester para dominar los encontrados elementos que se agitan en el ais? ¿No es evidente que los sucesos que se an ido acumulando, los errores, las ¡mprudeacias, las discusiones de las cortes, la prensa, y sobre todo el desastroso descalabro sufrido en las negociaciones de Roma, han gasUido al gobierno actual hasta el punto de hacerle perder toda su fuerza moral, é inhabilitarle para hacer frente á ninguna de las muchas y gravísimas crisis que pueden sobrevenir? Si esto es evidente, si es evidente también, que no solo las personas de los mnislros son las qne se han desvirtuado sino la situación entera, el sistema todo, ¿dónde se regeneran, dónde encuentran un nuevo temple, el sistema, la situación y lo»; ■ hombres? ¿Qué modificación se introduce en la política para buscar esa nueva fuerza ((ue tan urgentemente se necesita? ¿Sera bastante por ventura algún cambio de personas? ¿Será bastante alguna declaración enérgica en la (iaceta? ¿Será bastante el convocar de nuevo las cortes? ¿ Esto no producirla mas bien un efecto contrario? Y ademas, si se ha desvirtuado el gobierno, ¿no se han desvirtuado también las cortes, y tal vez mas <|ue el gobierno mismo.
Es claro que si la situación rechaza alpar<* tido carlista, y se prepara para resistirle, es necesario que la fuerza lo vaya á buscar en el campo opuesto, llamando en su auxilio a los progresistas. ¿Esto puede hacerlo? Pue-, de ciertamente, si no tiene inconveniente en suicidarse; y como precisamente dice que no (juierc al conde de Montemolin, porque quererle seria suicidarse, se sigue que la Situación está entre dos suicidios.
Nosotros convenimos en que la situación se modilicaria con la combinación del hijo de D. Carlos: puesta situación, tal como está ahora, implica debilidad y esclusivismo, dos cosas que en tal caso desaparecerían; pero en lo que no convenimos es en que hubiese un suicidio tal como lo habría aliándose Ja situación con los progresistas. Entre los progresistas y la situación hay un abismo que no se llena en poco tiempo; hay recientes destituciones generales, hay per-, secuciones, hay prisiones, hay calabozos, hay deportaciones, y sobre todo, hay sangré, y sangre que aun humea.
No, no se llena en poco tiempo un abismo semejante, no se le salva con un puente formado de los frágiles hilos d(> una negociación; no, mil veces no: el día que los progresistas puedan, ese dia pedirán cuenta del rompimiento de la coalición; de la destituciou universal de empleados; de la prisión de.Madoz y Cortina; del suceso de Olózaga; de los fusilamientos de Alicante, Barcelona, Hecho y Ansó; de la muerte de Zurbano y de su familia; de las deportaciones de los escritores: de la reforma de la Consiitucion; de cuanto se ha hecho en sentido reparador: y los hechos serán destruidos, y las cosas restablecidas en su anterior estado, y los deptieslos repuestos, v todos los actuales empleados depuestos, y fas p^rsonas de los que han acaudillado el partido de la situación, sea en el momento de so-^ hreponerse á los progresistas, sea después, soran Iraladascon darezn, \ nlírunn-^ nrohnblemenlc cou algo mas que Uii^reza. bi, esto ^evidenle pai:a todo bombdi <tle no haya dTÍdttdo el eorso de los ncontiu iuiiciuos, que no desconozca el estado acUcii de las Cosas, y el grado d<' ira, de furor a que ka Uegado el partido prugresíata coolrft el koderado. Y si esto sucede en Madrid, donde!iay de suyo mas loleranria, ¿(|iié no sucedería en las provincias, donde la.comprosion ha sido todavia mayor, y donde las pasiones son mas cnárgícas, "y, -sobre todo. \m< dirigidas contra personas determinadas?
Para ( ombatir el niatriiiioiiíu ( oii el hijo de 1). Carlos, seieafaarsan los periódicos de a siliK:rifiii eti ponderar los peligros de una reacción espantosa contra los hombres y las cosas; uno de ellos procuraba hacer sentir U iacompalibiiidad de las dos cansas, prcsenlanilo en c í-^mv pi uMicnv el absnrdo, como por ejemplo, Zarialegui mandando ea Zarago/a y ('.oReha'*en Barcelona. ¡Qué absurdo! ¡ Ouién BO se espanta al considerarlo reali/aili»! argtnnenlos! Como si uo viéramos aOora mismo realizado lo que e* ¡lil38 se hubiera podíde préseírtar bajo el mismo aspeelo; como si no vicranios á nuK liisioíoá olk iales de Verjfnra mandando cu las lilas do la Reina; cumo ú no estuvicnn masléérca que Barcelona y rZaia;niza, una capiinnia general y su correspíjndientc getatura pi»lili< ii, que sin enibargo hemos visto desempeñadas en l^^ircelona por el bamnldelfecr'y por el general I ulgofiio, «in que por esto se baya: hundido k- nare del «Péro.losde Vergara, se nesidirá, han leponocido á la Reina: » es verdad^ péroesto aada prueba en contra de lo que sostenemos; pues en el caso de un enlace los noet<> ves oáoiales bebrían. reconocido tambien'e) 4imio en que verían al lado de la Reina al í^ncesor de a(piel que eüos aeataron v deíeudieron comorcv; entonces habría tanta llero de discordias, habría una reconeüiacion fundada eu sólidos cimientos, ua.abiazu que si^^nüearia algo mas que el fímm de N i:: na, ytqio es pcebahk m seiia ingrato a los mismos convenidos de Vergara. [>ues i{\íc verían realuado aliora lo que m pocos de elles creyesso tiUsness -ye sa iba á reahzar desde luego. Muchos de elic» no fueron causa dp aquel desenlace, ui lo previeron; solo que arrastrados por la íucr- 2á de los sooesoB, s» «Monlsuai.«b hs situación ea qne les «ift in^osiU» nkoceder...Sea como se tpiiera, los periódicos ^ M complacen en hacer sentir la inrnnn!iH|Ml| dad por medio de los eonlrasfes personaba, debieran acudir a contrastes de otra e^pnis .que se encuentran en lada «|íiIqsI»« «id 'lado donde el gobíeno y el iiartHto wm^ radü deberán buscar aposo, si rechazan laé> avenimiento con ios carlistas. Coo los Mtoales geiierslcs.de la Reiut,.iBoiaiaaB también contrasle los generales que siguieron a Kspa I tero, y que han sido conlinados ó destiluKlus? Va que se nos ba ciijuloal general GoBohs, como que no cabe.s»«a misma sitnaeion üon Zariategui, ¿se cre« (pie rabi la mejor con Vanhalen, cou Rodil, con linaje, y sobre lodo con Espartero, á quien persiguió á escape basta la orilla del mar, con vivo deseo de apoderarse de su persona? ¿Y uo se hallan en el xmm *^ lodos los generales comprometílDS «iiriis soeesosés ootiibre de 1844, y euaMsi Bi pronunciaron en 1 H i3?
Lo que se ha dtcbu de los militares es igualmentrs^Kesble i los lioaobrcs politte Sea verdad ó (iccioB la famosa esMesiaftii e$ tarde, es cierto que si no se dijo, s^.í- Ha. Para nosotros es indudable, uo adopte dhniimopi el dia en que Iqs moderados llamen en n anxilio á los progresistas,/jqsel dia ba sonado la hora de una espiacion tremenda. 1.0 acontecido eu seliembrc de 1849 -mas seguridad en todos, cnanlé nortDiidffimi fm ya rancho, siaMibargo de que no había ningnn recuerdo que pudie.sc inclinarlos á | antecedentes irrítantes; ¿qué seria ahora?
Otro lado, pues verían también su!>amlera en el alcá/.ar de Madrid; entonces no habría -tanto peligro de disonsionef;, pnes qne nsda^ se podría reliar en cara á los qne se sometiesen al gobierno, ya que ni un(vs ni otros habrían tenido que abjurar sus prín^ipios, iHi ¡ncliii I a derecha ó izquierda en su línea de coudiicla. Lejos |)uesde iialw r a(jui una contradicción, Igos.dc haber uo seuit- No entraremos eu discusiones sobre lo mas ó menos que podrían fraternizar, después del enlace, lioohres ^ ^durante la ' guerra han eslado en cíiinpos opuestos; pero desde luego salta a los ojos una difereo' : cia capital, con respecto i las diiOiBimwff I entre SMderados v progresistas, y es que eo I la guerra de 1). (^.árlos y de Isabel luchaban ^ una caus) cou una causa, no babia eucoiu» parsonal, porque muchos de los coinbalicntes ni auQ se conocían; ruando cu el olro caso hay ofensas personales que vendar, y el deseo de venganza es mayor, por ser en-Ire anlí;;uos camaradas, que se acusan unos á otros de in¿;ralitud y traición.
Ademas, es preciso no olvidar otra cir- •■Mlaióta, y es que en materia de pasiones la mas reciente es la mas íuerle: desde la terminación de la fjuerra civil han Iraiiscurlido cinco años; y las luchas entre las l'raceidnes del partido liberal se han repetido incesantemente en estos, y dura todavía la discordia tan ardiente é implacable como Dunca.
El hijo de l). Carlos, aun suponiéndole lodo» los resentimientos imap;tnables, suponiéndole rodeado de consejeros (pie le hiciesen errar en el sistema (tolitico, jamas se «Monlraria cara á cara personalmente con ^Merminados adversarios: porque su ran^'o Mmanteiidria a fíran distancia de todos ellos. I'odria mirar con nías o menos frialdad, con mas ó menos recelo á unos ó á otros; pero lamas se ent^e^^^ria a violencias, pues no las exijriria la sejíuridad de su persona. Pero suponed (|ue en vez del hijo de I). (lárlos es Espartero «juien manda: ¿creéis que se con-I, ni podra contentarse, con frialdad, ' ii |ii<'cnuciones de suspicacia y desconlian-7.a? Ks bien cierto que no..Mgunos hombres incom[>atibles con el lendrian que oj>lar entre la emiirracion y el cadalso.
Cuando se examinan las cuestiones es necesario examinarlas por todaK sus caras; si no se presentan mas que por una,.se las motila, y el resultado no puede ser la verdad. Cunndo esta verdad se busca de buena Té, es preciso no limitarse á un solo punto d^-vista; es preciso no colocar al observador en este punto solo, sino hacérselos recorrer twlos; de lo contrario no hay naila que no se pueda falsear y desfigurar lastinOMNnentc: mirad una columna muy eleynáa como la debéis nurar, y apreciareis su verdadera altura; pero si la miráis perpendicularmente á sus bases, no veréis mas (jUc un pe((ueño circulo.
dtt julio.
Ha sucedido con la cuestión suscitada ()or los documentos de Bour^es lo que sucede con todas las cuestiones que encierran mucha importaiKÍa: crecen coa la discusión. Los adversarios de una reconciliación de la familia real habiau ti'nido un instinto muy certero cuando hasta ahora habian esquivado el ventilar este, punto. En el Congreso y en el Senado se hicieron graves indicaciones I sobre el particular; pero se dejaron pasar, desapercd)idas: se hizo como que no se iija-, ba la atención en ellas. Ai^un tiempo después el que escribe estas lineas examinó cstcnsamentc la cuestión, manifestando francamente las mismas opiniones que ahora; M!ro en general la prensa (juc profesaba las contrarias, se abstuvo de entrar en polemi- . ca. l a periódico que hahia publicado un ar-> ticulo, dejando concebir es{)crauzas de que iba a empezar el debate, imitó luego la conducta de sus colegas, declarando (|uc esta era una cuestión que no merecia la pena de discutir.se. Repelimos que a esto presidia, si! no un designio premeditado, un instinto I muy certero. La discusión no puede menos j de manifestar la imjMirlancia del negocio, y I por lo mismo despojarle del carácter de ab- I surdo con que se le ha querido tachar: lo absurdo no es importante. Aun ahora mismo es de notar que algunos , ¡)eri(Klicos se han empeñado en afectar cier- I to desden por la cuestión, considerando co- I mo poco menos que perdido el tiempo que I.se gastase en ella. Todo no ha sido mas quo un esfuerzo de un partido moribundo, una prueba de impotencia, un mauiliesto masj ¡Vano empeño! Al través de este desden se ha mostrado bien clara la inquietud. La pasión y la convenieucia de partido hacian que se afectase lo que en realidad no se sentia^> £1 buen sentido del escritor se oponia á su pasión de hombre de piulido: un mtereses-I taba en lucha con olro interés. No era bueno dar importancia al hecho, |Míro era necesario couilKttirie: y asi es que se le atacaba mientras ac negaba su imi>orlancia, y se coHsignalia su importancLi con la viveza misma de los ataques. A la fecha en que es-i crillitnos f.sli' articulo heiuiK v¡.>io periódicos »!<• Madrii '!•• i|Míni di'.iv (ii'<|)iir>s de la primera nuUcia del &uceMt du Bourg^, y las eolumiias TÍeoeD todavía ocupadas con la ■man disousioa. S<;rá diGcil persuadir ai público que sea un sueño, uii absurdo lo que taalo llama la alenciou de los uuc asi la icalitau^Si tanta importancia aeleda dleictiilo qu'' íiü es ¡mp<uliint(*, ¿(|uc sucedería SI se la considerase importaiUe? Asi discurrirá el publico.
4 T es digno de notarse ademas, que esto fl^erifu a á pesar de qu<> la innyoria de la prensa esta eu contra du la recoacUiacion; y cuando son muy pocos los períódicos que la defi«idea;do q[ue maoifíesta mas y mas la im¡>orfnnria intrínseca del negocio..\o ignoradlos (jue a veces la prensa hace ei efecto, deiin nicrascopio, dando dinienaione8^co-> kpales á un pequeñísimo insecto; pero esto mundo importa á las miras del partido «{ue ella representa, no en el sentido contrario. ¥ en este negocio, el grande 4a* taliido de indignación no ha salido principalint'nto do los pt^riodicos progresistas, a los (|uu se les podía su|)oner interés en aproveehar esta arma de oposición, sino de ¡otér^ g.inr.> dfl partido dominante, á quienes no convoola que los docualeu^)sde Bourges adquiriesen iinp(Mlancia...xi iCs muy ulil consignar MiOS hechos y aprt'ciailos debidamente, porque de ellos resultan consideraciones que ídcililau el hallazgo de la verdad en medio de tanta polvareda como se levanta para oscnreoerla. Ya hemos indicado que no siempre miramos la prensa periódica como espresiou de la opinian 'piMiaa; pero creemos sin embargo, que esa prensa, bien observada, dice mucho para graduar la opinión. La prensa no es siempre la imagen de la opinión pública; pera anki«Mnd» se desvia de ella, 6 la contraria directamonle, presenta algunos caracteres que guian para descubrirla. Si se nos permite la comparación, diremos quo la prensa cuando representa legitimamente la opinión pulilit a. se parece á un retrato; y en el caso contrario se asemeja á los instrumentos físicos, que.. nos hacen conocer y medir -el estado^y vanaGÍmca de la atmósfera y de otros cuerpos, por ciertas señales que solo si|^nü(cua en cuanto espresan loa efectos déimá ley de la natnraleia. La sabida' da na. Añido cu un tubo no indica fiMR» propia para subir, /nao compiiaaion fluido que lepred^i to opuesto al de su gravitación.
lo dudemos: la prensa 4<í la si _ no ha escrito tanto sin nmtiniK.elki hn< prendido la iniportancia del i»uc4}£0, cuino los monárquicos; la misma opinión publica que aUeuta á eslüs, la inquieta a ella; la raaccion ha dAbido car rMiitaf ia é la acción uugi M Otro hecho hay que coasigiiar, y es iadifereucia de lenguaje que se ha notado entre los monárquicos y sus advenaiíoa. SiJa» templan/a <'s un iudicio de tener razón, el público habrá p^^di^o. jw^ar de que parle está la rason. '.
Los escritos son recientes: reouéntaMM tono de unos y de otros: el fallo no pueda ser dudoso. ^,. '-«^f^tt*A9MHHÍ Este lenguaje templado da lapÑBEHi náriiuLca, al paso que la honra á loa ejoadai público y la detiende de las acusaciones de perturbadora con que mas de una voz soba, querido afearla, condnee tambiaii,da wmmanera muy [larlicular al objeto que ella se propone. Una reconciliación «jue comenzando en la real íamilia se eslienda luego a Ukdo lo que hay de itooBciliable eu el paia»i es obra diíii il, sumamente ardua, y que solo puede conscgub^sc á fuerza de constaacia en presentar y defender la razón, á fuerza de paciencia en eapenr.cl cuno de los aciuUcciinii'Ulos. Después do tan pmfundas y dilatadas discordias iio se imirovisa la ooaoocdia; después de tan largos bAas da despotismo anamníco, no se hace renacer en un momento el imperio de la ley. Este es un problema en cuya resolucioa ba da tener el üempo una gran parta: cndn diir que pasa, las condiciones ^on mas favorables a un bui n ó\ilo. Es verdad que es harto diiicil conlenerse en los limites de la moderación cuando el adversario no los roayaw ta; pero también es un castigo terrible para (]uien se desmanda, el contestar a la violencia de sus invectivas con la razón en los be bios y bi serenidad en la frente. iM Claro es quo cuanto se diga ha de aar criticado, y cuanto se haga mal iuterpret%B^ do; pero también hay núblico que juzga di la interpretación y de la crilica. Al iengnip° brioso, se le llama colérico; al suave, medroso; al franco, insultante; al reservado, hipócrita; si se habht de fuerza propia, té» clamara contra la amenaza; si de sumisión y obediencia, se.dírá que es una oonapinp disfrazada. Kulrad en el terreno de la ley, y se os acharará que la invocáis para Asesinarla impunemente; discnlid, y se os culpara de que empleáis i)erli(lamenle esta arma para entroni'/ar el oscurantismo. No uséis (le ios den>chos políticos que os otorga la ley, y se hará notíir vuestro desvio como prueba de obstinación e indicio de tran)as fríminales; no discutáis, y se os echará en cara ffue teméis la luz y que no os atrevéis a sustentar vuestras doctrinas en el palenque de la época. Adoptad una polilit a dura que no hajTa ninsuna concesión. y se os rechazará como fanáticos que nada hnheis olvidado ni aprendido; manifestaos inclinados n transigir, y se os lachara de inconsecuentes, de apóstatas, y sohre todo de pérlidos; argüid con hechos, y.se os apellidara mez- 3aioos pensadores, incapaces de comprener el conjunto de un sistema y sentir su Miezn al través de las irrc^ularid.'Nles; dettovolved teorías, y se os llamará utopistas yitoñadores.
- Ssle es el retrato liel de lo (¡iie estamos nméo hace ya mucho tiempo; estas.son las reglas que se han aplicado a los documentos de Bour;íes, y á los (pie han sostenido la cooveniencia y necesidad de una reconciliación. ¿Oiié indican esos documentos?;.í)ué son en si mismos? Veámoslo, ateniéndonos a la opinión manifestada por los ipic los han combatido.
El contraste es curioso. Esos documentos V lo que se escribe en su defensa, indican la debilidad, la impotencia del |>artido carliMa; nada podía hacer con las armas, y re-•Mte á las intri^ras. Desacreditado enel pais, ikindonado por la Kuropa, condenado |>or «I cielo, ba sentido que sos fuerzas se acababan, que su vida se eslinguia. En tama -ño conflicto, se ha despojado de suantiiiua alti\ez, ha arrojado al suelo la espada con uc antes comiMtiera, y puesto en actitud (! suplicante ha implorado clemencia, co-BiCDzando \yor abjurar sus principios y pedir el olvido de sus cstravlos pasados, festo es lo que revela el Manifiesto del contle de ilontemolin; y asi es que él solo, cuando mil otras causas no mediaran, basta para l»erir de muerte al mismo partido, {wira contebdar las inslitucioDes, y demostrar hasta la última evidencia, íjue ese partido, que üespucs de recibida la estocada de Vcrííara, w arrastró durante cinco años por países es-'ningeros, perdiendo continuamente sangre.
ahora esta va pura espirar, siendo tas palabras del l^anitiesto como las últimas que articula un desaiiciado moribundo.
Es bien claro que bajo este punto de vis-^ ta, los documentos de Rour¿;es tienen una altísima im[>ortancía en pro de la situación; ' de lo (pie hubiese ¡lerdido con las contrariedades de liorna, se ha reintegrado con este, feliz acontecimiento. Ya era cosa sabida que el partido carlista era débil, impotente, nulo; pero esto de confesar él mismo su debilidad, su impotencia, su nulidad, deja fuera de duda lo ipie antes pudiera admitirla. Va se sabia que las obras de la revolución eran grandes, imperecederas; pero este lioiiKinaje (luo acaban de tributarles sus mas encarnizados ' enemigos, es su apología mas elocuente, so sanción mas robusta, su garantía mas estaj ble y lirme.