SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

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caballeros. Foresta ra7.on, nosolros no (lucremos suscitar ninguna duda sobre el sentido que dió á sus palabras el Sr. manjués; su aseveracir)n es bastante, v desde luego creemos que las dijo en el sentido en que ahora las esplica. Esta es para nosotros una cuestión muy sencilla; y hasta nos habríamos abstenido de ocuparnos del asunto, si el señor marqués no se hubiese servido hablar del Pensamiento déla Aacion, y nombrar al autor de este artículo. Y no es que el Sr. mar qncs hiera nos dirija ninguna inculpación ni nos con uMiguna palabra ofensiva; antes por el contrario nos trata con una indulgencia que agradecemos, y con la caballerosidad que de tal personaje era de esperar; pero como nosotros lomamos por lema de algunos artículos las indicadas palabras, no quisiéramos que la interpretación violenta é inexacta de que se nueja el Sr. marqués pudiera sernos atribuida también, como lo ha sido al periódico de París. Repetimos que el señor marqués no nos hace este cargo; pero algunos (juizás {Kulrían inferirle de sus esplicaeiones; v así nos creemos obligados también.i esplicarnos, poniendo la verdad en su lugar, y no dejando que nuestra conducta en esta parle pueda ser interpretada en dos sentidos. Para el trítmfo de nuestras ¡deas no queremos armas de mala ley; no son necesarias; que si lo fuesen, aiiles que emplearlas preferiríamos renunciar á toda esperanza de triunfo. Muchas veces hemos dicho >a que para nosotros no hay mas arma en este negocio <|ue la disctision; pero aim en este terreno pacílico y legal, hemos pnx'Urado siempre y procuraremos en adelante, no echar mano de otros medios qiie de los suniinislrados |)or la razón en armonía con la buena fé. El dia en que viéramos una causa rasostenihie con dichos medios, aquel día la abandonaríamos. Ni aun en defensa de las cansas mas justas debe emplearse la injusticia; i\¡ aun en apovo de las causas mas importintes es permitido desviarse de las reglas de la moral. La máxima de que el fin justiiica los medios, es altamente falsa é inicoa.

Una sencilla esposicion de los hechos bastará á convencer (pie en el caso presente no nos hemos apartado de estos príncipios; por gralo que hubiese p(Mlido.sernos el tener de exactamente sus palabras para traerlas en pro de nuestra doctrina.

Las palabras en cuestión fueron pronunciadas en el Senado, en la sesión del dia 10 de enero de f84.j, y son las siguientes: «Ademas, señores, yo creo que no es prudente perder de vista las lecciones de la his-* toria. Las cuestiones de sucesión suelen terminarse i)or una batalla; pero las de pretensión, señores, no han solido terminarse nunca hasta que los derechos se han fundido.» Estas pnlabras las pusimos |)or epígrafe en los cinco artículos sobre el matrimonio de la Reina, en que sosteníamos la conveniencia de un enlace con el hijo de I). Carlos. No las interpretamos con violencia ni.sin ella, ni con inexactitud ni sin ella; pues no las interpretamos de ningún modo. Ni una sola reflexión. ni una indicación nos permitimos sobre el sentido en que las dijera el señor marqués: ellasexistian, las tomamos por epígrafe, nada mas. Usábamos de onden'choque nadie nos puede disputar, observábamos una conducta (|ue nadie pudiera increpar. La reserva con que procedimos indica bien claro (|uc no obrábamos sin la debida circunspección. El testo citado se bríndaba pf)r cierto á' comentarios, pero nos abstuvimos de hacerlo?. ' No queríamos poner al.S>. marqués de Miraflores en una situación critica, escitándole fon la interpretación á dar esplicaciones: no nos gusta este modo de proceder, que cuan- " do menos es poco delicado. Respetamos las** convicciones agenas, cuando son conocidas; pero jamás provocamos á determinados individuos para <}ue las maniliesten.

El Sr. marqués de Miraflores no se ha ' creído obligado á hablar, por haberse enea-' bezado con sus palabras los citados artículos; ^ y ha pensado bien. Lis palabras habían sido' dichas; nosotros'no lesciábamos ninguna in- ' terpretacion; "¿ qué me importa á mí, podia decir el Sr. marques, (pje mis palabras sirvan ó no para un epígrafe? Yo no las niego; ahí están en mi discurso. Con tal que nadie " las inlerprele en sentido diferente al que yo les di, nada me importa el uso que de ellas baga este ó aquel escritor. » Asi \wá'\n continuar eu su silencio, como en efecto continuó.

Sabido es oue al tomarse unas palabras por epígrafe de un discurso, no siempre se nueslni parle un voto tan respetable como el ] entiende que ellas se ajustan exactamente a del.S>. marqués de.}firaflnres, jamás nos ha- | la doctrina (|ue en él se desenvuelve; Iwsta briamos perniitido iulerprctar violeota ó ia- || (¡uc baya una relación, una analogía, para Podóslos (íiascstamos viendo (jue scliactó uso «ic dichos (li; esíTÍlores antiguos, para asuntut» moiitiiuuh, biu quu nadie cui ^uc ul nutáu* •iiii%uo UO0 la resfiüDüahilidad de lasopioHK lu V (1i i moderno, ui culpe «i moderno por Laiicrgc.val^tie las expresiones ili^ aoti||u. A^^tarrBOifM'^Qb las paJabméol^^nwr-i 9|Mf.<fe Mi^om, de ciwV» qn» BAIMUt. ijíos á dicha oj)ortnnidnd...l^ii te maíllos eu los cíUUvk» arlicuio^ la Q^v'iKoieiH^a del enlace de ía Reiqa. eoQ ei hvopia^Rh garios; y uaade la& principales niznnns «pie aducíamos era, la ulilidad de ^giiUir [laia siempre c ou la cuestión dinástica, de ahogar tcMlo linageüe preteDsione«^ de prevenir (fiic en lo sucesivo no se pudiera alterar por esta < atis;) U tranquilidad de la España, viéndose en conflictos graves moti-. vados por las pretmsioves de- la ImUia de 1)., Carlos. Kl lector juzgará fácilmente si las palkhras del Sr. marqués no se nos haUiaa (iq,Druscutar naturaluicote como uu epígrafe 0(wr^i8WihwsQiier«aB^ se pensasp cq el ¡lorvenir, «pie se recordase la I iibcñaii/a d*' la historia nacional y cstraaf;era; y hallábamos (pie. el Sr. maraués, tratándose del enlace de la Beina, y uiscatiéftil(»se lo r»'!alivo á la escliisioii de la corona, di^ia, d \o creo que oo es prudente perder dié)fÍ6ta la8Íocetoiie6deM)>stoúa. » Quería- y mos hacer sentir lo difi49fl,(|M ee el uue desaparezcan seniejantt'Ñ cuestiones; y halláha-!

luiM» r(|u« «^.íM". iqartiue^ habia dicho «jue «líts eoÍlltieiw||i<te yw^wDiieii 'Po Ihib solido terminarsií nunca hasta (|uc los derechos se I^Q fínululo. » ¿ Que pretensión a la corona luiy lÍApatta V ¿ No es la de la familia do fteiXBiiifpplt^^Bé país hablabe el geOor ninrqui's? ¿ no era de España? I.uejíO ciian-(I I iiahlabade pretcnsioiK s, hablaba delaíáiu:!ia del). Carlos; Iiicííd cuando aconsejaba que no se pcrdiest ii df vista las lecciones de lií b!sli>ria, cuando hablaba do la [¡usion de (kreckos, cuando decía que sin esta fusiun las cueslioue^ jde pritM^nsion no baa solido t&FQúnáEse MIN^ «os ofrecía, pan noesr> j l! (»s;i líenlos. pn epígrafe cuando menos muy i opuitonp. Ai yypli^if pues no luimos injus- i tos, ni |)ecamo8 contra la oportonidnd. Quien bahiaha era uu senador^ y en una discufiioa | soli'inuc; ora un lioinlir»'. d" estado, que ha ' ti^ura4u ios ^uimerus puestos l^ diplo^ S^iPK wwpa ua lugar e» la tíswk desear, para eocabesacdineá»^ tejiuealmi arlH iiIos? íjñ que se nos [lodia exigir era que nos abaiiu^i(^:mos de ioterpreiar mal; pero esto lo Complimoi ÍM'¡rí\t(r)í^, m éné^ iBlerpretafiioa Dlupsa^ M|j:fWMM qwi Va cuestión era-vidiriosa, i,m <M|reiio rosbM Aolaiáoo Jo Ilativo al deiw-.delj penéÁ dico, emitiremos al^iiius • reflefuíiMies ^aphpai el comunicado del Sr. marqués, en lo concerniente á su opiiuuu sobre el asunto que nps ocupa. La ímpertanéía.d^ Ja persona qiMl habla y del objeto sobre que. baUa, no non permiten dejar sin evámca alguóos pasj^es del comi^iicado. i li J.. i itMm En concepto del Sr. roarqnés71a. epMK sosUmida por el Pensamienlo de ¡a Ancion es iiuna de tantas teorías que, seductoras y bellas uiientras se conservan en la eievaüú region,de laimaginaiion Iminana, desapaieu cen como el humo al dt-s( oiider al lerreai). escabroso de la practica, donde la.argumenta' cion mas robusta y la lógica mos.aveut4Ú<ida, son impoienles ante la ardorosa reaísltf«i|M de las pasiones y de los intereses humanos.* i'ero si asi pensaba el Sr, muruues, ^ cneiAj que esto era una ilusión. pennHaseDos nifestar akuna.esirafiest jde que hab}ai|e.dih la fusión de derechos, como y lambieade que invocase para el caso presente los rcT cuerdos de la historia. Si era una ilusión, ^ en lucha imfotenle contra la ardorosa resis^. tencia de las pasiones é intereses, parece ' que lo cuerdo era no liablar de ella, poes asi no se daba posibilidad á lo absucdo; ni se provocaba la irritante lucha., En cuestiones como esta, lo imposible is malo a los ojos de la pulilu a, porque su im- ¡ posibilidad no consiste en otra cosa que ea. la oposición con hechos indestructibles; y la sana política aconseja oo estilarse co^)l. lo que no se puede.oe^stnir^ Si Jiubiésenisd creído que el enlape en imposible, jamáül hubiéramos escrito en su favor; y el dia ea que nos conyeoci.ésc^ios de ia^ imjwD^iibilidML aquel día.eesar^mos ¡k babipr sobne él. Di^ masiados elementos de diseordia abciga di pais, para (pie deban aumentarse con la de-, feusa de ilusiones.irreaU7.ablus, y al pro[i|o tiempo irritantes., ^t*f«^|i^ AiortunadamciUc, c1 noble autor del municado no entiende seguramente las palabras citadas con todq el rigor que á {)ri-^ nena vista pudienn e&i^. La imposibili-:t. ¡m. e«.í fins..i}|oí.^MM|a;,nj^feá* Digitizéd by Co ir del d^lMf^), (juc ea su opinión acaban de comulcr los dosier- ^mlos de Boiirp^es; auu aliurn uo es mas (|ue tmi-imposililr. V,s\A restrit cioo nos ha parecido (íi^na de tiit hombre (luc tiene aule-. cedeotcs de la historia dipluinalica de la cuestión, que couocu el estado actual de la España y de la Europa. y que no se hace ilusiones sobre el porvenir.

Los periódicos de la situación han comenzado á íelii itarse con la declaración del ilustre diplomático; pero, después de leido con detención el documento, parécenos que ta felicitación no puede sor bien completa. £1 autor del comunicado no se ha limitado á la. aclaración de sus palabras primeras; las ha acompañado de comentarios muy útiles para tiu verdadera inleli«,'encia. Sabíamos (jue el .Señor marqués de Mirnflorea no había (|ucri^o volar el articulo de la Constitución en que se hablaba de esclusiones; no era dilieil adivinar el motivo, y aun en el discurso de la sesión del 10 se habian indicado las razones con Imstanle claridad; mas ahora lo sabemos de una manera termiunnle, que no consiente nin^'un iienero dt> dqda, y que al propio tiempo manifiesta que la cosa no era tan absurda como han tpierido suponer al^tunos {>eri<>dicos, y (]ue hombres graves opinaban «jue en ciertas circunstancias el enlace po-<íia ser, no solo posible, sino también necesario para satisfacer la opinión publica. Hé ' aqui sus palabras: < si aceptaba la variación de la primera parto del articulo, rechazaba la adición introducida respecto a la csclusion que yo reputaba como innecesaria é inútil. ¿Y por qué no lo aprobaba yo? Porque si en el porvenir, por uno de los acasí)S hijos de tiempos de revueluis, que nadie puede prever en épocas dominadas por el imperio de lasrvcntualidades, hubiese lao/zt/iion pública de una ii otra manera provocado y aun ^ exigido el cnljce que se (pieria evitar, se había comprometido sin necesidad ninguna por lina cue^'^lion secundaria la existencia de la ConstitUi'jon del Estado. uEI.Sr. mar<pics inaniiiesta en este pasaje que. en política es alp:o aventurada la palabra jamás. En estos últimos días al;;unos periódicos la han pronunciado con harta lacilidad. Les recomendamos la lectura de la clausula; y (pie pieoseo en las eventualidades que nadie puede prn er. Di'sdi; el día 10 de enero del corriente año, la España no ha dejado de ser 0^;^ jde tivealualidudes, ui 1^ upiüiu^pu|>liica ha dejado de exu^lir; y bi cii con< eplo de| señor marques era posible que esta opinión tuviese exigencias, ¿quién sabe si esta pO'4 sibiiidad continua todavía? (lineo nu'scs recen poca co>a (uira producir tamaña mudau/.a.

El Sr. marqués de Mirallores opina qiid los desterrados de Uourges han seguido UU' camino errado para mejorar su situación; yi cree que el conde de Monleinolin hubienk apreciado su posición, si se hubiese fM>strado á los pies de su Rema y le hubiera dielw): «lié atiui el primero de tus súbdilu>; he, a((ui un español obediente a su Reiaa, aca^ tador honrado de la Coustilucion del estad», y de las leyes que el país y su reina dn*-» ron para su régimen y organr/.acion ré el apoyo del trono y de las leyes; tu, ttei^ na augusta, interpcm tu poderoso inllujo para que una nueva ley anule la fatal esclusion que acaso natural y jrnUa en los mo~. mentosque se hizo, hoy es irritante, y apw, na á la civilisuicion del siglo, pa.sado el |)cliri gro y en momentos de calma y reposo.»» Per-j. milanos el Sr. maniués que le bagaiuos Quoi observación, (luamiu se trata de |K>aer cierto lenguaje en boca de una persona, es necesario atender á la situación de la persona misma: es necesario no ponerle eu lucha demasiado directa con sus ideas mas arraigadas, con sus scntimienlos mus naturales y profundos. Apliquemos esta doctrina al caso |)re.scnte. L). Carlos ha fundado la jus-, titicacion de su conducta en que está convencido de que sus pretensiuucs son legili -mas; de que tiene un derecho indisputable á la corona de España. Tal ha sido siempre su lenguaje. Su hijo, que contaba muy pocos años al couieu/,ar la lucha, siguió como, era natural la suerte de su padre. Comunes, han sido los halagos de la fortuna, C4)iuunes los rigores de la suerte. ¿Cree elSr, qnés de Miradores, (|ue el hijo debía vol-! verse contra el padre, y decirle: «vos no tenéis ra/.on; vos sois un usurpador; vos uo sois rey de España; en España no hay mas Reina que mi priuiu. Vos le habéis hecho la guerra; yo me poslro á sus pies; vos os ha-m beis llamado su soberano, yo me llamo el primiMo de sus subditos; vos halK'is lomadoel acento de i{uieu manda, yo me contenloi, con súplicas; vos habéis protestado contra;, la esclusíon vuestra y mía y la de mis hermanos y de toda la íamilia, y yo declaro jjii^ cs^ í^spluj^jott fue acMüi^ natural y ^ jmta en los momentos en qne se hizo, y me limito á ponerme de rodillas á los pies de la Reina, para que inteqionira su poderoso inílnjo en mi favor á lin de anular la ley I por medio de olra ley?» ¿Cree el Sr. marqués que era nalural. que era posible, que era decoroso un tal leugnaje de un hijo á su padre? Pues á esto y á nada menos que es- I lo equivale el que le propone el Sr. marqués ¡ al conde de Montenn)lin. No basta que quien | lo propone este profundamente convencido de los derechos de Doña Isabel II, no basta; i es necesario atender á la situación de la per- i sona á quien se propone el discurso. Cuando ' se trata de resolver cuestiones como la presente se pueden exiirir sacrificios de distintas clases; se pueden exigir concesiones diferentes, que mortifiquen aljrun tanto el i amor propio; jK'ro exifxir que un hombre se vuelva tan derechamente contra su padre, contra toda su familia; que se despoje de todas sus ¡deas, que ahoínie todos sus sentimientos, que niegue toda su historia, todo su partido, que se niegue á sí mismo, y que no haga mas (pie echarse de rodillas y da-! mar, «piedad, piedad, perdón, perdón,» esto es exigir mucho; esto es peor que decirte: «te proscribimos jwra siempre.»

No esforzaremos el argumento: para que ' sea decisiv(í no necesitamos mas que apelar f al corazón. Comprendemos una reconciliación honrosa, comprendemos también una discordia sin término. Comprendemos concesiones y sacrificios de varias clases, comprendemos una terquedad que nada otorga; pero un paso como aconseja el Sr. marqués, y tan absoluto, con formas tan humillantes, y que dejan la humillación tan desnuda, atendida la situación y los antecedentes del conde de Montemolin', esto no lo comprendemos. La diplomacia se encuentra también á veces con los sentimientos del corazón; la ¡ habilidad esta en ablandarle, en comprimirle si se quiere algún tanto, no en hacerle pedazos. ' l*ero su|)ongamos que este sacrificio se hubiese obtenido, y que el conde de Montemolin. no hubiese encontrado dificultad en aceptar y emplear el lenguaje que le aconseja el Sr. mar(|ués; ¿qué se hubiera logrado? Nada, v vamos á demostrario. Si el enlace del conde ííe Montemolin tiene alguna importancia, no es por lo que sea la persona en si, sino por lo qae representa. Las cualidades personales, por aventajadas que fuesen, no • entran en este caso sino como cosa muy W cundaria. La importancia política del enlaí^ se cifra en que con él se da fin á las pretensiones dinásticas, y se atrae alrededor del trono de Isabel un partido numeroso. Desde el momento en que el conde de Montemolin hubiese dicho: «yo no tengo nada que transigir, ponpie las pretensiones de mi padre han sido enteramente infundadas; yo no acepto de mi padre sus derechos, porque esos derechos son un sueño; á mi no me toca negociar, solo me corresponde obedecer á mi Reina;» desde entonces, repetimos, el conde de Montemolin no entraba para nada en el asunto dinástico, no valia nada para eslinguir las pretensiones. Era un simple particular, nada mas. Era un hijo que se volvía contra su padre. y á quien su padre hubiera declarado hijo desnatiiralizado é indigno de sncederie; era un hermano que se volvía contra los hermanas, y á quien esos hermanos habrían considerado como decaído de su posición, ya que él propio la abdicaba negando qne le perteneciese, y á quien por tanto se hubieran creído llamados á reemplazar. El sacrificio pues no producía resultados políticos: siendo de notar que los mismos qoc habían sostenido con convicción la cauiía de esa familia, habrían oído con indignación que de tal modo se los hubiese condenado por aquel cuya familia defendieran á costa ae tanta sangre. Entonces no había la fusión de derechos de que nos habla el Sr. marqués; nada se funde por una parte, si esta parte declara que nada tiene, que nada puede poner en la fusión; y cuando el autor del comunicado añade qiie este era el caso de la verdadera, de la útil y solo posible fusión de derechos dinásticos á que se rel^ ría, menester es confesar que la palabra fusión lie derechos dinásticos está nsada en un sentido poco exacto.

Tocante á la aceptación del conde de Montemolin por los hombres que le n'charan, tampivco es probable que se hubiese adelantado niwho con la humildad y sumisión. Ahora han sonado las palabras de menosprecio, de insigne mala fé, de traición, acompañadas de las amenazas correspondientes; ¿qué se hubiera dicho entonces? ¿No es muy temible que se le hubiera llamado hipócrita, hombre de mala fé, usurpador em-Dozado, y que en prueba de la pwa confianza con que debían ser escuchadas sus palabras de paz y sumisión, se le hubiera cenado Google ea cara la villanía con que se declaraba cuntra su propio |>a(lre? Lo que iuipide una reconciliación no es la mayor ó menor prurit'ncia de esla.s u aquella» palabras; no es la aclilüd mas o menos digna; es, si, lo mismo que ba indicado muy bien el Sr. marques,. ¡(I ardorosa resistencia de las pasiones é intereses liuinaiios. Cuando estas pasiones se hayan sosegado ó se bayan consumido en luchas estériles ó desastrosas; cuando esos intereses se vean asegurados o vean medios de asegurarse, o se convenzan de la impitsibilidad de lograrlo por los medios (|ue abora emplean, entonces la resistencia dejara primero de ser ardorosa, y al Un cederá.

Otra indicación hay también sumamente importante en el comunicado que nos ocupa, V es el recuerdo de los esíuer/.os que en IH3ü h\io el.S>. marqués de Mira/lores para lograr la Tusion tan deseada; siendo de notar (|iie esta ru>ion, no solo la apetecia, sino que la apetece todavía y la considera sencillísima, asi en cuanto a cosas como á personas, coa tal (jue se baga en el modo que él indica. «Ué aquí, dice, el caso de la verdadera, de la útil y solo posible lusion de derecbos diua^itícos á que yo me refería, lusion que apetecia y apetezco siempre, fusión de cosas para hacer fácil y aun seiuillisima la fusión de las personas, fusión que yo hice cuantos esfuerzos cabe en lo buiuauo para completar en 1839, cuando la transacción de Vergara podíla y debia baber sido el vehículo de una reconciliación universal de todos ios españoles monánjuicos, honrados y capaces. Si no lo conseguí entonces, no a mí, a la historia pt*rtenece la esplicaciou.» £sto unido a la calUicacion de semi-imposible que da el marqués al enlace, aun después del yerro i|ue en su opinión se ba cuiiielido, prueba (|ue el dislioguidu diplomático sabe lo que se pieuea £uropa ^obre este particular, que sabe Jo que se pensó y se hizo en la época a que se reliere; y que por tanto, á fuer de hombre prudente y amante de su patria, no quiere cerrar las puertas al porvenir, no quiere esos jamás que tan ligeramente pronuocian otros; y prueba sobre todo que en su opinión no ba merecido el pensamiento de ua enlace la calilicacion de absurdo; pues en ciertas ép(K'as ha sido digno de ocupar la aleación de la diplomacia, en ciertas épocas, a pesar de la guerra, no consideraba imposible una transacción, ipa reconciliación, y | <|ue aunque difícil ahora, no la reputa irrea-, lizable del todo.

Lamentase el Sr. marqués del obstáculo que suscita á t(MÍa reconciliación la actitud tomada por los desterrados de Bourges; y con esta ocasión hace algunas observaciones sobre la fuerza del partido carlista. Üice S. S. que ununca, y mucho mcuus hoy, fue grande el partido llamado propiamente carlist^i.n Ks posible que sea asi; pero en tal caso no comprendemos como pudo levantar |)oderosos ejércitos en.Navarra, Aragón y Cataluña; como pudo diseminar sus fuerzas por toda la Península; tomo llego á poner, en peligro la misma capital de la monarquía. Si no era grande, ¿cumo es que no hubo, medio de vencerle durante una guerra dCi siete años, á pesar de los auxilios de Portu-, gal, de Francia é Inglaterra? ¿Como es que la guerra no pudo terminar.se por una batalla, sino por la conducta del general Maroto,i I «]ue se unió con Espartero? Si no es grande, > ¿que quería decir el Sr. marqués de Mira-¡lores cuando al contestar al Sr. ministro dor Estado en la misma sesión del 10 de enerot esclamaba: (Cuidado, señores, cuando sOi habla de la nación entera, {lorque hecha la estadística de los partidos, podría dar rcsul-i tados enojosos; » y cuando añadía con énfasis para hacer sentir la fuerza de sus palabras: «esto sirva solo de indicación.» ¿No decia también en otra sesión que ea España sumados los dos partidos liberales, moderado y progresista, no compouiaa la mayoría nacional?

Pero cree el noble marqués que el nume-- ro del partido cadista se ha dismmuido hasta lo infinito. ¿Iksde cuando? ¿I>esde el 10 de enero del corriente año? El plazo es muy corlo. ¿Y por qué? Las causas de esta disniinucioa se señalan también en el comunicado: uun trono acatado, una reconstrucción de la monarquía y una paz principiada a asegurar, hacen probables dias de ventura y reposo, á la par que el desarrollo de una pros[K>ridad naciente de que la mayoría de la nación quiere disfrutar tranquila.» Tocante ú los deseos de la nación, no nos cab ' ninguna duda; pero con respecto a lo demás tenemos la desgracia de no hacernos ilusión tan lisonjera. No es tan acatado como debiera ser un trono que en poco tiempo ha I tenido (|ue ahogar en sangre re|)etidas in- I surrecciones; no esta bien reconstruida la I monarquía que tan fácilmente muda sus constiturioDos, y en que «»1 fiohiomo infrin- | ge la nueva al día sij^MiienU' promulgada. ' No son probalilfs dias di* ventura y reposo ' a la soiititrii de la pn/, cuando los partidos, están mas entariiizados que nunca, cuando las opiniones están mas encontradas que! nunca, cunndü las pasiones y los intereses I ludían tan vivamente cumo nunca, ruando i el goliiérno y «i»s órganos nos están hablan' do sin l esar de conspiraciones, de {hdifíros de la Iraufiuilidid pública, de medidas cnérjn^'as pani conten;'r a los revoltosos. Estos j son hechos,1 que no sabemos que se pueda contestar.

Por k) demás, y sintiendo no hallamos conformes eon aifíimas opiniones del señor marqués de Mirafloits, las respetamos como es debido, y no podemos menos de hacer jusliria al tono lilamlo y cortes con que están emitidas. El gobierno quo debiera dar lecciones de cordura á los particulares, se ha'lln en eí ca^o de r.'cibirias. Kl.SV. mar- ' (¡ufs lie }f impares \\ \ sabido manifestar opiniones contraria!» a los intereses de la familia de 1). darlos, sin insultarla; ha sabido declararse en opo-^icion con el partido carlista sin ultrajarle, ha sabido dar al trono de tí¡Aw\ una muestra de lealtad, sin entreararté á niufíun arrebato de colera. lealtad hariH un monarca no consiste en insultar el infortunio de sus cnemijíos. Los bravos militares (|He hicieron prisionero a Francisco I en la batalla de Pavía, tributaron los mas reiididos homenajes al ilustre cautivo. Por absurdas (pie (piician reputarse las preten-» siones de I). Carlos, nunca se debe olvidar su ré^'a cuna. 1 REUNION-PACHECO.

EKTtlo m Pírit fl IS ar juli« d* Itl» Jr pnl>l¡<i>(io.n Mi liiil rn ti L» reunión-Pacheco, que á juzgar por f uuchlra.N opiniííiies debia hal»ernos produci- [ (hi una impresión desafiradable. nos causó sin embar,:io una verdadera satisfacción que manifestamos desde lueí<o,vque han au- | mentado poslerionnente la disensión y las íícsliiMies a <pie la declaración ha dado In- ^r. Kste modo de minir las ( (isas, que a j )Hñuicra visía parece contradictorio a núes- ' tras opiniones. esta muy conforme con ella<: aunque partidarios de la candidatura del conde de Montemolin, no nos dis-rustó una' reunión en (jue se escluia al conde de,Montemolin. Kl principe de Bour.iu'cs no pcrrlin nada con esto: porrpie los (pie contdeclaraban, declar idns estaban yn di.¡i.p mano; y el ci>nde de Trapaiii sufría uncontratienqx» que diliciílnienle pudiera resistir. ^ No teniainos pues motivo ]tiira sentir lo primero, y nos asistía mucha raron al ale^rrarnosde lo seíjundo. Con la declaración, en nada se ha disminuido la pisibiíidad ni la' probabilidad del conde de Monlemolin: no se h' han suscitado nuevos adversarios; m se han ligado contra él nuevos intereses:" no se han contraido para oponérsele noeros compromisos. Oue si uno que otro de los concurrentes (luisiese con el tiempo no considerarse ligado, ya nos ha dicho un perifidico de la situación que algunos declaran altamente que no entendieron compi ' se á nada. Como parece que |>ara ¡ü sienes no hubo votación, ni por achí ni nominal, ni de ninsiuna manera; v qoe para inferir la unanimidad solo se apficócl principio de </uieu calla ofm gn, ptMlriaseen lo venidero hacer nieslioiiabie In verdad dol principio o[K>niéndole otro de que tamhicn se hace uso con tanta frecuencia: quien calta uo dice nada.

La mencionada reunión no merece importancia |)ür el número de votos que se einilicron, ni tamjMtco por la unanimidad, que; es algo disputable; sino por haberse levantado en ella una bandera contra c! conde tic Trápani, en el seno mismo del úni' do en que pudiera contar con delt ¡í- m - Sabíase que los nrogresislas y los carlista? se oponian decididamente á esta combinación; sabíase también ijue el conde de Trnpani era bástanle imjyopular en ' < í"';'-^ ' ios umderados; |x;ro iiíiiori»li;i estos habría al^^unos bastante resueltos, p solo para mostrar desagrado,.«:ino ' ' ' para pronunciarse abiertamente: ¡gn 1 si con el espantajo de la reacción carb-i 1 se creerían obligados á callar, á d' continuasen las negociaciones de la ruiif i. las Tullerias; y si con la mira de deshacCT-, se para siempre del condtf de Montemolin, se n'sígnarian.i abandonar los íntci cionales y á pcimilir (pie sucumbí parlicuiart's opiniones; pero despi ' declarocioTi, ya se Hli visto ipic nu es n&.

Google Google ya se Ita visto que no todos tienen los ojos tan lijos en Bour^es que no los vuelvan á menudo hacia Ñapóles; va se ha visto que si el conde de Monlcniolin es rorlia/ado con vigor, no lo es con menos el conde de Trápani; ya se ha visto i]ue si desacordados consejos impeliesen á llevar adelante tan lastimosa combinación, encontraria ic^al, pero viva resistencia, no solo por parle de los carlistas y pro¿<rcsislas, sino también de una fracción respetable del partido moderado. Por esta causa damos inqxirtancia á la reunión-Pacheco: y esta inqH)rlancia es inne- I é,'ahle.

¿Con (jué partidarios puede contar ahora j la candidatura de Tnipani? O njejor diremos; ¿á quien no cuenta por adversario/* ¿Hay al- | ¿un& opinión política, hay al^un interés ' publico, hav nada de lo(|uepesa en seme- ' jantes cuestiones, que no este en oposición con ella, que no la repugne abiertamente? ¿Qué es lo (|ue resta en España, después de quitados los pro^rtísislHs, los carlistas y I una parle considerable del partido moderado? I ¿Que resta en la prensa, quitados el Eco del Comercio, el Especlador, el Clamor Público, el Católico, la Esperanza, el Globo, el Tiempo, el Español, mayormente cuando I los demás periódicos ({ue no hacen la oposi- I cion á la candidatura, lam|>oco la sostienen! abiertamente? (iOn una minoría taiipeipieña, imperceptible, que no apoya sino que calla, ¡ ¿habrá quien se atreva á resolver la cues-! tion en (¡ue se libra el [mrvenir de la nación ' V del trono? ¿Habrá quien se atreva á rea- j Fizar lo que hasta ahora ni un solo [teriódico | se ha atrevido á sostener? ¿Quién fuera tan l osado, tan insensato, para despreciar hasta tal puntij la opinión nacional? A otras candidaturas se oponen muchos, á esta todos; otras las sostienen muchos, esta nadie; la