SigPhi · Jaime Balmes

Escritos políticos de Jaime Balmes: colección completa

Spanish

Page 84 of 116

I \a revolución espaüoln lia llcgadu a uno (te uquellob pe nudos crilicos ú quu llegan lodaü las revoluciones: la pérdida de la fe polilica y la iucapacidad de gobernar. 01>- servaudo atenlauieule lo que eslá pasando á nucsla visla, se notan con tuda claridad los dos caraclércs espresados; de una parle la ruina de todos los principios, la ausencia de toda convicción polilica; de otra, seis hombres auc se llaman gobierno, que solo saben dciendcrse, y que después del cómbale cruzan de nuevo los bra/.us, y esperan para desplegarlos otro uionicnto de peligro.

¿Cuáles son los principios políticos que permanecen en pie? ¿Cual es el que no ha sufrido rudos golpes de la mano de los mismos que un dia le proclamaron como paladión social? Recorrcdlos, y no encontrareis ninguno: se niega lo que embaraza, se admite lo que sirve; se asientan principios cuyas consecuencias se rechazan, se adoptan consecuencias cuyos princioios se combaten: nada constante, nada fijo; la inconsecuencia y la cónlradicciou se han hecho comunes; y muchos de ivucslros hombres públicos se parecen á aquel judio de Amsterdam (|uc del Nuevo Testamento solo admitía el Apocalijtóis, porque crcia encontrar en este libro ta piedra Hlosolal V la V la corren un espacio dilatado, pero que no carece de limites: tiene su máximo y su mínimo» y en llegando á uno de estos cesan cl incremento 6 el decremento para aproximarse de nuevo al limite opuesto: estos limites son bs lineas (juc señalan el conlin del escluáivismo. De ellas no se pasa: cuando se pone sobre las mismas el pie, se retrocede con espanto como quien.se halla al borde de un derrumbadero. Cun tal que no sea preciso salir de dichos limites, se admiten todas las doctrinas, se aplauden lodos los sistemas; pero guardaos de empujar un poco á vuestro contrincante, queriendo persuadirle que los abismos solo están en su imaginación: los cabellos se erizan.sobre su cabeza, se agarra Irenético de Iodo lo «¡ue tiene alrededor, y clama contra la periidia ({ue ha cubierto de (lores el boquerón de una sima contradicción v la inconsecuencia rel.a acusación de perfidia se dirige muy particularmente á los (|ue proponen la cunciliuciou; pues que los enemigos de otra clase lio guardan mas sistema que andar á balazos cuando la ocasión se ofrece; ser fusilados si- sucuudteu, y fusilar sí vencen. Entre los dos partidos que se llaman estreñios hay esta diferencia: los unos dtcea «transijamos;» los otros uvictoria 6 muer^ te.» £1 un eslremo trata de acercarse al medio, y ni aun amenaza ul otro estremo; este {Kir el contrario, rechaza al medio, y abomina de su antagonista. Aquel pide participación, este exige esclusivismo.

La actitud de los dos partidos es consiguiente á su objeto: los revolucionarios apelan á la guerra, los mouár(|uicos á la paz; aquellos quieren forzar ul curso de las cusas, estos las dejan andar por si mismas; aquellos no tienen paciencia para esperar el resultado lento de la influencia de las doctrinas, estos no cuentan con mas armas que la discusión, y apelan al ¡)aciiico fallo de la opinión publica. La diferencia en el modo de conducirse produce resultados muy diferentes también: mientras los unos pierden coatinuamente en la opinión, los otros adelaa^ tan; mientras los unos se cnagenan cada dia voluntades, y no se grangean ni una sola, los otros no sufren ninguna defección, y se hallan i menudo con nuevos partidarios. Nada importa que de vez en cuando se declame y se calumnie Ungiendo conspiraciones que no existen: bastan pocos días para desvanecer la acusación; y la opinión publica hace la justicia tanto mas cumplida, cuanto se ha visto juguete de indignos amaños.

^0 es verdad que lodos los partidos conspiren; |)ero silo es ((ue todos combaten al gobierno, v á la pequeña fracción que en sus alrededores se agrupa: ios que se impacientan por este hecho debieran reflexionar sobre la imposibilidad de que suceda otra cosa. Los partidos ambicionan cl poder, todos con mas ó menos esperanzas; ¿y quién no las puede tener en medio de tañ asombrosa instabilidad?

Esta situación tan Uucluante se ve combatida por dos partidos llamados estr* y es natural que asi sea: en lomo d>. no enfermos de peligro se agitan los herederos. Xadic sabe de cierto lo ipie vendrá; ha) discordancia sobre lo que debe reemplazar lo actual; pero lodos convienen en que Ja.sí- Google tuacioD es transitoria, y en la imposibilidad de que se prolongue por larjío fi(*mpo. l)c un lado está la revolurion, de otro la monarquía; y los partidos (pif* representan estos principios se liallan enfrente de la situación para combatirla cada cual á su modo. Por la fuerza de los acontecimientos y las modificaciones que consigo traen la variedad de circunstancias, y sobre todo los desen^^afins, Vfc presentan los dos partidos combatientes Hi actitud algo distinta de la que guardaron en épocas anteriores. Pero hay en esta diferencia un carácter notabilísimo, y es oí diverso sentido en que se ha berho*la modificación: los revolucionarios se han hecho mas exagerados, los monárquicos mas conciliadores: aquellos se han apartado mas y mas de los otros partidos; estos se acercan, no abdicando sus principios, sino templándolos en su aplicación. Los revolucionarios creen que el mejor medio de reparar los descalabros sufridos y conquistar el poder, es, llevar sus doctrinas hasta las últimas consecuencilas, en la región de las teorías como j en la práctica: los monárquicos opinan, por i el contrario, qiu» el porvenir para ellos está en conservarse firmes en sus principios, sin empellarse en luchar con la irresistible fuer- ' 78 de las co<as. Cada cual pretende fundar ' la razón de su conducta en las lecciones de la esperiencia: los unos dicen que se han desengañado, que para hacer triunfar la revolución es menester hacerla completa, y acabar de una vez con lo que obsta ó daña*; los otros han aprendido que esta irapetuosi- <lad arrolladora sirve para derribar, pero que las niinas pueden costar caras al mismo i «pie las amontona. No parece sino que los revolucionarios se imagman que á fuerza de energía anonadarán á sus adversarios, impidiendo para siempre que ni monárfpiiros ni moderados piensen de nuevo en disputarles el poder; ni mas ni menos que en 1823 se hacían muchos realistas la ilusión de que con rigor se podia acabar con el liberalismo. í En este contraste que salta á los ojos de todo observador, ¿de qué parle se encuentra el verdadero progreso? ¿(Juién comprende mejor su posición respectiva? ¿Quién j prepara á las dificultades actuales una solución mas útil, mas pacifica, mas duradera?

Las acusaciones y recriminaciones que se dirigen en la actualidad los partidos de la situación, bien que no muy edificantes para | eonsolidar su reputación algo descabalada. || son sin embargo muy curiosas como cstadis tica de sus incesantes variaciones. Los unos llaman á los otros apóstalas, e.r-niodcrafhs, y los (pie en tiempos no muy remotos formulábamos el mismo cargo, no sin herir susceptibilidades delicadas en demasía, noá hallamos ahora ])lenamente relevados de prueba por la confesión de la parle. El mis-I mo periódico y los ministros tpie mancomunados rechazaban nuestrás inculpaciones, ahora se las dirigen entre si; entonces se ayudaban alternativamente abogando los nnos por los otros, ahora se acusan de lo mismo de que se defendian. No cabe espectáculo mas satisfactorio (jue el alcanzar el triunfo sin necesidad de combale: queríamos atacar al campo enemigo, y la gritería que en el resuena nos indica que se ha trabado pelea de hermanos contra hermanos.

Con las divisiones y subdivisiones del partido moderado ya no sabe uno á (pié juin to asestar los tiros; si beris al ministerio, los tres periódicos os dirán que habéis herido un retrógrado que está mas bien en vuestras filas que en las moderadas; si el tiro da en la ojiosicion moderada, el ministerio os dirá que esta es semi-progresista. La situación no será pues una embarcación; será un conjunto de góndolas flotantes á merced de los \ientos; cuando se quiera combatir ul partido moderado, será necesario fijar una fracción pequeñísima. quizás una persona, y aun esta aprovechando el tiempo, el instante indivisible en que.se halla en un punto dado. Si asi no se hace, habrá pasado ya; es menester apuntar bien, matar al vuelo."

Este es otro arbitrio para hacerse invulnerable, y otra dificultad ¡tara los que deben hacer una o|)osicion de principios; pero en cambio es por si solo una prueba evidente de que las ponderadas doctrinas de nuestros doctrinarios se reducen á nada. Todos los partidos cuyo fondo doctrinal es una negación, ofrecen esta dificultad para ser combalidos; en tal caso, lo que conviene no es combatir los pormenores que al tocarlos se desvanecen y toman otra forma, sino señalar el vicio radical, decir a los pueblos: mirad cuan liíiero es, los vientos se lo llevan, hav mucho volumen, pero está vacío.

Para convencerse de cuan poca realidad encierran las doctrinas de los moderados, basta examinar sus opiniones sobre los puntos policicos mas importantes: tomemos el primero que se ofrece, y preguntémosles <|ui¿n es ei depositario de la soberania. ¿Ks | el Rey? No; porque la soberanía encierra la! facultad legislativa, y el Rey por sí solo no ' puede legislar. Lt doctrina de la soberanía del Rey no la admiltMi los moderados; la rechazan sobre los absolutistas á quienes pertenece. ¿Es el pueblo? Tam|>oco; esto es anárquico; los niodorados no lo admiten; esta doctrina es propiedad de los progresistas. ¿Quién sera pues? El conjunto de los tres poderes, es decir, el Rey con las Cortes. Esta respuesta en sí no tiene nada de estraño en teoría, ni de nuevo en la práctica: veamos empero cómo la entienden nuestros moderados, y descubriremos fácilmente que con los comentarios de su conducta ^estan muy lejos de coniirmar su doctrina.

Los potleres en cuya reunión se encuentra la soberanía, son el Rey y los dos cuerpos colegisladorcs: luego ni el Rey sin las Cortes, ni las Cortes sin el Rey, pueden ejercer un acto soberano. Esta consecuencia tan obvia, nue mas bien es una simple aplicación del principio, la rechazan los moderados: en el brevísimo tiempo que llevan de mando, dos ministerios han.legislado por si y ante si; por donde se echa de ver que la sob(!rania absoluta del rey conibatidaen teoría, es adoptada en la practica. De esto resulta que no domina ni el principio del poder absoluto, ni el del poder limitado; que amlM)s se ponen en acción segua las circunstancias, y que sin dislrutar las ventajas de ninguno de ellos, se sufren los inconvenientes de auíbos. La nioderacion, pues, en este caso no signiíica templanza en la aplicación de un principio, sino falsiiicacionde los dos: no es hmitar una consecuencia de la teoría con arreglo á las exigencias de la práctica sino ponerla práctica en contradicción abiert;i con la teoría.

La obediencia á los poderes constituidos es también una doctrina muy inculcada i)or el partido moderado; hasta aqui nada hay Suc reprender; pero examinemos el uso que e ella se hace. y encontraremos la misma contradicción. ¿Se trata de los poderes antiguos? Los moderados autorizan la revolución, y no tienen escrúpulo en asociarse con los revolucionarios: la monanpiia absoluta no pereció tan solo á manos de los progresistas; la hbtoria de la formación del primer ministerio liberal y de sus curiosos antecedentes, es demasiado conocida para que sea necesario recordarla. ¿Se trata de los poderes nuevos? Entonces es preciso distinguir; si los ({ue mandan son moderados, la insurrección y todo lo que no sea oposición rigorosamcate legal, es un crimen; si son progresistas, la insurrección no es crimen, í^iuo beroisroo. Un dia de posesión basta para la prescripción en favor del partido moderado; para la prescri|)ciou progresista no bastan dos años. Testigo Espartero.

La alianza ó coalición de los partidos es también otro punto en que resalla la líjeza de doctrinas. Si el moderado está fuera del poder, la libertad es muy lata; es licito coligarse todos los partidos contra el enemigo común; si está en el mando, la alianza de sus enemigos es un sacrilegio.

Este sistema es ptíor que el de los hechos consumados. El legitimar nn poder por solo el hecho de existir, es ciertamente una doctrina errónea y de fatales consecuencias; pero tiende al menos a proporcionar á la sociedad algunos momentos de re|)oso, ofreciendo al vencedor el homenage de ios pueblos; mas esta doctrina no es la de los moderados; para estos no basta que el hecho sea consumado para que sea legitimo, es preciso que les sea favorable á ellos. En siéndoles contrario, no hay b'gitinudad ni justicia en el hecho, ni un siglo bastaría para causar prescripción. Por manera que no parece sino que este partido se considera como una piec^ de toque para distinguir lo justo de lo injusto, y que toda la moralidad política solo debe estribar en su propia conveniencia.

Tenemos de esta versatilidad una prueba concluyeute en lo sucedido con las obras de la revolución. Lo que esta ha hecho en eJ sentido que agrada, se ha defendido con eJ escudo de bronce de los heclios consumados; pero este escudo se ha vuelto de papel para salvar lo que podía comprometer al partido dominante. Hecho consumado cracierlamenle la Constitución de 1837, y sin embargo se la ha destruido; hechos consumados eran la milicia nacional y el jurado en la imprenta, y no obstante han dejado de existir. ¿Dónde está la diferencia? ¿Hay tosa mas ltiv en política que la variación de la ley i mental? Si la razón de hecho consumado no, vale en un punto, ¿cómo se quiere que valga en otro.

Uno de los temas favoritos de la opinión moderada en tiempo de Espartero era el inculpar al partido progresista por iiaberbc aliado con un poder militar: el puritanismo del partido de la situación sobre este particular DO es necesario ponderarle; á la vista teuemos los hechos; ahí esta el lenguaje de los periódicos mas autorizados por su anti- ' gUedad y relaciones. Uno hay que desde un principio se ha negado á esta alianza, y que, por lo común la ha combatido con notable | vigor: es el Tiempo; pero sus doctrinas no. han sido escuchadas ni por el gobierno ni I por las Cortes, y desde luego le decimos j (|ue no lo serán en adelante.

Hecha justicia al puritanismo del Tiempo, diremos dos palabras sobre la fracción que representa. Si no hemos comprendido mal Iw artículos de este |>eriodico, su [>ensanÜMilo politice consiste en la formación de un poder constitucional puramente civil, sin liga del militar, eliminando todas las influencias que no pertenezcan al orden parlamentario. Realizado este sistema, ningún general, ¡wr elevada que fuese su categoría, seria presidente necesario, ni aun ministro: lodos los hombres públicos se colocarían en una misma lila, sin mas preferencia que la •e&ull.iníe de sus méritos personales y de mi importancia civil. El ejército no seria BMS que el brazo del gobierno; ningún mililar seria un poder, y sí solo un instrumento de la suprema voluntad constituí ional.

Necesario es confesar, que si las teorías coBslilucionales signiiican algo, es preciso daríes la sign ideación que les ha dado el Tiempo; i>ero á este periódico que mas de una vez nos ha llainauo ilusos, iiien nos será permitido hacerle notar su ilusión. El sistema (lue él proclama no se ha realizado ni se realizará porquo es imposible; y si no fuera por las malas consecuencias que en nuestro concepto resultariau, lendhamos curiosidad de ver en el gobierno á hombres empeñados en llevarle á cabo. El partido de la situación aliado ton un poder militar, aun- «uc sea contradicción teórica, es una reali- <lad práctica, una realidad (|iie bien ó mal se sostiene, y (pie fusila a cuantos enemigos se levantan contra ella; pero desearíamos saber cómo gobierna ni se sostiene un gobierno combatido fK)r los progresistas, por los mo- ' nárquicos, por una fracción considerable del partido moderado y \m el resentimiento del poder militar; para nosotros es un enigma mas indescifrable que el del Eslinge el saber de donde sacaria la fuerza un gobierno como este; no alcanzamos a concebir por (|ué medios podría lograr que necesitando á cada paso del ejército f>ara sujetar á todos los partidos, ningún general auquiriese prepon** derancia decisiva.

Las convicciones no bastan para el IriunM fo: una cal>eza sin brazo es una mera tcoríaj Ademas ¿donde están las convicciones [mlilicas con que podrían contar los hombros del Tiempo'í ¿ En el partido moderado? Si no estuvieran a la vista los hechos, de los cuales hemos enumerado algunos en el articulo iresente, recordaríamos las sentidas pala-)ras con que el mismo Tiempo se ha lamcot* lado mas de una vez del abandono de todos los principios, de la falla de convicciones del |>arlido moderado. Si aislado se encuentra el gobierno actual, mas aislados se en<^ contrarían los hombres del Tiempo; los hombres de la situación.se conocen débiles, y a.si dicen al poder militar, umandanie, pero ayúdame;» ¿cómo se pediría el auxilio á quien se le despojase del mando?

Si el Tiempo nos contestase (|ue sus candidalos gobernarían en nombre de la Constitución y de la Reina, y que esto Irasla pa<«' ra obtener obediencia, no sabríamos qué replicarle; invocaríamos desde ahora al buen sentido politico, y apelaríamos para en adelante al testimonio de los hechos. En la situación actual y en cuantas se le parezcan, no hay sistema posible, si no entra como uno de los elementos prínci|>ales el \todcT militar: quien se aparte de esta regla ateniéndose eslríctamenle á las exigencias del sistema representativo, abrirá la puerta á la revolución, y perecerá.

Si deseáramos que sucumbiera la sitúa-: cion, sin escrupulizar en los medios, no podríamos emplearlos mejores (jiie empujarla hacia los hombres del Tiempo. Contra su intención sin duda, pero jtor inevitable necesidad, serian la transición a un gobierno revolucionario. Nosotros no lo desdamos: y asi es que si bien el gobierno actual esta nniy lejos de contarnos entre sus amigos, no quisiéramos verle ceder su puesto a hombres cuyo sistema habría de acarrear mayores males. Que si los amigos del Tiempo hubiesen de modilicar sus opiniones luego de elevados al poder, é imitar la conduela de sus antecesores, en tal caso ¿qué ntíccsidad hay de una variación de personas? >t\ Hemos hablado de los hombres del Tiem*t po sin animo de hacer ninguna alusión per* sonal, y solo lomando este periódico como el genuino representante de lo que ahora se llama puritanismo {iiÍ||ipDtario. Al examinar la descomposición' íél partido de la situación y scfuilar su iiupott'iicia fíuhernativa, nos ha parecido oportuno decir dos palabras sobre esta fracción (¡ue se ofrece romo talila en el naufraírio, y que en nuestro fonceplo seria la in-rdida deliniliva del |>arlido moderado, v un anuncio de nuevos trastornos. La revolución no está terminada todavía; falla un gobierno que acometa esta grande empresa; y preciso es convenir en que la razón y la historia nos manilicstan de consuno, que tamañas empresas no son para Iracciones políticas tan pe(|uenas y descoloridas como la que entre nosotros se apellida puritana. Insistiremos en lo que hemos dicho ya: aunque los principios fuesen buenos, ¿de qué pueden servir cuando falla la fe política? Aun(|uc la dirección fuera esceleiile, ¿qué se puede hacer cuando no hay fuerza impulsiva? La situación actual es un periodo de postración de la revolución espafiula; lo (|ue áeste suceda no puede ser otra cosa que un fuerte retroceso hacia los buenos principios ó una escilacion que nos atraiga de nuevo las convulsiones revolucionarias.

EL MATRIMONIO DE LA REINA La cuestión del matrimonio de la Reina absorbe de nuevo la atención pública y ocua un lugar preíerenle en las discusiones de a prensa periódica. Los dias pasan, el momento se apro.Kima, y tr>dos los ánimos estan suspensos c inquietos en la espcctativa de una solución que va á decidir para muchos años de la suerte de España. y que no puede menos de traer en pos <le sí acontecimientos de la mayor trascendencia. ¿Cuál es el candidato acepto al ministerio? No se sabe de cierto. ¿Cual es el preferido por la prensa? La progresista calla; la de la situación vacila, y solo de vez en cuando, y como para no ({uedarse sin señalar uno, indica al infante D, Enrique; pero esto sin ardor, con escaso interés, v solirc lo<io sin unanimidad, ¡ít Español ha estado larjro liem-. po por un príncipe portugués; el Casfellano parece que du»la; la Posdata no maniliesta su opinión; el Tiempo acepta al infante Don Enriípie, es decir, no le rechaza; pero al parecer no estaría dispuesto a romper lanzas por esta candidatura, y venido el caso le sustituiría otr.i sin mucha repugnancia. Su )ensamiento es mas bien negativo q«ie positivo: ni Trapani, ni Mont4>molin; por lo demas no muestra grande empefio en favor de * nadie. El Heraldo mismo, «pie algunos meses atrás sostuvo con harto calor al infante Don Enrique, como que anda ahora un tanto flojo y remiso, dejándose conjeturar auc tampoco consideraría la espresada candidatura como condición indispensable para so sistema. /:/ Católico y la Eaperanza coniimían defendiendo al conde de Montemniin; V últimamente han recibido un refuerzo con las indicaciones nada ambiguas que ha estampado el Conciliador. Tocante al Pensamiento DE i.A Nación, dicho se está que insiste en las ideas antiguas; y para volverá corroborarlas solo esperaba concluir con el plan de estudios, (¡ue le ha ocupado durante seis semanas, las que por cierto era de desear que hubiesen sido algunas mas. siquiera para no entrar de nuevo en esa arena de pasiones, que se apellida discusiones politicas. No se dirá que nos hemos apresurado á tomar parle en el debate, pues hace mucho tiempo que lo sostienen los periódicos do todos colores, y hasta ahora el Ff"ssamie>to i>E LA.Nación lia callado, como para indemnizarse de lo mucho que habló al suscitar la cuestión sobre el hijo de D. Carlos, y no dar^ motivo á que se dijera qiie trataba de impo-€ ner á S. M. los deseos de un partido. Perej toda vez que la cuestión se ha agitado de nuevo vtan vivamente, que por este motivo el periódico ministerial reprendió con severidad á toda la prensa, necesario es entrar de nuevo en la discusión, no fuera caso que alguien sosjwchára que consideramos desahuciado al conde de Montemolin.

Tan lejos estamos de semejante desaliento, que en nuestro juicio las probabilidades en favor del proscrito de Bourges han aumentado en los últimos meses: el matrimonio de conciliación se maniliesla cada día n cesario; y lo necesario se hace, á no > i ^ ' haya <piien se emiK*ne en Inchar con la necesiilad, lo que, usando de la espresion mas templada, calificaremos de poco prudente.

Google \ mas de csla necesidad, que bien puc li llamarse inlriaseca, (Kinpie radica en la iiiisnia rialiiulezíi de las cosas, hay en favor del cunde de Munlcinoliu uiuclius y fuertes apoyos en lü iuluxior.. V como quiera queeu estos últimos dia¿> se baya hablado con varié- ¡ d^d sobre la situación de este nef!;ocio con | respecto á la opinión de las potencias europeas, haremos una ligera reseña sobre el particular, sin mas pretcnsión cu lo (|ue digamos, que el valor de las conjeturas a que ücoe derecho lodo individuo, como parte iufmilésima de la opinión púbbca.

¿Qué piensan probablemente losíjabinetcs de Europa sobre el enlace de la Reina coa el conde de Monte.molin? ¿Qué desean? ¿Que pueden hacer? ¿Que luirau?

EmiHíceuios por Roma. Decir que Roma vería con mucho placer el matrimonio de conciliación, es anunciar una verdad clara | romo la luz. del dia; poner en duda esta verdad, seria desconocer la historia de los últimos aüos desde la muerte 4; Fernando: seria suponer que Roma esta epteramente á i oscuras sobre la situación de Es*|)aña. No se-! ra, pues, avenlujado el conjeturar que la corle de Roma considera muy conveniente dicho enlace, y que desea vivamente su realizaciou. ¿Qué puede liaccr? directamente nada; indweclanu'ute mucho. Veamoslo. i 8i eu Roma se opina que el matrimonio de (Xinciliacion es el único conveniente,, claro j es que se consideran los demás, cuando menos, como no convenientes; y en tal caso, ¿quién puede disputarle el derecho de conducirse de modo que en el caso de necesitarse uua dispensa, esta no venga á correo tirado? Ni cabe decir que esto seria subordinar Jo espiritual á lo temporal; toda dispensa.se funda en un motivo; si este molivo no existe, y antes bien los hay muy graves en contra, la dispensa se puede muy bien diferir, ^ eu caso eslremo negarse redoodameule. Jbsla es una jurisprudencia á la cual nada se puede objclar bajo el aspecto político ni eclesiástico. Precisamente el candidato mas favorecido en ciertas regiones, aunque uo muy predilecto del publico español, ha menester d¡speu^a: y he aquí como la corle de Roma podria inler|M>aer indirectamente un vcU) uias decisivo que la voluntad de todas las potencias de Europa. Que en esto no cabea las bravatas de (juc se pasará adelante sin el papa y contra el papa: no, a esto nadie se atreve; nadie se atreve coniia la inocencia y la dignidad de la Reina..

Todavía se puede mas en Roma. Sabido es que el gobierno español desea ardieotemenle ver sancionadas |>or el papa las ven* tas de los bienes del clero; y coiuu acceso^* rias de esta, lleva entre manos otros cuestiones cuya solución favorable le causarla uo poca satisfacción: para lograr sus line».. necesita que Roma se preste, y con estar. mira procura persuadirle que el gobierno de España puede cumplir todo lo (]ue prometa, * ya para asegurar al clero una subsistencia decorosa é independiente, ya para poner y conservar las co.sas en el estado que se determine en el nuevo arreglo. Es claro que eu la conducta de la corte de Roma puede influir mucho la opinión que tenga sobre el valor de estas garantías, y que probablemente el arreglo se aplazará hasta <|ue se¡ [ haya llegado al convencimiento de que hay en realidad algo mas que vanas palaliras. Si pues en Roma se cree que solo es conveniente el matrimonio del conde de Monte-' molm, y que los demás suscitarían grave» dilicullades, ¿seria eslraño que el arreglo se aplazase basta que se viera el giro (|ua toma la cuestión del malrímonio, y los re-*, sultados ({ue da el intentar o ejecutar una - combinación distinta de la de Bourges? EslO' se puede en Roma; y esto es mucho poder;- es un 00 leve embara/o para el gobierno es^ pañol, y que andando el tiempo ejercería no poca iullueocia.

Decir que se puede una cosa, no es decir que se hará; esta es cuestión muy diferenté, en que las conjeturas son mas difíciles, aunque no imposibles. Para hacerlas con pro-» habilidad de acierto conviene atender a la posición de la corte de Roma con respecto á I las grandes potencias europeas; no por(|ue> ¡ se haya de creer (|ue la [>olilica de estas se» ^ la norma de la política de Roma, sino por-w que es uiuy verosímil que la corte romanaf no prescindirá en sus resoluciones de ra-», zones graves a que es justo y prudente» alender eu esta clase de negocios. 'i- En la cuestión del casamiento de la Reipa, se presentan desde luego las opiniones y los intereses de lo.^ gabinetes del Norte. Sías ó menos modilicada, lu)y aqui todavía* la cuestión de principios que* dividió a las* potencias durante la guerra civil. Ks de crecij^ que ni unos ni otros examinaron muy a fons do las razones en que las partes fundahanr su pretensión á la corona, y que se Hjarnitf mas bion en oí principio político representa- .do por lüs (lersunas, que eti el íiiilo acorüa-(k) de Felipe V, ó la pragmática sanción de VltfMMrio Vil. fleMos dicho qne la cuestión e\istia mas ó mrno.f niodifinida: porque ios stice6i>s, y soUriUodoel resultado dclagucrm%'t» han podido menos de alterar las condidones á que iiíibiaii subordinado su polítí> liea las potencias del Norte; poro -i pesar twtá moditicacion, claro es que el coude Hontemolin siempre ta tener simpa- Hiwwi'áíebos gabinetes; ya qm en se interesa, cuando no otra oosa,sii consecuencia y su amor propio..

•i^M es- éamr hasta •¡ue punl9<Mnjarán por dicho enlace las potencias del Norte; <'sto (lepondc de las dreunstancias. y ademas la mayor narte del lrat>ajo quedara sefMUado ^por aignR Uiüfi éi'ili Ittühlifiw diplt'iniitií r,s; ¡««ro desde Ineiro se puede rdiiu'tiirui que dictias potencias no se apresurantu a reanudar;»us relaciones cuu el gobierno de b) Kdnag ihitflUiwiiiW ^ÉNilil» ' liduinbrc sobre ufin ri'sohifuni tnn importante.. Sea como lucre I » eierto es que este ffacpnooiipieotio se m> ha anunciado innuimíMIIkMÉlimimm próximo á realizarse, y que nunca se n'iili/;i- ¿r^fo qué prueba? ^prueba que las potencias no consideran leroúaadM los ne|(ooios de= Bs^ pafa; <|tte aguardan el desenlace por el acontecimiento mas erave que es el uiatrimouio de la Reina, y que entre tanto preliere^ápantenerse «n éspeotatfttf^ tlv im^fléso de que no pudieran retroceder.

Muchas conjeturas se han hecho con motivo del viaje del eiupctudor de Uusia, y los aUiígof ida ootroias obú^ <ll9aiiilado como es natural castillos en el aire; unos suponiendo qne las visitas de (ienova eran ^rolpcs decisivos, otros imaginándose que allí se habia «pMVaehado la ocasión de dar el iMliMUideseni;año á la familia de 1). Carlos por medio de estudiada frialdad. Aunque no consideramos ni aun digna de respuesta la segunda 'interpreiaci<»., iparéaenoS' iaiDlÑAD; que mo conviene alener8t'-é;ia primera con demasiada conliuuza; y mas Í)icn nos inglinarttiMa^á^creer que el viaje inUuirá poUtiMia^ en el curso del ue;;oc¡o. <l<^ íDc estas materias mas bien debe jnzsarse fot reglas lijas, que i)or Aoticias pasageras: iha oarabiado la sitaaoioB*é» ^paAaT'fliaii' variad 4e política las f)oteneias del Norte?

I 3uiere apreciar en so ftisto valdr tá natícHá el reconocimiento, ó conjeturar sobre Iss simpalias de las ¡Potencias en favor de un flllMMMe una personé %í Iteii^y vagar perdiendo lastímosauienle eliíenjKílK dispul;i< que a nada conducen.

Juzj.'audo por estos principios parece que no andan daiataMados los que creen <|oe Metlernich, de acuerdn ron In Rusia y^la fruíala, esta decididamente en favor del IM^- trimonio de conciliación, y que por taaÉ^oa prestan ateneioa siquiera á na d a d e cuanto se dice sohn» aquiescencia del Austtte Y demás po^ucias con respecto á otr(M'4M^ Bala* opinión adauiere mas consisteActt, si se considera que los documentos de Baui^ ges han creado uua [/osiciou aatemjWüe nueva, y cómMNmib <l«jadti # á las iníluencias diplomáticas para tar las pretensiones 4a loa rivales ^ de Monteniolm. • • ' cion. ó el conde de Mouíettiolin se hubiese atenido estriclamenle al si-^tema político persOQÜic^do en su padre, habria sido posible qiSipÉtondo las potencias del Norteada esperanza, hiil)ie>ie!\ tnilado de ratnhiar de política del modo mas honroso jwsible, reanudando sus relaciones ton el gobierntf'-ile Madrid. Pero habiend(^Mi(jaaparectdoi Uta (Lirios de la arena politic», y manifestadíH^t' coude de Montemolui disposiciones concilla-' áélRtt^^^ÉaltoMf^a'IM'sifiij^ hi^' yan reanimado, y que nó se crea T^' tíéáth sario abandonar a una fanulia qne'^síñ ésÉs circunstaucias,^ conia inminente peligro de quedar pÉMMMa'fMfN'Éiennpré. A'- tío halieéie' realizado dichas modificaciones, no tenían las potencias del Norte otro medio de. favorecerlo, que ayudar a encender de nuevo la guerra civil, pil^lilifréJ||ÍiMiM^ estar poco disptiestas, ya por el mal resultado de la anterior, ya también porque la diplomacia europea va a()a4'lándose cada diu niasáet' aaffAfetfia fuerza. La cuestión no está terreno de las anm^ <mo de las ne^iÉlaciones; y ^to es cabalmente lo qneen toAos' loa itiMStoé 4mf»ñ los i^binfeftes euixipeos Por estas consideraemies se puede jeturar con fundamento qne las potenrtas del Norte piensan de nuevo seriamcule en *C*rtos; rnéc: procuraiau pét ^lééM Ids> medios dipwr.

randidntoTTi del rondo d(í Monlemolin. Asi, now creihlomie harn una palahra verdad pn ( iianfo se na dicho sobre t\w un príncipe Cobiiriío no enrontríiha oposición en los gabinetes del Norte, (linroes que muchas menos simpjilfas ha de tener aun el conde de Tnipnni. «ine no rcnreíentaria mas qne inllai'ncias poro agnírlnhlrs á aquellos gabinetes.

Resulta de esto, que el ronde de Montemolin, cuya raiisa quieren dar aletmos por enteramenle perdida asi en lo interior como en lo e<lcrior. cuenta probablemente con el apoyo diplomático de mas de la mitad de Eurof)a: apoyo qu!», si bien por de pronto no ¡Miedo dar un resultado definitivo, podría dM el tiempo influir sobremanern, ó imprimir al curso di*l ní»írocio la dirección conveniente. Kn la artimlidad ya no es poro lo ífue se resiente el preslisio y la fuer/a moral del fíobierno español, ron verse privado lie un reronocimienlo tpie por mas que se íüga. es de mucha importnueia; importandki que reconocen ios mismos que de vez en cuando se muestran desdeñosos, piws qtae 0tm tanto júbilo se apre«<uran á comunicar noticias favorables. auncfue no sean mas <|oe remolos indicios de obtener el deseado reronocimienlo.